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Capítulo 1
Sueños y Descortesías
El canto de los pelícanos y los arrullos de las suaves mareas se volvían cada vez más nítidos junto al sonido de unas bellas campanillas que bailaban al son del céfiro, mientras los suaves rayos del ocaso se filtraban hasta llegar a sus ojos; la esencia de la sal que viajaba en el viento había resecado un poco sus labios. Eran pequeños detalles apenas presentes que podían fácilmente llevar su corazón al ritmo de las suaves olas que chocaban con la proa de la pequeña y privada embarcación, que movía la hamaca en la que se encontraba descansando a su placer.
Todo encajaba de una manera imposiblemente encantadora que su corazón no pudo más que obedecer y unirse a esa maravillosa perfección. Lo que era aún más increíble era que no solo había un corazón perfectamente alineado a esa pequeña hamaca, había otro corazón unido al suyo, tan coordinados que cualquiera podría decir que eran solo uno. Sintió la calidez de los brazos del dueño de aquel sutil latido aferrarse más a su cuerpo por su espalda, mientras su suave respiración le daba dulces cosquillas a su nuca. Sintiendo una presión en su corazón, tomó entre sus dedos aquella perla que colgaba de su cuello en busca de consuelo —No necesitamos más que el mar. —Escuchó por primera vez la voz melodiosa y sedosa de aquel muchacho. —Quedémonos aquí. —Dijo con una calma fingida que dolía, y también notó un acento que no pudo identificar de inmediato. —Quédate conmigo, mi Jumin… mi mar. —terminó mientras sentía cómo unas suaves lágrimas caían en su rostro y lo giraba para ver el de aquel joven que se aferra a él con desesperación…
Aquel maldito teléfono sonaba de forma más estrepitosa cada vez más; el pelinegro solo se apartó los mechones rebeldes en su rostro para frotarse con frustración antes de tomar su celular para encarar a quien se había osado a interrumpir su preciado sueño de descanso.
—¿Quién? —espetó con una no muy discreta irritación en su profunda y aterciopelada, pero todavía somnolienta voz. Pero no era para menos, un viaje de casi 12 horas de Seúl a Los Ángeles destruiría a cualquiera, en especial a alguien con una rutina tan organizada que garantizaba de ocho a diez horas de sueño exactas para recuperar todas sus energías, ¡y de paso la zona horaria cambió 180 grados!
—Mi queridísimo Jumin, el tiempo de descanso ya acabó —dijo con burla y buen ánimo su amigo a través de la línea telefónica—. Los chicos y yo oímos sobre un buen bar donde se presentan músicos novatos muy prometedores de Los Ángeles. Según dicen, aquellos que se presentan allí están destinados a ser estrellas. Capaz nos encontramos con la próxima Lady Gaga. ¡Te esperamos cinco en el lobby del hotel! —dijo desenfrenado de su ahora bastante cercano amigo.
—Saeyoung —lo llamó antes de dejar ir un pequeño suspiro—. Apenas entendí una o dos palabras de lo que dijiste, más despacio —dijo el pelinegro ya tomando su típica expresión serena y seria—. Además, son como las dos o tres de la tarde apenas. ¿Qué hacen yendo de camino a un bar? —cuestionó antes de lanzar un último bostezo.
—¿A poco el princeso se quedó dormido? Porque lamento informarte que ya pasan de las seis y el bar queda a más de 40 minutos en carro —dijo su amigo, todavía burlón.
—¿¡Qué!? —casi gritó aquel antes tranquilo chico—. No puede ser. —siguió antes de confirmar la hora en su teléfono mientras se le iba el alma—. ¡Por todos los cielos! —exclamó con frustración—. Tengo que reunirme con mi padre a las siete para una reservación. —concluyó en queja.
—Relájate, vejestorio. Y decir alguna que otra palabrota de vez en cuando no te mataría—. Dijo con un poco de pena ajena por aquel intento de insulto sacado de caricatura: —Esperaba que pudiéramos salir en este día tan especial como hoy. —dijo un poco desilusionado—. De todas formas, ¿dónde está? —preguntó Saeyoung con comprensión.
—Un restaurante por el centro norte, creo que se llama L'étoile Noir —respondió sin mucho entusiasmo.
—¡Genial! Estás de suerte. El GPS dice que nos queda de camino. Baja en diez minutos y te damos la cola, si es que no prefieres escaparte con nosotros. —añadió su amigo con picardía.
