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A Little Big Surprise

Summary:

Con otro producto de ACME fallido Coyote queda con un pequeño -gran- problema tras una inesperada situación con su presa.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

El sol del desierto caía como una losa de plomo sobre las grietas del cañón. Fiel a su costumbre, Wile E. Coyote aguardaba detrás de una roca con un mapa estratégicamente dibujado y una caja recién entregada por la compañía ACME. Esta vez no se trataba de catapultas defectuosas ni de yunque pesados. El nuevo producto prometía algo mucho más directo: Serum Sintético de Feromonas de Caza. Según el folleto, al inyectárselo, liberaría un aroma irresistible que paralizaría por completo a su presa, dándole el tiempo suficiente para atraparla.

​Sin pensarlo dos veces, Coyote clavó la jeringa en su muslo.

​El resultado fue instantáneo, pero completamente equivocado. Un ardor fuerte recorrió sus venas y un calor sofocante le nubló la vista. La fórmula de ACME, por supuesto, tenía un defecto de fabricación: en lugar de emitir feromonas de caza, alteró drásticamente la biología de su cuerpo omega, desatando un celo feroz, repentino y descontrolado.

​Un distante "¡Beep, beep!" resonó a lo lejos. Coyote intentó ponerse en pie para preparar su emboscada, pero las piernas le temblaron. Cuando el Correcaminos pasó a toda velocidad a su lado, la ráfaga de aire y la presencia del alfa terminaron por romper el último hilo de cordura de Coyote. Su mente se volvió borrosa. El Correcaminos se detuvo en seco, confundido al no ser perseguido, y al darse la vuelta para mirar a su eterno cazador, el espeso aroma del omega en celo impregnó el aire.

El alfa no dudó. Avanzó a paso firme hacia Coyote y lo acorraló contra el suelo arenoso, desbocando un profundo deseo contenido desde hacia mucho tiempo atrás. Guiados únicamente por el instinto puro e incontrolable, ambos se vieron arrastrados por una marea irresistible de feromonas.

 




Dos días después, Coyote despertó en el suelo de su cueva con un dolor de cabeza insoportable y la sensación de haber tenido una fiebre terrible. Con los recuerdos de aquella tarde borrosos y fragmentados, asumiendo simplemente que el experimento de ACME lo había dejado inconsciente por el impacto, intentó retomar su rutina habitual.

​Sin embargo, las semanas transcurrieron y su cuerpo comenzó a comportarse de forma extraña. Las persecuciones diarias le provocaban náuseas repentinas y un agotamiento que nunca antes había sentido. El olor a pólvora le revolvía el estómago y para su propio espanto, sus instintos empezaron a exigirle cosas insólitas: juntar mantas viejas en el rincón más profundo de la cueva para armar un nido y conseguir desesperadamente ciertos frutos del desierto a horas absurdas de la madrugada.

​El golpe de realidad llegó la mañana en que intentó abrocharse su cinturón de herramientas y notó que la hebilla no cerraba. Al mirarse en el espejo de la cueva, descubrió una curvatura inconfundible en su vientre.

​El pánico se apoderó de él. Coyote corrió hacia el fondo de la cueva y comenzó a pedir urgentemente por catálogo todo lo que pudiera ayudarlo a comprender su situación: guías de cuidado omega, suplementos prenatales y productos demás para la gestación.

​Afuera, el desierto estaba extrañamente silencioso. Hacia casi un mes que la silueta del Coyote no aparecía tras los cactus ni se escuchaban los estruendos de sus trampas fallidas. El Correcaminos, extrañado por la prolongada ausencia de su perseguidor, decidió recorrer el cañón en su búsqueda.

​Siguió el rastro hasta la entrada de la guarida de Coyote. Allí, tiradas en el suelo junto a la entrada, encontró varias cajas abiertas de ACME. Al acercarse y mirar el contenido "frascos de vitaminas para gestación y revistas sobre cómo preparar un nido", el Correcaminos ladeó la cabeza desconcertado.

​Decidió dar un paso al interior de la cueva.

──​ ¿Beep beep? ── llamó con suavidad.

​En el rincón más oscuro, sobre una pila de mantas cuidadosamente organizadas, Coyote se encogió de hombros, intentando cubrirse el vientre con un cartel donde había dibujado apresuradamente un signo de interrogación. Estaba visiblemente asustado y vulnerable.

​El Correcaminos se acercó lentamente, reduciendo su velocidad habitual a cero. Al quedar a solo unos pasos, su agudo sentido percibió el inconfundible aroma del nido y la presencia del nuevo ser que crecía en el interior del omega. Su mirada bajó hacia la notable pancita de Coyote.

​Los recuerdos de aquella tarde de niebla y calor regresaron a la mente del Correcaminos con total claridad. El alfa no huyó ni mostró agresividad, en su lugar, soltó un murmullo bajo y cariñoso, dando un paso adelante para posar suavemente su cabeza sobre el vientre de Coyote.

​Coyote dejó caer el cartel sorprendido. El Correcaminos acomodó las mantas a su alrededor con el pico, asegurándose de que el omega estuviera cómodo, antes de salir a toda velocidad de la cueva. Minutos después, regresó trayendo entre sus alas las bayas más frescas del valle y una manta limpia que había encontrado en el pueblo más cercano.

​Acostándose al lado de Coyote en el nido improvisado, el alfa envolvió al omega con sus alas protectores. Coyote suspiró, dejando caer el orgullo que lo había acompañado durante años, y descansó la cabeza contra el pecho del Correcaminos, entendiendo que la persecución no iba a estar durante un tiempo.

Ahora que lo tenía a su lado pegado, cazarlo no era una opción ahora.

