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“¿Qué haces aquí?” Pedri preguntó al abrir la puerta y al encontrarse a Ferran.
Ferran se rió al ver tremenda estampa. Pedri estaba envuelto en un edredón y llevaba un trozo de papel de váter metido dentro de la nariz.
“Tío, hace literalmente veinte minutos hemos hablado por teléfono y te he dicho que venía porque me has dicho que estabas enfermo y que te estabas muriendo.”
“¿En serio? Joder, pensaba que lo había soñado.”
“Joder, Pepi, estás fatal, déjame ver,” dijo Ferran, acercando la mano a su frente para comprobar si tenía fiebre.
“Dios, estás ardiendo,” concluyó, entrando dentro y poniéndole las manos en los hombros para empujarlo hasta la sala de estar. “¿Te has tomado algo?”
“¿Algo de qué?” Pedri preguntó, sus ojos medio cerrados, intentando que no se le resbalase el edredón.
“Para la fiebre, melón.”
“Ahhh, no, es que no los he encontrado, estoy muy débil…” dijo mientras se estiraba en el sofá.
“Vale,” Ferran dijo, masajeando su frente desesperado. “Vaya tela,” murmuró para sus adentros. “Voy a intentar encontrarte algo, tú quédate aquí,” dijo, apretándole el hombro suavemente.
“Hmm,” fue la única respuesta de Pedri mientras se acomodaba en el sofá, escondiendo la mitad de su cara dentro del edredón.
A Ferran no le costó nada encontrar un blíster de paracetamol. Estaban en el primer cajón del baño de su habitación, literalmente donde siempre han estado. Ferran lo sabía porque ha venido muchas veces a casa de Pedri, es normal saber dónde guarda los medicamentos tu mejor amigo (¿no?).
Cogió un vaso de agua de la cocina y volvió a la sala de estar. Pedri se había dormido en solo dos minutos. Daba un poco de lástima, pobrecito. Todavía llevaba el trozo de papel de váter en la nariz. “Tengo la nariz tan tapada que si me pongo esto me da la sensación que es por el papel que no puedo respirar, no por los mocos, ¿sabes? Es como para engañarme a mí mismo,” Pedri le dijo un día.
Ferran pensó que era más raro que un perro verde. Se sentó en el sofá, intentando no molestarlo.
“Pepi,” Ferran dijo con voz suave. “Pepi, despiértate, tienes que tomarte esto", Ferran le dio un golpecito suave en el brazo.
Pedri dio un vuelco, levantando la cabeza cómicamente rápido y poniéndose la mano en el pecho. “Joder, qué susto.”
“Eres tu…” dijo cuando se dio cuenta, cerrando los ojos otra vez y cogiendo a Ferran por la muñeca.
“Sí Pepi, soy yo, pero ahora tienes que tomarte esto.” Ferran le acercó el vaso de agua y el paracetamol.
“Vale…” Pedri dijo, obediente. Se enderezó un poco y reclinó su espalda en el reposabrazos mientras cogía la pastilla y el vaso.
A Ferran se le escapó una sonrisita. Pedri estaba realmente mal, como fuera de sí. Más blandito, con menos barreras. Tuvo que sacarse el papel de váter de la nariz para poder beber agua tranquilamente. Cuando tragó, hizo una mueca, como si le doliera la garganta.
“¿Te duele al tragar?”
Pedri asintió, devolviéndole el vaso vacío. “Me encuentro fatal, creo que es una nueva cepa de COVID.”
Ferran no pudo evitar la carcajada que le subió desde el estómago. “Venga ya, Pedri, si—”
“Te lo juro, me encuentro incluso peor que cuando tuve COVID, y mira que me encontraba mal entonces… Es como si no tuviera fuerza en ningún músculo, no puedo tragar, me pesa la cabeza y los párpados y no puedo respirar…” A medida que Pedri iba enumerando sus síntomas, se iba deslizando más para abajo hasta volver a estar horizontal.
A Ferran se le encogió un poco el pecho, la imagen de Pedri envuelto en un edredón como un burrito metiéndose dentro de sus entrañas como una daga. Volvió a tocarle la frente y aprovechó para acariciarle el pelo, intentando peinarlo un poco.
“¿Quieres que llame a tu hermano? Nunca te había visto tan mal, igual él sabe mejor qué hacer.” De repente, Ferran se encontró dudando de sus habilidades como enfermero.
“No, tú mejor, no te vayas porfa,” Pedri dijo con los ojos todavía cerrados, cogiéndole la mano y acercándosela hacia el pecho como si de un peluche se tratara.
Ferran sonrió, sintiendo como si alguien le estuviera haciendo cosquillas desde dentro de la barriga. “Vale, pero estarás mejor en tu cama.”
