Chapter Text
1989.
—Felicidades —anuncia su abuelo, mientras termina de limpiar una de las heridas en su rodilla—. Tienes un alma gemela, hijo.
Luka tiene cuatro años y ha escuchado este término antes: almas gemelas, aquella persona que está destinada a amarte, aquella persona que en su corazón guarda un amor infinito por ti, sin importar qué, ni por qué.
Sus abuelos son almas gemelas, sus padres son almas gemelas, es normal que Luka haya desarrollado la idea de que, eventualmente, él también tendría un alma gemela a su lado.
Solo cuatro años y su abuelo ya ha confirmado.
Una marca de un morado antinatural, pintoresco, descansa en el interior de su pierna. Una pequeña flor de iris que acaba de brotar en su piel.
Luka la toca una y mil veces, sin experimentar una pizca de dolor. Porque las marcas de tu alma gemela no duelen, no son tus heridas, son de la otra persona.
Hay una persona en el mundo, que ha nacido para Luka. Para amarlo. Y en su inocencia, Luka siente que ya la ama.
1995.
«Está rota», piensa Luka, mientras sujeta su nariz y el aroma a metal inunda su cerebro.
Su nariz está rota y no puede hacer más que sujetar con fuerza para no atorarse con su propia sangre. No es la primera vez que sangra, no, pero es la primera vez que el dolor es tan agudo que el miedo de una posible lesión se instaura en su mente cual ave de rapiña sobre un cadáver.
Alguien se acerca, un adulto, con un pañuelo. Hay una mano en su espalda guiandolo fuera de la cancha, porque va a llenar todo de sangre y eso es algo que nadie quiere ver. No ahora, no cuando los niños se divierten y todo es alegría. Lo sientan en una silla y una mujer adulta se acerca a revisar su nariz y Luka intenta no llorar, pero está asustado, una nariz rota.
—No está rota, afortunadamente —dice la mujer, peinando el cabello de Luka hacia atrás—. Pero necesita ser más cuidadosos.
Lo último no lo dice mirando a Luka, sino que a la persona detrás de él. Percibe la presencia de su madre antes de oír su voz y así es como Luka es retirado del partido amateur que se formó junto con los otros niños. No hay regaños, pero la expresión angustiada de su madre es suficiente para que su pecho duela.
Él debería saber mejor que preocuparla de esta manera, después de todo. A pesar de todo. Intenta enmendarlo ayudándole a preparar su cena, pero su madre lo envía a limpiar las manchas de sangre de su ropa. Es difícil, pero Luka consigue un resultado medio decente en el pequeño cuarto de baño.
Una hora lavando su ropa, una hora observando su nariz en el espejo. Tiene un pequeño corte, que mezclado al impacto, generó tal cantidad de sangre. A Luka no le gusta la imagen en el espejo, sus ojos rojos y sus párpados hinchados. Se ve feo.
Regresa a su habitación para dormir unos minutos, pero despierta cuando todo está cubierta de sombras.
—Branka dijo que no dejará cicatriz —indica su madre con voz gentil, mientras da las últimas puntadas a la pieza de tela entre sus manos, un abrigo quizás—. Si es eso lo que te preocupa.
Es curioso como su madre lo conoce mejor de lo que él se conoce a sí mismo. Sí, es cierto. Desde hace un par de años atrás, a Luka le preocupan las heridas en su rostro. No es vanidoso, pero es un niño empático y sabe que la vida es más dura cuando las niñas tienen marcas en su rostro. Tiene dos hermanas después de todo.
Sabe que si él tiene una cicatriz en su rostro, su alma gemela podría tener una también. Una marca de algún color al azar; rojo, negro, blanco, verde, azul. No le gustaría ser la razón por la cual su alma gemela acabará con un apodo vergonzoso o desagradable. Así que Luka cuida su rostro lo mejor que puede, porque cuando tienes un alma gemela, tus heridas no te pertenecen solo a ti.
