Work Text:
Chaquetas, pantalones de chándal y unas cuantas camisetas de fútbol arrugadas estaban esparcidas sobre la gran cama de Lamine. Gilberto doblaba cada prenda mientras lo miraba con molestia, como si se lo hubiera pedido. Recostado en la alfombra con el teléfono en mano, Lamine no pudo evitar tomarle una foto a su novio mientras el mexicano ordenaba a regañadientes.
—¿Cómo puedes tener este desmadre teniendo un armario tan grande, Lamine? —dijo Gilberto con el ceño fruncido.
Lamine solo le dedicó una amplia sonrisa, sin quitar la vista de la pantalla.
—Tampoco te lo he pedido. Lo haces porque quieres, guapi —soltó desde el suelo.
Apenas terminó de hablar, Gilberto le lanzó una camiseta del Barcelona directo a la cara, haciendo que el teléfono se le cayera de las manos.
—Ey, dame un segundo... —dijo Lamine, echándose a reír.
Gilberto se acercó y se sentó sobre él. El español no desaprovechó la oportunidad: rodeó la cintura del mexicano con las manos y lo jaló contra su pecho en un abrazo fuerte.
—Yo no soy ninguno de tus amigotes para que me andes hablando así, ¿eh? Te lo advierto —sentenció Gilberto, fingiendo estar más enojado de lo que realmente estaba.
Siguieron unos segundos en el suelo entre las risas de Lamine y un Gilberto rehusándose a sonreír. Se revolcaron un poco hasta que el español quedó encima y le plantó un beso que el mexicano aceptó con gusto.
—Oye, Gil, hablando de los muchachos: Pedri me mandó un mensaje hace un momento —comenzó Lamine, a lo que su pareja asintió—. El tío quiere organizar una fiesta por lo del Mundial y quiere que vaya. Por lógica, tú también. Están que se mueren de ganas por conocer a quien me tiene reportando la hora de salida y llegada —bromeó, mientras Gilberto negaba con la cabeza y sonreía.
Lamine se alejó, dándole espacio para que ambos se sentaran en la alfombra.
—No manches —dijo Gilberto tomando distancia—. El Mundial lo ganaron hace como dos meses, ya suéltenlo.
—Venga, algo de actitud fiestera, Gilsito —Lamine rio echando la cabeza hacia atrás—. El Mundial lo vamos a celebrar hasta que colguemos los botines.
Gilberto puso los ojos en blanco.
—Nomás digan que no saben qué excusa poner para ir a tomar, y ya.
Lamine volvió a reírse.
—Bueno, vale, vale. Tienes razón, es un pretexto para beber, reunirnos y, en esta ocasión, para que te conozcan.
Gilberto soltó un suspiro y se disoció por un segundo.
—Pero... pues ya me conocen, o lo esencial, diría yo... —usó esa rara forma de hablar cargada de incomodidad que Lamine conocía tan bien.
Lamine tomó su mano y buscó una mirada que Gilberto le concedió con una facilidad digna de estudio.
—Ey, ¿qué pasa? —dijo con suavidad—. Dime.
Gilberto volvió a suspirar.
—Seguro ya saben que estamos juntos... Es decir, no digo ni insinúo que vayan a filtrar nada, pero hay que tener cuidado y tomárnoslo con calma.
Lamine pasó de sostenerle la mano a acunar su rostro entre las suyas. Le dio un suave apretón en las mejillas y le plantó otro beso.
—Cariño, te juro por mi vida que todo irá bien. Son solo los chicos y gente de total confianza.
—No sé, Lamine...
—Nos regresamos tan pronto como me lo pidas.
Gilberto frunció el ceño, sin terminar de creerse lo que escuchaba.
—¿Dos horas?
Lamine se quedó en silencio un segundo.
—Bueno... sí, puede ser una opción...
—Lamine, hablo en serio.
—¡Yo también, tío!
Gilberto finalmente se puso de pie y regresó a su labor: doblar la ropa de Lamine. Ahora acomodaba las prendas en los cajones y algunas chaquetas en ganchos. Lamine lo observaba desde el tapete, recargado sobre sus brazos.
—Lamine, y dime, ya que evidentemente habrá alcohol, ¿tú vas a tomar? —preguntó Gilberto sin dejar de ordenar. La cama ya estaba casi vacía.
Lamine carraspeó antes de contestar, tragó saliva e intentó pensar en alguna excusa válida.
—Bueno, tomar tomar, en esencia, diría yo que... pues... —dudó—. Mira, sí, es verdad que habrá cócteles. A una piñita colada no se le dice que no. Rafael, ya sabes tú lo difícil que es para mí decir que no... —agregó riendo, aunque ni él se lo creía.
Gilberto se dio media vuelta frente al clóset y se cruzó de brazos.
—Lamine, ¿seguro que te gustan los cócteles? Hasta donde yo sé, a la gente que toma alcohol dulce la llamas cobarde.
—Y jamás lo he negado, ¿sabes?, pero una piña colada es una piña colada.