Pedri se quejó con un ruido parecido al de un mamífero recién nacido y dijo, “Pues llévame tú.”
Ferran resopló. “Sí mira, ahora voy. No pesas diez kilos, lo sabes, ¿no?”
Pedri abrió un ojo y le echó una mirada burlona. “Pero si estás mamadísimo ahora, seguro que no te cuesta nada…”
Ferran negó con la cabeza, exasperado, pero sabiendo que era una batalla perdida. “Bueno vale, pero pon un poco de tu parte, anda.”
“Jeje,” Pedri se rió. Aún estando tan enfermo, sabía que raramente no acababa saliéndose con la suya, cuando se trataba de Ferran.
Por suerte, coger a Pedri en brazos era una tarea que Ferran tenía muy por la mano. No pesaba diez kilos, pero no pesaba tanto como para no poder llevarlo hasta su habitación. Pedri se levantó del sofá perezosamente, como si le pesara todo el cuerpo, y levantó los brazos hacia Ferran sabiendo que él sabría exactamente cómo cogerlo. Pedri entrelazó las manos por detrás de su cuello, y Ferran lo agarró bien por la cintura a la vez que Pedri envolvía las piernas alrededor de su torso.
“¿Bien?” preguntó Ferran, sus labios rozándole el cuello, todavía caliente.
Pedri solo asintió, escondiendo la cara en el cuello de Ferran y agarrándose con fuerza.
Subir las escaleras con un Pedri casi convaleciente y con un edredón colgando resultó ser un poco más complicado de lo que había pensado, pero lo acabó consiguiendo. Cuando llegaron a su cuarto, dejó a Pedri con delicadeza encima de la cama, y él se estiró y se acomodó rápidamente, tapándose con el edredón.
Ferran se sentó en el borde de la cama y le volvió a tocar la frente. Todavía estaba caliente, pero no tanto como antes. Pedri tiritó, y a Ferran se le volvió a estremecer el pecho. “¿Tienes frío?”
“Un poquito,” dijo Pedri, cogiéndole el brazo para acercárselo. “Tu estás calentito.”
A Ferran le dieron ganas de llorar de repente, sintiendo que si pudiese luchar contra todos y cada uno de los virus que estaban haciéndole daño a Pedri con sus propias manos, lo haría. Pero obviamente no podía, así que tenía que pensar qué es lo que sí podía hacer para ayudarlo como fuera.
“Voy a prepararte una sopa o algo, seguro que no has comido nada en todo el día.”
“Mmm… no te vayas,” Pedri murmuró, acercándose todavía más.
“Joder,” Ferran dijo, resoplando por debajo de la nariz y notando como le subían los colores, sabiendo que no era porque él también tuviese fiebre ni nada de eso. Aunque si seguía así, no sería raro que Pedri acabase contagiándole.
“Será solo un ratito, va,” Ferran se forzó a despegarse de Pedri.
“Pero vuelve, eh,” Pedri le dijo, con los ojos entreabiertos, cogiéndolo por el cuello de la camiseta y acercándoselo.
“Que sí, Pepi, madre mía,” Ferran se rió.
“Prométemelo.”
“Te lo promeeeeto,” dijo Ferran, poniendo los ojos en blanco.
“Prométemelo bien, con un besito en la frente, y así de paso me curas,” añadió Pedri, cerrando los ojos y acurrucándose en el cojín.
Ferran casi se atraganta con su propia saliva.
“Con un—¿qué dices Pedri? Anda, déjame.”
“Hhmmnngbd, besito,” Pedri repitió, poniendo morritos, todavía con los ojos cerrados.
Ferran no daba crédito. Su corazón daba vuelcos como un loco. Igual ya se estaba contagiando.
Darle besos a Pedri no era raro—uno en el cuello antes de entrar en el campo, en la frente después de un abrazo post-gol, había muchas situaciones en las que lo hacían. No era para tanto. Pero hacerlo ahora, en la intimidad de su habitación, con Pedri tan… adorable, parecía demasiado.
Pero, ¿cómo iba a negarse?
Ferran apoyó con cuidado la mano en su cuello, bajando la cabeza hasta estar a su nivel, y tal y como le estaba pidiendo, le dio un beso en la frente. A Pedri se le escapó una sonrisa, y a Ferran le subió el corazón hasta la garganta.
Se despegó de él con más rapidez de la que le hubiese gustado admitir, y en un abrir y cerrar de ojos ya estaba en la cocina, abriendo y cerrando los armarios para ver si encontraba un tetrabrick de caldo e intentando no sonreír como un patético adolescente enamorado.