—Mamá… —Luka susurra a la habitación, antes de correr a echarse contra el regazo de su madre.
Ella le acaricia la cabeza con cuidado y consuelo.
Esa noche cenan en silencio. Esa noche, una nueva marca morada aparece en el tobillo de Luka.
«¿De qué color serán las marcas que aparecen en mi alma gemela?» Es una pregunta que se hace todas las noches.
2000.
—¡¿Qué es esa cosa en tu espalda?!
Luka deja su camiseta de lado para voltearse hacía su compañero, curioso por ver de quién está hablando. Se encuentra entonces con tres ojos fijos en él, abiertos como platos y sonrisas a punto de explotar en risotadas. El «¿De qué hablan?» queda ahogado en su boca, cuando otros de los chicos lleva corriendo, abriéndose paso entre sus compañeros para estallar en un:
—¡Modric se tatuó la espalda!
El camerino estalla en ruidos de sorpresa e incredulidad. Todos los chicos de su club, tan jóvenes como él, rodeándolo como si le hubiera crecido otra cabeza. Pronto hay risas, silbidos, sonidos de asco y muchos dedos presionando la tersa piel de su espalda. Hay preguntas, hay teorías, hay respuestas inventadas y muchas bromas. Sin embargo, todos se callan ante un grito que bien podría compararse con el de un animal siendo asesinado. Luka se da cuenta de que ha gritado él cuando llega el familiar dolor en su garganta.
Se apresura a buscar un espejo, cualquiera, sus piernas lo guían lejos de compañeros que intentan detenerlo, ya sea con curiosidad, preocupación o malicia.
Hay un tatuaje en su espalda, pero él no se ha tatuado, lo cual implica solo una cosa: su alma gemela se ha hecho un tatuaje.
Luka se siente extraño ante esa revelación, mientras busca algún espejo y demonios, ¿Por qué se siente tan desorientado ahora mismo? Su alma gemela se ha hecho un tatuaje, un tatuaje para ambos. Porque no hay forma de que su alma gemela no pensara que se iba a reflejar en su piel también. ¿Un mensaje tal vez? Luka ha leído en el periodo sobre una pareja de almas gemelas que se encontró ya que ambos tatuaron sus números de teléfono en sus cuerpos. Sería estúpido decir que no lo ha pensado, el dejar un mensaje. No lo ha hecho porque también sabe de almas gemelas que simplemente escogen no estar juntas. Que hay miles de factores que puedan hacer una unión imposible y él no podría lidiar con el hecho de que su alma gemela lo odie.
Y aún así… Luka ya quiere conocer a su alma gemela.
¿Cómo no hacerlo? Tiene catorce años y la curiosidad solo va en aumento. Una chica que se tatué es algo de lo que no ha escuchado más allá de un sicaje. ¿Y si es eso? ¿Y si su alma gemela está más cerca de lo que imagina? Luka siente su pulso retumbar en sus oídos y sus pulmones apenas siguiendo su respiración. Aún no han entrado a la cancha y Luka siente que ha jugado 120 minutos ininterrumpidos. ¿Y si es un nombre? Debe ser el nombre más bonito del mundo, alguien a quien Luka también pueda dedicarle sus goles. ¿Y si es una dirección? Luka puede visitarla, ver si tienen un equipo digno donde él juegue o mejor, quizá vive en la sede del equipo de sus sueños. ¿Y si es un número? Luka encuentra un espejo y piensa en qué le diría a su alma gemela, Dios, ¿Si quiera hablarían el mismo idioma? Luka se voltea y…
Es un duende.
El impacto se siente físico y Luka debe cerrar los ojos antes de volver a mirar, porque claro que debe ser un error…
—Un duende. —Escapa de los labios temblorosos de Luka, cuando su entrenador entra al cuarto y su mirada se encuentra con la de Luka—. Es un duende.