—Voy a hacer como que te creo, pero si te pones pedo nos regresamos, para que midas tus copas —dijo Gilberto, dándose la vuelta para seguir acomodando—. Y a todo esto, ¿cuándo es la fiesta? Porque yo me voy el domingo, por si lo olvidas.
—Hoy.
—¿QUÉ? —soltó Gilberto, casi gritando—. ¿Hoy?
—Pues sí... Les he dicho que estás aquí y Pedri dijo que hoy mismo sería la fiesta... Quién sabe cuándo volveremos a tener la oportunidad.
—Lamine, qué pedo —soltó Gilberto—. ¿A qué hora?
—A las 9.
—Bueno, aún tenemos tiempo...
—Justamente. Es a unas cuadras de aquí, a unos diez minutos en carro, tal vez.
Gilberto ladeó la mirada.
—Si manejo yo, son cinco.
Lamine de inmediato negó con la cabeza.
—No, no voy a dejar que conduzcas tú. Eres mi invitado, mi novio y menor de edad. ¿Qué hacemos si nos detienen en un control de rutina?
El armario por fin estaba arreglado; Lamine se había conseguido a un novio que era su completo opuesto.
Gilberto se recostó en la gran cama de su pareja; aunque era cómoda, seguía creyendo que era excesivamente grande para una sola persona. Sin embargo, no podía argumentar mucho cuando Lamine le explicaba las ventajas de tener una cama así, sobre todo siendo un atleta profesional que priorizaba su descanso.
Lamine gateó hasta llegar a la orilla del colchón, mirando a su novio desde ahí.
—Estaba pensando... —Se dio unos segundos hasta escuchar a Gilberto murmurar un «ajá»—. Solo es una propuesta, ¿vale?
Esa advertencia capturó la atención de Gilberto, quien se apoyó en los codos para mirarlo. Conociéndolo tan bien, sabía que se iba a negar a lo que fuera que Lamine tuviera en mente.
—Podríamos ir vestidos a juego con la playera de la Roja.
—No.
—¡Vamos! Ni siquiera lo pensaste.
—No lo necesito, porque no lo haré —Gilberto se volvió a acostar.
—¿Por qué? —dijo Lamine, poniéndose rápidamente de pie para colocarse entre las piernas del mexicano, que sobresalían del colchón. Se acomodó en un espacio que parecía exclusivo para él, y Gilberto no hizo el más mínimo intento de evitarlo—. Piénsatelo, guapo. Sería un lindo detalle.
—No, me rehúso —marcó Gilberto sin dudar.
—Venga, suelta tus razones.
—Soy mexicano.
—Ya.
Hubo un silencio en la habitación, apenas ocupado por ese pitido extraño que aparece cuando no hay ninguna voz cerca.
—¿Es todo?
Gilberto asintió con una leve sonrisa, satisfecho con su respuesta.
—Rafael, eso ni siquiera tiene sentido. Y lo sabes.
—Mira, ¿usarías tú una playera de México? —planteó Gilberto, como negociando.
Lamine soltó un suspiro, pero de inmediato sonrió, como si se le hubiera ocurrido una idea brillante. Gilberto lo entendió al instante: no hacía falta ser muy listo para leer a Lamine.
—Tú usarás la de España y yo la de México —propuso Lamine, encantado con su planteamiento.
Gilberto soltó una risita nasal.
—¿Tienes playeras de la Selección? —preguntó, recuperando el interés.
—Tal vez tenga una con tu nombre y número. Tal vez —dijo Lamine con una sonrisa descarada.
—¡No es cierto! —soltó Gilberto, volviendo a apoyarse en los codos para ver a Lamine—. ¡Sácala, hombre!
El español no lo pensó dos veces: fue de inmediato al clóset a buscar entre la ropa que ya estaba ordenada.
Era la equipación negra de la selección mexicana, y sí, traía el nombre y número de su novio. Gilberto no pudo evitar reír e inclinar la cabeza hacia atrás al verla. Sin que se lo dijera, Lamine se quitó la playera que traía y la arrojó al suelo antes de ponerse la de México. Gilberto puso los ojos en blanco: acababa de descubrir cómo se creaba lentamente aquel desorden en el clóset.
—La vas a recoger y a doblar, ¿eh? Te la acababas de poner —dijo señalando la prenda tirada, mientras Lamine aún peleaba con el jersey.
Una vez que la playera abrazó su cuerpo, Gilberto se deleitó. Era de su talla, no le quedaba apretada, y a Gilberto siempre le parecía atractivo ver a su novio con uniformes de fútbol —del equipo o selección que fuera— con su nombre y número en la espalda; ya quería pedirle que fuera el padre de sus hipotéticos hijos.
—¿Qué tal? —Lamine dio una vueltita con una sonrisa descarada.
Los ojos del mexicano viajaron por todo el cuerpo de Lamine, aunque lo importante solo era su tren superior.
—Cabronísima, ¿eh? Sí te queda —Gilberto sonreía, incapaz de evitarlo.
