Actions

Work Header

El secreto de Gilberto mora

Summary:

Piojo y Armando descubren que Gilberto y Lamine son novios.

Notes:

¡Holaaaaa!
Dos fics en una semana, ¡wow! ¿Qué puedo decir? No pude ver cómo ambos marcaban gol con sus selecciones y no pensar que secretamente se prometieron dedicárselo durante esta Fecha FIFA. Además, quería una excusa para involucrar al Piojo y a Armando (hubiera querido incluir a Brian, pero no lo convocaron, jajaja).
Espero escribir pronto uno donde brimiga también participe y no sea solo mencionado.

En fin, disfruten este pequeño fanfic.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

La euforia por el gol de Gil fue palpable; después de todo, era su primer tanto a nivel selección.

Mientras los colombianos se culpaban unos a otros sobre quién no cubrió bien su marca o quién no corrió lo suficiente para presionar al diez, Mora corrió a la esquina de la cancha, alzó el puño y besó el escudo de su madre patria, justo en el rincón donde se aglomeraba la mayoría de la afición mexicana. Su gente no le falló: la celebración se vio envuelta en gritos y el estadio entero tembló. El Piojo le besó la cabeza y Armando lo abrazó; todos en la selección le hicieron sentir el cariño y la hermandad que ya caracterizaba al Tri.

—¡Eso es todo, pinche Morita! —gritó el Piojo cuando la euforia comenzó a diluirse.

—¡Más, Gil! —Lira alzó la voz mientras se acercaba. Todos los titulares se sumaron al abrazo.

Cuando el partido reanudó su curso tras el saque desde el medio campo, los mexas siguieron intentando llevarse la victoria. Empujaban y presionaban, pero la redonda simplemente no estaba de su lado.

La intensidad del Tri bajó al llegar al minuto 80, recordándole a la afición y a los jugadores que se trataba de un encuentro amistoso donde no había un trofeo en juego. Sin embargo, al ser el debut de Rafa Márquez como director técnico, sí que había algo sobre la mesa: el orgullo.

Sin importar cuántos tiros intentaron, parecía que la anotación del nuevo diez sería la única del conjunto mexicano. Cuando el cuarto árbitro alzó el cartel de cambios, Gilberto fue sustituido entre aplausos y ovaciones. Sensible a la piel de gallina que le provocaban esas muestras de afecto, devolvió el gesto e incluso le regaló su camiseta a una niña en las gradas, quien la recibió con una enorme sonrisa.

—¡Muchas gracias! —dijo la pequeña.

Su mamá le sonrió al mediocampista mientras este se dirigía al banquillo. Rafa le revolvió el cabello y el resto de sus compañeros lo llenaron de cumplidos.

—Estás cabrón, mi Gil —le dijo Obed Vargas, quien se disponía a ingresar al campo.

—Ahí te dejé todo arreglado. No la cagues, mi Obed —le respondió Gilberto.

Al sentarse en la banca, saludó a los suplentes. Todos se sentían parte de un partido en el que, a pesar de la tranquilidad otorgada por el gol de Gil, el ambiente se percibía casi como una derrota.

Aunque el abanico de opciones a gol siguió abierto, el segundo tanto nunca llegó. El pitazo final resonó y, aun sabiendo que era un choque amistoso, los mexicanos caminaron con la cabeza baja hacia los vestidores tras despedirse de los colombianos.

Gilberto caminaba sin playera por el pasillo hacia los vestidores.

—Esa casi la metía, no mames —renegó Armando a su lado.

—Sí, como a dos metros de entrar, ¿eda? —respondió Gilberto con una sonrisita que le ponía los nervios de punta al delantero.

—Pinche Gilberto, como tú sí metiste gol, ya te sientes cabrón —le contestó Armando justo al llegar a la puerta. Detrás de ellos venía el resto del plantel, inmerso en conversaciones de autocritica por su actuación.

En cuanto Gil llegó a su lugar, identificado con su nombre y foto, se quitó los tacos, se puso las sandalias y de inmediato buscó el teléfono en su mochila. Las pláticas a su alrededor —en las que se suponía que debía participar— le entraban por una oreja y le salían por la otra; se limitaba a asentir sin tener idea de lo que le decían.

