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El chico de los tulipanes

Summary:

Armando es su chico bonito y Brian el chico de los tulipanes.

Él prometió que le amaría por siempre y por siempre es demasiado tiempo.

Notes:

Así es, yo adapte mi propio fanfic a este ship que me tiene obsesionada, pero es que neta les quedaba muy bien y no me resistí a que me pidieran adaptación.

Work Text:

La ventana de Diego daba directo a la calle principal de todo el pueblo. Al vivir en una casona vieja de dos pisos, le daba ciertos privilegios, sus muros eran gruesos, las recámaras casi insonoras, el lugar céntrico donde vivía, le permitía ver toda aquella gente que visitaba su ciudad en días festivos por lo enorme y magnífica que era esa celebración ahí, lo bueno de vivir en ese lugar, era que, uno: todo le quedaba cerca, dos: podía ver los desfiles y decoraciones en primera fila y sin formarse a tempranas horas. Diego amaba pasar ahí navidad, era lo mejor, ver todo decorado con hermosas luces y desfiles llenos de magia, amaba ver como las tiendas se llenaban de gente en búsqueda de regalos y como era divertido verlas pelearse por cosas que se agotaban, era lo bueno de tener grandes tiendas de vecinas, lo malo, es que solo eran los únicos que habitaban esa calle principal, pues fuera de ellos, todo era negocios y a una calle, el Palacio gubernamental, junto con el zócalo donde todas las festividades se celebraban, donde la bandera mexicana siempre ondeaba en lo alto y siempre en fines de semana las calles de llenaban de turistas.

 

Mateo adoraba pasar festividades con su primo Diego, en su casa, mejor dicho, pues la casa era enorme y le encantaba pasar horas en el balcón de la habitación de Diego contemplando a la gente o el cielo o incluso dibujando manhwas, con el viento siempre dándole en la cara, era un balcón magnífico donde se podía hacer cualquier cosa, era la parte de la casa que más amaba, sin duda, aunque bueno, no podía culparlo, los dos amaban esa parte de la casa, Diego se sentía bendecido por tener esa habitación y no la de alguna de sus hermanas, sin duda fue afortunado.

 

A veces a Diego le gustaba apostar con su primo quien se quedaba con el regalo y quien salía perdiendo de las peleas por las rebajas en las tiendas, así de divertida era la vida de estos adolescentes que disfrutaban de su vida, eran solo dos chicos de diecisiete años, que se llevaban menos de diez días de diferencia, eran como hermanos, casi gemelos, que tenían mucho en común, aunque no siempre coincidían en todo, pues habían cosas que eran distintos, por ejemplo, tenían festividades favoritas distintas, a Diego le encantaba navidad y a Mateo, los días de noviembre donde la muerte se celebraba, distintos sin duda alguna, cada quien con intereses distintos; está vez quien se les había sumado a las celebraciones era Jordán Carrillo, un amigo en común de ambos, que no llevaba mucho en la pequeña ciudad y quería conocerla bien y a profundidad, que mejor que sus amigos para la labor ¿No? nadie mejor que los chicos que siempre le brindaban la mano, esos que desde que pisó la ciudad por primera vez, se hicieron amigos. Todo fue gracias a Mateo quién era su vecino, luego conoció a Diego en la escuela y juntos se hicieron buenos amigos; es por eso que cuando Diego le propuso pasar esa temporada juntos en su casa, así ahorrándose que tuviera que viajar con su madre a la capital del país, Jisung no lo dudo siquiera y acepto, no perdía nada haciéndolo, se decía que en esa ciudad, la celebración era magníficamente grande.

Era el primer día de noviembre, Mateo adoraba ese día, sin embargo, Diego no se asomaba ni un ratito a la ventana siquiera, nada, nunca pisaba fuera en esa semana de festividad, solo salía absolutamente si era necesario, pues a pesar de que amará ver lo alegre que se volvían las calles, el cempasúchil formando alfombras coloridas y las cientos de ofrendas que se ponían en concurso y todo lo que involucra la celebración, había algo que a Diego no le gustaba en lo absoluto, no le gustaba nada, nadita, es por eso que no salía.

Pero le gustaba estar dentro de casa, hoy era el día en que montaban toda la ofrenda en la noche, para que mañana, toda la familia pudiera reunirse, y cuando digo toda es toda, desde las dos hijas de su abuelo materno muerto con todo y familia, hasta aquellas almas que la madre de Diego aseguraba que nos acompañaban, nadie, nadie tenía permitido saltarse el único día en que podían compartir tiempo todo ellos, los que están y los que ya no estaban, Realmente era encantador, la tía Leonor también llegaba a casa con sus nietos y su hija, era un día netamente familiar, a la casa de Diego llegaba hasta la familia de su padre (que no se llevaba del todo chido con la familia materna de Diego), pero era abiertamente bienvenidos, todos los posibles por llegar lo eran, sus abuelos llegaban el día dos de noviembre, así que no se preocupaban por tener habitación esa noche.

Mateo y Jordán estaban en el balcón de la casona, Diego estaba acostado, mirando una película de caricaturas, era un día normal, realmente, aquí acostumbraban a poner las ofrendas por fechas, había día para cada muerto, según las creencias, Diego aún no sabía distinguir con exactitud qué orden llevaba, el chiste es que desde el 27 de octubre, día en el que Diego adorno un rinconcito del patio techado para poner la foto de su perrito muerto, hasta el dos, en todos esos días había alguna ofrenda, había una ofrenda que significaba algo distinto. El 28 era para un tío de parte de su padre y alguien a quien siempre le ponían algo, pero no la foto de esa persona, es como si existiera tal hueco sin una foto, solo por algo que por tradición existía, el 31 para otra persona de la familia de su padre y así iban los días consecutivamente, uno para cada ocasión de muerte, dependiendo si existía alguien que murió por cierta ocasión, ya sea por un accidente, o era un infante, depende de cuál haya sido la causa del deceso, era que se ponía una ofrenda.

Eran cerca de las siete de la noche, el cielo ya pintaba oscuro entre el manto de estrellas que lo cubría y la luna que brillaba, ese día, la luna brilla roja, como si fuera de sangre, los dos chicos del balcón la observaron, estaban absortos viendo la maravilla de la naturaleza, era raro, que después de tantas luces, la noche pudiera verse clara, sin embargo, ahí estaba, brillando en el abundante cielo.

— ¿No vendrás a ver la luna, Dieguito? — preguntó Jordan aún sentado en el piso, con las piernas cruzadas y recargado en la pared, esperando una respuesta de su amigo.

— el puto no sale estos días, Jordi — explicó su amigo castaño, aún sin mover los ojos del cielo.

— ¿Por qué, cabrón? ¿Te conviertes en lobo? ¿O que pedo? — bromeó el chico, se rió con su chiste malo, pero solo a Mateo le dio risa, de Diego no salió nada, ni una sonrisa de su boca.

— Nada de eso, es que cree que en cualquier momento vendrá Edward Cullen y la verdad es que él es más de los vampiros clásicos, ya sabes, Drácula y ese vampirito chistoso de las películas antiguas, el que está cagadito.— habló Mateo burlándose del absurdo miedo de su primo.

— ¿Nosferatu?— preguntó el culichi con una sonrisa burlona, era un vampiro feo de una película vieja y muda con efectos feos y que duraba una eternidad.

— Ese mismo, es mi novio, por si no lo sabías — bromeó Diego desde dentro, sin revelar el verdadero motivo del porqué estaba tan, tan, tan renuente a salir a ver la hermosa luna, por más de que se muriera de ganas por hacerlo, realmente quería, pero su miedo era más grande, así que mejor era quedarse en su cama, a salvó.

— De verdad ven, prometo que yo te rescataré de los malvados monstruos y la chingada, Diego.— insistió Jordán con las mejillas rojas, Mateo despegó la vista del cielo y los miró con una mueca fingida de asco.

— Aquí con sus joterías no los quiero, váyanse a besar a otra pinche parte, para de jotos — bromeó el menor, las mejillas de los otros dos se volvieron de un rojo intenso, intenso, pero ninguno fue testigo de su sonrojo.

— No me gusta salir este día, Jordi — murmuró Diego, luego de salir de la pena que sentía, Jordan realmente le gustaba, mucho. Mateo lo sabía, es por eso que les delataba siempre, vaya traidor hijo de puta.

— ¿Por qué, Dieguín?— preguntó, muerto de la intriga, quería saber que le impedía para admirar la bella luna que solo se presentaba pocas veces, era hermosa, luna llena, roja y gigante.

— Ehh, ¡Ay no! Me veré como un patético, ¿Qué vas a pensar de mí si te lo digo?— Jordan dejo de ver el cielo para voltear a mirarlo, Diego ya lo miraba y al darse cuenta que Jordán lo cacho y sobre todo le dió una sonrisa tímida, que le tranquilizó, se sintió aún más enamorado, realmente lo tenía mal o apendejado, seguro el condenado le dio agua de calzón o un pedo así.

— yo jamás me burlaría de ti, Dieg, lo digo en serio, jamás lo haría — sus palabras sonaron dulces y bastante convincentes, palabras que no se dicen a la ligera, Mateo estaba convencido de que estos dos estaban más que enamorados, más que pedidos, completamente engatuzados.

— Bien, saldré solo un ratito, ¿Está bien?— trató de ceder, luego de tanta insistencia, ¿cómo le diría a Jordan que quien le espantaba no era algo ficticio, ni un monstruo gigante, menos un dragón o un ser fantasmal? Quien le espantaba estaba vivo, era de carne y hueso.

— ¡Ay no, ni se te ocurra! — Gritó Mateo, Viendo a un punto de la calle exacto, Se levantó rapidísimo— él ya viene para acá, no salgas ya, cabrón, se te acabó tu tiempo de contemplar la luna.

—¿Él? — preguntó Jordán sin comprender, la cara de Diego se convirtió en una pálida como el papel y se quedó callado sin decir absolutamente nada, de nada.

—sí, él es un... — dos toquidos en la puerta hicieron sobresaltar a Jordan y también guardar silencio a Mateo.

—¡Chicos, dice mamá que ya bajen a ayudar!— la voz de la hermana menor de Diego sonó fuertemente, digamos que la niña tenía un tono de voz extremadamente fuerte y que se escuchaba bastante bien, incluso para los fuertes muros de concreto.

— Ya vamos, Oli — respondió Diego y tan rápido como pudo, se levantó de la cama, casi como si tuviera un resorte — es hora de bajar, pendejones.

— Genial, hoy me robaré tres mandarinas, tu Jordi te robas tres guayabas y Dieguín, tú te robas el corazón de Jordán, ¿entendido?— Diego solo sonrió tímido, y le mento la madre a su primo, Jordan enrojeció como tómate y le enseño el dedo de en medio a Mateo.

— También puedo traerme manzanas, los plátanos no, aún están verdes.— Diego no negó jamás el querer robar el corazón de Jordan. Tímido por el acontecimiento, salió rápido de su habitación, sin esperar a sus amigos, ellos lo fueron siguiendo; el pasillo de las habitaciones estaba alumbrado siempre, el ventanal que daba a la otra calle tenía las cortinas recogidas y las escaleras de concreto tenían una alfombra azul que las hacía lucir elegantes, como de un castillo, el candelabro alumbraba desde el techo, antes portaba velas, hoy en día era eléctrico. Bajaron de prisa, eran veintisiete escalones, trece derechos, un escaloncillo largo que permitía dar la vuelta cómodamente y luego otros trece escalones, estos estaba llenos de plantas, había dos pinturas en la pared y ninguna foto de absolutamente nadie, en las casas siempre había alguna foto, pero en esta era raro que hubiera alguna colgada en la pared.

Luego de bajar presurosos, no perdieron tiempo y caminaron al segundo patio de la casa, la casona contaba con dos de ellos, uno al centro de la casa donde se encontraba una fuente y techado con un domo que cubría el sol y otro en la parte trasera donde su madre cultivaba plantas y flores, la parte favorita de Diego, sin duda, porque ahí te tomaba las mejores fotos. Para la salida del primer patio, tenía tres, una desde la sala, otra desde la cocina y luego una desde el comedor, el ser una casa tan enorme contaba con muchas puertas y salidas. La ofrenda siempre se colocaba en ese enorme patio de la fuente, Diego admiraba lo hermosa que era, tan grande y majestuosa, donde creía fielmente que en efecto, los seres queridos habitaban ahí un solo día al año, por más que le daba miedo, le gustaba como no tenían una idea, era algo más que físico, sentimental.

—Niños, ustedes se encargarán de la fruta, después de que tu mamá, Mateo, ponga el papel ¿Okey?,— indicó la mamá de Diego, ellos asintieron, luego le dió una mirada a su marido— tú, mi amor, ve a preparar la masa para los tamales, yo pongo los adornos y las flores, los demás ya saben que hacer ¿Verdad Oli? — la niña asintió, Rachel, la hermana mayor de Diego, estaba en la cocina ayudando a su madre con el relleno de los tamales. En total se preparaban diez guisos distintos para ese día, se colocaban las cosas que les gustaban en vida y luego, las fotografías, el mero día se prendían todas las velas y se les esperaba en el panteón, donde se adornaban sus tumbas con hermosas flores amarillas y las mariposas blancas volaban en el viento, la muerte se esperaba con alegría, una celebración bastante dichosa, los chicos estaban encantados con todo lo que les acontecida, Jordan por fin podía meter mano a una ofrenda, pues su mamá no le dejaba poner algo en la ofrenda.

Comenzaron a ayudar a la mamá de Mateo con los preparativos, los niños pequeños corrían por la casa y estaban insistiendo en querer ayudar, pero su tarea ya estaba terminada, Oli y Alberto, su primo, hermano de Mateo se encargaron de deshojar un manojo de flores naranjas, para hacer el camino para mañana, también para decorar la mesa que ya comenzaba a tomar forma. Los papeles ya colgaban del techo en una forma bonita, los adornos también ya estaban puestos, el patio lucía muy, muy bien.

— ¿La tía Leonor vendrá?— preguntó Mateo curioso a su madre, parecía indiferente, pero le encantaba estar junto con la viejecilla grosera que siempre tenía anécdotas que contar, era una señora bastante buena persona.

— Sabes que esta noche todos dormimos apretados, Mate, seguro la tía ya viene en camino, así que no pongas cara y trae la cinta adhesiva que está en la mesa—Mateo y Diego adoraban pasar tiempo con la tía Leonor, porque tenía historias muy bonitas que contar de sus épocas de juventud, a veces contaba historias de cómo era vivir entre ferrocarriles o sus juegos en la calle con canicas y baleros, la tía Leonor era una viejecilla bastante grata y bondadosa que amaba pasar tiempo con la juventud, a veces decía que soñaba con volver a tener piernas fuertes para correr junto con los niños, pero ahora gozaba mucho de hablar en el fuego de la chimenea de la casa, junto con su familia. Lo raro de la tía Leonor es que jamás, jamás, jamás hablaba de su familia cercana, ni de su hermano, ni de sus padres, nunca los mencionaba más de lo plenamente necesario.