—Bueno, entonces tú usarás la de España —dijo Lamine, triunfal—. Pero no la que te dio mi madre, que te queda como si estuviera hecha de látex; te voy a prestar una de las mías.
—¿De las usadas, de las arrugadas, de las sucias... o hay otras que no he visto? —preguntó Gilberto con una sonrisa boba.
—Otras que no has visto. Claro que de mi talla; te va a quedar algo grande, pero es mejor —explicó Lamine, buscando de nuevo en el clóset.
—Ajá, tampoco tenemos tallas tan diferentes —Gilberto se puso de pie y lo siguió.
Lamine terminó entregándole una playera dentro de una bolsa prácticamente nueva, guardada en uno de los cajones del clóset, el único lugar que mantenía el orden. Gilberto sacó la prenda: sí, era algo grande, pero estaba linda. Tenía detalles en guindo con la mayor parte de la tela en tono beige.
—Chula, ¿eh? —dijo Lamine, con los puños en la cadera.
—No tanto como la que traes puesta —respondió Gilberto, empujando suavemente con la cadera al español.
—Ya quisieras, Gil —Lamine recargó la barbilla en el hombro del mexicano, quien admiraba la camiseta de pies a cabeza—. Venga, póntela.
—Mejor al rato, para ver cómo la combino... —Gilberto colocó la prenda sobre su antebrazo.
—Pues unos vaqueros holgados, unas zapatillas blancas, unos anillos, cadenas, una gorra y tal vez unos lentes. Pero si quieres que te preste algo, en el clóset tengo mis joyas y gorras —ofreció Lamine.
Gilberto lo miró incrédulo.
—¿Gorra? —Alzó una ceja—. Es una fiesta a las nueve de la noche; la luz más potente de la que podría cubrirte la cachucha es la luz intermitente del antro. No inventes, no vas a ponerte cachucha —sentenció Gilberto, dando por hecho que Lamine no lo cuestionaría.
—Vale, vale. Solo porque la palabra cachucha me suena a guarrada —dijo Lamine—. Pero de todos modos, siéntete libre de tomar lo que quieras del clóset para completar tu conjunto.
Pasaron prácticamente toda la tarde terminando de organizar el tiradero que Lamine tenía en su gran recámara, de un tamaño equivalente al de una casa común. Gilberto incluso lo hizo tirar algunas cosas y separar otras para donar, pues venderlas sería estúpido desde el punto de vista del mexicano al considerar el sueldo de su chico.
Al final, la recámara se veía más espaciosa, lista para acumular más basura en el futuro.
Cuando dieron las 7 de la tarde, se metieron a bañar juntos para arreglarse.
Lamine se ponía cera en los rizos para después cepillárselos. El espejo del baño era tan grande que ambos cabían viéndose cómodamente. Los dos iban en toalla. Gilberto, por su parte, se rasuraba la barba.
—¿Te sale barba de verdad o solo quieres hacer parecer que sí? —bromeó Lamine.
—Sí me sale, pero no me gusta cómo se me ve —Gilberto se acercó al lavabo, se echó un chorro de agua en el rostro para quitarse la espuma sobrante y se secó con la toalla que Lamine le tendió.
—Deberías dejártela un poco, para verte más mayor.
Gilberto le salpicó las gotitas de agua que le quedaban en los dedos.
—Y tú deberías rasurarte de una buena vez, que me vas a irritar la cara —reclamó.
Lamine ahora se cepillaba los dientes.
—Ya te lo he dicho, peluchito: ha sido una promesa, y yo romperé todo menos mis promesas —respondió antes de volver a meterse el cepillo a la boca.
—Hubiera sido más divertido si te hacías un alisado —sugirió Gilberto con una sonrisa mientras iba a la recámara a vestirse: unos vaqueros azul claro, unos Vans blancos y una chaqueta beige que Lamine le prestó, de un tono tostado tirando a arena.
Se estaba poniendo los tenis cuando Lamine apareció buscando su ropa: el jersey, unos pantalones baggy negros y unos Vans del mismo color. No llevaba abrigo, y al alzar los brazos se le veía el resorte del bóxer.
Ya vestidos, se miraron en el inmenso espejo de la recámara. Eran prácticamente opuestos.
—El blanco te queda de puta madre.
—El negro te queda cabrón.
Dijeron ambos al mismo tiempo, soltando una risa compartida mientras se sostenían el uno al otro como si fueran a caerse.
—No es blanco, es beige...
—Hostia, sí; y este no es negro, es un subtono de azul demasiado quemado —replicó Lamine con un sarcasmo afilado.
Siguieron arreglándose: perfumes y, solo para Lamine, joyas. Gilberto no quiso tomar ninguna de las piezas vistosas que su novio poseía, por más que el español insistiera. No eran precisamente de su agrado.