LM:

¿Has visto mi celebración hoy?

(Imagen adjunta: Lamine formando una "M" con ambas manos, mientras los medios especulaban sobre el significado)
¿Lo pillas?
My Juicy Little ass boy.
Jajajajaajajajaja.

Gilberto leyó los mensajes, enviados hacía horas, en cuanto tuvo un momento libre. Puso los ojos en blanco cuando Lamine le reveló el supuesto significado, pero no pudo evitar que se le formara una sonrisa en los labios.

GM:

Yo pensé que sería algo como "M y power-hungry little ass boy".

Tan pronto como contestó, Lamine ya estaba escribiendo.

LM:

¡PERO QUÉ PUTÍSIMO GOLAZO HA SIDO ESE!
MADRE MÍA.
Metes ese gol y encima yo soy tu novio; si es que hay que tener suerte en la vida...

Gilberto se rió para sus adentros.

GM:

Bájale dos rayitas a tu desmadre, Yamal.
El que mete golazos soy yo.
Y el suertudo, en todo caso, eres tú, españolito.

Esta vez Lamine tardó más en responder.

—¡GIL! —la voz de Armando exigió su atención.

Como si lo hubieran atrapado haciendo algo ilegal, Gilberto bloqueó el teléfono de golpe. Su cara de culpa hizo que Armando ladeara la cabeza.

—¿Con quién hablas?

—Con nadie, güey. Andaba respondiendo unas etiquetas de Instagram... —improvisó lo primero que se le vino a la mente.

—Ajá, a poco unas pinches etiquetas te tienen como pendejo sonriéndole al teléfono.

—Pinche Gilberto, cuando tú apenas vas por la leche, yo ya hice tres quesos y vendí la crema —interrumpió el Piojo colocándose junto a Armando—. ¿Con quién andas hablando, güey? Una morrita, ¿ve'a? —Roberto se rió al mismo tiempo que Armando.

—Na, pinche Piojo, qué andas diciendo —Gilberto guardó el teléfono en la mochila, viéndose aún más sospechoso.

—¿Pero qué tiene de malo, Gil? 'Tas en la mera edad de la punzada —insistió el Piojo.

—Que no, pinche Piojo. No ando hablando con nadie, no más andaba checando el Insta —reiteró Gil, sin poder admitir la verdad.

—No me haces pendejo, con alguien andas hablando, pinche Morita —insistió Armando.

—'Tés chingando, pinche Mando —dijo Gil, tomando su teléfono antes de dirigirse hacia los baños.

—¿A dónde vas, güey? —preguntó Armando.

—Voy a echarme una firmita, ¿o qué, no puedo?

—Na, qué. No andes mandando de esas fotos, Gil, luego te andan extorsionando —soltó el Piojo, haciendo que Armando estallara en risas.

—Ni que fuera pendejo.

Gilberto se alejó. El Piojo y Armando se miraron con intenciones cómplices.

—¿Sí o qué? —dijo Armando. El Piojo se levantó y ambos caminaron detrás de él.

Gilberto entró al baño con la intención de seguir su rutina habitual cuando finalizaba un partido y Lamine no lo esperaba en el hotel: llamarlo. En cuanto cerró la puerta, marcó. Hubo tres pitidos.

—¡Es que eres una puta máquina! ¿Pero cómo coño has metido semejante golazo, mi amor? Es que no me lo puto creo, estoy FLIPANDO —exclamó Lamine sin espacio para saludos.

Gilberto se rió de manera inevitable.

—Yo también te extrañé mucho, corazón —dijo fingiendo pesadez.

Lamine se rió.

—No, bueno, yo también te he echado muchísimo de menos, mi amor, como no te imaginas —respondió con una voz suave pero grave; probablemente también se había escondido para contestar—. Pero es que lo tuyo... ¡qué putísimo golazo has metido, coño, de verdad!

—Tu gol tampoco estuvo mal, eh...