—Es una tentadora oferta, ir a un sitio que no es para nada mi estilo y que odiaré con total seguridad, para faltar a una de las tediosas pequeñas reuniones sociales de mi padre, que amo de todo corazón, pero me exaspera con fervor. —Trató de bromear, pero su tono sereno y serio no ayudaba mucho.
—Ok, ok. Ya lo capté, Dr. Diversión. —respondió con cansancio, pero también humorísticamente—. Te espero en diez abajo. Y recuerda que no todos los días se cumple un año más —dijo para seguidamente colgar la llamada.
Cuando intentó pararse, sintió como aquella pequeña bola de pelo junto a él en la cama le ronroneaba: —Yo también estoy cansado, Elizabeth —le dijo con dulzura mientras la acariciaba.
No necesitó más razones para salir disparado hacia el baño para tomar una rápida ducha y lavar su rostro. Vestirse con su costoso y característico traje de tres piezas y sus particulares zapatos de vestir Oxford. Se peinó de forma perfecta los mechones de cabello azabache y liso que caían en su rostro como las corrientes de un río. Y finalmente se perfumó como de costumbre.
Sí, él era de cuna, pero era lo mínimo que podía vestir el primogénito del CEO de una de las empresas más importantes de Corea, para ser precisos C&R International, y como su primer (y único) heredero de la gran familia Han, tenía que guardar apariencias por más tediosas que le pudieran parecer; aun así, aprendió a vivir con ellas y llevarlas con su propia actitud, luciéndolas con su propia personalidad.
Se miró al espejo por una última vez y decidió que sus rasgados y afilados ojos color gris acero se veían más cansados de lo que se esperaba.
—Nos vemos, Elizabeth. Allí te dejé tu salmón fresco en tu plato. Al menos tú podrás descansar, princesa. —Le despidió con cariño.
Abrió la puerta y se despidió de su guardaespaldas, que se encontraba junto a su puerta. «Padre seguramente lo envió», pensó con ligera amargura. Seguidamente, se dirigió al lobby de aquel lujoso hotel. La rapidez con la que se arregló tenía que ser un nuevo récord, pensó para sí mismo mientras se intentaba animar; tenía el presentimiento de que sería una larga velada. Para su suerte, justo visualizó a su grupo de amigos, integrantes de la RFA.
—Pero miren lo que trajo el gato. A Su Gran Majestad, Jumin Idiota Han —dijo con burla y sarcasmo un chico apuesto mientras presumía su largo cabello albino con superioridad—. Feliz cumpleaños. —terminó con irritación.
—Gracias. Me encuentro bien, Zen, gracias por preguntar. ¿Y tú? —respondió el azabache en un tono que mostraba desdén y burla. Solo recibiendo un bufido de irritación como respuesta.
—¡Chicos, saben que me encanta ver cómo se matan entre ustedes, pero déjenlo para después! —vislumbró al joven de cabello rojo y lentes a lo lejos—. MC y Jaehee nos esperan en el carro. —finalizó el pelirrojo con urgencia.
Se apresuró junto al albino para dirigirse a aquella camioneta tipo van. Donde se encontró con la chica coreano-americana de cabello liso color castaño claro con reflejos dorados en el asiento de copiloto, MC, la prometida de Saeyoung y su novia de hace seis meses desde que se unió a la RFA.
—Bueno verte de nuevo, cumpleañero. —dijo con gracia mientras le dirigía una delicada mirada con sus ojos de rasgos asiáticos. Una mujer carismática y encantadora, e indudablemente hermosa.
—Igualmente, MC. —respondió de la misma manera Jumin con cariño—. Hola, Jaehee. —Saludó con sigilo cortés a la mujer de cabello marrón castaño hasta la barbilla y ojos dorados que se encontraba en la tercera hilera del vehículo.
—Hola, Jumin —respondió ella sin amargura y de forma reconfortante, dando a entender que se relajara. —Feliz cumpleaños —dijo de la misma manera.
—¡Feliz cumpleaños, Jumin! —dijo el rubio de ojos morados que se encontraba junto a Jaehee, mientras el gemelo del pelirrojo le daba un codazo con molestia.
—No hay necesidad de gritar en un vehículo —mencionó algo irritado el chico de raíces rojas con pequeños mechones blancos que todavía quedaban—. Feliz cumpleaños, señor.
—Gracias, chicos. —respondió el azabache de forma calmada y cálida—. Pero, Saeran; no me llames señor, por favor. —Finalizó con un suspiro.
—Adoro que nos podamos estar todos juntos para celebrar el cumpleaños de Jumin. —mencionó MC con ilusión.