Se fueron en uno de los autos de Lamine, con los vidrios polarizados para evitar a cualquier curioso. El viaje fue de exactos diez minutos, hasta llegar a una propiedad que parecía solo otra mansión de millonarios cercana a la de su novio, con la diferencia de que estaba iluminada por luces artificiales desde todos lados. Se estacionaron a un costado, pues en frente ya había algunos autos presentes que Lamine supo reconocer: Pedri, Gavi, Ferran, y ese BMW solo podía ser de Pau. Lamine se emocionó, pero al mirar a su lado, notó que Gilberto estaba algo intranquilo.
—¿Cómo la llevas, terrón de miel? —preguntó Lamine, mientras Gilberto observaba con atención la entrada a la fiesta—. Oye, Gil, relájate, ¿vale?
—Lamine, yo sé que a ti te gusta mucho esto de ir de fiesta y así, pero no son mis...
—¿Tus ambientes? Sí, lo sé —Lamine sonrió y Gilberto negó suavemente—. Mira, te mantienes cerca de mí, donde te pueda ver. Vengo contigo al final del día —dijo con suavidad—. Recuerda decirme cuando te sientas incómodo, pero, corazón, trata de disfrutar el ambiente. Son unos gilipollas, pero majos.
Gilberto soltó lo que parecía su último suspiro y abrió la puerta. Lamine salió de inmediato y lo ayudó, provocando una sonrisa en el mexicano.
—¿Necesitas que te diga algo sobre ellos para poder sacar tema de conversación? —preguntó Lamine mientras caminaban de la mano por un sendero de piedra alumbrado en los bordes por linternas amarillas.
—Bueno, todos somos futbolistas, de algo podremos hablar.
—Eso espero. Solo mantente cerca de mí, por favor.
—Claro.
Lamine empujó la enorme puerta de la residencia. Por dentro, la casa era significativamente grande, con luces de colores intermitentes y gente bailando por todos lados al ritmo de una música que, para la humilde opinión de Gilberto, no era bailable de la forma en que lo hacían, aunque prefirió no juzgar.
Lamine lo guio hasta una mesa ubicada al fondo, donde había más gente con rostros más identificables.
—¡Pero mira quién llega! —Pedri se puso de pie, interrumpiendo su plática con Ferran—. Lamine, tío.
Se saludaron con un abrazo fraternal mientras Gilberto observaba a un lado.
—¿Qué tal? Muy buena fiesta para ser improvisada, claro —soltó Lamine.
—Bueno, una habilidad que jamás perderé, al parecer —dijo Pedri, para después percatarse del acompañante—. Oh, y este debe ser Gilberto Mora, ¿no? —preguntó con una sonrisa.
—Así es. Y mi chico, además.
Pedri le extendió la mano y Gilberto la tomó.
—Yo soy Pedri, espero ser algo conocido por allá.
—Una o dos cosas he oído de ti, todas buenas, claro —respondió Gilberto devolviéndole la sonrisa.
—Ah, y mira —Pedri se movió para darle más visibilidad a la mesa—. Ellos son Pau; el del fondo es Dani; el que tiene cara de poquísimos amigos es Nico, pero es más amigable de lo que parece, te lo aseguro —dijo entre risas—. El pelele que está con el móvil es Gavi, y este de aquí es Ferran, el que metió ese gran gol en la final.
—Un placer —saludó Gilberto.
—Nos daba curiosidad conocerle la cara al tío que jalaba de la correa —dijo Ferran desde una silla acolchada, con los brazos cruzados.
—¿Correa? —Gilberto alzó una ceja, provocando la risa de todos, mientras Lamine hacía un gesto cómico.
—Bueno, chaval, mira cómo lo has hecho venir cuando había dress code y toda la cosa —señaló Ferran.
Ahora que lo mencionaba, era verdad: todos llevaban una camiseta de España, de la equipación que fuera. Lamine era el único raro luciendo un jersey de México.
—Pues solo mostrando quién lleva los pantalones por aquí —dijo Gilberto, tomando asiento a su lado en el lugar que Lamine le cedió.
El grupo se quedó en silencio por un segundo antes de romper en risas.
—Hostias, pues tiene personalidad el chaval —dijo Gavi desde el otro extremo.
Lamine se encogió de hombros.
—Es mi chico por algo.
En el centro de la mesa había botanas, pero algo raras a parecer de Gilberto: carnes frías, quesos y panes, en lugar de los Sabritones que esperaría encontrar.
En algún momento, Pedri apareció con vasos de cristal para todos y comenzó a servir alcohol como si fuera agua. La situación se puso incómoda al llegar al vaso de Lamine.
—Ah, no, tío. Hoy no —se negó Lamine cuando le ofreció la botella.
—Ah, pero si es de la que te gusta, tío, no me jodas —Pedri comenzó a delatarlo, y Lamine intentó cortarlo tarde—. Digo... es de la que nunca tomas, de la que no nos recomendaste y jamás cuelas en nuestras reuniones. No, jamás, ¿eh? —corrigió Pedri alejando la botella, mientras Lamine se pasaba la mano por el rostro.
—Bueno, ¿y cómo la llevas en el PSG, Ferran? Mejor que en el Barcelona, por lo que he visto, cabrón —interrumpió Lamine dirigiéndose al delantero, quien ya tenía el vaso en la boca.