— Por cierto, ya no me dijeron que le da miedo a Diego— retomó el tema Jordan mientras colocaba frutas en forma de pirámides, tal como lo hacía Mateo antes de ir por la cinta. Diego por otra parte le ponía dedicación y comenzó a colocar la fruta de forma estéticas cubriendo lugares y colocándolas sin que se repitieran, debían dejar espacios para poner la comida, más bebidas, las ceras y algunas flores para adornar el altar, así que Diego se estaba dando a la tarea de hacer, envuelto en tantos colores y texturas que le hacían suspirar del gusto. Solo salió de su ensoñamiento cuando Jordán habló, siendo tan curioso con el tema de querer saber que era lo que le aterraba.

— No es nada realmente, solo es un señor que parece vagabundo.— Diego alzó los hombros restándole importancia y continuó con su labor de poner los cuatro pisos de la enorme ofrenda familiar. El pan ya olía desde lejos, seguro la segunda ronda de pan saldría pronto del horno, tan caliente que el hambreado de Diego quería comerse uno al instante, aunque sabía ya no podía, pues su madre le contaba que si tocaba alguna cosa de la ofrenda, ellos vendrían a reclamarle en sueños, o peor aún, a llevárselo. Es por eso que nadie tocaba nada de la ofrenda cuando ya estaba puesta, pero, antes de poner todas las cosas en la mesa, Mateo robaba algunas frutas para comerlas escabullidos en la habitación de su primo, no si antes compartirle al chico de su motín, esta vez compartiría su motín entre tres, es por eso que debían robar una cosa más de cada fruta.

—No parece, es vagabundo — murmuró Mateo, al parecer todos los adultos ahí presentes ignoraban la presencia del señor que cada año se presentaba fuera de su casa. — Es raro, usualmente siempre anda vagando por toda la ciudad en busca de dinero o de comida, pero justo el día de hoy, suele sentarse en frente de la casa y contemplar la puerta, algo muy tétrico realmente.

— ¿Les ha molestado?— preguntó el chico algo perturbado, imaginando lo raro que era tener a alguien frente a tu puerta, cada año, él sin duda no soportaría verlo fuera y se ondearía Machín.

— No, no habla para nada, con nadie, ni hace nada, solo se sienta a contemplar la puerta, como si esperará algo— Mateo suspiró — tenemos dos teorías Diego y yo, una es que ahí es donde sabe que al pasar la gente, le dará dinero al ser un punto muy céntrico o dos, que al momento de quitar la ofrenda, nuestra familia le da algo de ella y espera pacientemente por su comida.

— Eso suena más válido, quizá ya sabe que aquí está asegurado algo ¿No?— Mateo asintió y se guardó tres plátanos en la bolsa de su enorme sudadera, a pesar de que Diego le dijo que no, porque estaban verdes. — pero, ¿Cuánto tiempo tiene viniendo?

— Desde siempre, apuesto que llevo más años conociéndolo a él, que a mi papá. — bromeó Mateo con su típico humor pendejo. — a Diego siempre le ha dado miedo, desde que tiene como cinco años, es por eso que no asoma ni un pelo a la calle, dice que tiene miedo que lo ataque o que le diga algo.

— ¿Por qué?— preguntó aún más curioso, quería saber todo de Diego, plenamente enamorado, saber que le afectaba, que le molestaba, era demasiado tímido para preguntar directamente.

— Solo una vez le habló, fue para decir que tenía los ojos igualitos a no sé quién, Diego quedó traumado, no porque el hombre fuera grosero, es solo que era un niño y se imaginó que le sacaría los ojos o algo así.

— Deja de hablar de mí a mis espaldas, tonto— Diego le dió un golpecito en la cabeza a su primo, este se sobó el golpe como si hubiera sido muy fuerte— Sí, Jordi, me da miedo ese hombre, pero es porque es raro, muy raro, es un vagabundo, pero no lo parece, siempre vestido con traje, incluso si es maloliente, su cabello es muy largo, es lo que recuerdo, pero siempre trae una flor en la mano y no mira a la puerta, ve directo al balcón donde duermo, es muy raro.

— ¡OH cierto! El siempre pone una flor en frente de la casa, no es un cempasúchil, es una... Uhm, una... ¡Ay no sé cómo se llaman!— Mateo se rasco la cabeza intentando recordar. — ¡MAMÁ! ¿CÓMO SE LLAMAN LAS FLORES QUE PONE EL LOQUITO AQUÍ EN FRENTE?

— MATEO NO SEAS UN GROSERO, NO LE DIGAS LOQUITO AL SEÑOR.— aunque todo mundo sabía que al señor le faltaba un poco de cordura, la tía Leonor siempre recalcó que debían tratarlo con respeto.

— PERO ESTÁ LOQUITO EL VAGABUNDO MAMÁ,— gritó nuevamente, su mamá lo escuchaba desde la cocina girando los ojos.

—si la tía Leonor lo escucha, le dará con el bastón — le comentó la mamá de Diego, ambas hermanas se rieron ante la escena imaginaria.

 

— SE LLAMAN TULIPANES, CHAMACO GROSERO.— Mateo sonrió con la respuesta de su madre.

 

— Sí eso, tulipanes, siempre pone uno, la tía dice que no se lo quitemos, así que esperamos que cada año lo renueve, nadie lo mueve, para nada, es como una tradición, verlo con ese hermoso color rosa, verlo tan hermoso y brillante, hasta que va pasando el tiempo y de poco se va muriendo. De el al final solo quede una ramita seca, sin vida— suspiró Diego, muy adentrado en la plática, pensando en aquella flor que descansa frente a su casa cada año ¿ Por qué el extraño hombre la podría ahí? Solo el timbre de la casa lo hizo concentrarse de nuevo en su labor.

— Oli, ve a abrir la puerta por favor — le habló su padre a la niña, la niña le hizo gestos y de mala gana se levantó a abrir la dichosa puerta, esperando que no fueran sus tíos paternos, porque eran muy odiosos.

—Tia Leonor, hola— la voz chillona de la niña resonó por parte de la gran casa, los ojos se le iluminaron al ver a la viejita ahí parada— hola tía Lídia, Hola Hugo, hola Santo.

— Me llamo Santiago— murmuró el chico harto de que la niña siempre le cambiará el nombre, pero no realmente, era solo como un juego de palabras que la niña tenía con él, Santiago parecía huraño, pero realmente amaba estar con los niños y jugar a perseguirlos por toda la casa.

— sí, como sea, Santo— Santiago la miró mal, para luego cargarla entre brazos y hacerle cosquillas, la niña se carcajeaba ruidosamente, todos pasaron a la casa, Santiago, cargando a su prima en brazos.

— Mamá, la tía Leonor ya está aquí con toda su bola de familia— dijo la niña, sin ser consciente de que su madre la regañaría por mal educada.

— Invite a Brian a pasar, pero como siempre, se niega— comentó la mujer mayor, caminando con su bastón, directo a la sala, la mesa de la ofrenda ya estaba casi hecha, Lidia se sintió culpable por llegar un poco tarde para ayudar, pero había mucho tráfico en la carretera y pasar era una osadía, muchos visitantes venían a la ciudad a ver las hermosas ofrendas, este año serían a actores y actrices importantes, el año pasado fue a cantantes.

— Hugo, Santi— se escuchó la voz de Diego al pasar a la sala, los saludo primero, porque fue a los primeros que vió, luego cuando se adentró por completo a la sala, vió a las dos mujeres.— Tía Lidi, que guapa. Pero no más que Tía Leonor, que guapa.

— Lo sé, yo siempre, bonito— jugueteó la anciana sacándole risas a Diego y a todos los presentes. campillo se acercó, le dio un abrazo a su tía abuela, otro a su tía y luego un choque de manos con sus primos los mayores, quienes solo por dos y tres años le llevaban. Mateo imitó la acción y a Santiago terminó dándole un golpe en la frente con su dedo medio, él quiso cobrar venganza, pero su mamá se lo impidió.

— Está vez no intentes matar a Mateo, Santi, ya hablamos de eso— Mateo le enseñó la lengua, victorioso y el chico juró venganza en silencio, enseñándole el puño derecho, Mateo se refugió detrás de Diego, escondido como un pequeño ratón.

—oh, él es Jordan, mi mejor amigo— presentó Diego al chico tímido de mejillas sonrosadas que tanto le robaba los suspiros, recién había entrado por la puerta y estaba tímido al lado de los primos — Jordi, ella es la Tía Leonor, de la que hablamos antes, tía Lidia es su hija— le señaló a la señora que le saludó con emoción, la mujer mayor le dió un asentimiento con la cabeza y por alguna razón, lo miró con detenimiento— y ellos, son mis primos mayores: Hugo y Santiago.

— Santo para los amigos— habló Oli, antes de salir corriendo por creer que Santiago la perseguiría, pero Santo estaba amenazado por su mamá, ya que le dijo que no corriera como chiquillo tras los menores, Gilberto había desaparecido de repente, tal vez y se había ido a dormir, solo tenía cinco años, era un nene que a esa hora ya debía dormir. Era eso o estaba detrás de su mamá cómo siempre, porque Gilberto amaba a su mamá y al ser pequeño la perseguía siempre.

— por cierto, traje las fotos— anunció Lidia sacando la carpeta con las fotos de los familiares, se fue con ellas directo a la ofrenda y también con ganas de saludar a sus primas, que estaban en la cocina, se fue dejando a los adolescentes y a la tía Leonor en la sala, ya todos habían terminado su labor en la ofrenda, era momento de sentarse a perder el tiempo, sin duda, a escuchar a la viejita que estaba sentada en el sillón.

 

— Abue, ya te dijimos que no lo invites a pasar— comentó Hugo abriendo la boca por primera vez en la noche, Jordán estaba tímido sentado en el piso, ¿Invitar a pasar? ¿a quien? Pensó.

 

— Sí, abue. Nadie sabe porqué está aquí. Así que ya no lo hagas, ¿Qué tal si un día se aloca y te hace algo? — preguntó Santiago, La abuela le hizo un gesto de insignificancia con la mano y continuó mirando el fuego de la fogata, miraba mucho a Diego y luego su vista pasaba a Jordán, luego de nuevo al fuego y luego en sus recuerdos.

— ¿De qué hablan?— preguntó Diego sin comprender.

 

— Ya sabes, la abue siempre tiene un corazón completamente solidario, quiere desde hace años hacer pasar al vagabundo de enfrente, ya le dijimos que no—dijo Hugo, pero la abuela no le hizo caso.

— ¡Ay no!, a Dieguín le da miedo, tía.— comentó Mateo preocupado por su primo, parecía mala leche, pero no lo era, adoraba a su primo y lo cuidaba como nunca.

 

—Miedo debería darle yo enojada— comentó la tía y luego se levantó del sillón, las rodillas le crujían —anda niños, vamos a ver cómo está quedando la ofrenda previa.

— Pero abue...— refutó Santi, sin embargo la abuela le puso la mano en el hombro.

— Pero nada, me llevan a verla o arranco a correr aquí— bromeó, sus rodillas ya no daban para tanto, así que solamente bromeaba con correr.

— No, mejor no, que tal si no la alcanzamos.— bromeó Mateo, siempre siendo el bromista de la familia, él decía que debían pagarle por ser el payaso familiar.

 

— Sí, mejor si hay que llevarla.— apoyó Diego parándose del piso, Jordán le imitó en seguida. Todos salieron al mismo paso, la ofrenda se veía maravillosa y no estaba aún completa.

—¡Oh!, que hermosa es, me está gustando mucho, tiene mucha flor y es divina, este año es muy grande, seguro que a mi mamá le gustará mucho.— Suspiró Leonor, al parecer esa noche estaba sumergida en los recuerdos, resulta que antes de partir para la ciudad, sus nietos y ella vieron coco, así que andaba melancólica.

— Sí, lo creo realmente, quedó hermosa y el papel picado es divino.— opinó Hugo, tomándola del brazo.

 

—Wow, es mucha familia — comentó Jordan, viendo tantas fotos en la enorme ofrenda, en su familia solo iba la foto de su padre y la de su gatito Zeus.

— Oh, si muchachito, somos muchos aquí, y como tú eres un nuevo integrante, te los voy a presentar yo.— comentó la viejita con una sonrisa a el hombre menor. Este se sonrojo ante la mención de "nuevo integrante".

—O~oh, okey seño~señora, está bien— tartamudeo a media frase.

 

— Dime tía Leonor, para más confianza.— dijo la mujer, contemplando las fotos, el espacio en blanco y todo en la mesa.

 

—Bien tía Leonor, quiero saber.— dijo con más seguridad.

 

— Que bueno, porque ahora que ya eres parte de la familia, debes conocerlos a todos.— indicó la señora y este enrojeció.

 

— ¿parte de la familia?— preguntó, los primos estaban hablando entre ellos, solo era un momento para Jordan y Leonor.

 

— ¿Crees que estoy ciega, muchacho?— la pregunta salió reciente, Jordán no entendió.

— ¿Disculpe?— preguntó al no entender.

— Abue, asustas al chico— Dijo Santi, quien se mantuvo atento a la plática de los dos.

 

— Shhh, Santiago, no interrumpas pláticas de adultos.— le calló la abuela

 

— Bueno, me calló.— pasó una mano en su boca simulando un cierre y aventó una llave imaginaría.

 

— A ver muchacho, sé que soy una anciana de ochenta años, también sé que crees que por eso no veo, pero déjame decirte que me operaron las cataratas hace dos años, así que aún tengo visión— le advirtió.

— Entendido, tía Leonor, yo no dudé en que no vea, no me tomé por grosero.— no sabía en qué momento quedó como un grosero.

 

— Nada de eso muchacho— suspiró la mujer— Se lo que ustedes tienen, porque esa mirada solo la he visto una sola vez en la vida. ¿Ustedes se quieren no es así? ¿Quieres mucho a Diego?

— Y~Yo...— no sabía que decir, lo quería mucho, pero ¿Así de evidente era? Se moría de la vergüenza.

 

—ABUELA, LOS ACABAS DE DELATAR UNO ANTE OTRO — grito Mateo, todos rieron menos los involucrados, ellos estaban rojos como un tomate, las orejas las tenían calientes y no sabían cómo reaccionar.

— ¿Qué no lo sabían? Hasta un tonto se da cuenta.— se burló la señora sin ninguna malicia.

— Ellos son tontos abuela.— le comentó Mateo y la abuela supo que había metido la pata.