Su entrenador es un hombre adulto, con la paciencia de cualquiera que tiene que encargarse de la disciplina y mantener el equilibrio en un lugar lleno de adolescentes que están cruzando o a punto de cruzar la pubertad. Se acerca con una expresión que Luka nunca le ha visto antes, hasta que puede poner una mano sobre su hombro. Hay silencio y Luka solo mantiene su mirada baja sin saber qué es lo que siente. O sea, ¿Hay algún subtexto que no comprende? Hay alegría, porque es una marca de alma gemela, una que va a durar, pero es tan fea, Dios, tan fea. ¿En qué estaba pensando su alma gemela?
—Con un balón —dice su entrenador, antes de aclarar su garganta—. Debe gustarle el fútbol.
Algo hace clic en la cabeza de Luka y casi se parte el cuello por lo rápido que se voltea a mirar nuevamente la imagen. Se muerde la lengua, mientras su mirada se acostumbra a los toscos trazos morados en su espalda.
—Cinco minutos, Modric —indica su entrenador, dándole unas palmaditas
En ese momento, Luka simplemente lo sabe: su alma gemela debe ser un chico, uno idiota y desconsiderado, que posiblemente ama el futbol más delo que ama a su alma gemela.
Y vaya…
Luka se da cuenta de que eso es algo con lo que puede lidiar.
2006.
El maquillaje para cubrir marcas de almas gemelas era más caro que el usual. Primero, debía hacerse a pedido, de tal forma que pudiese coincidir a la perfección con la piel de la persona. Segundo, debía hacerse con fórmula resistente, de tal forma que no se borre con facilidad ante el sudor o el agua común. Si bien había evolucionado con el paso de los años y ya existían algunos países en Asia que habían desarrollado marcas exclusivas para ello, con servicio de aplicación, la verdad es que Croacia se mantenía al margen.
Por su lado, Luka seguía la fórmula original, una maquillista de confianza que había conocido a través de su madre en su pueblo natal. Ella se encargaba de hacer la mezcla que Luka aplicaba de manera religiosa sobre la marca de su espalda para poder cubrir al «duende», como había bautizado el tatuaje de su alma gemela.
Su relación con su marca era compleja. Le gustaba tener algo permanente que le recordara a su alma gemela, pero también era el recordatorio constante de que su alma gemela no podría ser una chica. Sí, quizás era prejuicioso de su parte, pero luego de hablarlo con sus hermanas, simplemente sentía que era el tipo de decisiones estúpidas que solo pertenecían a su género.
Ese había sido el único tatuaje y Luka a menudo se preguntaba si se debía a que su alma gemela no quería más, o que había recordado que su piel ya no le pertenecía solo a él. Sea cual sea la respuesta, Luka estaba agradecido. No sabría cómo llevar su rostro a la cancha si algún día su alma gemela decidiera que era una buena idea tatuarse algo en la cara o el cuello, ya sabes, lugares que son más difíciles de cubrir.
Luka había memorizado su tatuaje: un duende con un balón. Sonaba sencillo, pero había noches en las que Luka se pasaba despierto hasta la madrugada pensando en las mil posibilidades que podía ser su alma gemela. De seguro era un jugador de fútbol también, alguien que ama tanto la pelota como para tatuársela y las marcas moradas que aparecían en las piernas de Luka, hacían compañía a sus propias lesiones causadas por el deporte.
¿Sería un buen jugador de fútbol? ¿Sería malo? Arquero no era, algo en el corazón de Luna se lo decía. Mediocampista quizás como él… Un delantero tal vez. Ah, ¿En quién pensaría cuando anotara goles? ¿A quién buscaría en las gradas de los estadios? O quizás en las gradas de un pequeño club deportivo cuyo nombre solo saben los pueblerinos. ¿Sería mayor que Luka? Quizás el tatuaje fue un regalo por la mayoría de edad y quizás estaba ebrio al momento de hacerlo.
Luka piensa en muchas cosas sobre su alma gemela, excepto en su apariencia. Sigue siendo un chico y eso es… bueno. Las almas gemelas pueden ser platónicas también. Un compañero que lo acompañe en la cancha algún día, suena como una promesa. Suena como algo con lo que vale la pena soñar.