 

 


 

 

Los primeros días de la tregua en la cueva fueron una extraña mezcla de cuidado e instinto. Coyote, acostumbrado a una vida de aislamiento, frustración y caídas por acantilados, no sabía muy bien como reaccionar ante la constante presencia del alfa, pero el instinto del embarazo era más fuerte.

Cada mañana, el Correcaminos desaparecía de la guarida a la velocidad de la luz antes de que el sol terminara de salir. Durante las primeras horas, Coyote sentía un pequeño vuelco de ansiedad en el pecho, preguntándose si el ave habría decidido no regresar, pero antes de que pudiera empezar a dudar, un suave viento sacudía la entrada de la cueva. El Correcaminos reaparecía cargado de suministros: frutas frescas, ramas de pino olorosas para aromatizar el lugar y hasta pequeños cojines que misteriosamente lograba sustraer del porche de algún rancho cercano.

La barriga de Coyote crecía a un ritmo constante, y con ella, su cansancio. Pronto, levantarse a buscar agua se convirtió en una odisea. El Correcaminos, al notarlo, asumió el rol de proveedor a tiempo completo.

Una tarde, Coyote estaba acostado de lado en el nido, intentando aliviar un fuerte dolor de espalda. El Correcaminos se le acercó despacio, haciendo un tenue ── beep beep ── casi en un susurro, lleno de ternura. Con delicadeza, usó su pico para acomodar una manta enrollada detrás de la espalda del cánido y luego apoyó su cabeza justo sobre el vientre abultado del omega.

Coyote dio un brinco cuando sintió un leve movimiento desde el interior. El Correcaminos abrió los ojos de par en par, sorprendido, y dejó escapar un trino suave, frotando su mejilla contra la pancita suave de Coyote. Por primera vez en muchos años, los hombros de Coyote se relajaron por completo. Sacó un pequeño cartel en blanco que guardaba cerca del nido y escribió una sola palabra:

"¿Gracias?"

El Correcaminos leyó el cartel, soltó un alegre ── ¡beep, beep! ── y le dio un pequeño picotazo cariñoso en la punta de la oreja a Coyote antes de acurrucarse a su lado, envolviéndolo protectoramente con una de sus alas.

Semanas después, llegó la noche de la entrega.

Una tormenta eléctrica azotaba el cañón, haciendo retumbar las paredes de la cueva. Coyote despertó con un quejido sordo y la respiración agitada. El momento había llegado. El Correcaminos se puso de pie al instante, sus instintos alfa poniéndolo en alerta máxima.

No había médicos ni catálogos de ACME que valieran en medio del desierto, solo estaban ellos dos. El Correcaminos actuó con una precisión asombrosa, trajo agua limpia en una bandeja de metal que Coyote solía usar para sus trampas y empujó hacia él las mantas más suaves. Durante horas, el alfa permaneció pegado a su lado, dejando que Coyote se agarrara con fuerza a sus plumas cada vez que una contracción lo sacudía.

Cuando el sol finalmente comenzó a asomar por el horizonte, el silencio volvió al valle. En el centro del nido, exhausto, con la respiración agitada y cubierto de sudor, Coyote respiró hondo, sintiendo por fin el alivio físico. Se incorporó despacio entre las mantas para sostener a su recién nacido... pero al mirar hacia el centro del nido, se quedó completamente petrificado.

​Allí, acomodado con cuidado sobre la lana suave, no había un cachorro.

​Era un huevo. Un huevo enorme, de superficie suave pero resistente, de un tono azul pálido con pequeñas motas grises.

​Coyote parpadeó varias veces, frotándose los ojos para asegurarse de que no estaba delirando por el cansancio. Miró el objeto, luego miró su propia barriga -que ya no estaba abultada- y volvió a mirar el huevo. Su cerebro colapsó por completo en un segundo.

¿Cómo era biológicamente posible? Había pasado meses leyendo manuales de gestación para mamíferos, esperando un cachorro o en el peor de los casos, un híbrido peludo. ¡Nunca imaginó que el lado de ave del alfa que lo preñó definiría el método de nacimiento!

​El Correcaminos por su parte ladeó la cabeza con curiosidad, emitiendo un ── ¿beep beep beep? ── al ver la expresión de absoluto shock en el rostro de Coyote, no pudo contener un trino suave que sonaba casi como una risita amortiguada.

​Con las manos temblorosas, Coyote echó la mano hacia su costado, tomó apresuradamente un cartel que estaba escrito con letras gigantes:

​"¿¡UN HUEVO!?"

​El Correcaminos soltó un alegre ── ¡beep, beep! ── con el pico tomó un lapiz que estaba en una mesa y al lado del cartel de pánico de Coyote, dibujó un pequeño corazón con una flecha apuntando directamente al huevo. Luego, usando su ala con infinita delicadeza, empujó el huevo hacia el regazo de Coyote y se acurrucó justo a su lado, cubriendo a ambos con su plumaje para mantener la incubación y el calor del nido.

​Coyote miró el cartel, luego al Correcaminos, y finalmente al enorme huevo que reposaba en su regazo. Soltó un largo suspiro de resignación y apoyó cansadamente su cabeza contra el pecho del ave, aceptando que cuando se trataba del Correcaminos y unas caricaturas como ellos, la lógica nunca estaría.

​Y acurrucados juntos en el rincón más cálido de la cueva, los dos antiguos rivales se durmieron por fin, cuidando el sueño de su nueva familia y capaz de algo más entre los dos.

Notes:

coyote omega como debe ser :p

la parte del huevo me inspiré de un fanart, me resultó graciosa porque en si es que no tiene mucho sentido pero como son caricaturas pues no importa todo se puede jeje