 

— Bueno, una ayuda no le hace mal a nadie— suspiro— Bueno, continuemos. Él es mi esposo, mi buen Pedro, murió hace tres años, no sabes cómo lo extraño. Ellos son familiares del papá de Diego, así que no se mucho de este lado de la ofrenda, pero de este lado, está mi madre, esta mujer es mi mamá, tan linda ella. Este de aquí es mi padre no sé qué hace aquí, yo no lo podría nunca, pero bueno, que hacerle si ya está aquí y este el abuelo de estos mocosos, mi hermano, Javier. — Leonor miró la foto de su hermano y soltó un Suspiró, se quedó en silencio un momento antes la expectante mirada de los chicos, saco algo de su Chal, una foto antigua a blanco y negro, la saco con aprecio y las manos temblando como si fuera algo demasiado importante, acercó la foto a sus labios y le dió un beso extenso, con un suspiro y los ojos brillosos. Extendió la foto a la ofrenda y la puso en el lugar vacío, sin decir nada, luego en silencio se fue dejando a todos los jóvenes ahí, sin entender ni un poco de lo que pasó, la Tía era la única encargada de poner aquella foto ahí, la única que la tocaba, la única que lo sabía absolutamente todo de lo que había pasado en ese lugar.

 

— Siempre he tenido curiosidad acerca de quién es— murmuró Mateo, viendo al joven de la foto del cual nadie de ellos sabía nada, era el único totalmente valiente de romper el silencio.

 

— Yo igual muero por saber quién es.— Murmuró Santi con ganas de saber de quién hablaban.

 

— ¿Quién es quién?— preguntó la mamá de Mateo, con las hojaldras en la mano.

 

— Este chico, mamá— señaló la foto — nunca nos dicen quien es, sabes, es como un secreto. O algo así, ¿Tu sabes?

 

— Oh, el Tío Armando.— dijo, mientras acomodaba el pan de una forma bastante artística.

 

— ¿Tío Armando? Jamás había escuchado ese nombre mamá — murmuró el chico, algo pensativo.

 

— Sí, hermano de su abuela y de su abuelo.— les dijo.

 

— ¿Por qué nunca lo habíamos visto antes en la ofrenda?— sí estaba, el año pasado sí estuvo, pero nadie le tomó demasiada atención a la ofrenda como hoy.

 

— ¿Por qué no lo conocimos? — preguntó Hugo bastante intrigado, si era hermano de su abuela ¿Por qué jamás nadie lo había mencionado?

— su foto se presentó aquí, hace un año, luego de la muerte de mi padre.

 

— ¿Murió después que él? — esta vez preguntó Diego.

 

— Él murió, mmm... La verdad no sé cuándo, la verdad no sé mucho acerca de él, pero digamos que su foto siempre estuvo en una ofrenda aparte en casa de tía Leonor, tu abuelo no lo quería aquí, porque dice que su padre se negaba a poner la foto de su hermano, fue la tía Leonor quien nos dijo que quería ver su foto en este lugar, con la familia, siempre insistió mucho, pero mi padre se negaba, por eso cuando el abuelo murió, volvimos a colocarlo aquí, en la ofrenda grande.

 

— ¿El abuelo se negó a poner a su hermano? Pero si son igualitos— Diego no podía creerlo, su abuelo siempre había sido tan bueno.

— Yo no sabía que tenía hermanos— dijo Mateo sin saber cómo sacar un chiste de ello.

 

—Ni yo, realmente es sorprendente— comentó Hugo.

 

— ¿Y si le preguntamos a la tía por él?— habló, por primera vez, Jordán. Estaba intrigado, no podían culparlo de nada.

 

— ¿Crees que la abue quiera hablar?— Santiago le preguntó a Hugo, el mayor.

 

— No perdemos nada intentándolo.— alzó los hombros, todos los chicos entraron en bola buscando a la mujer, pero se quedaron en silencio al escuchar la voz de la tía Leonor.

 

— Ya te dije, Lidia, yo siempre que esté viva, siempre invitaré a pasar a Brian a la casa, no importa si alguien le teme o alguien se opone, yo siempre le abriré las puertas ¿Escuchas?

 

— ¿Por qué lo defiendes tanto, mamá?— dijo Lidia bastante desesperada.

 

— Sí, abue, ¿Por que lo defiendes?— preguntó Hugo intrigado, todos lo estaban.

 

— Es alguien que conocía, simplemente, no hay razón para todo.—mentía, la mujer mentía, no del todo, pero lo hacía.

 

— ¿Un señor que conocías?— preguntó Rachel saliendo de la sala.

 

— Sí.— murmuró tajante, pero pronto ya tenía a todos sentados en la sala, unos en el piso, otros en los sillones, solo las adultas hermanas no estaban ahí, fuera de eso, todos estaban ahí.

 

— Tía, ¿Puedo preguntar algo?— preguntó Diego, sentándose a lado de la tía, Jordán imitó la acción.

 

— Dime, niño curioso — le acarició la cara, Diego cerró los ojos al tacto, como si fuera un gato.

 

— ¿Quién es el señor que pones en la ofrenda?— preguntó de repente.

 

— ¿Mi esposo?— divagó la mujer, Diego rió.

 

—No, no, habló de el chico, de esa foto en blanco y negro.— la mujer se quedó callada un momento, luego suspiró y entonces recordó la película que vio, si quería que Armando siguiera viviendo, debía contarles acerca de él a alguien, es por eso que debía hablarlo, hoy tenía ganas de hacerlo.

—Oh... Él es Armando.

— Que bonito nombre — comentó Mateo, Jordan solo escuchaba atentamente, a lado de Diego quien no sabía qué decir exactamente.

 

— Él era mi hermano...— soltó con melancolía.

 

— ¿tu hermano?— preguntó Santi, ellos solo sabían la existencia de un solo hermano.

 

— Sí, mi hermoso Armando.— su nombre sonaba raro luego de años sin mencionarlo.

 

— ¿Qué le pasó?— preguntó el curioso de Mateo.

 

— ¿Por qué no lo conocimos?— esta vez fue Hugo quien preguntó.

 

— ¿Por qué no estaba en la ofrenda?— habló Santi.

 

— ¿Por qué no se habla de él?— Diego estaba intrigado.

 

— ¿Quieren saber de él?— Leonor los notaba bastante curiosos al respecto.

 

— Sí— dijeron en coro, prestando atención.

 

— Bien, les contaré quién fue Armando.— suspiró, tenía años sin recortar todo aquello.

 

»—Cuando yo era más joven, unos años más joven, cuando vivía con mi familia toda reunida en esta misma casa, fue donde todo sucedió. Mi hermano era muy joven, muy guapo e inteligente, nuestros padres lo adoraban, sin duda alguna, lo adoraban, con su carismática sonrisa, con su hermoso rostro, su inteligencia para las matemáticas y sobre todo su hermosa voz, era un joven maravilloso, yo lo admiraba, sinceramente de los gemelos, era al que yo más amaba. No es que no amará a su abuelo, les prometo que Javier era maravilloso, los tres teníamos una buena relación, aunque yo era la mayor de todo ellos, pero realmente Armando tenía algo que te hacía amarlo por todo lo que hiciera o dijera, sabía cómo ganarse a las personas ¿Saben?

 

Eran una familia rica de los años sesenta, para ser más concretos, del año 1964, Leonor tenía 21 en ese entonces, los gemelos habían cumplido 17 este febrero. Leonor no sabía con exactitud cómo fue que pasó, cuando o como sucedió, nadie lo sabía, era un secreto que se encontraba perdido entre la mente de alguien que ya no estaba y de alguien que se murió, un secreto que no fue a voces, que se guardo a pecho, solo de dos, una relación plenamente de dos personas, que simplemente se guardaría en esas dos mentes.

Brian lo sabía todo, todo, todo, y siempre lo sabría, Brian lo sabía lo sabía, lo sabía, entre su mente pérdida lo único que podía recordar con claridad, era el día en que lo conoció, ese día que es lo único que recuerda con cariño, era como una promesa al viento y un mensaje secreto, sin código para recuperarse. Eran los días mediados del invierno, el frío azotaba la mañana del ocho de febrero, a las ocho de la mañana. Brian antes de ser quien era, fue hijo de alguien importante, un gobernador bastante bueno y querido que ganaba los millones y Brian solo era un niño rico. Tenía 18, lo tenía todo, incluso humildad, era guapo, alegre, todo un artista emocionante, las chicas lo buscaban por montones, pero a él le costaba trabajo relacionarse con las personas para largo plazo, así que solo le gustaba conocer gente, relacionándose con todos y siendo mejor como amigo que como novio.

Armando Quería lucir muy bien, pues se encontraba en una cita, celebrando su cumpleaños diecisiete recién cumplidos, con la chica más hermosa de la preparatoria, ellos eran unos adolescentes, que estudiaban la preparatoria en alguna parte de la ciudad; dentro de la prepa habían chicas que morían por él, era muy bello, extremadamente bello, bello como ningún otro, bello como sólo él podía serlo, y aunque no era el único y existía su gemelo en el mismo sitio, era todo un placer de mirar a Brian, pues lo que le diferenciaba de su hermano, era la belleza interna que él portaba, siendo todo una masita de persona.

Armando llevaba las bebidas en las manos, la chica esperaba por él en la mesa que siempre ocupaba en ese lugar tan visitado, el lugar estaba justo detrás de la rockola, solo era cuestión de pasos para llegar cuando sucedió. Cuando él sucedió.

 

Brian quería escuchar una canción que no salía de su cabeza desde que se levantó, y la llevaba tarareando desde que subió a su auto, condujó con esa musiquilla en la cabeza, con dirección a su destino, había llegado a ese lugar con el único objetivo de estar con su cita del día. Brian portaba una chamarra deportiva roja con crema, su cabello bien peinado bajo la gorra de baseball y sus amigos íntimos, los tenis desgastados blancos que le hacían un look único y controversial, las chicas lo amaban así, deportista, descarado y sinvergüenza, lo amaban por su belleza, por su perspicacia y lo artístico que era. Era bueno en todo, no había nada que hiciera mal, no existía lo imposible para Brian.

 

Se levantó de su asiento siendo un galán, camino seguro a su destino  y sin fijarse metió la moneda a la máquina. Sin saber que la máquina se tragó su dinero y lo peor es que no podía meter otra moneda porque está se estancó en el cerrojo donde iban las monedas, digamos era un deportista algo torpe, con fuerza ruda y suéteres de lana, un chico torpe, pero tan malditamente atractivo que pasabas por alto su torpeza. No se dió cuenta que Armando pasaba por detrás, dio un golpe a la rocola, sin esperar que la fuerza de rebote llegará, haciendo que chocada con Armando y gracias eso, le tumbada las bebidas directo al chico. Lo malo es que no solo ensució la playera blanca de Armando, sino que también el vestido de su conquista, vaya error, o tal vez no fue tan malo, porque si no hubiera sido de esa forma, ellos no se hubieran conocido jamás, eso sería una lástima eterna.

 

— ¿¡QUÉ NO TE FIJAS!?— gritó Armandk cuando el líquido frío le manchó la playera.

 

— yo... Eh, Lo siento— murmuró Brian de buena manera, se sentía culpable en cierta manera.

 

— ¡MALDITA SEA! QUEDARE OLIENDO A CHOCOLATE Y LA MIA ERA DE FRESA— siguió gritando, no le molestaba estar mojado, le molestaba porque olía a chocolate, y si bien el chocolate le encantaba, le gustaba más oler a fresas.

 

— Vaya...— Brian se quedó mudo, muy desorientado, como si a él se le hubieran caído las bebidas encima.

 

— ¿Qué?— cuestionó el chico con algo de rudeza en la voz, estaba limpiándose con una servilleta de inmediato. Colocando los vasos de plástico en la mesa.

 

— No creí que hubiera un hombre más bello que yo.— murmuró Brian embobado con la belleza de Armando, no se mordió la lengua para decirlo, él era directo a todo lo que decía, hacía y actuaba.

 

— ¿Eh?— alcanzó a cuestionar Armando, algo despistado. ¿Lo estaba llamando bello? ¿Él se autodenominaba bello?

 

— Mira que bella cara— Brian alzó la mano para tocarle las mejillas, las tomo con delicadeza, su piel era suave y delicada, quedó maravillado a sabiendas de que el chico era real y no una ficción de su imaginario. Sería magnífico pintarlo algún día.

 

— ¿De qué hablas?— Armando se puso tímido, mientras se limpiaba la enorme mancha marrón de su ropa.

 

— De que eres guapo.— soltó como si nada, como si fuera normal que un hombre le dijera a otro tales palabras.

 

— ¡MALDITO IDIOTA!, ¡MIRA LO QUE LE HICISTE A MI VESTIDO! — Gritó la chica alterada, por un momento Armando se olvidó de la existencia de la chica, se acordó de ella hasta que gritó. La chica sacando humo por las orejas, se levantó y se dispuso a irse.

 

— Chica, cuando quieras, yo puedo compensar la malteada— le grito Brian a la mujer, que solo lo miró mal y azotó la puerta al salir— Vaya que ruda.

 

— ¡IDIOTA!, tú vienes conmigo— dijo la mujer en otra mesa donde Brian se debía encontrar, está enojada por el descaro de Brian, se levantó enojada y le tiró la malteada encima al chico, se la iba a tirar en la cabeza, pero Brian tenía buenas reflejos y solo alcanzó a mancharle la sudadera.

 

— Genial ahora huelo a vainilla— murmuró al ver salir a la chica muy molesta— Ni siquiera me gusta la vainilla.

 

— Eso te pasa por idiota,— se burló Armando del hombre extraño.

 

—Chico bonito, no puedes hablar porque sales perjudicado igual. Ambos olemos dulce.— Brian tenía un punto.

 

—La diferencia que a mí no me dejaron por idiota.— es cierto, Brian ya no tendría el número de la chica, pero bueno, él había salido ganado, pues se había quedado con el chico bonito.

 

— Sí, la chica exageró.— bufó, y sin pensar siquiera, le pasó la mano por la cara a Armando, un dedo nada más, que apenas lo toco, cuando se llenó la mano de la bebida dulce que estaba en una mejilla del moreno, se la llevó a los labios chupando el sabor — Sabes rico. 

 

— ¿Qué? Quita tus manos de mi cara idiota.— le dió un empujón, solo un simple roce a su mejilla le hizo sentir explosiones en el estómago, una sensación rarísima, una sensación que le comenzó por los dedos de los pies y le termino en el pecho.

 

— Bien, solo porque me lo pides.— se alejó un paso, recargándose en la mesa de enfrente a la de Armando— por cierto, ¿Cómo te llamas?

 

— No te interesa—  le dijo hosco sin querer soltar información de él.

 

—  Sí lo hace, por eso te pregunto.— a Brian comenzó a interesarle por completo quién era aquel chico bonito que tanto se enojaba solo por una malteada.

 

— No voy a decírtelo— se negó de nuevo Armando, casi como un jugueteo de tira y afloja.

 

— Yo me llamó Brian— le dió su nombre y Mando pensó que era un nombre bastante bonito, encantador.

 

— Creo que no te pregunté— le contestó tratando de ser grosero.

 

— Que grosero, por eso tus citas te dejan— se burló el chico, Armando lo miró mal.

