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Desquiciado

Summary:

"Y con eso, Wile E. Coyote confirmo que el correcaminos estaba desquiciado (no tanto como el Pato Lucas u otro demente que llego a conocer), pero era muy obvio que el pájaro más rápido del mundo le faltaba un tornillo o dos."

 

Toco escribir fanfics sobre Wilerunner/Roadrage o como le llamen. No esperen mucho de esto, solo quería sacarlo de mi sistema.

Posiblemente escriba smut de ellos dos, eventualmente...

Work Text:

Wile E. Coyote, el super genio e inventor, mente maestra de planes cómicamente complicados, se encontraba como uno esperaría, elaborando un plan para atrapar a su adversario, el Correcaminos. Era obvio ya el resultado.

Intentar, fracasar, intentar, fracasar, hasta el final. Era cansado, terriblemente cansado y desesperante. Pero, algo lo motivaba a seguir, después de todo era un don que tenía, él de no rendirse. Y lo que lo motivaba era la obsesión que arruino su naturaleza y su forma de ver las cosas.

Su presa.

Era una cosa terrible, un engendro del mal que lo torturaba con su carita bonita y su ternura natural, su forma de correr era diabólica y su velocidad la envidiaba. Era lo peor. Lo peor que se le pudo haber cruzado por su camino el día que lo conoció y que lo obligó a seguir su instinto y hambre. Era cruel con él, se burlaba de él cuando un producto de Acme no funcionaba y le explotaba en la cara, se alegraba cuando caía de un precipicio.

O eso pensaba él antes.

Ya saben.

Antes de demandar a Acme y pasar por muchas cosas para su caso fuera tomado en cuenta, para que el mismísimo Correcaminos declarará a todo el mundo que presenció todo su dolor y sufrimiento por los productos defectuosos o sus planes fallidos, pero, sobre todo, que lo consideraba un… Amigo y esperaba que volviera con él al desierto a continuar con su rutina de perseguirlo.

Sacudió su cabeza, tratando de ignorar como su corazón se aceleraba con tan solo pensarlo, era enfermizo. ¿Querer ser perseguido, desear algo así de extraño? El Correcaminos siempre era un misterio para el Coyote, uno que no quería dejar ir. Su obsesión con ese pájaro azulado era extraño también, no lo iba a negar, su fanatismo por atraparlo era casi su única meta en la vida. Siguió pensando en una respuesta para eso mientras terminaba de pintar una “X” en la mitad de la carretera y echo una montañita de las semillas favoritas del Correcaminos (¿Por qué sabría eso? Investigación, ciencia, ¿para qué más?), eso siendo parte fundamental de su plan. Se enderezó y se tronó la espalda al acomodársela (le dolía un poco) y luego saco su plano para ver que le faltaba.

Esta vez su plan era algo sencillo, solo una simple trampa con algo de manipulación emocional. Si ese demonio de gran velocidad le preocupaba tanto su bienestar y su atención, podía tener una oportunidad. Solo tenía que dar una buena actuación y ¡voilà! Ya podría prepararse algo delicioso con él.

 

“Si tan solo pudiese elegir que tipo de platillo hacer con él…”, murmuró para sí mientras escalaba el cañón más cercano.

 

Ya en la cima y con una piedra gigante a la par suya, repasó su plan:

  1. Poner una cantidad generosa de semillas a una distancia donde pudiese verlo.
  2. Actuar como si estuviera por atraparlo con una trampa falsa, fallar y hacerse el herido.
  3. Ya en el suelo, activar la verdadera trampa al momento que se acerque a revisarlo.
  4. Al atraparlo, amárralo bien para que no se escape mientras este atrapado.
  5. Felicidades, ya atrapaste al Correcaminos ¡A Comer!

 

Sonrío para sí y guardo su plano. Estaba todo fríamente calculado, la trampa era una jaula de metal con una soga colgada cerca de la “X” pintada, todo 100% hecho por el Coyote (bueno, casi). Después del juicio, dejo de comprar productos Acme como en forma de protesta en contra de la corporación y decidió encontrar piezas y herramientas ya usadas (mayormente de Acme, desafortunadamente, ya que todo lo hacían ellos) y con su habilidad, conocimiento, y su gran inteligencia, estaba más que seguro que podía crear cosas útiles por su cuenta para su propio beneficio.

 

“¡Beep beep!”