—Nah, no juegues al humilde. Reconoce que te has marcado un golazo. Además, es tu primer gol con la selección, ¿a que sí?

—Sí, mi primer gol con la selección.

—Pues eso solo le suma más: tu primer gol, un golazo y para no perder. Eres el puto amo —decía Lamine sin temor a ser escuchado en su concentración.

—Tenía muchas ganas de escucharte —la voz de Gil cambió a un tono tranquilo, ese que Lamine reconocía bien: la voz que ponía cuando estaba nervioso, con miedo;solo eso lo hizo sentir una leve opresión en el pecho.

—Ojalá pudiera estar allá contigo, vida.

—Yo también quisiera que estuvieras aquí, de verdad que... —hizo una pausa y soltó un suspiro—. Me siento para la verga, de verdad. nervioso, feliz, pero como intranquilo. Puta madre.

—Relájate, vida. Lo has hecho de maravilla, ¿vale? De verdad, lo has hecho increíble —lo tranquilizó Lamine. Gilberto sonrió con pesadez.

La conversación se vio interrumpida.

—Gil, ¿con quién hablas? —canturreó Armando desde afuera.

—Ora, ¿qué quiere este güey?... —murmuró Gilberto hacia el micrófono, antes de gritar hacia la puerta—: ¡Está ocupado! Pinche Armando, hay como cinco pinches baños.

—¿Estás ocupado? —preguntó Lamine al escuchar el jaleo.

—Te llamo luego, ¿va? Te amo —susurró Gilberto antes de colgar.

—Gil, no más queremos saber con quién hablas, güey —insistió el Piojo.

—Váyanse a la verga los dos —dijo Gil al abrir la puerta.

Ahí estaban Armando y el Piojo, tratando de disimular que no intentaban asomarse por encima del marco.

—Pero ¿con quién estabas hablando, güey? No más eso, neta no más eso —pidió Armando juntando las manos.

—Con nadie, pinches metiches —respondió Gilberto, fastidiado.

El Piojo aprovechó la distracción para arrebatarle el teléfono a Gil, quien no reaccionó a tiempo para sujetarlo con fuerza.

—Pinche Piojo —dijo Gil intentando recuperarlo.

Roberto encendió la pantalla.

—Ah, chinga... —soltó al ver el fondo de bloqueo.

—¿Qué pedo? —Armando se acercó. El Piojo le mostró la pantalla—. No mames.

Ambos miraron a Gilberto, quien se cubrió la cara con ambas manos. Sabía perfectamente qué imagen tenía de fondo desde su estancia en España: una foto de los dos frente al espejo del cuarto de Lamine. Lamine vestía la camiseta negra de la selección mexicana y Gilberto la de España; estaban tan cerca que negar que eran más que amigos resultaba imposible, sobre todo porque el español le rodeaba la cintura con el brazo.

Gilberto se pasó las manos por la cara con frustración.

—Gilberto... tú... —el Piojo no sabía ni cómo formular la pregunta.

—Andas... andas... son... ¿son pareja? —carraspeó Armando. El Piojo agradeció en silencio que su compañero tomara la iniciativa.

Gilberto soltó un suspiro y se quedó mirando al suelo con las manos en las caderas, en una postura de pura resignación.

—Neta que son unos pinches metiches, neta... —dijo Gilberto. Lo pensó un momento; dudó sobre qué tan seguro era confesárselo a ese par de chismosos, pero prefirió admitirlo él mismo antes de que sacaran peores conclusiones—. Sí, Lamine y yo somos novios —admitió, con una ligera sonrisa de satisfacción en el rostro.

Roberto y Armando se miraron entre sí y luego a Gilberto con absoluta incredulidad.

—Pinche Gil, ¿dónde pusiste la cámara, perro? —el Piojo sonrió y empezó a buscar por los rincones.

—Yo sabes que no tengo nada en contra, Gil, neta —dijo Armando midiendo sus palabras—. Pero solo para confirmar, ¿no nos estarás chingando? —buscaba cualquier rastro de broma.

Gilberto suspiró.