Al final encontró uno, miró que no estuviese caducado porque con Pedri nunca se sabe, y se debatió un rato entre si calentarlo en una olla o si simplemente hacerle un consomé en una taza y calentarlo en el microondas. Un flash de la carita de Pedri pidiéndole que no se fuera se coló en su cabeza, y Ferran concluyó que la mejor opción era la que fuera más rápida. Así que buscó la taza de Rayo McQueen que le regaló el año pasado por las risas pero que sabía que era su favorita, y la llenó hasta arriba con caldo de verduras.
Cuando volvió a su habitación, Pedri seguía exactamente tal y como lo había dejado. Ferran se acercó, volvió a sentarse en el borde de la cama y dejó la taza de caldo en la mesita de noche.
“¿Sigues ahí?” preguntó Ferran, flojito.
Pedri se rió. Estaba despierto. “Pues claro, tonto, ¿te parece que puedo irme a alguna parte?” dijo mientras intentaba levantarse, pero le fallaron los brazos.
Ferran lo ayudó, levantándolo por las axilas. Pedri se dejó, sus mejillas rojas como si hubiese jugado un partido de principio a fin. Ferran se sintió mal cuando pensó que le quedaba bien—Pedri sonrojado era su Pedri favorito. Pero ahora no estaba sonrojado por el cansancio ni por ninguna broma, sino por la fiebre. Probablemente (¿no?).
Le acercó la taza y Pedri la cogió con cuidado. “Cuidado que quema.”
Pedri asintió y se la acercó a los labios. “¡¿Mamiiiita querida pero tu quieres matarme?!” soltó Pedri cuando intentó sorber un poco.
“Perdón, ya sabes que nunca me he llevado muy bien con tu microondas,” Ferran se encogió de hombros mientras le cogía la taza de nuevo y la volvía a dejar en la mesita.
“Déjala reposar un poco, luego te la tomas.”
Pedri se rió y tosió, atragantándose con sus propios mocos. Realmente estaba fatalítico, el pobre. Ferran le acercó una botella de agua que encontró en los pies de la cama, e hizo ademán como de levantarse.
“No te vayas,” dijo Pedri, volviéndose a estirar en la cama y cogiendo a Ferran de la mano.
“Tienes que descansar, Pepi.”
“¿Y no puedo descansar contigo?”
“¿Quieres que… duerma contigo?”
“Así si me pasa algo durante la noche, podrás evitar que me muera,” dijo Pedri, sus ojos húmedos y grandes e imposibles de llevarles la contraria. Ferran no sabía si Pedri iba en serio y realmente de repente se había convertido en un hipocondríaco, o si estaban adentrándose en los terrenos pantanosos que habían estado evitando todo este tiempo.
“Vale,” dijo Ferran, y no pudo evitar la sonrisa que se le esbozó cuando Pedri hizo un ruidito de satisfacción al escuchar su respuesta. “Déjame a ver si encuentro algo que pueda usar de pijama.”
Pedri se acurrucó de nuevo, haciendo hueco en la cama para Ferran. “En el cajón de abajo debería estar la camiseta esa fea que te dejaste hace tiempo.”
Ferran se rió y abrió el cajón. No era fea, pero Pedri la odiaba por alguna razón, y siempre se lo decía. “No será tan fea si la has guardado.”
“Bueno, al final ha acabado sirviendo para algo.”
Ferran se cambió de camiseta y siguió abriendo cajones. “¿Tienes algún pantalón de chándal que te vaya un poco grande?”
“Alguno habrá…” Pedri ya empezaba a sonar como si estuviera más dormido que despierto. “Hay uno gris que igual te va bien.”
Ferran rebuscó un poco hasta encontrarlo y se lo puso. Le iba un poco apretado, pero era suficientemente cómodo como para aguantar una noche. Tenía cosas más importantes de las que preocuparse ahora mismo, la verdad. Como el hecho de que dormir con su mejor amigo le estuviese llenando la barriga de avispas asesinas (se negaba a denominarlas mariposas). Su mejor amigo, quien Ferran sabía que hacía tiempo que ya no era solo su mejor amigo, aunque admitirlo lo llenara de terror.
“Hazme más hueco, que no quepo,” dijo Ferran mientras levantaba el edredón para meterse en la cama.
“Joder, no te caben mis pantalones, no cabes en mi cama… no, si tendrás el culo más grande de España ahora de golpe.”
Ferran soltó una carcajada. “Vaya subnormal, ¿pero tú no tenías fiebre? Te veo yo muy gracioso como para estar enfermo.”
Pedri se rió, febril, como si mantener la boca y el cerebro conectados supusiera una fuerza que no tenía.
“Es broma…” murmuró, acercándose a Ferran y colocando la cabeza encima de su pecho y el brazo encima de su barriga.