 

Ah, allí estaba esa voz angelical, las campanas que anunciaban la llegada de ese sin vergüenza. Pronto, Wile empezó a empujar una piedra hacía el precipicio, como planeando aplastar el Correcaminos al pasar. Sabiendo que el universo tenía un fetiche con hacerlo sufrir y tener una suerte terrible, espero a que el peso de esa piedra provocara que en la orilla en la que estaba cayese por el peso, por primera vez en su triste vida, quería que algo malo le pasase.

Pero como el universo tenía un fetiche raro por hacerlo sufrir y tener una suerte terrible, no cayo. Ni se quebró al saltar múltiples veces encima de la piedra. Nada. Es más, el Correcaminos ya estaba atrás de él. Se maldijo en voz baja mientras lo miraba fijamente.  Sacó un letrero que decía: “Di lo tuyo, amigo.”

 

“¡Beep beep…!”, ni siquiera dudo en decirlo.

 

Era cruel, no había duda.

Y al instante, la orilla en la que estaba parada se cayó, junto con la piedra encima de él. El Correcaminos vio todo desde su orilla y espero a que cayera, la piedra aplastándolo, dejando solo sus brazos y piernas afuera del hoyo que la piedra (y el Coyote) había hecho al estrellarse en el suelo. Tal vez no salió como quería, pero podía aún salvar su plan en marcha. Al escuchar sus ruiditos y sus pasos tan suaves a pesar de lo tan rápido que corría, espero a que se acercará lo suficiente… Solo un poco más. Dos pasos cercas, un poco más… Solo un poco, vamos. Solo un poco y logró tomar algo, no podía ver (la piedra pesaba demasiado como para quitárselo), pero sintió algo largo y suave… La pierna del Correcaminos. La estaba tocando, ¡como si nada! Se emocionó, el hambre nublando su mente al lamerse los labios, la saliva ya saliendo de su boca con solo eso.

Pero, no pudo ni reaccionar cuando la pierna se zafo de su agarre sin problemas, dejándolo hambriento. Hubo puro silencio, él ya se había ido. Así sin nada más. Genial, ahora a planear como salir de esta, pensó para sí mismo Wile, mientras rasgaba la piedra de la desesperación. Ya se le iba a quitar su berrinche, solo necesitaba tiempo para patalear y gruñir.

Paso unos 5 minutos hasta que escucho: “¡Beep Beep Beep!”, luego cuando se dio cuenta, él había partido la piedra con su propio cuerpo, había tomado vuelo para hacerlo. La luz del sol le pegó en los ojos al Coyote, con sus patas cubriéndose del sol, se logró sentar y ver los dos pedazos de piedra a la par de él. La fuerza y velocidad del Correcaminos era admirable.

 

“¿Listo para pararte?”, le preguntó el ave con su letrero.

 

“Sí.”, le respondió el Coyote con otro, le dio vuelta y atrás decía: “Dame tiempo.”

 

Al sacudirse y ajustar su espalda otra vez (¡ya no le dolía!), el Correcaminos le lamio su mejilla. Él se quedó viéndolo con una cara de tonto, un color algo rojizo no tardó en aparecérsele en su cara y sacó otro letrero.

 

“¿Y eso?”

 

“Tu premio por esforzarte.”

 

Se quedó asombrado, fue un regalo del Correcaminos para él. Algo tan simple, pero que le elevaba su ánimo, como si no hubiese estado debajo de una piedrota.

 

“¡Me esforzaré más!”

 

El Correcaminos sonrío y inclino su cabeza de lado, guiñándole.

 

“Lo sé.”

 

Y al terminar, salió corriendo hacía otra dirección, esperando a que lo persiguiera de nuevo. Se volteó a verlo y le saco la lengua, moviéndola con ese tierno sonidito y se fue.

Este juego del gato y del ratón, del policía y del ladrón, del depredador y su presa… Nunca lo cansaba. Era su juego favorito. Él era su juego favorito.

Y con eso, Wile E. Coyote confirmo que el correcaminos estaba desquiciado (no tanto como el Pato Lucas u otro demente que llego a conocer), pero era muy obvio que el pájaro más rápido del mundo le faltaba un tornillo o dos.

Pero, ¿quién era él para juzgar?

Si él estaba igual.

Era lo mismo de siempre.

Intentar, fracasar, intentar, fracasar, hasta el final. Era cansado, terriblemente cansado y desesperante.

Pero, seguiría jugando hasta que su enemigo de toda la vida se cansase y, tal vez, quisiese cambiar de juego.

Solo por él.

Suspiró y siguió su camino para seguir intentando atraparlo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No sin que antes le cayese la jaula encima por haber jalado accidentalmente la soga con su pata. Sacó un último letrero mientras refunfuñaba: “Pero, qué lata…”.