Actions

Work Header

Vos sos mí snitch, pelotudo.

Summary:

"Es imposible que una serpiente venenosa pueda llevarse bien con un tejón amistoso. Son dos polos opuestos, como el agua y el aceite." Ha sido siempre la creencia popular dentro del enorme castillo. Prejuicios sin sentido según ellos.

Pero Valentín y Nico no tenían una amistad normal.

Desde que se conocieron, las mariposas en sus estómagos revoloteaban inquietas. Los silencios cómodos eran frecuentes y las miradas duraban más de lo debido.

Quizás eran demasiado tontos para darse cuenta, o simplemente, muy pequeños para entender del amor.

Notes:

Holaholaholahola.

Si estás leyendo esto, ya t amo

Me sumo a la Nico puppy agenda 🙏

Aún estoy aprendiendo a escribir, lee bajo tu propio riesgo corazón de melocotón. 💕

PD: Para que tenga sentido con el cumple de Nico las clases inician en Octubre.

Chapter 1: Bonito

Chapter Text

Hogwarts , el colegio mágico más famoso de Europa, ubicado entre las montañas de Escocia y, afortunadamente, oculto por diversos encantamientos para evitar el ingreso de ojos no-mágicos o criaturas peligrosas para los estudiantes—aunque es de conocimiento público y general que más de una vez las medidas han fallado—. Fundado por Salazar Slytherin, Godric Gryffindor, Helga Hufflepuff y Rowena Ravenclaw con el fin de enseñar a los más pequeños como utilizar los dones con los que nacieron y mejorar la sociedad mágica.

Desde el principio, el sistema de las cuatro casas ha sido un tema de debate entre educadores. Muchos cuestionaban y criticaban el hecho de dividir a los jóvenes según características que varían según la etapa del desarrollo ya que creían que eso solo generaría prejuicios, diferencias sin sentido y un ligero límite en la capacidad de socialización con personas externas a sus compañeros de casa. Por otro lado, hay quienes consideran dicha separación como una forma de potenciar cualidades importantes desde edades tempranas.

 

...

 

Cómo institución, la escuela había formado a muchísimos magos y brujas exitosas. Desde sanadores hasta domadores de dragones y deportistas destacados. 

Es por eso que los niños anhelaban llegar a los 11 años para recibir la carta que los haría parte de ese enorme lugar donde sus ídolos crecieron. 

La ilusión adornaba sus ojitos con un brillo de esperanza mientras se preguntaban a qué casa pertenecerían. En especial los hijos de magos que fueron miembros de la institución en su infancia y adolescencia. 

 

 


 

 

Nicolás Paz era uno de ellos. Un sangre pura nacido prácticamente en una cuna creada a partir del oro más brillante de España y decorada con la plata más bonita de Argentina. Desde que tiene memoria deseaba ir a Hogwarts con la fuerza de quién desea aprender a volar sin escoba.


 

 

Durante la tranquila noche del 7 de Septiembre la gran casa de los Paz estaba llena de emociones y expectativas.

El pequeño rubio de, aún, 10 años corría alrededor del sillón donde descansaba su madre como si de un cachorro emocionado se tratase. La mujer juraba que podría ver un par de orejas y cola salir del niño si entre cerraba los ojos. Sus mejillas sonrosadas ya le dolían por tanto sonreír.

 

— ¡Ya casi! —. Repitió por quinta vez esa noche, mirando el reloj que marcaba las 23:30 con su suave tic tac.

 

Estaba a nada de cumplir los once, solo un par de minutos más y tendría la edad suficiente para recibir su carta de ingreso al colegio de sus sueños. Quería ir a Gryffindor al igual que su madre o Ravenclaw como su padre (aunque dudaba de esta última), casi podía jurar que pertenecería al hogar de los valientes leones. Haría muchos amigos para jugar al quidditch y les enseñaría a jugar su deporte favorito: la pelota. 

 

Su mamá ya le había dicho que tenía que llamarlo "fútbol" o nadie le entendería, pero eso le quitaba la personalidad, el fútbol tenía muchos protocolos a seguir, alineaciones distintas y jugadas planeadas. En cambio la pelota era más libre, sin tantas preocupaciones o discusiones por si se estaba en posición adelantada o no. Era exactamente eso lo que él buscaba, jugar y divertirse.

 

La voz dulce y risueña de su mamá hizo frenar al pequeño corredor a mitad de la décimo quinta vuelta al sofá.

 

— Yo creo que el cumpleañero debería ir a dormir si no quiere perderse la llegada de la lechuza—. Los ojos de la mujer se desviaron del tejido en su regazo para encontrar los orbes verdosos del niño, quién ya traía un puchero en los labios y los brazos cruzados en un claro berrinche. 

 

No tenía sueño, dormir ahora significaba perderse de las felicitaciones de las 00. Infló los cachetes para enfatizar su molestia. No duró le demasiado de todas formas.

 

Una carcajada sincera escapó de los labios del niño, esfumando su actuación en el momento que fue levantado del suelo por su padre. Pasó sobre su cabeza y quedó sentado sobre sus hombros.

— ¿Por qué el monstruito no quiere dormir?

 

Nico sacudió la cabeza a modo de protesta decidido a no caer. — Es temprano,—. Murmuró con un tono quejumbroso. — quiero cantar el feliz cumple antes de dormir.

 

Bajó la mirada con vergüenza, si era honesto, le preocupaba que fuera la última vez que pudiera realizar su ritual con sus padres en la comodidad y calor de su comedor y no en un cuarto con compañeros que dudaba fueran a quedarse hasta tarde con él solo para saludarlo. 

 

La petición termino por desarmar a los adultos, que aceptaron después de indicarle que lavase sus dientes y se pusiera la pijama porque se quedaría despierto hasta las 00:05 ni un minuto más.

Para él fue más que suficiente, tenía tiempo para que le canten y lo arropen como todos los años.

 

8 de Septiembre, 00:00 a.m

 

— Que los cumplas feliz, que los cumplas feliz,—. Nico sonreía de oreja a oreja, viendo a sus padres desde el borde la mesa. Su rostro estaba levemente iluminado por la vela sobre el "pastel" improvisado (que en realidad no era más que una magdalena que sobró del desayuno). — que los cumpla Nico...

 

Hubo una pausa de dos segundos para que tomara aire. — que los cumplas feliz—. Finalmente dio un soplido fuerte, cerrando los ojos al tiempo que la llama se apagaba. Escuchó aplausos de ambos antes de que dos pares de brazos lo rodearan de cada lado de su cuerpo. 

 

La carta llegó a su hogar durante la mañana siguiente, atada en la pata de una enorme lechuza real de plumas blancas.

 

El niño, de ahora 11 años, gritó emocionado al verla, dejando el vaso jugo a medio tomar en la mesa. Se levantó tan rápido que estuvo a punto de tirar las tostadas del plato. 

 

Prácticamente se movió hasta la ventana dando brinquitos, si la lechuza no estuviera acostumbrada a esas reacciones, probablemente lo habría picoteado — ¡Llegó! ¡Mamá, papá!—. Exclamó un tono más alto de lo normal. 

 

Pablo abandonó su café y siguió a su hijo antes de que termine estresando al ave y recibiendo picotazos. Sonrió con ternura mientras se encaminaba a su lado, había crecido tanto y ellos ni siquiera se dieron cuenta. El tiempo les pasó en un parpadeo.

 

Nicolás era alto para su edad, siempre lo supieron, pero al verlo ahora, no era solo la altura. Su niño ya no es un niño. 

 

El mayor aclaró su garganta y tomó el papel entre sus manos para abrir el sobre y comenzar a leer en voz alta bajo una mirada atenta e ilusionada: 

" Estimado señor Nicolás Paz Martínez.

 

Nos complace informarle que ha sido aceptado en el colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.

 

Adjunto encontrará la lista de todos los libros y materiales necesarios.

 

El curso iniciará el 1ro de Octubre, esperamos su lechuza a más tardar hasta el 30 de este mismo mes.

 

Atentamente, 

Lionel Andrés Messi

Director."

 

Nico permaneció estático en su lugar, sus ojos viajaron de su padre al papel y del papel a su padre. Fue aceptado.

 

De no ser por el enorme tamaño de la casa (que rozaba lo extremista) el chillido que el niño soltó probablemente habría espantado a los vecinos. 

 

 

 

 


 

 

20 de Septiembre. Callejón Diagon.

 

No eran ni las una de la tarde y las tiendas ya se encontraban desbordadas de jóvenes brujas y magos que buscaban sus útiles para comenzar el año escolar. Los más pequeños junto a sus padres mientras que los de último año iban en grupos conversando y riendo de chistes internos.

A Nico le parecía fascinante saber que dentro de unos años, él mismo sería como ellos y otro niño lo miraría con la misma admiración. 

 

Ante sus ojos se veían maduros, quizás les pida consejos de cómo manejarse durante sus primeros meses y lo protegerían de los brabucones de otras casas y... 

 

La burbuja de imaginación explotó el segundo que uno de ellos eructó y culpo a su amigo sin rastro de vergüenza alguna. 

 

— Que asco, Lisandro.

 

— ¿Qué decís, tarado? Él sucio de mierda sos vos—. Reprochó el tal Lisandro a su acompañante, apuntando con su índice acusatoriamente. 

 

El morocho rió a carcajadas sonoras y no se veía culpable en lo absoluto.

 

Nico retrocedió un paso más cerca de su madre, apretando la bolsa de libros en su mano izquierda. 

— Creo que mejor mando una carta si necesito consejos—. Murmuró para sí mismo con unas expresión de disgusto. 

 

Pero al parecer no fue tan discreto como quiso porque atrajo los cuatro ojos a su persona. 

 

Rezó que ojalá la tierra se parta en dos, lo trague y lo escupa en China. Así tenga que vivir a base de arroz (porque solo sabía decir "hola", "gracias" y "arroz", en chino). Sería muchísimo menor la vergüenza. Trabajaría vendiendo dibujos de flores en la calle y dormiría en la plaza tapado con diarios.

 

— ¿Ves? Asustaste al nene, Cristián. Pedile perdón

 

Sus mejillas ardieron por la pena y dejaron su rostro de un tono carmesí.

 

El morocho, creyó haber oído que se llamaba Cristián, sonriendo de lado y abrazó a Lisandro por los hombros — Perdón, tomatito.

 

El apodo amistoso consiguió que se le escapara una risa corta y se le borrara el nerviosismo. —Nico, un gusto—. *Extendió su mano libre a modo de saludo, levantando la mirada más confiada.

 

— Cristián, pero podes llamarme Cuti—. Aceptó la presión divertida. 

 

Lisandro fue el siguiente en apretar su mano — Vos llámame Licha, tomatito.

 

Continuo con sus compras luego de despedirse de los jóvenes estudiantes de 5to año. Le comentaron sobre los entrenamientos de quidditch, las aburridas clases de historia de la magia y definitivamente no perdieron oportunidad de declarar a Gryffindor como la mejor casa de todo el mundo mundial. Palabras del Cuti, no suyas.

Le ansiaba volver a localizars para retomar la charla informativa, (no tenía absolutamente nada que ver con la promesa de meñique que le hicieron sobre enseñarle maniobras nuevas de vuelo, nop, no era por eso). 

 

Llegaron a la tienda de túnicas por el uniforme que pedía el listado de útiles a diez minutos para las 13.30. La puerta se abrió con un tintineo y pudieron observar a una mujer de rostro amable con alfileres en el cuello de su camisa que tarareaba y movía telas de un lado a otro con su varita. Lo recibió junto a su madre y les indicó dónde sentarse mientras terminaba con un cliente "algo exigente".

 

— ¿Maaa, ya nos podemos ir?

 

Su rostro giró en la dirección de la cual provenía la queja. Era español, con un acento algo desconocido, pero el otro niño hablaba español. Por fin alguien que no eran sus padres y los jóvenes de antes hablaban el idioma. Ojalá tenga su edad, iban a poder ser mejores amigos en el colegio y jugar quidditch y volar alto con sus escobas. 

 

El pequeño a quién la costurera media con su cinta métrica tenía una mueca de fastidio demasiado obvia. Sus cejas rojizas casi juntas la una con la otra y los labios formando un mohín. 

 

«Que tierno» Fue lo primero que cruzó por la mente del rubio.

 

Nicolás no había visto a nadie tan bonito en su corta vida. 

 

Tenía el cabello rojo fuego y pecas esparcidas por su rostro como estrellas en el basto cielo. Sus ojos eran oscuros, un tono de ser negros. Pero, sin lugar a dudas, lo que más le gustó a Nico eran esas pestañas cobrizas. Si le llegará a pedir que se deje ganar y revoloteaba las pestañas él no tendría el poder de poner resistencia alguna.

La mujer que parecía ser su madre se cruzó de brazos mientras que el hombre que la acompañaba prestaba más atención a las cosas flotantes que al capricho del rizado.

—No, Valentín. Necesitas las túnicas para empezar el año. 

 

«Valentín, hasta su nombre era precioso.»