A Ferran se le escapó un respiro entrecortado, pasando el brazo por detrás de Pedri y cogiéndolo por el hombro, acercándoselo todavía más. Su cuerpo todavía desprendía mucho calor. Por suerte, pero, al posar sus labios en su frente, Ferran comprobó que le estaba bajando la fiebre.
“No te vas a ir, ¿no?” preguntó Pedri al cabo de un rato de silencio.
“Pepi, que no, que te acabo de decir que me quedo a dormir.”
“No, digo… Del Barça. La gente está diciendo cosas,” dijo él, escondiendo la cara en el cuello de Ferran, su voz tan bajita que casi ni se lo escuchó.
Ferran tragó saliva, notando como se le hacía un nudo en la garganta. Llevaba tiempo postergando esta conversación. No tenía nada claro todavía. Su representante le había comentado un par de ofertas, pero en el fondo, Ferran no quería irse.
Intentó mirar a Pedri en la casi oscuridad de su habitación, la única luz que había era la lámpara de la mesita de noche. Tiró su cabeza un poco para atrás, para poder mirar a Pedri y observar cómo sus pestañas parecían incluso más largas cuando estaban húmedas por la fiebre, y como sus ojos brillaban todavía más, tan de cerca. ¿Cómo iba a querer irse de aquí? Tan lejos de Pedri. De su Pepi, su mejor amigo, su persona favorita en el mundo.
“No,” dijo, sorprendiéndose incluso a sí mismo. “No me voy a ir.”
“Prométemelo,” Pedri dijo otra vez. Aunque ahora parecía menos febril, más en sus cabales.
“Te lo prometo.”
Pedri movió la cabeza de su pecho y subió hasta que sus ojos estaban al mismo nivel. Ferran no podía respirar, sintiendo que si daba un paso el falso, se iba a cargar lo que fuera que estaba pasando.
“Prométemelo bien,” Pedri repitió. Y Ferran probablemente no debería hacer lo que estaba a punto de hacer, teniendo en cuenta que Pedri estaba enfermo y con las defensas bajas y seguramente un poco fuera de sí.
Pero lo hizo igualmente. Cogió a Pedri por la nuca y se lo acercó todavía más, con cuidado de no hacerle daño en ningún sitio. Sintió como a Pedri se le escapaba un suspiro, y Ferran lo besó.
Pedri, gracias a Dios, lo besó de vuelta, y Ferran pensó brevemente que por qué coño habían tardado tanto en hacer esto, si aparentemente los dos querían. Y se dio cuenta de que estaban teniendo su primer beso con Pedri a 39 de fiebre y la nariz tapada y Ferran con unos pantalones tres tallas más pequeños y una camiseta que Pedri pensaba que era feísima.
No pudo evitar que se le escapara la risa, y Pedri se rió también, pero no dejaron de besarse. Pedri lo cogió del pelo y se lo acercó, metiéndole la lengua de una manera que hizo que Ferran sintiese que los pantalones le apretaban todavía más, por motivos totalmente ajenos a la talla.
Pero de repente Pedri se dio cuenta de que no podía respirar ni por la nariz ni por la boca, y tuvieron que separarse.
“Ahora tendrás que mantener la promesa,” dijo Pedri, sus ojos intensos e imposiblemente bonitos y todo lo que Ferran siempre había querido, aunque la emotividad del momento se vió un poco afectada por el hecho de que Pedri no podía pronunciar bien por lo tapada que tenía la nariz.
“Lo haré, Pepi, ahora duérmete,” Ferran le dijo, dándole un beso en la mejilla.
“Hmmm,” dijo Pedri, volviéndose a acurrucar en su pecho.
Ferran intentó estabilizar su corazón, lo suficiente como para poder conciliar el sueño. Pero justo cuando estaba empezando a dormirse, Pedrí murmuró, “¿Nos acabamos de besar o lo he soñado?”
Y a Ferran se le llenó el pecho de avispas, mariposas, flores, aguarrás, petardos, una amalgama de todas las cosas del mundo y tanto amor que no podía creerlo. “Nos acabamos de besar,” le confirmó, acariciándole la espalda.
“Uff, qué susto, pensaba que lo había soñado.”
“¿Es algo que sueñas normalmente? ¿Que nos besamos?” Ferran preguntó, intentando evitar que el corazón se le saliera por la boca.
“A veces sí…” Pedri dijo, su voz acariciándole el cuello. “Me tendrás que volver a besar mañana para que me crea que ha sido de verdad.”
“Hecho,” Ferran dijo, sonriendo como un gilipollas. “Buenas noches, Pepi.”
Pero Pedri ya ni le contestó, enganchado a Ferran como una lapa, y completamente dormido.