 

— Pues no, no me dejan por eso, me dejaron por tu culpa.— le indicó, Bri asintió con una sonrisa descarada— De todos modos, ella fue la que me invitó aquí.— murmuró a regañadientes.

 

— Duh, ¿Eres de eso que esperan que los inviten? — Brian lo miró mal, algún defecto debía tener este chico bonito, aunque realmente podía pasarse todas las red flag por alto si se trataba de este chico.

 

—Nah, usualmente yo soy quien invita, pero hoy ella quería celebrarme— murmuró restándole interés, es verdad, era la chica más hermosa de la prepa, pero a él no le gustaba nadita, era muy superficial, y se había burlado de una persona en sus narices, esperando que él le siguiera la burla.

 

— ¿Cómo por?— preguntó Brian algo curioso.

 

—Es mi cumpleaños — alzó los hombros, restándole importancia, casi no lo celebraba— de todos modos yo iba a pagar, ella solo me invitó a venir.

 

— Sí bueno, creo que te dejó solo en tu cumpleaños— suspiró el chico de cabello algo largo— aunque siempre que quieras puedes invitarme a mí, no lo dudes.

 

— ¿A ti para que te quiero?— frunció el ceño— Ella probablemente podría ser mi novia, pero ¿Tu?

 

— Sí, bueno, aceptó que me tomes de la mano, pero ya los besos te saldrán más caros que una malteada.— bromeó Brian, provocando que Armando lo mirará con el ceño fruncido, pero a punto de soltar una carcajada.

 

— ¡Iugh!, eres hombre, no pienso besarte jamás.— aunque si lo pensaba... Los labios de Brian eran muy bonitos y lucían carnosos, quizá besarlos era mejor que nada, como una acción premium.

 

— ¡Duh!, que aburrido. Yo solo bromeaba. Pero para que veas que soy buena persona, déjame invitarte una Brina de cumpleaños, anda que yo pago.— dijo Brian, mientras el pelinegro mejor alejaba esos pensamientos acerca de los labios de Brian.

 

—No iré a pedirlas así.— Mando se señaló la ropa sucia de chocolate.

 

—¡Duh!, todo tengo que hacer yo, mi amor. — le hablo cariñoso el chico, por suerte el local estaba casi vacío a esa hora— Lo aceptó sólo porque es tu cumpleaños.

 

— Deja de actuar como un raro— le regaño Armando, el de cabello largo solo se rió estrepitoso.

 

— ¿Qué? Pero ¿Por qué? Si es tan divertido ver tu cara molesta— él era bonito incluso cuando estaba molesto, realmente ver su rostro de ver a era una bendición absoluta.

 

— La gente puede mal interpretarlo— murmuró Armando, viendo a los empleados que algunos les miraban raro, o eso creo Armando, en realidad, ni los veían.

 

— ¿Quieres qué te lo diga en privado?— le dijo el mayor alzando las cejas de arriba para abajo.

 

— Si no me lo dices es mejor, así que guarda silencio y ve a pedir las malteadas.— le ordenó.

 

— Nadie nunca me había mandado a nada.— Brian casi sacaba corazones por los ojos, era chistoso verlo de esa forma, chistoso ver cómo se conocieron, cómo fue que ellos llegaron a conocerse.

 

— Siempre hay una primera vez ¿No?— Brian asintió.

 

— A la orden, cielo— se fue por las malteadas, Brian tomó asiento, mirando el lugar vacío y fijando la mirada en el chico que pedía malteadas. Luego desvío la mirada cuando creyó que lo veía demasiado, perdiéndose en sus pensamientos— Feliz cumpleaños a ti, feliz cumpleaños a ti, feliz cumpleaños querido extraño, feliz cumpleaños a ti. 

 

Brian llegó con una pequeña tarta y las bebidas en una charola, nunca nadie le había dado una tarta, menos un extraño, Armando casi no festejaba su cumpleaños, solo su hermana mayor les cantaba las mañanitas a él y a su gemelo, pero nada más. Javier a veces ni lo felicitaba, aunque Armando se encargaba de siempre abrazarle ese día, por más que odiara el contacto físico.

 

— G~gracias— tartamudeo sin saber bien decir con exactitud.

 

— No es nada, no cualquier día es nuestro cumpleaños número... ¿Cuántos cumples?— le preguntó.

 

— diecisiete, cumplo diecisiete — Brian alzó las cejas con asombro.

 

— yo igual tengo diecisiete, aunque bueno, el mes que viene es mi cumpleaños.— me comento con mucha alegría, preguntándose qué tan compatibles eran los acuario con los Piscis.

 

— ¿Tu cumpleaños? — preguntó algo obvio 

 

— Sí, cumplo dieciocho. Ya soy todo un adulto.— dijo con orgullo, aunque por dentro, aún era un niño.

 

— Sííí, cómo no.— Dijo con ironía — Anda acercalo para que sople la vela.

 

— Que impaciente— le recalcó Brian 

 

— Jamás he apagado una vela— es cierto, ni siquiera de niño lo hizo.

 

—¿Nunca?— Armando asintió con una carita muy tierna.

 

—Nop, jamás — era la primera vez, Brian se llevó todas sus primera veces, es por eso que tanto lo amo.

 

— Bien, entonces hazlo, no olvides de pedir un deseo— Brian Le acercó la tarta con una vela improvisada que le presentaron los empleados.

 

— ¿Un deseo?— el chico asintió.

 

— Eso que pedimos en silencio sin que nadie sepa para que se cumpla.— Brian amaba pedir deseos, a las estrellas, al viento, al destino, en velas de cumpleaños, amaba hacerlo.

 

— Bien, pediré un deseo.— se concentró, de preparo y entonces lo pidió: quiero algo interesante en mi vida. — Brian —murmuró pasando un rato en silencio, el chico bajo la tarta y lo observó.

 

— ¿Dime?— pidió con una sonrisa.

 

— Gracias.— ambos se sonrieron sinceramente.

 

Aquella tarde, en un puesto de bebidas bastante solicitado, con una canción de fondo que Brian nunca olvidaría, fue cuando lo conoció, lo conoció en febrero, cuando el sol estaba en acuario y esa noche había luna roja en el cielo, eran dos jóvenes, con todo que perder, sin nada en los bolsillos, comenzaban a encontrar quienes eran en la vida, solo dos chicos, que aquella tarde se conocieron tras un accidente con las bebidas, porque que lo comenzaron todo.

 

A partir de ahí comenzaron a verse muchas veces más, casi como si se desbloqueara un personaje nuevo en su vida, comenzaron verse por coincidencia en todas partes, casi como si uno se siguiera a otro. Se veían en los puestos, en el café de la esquina, en la iglesia, se encontraban por azares del destino, casi sin querer, Brian aún no sabía su nombre, a Armando las mejillas se le ponían rojas cada que lo miraba, el recuerdo de la palabra amor saliendo de sus labios siempre le atrapaba. Solía llamarlo así cada vez que se veían, muchas veces solo susurrado, sin que las palabras realmente salieran de su boca, a Armando se le volvían las mejillas rojas, las orejas se le calentaban y el corazón se le aceleraba. Brian era un coqueto, Armando lo era también, pero no sabía cómo reaccionar ante él, ante un hombre.

Fue en marzo, para ser sinceros el día del cumpleaños de Brian, cuando se volvieron a ver solos, casi como si se esperaran, en el mismo lugar que se conocieron, fue una nueva coincidencia, pero se sintió como destino.

 

— Genial, mi deseo de cumpleaños se cumple rápido— murmuró el mayor al verlo entrar al local de malteadas, Brian ya no necesito buscar otra mesa, se sentaría junto a él.

 

—¿Qué pediste?— le pidió que le dijera, Brian le sonrió bonito, al sonreír el lunar debajo de su ojo se ocultaba, era bonito, Brian era muy bonito, lo miraras por donde lo miraras.

 

— Verte— no mentía 

 

— No comiences con tus bromas — no le gustaba a Armando, porque lo ponía nervioso, lo ponía tímido y no podía ocultar lo que sentía.

 

— Yo no bromeó con esto, realmente pedí hacerlo— decía la verdad.

 

— Para qué querías verme... Espera ¿Dijiste cumpleaños?— el mayor asintió, estaba solo el día de su cumpleaños ¿Raro? No, siempre estaba solo, podía ser que la gente le rodeará, pero Brian se sentía solo.

 

— Al parecer estamos destinados a vernos en nuestros cumpleaños.— Armando también lo creía — Hoy cumplo dieciocho, niño bonito. Nada mejor que verte para alegrarme mis días.

 

— La gente te está escuchando, Brian.— el local estaba lleno.

 

— No hay nada de malo en mis palabras, cariño.— cariño, fue la primera vez que él le llamó de esa forma.

 

— Me tratas como si fuera una de tus conquistas, yo no soy mujer — por un momento, Armando se molestó al escucharlo hablarle de esa manera, imaginando que Brian le hablaba de esa forma a todos.

 

— Ni quiero que lo seas, desconocido.— llevaban poco más de un mes encontrándose en todas partes y él aún no sabía su nombre.

 

— Tus palabras son confusas.— murmuró Jeongin poniéndose como un tómate.

 

— No, nada de eso.— Brian no sabía cómo decirle que a él no le gustaban las cosas para siempre, pero a él lo quería para siempre a su lado, era tan raro — Pero antes, ¿Tienes tiempo hoy?

 

— ¿Para? — preguntó 

— Quiero una cita— lo soltó como si todos los días un hombre le pidiera a otro una cita, lo peor es que fue en frente de mucha gente.

 

— ¿Doble?— Brian soltó una risa y luego un bufido.

 

— No, contigo.— una cita con él, una cita con él, una cita con él, era realmente innegable, inaceptable, ya ni sabía que era, solo una cita, pero es que estaba tan nervioso, tan, tan nervioso.

 

— Somos hombres, Brian.— le murmuró.

 

— ¿Y la cita nos quitará la identidad?— preguntó, sin entender porque Armando le aclaraba su sexo.

 

— No, no digo eso, solo que...— ya ni sabía cómo justificarse.

 

—Querido extraño, créeme que no perdemos nada intentándolo— Dios, que guapo era este hombre y cuanto alocaba su corazón.

 

— ¿Intentar que?— tenía tanto miedo.

 

— Ser solo nosotros mismos, no te pido nada más que tiempo, sé que es muy valioso, pero realmente es mi deseo de cumpleaños— tiempo con el, solo eso.

 

— ¿Por qué insistes en pasar conmigo? ¿No tienes a alguna chica?

 

— Cariño, no necesito ninguna Chica solo quiero pasar tiempo contigo ¿aceptas?— unas personas los miraron raro, Armando miró a su alrededor, vaya mierdas, se levantó de la mesa.

 

— Vamos a fuera— le tomó de la chamarra y lo saco del local casi a jalones.

 

— ¿Dónde me llevas?— preguntó el chico, aún siguiéndolo.

 

— Tú camina— le indicó dando más pasó, luego dobló a la derecha, justo a su destino.

 

— ¿Enserio? ¿A un callejón?— eso no era muy original, Brian ya había estado en callejones antes.

 

— Dime la verdad— le ordenó.

 

— ¿Qué verdad?— preguntó frunciendo el ceño con desconcierto.

 

— Del porqué me sigues tanto.— si supiera que no lo seguía, que solo se lo encontraba por las bonitas casualidades del destino.

 

— No hay razón aparente.— puntualizó, sin quitarlo del error.

 

— ¿Quieres seducir a mi hermana?— preguntó queriendo llegará a la verdad que no existía.

 

—¿Tienes hermanas?

 

— No te hagas el tonto, mi hermana está comprometida, no creo que quiera contigo, la verdad.

 

—no sé ni quién es tu hermana. Si yo estoy contigo, es porque a que quiero conocer es a ti.— se acercó a tomarle del rostro.

 

— ¿Cómo por qué a mí? ¿Cómo amigos?— dijo nervioso, no, Armando no quería ser un amigo, amigo ya tenía muchos, amigos tenía de sobra, amigos había muchos, pero a él no lo quería como un amigo, a él no lo quería de esa forma, a él no lo quería así, lo quería más cerca, más, más, más que a cualquiera, lo quería cerca, cerca tan cerca que no hubiera espacio.

 

— Tu y yo sabemos que no.—  murmuró Brian con el corazón acelerado sin haber un impedimento aparente, un paso, más, luego otro,  otro más y pronto ya no quedó espacio.

 

— ¿Qué dices?— el labio inferior le tembló.

 

— La verdad.— suspiró estando tan cerca uno de otro—  No sé tú, pero yo estoy siendo claro, lamento si mis deseos te molestan, pero ya no puedo guardarlo, es algo que crece en mi pecho y se extiende como una enredadera mortal que me corta el aire y traté de alejarla, para no sucumbir a mis deseos, pero apresarlos los ha hecho crecer de manera casi imposible de guardarlo en mi pecho, lamento que esto sea de esa forma, pero yo no puedo apartar los ojos de ti, ni aunque me los arranque, mi mente te trae como recuerdo bien vivido, no te conozco, no sé tu nombre y solo te encuentro en todas partes hasta en mis sueños, pero si estoy seguro de algo, es que te quiero, no como un hombre quiere a una mujer, te quiero como un hombre quiere a otro.

 

— Eso no es posible, es una aberración, no es... No, no se puede, la gente va a hablar y nosotros... nosotros no podemos, n~no, no se puede Brian.— el miedo le invadió, quería correr.

 

— Respira—  le pidió Brian viéndolo a punto del colapsó.

 

— pero lo que me dices es malo, no puedes quererme así, no podemos hacerlo, no... No sé puede...— no, eso no se veía, quien se veía era tachado de raro, él no quería ser un raro, pero es que el gustaba tanto, tanto...

 

— tranquilo, a ver respira.— le pidió de nuevo.

 

— ¡Es que no lo entiendes, Brian!—  le gritó.

 

— ni un poquito— aseguro el mayor.

 

— NO LO ENTIENDES PORQUE YO LO SIENTO IGUAL, ME SIENTO IGUAL Y ESO NO ES BUENO, YO NO PUEDO QUERERTE BRIAN, PERO LO HAGO— grito—  carajos, lo hago.

 

— ¿Me correspondes?— preguntó Brian plenamente emocionado. Armando asintió muchas veces.

 

— como no tienes idea— se acercó  sin pensarlo y le beso. Unió sus labios en un choque brusco, no era el primer beso de ninguno de los dos, sin embargo así se sintió, así se sintio, era maravilloso, jamás un beso se había sentido de es forma, electrizante, vibrante, alocado, intranquilo, así se sentían, así estaban, no sabía cómo podía, pero lo hacía, se sentía maravilloso, con un suceso fantástico. Era rozar los labios que sin duda alguna encajaban a la perfección.

