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El viento rugía y susurraba gélidos lamentos en el oído del pelinegro. Las lágrimas secas se mezclaban con las frescas y con el olor a hierro de la sangre que cubría su rostro. Cada respiración era irregular y entrecortada mientras contemplaba con amargura el cadáver de la persona que más amaba en este podrido mundo.
Estaba reclinada contra un tronco cubierto de hongos. El sombrero de sheriff yacía a los pies del muchacho, viéndose mucho más pesado de lo que realmente era.
Mike, el último Wheeler con vida, soltó un grito desgarrador, sin importarle si con ello advertía de su presencia a algún caminante o Salvador cercano.
—Mierda, niño... ¿a esto llegamos?
La voz profunda del hombre que había causado todo resonó a sus espaldas.
Y entonces Mike sintió cómo un vacío abrumador le consumía el alma.
Todo lo que ocurrió después fue borroso.
Un hombre de cabello corto y rizado, teñido de un azul brillante, y con lentes de trabajo lo observaba con extrañeza. Parecía estar trabajando en algo dentro de una especie de guarida secreta.
El rostro del hombre tenía algo familiar. Se parecía al suyo y, al mismo tiempo, era completamente diferente. La forma en que fruncía el ceño, confundido, le resultaba extrañamente conocida. Era un gesto que había visto en algunas fotografías de su propio rostro.
Mike podía ver cómo sus labios se movían, pronunciando algo que no alcanzaba a escuchar.
De pronto, estaba despertando agitado en su cama.
Miró fijamente el techo de su hogar, sintiendo que acababa de despertar de un sueño bastante extraño.
—¡Mike! ¡Por última vez! ¡Baja a desayunar! ¡Ya es tarde!
La voz de su madre resonó por toda la residencia Wheeler.
Sobresaltado, el chico se levantó rápidamente de la cama.
Algo no estaba bien.
Se sentía más bajo. Más joven. Y, por alguna razón, ya no tenía aquella sensación de hambre constante que había acompañado sus últimos días.
No entendía por qué.
También tenía un sentimiento extraño al estar con sus amigos.
El grupo planeaba reunirse esa noche para la campaña de Mike. Al principio, él estaba algo confundido, pero pronto recordó que llevaba bastante tiempo planeando cada detalle para asegurarse de que todos se divirtieran.
—Oye, Mike, te ves bastante distraído hoy. ¿Estás bien? —preguntó Will tímidamente mientras caminaban juntos hacia la salida de la escuela.
—Sí, Will. No pasa nada. No sé por qué, pero tengo el presentimiento de que tuve un sueño extraño... aunque no logro recordarlo.
Mike suspiró, intentando aparentar despreocupación.
—Tal vez simplemente soñaste con una chica linda~ —Lucas le sonrió.
—Vaya, esa sí sería una gran fantasía para el cara de rana.
La voz de Troy apareció detrás del grupo, acompañada por la presencia de sus secuaces.
—Y tal vez Sin-dientes soñó con ser querido por papá —añadió otro de los chicos mientras empujaba a Dustin.
—¡Eres un idiota sin cerebro!
Mike pasó junto al chico y lo empujó, provocando que Troy sujetara al muchacho de la chamarra y lo levantara del suelo.
La situación parecía a punto de escalar cuando se escucharon pasos determinados sobre la grava del patio.
Mike apenas tuvo tiempo de reaccionar.
Al siguiente instante, él y Troy cayeron al suelo.
Antes de que Mike pudiera volver a levantarse, una ráfaga de puñetazos impactó contra el rostro de Walsh.
—¡Mike, muévete rápido! ¡Debemos irnos, ya vienen los maestros!
Lucas apareció a su lado y, del otro, Dustin. Ambos ayudaron a Mike a incorporarse.
—No vuelvas a intimidar a Wheeler, maldito pedazo de basura.
La voz era vagamente conocida.
Ronca. Irritada.
Y, por alguna razón, le puso la piel de gallina.
Mike apenas alcanzó a ver un destello de cabello castaño brillando bajo el sol.
Mientras se alejaban corriendo del conflicto, los chicos solo pudieron escuchar el grito del profesor dirigido al chico nuevo que acababa de romperle la nariz a Troy Walsh.
—¡Grimes, a dirección en este instante!
Un escalofrío recorrió el cuerpo del líder del grupo al escuchar aquel apellido.
Grimes.
No sabía por qué, pero su pecho se había calentado dulcemente al oírlo.
—Estuvo cerca. Al menos tendremos una buena campaña —dijo Dustin, intentando recuperar el aliento.