—De hecho, linda —interrumpió su novio—. Lo vamos a dejar en una cena con su padre —dijo él con una opuesta desilusión.
—Oh… ya veo… —finalizó MC con tristeza.
El trayecto hacia el restaurante fue muy animado entre el grupo de amigos en el vehículo con Saeyoung al volante, conversaciones banales, pequeñas burlas y suaves risas; menos para Jumin, que se encontraba en las nubes, o mejor dicho, en sus sueños. Había algo extraño y peculiar; a ratos lo olvidaba, luego era un recuerdo vivido, y de repente le empezaba a doler el corazón por aquel sentimiento que de la nada lo inundaba, una paz preciosa y absoluta opacada por un sentimiento de pérdida y desdicha, desesperanza…
—Tierra llamando a Jumin. —Se burló su amigo mientras explotaba su pequeña burbuja. —Ya te dejamos aquí; mejor corres o no llegas. Ya pasan de las siete y diez.
—¡Diantres! —exclamó antes de bajarse rápidamente del vehículo y le agradeció a sus amigos mientras Zen le tiraba el noveno o décimo insulto del trayecto, al cual no le dio importancia.
Justo cuando ya iba a apresurarse a ver a su padre. Saeyoung salió del carro y tomó al pelinegro del brazo: —Jumin, espera un momento —dijo tomando un poco de aire—. Realmente esperaba poder celebrar este día contigo y los chicos —dijo de forma seria y sincera—. ¿Sabes?, siempre has sido muy bueno con nosotros, y si no fuera por ti, no estaría donde estoy. Te debo mucho… y… desde lo de V… has estado muy solo; de verdad quiero que me dejes entrar en tu vida y mostrarte lo mucho que nos importas a mí y a MC…
—No me tienes que agradecer —lo interrumpió el mayor aferrándose con un abrazo, pero luchando por no verse desesperado—. Todos tomamos decisiones. Jihyun... la eligió a ella, siempre lo hizo. Yo escogí a mi familia —dijo mientras dejo escapar un suspiro para poco a poco ir soltando al menor.
—Siempre seremos familia —dijo el pelirrojo mientras le secaba una silenciosa lágrima al pequeño pelinegro sin ser consciente de las suyas propias—. Cualquier cosa, te escapas con nosotros. —dijo pícaro mientras le guiñaba un ojo para seguir su camino.
Y sin más preámbulos, se dirigió con urgencia dentro del restaurante y se encontró con el host, que procedió a dirigirlo a su mesa.
Aquel lugar era sin duda hermoso y de alta clase, hermosa tapicería negra y sobria con pinturas donde destacaba el dorado. Mesas bien vestidas por todo el lugar, llenas de comensales a los que se les notaba que respiraban dinero. Pero en el centro de todas las mesas había una isla, que tenía un gran y elegante piano de cola con un pianista tocando arreglos de música clásica al jazz y el blues.
Fue en menos de un segundo, pero al instante de pasar junto al bello instrumento y su intérprete, sintió la ráfaga de una electrizante corriente que espasmo hasta el más pequeño de sus cabellos. «Raro», pensó.
—¡Jumin! —exclamó el hombre de cabello canoso con gran entusiasmo y alegría—. Hasta que por fin llegas; creí que tendría que llamar a urgencias. —dijo riendo con suavidad, sin borrar esa sonrisa de su rostro que hacía más notables sus arrugas.
«1 ... 2 ... 3… sí, lo olvidó por completo», se dio cuenta Jumin tratando de no darle importancia.
—Me alegro de verte, padre. —respondió sonriendo sutilmente con sus labios. —Tú debes ser… —dijo esperando a que respondiera aquella mujer de cabello oscuro, intentando no mostrar una mirada descortés a la mujer.
—Glam, Glam Choi. —dijo tratando de no mostrar su obvia irritación—. Sabes, tu padre me ha hablado mucho de ti. Encantada de al fin conocerte. —dijo intentando parecer agradable—. Pero creo recordar algo sobre que eras muy puntual. —finalizó un poco más pasivo-agresiva.
—Sí, fue un largo vuelo y tomé una corta siesta, no tan corta. Me disculpo. —Intentó bromear Jumin para aliviar un poco la tensión del ambiente; sería una larga velada. —Por cierto, padre. ¿Tú mandaste al guardaespaldas Lee a mi habitación? —preguntó de forma discreta.