(A pesar de su autocensura, en más de una ocasión Luka se encuentra pensando en ojos amables y sonrisas encantadoras).
Su alma gemela también es este pequeño secreto a voces suyo. Es difícil esconder todas las marcas moradas y violetas que aparecen en su cuerpo. Pero el tatuaje es solo suyo. Nadie más que sus padres y su hermana y aquellos compañeros de camarín tantos años atrás, han podido verlo. Es su secreto, algo íntimo, algo que solo le pertenece a él y a esa persona en algún lugar del mundo. Es por eso que ahora, más que nunca, Luka debe maquillar a la perfección esa marca.
No todos los días debutas en la selección nacional de tu país. Es el primero de marzo y Luka siente que el día de hoy, va a volver a nacer.
No hay que ser un genio para saber que la exposición que recibes en un partido del mundial es mayor a cualquier partido de tu vida posterior a este. Millones de personas sintonizando sus televisores para apoyar a sus países. Millones de croatas sintonizando sus televisión con nada más que un sueño y esperanza.
Un «esta vez sí, Dios».
«Sí, está vez sí», piensa Luka mientras comienza a trotar junto a su equipo camino a la cancha.
(Tres meses después, Luka siente como si cada marca en su cuerpo estuviera cargada de estática, pero tiene un mundial por el cual pelear, así que no tiene tiempo para detenerse en eso).
2010.
Luka está un poco demasiado ebrio cuando Bale lo acompaña a tomar aire fresco. No debería seguir bebiendo, pero han ganado 3 a 0 y la euforia sigue corriendo por su sangre como la lava de un volcán en erupción. Apenas lo recuerda, Luka baja la cabeza para seguir riendo como un idiota.
—¿Duele?
A pesar de que conoce, reconoce la pregunta típica después de una caída, una patada maliciosa o durante los ejercicios de elongación. Algo raro escucharla en medio de la noche, sentados en la banca de un bar que sigue celebrando su victoria.
—¿Qué? —pregunta Luka, ladeando su cabeza, sonriente. Es una preguntita tonta, estar ebrio no duele.
Entonces Bale presiona su dedo índice contra el cuello de Luka, donde una marca de color morado de formó de manera espontanea hace un rato ya. Fue el centro de atención de sus compañeros y Luka, ya un poco más suelto gracias al alcohol, no contuvo su explicación. Les habló de color morado, de marcas que aparecen y de como sus padres y sus abuelos también son almas gemelas. Es como enseñar un truco de fiesta, todo el mundo enloquece y comienzan a contar sus propias anécdotas. Algunos tienen almas gemelas, pero la mayoría no. Luka se transforma en esa pequeña anomalía de bolsillo que todos quieren comprender, pero luego de que se niegue por quinta vez a enseñar más de su piel, el tema muere cuando llega la siguiente ronda de tragos. Incluso con su reticencia, Luka adora que otra gente se interese en su alma gemela. Su alguien especial.
Y es que su alma gemela era su alma gemela, ¿vale? Daba igual si Luka se había acostumbrado a maquillarse las marcas que parecían mordidas sobre sus hombros, o aquellos chupones violetas alrededor de su cuello, clavículas y otros lugares aún más vergonzosos. Eran la prueba de que allá afuera había alguien que había nacido para él, quizá no de la manera que esperaba, pero allí estaba. Disfrutando más la vida de lo que Luka lo hacía, aparentemente. ¿Pero qué más daba? Bien por él, donde sea que esté. A veces, Luka deseaba poder sentir un poquito de su éxtasis a través de la marca, pero ya sabía que era imposible. Esa conexión era antojadiza, había gente que sentía un ligero cosquilleo cuando sus marcas se formaban, ¿Luka? Nada. Solo se podía confirmar con colores y conexión.
Ah, qué locura, ¿ves?