—Les digo la neta, Lamine es mi novio y yo soy su novio —repitió.

El Piojo, que seguía buscando cámaras casi a gatas, se puso de pie y se acercó al mexicano.

—No está mal que te truene la reversa, cabrón, neta. En el fútbol todos somos muy propensos a cogernos a un cabron, ¿sí o no, mi Hormi? —dijo el Piojo. Armando asintió hasta que procesó el comentario—. Neta que está bien, güey, netota. Pero... ¿por qué Lamine, cabrón? —ese tono sí le molestó a Gil.

—Bueno, güey, tampoco es que yo lo haya elegido... —se defendió Gilberto.

—Ay, mi Gilberto, a otro perro con ese hueso. Eso de que "el corazón no manda" son puras jaladas. Uno bien que sabe a quién le echa el ojo y a quién le abre la puerta —replicó Roberto.

—Pues las cosas pasaron, no quiero darle explicaciones a nadie —sentenció Gilberto, molesto.

—A ver, Gil, no te encabrines, neta te lo digo bien... ¿pero sí captas todo el pedo que involucra que te estés dando a ese güey? —Roberto continuó, mientras Armando se mantenía en silencio dejando que hablara "la voz de la experiencia".

—Tampoco te mames, pinche Piojo. Somos novios bien, formales. Y ya les dije, no les debo ninguna explicación. Se dieron cuenta por fisgones y por putos chismosos —dijo Gilberto, quitándole el teléfono a Roberto, quien no puso resistencia.

Gilberto esperó respuesta en medio de un silencio sepulcral, solo amortiguado por el murmullo lejano de la gente en el estadio.

—Mira, Gil, perdón si sonó feo, pero te lo decimos por preocupación. Andar con Lamine es un pedototote, güey. Te lo decimos porque nos importas, de verdad —intervino Armando.

Gilberto se relamió los labios. Sentía un nudo en la garganta y tuvo que tragar saliva para calmarse.

—Pues claro que sé que andar con Lamine era meterme en un pedo, pero ¿qué hago? —alzó los brazos—. Me di cuenta hasta después de decirle "te amo" por primera vez. El pendejo soy yo —dijo con una risa forzada.

—Ay, Gilberto, no digas eso, no eres ningún pendejo por sentir bonito —Armando le puso una mano en el hombro para reconfortarlo.

—Sí es un pedote, pero si tú estás convencido, no más nos queda cuidarte la espalda —añadió Roberto con los brazos cruzados.

—Ay, neta se pasan de lanza, hasta me hicieron chillar —dijo Gilberto, limpiándose las lágrimas que amenazaban con salir.

—Pues llora, güey —le dijo Roberto—. Supongo que somos los primeros que lo saben, ¿o qué?

—No, el primero fue Obed, y luego le dije a Isra —reveló Gil, recuperando el aire.

—Órale, cabrón, ¿y los metiches somos nosotros? —bromeó Armando.

—Sí, güey, ¿quién me anda siguiendo al puto baño?

—No más queríamos chingar, no pensamos que... pues que te andabas dando al Lamine, güey... —confesó Roberto, aún procesando la noticia.

—Pues qué te digo, mi Piojo.

Los tres volvieron a los vestidores por sus cosas; tenían un viaje en camión pendiente. Durante el trayecto hacia el autobús no se habló más sobre el tema, sino hasta que abordaron.

Gil se sentó junto a Obed en los asientos de hasta atrás. Iba picándole al teléfono. Él y Obed no iban realmente platicando. Hasta que, a un lado, el Piojo y Armando hicieron acto de presencia.

—'Ora qué quieren ustedes —dijo Gilberto, masajeándose los ojos con pesadez.

—Tenemos curiosidad, wey —dijo Armando—. Sobre "ese" tema —añadió, tratando de disimular.

Pero Obed la captó al instante.

—No mames, ¿qué les dijiste? —preguntó Obed.

—Wey, me siguieron al puto baño —respondió Gil, señalándolos con la molestia aún presente en la voz. Obed los miró.

—Qué pedo —dijo Obed.