 

Al terminar el beso, no por falta de ganas, sino de aire, se separaron y Armando al no saber que hacer, le dió un empujón y lo dejo ahí, de pie en el callejón sin saber cómo reaccionar, con la adrenalina corriendo por su cuerpo, Armando corrió con dirección a su casa, con el cerebro diciéndole tantas cosas tan contradictorias tantas cosas realmente sin un sentido claro. Pero solo un tonto lo dejaría todo y Armando no era un tonto, se paró a medio camino, a punto de chocar con un bola de niños y entonces lo comprendió todo.

 

Brian estaba con emociones culposas aún parado en el callejón después de dejar ir a Armando. No le pidió que se quedara no había porque, sabía que el debía procesar lo que había pasado, pues Brian debía hacerlo también. Pero cuando estás por irse, un Armando sudoroso, con los labios rojos y agitado por la carrera, regreso. No esperó a decir nada, se abalanzó de nuevo a sus labios y lo beso de nuevo con fuerza, un beso, otro luego otro, otro más, uno corto, otro largo, manos sosteniendo su espalda y él sosteniendole la cara, Armando estaba completamente conmocionado, intranquilo, sintiendo mucho haciendo lo que sabía que era lo mejor.

 

— que nadie lo sepa— murmuró entre el beso.

 

— esto será solo nuestro.— le dió un besito corto y luego comenzó a reírse en los labios de Armando— Te he besado y aún no sé tu nombre siquiera, vaya cosa, me siento usado.

 

— me llamo Armando.— sonrió agradable.

 

— tan hermoso como tú rostro, Armando.— él se puso rojo de inmediato.

 

— bien, debo irme ahora sí.— suspiró sin ganas de querer despedirse realmente.

 

— espera, mi beso— pidió haciéndole un piquito 

 

— ¿tu beso?

 

— el de despedida.— Armando se acercó más y entonces lo beso de nuevo, ahí, en el callejón, ahí, donde los sueños sucedían donde algo plenamente suyo llegó para quedarse, no querían dejarse ir, sin embargo, lo hicieron.

 

Se vieron nuevamente dos días después, en la iglesia, cuando el padre dió la comunión. Ambos pasaron a recibirla, solo se sonrieron levemente, como si no se conocieran de nada, en realidad no lo hacían, no se conocían de nada más que unas cuantas vistas y unos besos compartidos, pero por algo se comenzaba¿No?; a la salida de misa, cuando hubo un embotellamiento en la entrada, como si fuera un secreto de estado o la acción más indecente del mundo, ambos hombres apenas si rozaron sus manos solo unos segundos.

 

— te veo detrás de la iglesia— le murmuró Brian y Armando estaba impaciente. 

 

— allá nos vemos— cuando la hora de verse llegó, se despidió de su mamá con la excusa de que debía ir al baño y entonces camino directo donde Brian lo citó. Ellos se besaron hambrientos de esta sensación que su pecho sentía, algo urgente, demasiado urgente, les abalanzó duramente, ese sentimiento se desbordaba locamente, como si no existiera nada, como si vivieran para sentirlo realmente.

 

Se vieron muchas veces, se besaron muchas más, eran aventuras, escapadas de la escuela donde su vida solo era esconderse en algún lugar para llenarse de besos la cara, era una emoción vibrante, demasiado vibrante, tiempo a escondidas, abandonar las responsabilidades solo por un beso necesitado, nada más. Eran besos escondidas, planes a futuro, uno donde pudieran incluirse, dejaron pasar los meses, casi no hablaban de sus familias, Brian no sabía que tenía un gemelo, solo hablaban de ellos, de quiénes serían, que esperaban, con sueños de un para siempre, sin saber que en la mayoría de veces, el amor verdadero no duraba toda la vida, eran jóvenes, se comían el mundo a bocados grandes, realmente no tenían alguna noción de sus palabras, solo eran ellos dos, siendo ellos dos.

 

— ¿dónde vives?— Brian le preguntó un día.

 

— en una casa— le comentó obvio.

 

— gracioso, digo realmente ¿dónde vives?— era raro que no supiera la información tan básica.

 

— en la casona de la principal. ¿y tú?— Brian abrió los ojos con asombro, no podía creerlo.

 

—  en casa blanca— dijo simplemente.

 

— ¿Casa blanca? No bromees, ¿quién eres?¿el gobernador?

 

— yo no — alzó los hombros.

 

— ¿entonces?— preguntó.

 

— mi padre lo es— Armando abrió la boca en una enorme O de sorpresa.

 

— ¿eres hijo del presidente?

 

— del gobernador, sí— asintió como si no fuera la gran cosa.

 

— Con que seré la primera Dama ¿O sería caballero?— le preguntó recargado en su pecho, Brian le acariciaba el cabello.

 

— si la candidatura se heredará como en la monarquía, te prometo que tú y yo gobernariamos juntos— aunque Brian odiaría sentirse tan apresado.

 

— lastima, yo quería tocar la campana el día de la independencia.— dijo bromeando. 

 

— me voy a postular cuando seamos grandes— le sonrió, realmente ninguno de los dos quería esa vida.

 

— acepto eso, de verdad quiero tocar la campana.— solo por eso lo haría, es que sonaba bonito cuando la tocaban.

 

— un día podemos colarnos al palacio de gobierno.— le comentó Brian y Armando se lo tomó realmente en serio.

 

— acepto.—  Brian también se lo tomó en serio.

 

— ¿el sábado?— Armando se levantó del pecho de Brian y lo miró serio.

 

— ¿quieres hacerlo ese día?

 

— es cuando menos guardia hay, sé como entrar, he acompañado a mi padre al trabajo.— le resto importancia.

 

—bien, ese día lo haremos.— dijo con una enorme sonrisa y luego se tiró encima de él para llenarlo de besos por toda la cara.

 

El sábado llegó, muy lento para la desgracia del chico de ojos bonitos, pero llegó que fue lo importante , llegó con intención de ser el mejor día en la vida de Armando, de verdad tenía ese sueño absurdo de querer tocar una campana para nada interesante. Estaba emocionado, cálculo como bajar sin lastimarse nada y entonces Armandk se escapó por la ventana de su habitación, lo bueno es que había un estructura perfecta para poder escaparse de casa, salió ileso de la huida, le quedaba muy cerca el palacio de gobierno, así que no camino mucho para llegar a su destino. Llegó a fuera del recinto, el frío soplaba fuertemente para ser días de verano, estaba ahí esperándolo, meditando en como no meterse en problemas por ello, cuando alguien le tomó la cintura por detrás , el día era frío, pero las manos de Brian eran calientes, le abrazo por atrás con cariño, por el aroma, Armando ya sabía de quién se trataba, así que se recargo en el pecho del deportista y dejo que el calor le inundará, cerró los ojos sintiéndose cómodo con el suceso.

— ¿Estás listo?— el chico asintió muy convencido de hacer aquella travesura, ambos se adentraron por un lugar secreto a la instalación, puestas había muchas, los guardias a esta hora dormían, así que no hizo mucho a respecto, solo agarró unos caminos secretos guiando a Jeongin con cautela y risas mudas y pronto se aventuraron hasta el pasillo del palco.

 

— Wow, es gigante y muy hermoso.— las estatuas dentro del palacio eran maravillosas, los cuadros mucho mejor.

 

— lo reconstruyeron, antes no estaba así.— la guerra había dejado ciertos estragos — yo pinté estos murales.

 

— te creo, pintas maravilloso, Bri— admiro un poco el mural, era bellísimo, con buena técnica— ahora vamos a la campana.

 

— que impaciente, cariñito.— le dió un beso en la nariz y pronto lo guío al lugar, por suerte, no estaba cerrado, casi nunca lo cerraban, no había porque aparentemente.

 

— así me quieres ¿No?— Brian acepto.

 

— toda la vida.— siempre que preguntaba si lo quería la respuesta era la misma, "toda la vida".

 

Tocaron la campana, un toquido y luego otro, el listón era suave y la campana ruidosa desde cerca, no fue buena experiencia, pero estar con Brian lo hacía mejor, el sonido de la campana alertó a los pocos guardias quienes corriendo fueron a ver quién tocaba la campana.

 

— hay intrusos aquí, rápido, cierren todas las puertas.— indico uno al ver las puertas abiertas.

 

Ellos corrieron para huir, tomados de la mano salieron siendo atrapados casi por un pelo, no los distinguieron solo vieron sus sombras, pero fueron más rápidos y pronto se perdieron en la oscuridad de la noche, corrieron como si de eso dependiera su vida por toda la calle y entonces llegaron a casa de Armando muy pronto, la gran casona del centro, era grande, por fuera y por dentro.

 

— debemos trepar— anuncio Brian aún con adrenalina corriendo por sus venas.

 

— anda te ayudo— le dijo Brian tratando de darle una mano.

 

— ¿Y como subirás tu?— le pregunto el chico, Brian lo miró sorprendido.

 

— ¿me dejaras quedarme?— preguntó sin comprender realmente, quería dormir abrazado de su chico, obviamente, pero si no llegaba a casa... Bueno, nadie se preocuparía por él.

 

— solo si te vas por la mañana— no se preocupaba, el llevaba auto, así que si se iba temprano no era el problema.

 

— bien, debo madrugar— asintió.

 

— a quien madruga dios le ayuda— comentó mientras comenzaba a trepar por las piedras que decoraban la fachada.

 

— dios me ha abandonado— suspiró Brian, quien ni creyente era.

 

— ¿Por?— preguntó Armando interesado.

 

— oh, ya sabes, la iglesia no acepta esto que tenemos— los tacharan de inmorales.

 

— que se joda la iglesia— le gritó Armando ya a varios centímetros del piso.

 

— andas rebelde— dijo el chico a sus espaldas.

 

—nadie me va a impedir amarte— nadie podía mandar en su corazón, nadie se pararía ante el y le diría ¡Ey, no ames a Armando, no autorizo que lo hagas! ¿Verdad?

 

— ¿lo prometes?— Armando asintió.

 

— con el alma— le debían arrancar el corazón para que él dejara de sentir todo eso por él.

 

—bien, te creo, ahora cariño, debo trepar.— armando dio dos pasos más y luego dió un brinco hacia su balcón.

 

— bien— Brian subió con un poco más de trabajo, pero llegaron sanitos a la habitación, la suave cama de Armando les esperaba, tanto que al sentirla se durmieron cómodamente abrazados, no se sabía si era porque era muy cómoda o porque juntos, se daban un calor magnífico, ninguno solo nada esa noche, suficiente con tener a sus sueños en los brazos.

 

— cariñito, despierta — murmuró Brian dándole un beso en la nariz a la mañana siguiente, solo cuatro horas después de haberse dormido— ya es momento de que me vaya, pero debes soltarme para que eso pase.

 

— no quiero— murmuró Armando con voz bastante gruesa por el sueño.

 

— pero debes— le indicó, aunque no quería irse.

 

—no te vayas— pidió su novio.

 

— tengo que cambiarme, la misa de siete me espera y yo debo ir a casa— quien quería ir a misa cuando tenía a Armando en sus brazos, eso era casi un chiste, sin embargo, debía estar ahí, era un acuerdo con su padre.

 

— te presto algo del guardarropa, pero quédate un rato.— Brian era débil así que acepto. Se quedó dormido media hora más ahí en sus brazos.

 

— ya es tarde—  dijo de nuevo, nadie debía verlo escabullirse de esa casa.

 

—bien, solo dame un beso y te dejo huir de mis brazos— era tan meloso por las mañanas que no lo imaginaba así.

 

— eres un mañoso— le dió un beso en la frente.

 

— anda, mi beso— hizo un pico, Gutiérrez lo beso de inmediato, unió sus labios como siempre, sintiéndose como nunca, besarlo era la gloria, un sueño del que Brian no quería despertar jamás.

 

El beso era lento y sin prisa, nada más de por medio que amor, porque amor siempre había ahí, amor siempre estaría, se besaron lentamente las manos de Brian reposaban en su cintura,  las de Aenando rodeaban su cuello, besarse se sentía mágico, surreal, ambos estaban absortos en el sentimiento de sentirse uno al otro, tanto que no escucharon la puerta ser tocada y luego la perilla moverse lentamente para abrirse.

 

— Jeongin, dice mamá que ya te levantes porque si no luego te mueres de hambre en plena misa y...— su cara fue un poema ¡ay mierda!— la hermana de Armando estaba ahí, al pie de la puerta, la chica se adentró y cerró de inmediato.

 

— Leonor.— dijo Armando con miedo.

 

— Yo... ¡Mierda!, Dios, yo... ¡Ay Armando!, no olvides que debes cerrar la puerta con seguro, niño.— le indico diciendo muchas groserías no aptas para una dama, Armando se separó de inmediato de Brian y este no sabía cómo actuar siquiera.

 

— Leonor— los ojos se le llenaron de lágrimas a la expectativa de lo que sea que dijera su hermana.

 

— ¡mierda!... No me presente.— se limpio la mano sudorosa en la falda y se acercó a paso rápido extendiendo la mano hacia el extraño— Soy leonor, hermana de Armando ¿Y tú eres?

 

— yo, yo, soy Bri~brian.— le recibió el saludo, estrecharon manos y ella le dio una sonrisa tranquilizadora.

 

— bueno, que gusto saludarles aunque anoche hicieron mucho ruido niños, los escuché porque baje por un vaso de agua.— les dijo sin notarse incómoda después de verlos compartir saliva —Aunque deben ser más discretos, son muy obvios y yo no tengo problema alguno con esto, pero no todos son así y, bueno, bien dicen que en pueblo chico infierno grande y la ciudad no es muy grande.

 

— ¿no vas a decir nada, Leonor?— Leonor lo miró mal, ya estaba diciendo hasta de más y él decía que no decía nada.

 

— ¿Qué debo decir?, Uhmm, ¿felicidades? Sí, eso creo que debo decir, felicidades, por fin saliste de la soltería hermanito.— ella le sonrió.

 

— Leo, yo debo explicarte...— ella negó.

 

— nada, no debes explicar nada, hermanito, solo se que estás enamorado ¿Qué hay de malo en ello?— Brian pudo suspirar tranquilo.

 

— es de un hombre, Leonor— le murmuró sin saber que hacer.

 

— yo también lo estoy, ¿eso es pecado?— al parecer sí.

 

— pero yo soy un hombre— ella alzó los hombros.

 

— ¿y eso deja de ser amor porque...?— divago.

 

— ¿Estás bien con ello?— los ojitos de Armando implicaban miedo.

 

— hermanito, mi opinión no debe importar en estos casos, ni la mía, ni la de nadie ¿Okey? Tu disfruta querido ARMANDO, disfruta del amor.

 

— pero...

 

—pero nada, los quiero a los dos vestidos para desayunar, así que se apuran, los veo abajo. Ah, y Armando, si quieres que nadie lo sepa, asegura bien las puertas, te quiero pequeño, así que adelante, los veo ahí.— salió hecha una bala, Armando rompió a llorar ahí mismo, su hermana era un excelente ser humano.