—Nunca se es demasiado precavido en la gran ciudad. —respondió de la misma manera y con complicidad, dejando un leve sentimiento de impotencia en el azabache—. En fin, me alegro mucho de que las dos personas más importantes de mi vida actualmente al fin se conozcan. —Intervino su padre sin notar la tensión. —Glam ha sido una mujer maravillosa —agregó, y como si la llamaran, la mujer empezó a acariciar los brazos de su padre.
«¿Cuánto durará esta?», pensó sin muchos ánimos Jumin para sí mismo. Él amaba a su padre con locura, y lo admiraba todavía más en casi todos los aspectos de la vida, excepto con los grandes lujos innecesarios y relaciones sentimentales. Su padre tenía un gran corazón, a veces demasiado grande e intenso; siempre ha amado a las mujeres y más de lo que debería. A Jumin siempre le molestó el desfile de mujeres vacías que le juraban amor a su padre, y cuando creció lo suficiente para entender que solo usaban a su querido padre por su dinero, pasó de ser solo molestia a un rechazo rotundo. Claro que eso lo llevó a grandes discusiones con su padre, pero cuando maduró lo suficiente para entender que él no lo podía cambiar, decidió solo aceptarlo y reconfortarse con “si mi padre es feliz, yo soy feliz”.
El resto de la velada parecía una eternidad para Jumin. A pesar de que era bastante agradable cuando se ponía al día con su padre cerca de la compañía, la mayoría del tiempo aquella mujer cambiaba el tema, hacía cosas que no le interesaban mucho, sobre comprar un apartamento, un carro nuevo, ropa, bla, bla, bla… «Sí, esta será una larga velada. ¡Feliz cumpleaños a mí! » pensó con amargura y sarcasmo para intentar reírse de sí mismo.
Decidió concentrarse en algo más con tal de morir del aburrimiento mientras sentía cada segundo como un minuto; «Sí, este es un buen vino», se dijo sin muchos ánimos, pero sin duda era mucho más interesante y muy refinado que aquella conversación. Una copa... dos copas... tres copas... ya qué importaba si era un buen bebedor respecto a aquel licor.
Poco a poco, aquello que oía de fondo lo llenó de curiosidad; su mirada se fue escapando de su conciencia, siguiendo hacia aquella melodía de "Your Song" de Sir Elton John en piano. Era más contemporáneo de lo que estaba escuchando anteriormente. Pero lo que realmente lo dejó hechizado fue observar al pianista. Había algo maravilloso en verlo tocar: parecía ajeno a todo lo que lo rodeaba, como si únicamente existieran él, el piano y aquella melodía; el joven de ojos grises estaba fascinado.
«¿Cómo no lo había notado?», pensó para sí mismo. No era una presencia difícil de ver; su piel oliva bronceada resplandecía con aquel reflector, mandíbula bien definida, nariz perfilada con una pequeña curvatura en el hueso sobresaliente, pero muy mínima y sin importancia alguna, melena marrón chocolate atada elegantemente en una cola de caballo que lo recogía todo, y labios carnosos de tono coral ligeramente curvados hacia abajo con ojos cerrados mostrando que estaba sintiendo la música.
«¿Qué sentirá?», se preguntó en su interior. No notó cuando tragó saliva con nerviosismo; aquel chico era innegablemente atractivo en demasía para cualquier persona. «Ya estoy demente», pensó con ironía Jumin a sí mismo cuando notó su nerviosismo. ¿Pero qué le pasaba? Cada segundo que lo veía se ponía más nervioso; el pianista era más que hermoso…
Entonces escuchó cómo empezó a tocar “Edelweiss” de la Novicia Rebelde y su corazón empezó a punzar. No podía apartar la vista de aquel muchacho. Su interpretación era hermosamente dolorosa. Era una melodía ciertamente muy sencilla, pero él la transformó en el sonido más precioso y puro jamás tocado en un piano. Podía sentir la calidez de aquel amor prometido en un último abrazo que jamás llegó, y ver a ese músico con la luz en el rostro era simplemente como ver la última despedida terrenal de un ángel que te acompañaría en ese abrazo.
«Lo habrias adorado...» Pensó el pelinegro con pesar.
Entonces, por primera vez desde que Jumin llegó, aquel muchacho alzó la vista, y aquellos marcados ojos de un muy poco común color cerceta se cruzaron con los suyos con gran intensidad. Esos ojos combinaban el azul insondable y el verde oscuro del mar. Aquella profunda mirada parecía atravesar su ser sin permiso y leer su alma con descaro mientras tocaba las últimas notas de la hermosa pieza.