Un vínculo tan imposible de romper como de explicar. Algo íntimo, algo suyo, algo que a veces…
—No duele —responde Luka finalmente, antes de atrapar su labio inferior entre sus dientes, sin comprender porqué la verdad le sabe a mentira—. No lo hace.
Ese es un dato duro, esa es la verdad. Las marcas de almas gemelas no duelen al momento de formarse, son un fenómeno extraño y difícil de explicar. «Magia», decían en los tiempos antiguos, «vínculo molecular que se manifiesta a través de hiperpigmentación», intentan explicar los científicos de la actualidad.
A Luka le gusta más pensar que es algo mágico, algo que solo pasa, algo que no tiene explicación.
Bale pregunta algo y Luka arruga la nariz porque las palabras aún le son difíciles, más aún cuando está completamente intoxicado.
—¿Quieres conocerla? —Bale pregunta contra su oído, aliento caliente y que de seguro apesta a cerveza, mientras retira sus dedos de la piel de Luka. Hay algo en su voz que el otro hombre no puede definir bien, algo que tiembla un poquito, más pesado de lo usual.
Eso es algo que Luka se ha preguntado mucho los últimos años.
¿Realmente quiere conocer a su alma gemela?
Es un sentimiento complejo. No es lo mismo desear conocer a alguien cuando tienes cinco años y una pequeña familia viviendo en un pueblo, que conocer a alguien a los veinticinco años cuando ha ocurrido, bueno, el mundo entero. La gente en promedio vive ochenta años así que, ¿no ha transcurrido ya un cuarto de toda su vida? ¿No ha transcurrido ya un cuarto de siglo?
Muchas cosas pueden pasar en veinticinco años, tiene conocidos que ya están casados y con hijos. Hay gente que muere antes de alcanzar esa edad. Dios, es más viejo que su propio país.
Puede que su alma gemela tenga un infarto al saber que él también es un hombre, o quizás no. Quizás le infarte saber que es croata, nunca cabe. Quizás es alguien a la vuelta de la esquina, a la espera de un mejor amigo o un rival. Solo son ideas, hipótesis. ¿Cómo saber algo de su alma gemela cuando nunca ha habido ningun tipo de contacto? Porque conexión es una cosa y contacto otra. La verdad es que Luka no le ha dado ninguna señal de nada. ¿Egoísta? Tal vez. ¿Sobre-pensador? Demasiado.
En una ocasión, en un arrebato, Luka escribió una letra M contra su muslo, con un sacacorchos. La herida no duró más que una o dos semanas, algo superficial. ¿Qué más da? Una letra que podía significar un millón de cosas, pero que sigue siendo algo suyo, algo que pudo entregar y… Ah. Estaba haciendo otra cosa, estaba pensando en otra cosa, sí. Dios, ha bebido demasiado.
Luka vuelve al presente cuando siente la intensidad con la que Gareth lo mira… Ah, cierto, su amigo le ha hecho una pregunta.
Frunce el entrecejo, pensativo, tratando de unir los pensamientos dispersos de un borracho y ponerlos en palabras de un idioma que jamás será el que habla en su cabeza. Su boca puede hablar en inglés, pero su cabeza y corazón se aferran al croata como un náufrago a su tabla.
Bale pregunta y Luka no siente que le debe una respuesta, pero aún así, es algo que en este momento siente que necesita sacar de su pecho.
—Quiero que… —Hace una pausa para tragar saliva, ah, realmente se siente un poco tonto ahora—. Quiero que quiera conocerme.
Por algo se empieza, no.
Luka quiere conocer a alguien que esté tan emocionado de conocerlo como él lo está, no aceptará nada menos.
—Va a sorprenderse —dice Gareth, luego de un largo rato, con una sonrisa amable y un habla animada al añadir—. Positivamente.
Luka asiente.
—Apenas estoy empezando.
¿Una advertencia? Una promesa.
Aún tiene mucho que demostrarle al mundo, no solo a su alma gemela.
Ah, realmente quiere ser alguien a quien miren con admiración. Así que toca derramar más sudor, sangre y lágrimas.