 

— no llores precioso.— Gutiérrez le abrazo sintiéndose impotente, ambos tenían tanto miedo por algo que debería disfrutarse.

 

— es que tengo miedo— Bri beso su frente con amor, le beso tan tiernamente que de repente comenzó a llorar de la misma forma

 

— no eres el único, yo también estoy aterrado.— lo abrazo como si temiera perderlo algún día, Brian no solos aferrarse a nada, pero ese día supo que también tenía miedo de perder a quien amaba.

 

— ¿Por qué es malo amarte?— preguntó.

 

— no es malo, no es malo solo que ellos no lo verán de la misma forma. Creí que tú hermana me correría.— pero ella jamás lo haría, menos sabíamos que alegraba mucho a su hermanito.

 

— yo no creí que actuaría así— esperaba gritos, reclamos y que lo corriera de la casa.

 

— es un dulce, pero déjame decirte que casi me hago en los pantalones.— ambos comenzaron a reírse.

 

— ¿Crees que está bien lo que hacemos?— Brian quería decirle que sí, pero ni el mismo lo sabía

 

— yo no creo que amarte sea un pecado, cariñito, no cuando tocó la gloria cuando estoy contigo.— le dió un besos fugaz.

 

— no sabes cuánto te amo, Brian.— soltó Armando de la nada y entonces Brian quedó mudo por un rato.

 

— lo haz dicho— casi tartamudeo.

 

— ¿Q~Qué?— dijo algo temerosos.

 

— que me amas— Armando enrojeció en ese momento, esperando alguna burla.

 

— oh, es que lo hago.— confesó a Voz alta, le tomó solo meses para saber que lo amaba, loca, tonta y ciegamente, ante un corazón que solo siente y no mira, lo amaba, profundo, feliz e intranquilo. Lo amaba como nunca, amandolo como a nadie, como si de eso dependiera su vida, de amarlo tanto.

 

— ¿me amas?— preguntó el mayor para volver a escucharlo.

 

— te amo, Brian.— lo dijo, tan seguro.

 

— yo igual te amo, Armando.— como nada más en este mundo—Pero anda tenemos que bajar a comer, tu hermana ya me invitó.

 

Esa mañana del domingo, de un mes cualquiera del año, fue que Brian conoció a la buena familia de su mejor amigo. El padre de Armando lo reconoció al instante, supo que era el hijo del gobernador y lo recibió como un príncipe, le brindo desayuno y le sonrió apenas, eso era demasiado para un hombre tan duro, pero Brian le había caído de maravilla. Aquella mañana solo estaban los padres, La hermana y Armando en la mesa.

 

— ¿Javier no irá a misa?— preguntó el hombre apenas.

 

— Javier se fue a ver a tu madre— le dijo la mujer a su esposo, Leonor veía a los chicos hablar y suspiró, los ojos les brillaban tan hermoso.

 

—oh, bien.— no dijo nada más, él no quería saber nada más, se dedicó a comer y preguntar cosas Brian durante todo el desayuno y el trayecto a la iglesia.

 

— puedes volver cuando quieras Brian, es un placer tenerte en casa.— le indicó, y Brian le tomaría la invitación muchas veces.

 

— lo notas, ya tengo pase libre a tu casa— le susurró a Armando y este le sonrió dándole un golpecito en el brazo.

— eres un abusado—  le dijo.

 

— así me quieres ¿no?— el asintió.

 

— para toda la vida.— era una fuerte promesa.

 

— ese fue el día en que yo conocí a Brian, la primera vez que yo ví en los ojos de alguien un amor tan profundo que no se podía ocultar por más que se quisiera. Ellos eran realmente uno para el otro, me di cuenta desde el principio, al verlos besarse fue algo que no esperaba ver, pero es que realmente verlos era algo... Maravilloso.

 

—¿Pero, entonces lo aceptaste así como si nada?— preguntó Santi.

 

— yo no tenía por qué oponerme, creo que nadie debió hacerlo.— murmuró.

 

— cuéntanos más, Abue, yo quiero saber.— Hugo le pidió, tan atento a la historia.

 

— sí, cuéntanos que más paso.— si supieran que Leonor no lo sabía todo.

 

— bien, seguiré contando.

 

Brian ya llevaba semanas llendo frecuentemente a la casa de Armando. Lo invitaban a las comidas de familia, a desayunos, a paseos, era un privilegio que su hijo sea amigo del hijo de gobernador, todo un honor para la familia de ricos, Brian se la pasaba ahí algunos días,  a veces a pasar tiempo a solas con Armando en su habitación sin que nadie se diera cuenta, sin que nadie sospechara. Fue la primera semana de septiembre, cuando Brian escaló hasta el balcón de la habitación de Armando, con una flor en sus manos, tocó la ventana, Armando abrió, recibiendolo con un beso.

 

— ¿y esto que traes en las manos?— preguntó viendo la hermosa maceta con las pequeñas flores.

 

—¿ esto? — frunció el ceño mostrándole la flor.— sí, es un obsequio para ti.

 

— jamás he recibido flores— Brian se sintió feliz, otra primera vez.

 

—hoy es un buen día para hacerlo— le dió otro beso y pronto depósito la flor en las manos de Armando.

 

— ¿Qué flor es?— llevó la flor a su nariz para olerla.

 

— tulipanes.

 

— son hermosas.— acepto Armando, su color era rosa , un rosa más claro que el de las rosas y begonias.

 

— lo sé, estás son para ti.—  la maceta era linda, Armando la podría en su balcón.

 

— es preciosa, la podré aquí y la regare todas las noches.— le señalo el balcón y justo ahí puso el detalle.

 

— significan el amor que te tengo.,— y mucho más.

 

— ¿el amor que me tienes? —  preguntó sin saber que decir con exactitud.

 

— sí, un amor verdadero.— ambos se acercaron para poder besarse.

 

En cada visita ilícita, Brian siempre le llevaba una flor rosada, tanto así que un día el balcón de Armando se llenó de aquellas flores, flores que se regaban cada noche y se cuidaban como nunca nadie las cuidaría jamás, Armando amaba sus tulipanes, tanto como amaba a Brian. Se sentía tan pleno, tan feliz, estaba en paz, como si flotara.

Conocer a Brian fue el mejor placer de la vida, sin duda, le amaba con el alma, conocerlo fue un regalo de la vida, amarlo una bendición, Brian era como el agua: Vital. A veces Armando se asustaba porque jamás volviera a amar de tal forma, le espantaba saber que solo Brian sería dueño de su mente, corazón y alma, amarlo era hermoso como las rosas, pero también aterrador como las espinas, hermoso como los eclipses solares, quizá mejor que ellos, amar a Brian era un placer que solo Armando podía ser corresponder. Aprendió con los días que amarlo, amarlo se sentía que mejor que nada, amarlo era menos aterrador y más satisfactorio.

 

Aquel horrible día, su madre le había pedido que le acompañará a ver a su abuela a las afueras del pueblo, Armando aceptó a regañadientes porque odiaba ir con su abuela y porque quizá ese día Brian le visitaría con una nueva flor cómo tantas veces había sucedido, pero tuvo que irse contra su voluntad y por eso dejo su habitación rezando porque Brian le esperara a su regreso, ojalá se acostara en su cama y lo esperara el tiempo que tardará, quizá de esa forma Brian le demostraría que sí cumpliría su promesa de esperarlo siempre. Dejo todo ordenado por si iba su amado a verlo y pronto se dirigió a casa de su abuela en compañía de su madre quien estaba tan emocionada por ver a su suegra y llevarle de su nuevo guiso, Armando no entendía como su mamá aún pedía atención de una mujer que ciertamente, la odiaba.

 

Javier llegó de la escuela tarde, no había nadie en casa, esperaba que solo su hermano estuviera ahí, realmente lo esperaba muy poco, subió a zancadas grandes por las escaleras, Javier realmente no estaba en casa muy seguido, amaba estar fuera de su hogar lejos de donde no se sentía deseado; ese día no era diferente a otro, solo era un día más a la lista de vida de Javier, pero a diferencia de que esa vez, tendría una cita y no tenía una buena chamarra que le hiciera lucir bien porque la suya se había rasgado al saltar la barda de la escuela.

 

— Mandito, ¿estás ahí?— preguntó dando un golpe a la puerta, pero nadie respondió, el gemelo volvió a tocar y noto que nadie estaba ahí, mejor, así podría tomar su chamarra sin pedirla y poner de excusa que no estaba Armando para usarla, sí, no creía que se enojada tanto su hermano ¿No? En fin siempre era muy compasivo con él.

 

Entro, su habitación estaba acomodada perfectamente, giró los ojos con fastidio, su hermano siempre tan malditamente ordenado. Su hermano siempre siendo el bueno, estaba tan harto de eso, de ser la sombra del preciado Admando, consumido en su envidia, si su hermano no fuera tan perfecto, quizá su madre o su padre lo quisiera más a él que a Armando, quizá sus padres fueran un poco justos con ellos, el recelo que sentía por Armando no sería tan grande.

 

Fue a buscar su chaqueta, estaba perfectamente bien colgada en el armario. La sacó casi con enojo y se la puso, le quedaba bien, mejor que a su tonto hermano. Estaba por cerrar el ropero, cuando ruidos se escucharon en el balcón, después de eso hubo un toquido de nudillos en el vidrio. Se acercó temeroso al balcón, las piernas le temblaban con miedo de creer algo paranormal o peor aún, un ladrón, abrió con las manos temblorosas y entonces, el hijo del gobernador estaba ahí, de pie al balcón, con una flor rosa en las manos y luciendo casi como un príncipe encantado gracias al resplandor del sol a sus espaldas, la sonrisa deslumbrante en el rostro y el cabello semi largo; el cuello de tortuga le quedaba de maravilla, lucía como un artista, un escritor quizá un pintor, probablemente alguien de algún círculo de poesía donde todos eran eruditos cultos o solo un chico enamorado al pie de un balcón s punto de firmar su sentencia.

 

No dijo nada, se quedó mudo, ninguno de los dos lo hizo, solo Brian se acercó y planto los labios en los del gemelo. Y eso fue el principio del fin, fue un roce simple de labios cuando el ambiente se puso tenso y Javier lo alejó de su lado de un empujón directo al pecho, un empujón bruto, de esos que son con tanta fuerza impulsados por el miedo.

— ¿¡QUÉ HACES MALDITO ENFERMO!?— gritó, realmente no podía creerlo, un hombre lo había besado, un maldito hombre había posado sus labios en los suyos como si eso fuera lo más natural del mundo. Repugnante.

 

— ¿Qué te pasa Armando? ¿Estás bien?— no sabía que pasaba o si había alguien que no podía ver en la habitación y por eso actuaba de esa forma.

 

— Eres un enfermo, suéltame, ¡SUÉLTAME!, eres un desvíado, quítate.— grito Javier 

 

— ¿Quién eres?— Brian no entendía nada, al parecer nunca lo hacía, siempre tenía dudas.

 

— Maldito marica, ni se te ocurra tocar...— habló con asco, hasta que hizo conexiones y comprendió todo, su cara cambio, una de maldad se reflejo— ¡Mierda! Tu esperabas a mi hermano...

 

—¿Qué?— Armando tenía un doble y no se lo había dicho.

 

— mi hermano es un marica— susurró encontrando eso que pedía, que deseaba desde hace años, algo con que destruir a Armando, algo que por fin lo ponía donde quería, sonrió con malicia.

 

— ¿tu hermano?— Brian soltó un gemido, la había cagado en grande.

 

— ¿Qué? ¿No sabías que tú amante tenía un gemelo?— se río con malicia entera.

 

— ¿tú... Tu eres Javier?— si sabía de su existencia, el problema es que no sabía que eran gemelos idénticos.

 

— y ustedes una aberración, ¡Dios! quiero vomitar ahora — hizo mueca de asco.

 

— no puedo ser — el secreto estaba revelado y todo cayó como agua fría en invierno.

 

Brian salió corriendo y trastabillando de aquella casa con pavor reflejado en el rostro, sabiendo que lamentablemente la vida les traería cambios; esa noche, al regreso de Armando a casa, su padre lo esperaba en la puerta a lado de su hermano quien sonreía con burla, su balcón estaba sellado con maderas gruesas, en el piso los tulipanes lucían muertos y pisoteados;  fue a lo primero que corrió, con lágrimas en los ojos y creando mentiras suficientemente creíbles para salvarse el pellejo, se pasó las lágrimas, pero no el nudo de la garganta no despareció, quería llorar, gritar, patalear del coraje y gritar que lo amaba, que no era malo hacerlo, pero no lo hizo, se quedó callado. Aquella noche a puerta cerrada, sin que su hermana estuviera ahí para defenderle, vivió la peor humillación de su vida tras palabras hirientes y una bofetada, la cara de su madre lucía desesperada, pero no pudo hacer nada a respecto, ni siquiera llorar al ver lo destrozado que se encontraba su hijo.

 

— ¡ERES UN MALDITO ENFERMO, ESO ES LO QUE ERES ARMANDO, UN ENFERMO Y YO NO QUIERO UN HIJO MARICA, A PARTIR DE HOY, DEJAS DE MIRAR SIQUIERA A ESE SONSACADOR— gritó su padre colérico— no saldrás de casa, los profesores vendrán aquí a darte clase, solo saldrás para la misa y cuando tus estudios terminen en mayo, te irás al norte a enlistarte al ejército ¿me oyes?

 

— pero papá... — el no quería ser parte del ejército, él quería hacer algo distinto, buscar su libertad, conocer sus habilidades, quería ser un cantante o un músico, quizás un bailarín o contador, quizá un arquitecto, o un limpiavidrios, solo quería ser libre.

 

— no, yo ya no soy tu padre.— el señor González le miró con asco plantado el rostro.

 

— lo amo— murmuró Armando y esa fue la gota que colmo el vaso.

 

— se te ha metido el diablo, Armando, no quiero hablar contigo, te vas a tu habitación y no saldrás hasta que el profesor encargado llegué, no quiero mirarte a los ojos.— lo dijo con tanto resentimiento que Armando no podía creerlo.

 

Los días pasaron lentos, lentos como los gramos de arena cayendo poco a poco en el reloj, Brian estaba planeando como pasar a su casa, se comía las uñas al pensar en como verlo nuevamente, como filtrarse, por dónde hacerlo, lo amaba tanto que no se rendiría nunca, pedir no verlo era pedirle arrancarse el corazón, lo amaba, Brian lo amaba, como se ama aquello que te apasiona, como amas bien, aferrado, con puños, uñas y dientes, lo amaba demasiado, un amor que casi no se conoce, un amor que casi no se ve, lo amaba u no iba a dejarlo de hacer nunca, así su amor no fuera bueno, así su amor no pudiera gritarse, así si su amor nunca sería bendecido por Dios, incluso si su amor nunca iba a ser bien visto, no importaba, lo amaba. Se sentía tan mal al no verlo en la iglesia, ni en el café, no lo veía en la esquina, por las calles o en sus lugares secretos, Armando no estaba, así que cada noche, Brian trepaba a escondidas en el balcón y tocaba las maderas que le impedían verlo.