—Ah, coño. Le reclaman al bailarín por bailar, qué putada —bromeó Ferran.
—No, tío, no ha sido por los goles, venga —dijo Lamine—. Hablo del ambiente, ya que en Barcelona te odiábamos y todas esas mierdas.
—Ah, de puta madre, la verdad.
—¿Ah, sí?
—¿Has visto que nos veremos en Champions? —dijo Ferran—. Os daremos por culo —agregó, mezclando un pedazo de pan integral con queso antes de llevárselo a la boca.
—Na. ¿Has visto nuestros juegos? Tío, dile, venga —señaló a Pedri—. Está claro quién se follará a quién.
—Venga ya. Esos humitos se bajan en unas semanitas.
A Gilberto no le importaba mucho el tema, pero entendía que estaban discutiendo de una forma que probablemente creían sutil. Cualquiera con dos dedos de frente notaba que Lamine le estaba buscando pelea a Ferran, y Gilberto prefirió no meterse.
—Voy a buscar un refresco o algo —dijo poniéndose de pie.
Lamine desvió la mirada hacia su novio, y Gilberto le hizo un ademán para que se quedara en la mesa.
—Si quieres agua, está en la cocina, Mora. Hay de varios sabores, natural y mineral. También hay hielo por si te apetece —le indicó Pedri, señalando un área visible.
Gilberto asintió y se alejó con su vaso vacío.
Al llegar a la cocina, descubrió una amplia variedad de aguas de sabor; un paraíso para él, que se decantó por la de coco. No tenía azúcar, pero sabía perfecta. Se sentó en un banco a terminársela mientras evaluaba mentalmente la fiesta: «Un 8», concluyó con un leve asentimiento.
«¿Por qué no me dijo que había dress code? Solo sugirió atuendos en conjunto...», pensó para sí mismo.
Terminado el vaso, se sirvió otro, y luego uno más. Estaba tan buena que pensó en pedir la dirección de donde la habían comprado. A la mitad de su cuarto vaso, fue interrumpido.
—Oye, chaval, disculpa. ¿Aún queda de mango con plátano? Me apetece un poco —le dijo una joven morena y delgada, con un porte que definitivamente denotaba que era modelo o algo similar.
Gilberto la miró confundido y se señaló a sí mismo.
—Pues sí, tú.
Sin darle muchas vueltas, Gilberto buscó entre las etiquetas de los contenedores, pero no encontró esa combinación.
—Creo que se terminó.
—Joder, estaba tan bueno... —se lamentó la chica.
—Pero si me deja hacerle una recomendación, la de coco merece una oportunidad.
La chica lo pensó un momento.
—Venga.
—¿Se lo lleno? —preguntó Gilberto con el cucharón listo.
—Oh, no, dame solo una prueba, no soy muy fan del coco.
Gilberto asintió y le sirvió apenas un chorrito. La chica lo probó, analizó el sabor y sonrió. Gilberto se sintió satisfecho. Ella le devolvió el vaso y él se lo llenó por completo.
—¿Y viene sola? —preguntó Gilberto mientras servía a cucharadas.
La sonrisa de la chica desapareció al instante.
—Si es para tratar de ver si podemos irnos juntos, ni lo intentes, tío. No vengo en ese plan.
Gilberto casi se ríe.
—No, qué va. Me despedirían si me atrevo a ligarme a alguna clienta —respondió metidísimo en su papel de mesero—. Solo que la vi un poco solitaria, señorita.
Le entregó el vaso esperando que se retirara, pero ella se quedó pensando un segundo.
—Pues sí. Vengo sola, sí —hubo un tono de melancolía en sus palabras que Gilberto notó de inmediato.
—Me extraña, una chica tan guapa y sola —comentó, volviendo a tomar asiento.
La joven hizo un puchero que intentó deshacer rápidamente.
—Pues todos tenemos mala suerte a veces —dijo, recargando el codo en la barra cerca de los contenedores.
—No diga eso, señorita. ¿Pues qué le hicieron o qué? —preguntó Gilberto, genuinamente interesado.
—¿No eres de por aquí, verdad? —indagó ella. Gilberto negó con una sonrisita. La mujer suspiró, acomodándose mejor e incluso sentándose a su lado—. Pues me dejaron.
Gilberto abrió los ojos sorprendido. Ella asintió ante su incredulidad.
—Sí, al cabrón le ha parecido divertidísimo dejarme en nuestro aniversario —dijo antes de beber de su vaso—. Un año a la basura.
—A veces los hombres son así, pero él se lo pierde, señorita.
La chica sonrió suavemente, aunque el gesto duró poco.
—Eso me han dicho todos, pero es que hay que ser cabrón.
—¿Qué más le hizo? —preguntó el mexicano antes de darle un sorbo a su bebida.
—También me ha engañado.
—A su...
—Y no solo una vez, ni con la misma persona —continuó ella con amargura—. Bueno, si fuera con la misma, diría que al menos es un poco fiel, ¿sabes? Pero no, me tenía que joder lo máximo posible.
