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Darren esperó pacientemente detrás de la puerta cerrada de su dormitorio a que cesaran los gritos. Aquel no era el movimiento más honrado por su parte considerando que sus hermanos podrían estar desamparados en cualquier parte de la casa, quizá en medio del conflicto. Pero dejó de lado aquellos pensamientos recurrentes de culpa que cuestionaban sus aptitudes como hermano mayor e intentó averiguar cómo abordaría a sus padres respecto al asunto que se traía entre manos aquella noche.
Cuando la cacofonía que formaban la agresiva voz de su padre y los lamentos de su madre se apagó, contó hasta cien y giró el pomo oxidado de su puerta. Caminó por el pasillo, a hurtadillas, con un sigilo más propio de un fantasma que el de un adolescente de dieciséis años. Bajó las escaleras asegurándose de no pisar algún escalón con la madera podrida y acabar haciendo algún ruido que pudiera perturbar la hipotética paz en la que se había sumido la casa.
Darren caminó hasta el piso inferior, de puntillas, como había caminado por la vida desde que nació. Quiso reírse ante su propia analogía, pero estaba tan nervioso que su típico discurso autoindulgente no caló del todo en él esta vez.
Picó a la puerta de la cocina, un acto mecanizado que repetía cada vez que bajaba a comprobar los daños colaterales. Se encontró con su madre, sentada en una silla, los codos sobre la mesa y la cabeza apoyada entre sus delicadas manos. Uñas mordidas hasta la raíz, las puntas del pelo desgastadas, las yemas de los dedos manchadas por la ceniza del cigarrillo que debía haber estado fumando. Teddy no estaba en el rango de visión de Darren, así que supuso que habría salido con el coche hacia alguno de los pubs que solía frecuentar.
La cabellera oscura de su madre actuaba como una especie de cortina entre ellos, dejando a Darren incapaz de discernir si era un buen momento para tantear su plan nocturno.
—¿Mamá? —la llamó, con la voz suave que solo empleaba con ella.
Marie alzó la vista ligeramente, sin abandonar su posición lamentable. Atisbó a su hijo mayor en el marco de la puerta y volvió a esconderse sobre sí misma. Darren pensó que, si tuviera que describir a su madre en un adjetivo, sería vulnerable. Constantemente en peligro, constantemente rota.
Pero no era el momento de sentir pena por ella.
—Verás… —comenzó, con la voz titubeando ante el holograma que era su madre—. Caoimhe Young me ha invitado a salir, con gente del Tommen, de nuestra edad. Vamos a ir a una discoteca y no volvería demasiado tarde, quizás sobre eso de las doce…
Marie asintió, ajena a lo que su hijo le estaba contando. Darren esperó, al no obtener respuesta simplemente giró sobre sus pasos y fue hacia el salón de su hogar. El suave murmullo de la televisión era apenas perceptible, pero llenaba el silencio de una manera cómoda y se fundía en él. Una especie de ruido de fondo que aparentaba lo que Darren siempre había interpretado como lo que debería ser la rutina propia de un viernes por la noche, en aquel punto muerto donde era demasiado pronto para dormir y muy tarde para hablar plenamente.
Tanteó el cobre en sus bolsillos para comprobar si llevaba algo de calderilla, aunque Caoimhe le había asegurado que ella se encargaría de los refrigerios. Probablemente utilizaría un carnet de identidad falso para acceder al alcohol en el que tanta fijación parecían tener la gente de su edad.
Él no acababa de entender porque renunciaban a la sobriedad, cómo si el mundo no fuera un lugar lleno de peligros. Quizá su desentendimiento de la psique de su propia generación era mera envidia a aquellos que podían bajar la guardia y dejarse llevar por los estupefacientes de la bebida con tanta soltura, que confiaban ciegamente en el entorno y sentían un falso sentido de protección que parecía hacerlos inmunes a la cordura.
Echó una mirada de soslayo a la sala de estar en la que comprobó que sus hermanos estaban bien, sometiéndose ante el sueño ahora que bajo su techo ya no habían más monstruos. Ollie debía estar durmiendo en su cuna, y Joey —acurrucado en el sofá con una Shannon ya dormida sosteniendo al pequeño Tadhg, en el mismo estado de somnolencia, en brazos—, parecía estar entretenido con un programa de televisión que quizás no era lo más educativo para un crío de diez años, pero al menos lo debía estar distrayendo de los ecos persistentes de la pelea que habían tenido sus padres. Joey le confesó una vez, con algo de vergüenza porque no era dado a compartir sus intimidades con su hermano mayor, que los gritos siempre le dejaban la cabeza bombeando, como si tuviera sangre pitándole en sus oídos. Una sensación desagradable que lo hacía querer encogerse, pero sabía que no podía bajar la guardia porque estaba en la línea del frente de una guerra civil.
Darren parpadeó repetidas veces para borrar aquella sensación de tristeza que lo carcomía ante las inocencias arrebatadas y bajó la mirada hacia el reloj de cadena que descansaba sobre su muñeca. Las nueve en punto.
Cogió las llaves de casa y dio comienzo a su vida nocturna.