 

— Discúlpame Mandito, yo lo siento mucho, mi amor, no debí, no debí, es mi culpa, es mi culpa.— Sollozos se escucharon del otro lado de la madera, cada noche se escuchaban durante los primeros días, después las charlas fueron más amenas.

 

— lo siento más yo— dijo el chico, sentía tan horrible estar ahí sin poder verlo, lo bueno es que lo oía, con eso era suficiente.

 

— te quitaron todo por mi culpa— Brian no podía con la horrible culpa que le atormentaba el pecho con un dolor incrustado.

 

— fue culpa de ambos — admitió el chico, recargo la cabeza en la madera, su habitación lucía oscura— Brian ¿me vas a dejar de amar?

 

— solo que me arranquen el corazón, Armando, solo así.— eso sonaba a promesa, una promesa muy grande que no siempre sabían como cumplirla.

 

— te extraño, quiero besarte, quiero tenerte aquí.— murmuró Armando, ya no tenía ganas de llorar, ni fuerzas.

 

— no me importa que una madera nos separé, yo estaré aquí cada noche, los tulipanes siempre estarán aquí para ti.—le prometió con una mano sobre el corazón.

 

Cada noche, durante el resto de octubre, Brian a escondidas pasaba la noche en el balcón de Armando, hablando a través de algo que los mantenía separados, sus voces eran el único consuelo para los dos enamorados, a veces sonreían, se contaban el día a día, se decían cuanto se amaban para que no lo olvidarán y luego Brian regresaba a casa.

 

— tengo un plan— le dijo un día, lo había pensado mucho y eso era lo mejor para los dos.

 

— dime— Armando se recargó en la madera nuevamente, está vez sentado en el piso, justo a la altura de su amante.

 

— vámonos de aquí— le ofreció.

 

— ¿A dónde?— él no tenía a dónde ir.

 

— dónde nadie nos conozca— ellos solo eran partículas en un mundo de desconocidos.

 

— no puedo salir de aquí, todo el mundo está al pendiente de mí en casa— era verdad, su madre, su padre y su hermano estaban ahí presentes, la única que realmente se preocupaba por el, era su hermana, pero era a la que menos dejaban pasar.

 

— No puedes estar encerrado toda la vida, si escapamos seremos libres, podemos fingir ser familia para vivir juntos, seremos discretos, mi padre tiene dinero, podemos huir, Armando, ven conmigo.

 

— ¿Cuándo?— dijo sin rodeo alguno, quería largarse de ese lugar que le mantenía preso.

 

— aprovechemos estás festividades— estaban en semana de día de todos santos, eran días que se podían aprovechar.

 

— el dos de noviembre todos irán al panteón como es costumbre, mi padre no trabaja ese día y siempre vamos, ese día puedo fingir estar enfermo, o mejor aún, mi padre no me quiere cerca así que no creo que me obligue a ir— le comentó, planeando todo para que sucediera lo antes posible.

 

— Bien el dos de noviembre vendré por ti, cerca de las tres de la tarde, ¿Está bien?— Armando asintió aunque no podía verlo.

 

—nos vemos en dos días, mi amor— se despidió con las esperanzas en las manos y las emociones completamente s flor de piel, esperando ese día como si fuera navidad.

 

— hasta entonces mi vida.— Brian se preparó para irse.

 

Tal como lo dijo, tal como lo planearon, el día dos de noviembre, su familia salió sin invitarlo, Armando se quedó solo en casa, encerrado en su habitación debió suponer que algo estaba mal cuando la puerta no tenía llave puesta, salió de su habitación con una valija improvisada, poco de dinero, unos sueños y el amor guardado en el pecho, salió esperanzado, con ganas de volver a verlo, tocarlo, besarlo, está vez para siempre. Bajo a toda velocidad y no dió segunda vista a la enorme casa la cual fue su hogar por diecisiete años, estaba súper preparado para dejarlo todo atrás, salió contento, con una enorme sonrisa y el corazón en la garganta, no miro atrás, no extrañaría a nadie más que a Leonor, pero esperaba verla después, con una vida de casada, sobrinos los cuales querría mucho, esperaba verla, tomarse un cafe. El sol se había ocultado por las nubes, había pronóstico de lluvia, el cielo rugió en un estruendo, la blanca piel de Brian se veía más blanca sin el sol, pero recuperó color en cuanto lo vio salir por la puerta, con una maleta y los sueños, el corazón y sin falta alguna el amor, era el amor de su vida por él haría todo. Era raro que desde jóvenes encontremos a ese alguien tan especial, pero ellos lo hicieron, se amaban real, casi como si fueran almas gemelas.

Corrieron a besarse, mejor dicho Jeongin corrió a sus brazos, corrí desesperado, dejó la valija en el suelo y fue rápido a tocarle la cara, a sentirlo con devoción, ambos con maletas en las manos y un tulipán rojo en la mano derecha de Brian, porque en la florería se habían quedado sin tulipanes rosas, ellos esperaban con ansias verse, realmente sentirse fue magnífico, magnífico sentirse nuevamente con las manos, les ansiaba verse, porque el corazón les brincaba contento y los besos fueron mejores, todo lucía maravilloso, pero lastima que Armando no miró atras al salir de casa, quizá ese fue su enorme error realmente, pues se equivocó.

 

No lo habían dejado solo aquella tarde, su padre se quedó con él, se había enterado de los planes que Armando tenía de fugarse con aquel que tanto amaba, Javier quien los escucho hablar se lo contó todo, así que canceló la tradición de ir al panteón todos en familia y dejo que Armando se confiara, Mando no miró atrás, si lo hubiera hecho, ahorita ya comenzarían un largo viaje en el auto de Gutiérrez, pero no lo hizo. Brian se puso blanco de solo mirar la puerta de la casa abrirse y mostrar a aquel señor quien alguna vez lo invitaba a casa a comer con su familia.

 

— ¿Dónde creen que van?— habló fuerte el papá de Armando, mirándolos con desaprobación.

 

— papá...— trato de calmar a su padre que lucía tan molesto.

 

— regresa a la casa, Armando, este y yo tenemos cuentas pendientes— advirtió y Armando se negó, no se movió de lado de Brian.

 

— no regresaré a la casa, papá, por favor, déjame ir— porque no lo queria, pero tampoco aceptaba dejarlo ir.

 

— Brian Gutiérrez, tu eres un maldito, tu le metiste ideas a la cabeza ¿No?, tu le metiste ideas a Armando, pero no te dejare ganar, el mal no va a ganar, nunca lo hace— estaban peleando de banqueta en banqueta, autos pasaban por ahí escuchando la riña.

 

—Señor, nosotros no estamos mal— Brian quiso ser paciente.

 

— eres un enfermo, contagiaste a mi hijo ¿No?— le acuso el ignorante, aferrado a su idea.

 

— no, yo no hice eso— pues no era una enfermedad, era amor, solo eso, nada más que amor, uno muy puro.

 

— no te quedarás impune, Brian— le alzó la voz, Brian tomó la mano de Armando, el auto estaba a una calle aparcado.

 

— vámonos, Mando, toma tus maletas, corramos.— él le obedeció, tomó la valija en mano y juntos dieron pasos con dirección a lo desconocido.

 

Así iban a hacerlo, así querían hacerlo, pero está vez Armando no cometió el error de no mirar atrás, está vez si miró atrás y es por eso que se interpuso en camino, giró a Brian, en una vuelta rápida y lo abrazo fuertemente, le dió un beso al mismo instante y cerró los ojos cuando el impacto dió a su espalda.

 

El estruendo sonó sí, pero Brian estaba aturdido por los movimientos bruscos, no sabía que había pasado, no sabía que sucedió, solo un disparo y luego los labios de Armando en los suyos frente a toda la poca gente de la calle. Sus labios eran calidos, de sus ojos brotaron lágrimas, Brian no entendía nada, nada, nada, tan aturdido, pues el beso apenas si fue un roce, luego sintió las lágrimas tibias corriendo por el rostro de ambos, Brian no supo en que momento comenzó a llorar, ni sabía porque, las lágrimas de Armando estaban en su rostro también, su mente estaba en blanco, pero comprendió todo hasta que lo sintió.

 

Espesa, tibia y manchada, la sangre comenzó a correr hasta llegar a sus manos que sostenían la cintura de su amante, la bala sí había dado en un lugar, pero lo habían sentido en dos corazones, el estruendo alertó a la gente, sí, pero el alarido de Brian fue más alarmante, un alarido de dolor, un grito estruendoso y luego pedir mil veces ayuda. El culpable solo miraba la escena con horror en los ojos.

 

—No... No, No Armando no— Armando se desvaneció, las lágrimas en su rostro empapaban todo, Brian no podía ver después de todas sus propias lágrimas, resulta que al momento de voltear, Armando miraba como su padre le apuntaba recientemente a Brian y actuó muy rápido, cuando el estruendo sonó, el ya había intercambiado lugar con Brian y entonces la bala lo tocó a él— No, Armando, Mando, no, cariñito... no, tú no, vamos, mi amor, debemos curarte, por favor, ¡ALGUIEN LLAME A UNA AMBULANCIA, POR FAVOR!.

 

Los vecinos que salieron por el estruendo fueron aquellos que vieron todo con impacto, era un alboroto, un completo alboroto, llamaron a la policía, la ambulancia y luego observaron como dos amantes enamorados, estaban tirados en el piso, uno sosteniendo a otro en sus brazos, como si se abrazaran en la escena más triste del mundo, Brian lloraba con el corazón estrujado y trataba con todas sus fuerza que no le arrebataran al amor de su vida, pero la ambulancia no llegaba rápido y todo pasaba en cámara lenta.

 

— es el hijo del gobernador — alguien comentó, pero Brian no pudo escuchar nada, solo quería evitar que él se fuera de su lado.

 

— Brian... Guti— el mencionado pasaba las manos por la cara de su amado que importaba que le llenará la cara de sangre, solo quería tocarlo, enredarle la vida al cuerpo, impedir que se fuera de su lado— recuerda que esto será para siempre...

— No te vayas, no mi amor. No me dejes.— los ojos de su amado comenzaban a cerrarse, su respiración a volverse lenta.

— te amo, güero— Brian negó, no, no podía ser el final, no de esa forma, no cuando se amaban tanto.

 

—no me abandones, por favor, quédate.— la voz de Brian estaba rota, justo como su corazón en ese momento.

— mi chico de los tulipanes — murmuró apenas, le dió una sonrisa y entonces, los ojos se le cerraron dejándolo inconsciente. Brian se aferró al cuerpo, llorando inmensamente sumergido en la tristeza.

 

Aquel impacto había dado directo a un pulmón, llevándose no solo una vida, sino dos, los ojos de Armando se cerraron para siempre y soltando un último suspiro, que fue regalado para su amor, Brian murió también ese día. La ambulancia llegó tarde, no había nada más que hacer, Brian no quería alejarse del cuerpo, pero lo obligaron a hacerlo, separarse de nuevo, está vez para siempre, solo se quedó sentado en la acera, abrazando sus piernas como lo abrazo a él.

El padre de Armando fue a dar a la cárcel, con el remordimiento de haber matado a su propio hijo, de Javier la culpa le llegó, sin querer aceptarla. Su familia llegó cuando recién se llevaban el cuerpo a la morgue y al padre tenía tiempo que se lo habían llevado a los separos. Leonor llegó casi corriendo a Brian, quiso saber que paso, pero nadie le dijo nada, de la boca del chico no salió nada, nada nada.

— Eso no es justo, abue, eso no es justo.— Diego estaba llorando desconsolado.

— entonces el señor de enfrente es...— divagó Mateo y Leonor asintió, ahora se sentía mal al llamarlo loco, no estaba loco solo había sufrido demasiado.

— alguien que amo demasiado. Pero ahí no termina la cosa— dijo la tía.

—¿no?— ella negó.

 

— oh no, Brian estaba desecho, yo igual lo estaba, mi madre también, había perdido un hijo, yo perdí un hermano, pero él... él perdió al amor de su vida y aún así no le dejaron despedirse de él, porque le prohibieron el paso.

 

 

 

Brian Gutiérrez tuvo prohibido pisar la casa de los González incluso para la despedida de Armando. Javier se negó rotundamente a dejarlo pasar a su casa, llamándolo culpable, en su cabeza, Brian tenía la culpa, pues si no lo hubiera enamorado, Armando, su gemelo, seguiría aquí, con él, Brian se quedó fuera de la casa, sentado frente a ella con la vista fija al balcón, deseando despertar de la pesadilla que le abordaba, sin aceptar que era la realidad.

 

 

 

Leonor fue la única que sinceramente se apiadó de Brian, en la madrugada de la velada, cuando su madre se fue a dormir y Javier también, Leonor decidió abrir la puerta para Bri, quien se encontraba acurrucado en la calle, frente a la casa, con vista al balcón, con la espera de que esas ventanas se abrieran y él saliera a regar sus flores, Brian abrazaba sus piernas.

 

 

 

— Brian — hablo leonor, el chico la miró.

 

 

 

— Leonor.— ella le hizo señas, él se levantó y fue donde ella, temblando de frío.

 

 

 

— Es justo que quieras decir adiós — el entro a la casa en silencio, Leonor le seguía.

 

 

 

Miro un ataúd ahí en medio de la sala, se acercó a él a paso lento, Leonor le dejo un rato a solas con él. Se acercó temeroso, el ambiente estaba frío y ahí frente a el, el amor de su vida estaba descansando, dónde descansaría por siempre, ya no podía llorar, no le quedaba alguna lágrima, no ese día, o eso creyó. Se acercó a paso lento, hasta plantarse a lado suyo y verlo de cerca.

 

 

 

Ver su rostro pálido, su cara como si durmiera y saber que no abrieron los ojos, le hizo llorar lágrimas que no sabía que aún podía sacar. Se acercó más, la tapa del ataúd estaba abierta, así que podía tocarlo, una última vez. Le acaricio la mejilla con esperanza de que abriría los ojos, que lo besaría de nuevo, que era un sueño, acercó la cara a la fría madera y entonces abrazo el ataúd con fuerza, sin aceptar que ya no estaba ahí, lo abrazo fuerte, como si con ello abrazara la vida, como si con ello se lo llevarán a él también, nada de sueño si paso, el guardo la imagen del rostro de Armando sumergido en el suelo profundo de la muerte y luego, sin despedirse siquiera, salió corriendo de ahí sin querer aceptarlo.