—Entonces, ¿ya tienes 28 años? Querido Jumin —preguntó la mujer con esa voz que solo le pareció lo más irritante del universo en ese momento.
—Oh no, señora, apenas cumplí los 27 este mes de octubre. —dijo el azabache intentando ocultar su gran frustración por la interrupción y sin querer mencionar qué día era con exactitud. Pero cuando se giró para volver la mirada a aquel joven de piel oliva, este ya había vuelto a su mundo con una nueva canción.
—Hijo, ¿te encuentras bien? —preguntó su padre preocupado.
—¿Ah? —exclamó sin entender el de ojos grises, hasta que notó la reciente humedad en su rostro por las lágrimas que brotaron de ellos sin su permiso—. Oh… solo me emocioné un poco. La pieza fue algo conmovedora. —Restó sin importancia mientras usaba su pañuelo para borrar el rastro de aquellas lágrimas.
—Qué lindo. —concluyó la mujer—. Para continuar lo que quería decir. Tu padre me ha dicho que has evitado cierta cita a ciegas. —dijo con intención—. Se trata de mi alumna; es una joven encantadora, un poco menor que tú. Ya va siendo la edad de que pienses en alguien. —finalizó con mucho entusiasmo; “demasiado”, pensó el pelinegro.
—Oh, ¿de verdad? —preguntó para luego notar lo obvio que sonó su desinterés—. Discúlpeme, he estado muy ocupado con el trabajo. Ya sabe, me encuentro organizando las nuevas instalaciones que abriremos aquí en América y sus finanzas, ¿verdad, padre? —dijo buscando encarecidamente su ayuda.
—Sí, sí.—agregó cuando captó la indirecta (extremadamente directa) de su hijo. — Siempre le han encantado los proyectos, en especial los de gatos. Aunque últimamente Jumin tiene la linda idea de empezar una productora musical, ¿cierto?—y le guiñó el ojo a su hijo con una sonrisa.
—Sí, creo que los intérpretes de composiciones clásicas de Corea están perdiendo relevancia y necesitan apoyo; y también me gustaría traer un formato diferente de contrato respecto a las agencias de entrenamiento actuales de nuestro país. —procedió a especificar el azabache recuperando su serenidad seria, pero ahora con una sutil alegría.
—¡Pero miren la hora! —exclamó muy fuerte la mujer. —¿No crees que deberíamos irnos a descansar en el hotel, querido? —dijo mientras lo acariciaba de forma empalagosa. Demasiado actuada.
—Desde luego, corazón —dijo el hombre de más edad. —¿Nos acompañas, hijo?
—Emmm… —dudó cuando notó que el pianista empezaba a empacar sus partituras rápidamente—. De hecho, unos amigos vienen por mí. Quieren mostrarme un buen sitio. —mintió inocentemente con su expresión seria.
—Espera un momento… —Se interrumpió el señor mayor. —¿Qué día es hoy? —preguntó derrotado.
—5 de octubre. —respondió Jumin serenamente en un suspiro.
—¡Oh, por Dios! ¿Qué me pasó? ¡Feliz cumpleaños, hijo! —dijo alegre y avergonzado. —Ven, hijo. ¡Tenemos que celebrar!
—Me quedo con mi respuesta anterior. —dijo el pelinegro con tranquilidad. —No te preocupes.
—Como gustes. Pero no creas que te vas a escapar de esta; te lo voy a compensar. —agregó su padre divertido. —Nos vemos, hijo.
Y así su padre lo abrazó por última vez antes de desaparecer de su vista con aquella “peculiar” mujer. Nunca fue gran fanático de las parejas de su padre, pero esta le traía peor espina que de costumbre, mucho peor.
Fue ahí cuando decidió acercarse sutilmente a aquel muchacho del piano, quien curiosamente iba caminando con rapidez hacia él.
—Disculpa, te estuve escuchando esta noche. No quisiera molestar, pero…
—Sí molestas. —interrumpió aquel muchacho de cabello castaño para esquivarlo mientras chocó y empujó al pelinegro que se encontraba en su camino a la salida.
Jumin se tambaleó por culpa del ligero impacto. «¿Qué?», pensó, parpadeando con incredulidad.
—¿Disculpa?... —Apenas pudo pronunciar atónito y ofendido—¡¿Pero cómo te atreves, pedazo de grosero?! —exclamó con total indignación Jumin hacia aquel chico, o mejor dicho, al aire, porque el muchacho ya se había ido.