—¿Qué demonios sucedió? —Lucas miró a sus amigos, sorprendido y con una sonrisa de satisfacción en el rostro—. Porque vi que el chico nuevo destrozó al idiota de Walsh.
—Aunque fue increíble, creo que debemos apurarnos para comenzar nuestra noche de partida, ¿no creen? —Will sonrió cálidamente a sus amigos.
—¡Tienes razón, Will el Sabio! ¡Debemos llevar nuestros dulces restantes de Halloween y vernos en la guarida de nuestro Dungeon Master y buen paladín!
Dustin movió los brazos teatralmente para darle sazón a sus palabras, haciendo reír a todo el grupo.
Aunque su paladín todavía parecía estar sin aliento.
—Oye, Mike, ¿estás bien?
Lucas lo tomó del hombro, haciendo que su amigo volteara rápidamente, algo avergonzado.
—¡Sí! Solo sigo algo sorprendido por lo de Troy, pero todo bien. ¿Nos vemos en un rato en mi casa?
El chico habló rápidamente, intentando ocultar sus nervios.
El grupo no dijo nada respecto a la actitud extraña de su líder. Suponían que la situación con Troy lo había asustado y no querían herir su orgullo con más preguntas.
Después de todo, tenían su gran día de partida.
Era el 6 de noviembre de 1983.
Y las cosas extrañas estaban a punto de llegar para quedarse.
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Había puesto las sillas, los dados y la pantalla del Dungeon Master. Estaba por pegar el cartel de «BIENVENIDOS, AVENTUREROS» cuando escuchó un ruido detrás de las cajas de Navidad.
Se giró de golpe.
Carl Grimes estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared de concreto. Tenía el labio partido, los nudillos manchados con la sangre seca de Troy y el suéter de Hawkins Middle mal puesto.
—¡¿Qué haces en mi sótano?! —Mike casi tiró los dados del susto.
Carl le dedicó una sonrisa juguetona.
Levantó las manos, como si se rindiera.
—Lo siento. Lo siento, no quería asustarte. La puerta de atrás estaba abierta y... me eché a correr después de dirección. No sabía a dónde ir.
—Mi mamá te va a matar si te ve aquí. O peor, ¡va a llamar a tu papá!
—Ya lo hizo —dijo Carl, y se le escapó una risa corta y nerviosa—. El director lo llamó. Pero... no quería irme a casa todavía. Él es más comprensivo que la mayoría de los padres solteros. Además, Daryl es bueno mediando conflictos pequeños.
Mike se quedó de pie, sin saber si debía subir a avisarle a su madre o quedarse allí. De cerca, Carl se veía agotado. No parecía un chico que acababa de ganar una pelea.
—¿Te duele la mano? —preguntó al final, bajando un poco la voz.
Carl miró sus nudillos.
—No.
Después levantó la mirada hacia el mapa extendido sobre la mesa.
—¿Esa es tu campaña de hoy? ¿Vendrá tu grupo?
Mike asintió y, sin pensarlo demasiado, terminó sentándose también en el suelo, aunque mantuvo una distancia prudente entre ambos.
—Sí. Es sobre un grupo que pierde su mundo. Hay un paladín que... despierta en otro lugar donde nadie lo recuerda. Pero él siente que tiene que encontrar a alguien.
Carl se quedó muy quieto.
Sus ojos se pusieron ligeramente rojos, como si estuviera intentando contener una lágrima.
—Eso suena horrible —susurró—. Despertar y que nadie te recuerde... suena bastante específico, para ser sincero.
Hubo un silencio extraño. Pesado.
Mike volvió a sentir aquel calor en el pecho, el mismo que había sentido esa mañana. Y otra vez apareció aquel olor a bosque húmedo y a hierro que no lograba entender.
—No creo que sea tan específico —respondió Mike, dejándose llevar por la emoción—. Si vieras el manual de D&D, sabrías que podría tratarse de un ser con habilidades mágicas detrás de todo esto. Y ¿qué mejor que un jefe oculto que mande a su ejército de demogorgones?
Mike hablaba cada vez más rápido, atrapado por la emoción de su propia historia.
Cuando levantó la mirada, se encontró con la expresión de Carl.
Había cariño en sus ojos.
Y diversión.
Mike sintió que algo dentro de él se estremecía.
—Oye... —dijo finalmente—. ¿Por qué me defendiste hoy? Ni siquiera me conoces.
Carl lo miró por fin, directamente a los ojos.
Y por un segundo, Mike juró que no era un chico de doce años quien lo estaba mirando.
—Te conozco —dijo Carl, con la voz ligeramente rota.
Mike no respondió.
Carl volvió a repetirlo, esta vez con mayor seguridad.
—Te conozco.