 

 

 

Tampoco estuvo en el entierro de Armando, Leonor lo esperaba, pero él no llego nunca, viviendo su dolor apartado. Nadie supo por un buen tiempo de él. Lo último que Leonor supo de él, fue que dos días después del entierro, cuando Leonor fue a hablar con su hermanito porque lo extrañaba y la vida sin él era difícil, cuando fue a visitar a su hermanito que descansaba para siempre, fue cuando vió una silueta conocida salir, no alcanzo a verlo bien, pues él iba saliendo cuando ella llegaba, pero supo que era él cuando, en medio de aquellas rosas blancas de luto, un tulipán rosa descansaba resaltando entre todas ellas, quizá con la promesa de un amor que era para siempre.

 

¿Han escuchado que hay gente que muere de amor? Yo sí, sin embargo, Brian no murió, no literalmente, no se supo nada de él por años, años enteros en los que solo un día al año, un tulipán rosa posaba frente a la ventana de Armando, nadie lo veía, era como un fantasma, hasta que en un momento de la vida, Leonor supo que enloqueció.

 

 

 

Había gente que comentaba verlo hablar de alguien a quien amaba, otros tantos hablan de que aseguraba que él decía que volvería su querido Armando. Era joven, joven, guapo y con dinero, pero amo tanto hasta perder la cabeza un día, la gente aseguraba que no estaba loco, que en sus buenos años donde desapareció vivió y trabajo siendo alguien de carácter sobrio, jamás volvió a conocer el amor, la gente decía que era tan serio que nadie se le acercaba. Tenía dinero, era inteligente y acudía siempre a lugares diferentes a hacer charlas acerca de sus investigaciones sobre flores, hablaba de todas, menos de los tulipanes, así paso los primeros veinte años, evadiendo el tema de aquel a quien tanto amo. No volvió a pisar esa ciudad hasta que cumplió cincuenta años y la demencia se le adelantó.

 

 

 

En su mente aún era joven, pero realmente tenía 75 años, sin embargo, su gran amor siempre tendría 17 por siempre; en su mente aún esperaba, por alguien que tenía años que se había ido, Brian se perdió completamente cuando tenía cincuenta y tres años, se guardo la cordura y decidió vagar entre las calles de su vieja ciudad en búsqueda de volver a verlo como antes, cuando se lo encontraba por todos lados como una casualidad, lo buscaba en cara de los extraños, en todas esas caras que lo miraban, lo buscaba con esperanza, amándolo como se lo prometió, para siempre. Pero entonces su cordura poco existente le indicaba que cada día de muertos, justo el día en que lo perdió, le llevará un tulipán al lugar donde la huella de los recuerdos vivía. Una vez al año, Brian dormía fuera de esa casa, con espera de verlo salir.

 

 

 

Pero no salía y él se cansaba de esperar en el frío, luego volvía a vagar por la ciudad de nuevo con ganas de verlo por ahí. Los últimos 22 años los había pasado vagando en una rutina irrompible, Una vez más, Brian estaba ahí, de nuevo. Una anciana se le acercó lentamente con los huesos doliendole y un bastón.

 

 

 

— Hola, Brian — le saludó Leonor, pero Brian no la reconoció — soy Leonor, otra vez te vuelvo a ver.

 

 

 

— ¿Leonor? ¿Eres abuela de Armando? Te llamas igual que su hermana — le habló con una sonrisa.

 

 

 

— Oh, no, yo soy hermana de Armando— Brian negó, no, eso no era verdad.

 

 

 

— ¿Qué? No, me estás mintiendo. Ella es joven.— lo dijo en un tonito como si descubriera que Leonor le jugará una broma.

 

 

 

— oh, cierto, tienes razón, te estoy mintiendo, soy su abuela, vine a visitarlos.— ella estaba nada de romper a llorar, Brian realmente evadió la realidad.

 

 

 

— Leonor, le puedes decir a Armando que se asome a la ventana, por favor, lo estoy esperando y no sale— ella asintió.

 

 

 

— Bri, ¿No quieres pasar mejor? Hace frío aquí.— le indico la anciana, pero él negó.

 

 

 

— oh no, yo estoy bien aquí, espero a que él salga, mejor. Gracias.— hablaba perfectamente bien, incluso con la elegancia que siempre le caracterizo 

 

 

 

— ¿de verdad no quieres entrar?— volvió a negar.

 

 

 

— no, yo lo espero aquí.— ella asintió, metió la mano a su bolsillo del suéter y saco aquello que guardaba.

 

 

 

— Bien, entonces le diré que salga.— el asintió — pero me dijo que tomes esto.

 

 

 

— oh, es nuestra foto, nos la tomó un fotógrafo en el zócalo, él luce tan hermoso— ella asintió, se acercó a él y le planto un beso en la frente que duró unos segundos.

 

 

 

Ella se metió a la casa, y el espero afuera, como cada año desde hace mucho tiempo.

 

 

 

— es por eso que insistes cada año en que entre a casa ¿No?— la mujer asintió, ella no quería dejar desamparado a Brian .

 

 

 

— no puedo dejarlo ahí, fuera, no cuando se que amo demasiado a mi hermano. Pero él nunca quiere entrar y yo no puedo insistirle de más. Incluso intenté que recibiera ayuda, en algún lugar, pero siempre escapaba, siempre siempre lo hacía y no le gustaba la ayuda, así que un día todos los asilos de aquí se cansaron de querer ayudarlo.

 

 

 

— se niega a la ayuda, me consta— dijo la mamá de Mateo.

 

 

 

— ¿entonces espera aquí a que el salga?— murmuró Diego con un pucherito, luego de tanto llorar.

 

 

 

— Él cree que va a volver un día, no acepta que ya no está, que murió en sus brazos, Brian aún lo espera ver saliendo del balcón donde antes regaba sus tulipanes por las noches.— Jordán abrazo a Diego quien de nuevo volvió a llorar.

 

 

 

— que triste, realmente me rompe el corazón escuchar esta historia.— dijo Mateo tan conmovido, con ganas e dibujar una historia así.

 

 

 

— lo sé, es tristisimo.— asintió Rachel, escuchando la historia.

 

 

 

— vamos Jordi, no llores— le consoló Diego, ambos estaban en llanto.

 

 

 

— es que realmente no puedo creer que exista gente así de mala en el mundo como para no aceptar que la gente ame, ellos sufrieron mucho y... Lo siento, soy sensible— se disculpó ante la familia 

 

 

 

Diego se acercó a abrazarlo más cerca. Todos se quedaron en silencio en la cena. Sin querer hablar ni un poco, conmovidos por la historia de amor tan triste que habían escuchado, nadie dijo nada, ni siquiera cuando se fueron a dormir, absolutamente nadie hablo, ni siquiera para comerse el motín.

 

 

 

Brian estaba fuera, cuidaba la flor que había comprado con el dinero que recibía de la gente, la cuidaba como su propio corazón, pues eso significaba para él, en cada flor iba pedazo de su metafórico corazón, cada una para una sola persona. El frío azotó la ciudad, las luces de la casa en cierto momento se apagaron todas y la última fue la del cuarto Armando, en cualquier momento saldría, tenía la esperanza de que eso sucediera. Así que acercó mas la flor a su pecho, y contempló la luna roja, tenía años sin verla bien, de esa forma tan clara.

 

 

 

Se acurrucó en la pared, se soplo en las manos dándose calor y tomó la fotografía que le entrego Leonor, eran ellos tan joven, no se abrazaban ni nada, solo posaban juntos, estaba inmerso en la foto, cuando de repente la luz de la habitación se encendió de nuevo, luego de un rato y entonces la puerta, por fin se abrió nuevamente.

 

 

 

Estaba ahí, con una sonrisa ancha, el cabello negro y los ojos pequeños, le sonreía plenamente, seguía igual a sus memorias, como si los 57 años que pasaron no lo hubieran hecho realmente Armando tenía 17 y los tendría para siempre. Brian tuvo un poco de sensatez en ese momento y cuenta se dió que su cuerpo era viejo, que ya no era 1964 y también que Armando ya no estaba ahí, se dió cuenta de que tenía 75 años, que era un indigente y que vago buscando a alguien entre la multitud.

 

 

 

Pero pronto la lucidez se fue de nuevo, y verlo ahí de pie en el balcón, esperando por él nuevamente, le hizo darse cuenta que no todo fue en vano, que por fin, nuevamente estaban juntos.

 

 

 

— Hola chico bonito— le habló, y el chico le sonrió, achicando los ojos

 

 

 

— Hola chico de los tulipanes, ¿Cómo estás?— le gritó desde el balcón.

 

 

 

— esperándote.— le confesó, con los ojos llenos de lágrimas.

 

 

 

— entonces no lo hagas más, ya estoy aquí, mi amor.— la primera lágrima rodó, él estaba ahí de nuevo.

 

 

 

— baja, quiero sentirte de nuevo— el chico bonito asintió.

 

 

 

— espera un momento.— la puerta del balcón de cerro. Minutos después la puerta principal se abrió y de ahí, el salió, Brian lloró, lloro porque ahí estaba él, Armando si había vuelto, Armando había regresado.

 

 

 

— estás aquí, cariñito.— él asintió 

 

 

 

— estoy siempre contigo— se acercó y le dió un beso— ¿Está flor es para mí?

 

 

 

— siempre tuya, como mi corazón.— Armando sonrió alegre y se puso rojo como un tómate.

 

 

 

— Brian...— le advirtió 

 

 

 

— Dime— pidió.

 

 

 

— por fin podemos irnos.

 

 

 

— ¿juntos?— Armando asintió y le dió una mano. De repente Brian vio su mano ya no era arrugada y vieja, era la mano de sus recuerdos porque ahora, Brian volvía a tener 18.

 

 

 

— por supuesto, mi amor. Vamos sigueme.— Brian se puso de pie y le tomo la mano.

 

 

 

— ¿dónde vamos?— Armando se acercó a él y le planto otro beso en los labios, un cuadro beso apenas.

 

 

 

— a querernos siempre.— esa era la promesa.

 

 

 

— ¿lo prometes? — Armando asintió.

 

 

 

— con el alma.

 

 

 

— te sigo dónde sea, mi corazón, dónde sea que quieras llevarme.— Ambos tomados de la mano iban a comenzar el nuevo mañana.

 

 

 

— pero antes, vuélveme a besar, quiero sentir tus labios otra vez— Brian asintió, le tomo la cintura y lo acerco a él.

 

 

 

— las veces que quieras.

 

 

 

— Brian... Te amo— se lo dijo de nuevo, luego de años sin oírlo.

 

 

 

— Armando, te amo para siempre.— siempre, siempre lo amo, para la eternidad.

 

 

 

— que así sea, bonito.

 

 

 

                                       Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ

 

 

 

La mañana del dos de noviembre, las sirenas de la policía se escucharon fuera de la casa de Diego, los tres amigos se levantaron de la cama y Mateo muy chismoso salió a ver por el balcón, justo en el momento en que Hugo irrumpía a la habitación espantando a todos los presentes.

 

 

 

— ¿Qué paso?— preguntaron todos al recién llegado.

 

 

 

— Brian fue encontrado fuera.— murmuró sin saber cómo sentirse al respecto.

 

 

 

Brian murió un dos de noviembre, 57 años después de su amado, justo el mismo día, a las tres de la mañana, la gente que los encontró contó que tenía una sonrisa en la cara y que se aferró a su tulipán al pecho, una foto estaba en su mano, la foto de quién amó, fue una muerte natural, murió mientras dormía, no fue ni el frío, ni hambre, su muerte no le dolió. 

 

 

 

Leonor lloró con la noticia, era normal, le tenía cariño, pero supo que por fin, el chico enamorado, estaba de nuevo con aquel a quien amo con fervor y devoción.

 

Leonor pidió que ellos se encargarán de él, también financio el entierro que sin duda fue a lado de donde Armando llevaba años descansando, para que sus cuerpos estuvieran juntos uno de otro, pues por sus almas no había preocupación, ellos ya están juntos para la eternidad, amándose siempre, siempre como tanto lo quisieron.

 

 

 

                                 ~>')~~~

 

 

 

Un año después, aquella mañana, la Tía Leonor fue la encargada de las fotos, y este año, por fin pudo poner aquella foto, de dos enamorados que eran jóvenes para siempre, quitando fotos innecesarias de la ofrenda.

 

 

 

— Tía Leonor, Dile a Diego que deje de estar de hostigoso con su novio porque me hace sentirme celoso— gritó Mateo.

 

 

 

— también hay abrazos para ti, Mate— llegó Diego y abrazo a su primo con cariño.

 

 

 

— pero yo quiero una novia, no tus abrazos— Mateo se quejo de su soltería.

 

 

 

— Es cierto, yo no comparto a mi novio, menos una relación poliamorosa— Diego era celoso.

 

 

 

— iugh, yo no quiero hombres feos como novios, además eres mi primo, iugh no, guacala— Mateo salió corriendo del lugar.

 

 

 

— niños, dejen de pelearse y vayan por las flores, que es hora de ir al panteón, andén, todos a trabajar.— incluso Jordán estaba ahí presente.

 

 

 

Entre todas las tumbas, dos de ellas sobresalían, una que recién llevaba un año, otra que llevaba más tiempo ahí, pero había algo que compartían, una enredadera de alguna flor rosa, que entrelazaban a ambas como si solo fuera algo de ellos dos, Diego pudo leer que en las tumbas, grabado en letras doradas sobre la lápida blanca, se encontraba la leyenda de.

 

 

 

"Aquí descansa Armando González Alba, el chico más bonito que mis ojos pudieron ver.

 

1947 - 1964

 

 

 

Te voy a amar por siempre, hasta la eternidad."

 

 

 

"Aquí descansa Brian Gutiérrez, el chico de los tulipanes.

 

 

 

1046 - 2021

 

Aquel que amó tanto y que ahora en la eternidad, lo seguirá haciendo"

 

 

 

— Descubrí algo— le comento Diego a su novio.

— ¿Qué?— preguntó con interés.

— Que sí se puede amar para toda la vida, como ellos lo hicieron.

— Apuesto a que se siguen amando.— Diego asintió y le dió un beso en la nariz.

— yo no tengo duda alguna.— dijo el chico y le dió un beso de pico, Mateo tenía razón ellos no se despegaban por nada del mundo.

— Diego— hablo seriamente Jordán, mirándolo a los ojos, con la boca seca y tan nervioso que le costó respirar bien.

— ¿Qué?— pregunto ajeno a la situación 

— Te amo.— confesó luego de tiempo sin decirlo. Diego quería llorar en ese mismo momento.

— yo igual te amo, Jordán.— se abalanzó a sus brazos, y le lleno de besos.

— Iugh, siempre soy el mal tercio, me voy de aquí.— comentó Mateo harto de ser la tercera rueda.

En una eternidad, dónde somos infinitos, dónde el tiempo no existe, dónde un puente de flores naranjas se abría cada año, está vez, Armando lo cruzaba acompañado, de la mano de su gran amor, con dirección a dónde les esperaban. El único día donde podía ver a su hermana y comer en familia, está feliz, feliz de ver a sus sobrinos y sus hijos siendo felices, feliz de que por fin, ellos si pudieran vivir un amor a plenitud, como el que ahora vivía.

 

 

 

Fin