—A ver, tampoco creímos que fuera a ser... que Gil pues así... ya sabes —Armando no podía decirlo tal cual, aunque parecía tener la intención.

—¿Cuál es su curiosidad o qué? —Gil recargó la cara en el puño, que descansaba en el posabrazo del asiento.

—¿Cómo se conocieron, wey? —Armando se puso cómodo en los asientos vacíos de a un lado y el Piojo se acomodó en el otro.

Gilberto suspiró.

—Él me mandó mensaje por Insta —dijo simplemente.

Siguió un silencio que Obed rompió con una risa.

—Vete bien a la verga, Gil —soltó el Piojo.

—¿Qué, wey? Así nos empezamos a hablar —Gilberto se hizo el desentendido.

—Pero sé detallado, wey —exigió el Piojo.

—Estás bien wey, Gilberto, te dije que no anduvieras poniendo esa foto de fondo, alguien se iba a dar cuenta —le dijo Obed. Y es que no era difícil notar que la culpa fue del fondo de pantalla; incluso esa llamada de rutina no habría sido tan sospechosa sin esa foto.

Gilberto suspiró de nuevo.

—Me mandó mensaje por Instagram después de mi primer partido en la sele, en el 2023 —hizo una pausa para recordar—. Le contesté y empezó todo casual, hasta que dejó de ser casual y empezamos a hablarnos siempre para cualquier mamada. Nacieron los sentimientos, pero la primera vez lo mandé a la verga.

—¿Lo mandaste a la verga, wey? ¿Neta? —dijo Armando, incrédulo.

Gil asintió.

—¿Cómo iba a decirle que sí luego luego, wey? No mames.

—Pues sí, no hay que aflojar tan pronto —dijo Armando, con un orgullo muy suyo.

—Ay, cálmate, Virgen de Guadalupe, si al pinche Brian no más le bastó una orden de tacos y un refresco para que le entregaras el tesorito —dijo el Piojo sin filtro.

—Pendejo, eso qué tenía que ver.

Gilberto esperó a que lo dejaran continuar.

—Bueno, y seguimos hablando, hasta que un día me empezó a mandar cosas a la casa.

—¿Qué cosas? —preguntó el Piojo.

—Flores, ropa, este... a veces comida, cosas así.

Armando asintió.

—Y pues ya, hasta que un día vino a México, en diciembre del 2025 —se detuvo a pensar qué detalles podía contar—. Ahí me preparó una cena privada en un... —evitó la palabra hotel, sabiendo lo que eso involucraría— un restaurante exclusivo, solo para nosotros dos, un restaurante completo —dijo con una risita nerviosa—. Me pidió formalizar, pero sin presiones. Y pues caí, wey —dijo, omitiendo un montón de detalles que no deseaba compartir en ese momento.

—Órale —dijo Armando.

—Pues sí es en serio —añadió el Piojo.

—Si ya les había dicho, ¿a poco no me creen, cabrones? —dijo Gilberto.

El grupito se rió.

—Ey, pero ¿a poco sí coge rico? —preguntó el Piojo.

—Ay, váyanse a la verga, eso no se los voy a decir.

—'Tá bueno pues... —dijo el Piojo, satisfecho ya con la información obtenida.

Notes:

Al final te pones a pensar en lo difícil que será para Gilberto tener una relación con Lamine... tendría que lidiar no solo con la presión que ya carga por su profesión, sino también con que la persona que ama y le transmite paz está al otro lado del mundo la mayoría del año. Pero bueno, lo hacen funcionar, de algún modo.

Me disculpo por los errores, escribí esto tan pronto Gil decidió meter ese pedazo de Gol.

Lo admito: AMO escribir a mis hijos. Son de verdad mis hijos, yo los parí y todo, solo que nada de incestuoso ni cosas extrañas, JAJAJAJA.

En fin, ¡qué gran gol metió Gil! Y qué gran juego el Inglaterra vs. España, la verdadera final del mundo.

Ojalá lo hayan disfrutado. Estoy expectante de escribir más sobre mis hijos biológicos. ¡Gracias por leer!

Series this work belongs to: