Chapter Text
Takemichi Hanagaki nunca se consideró alguien especial.
Era un alfa de estatura media, cabello negro algo desordenado levemente ondulado, ojos azules que casi siempre se escondían detrás de un par de gafas de montura fina y un mínimo aumento en los lentes.
Su olor era un suave aroma a madera de cedro mezclado con tinta de bolígrafo que siempre cargaba por pasar horas estudiando en la biblioteca y rara vez llamaba la atención.
En un campus donde los alfas de alto rango dejaban rastros potentes de aromas pesados a especias o metal, el suyo se mantenía delicado, y eso era bueno porque el alfa prefería pasar desapercibido ante todas las miradas, aunque su aspecto tampoco daba mucho que mirar; siempre llevaba una camisa blanca, corbata roja y pantalones beige de vestir.
Takemichi prefería los rincones tranquilos de la biblioteca para estudiar y el tablero de ajedrez junto a las tardes en las que solo tenía que preocuparse por resolver ecuaciones o anotar partidas que llevaba ganadas, estaba casi invicto.
Desde pequeño había sido así, su madre, una omega de sonrisa enorme y manos suaves, le había enseñado que la bondad no era una debilidad. «Ayuda cuando puedas, Michi, el mundo ya es lo suficientemente duro» Eso le decía mientras le peinaba el cabello antes de la escuela y Takemichi asentía con el rostro lleno de seguridad.
Cuando ella murió, cuatro años atrás, Takemichi no cambió, al contrario, se aferró a esas palabras como si fueran un ancla y ahora, en la universidad, la gente lo buscaba para pedirle apuntes, explicaciones de cálculo o ayuda con ensayos y exámenes.
Por supuesto que el alfa nunca se negaba y siempre aceptaba con una sonrisa torpe acompañado de un: «claro, no hay problema».
Hinata y Naoto si se quejaban a menudo de eso.
— Eres demasiado bueno con todo el mundo — había dicho Hinata una tarde, mientras compartían un banco en el patio y repasaban apuntes —. Se aprovechan de tu bondad.
Naoto, más callado, solo asintió y añadió:
— Deberías decirles que no, quizás eso los haga un poco más dependientes y más inteligentes.
Takemichi se rió, rascándose la nuca, tímido.
Su círculo de amigos era pequeño y perfecto: Hinata Tachibana, una omega de cabello rosado y ojos grandes de olor a jazmines, junto su hermano menor Naoto, también omega, de mirada seria con olor a canela.
Los tres se conocían desde su infancia, habían crecido juntos en el mismo vecindario, compartido meriendas, secretos y las primeras presentaciones de sus lobos, mientras que Hinata era ruidosa y protectora; Naoto era observador y directo, Takemichi solía ser el que siempre mediaba, el que ofrecía su hombro o su cuaderno sin preguntar cada vez que alguien lo necesitaba.
El ajedrez era su refugio y en el club de la universidad pasaba horas moviendo piezas, calculando jugadas con la misma paciencia con la que resolvía problemas de matemáticas. Sus compañeros del club lo respetaban, aunque a veces se reían de lo tímido que llegaba a ponerse cuando alguien lo elogiaba con cosas como: «Hanagaki, eres un genio», y él solo se sonrojaba y murmuraba un «gracias» casi inaudible.
Realmente lo era, llevaba el mejor promedio de su carrera y destacaba en las listas, siempre quedaba en primer lugar, era todo un genio.
O bueno, casi siempre lo era, porque Naoto tenía razón en algo:
Takemichi no era tan inteligente del todo, porque, a pesar de su capacidad para resolver ecuaciones diferenciales en minutos, ganar partidas de ajedrez y coleccionar dieces como si fueran días de vida, el alfa había desarrollado un crush ridículo como todos en la escuela por Manjiro Sano.
Mikey, el omega más cotizado y perseguido del campus.
Takemichi lo había visto por primera vez al inicio del semestre en el pasillo principal del edificio de ciencias, Mikey caminaba rodeado de su grupo habitual: Emma Sano, su hermana, de cabello rubio y sonrisa tranquila; Chifuyu Matsuno, de mirada intensa y ojos esmeralda que parecían evaluar todo con calma; los gemelos Kawata, Nahoya y Souya, siempre discutiendo en voz baja y riéndose cuando alguien se les quedaba viendo demasiado tiempo; Sanzu Haruchiyo, de cabello rosado y largo con expresión distante; e Inui Seishu, alto y elegante quien hablaba poco y solo cuando era realmente necesario.
El olor de Mikey lo había golpeado primero: fresas maduras, dulces y frescas que hacían que el lobo de Takemichi se removiera inquieto bajo la piel cada vez que el olor le llegaba de golpe o por estelas a donde pasara el omega.
Mikey era más bajo que la mayoría, de cabello rubio casi dorado, mejillas redondas, pestañas largas y rubias que cubrían unos ojos negros intensos y labios rojizos que parecían hechos para sonreír.
Caminaba con las manos en los bolsillos, indiferente a las miradas que se clavaban en él desde todos los rincones mientras masticaba algún chicle o simplemente comiendo una paleta de fresa.
Desde el primer día que Takemichi lo vio, ya no pudo dejar de mirarlo, era como un imán que siempre lograba atraer su mirada.
No se acercaba. Nunca. Y probablemente jamás lo haría, solo se quedaba a lo lejos, fingiendo revisar su teléfono o las listas con promedios de los pasillos, mientras sus ojos seguían la figura del omega de manera disimulada cuando este se reía con una risa baja y floja, entonces el pecho de Takemichi se apretaba y cuando el omega se detenía a hablar con alguien, el alfa contaba los segundos hasta que el grupo se movía de nuevo y el olor desaparecía dejando un leve rastro. Su lobo aullaba en silencio, frustrado por la distancia que nunca podía cerrar, pero Takemichi no se atrevía a dar un paso, de cualquier forma no podía. ¿Qué iba a decirle? «Hola, soy el nerd que te mira desde el otro lado del patio»? No tendría sentido, Mikey era un omega que muchos alfas querían y ni siquiera los más guapos lograban captar la atención del omega, sería ridículo que alguien como Takemichi si quiera pensara en estar con alguien como lo era Manjiro Sano.
Naoto se dio cuenta al segundo mes y el secreto quedó flotando entre ellos desde ese momento.
Estaban los tres en la cafetería, compartiendo una bandeja de papas fritas. Hinata hablaba animadamente sobre una tarea de historia cuando Naoto, de repente, dejó el tenedor y se acercó al oído de Takemichi con esa expresión seria que usaba cuando había descubierto algo.
El alfa miraba hacia la mesa del omega, quien reía de algo que había dicho su hermana y no se dio cuenta de la mirada de Naoto, mucho menos de que se había acercado a su oído.
— Con que te gusta Sano — murmuró en voz baja.
Takemichi apartó la mirada y se atragantó con la papa que recién acaba de llevar a su boca, tosió, se puso rojo hasta las orejas y negó con la cabeza tan rápido que casi se le caen las gafas, por lo que se las ajustó con un movimiento rápido.
— ¿Q-qué? No, claro que no. ¿De dónde sacas eso?
Naoto levantó una ceja.
— Te quedas mirándolo cada vez que pasa o cuando se sienta por allá, tu olor cambia, se vuelve más… dulce. No disimulas para nada bien, Takemichi.
Hinata, que no había escuchado lo que su hermano y el alfa se secreteaban, levantó la vista de su hamburguesa confusa.
— ¿De qué hablan?
— De nada — respondieron al unísono.
Takemichi se hundió en el asiento y Naoto no volvió a insistir ese día, pero desde entonces solo miraba a Mikey cuando se aseguraba que Naoto no estaba cerca.
Hinata, en cambio, seguía sin enterarse de lo que ocurría a su alrededor porque ella estaba demasiado ocupada enamorada de Takemichi como para notarlo.
Lo había estado desde el instituto, desde cada sonrisa del alfa y cada vez que le prestaba un libro o le explicaba un tema con calma, alimentaba esa esperanza silenciosa que creía lograría alguna vez conseguir algo más de él.
Naoto lo sabía. Había visto a su hermana mirar a Takemichi con ojos brillantes, y había visto también cómo el alfa nunca correspondía de la misma manera y no se daba cuenta de la manera en que su hermana estaba mirándolo por estar demasiado ocupado viendo a Mikey.
Por eso, cuando Naoto descubrió el crush por Mikey, solo suspiró y pensó: «Esto se va a complicar».
Mikey, por su parte, no era tan indiferente como realmente lo parecía.
El omega más deseado del campus no prestaba atención a la mayoría de los alfas que lo seguían con la mirada. Estaba acostumbrado a las confesiones, a las cartas dejadas en su casillero, a los intentos torpes de cada uno para acercarse e intentar algo con él y Mikey solo respondía con una sonrisa perezosa o un «no, gracias» y seguía caminando.
Su lobo se aburría fácil y no le interesaba nadie que solo quisiera el prestigio de decir «salgo con Manjiro Sano» porque sabía que solo lo buscaban por su posición como un omega cotizado y el derecho a que algún alfa estúpido se sintiera ganador de él como si él fuera un trofeo.
Al menos así fue hasta que notó al alfa de las gafas.
La primera vez que lo sintió mirándolo, Mikey estaba sentado en las gradas del estadio durante un partido de fútbol americano viendo el entrenamiento de Nahoya y Souya como porristas. Compartía una bolsa de papas con Emma y Chifuyu cuando de repente, su lobo se enderezó sintiendo una mirada sobre sí.
Giro la cabeza y, a lo lejos, entre los alumnos que estaban sentados en el patio, vio a un alfa de cabello negro y gafas que desviaba la mirada justo a tiempo.
Mikey sonrió para sí mismo.
Interesante.
Y desde entonces, empezó a buscarlo sin querer.
Takemichi era fácil de encontrar porque siempre estaba en la biblioteca o en el club de ajedrez o caminando con los dos omegas Tachibana. Mikey pasaba a propósito por ahí y fingía no notar su mirada cuando se acercaba levemente.
A veces cuando lo veía a lo lejos en los pasillos y se detenía un poco más de lo necesario, dejaba que su olor a fresas se expandiera llenando el aire de forma discreta con su lobo se pavoneándose cada vez que captaba el cambio en el aroma del alfa cuando pasaba por su lado fingiendo no verlo, el cedro se volvía más intenso y dulce. «Te veo», pensaba Mikey, aunque nunca lo hubiera dicho y: «Me gusta que me mires».
La rutina se establecía así.
Takemichi observando desde la distancia y Mikey fingiendo no enterarse solo para tener esa mirada encima.
Ninguno daba el primer paso, el alfa por timidez y con la certeza de que Mikey lo miraría raro al verlo acercarse a él siendo consciente de su apariencia, y el omega porque, por primera vez en mucho tiempo, disfrutaba el juego. Era como perseguirse las colas en círculos y el jamás se aburría del juego.
Hasta que llegó un rumor.
Empezó como un susurro en los baños del tercer piso y luego se extendió a los grupos de chat, a los pasillos y a la cafetería.
«Manjiro Sano está saliendo con Kokonoi Hajime».
Kokonoi Hajime era el capitán del equipo de fútbol americano. Alfa alto, de cabello oscuro y sonrisa confiada, olor a cuero y metal, el tipo de alfa que la gente esperaba al lado de alguien como Mikey, como si el porte fuera perfecto para un omega como Mikey.
Pero la verdad era otra.
Inui y Kokonoi salían a escondidas desde el semestre anterior, no lo hacían por vergüenza, sino porque Akane, la hermana alfa de Inui, era sobreprotectora al extremo, cada vez que Inui intentaba hablarle del tema, ella se ponía rígida y empezaba a enumerar razones por las cuales “aún no era el momento”.
Así que Inui pedía favores le pedía favores a Mikey para no verse expuesto.
El omega que tenía una vulnerabilidad por por su amigo quien a veces solía ponerse triste porque no podía estar con su alfa como deseaba, entonces a veces entregaba cartas o pequeños regalos para Kokonoi de parte de Inui.
Y una tarde, alguien los vio en el estacionamiento, Mikey entregando un sobre las manos de Kokonoi, sonriendo, el rumor nació ahí y creció como fuego en hierba seca cada vez que Mikey aparecía por ahí con algo nuevo para el alfa.
Takemichi se enteró un martes por la mañana.
Estaba caminando hacia su primera clase cuando escuchó a dos alfas hablando detrás de él.
— ¿De verdad? ¿Mikey y Kokonoi?
— Sí. Los vieron juntos, tiene sentido, ¿no? Un omega como él con un alfa como ese, era demasiado obvio.
Takemichi se detuvo en seco.
El pecho se le apretó y su lobo aulló con un sonido bajo y doloroso que solo él escuchó.
Claro que tenía sentido, Mikey era el omega más deseado de toda la universidad y Kokonoi era el alfa estrella del equipo, por supuesto que tenía omegas detrás de él persiguiéndolo en montañas y era demasiado obvio que algo así sucedería. ¿Qué hacía un nerd como Takemichi soñando con alguien así? Era una estupidez.
Esa noche, el alfa no pudo estudiar.
Se quedó sentado en su escritorio, mirando el tablero de ajedrez sin mover ninguna pieza y con el humor apagado, el rumor se repetía en su cabeza una y otra vez. «Era de esperarse», «Nunca tuviste oportunidad», «Renuncia a tu fantasía antes de que duela más».
Y al tercer día, tomó una decisión.
Se dijo a sí mismo que era lo más inteligente y sano que podía hacer, dejar de mirar a alguien que ni siquiera sabía de su existencia y ya tenía alfa, dejar de esperar algo que nunca iba a llegar y obligarse a dejar de sentir ese tirón en el pecho cada vez que el olor a fresas cruzaba el pasillo por su lado.
Si no alimentaba el crush que tenía con el omega, tal vez se apagaría solo.
Fue entonces Hinata eligió ese mismo momento para dar el paso.
Era un jueves, estaban los tres en la cafetería, como siempre. Takemichi removía el café sin beberlo y Naoto leía un libro.
Hinata respiró hondo y la mirada de su hermano y Takemichi se clavaron en ella.
— Takemichi… ¿quieres salir conmigo este fin de semana? Solo nosotros dos. A tomar un café o… lo que sea.
La omega tenía las mejillas enrojecidas y contenía el aire con fuerza como si soltarlo fuera a desarmarla en cualquier momento.
Takemichi levantó la vista, no de sabía de los sentimientos de la omega, solo veía una propuesta de amigos en la salida. Nunca había notado los sentimientos de la omega y en en ese momento, con el dolor del rumor todavía fresco y la mente perdida en todos ellos, pensó que tal vez sería bueno salir con su amiga, distraerse y dejar de pensar en un omega que ni siquiera sabía que existía.
— Claro — dijo con una sonrisa amable —. Me parece bien.
Naoto los miró en silencio y cuando Hinata se levantó a buscar más servilletas, se acercó a Takemichi y murmuró:
— No la hagas sufrir.
Takemichi frunció el ceño confundido y asintió, sin saber exactamente a qué se refería el omega.
Salieron el sábado.
Fueron a una cafetería cerca del campus, pidieron pasteles y hablaron de clases, de un profesor que Hinata odiaba porque según ella “estaba lleno de maldad por ser pelón” y de una ardilla que Naoto había adoptado en casa porque un día le había dado una nuez y ya nunca quiso irse.
Hinata se rió mucho, Takemichi también y al final del día, cuando la dejó en la puerta de su residencia, ella se quedó mirándolo más de lo necesario con las mejillas calientes y levemente rosas.
— Gracias por venir — dijo la omega.
— Gracias a ti por invitarme, me divertí mucho hoy, Hina.
La omega sonrió brillante y entró a su habitación.
Volvieron a salir la semana siguiente.
Y la siguiente.
No era nada que Takemichi catalogara como citas porque él juraba que eran salidas de amigos, no veía nada más allá. Pero la omega sí y la gente empezó a verlos juntos más tiempo del necesario cuando se acercaban a Takemichi a pedirle apuntes o simplemente que los ayudara a estudiar.
Takemichi había dejado de mirar hacia el grupo de Mikey, empezaba a fijarse en Hinata y en cómo gesticulaba cuando hablaba, en cómo su olor a jazmín se volvía más dulce cuando se reía y eso hacía el ambiente mucho más cómodo.
Eran dos amigos — en palabras de Takemichi — que disfrutaban de pasar tiempo juntos, y el alfa se aferraba a esa nueva rutina como a un salvavidas en medio del mar para seguir evitando desviar los ojos hacia cierto omega rubio.
Mikey en cambio notó al tercer día algo diferente.
Iba caminando por el patio central con Emma cuando vio a Takemichi sentado bajo un árbol, hablando con Hinata. El alfa se reía de algo que ella decía, su mirada, esa mirada que siempre se clavaba en Mikey desde la distancia, ahora estaba fija en la omega de pelo rosado mientras ella hacia muecas extrañas.
En algún momento un mechón rosado se le escapó del cabello a la omega y Takemichi lo acomodó con calma detrás de la oreja de la omega y continuó hablando como si nada, pero ahora con las mejillas rojas.
El lobo de Mikey se puso de pie de un salto, alerta.
— ¿Qué miras? — preguntó Emma, siguiendo su línea de visión.
— Nada.
Pero no era nada.
Mikey sintió el vacío de inmediato, porque aún cuando densificó su olor, Takemichi no lo miró y eso se sintió como si alguien hubiera apagado una luz que solo él veía.
Buscó la mirada del alfa durante los siguientes días, en los pasillos, en la cafetería, en las gradas.
No la encontró, ya no estaba porque Takemichi ya no lo miraba, ahora la miraba a ella.
A Hinata Tachibana.
El omega de cabello rubio, el que nunca había necesitado perseguir a nadie porque todos lo perseguían siempre y no le importaba, de pronto sintió por primera vez algo parecido a la urgencia de volver a ser perseguido. Pero solo por un alfa en específico que lo miraba con ojos de cachorrito contento cada vez que Mikey se aparecía en su visión.
Su lobo gruñía molesto porque ya no tenía su atención encima. «Ese alfa es nuestro». «¿Por qué deja de mirarnos?». «Haz algo».
Y Mikey no era de los que se quedaban quietos cuando algo le importaba.
Así que empezó a observar, averiguó el horario de Takemichi, supo que siempre estaba en la cafetería a la misma hora, con los hermanos Tachibana, la mesa que siempre elegían, supo que era conocido por ayudar a cualquiera que se lo pidiera y que era bueno en cálculo. Muy bueno. Excelente.
Entonces ideó su plan.
Sería simple, directo y sin rodeos: se acercaría, le pediría ayuda para estudiar y, desde ahí, se encargaría de que el alfa no pudiera mirar a nadie más que no fuera él.
Porque ese alfa tímido de gafas y olor a cedro, ya era suyo.
Solo faltaba que Takemichi se enterara.
Y Mikey estaba dispuesto a asegurarse de que lo hiciera.
•••
La cafetería de la universidad siempre olía a una mezcla caótica de comida frita, café quemado y feromonas de todo tipo llenando el espacio cerrado.
Los alfas dominantes dejaban rastros pesados de especias y olores densos mientras que los omegas cargaban notas más suaves, florales o dulces que se entrelazaban en el aire acondicionado.
Era el mediodía de un jueves cualquiera, el tipo de día en el que el ruido de bandejas, risas y conversaciones llenaba el espacio hasta volverse un murmullo constante que nunca se apaga.
En la mesa habitual de los Tachibana y Takemichi, cerca de la ventana que daba al patio interior, Hinata contaba algo sobre una clase de literatura y lección que le había parecido de lo más aburrida casi dejándola al borde del sueño. Naoto, a su lado, removía el yogurt con la cuchara sin realmente comerlo, más interesado en el libro abierto sobre la mesa mientras asentía a las palabras de su hermana.
Takemichi escuchaba a medias mientras comía con la mente todavía arrastrando restos del rumor de Kokonoi y Mikey. Aunque ya no miraba hacia la mesa del grupo de amigos del omega, su mente a veces volvía a lo mismo de siempre. Había entrenado a sus ojos a quedarse en el plato de papas fritas o en el rostro de Hinata para no pensar en ello porque más seguro así, era menos doloroso que pensar en cierto omega con un alfa estrella.
El olor a cedro de su propia piel se mantenía estable, controlado; su lobo, en cambio, seguía inquieto desde que se había enterado y cada vez que alguien pasaba con un rastro de fresas aunque solo fueran comida o un perfume superficial, el lobo se removía debajo, buscando y esperando ansioso la presencia del omega. Takemichi lo ignoraba y lo obligaba a mantenerse en silencio porque había decidido renunciar a sus sueños más fantasiosos, salía con su amiga y se distraía jugando ajedrez, intentado convencerse de que eso era suficiente para dejar de pensar en el omega de cabello rubio y ojos negros.
No lo era.
Pero fingía que sí.
Hinata ya estaba en medio de una nueva anécdota sobre un profesor estricto cuando el ambiente de la cafetería cambió.
No fue un silencio total, fue algo más sutil: una ola de miradas que se giraban al mismo tiempo, un murmullo que bajaba de tono y luego subía de nuevo con un matiz distinto, el mismo que siempre sucedía cuando cierto grupo de omegas entraba a la cafetería.
Takemichi levantó la vista por reflejo y sintió cómo el aire se le atascaba en la garganta.
Manjiro Sano caminaba entre las mesas con Emma que iba un paso detrás, Chifuyu al otro lado, y el resto del grupo detrás siguiendo al omega. Pero Mikey se movía como si el resto del mundo no existiera, con las manos en los bolsillos de la chaqueta blanca que le quedaba una talla más grande, el cabello rubio cayéndole sobre la frente, expresión de tener sueño y segura al mismo tiempo, con una pequeña coleta adornando el sedoso cabello.
El olor a fresas se expandió delante de él como una declaración, dulce y fresca, imposible de ignorar.
Takemichi sintió que su lobo se ponía de pie de un salto meneando la cola como siempre que lo olía y el corazón le golpeó contra las costillas, bajó la mirada de inmediato intentando ignorar la presencia del omega, clavándola solo en las papas fritas a medio comer y se metió un puño de golpe.
No, no otra vez. Ya había dejado de mirar y había renunciado a todo lo que tuviera que ver con el bonito omega que acababa de llegar.
Pero entonces, Mikey no se dirigió a su mesa habitual.
Cambió de rumbo a donde estaban los Tachibana con Takemichi.
Los pasos se detuvieron justo frente a la bandeja de Takemichi y la sombra del omega cubrió su comida, el alfa levantó la vista lentamente cuando el olor a fresas se volvió más denso a su alrededor y cuando sus ojos subieron del todo, se quedó quieto como si no creyera lo que estaba pasando. Entonces se encontró con un par de ojos oscuros que lo observaban con una mezcla de diversión y algo más intenso.
— Hola — dijo Mikey, inclinando un poco la cabeza —. ¿Eres Takemitchy?
La voz era baja y perezosa, pero cargada de una seguridad que hizo que el pecho de Takemichi se le apretara junto con el apodo que salió de esos labios rojizos como si siempre hubiera sido suyo.
Takemichi abrió la boca y la cerró sin saber qué decir, luego volvió a abrirla y su cara se puso del color de un tomate en menos de dos segundos.
— ¿A-ah?
Mikey se rió con un sonido suave, que sonó casi como un ronroneo y que hizo que el lobo de Takemichi se estremeciera por completo disfrutando el sonido como si acabara de beber agua después de haber estado perdido en el desierto. El omega volvió a preguntar, esta vez con una ceja levantada y una sonrisa de lado.
— ¿Eres Takemitchy?
Takemichi sintió que las gafas se le resbalaban un poco por el puente de la nariz y las empujó hacia arriba con un dedo tembloroso encogiéndose en su lugar de puros nervios.
— M-mi nombre es Takemichi.
Mikey se encogió de hombros, como si el detalle no importara en absoluto.
— Bueno, yo te diré Takemitchy.
Y sin ninguna vergüenza, sin pedir permiso, extendió la mano tomando una papa frita del plato de Takemichi y se la llevó a la boca. Masticó despacio, mirándolo todo el tiempo con el olor a fresas intensificándose con cada segundo que pasaba, mezclándose con el de las comida y el de cedro nervioso del alfa.
Takemichi se quedó congelado.
Podía sentir las miradas de toda la cafetería clavadas en ellos y podía sentir a Hinata tensarse a su lado, Naoto había dejado de respirar.
Mikey terminó de masticar y continuó como si nada.
— Me dijeron que eres bueno en todo. ¿Crees que puedas ayudarme a estudiar para un examen de cálculo?
Takemichi abrió y cerró la boca otra vez, las palabras no salían. Su cerebro, que normalmente resolvía ecuaciones en segundos, se había quedado en blanco total, estaba teniendo un corto circuito que no parecía querer arreglarse porque Manjiro Sano, Mikey, el omega que no solía hablar con nadie que no fuera su grupo de amigos omegas y para rechazar alfas, estaba frente a su mesa hablándole, pidiéndole ayuda para estudiar y robándole una papa frita.
— ¿Y-yo? — logró articular al fin, con un hilo de voz y el dedo clavado en el pecho.
Mikey asintió y luego inclinó la cabeza hacia un lado, exactamente en un ángulo que hacía que sus mejillas se vieran más redondas y apretables, con esas pestañas largas y espesas revoloteando cuando parpadeó lento una, dos veces.
El gesto era preciso y adorable ante los ojos de Takemichi y casi parecía calculado para destruir cualquier resistencia que el alfa pudiera tener en caso de estarlo pensando.
— ¿Puedes?
El lobo de Takemichi aulló tan fuerte dentro de su pecho que por un momento temió que todos lo hubieran escuchado. Su olor a cedro se volvió más denso, más dulce, traicionándolo por completo y dejándolo en bandeja de plata ante el omega que lo notó de inmediato y su sonrisa se ensanchó apenas un milímetro, satisfecho.
Takemichi tragó saliva; estaba a punto de vomitar de la emoción y las manos le sudaban, el corazón le latía tan rápido que le dolía el pecho que por un momento creyó que iba a tener un infarto. Y como jamás, en toda su vida, se habría negado a ayudar a alguien y mucho menos a ese omega, asintió.
— Claro — dijo casi sin aliento —. Claro que… sí.
Mikey le sonrió esta vez con una sonrisa completa, los ojos entrecerrados con dientes blancos y bonitos expuestos. De esas que iluminaban toda su cara y hacían que las mejillas se le redondearan todavía más.
Y Takemichi juró, en ese preciso segundo, que nunca había visto algo tan hermoso en toda su existencia, ni en las películas, ni en sus sueños, ni en las partidas de ajedrez más perfectas que pudiera haber tenido. Nada.
— Genial — dijo Mikey —. Te veo en la biblioteca a las cuatro. No llegues tarde, Takemitchy.
El apodo salió como un ronroneo bajo, íntimo, una caricia al lobo de Takemichi, Mikey le sostuvo la mirada un poco más, solo lo suficiente como para que el alfa sintiera que el mundo se reducía a esos ojos oscuros y al olor a fresas. Luego se dio la vuelta y se alejó, caminando con la misma calma con la que había llegado, aún con todas las miradas del campus encima.
Incluso las de su propio grupo.
Emma lo miraba con una ceja levantada, Chifuyu tenía la boca ligeramente abierta, los Kawata intercambiaban una mirada de “¿qué carajos acaba de pasar?”, Sanzu se rió por lo bajo tapándose la boca e Inui solo suspiró, como si ya hubiera visto venir algo como eso.
Takemichi se quedó congelado en la silla con las papas fritas que seguían ahí, incompletas y con el espacio donde Mikey había estado de pie todavía con olor a fresas. La cara le ardía mientras que sus manos temblaban sobre la mesa sin poder evitarlo.
Solo entonces Hinata habló, confusa, sin captar del todo el terremoto que acababa de ocurrir entre el omega y el alfa que aún se sentía en un sueño.
— ¿Qué… acaba de pasar?
Naoto se quedó con la boca abierta, miró a su hermana, luego a Takemichi, luego hacia la dirección en la que Mikey había desaparecido y cuando finalmente logró articular algo, la voz le salió más baja de lo normal.
— El omega más cotizado de todo el campus… se acercó a la mesa de un alfa nerd a pedirle ayuda para un examen.
Takemichi no respondió, no podía, su mente repetía una y otra vez la misma frase:
“Te veo en la biblioteca a las cuatro, Takemitchy.”
El apodo vibraba en sus oídos como un eco dulce y peligroso, mientras que a Takemichi le costaba procesar las palabras.
Alrededor de ellos, la cafetería volvió a llenarse de murmullos, esta vez más altos y más curiosos. “¿Viste eso?” “¿Mikey le habló al nerd de las gafas?” “¿Desde cuándo Mikey necesita esos favores?” “¿No estaba saliendo con Kokonoi?”
Las voces se amontonaban, pero Takemichi apenas las escuchaba, su lobo daba vueltas en círculos, eufórico y aterrado al mismo tiempo por tener al omega a una distancia tan corta. El olor a cedro se había vuelto tan intenso que Naoto tuvo que abrir un poco la ventana a su lado.
Hinata frunció el ceño, todavía procesando.
— ¿Takemichi? ¿Tú… lo conocías?
— No — respondió él, con la voz ronca —. Nunca le había hablado en mi vida.
— Entonces ¿por qué te dijo Takemitchy? ¿Y por qué te pidió ayuda a ti?
Takemichi negó con la cabeza, incapaz de encontrar una respuesta lógica, y porque simplemente no la había. No tenía sentido, Mikey no necesitaba ayuda de nadie, tenía a un grupo entero de amigos inteligentes, el campus entero dispuesto a hacerle la tarea si solo lo pedía, un hermano mayor que podía obligar al director a pasar al menor con una calificación excelente... y sin embargo, el omega había cruzado toda la cafetería, se había detenido frente a su mesa, le había robado una papa frita y lo había mirado como si… como si Takemichi importara.
— Todo mundo me pide ayuda... creo — respondió el alfa.
Naoto cerró el libro con un golpe suave.
— Esto es muy extraño — murmuró —. No creo que Mikey necesite tu ayuda para estudiar.
El alfa levantó la vista hacia su amigo.
— ¿Eh?
— Takemichi, Mikey es un omega que no necesita nada de eso. Si él quisiera podría tener las mejores calificaciones con solo chasquear los dedos y… ¿aún así decidió venir a pedirte que lo ayudes a estudiar?
El estómago de Takemichi se revolvió porque sabía que Naoto tenía razón y que realmente no tenía sentido la propuesta del omega pero aún así, no le dio vueltas porque estaba más concentrado en pensar en el “Takemitchy” que en lo que el omega podía hacer con chasquear los dedos.
Hinata se cruzó de brazos con el olor a jazmín volviéndose un poco más agrio.
— Bueno… entonces solo debe ser por el examen, ¿no? Cálculo. Tú eres bueno en eso, seguramente alguien le dijo y ya... quizás quiera esforzarse.
Pero su voz no sonaba del todo convencida, y Naoto tampoco lo parecía con solo mirar el lugar por donde Mikey se había ido.
Takemichi miró el reloj de la pared.
Faltaban tres horas y media para las cuatro. Tres horas y media para decidir si realmente iba a presentarse en la biblioteca frente a un omega que lo desarmaba con solo existir y tres horas y media para intentar convencer a su corazón de que esto no significaba nada más que solo simple estudio.
Sabía que iba a ir.
No había forma de que no fuera.
Porque aunque hubiera decidido renunciar, aunque hubiera intentado centrarse en otras cosas, aunque el rumor de Kokonoi todavía doliera en algún rincón de su pecho porque probablemente fuera alfa del omega rubio… Manjiro Sano lo había llamado Takemitchy y le había sonreído pidiéndole que no llegara tarde, además nunca le había fallado a nadie en esos casos.
Y el lobo de Takemichi, traicionero y esperanzado, ya estaba contando los minutos para volver a verlo.
Al otro lado de la cafetería, cerca de la salida, Mikey caminaba con las manos otra vez en los bolsillos de su chaqueta, Emma lo alcanzó y le dio un codazo suave en el brazo.
— ¿En serio, Mikey? ¿El nerd?
Mikey le lanzó una mirada molesta.
— No le digas nerd, se llama Takemitchy.
— No se llama así.
— Pues para mí, sí.
Chifuyu, que les había alcanzado el paso, soltó una risa baja.
— Acabas de montar un espectáculo en toda la cafetería. ¿Sabes cómo se va a poner el rumor ahora que te acercaste a ese alfa?
Mikey se encogió de hombros, el aroma a fresas a su alrededor era más dulce que de costumbre, satisfecho por haber olido de cerca a Takemichi.
— Que digan lo que quieran, yo solo necesito que estudie conmigo para mi examen.
— Ajá, estudiar — respondió Emma, escéptica.
Mikey no le respondió. Solo miró por encima de su hombro, hacia la mesa donde Takemichi seguía sentado, rojo hasta las orejas, con las papas fritas olvidadas y la mirada perdida en algún punto de la nada.
Su lobo se pavoneó, porque el alfa ya no lo miraba desde lejos, ahora lo había mirado de cerca, muy de cerca, y Mikey se aseguraría de que eso se mantuviera así.