—Pues lo que le digo...
—Pero sabes, yo siempre le offeredí que podíamos tener una relación abierta —admitió con entusiasmo repentino—. No quería perderle —sonrió con amargura mientras se le escapaban las primeras lágrimas—. Pero me dijo que lo mejor era dejarlo.
Gilberto le dio unas palmaditas consoladoras en la espalda.
—¿Cuánto hace de eso?
—Cinco meses —respondió entre lágrimas.
—Ah, poquísimo además.
La chica asintió, llorando ya con libertad.
—Y una amiga me dijo que viniera a pasármelo bien aquí... y el cabrón ha venido con su nueva pareja —explicó con la voz entrecortada mientras Gilberto intentaba reconfortarla.
—Hijo de puta. Apuesto a que ha sido a propósito —dijo Gilberto negando con la cabeza.
—Sí, pero no quiero verle la cara, por eso me he refugiado aquí —agregó secándose con el dorso de la mano.
—No se preocupe, puede quedarse aquí todo el tiempo que necesite. Yo planeaba hacer lo mismo —concluyó Gilberto, inventando una excusa para sonar creíble.
Mientras tanto, en la mesa principal, la discusión escalaba a niveles peligrosamente dramáticos... y considerablemente ebrios.
—¡Pero si era pura puta confianza, tío! ¡Que siempre te pasaba la puta pelota! —gritaba Lamine, al borde del colapso emocional y manoteando al aire.
—Venga, tú y tus pases mágicos —respondió Ferran arrastrando las palabras, sosteniendo el vaso con dos dedos como si fuera un trofeo frágil mientras masticaba como si nada—. Por esa mierda no dan premios, Lamine. Para que lo sepas —sentenció, intentando sonar sabio pero con la mirada clavada en un punto fijo del mantel.
—Bueno, tampoco dan Balones de Oro por meter un puto gol en la final del Mundial y luego revivir como fantasma en tu club —soltó Lamine con veneno puro.
—Ey, calmaos —intervino Pedri, poniéndose en medio como árbitro de guardería—. Ya está. Cosas que pasan, dejadlo por la paz, ¿vale?
—¡Lo dejaré cuando Lamine deje de venirse a mi cara a gritarme mis putas decisiones, carajo! —estalló Ferran, teniendo que sujetarse del borde de la mesa para no perder el equilibrio.
—Coño, es que si no tomaras decisiones basándote en tu ego herido, amigo mío, la cosa iría bastante mejor —señaló Lamine, haciendo el gesto de las comillas con los dedos.
—Chúpala, Lamine —le soltó Ferran con un tono desarmante de borracho terco, dándole un trago dramático a su vaso casi vacío.
—Bueno... técnicamente sí la chupa, ¿eh? —interrumprió Nico de la nada, rompiendo su silencio de toda la noche con una serenidad casi filosófica.
Ferran tardó dos segundos enteros en procesarlo, abrió los ojos de más y reaccionó con pánico.
—¡No literal, era en sentido figurado! —se apresuró a aclarar Ferran, haciendo aspavientos torpes con los brazos—. A ver, tío, a mí me la suda lo que te metas a la boca, ¿vale? Haz lo que quieras.
—Bueno ya, os peleáis como si fuerais gatos y perros. Hemos organizado la fiesta para pasar un buen rato —dijo Pedri en medio del incómodo silencio, amenizado de fondo por canciones catalanas de quinta categoría—. Y para conocer a Gilberto, claro.
La mención de su chico le cambió el chip a Lamine al instante. El delantero miró hacia ambos lados tratando de encontrarlo; al no verlo a simple vista se alertó, y su búsqueda visual se volvió ridículamente evidente, girando la cabeza como búho.
—¿Y a este qué le pasa? —preguntó Ferran, arrastrando la 's'.
—Ahora que lo dices... ¿dónde se ha metido Gil? —Lamine se puso de pie bruscamente.
Todos en la mesa se unieron a la causa, participando en una búsqueda que se limitaba a mover los ojos de un lado a otro sin levantarse de sus asientos.
Ferran sonrió con malicia alcohólica.
—Lo has perdido... madre mía...
—Cierra la puta boca, Ferran, que te meto una ostia de la que no te olvidas ni aunque quieras —amenazó Lamine.
En cuanto Ferran intentó ponerse de pie para retarlo, Pedri lo empujó de vuelta a su silla.
—¡Calmaos de una vez, coño! —dijo Pedri, a punto de renunciar a su papel de niñera.
—Lo voy a buscar. Os dejo —sentenció Lamine, dándose la vuelta a toda prisa rumbo a la entrada de la casa.
—Y el día de mi cumpleaños dijo que estaría ocupado. Coño, si era solo un día fuera de esa puta cancha sucia, joder... —decía la chica, con un pañuelo en la mano que ya estaba cubierto de capas de maquillaje: rímel corrido, labial rojo intenso y un poco de base—. Que no es mucho pedir, coño.
—¿Era futbolista? —preguntó Gilberto.
—Lo sigue siendo, el hijo de puta —respondió ella, pasándose el pañuelo por los lagrimales—. Famosito, además.
Gilberto frunció el ceño. «No será que... nah, hay un chingo de futbolistas que son unos patanes con sus ex», pensó para tranquilizarse.
—Oye, y a todo esto, ¿cuál es tu nombre? —preguntó Gilberto con suavidad, temiendo sonar insensible.
La chica sollozó un poco, pero recuperó la compostura tras un trago.
—Inés.
Ese nombre no solo cayó como un cubo de agua helada sobre la cabeza de Gilberto; le paralizó la sangre. El estómago se le fue hasta los tobillos, el corazón le dio un vuelco violento y la piel se le erizó en un segundo como si acabara de ver un fantasma. Inés. La ex de Lamine. Toda la empatía que sentía mutó de golpe en un pánico absoluto y una culpa aplastante, dejándole un nudo helado en la garganta.
—¿Y tú? —preguntó la chica, mirándolo fijamente.
Gilberto se congeló por completo. La mente le giraba a mil por hora mientras el pulso le retumbaba en los oídos.
—Rafael... —soltó a duras penas. Bueno, al menos no era una mentira.
—Anda, Rafa...
Necesitaba huir de ahí de inmediato. Si esa chica ataba cabos o si Lamine aparecía buscando a su novio en ese preciso instante, el desastre sería monumental.
—Bueno, Inés, eh... tengo que ir a lavar los baños, este... pero puedes quedarte aquí, ¿sí? Ponte cómoda... —dijo Gilberto poniéndose de pie de un brinco, con las piernas temblándole ligeramente.
La chica solo atinó a asentir, abatida.
Gilberto rodeó la barra a paso veloz rumbo a la mesa, sintiendo que el aire no le llegaba al pecho. Para su suerte o desgracia, la gente había decidido que era el momento perfecto para ponerse a bailar, creando una marea humana de personas moviéndose como locas que le dificultaba el paso, mientras él solo intentaba no colapsar ahí mismo.
—Disculpa... eh, lo siento —decía Gilberto, tratando de abrirse paso a empujones a través de un mar de gente que parecía ponerse de acuerdo para retenerlo.
Cuando por fin logró salir, casi expulsado de la pista de baile, llegó agitado hasta la mesa donde estaban todos... excepto Lamine.
—Hostias, chaval, ¿y tú dónde te has metido? —soltó Ferran, interrumpiendo su trago con una sonrisa socarrona.
Gilberto ignoró el comentario y continuó buscando a Lamine desesperadamente con la mirada.
—¿Han visto a Lamine? —preguntó con la voz ahogada por el ruido. Por las caras de desconcierto del grupo, era evidente que no lo habían escuchado—. ¡Que si han visto a Lamine! —repitió, casi gritando.
—Ah, fue a buscarte —le contestó Pedri—. Salió hace unos segundos apenas. Si vas fuera, apuesto a que todavía lo alcanzas.
Gilberto asintió, soltando un suspiro de alivio.
—Gracias —dijo, y antes de retirarse, agregó con una sonrisa rápida—: Fue un gusto verlos, ojalá podamos platicar bien en otra oportunidad.
En cuanto Gilberto les dio la espalda a toda prisa, Nico bromeó en la mesa:
—Olé... ¿y ese sale con Lamine?
—Deja que se dé cuenta de que puede conseguir algo mejor —agregó Ferran entre risas.
Fuera de la casa, el ambiente era infinitamente mejor. La música retumbaba contenida en el interior y afuera solo había pequeños grupos fumando y conversando. Como no había tanta gente, a Gilberto le tomó un segundo ubicar la figura de Lamine, sentado solo en la banqueta de la entrada. Lo reconoció al instante, incluso de espaldas. Sonrió con ternura al ver esos rulos libres que tan bien conocía.
—Hey, la fiesta es adentro —dijo Gilberto, tomándole la delantera y sentándose a su lado.
—Gil, yo... disculpa, no sé en qué momento te perdí de vista. Te estaba... —empezó a explicarse Lamine, con tono atropellado y preocupado.
—Relájate, tampoco tengo ocho años. Estoy bien —le sonrió con suavidad, intentando calmarlo.
Lamine se pasó una mano cansada por el rostro y luego volvió a mirar a su novio. Gilberto lo observaba en silencio, esperando a que fuera el primero en desahogarse.
—¿Qué? —preguntó el español.
—¿Me vas a decir o te tengo que preguntar?
Lamine soltó un bufido.
—Me he peleado con Ferran —admitió—. Sé que sus razones tendrá para hacer lo que hace, pero... se fue de la nada, no dijo nada, ¿y de repente resulta que nosotros somos la razón por la que se ha pirado? ¿Qué coño le pasa? —Lamine sonaba frustrado. Tampoco es que fueran los mejores amigos del mundo, pero eran compañeros, y eso bastaba para que le afectara.
—Pues las discusiones son parte de convivir con las personas, no te mortifiques —dijo Gilberto, colocando una mano sobre su rodilla para darle una caricia reconfortante.
Lamine suspiró con pesadez. Poco a poco, su mueca de frustración fue desapareciendo, reemplazada por una sombra de curiosidad.
—Y tú, ¿dónde te has metido, eh? —preguntó, alzando una ceja.
—Pues nada. Hablando con tu ex, lo normal.
El mundo de Lamine se detuvo en ese instante. La mandíbula casi se le desencajó por completo y sus ojos se abrieron tanto que pareció que se le saldrían del rostro. El aire se le atascó en la garganta y tuvo que carraspear torpemente antes de poder articular sonido, con la cara pálida y el pánico reflejado en cada rasgo.
—¿C-con quién? —balbuceó, perdiendo por completo la compostura.
—Con Inés.
—Mierda... —soltó Lamine en un hilo de voz, sintiendo que un sudor frío le recorría la espalda—. ¿Y de qué han hablado, si se puede saber?
Gilberto lo pensó un momento. Antes de hablar, analizó muy bien la situación y luego fijó la mirada directamente en los ojos de Lamine.
—Dime, ¿cuándo comenzamos a salir? Oficialmente hablando... —preguntó Gilberto.
—Hace ocho meses. Bueno, llevaríamos casi dos años si alguien no se hubiera hecho el difícil para dejarse conquistar —respondió Lamine.
—Lamine, no habré sido un cuerno, ¿verdad? —dijo Gilberto, manteniendo una calma sorprendente a pesar de la gravedad de lo que planteaba.
Lamine soltó una risita incrédula.
—¿Qué coño te ha dicho? —preguntó, aún con esa sonrisa forzada en el rostro.
—Lo suficiente para sospecharlo. Bueno, ¿me vas a decir? —insistió Gilberto.
—Mira, te lo diré así: tanto Inés como yo nos liamos con otras personas mientras salíamos. Ambos. No es que con eso quiera decir que está bien; era una relación de mierda, si te soy sincero. Por si te lo ha dicho, hubo cuernos mutuos.
—Pues sí, lo pensé en cuanto me lo contó. Pero contéstame a lo que te pregunté —volvió a exigir Gilberto.
Lamine suspiró hondo.
—Gilberto, si lo planteas como «cuernos de pensamiento», lo fuiste. Pero si te refieres a algo físico o emocional, jamás lo has sido —aseguró Lamine con una voz cargada de una sinceridad que el mexicano no puso en duda.
—Me dijo que lo dejaron apenas este año —dijo Gilberto con pesadez.
—Y no me digas que le has creído.
—Aclárame tú las ideas, entonces.
—Lo dejamos hace un año, o más. Es simplemente que hace poco uno de los perros que teníamos en común enfermó y tuvimos algo de comunicación, pero solo por el cachorro —explicó Lamine—. Mi mente ya estaba demasiado ocupada pensando en ti como para plantearme nada más.
Gilberto se mordió el interior de la mejilla y dejó escapar un suspiro.
—Gil, relájate... —Lamine pasó un brazo sobre sus hombros para acercarlo, y el mexicano se acurrucó en su pecho—. Si hay algo más que quieras que te explique, te lo diré. Lo que sea.
Lamine esperó paciente a que él hablara. El menor se separó un segundo con una expresión seria que le despertó preocupación al español.
—Fuiste un culero con ella, ¿eh? —dijo Gilberto—. Tal vez solo necesitabas a alguien que te pusiera en tu lugar cada vez que intentabas pasarte de la raya —añadió, ahora con una sonrisa.
—Qué va —respondió Lamine—. ¿Sugieres que ese alguien eres tú? —se permitió sonreír.
—No sugiero nada. Sé que lo soy —dijo Gil y se puso de pie.
La luz que se posaba en los hombros de Gilberto lo hacía lucir majestuoso. Esa sonrisa que tanto le gustaba al español lo hizo sonreír en respuesta, aunque de inmediato le evitó la mirada.
—Repítelo hasta que te lo creas. —Lamine se levantó con su ayuda.
Ya con ambos de pie, Lamine parecía escanearle el rostro. Gilberto puso los ojos en blanco, lo tomó por la nuca, lo acercó y lo besó. Era un beso que el español ya se imaginaba; por inercia, sus manos se posaron en los costados del mexicano y bajaron hasta su trasero, tentando la suerte.
—Ey, ey, ten decencia —le dijo Gilberto dándole un empujoncito.
—No me puedes besar así y esperar que no te quiera poner las manos encima, Gil. Coopera un poco —bromeó Lamine con esa sonrisa suya.
Gilberto negó con la cabeza.
—Pero ¿nos vamos ya? Si volvemos a meternos, te juro que le parto la cara a Ferran —dijo Lamine, esta vez en tono de broma para quitarle seriedad a su preocupación.
—Sí, yo ya me despedí y todo.
—Vámonos, entonces —Lamine caminó junto a su chico—. Oye, sabías delicioso a coco, ¿puedo saber por qué?
