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Ukyo estaba convencido de que enamorarse de Ryusui había sido una excelente idea. Lo pensaba cuando su novio aparecía con planes que requerían demasiado equipaje, cuando decidía que cualquier celebración merecía una botella de vino extraordinariamente cara y, sobre todo, cuando descubría los pequeños cuidados escondidos detrás de aquella personalidad exuberante. Ryusui podía proponer un viaje durante el desayuno, pero también sabía reconocer cuándo Ukyo necesitaba quedarse en casa. Entonces guardaba el teléfono, se acomodaba a su lado y permitía que la tarde transcurriera entre una conversación tranquila y el roce distraído de sus manos.
Llevaban poco tiempo juntos. Todavía estaban descubriendo esas costumbres pequeñas que convertían a alguien en una presencia familiar: la forma de dormir, el humor de las mañanas, los silencios que convenía acompañar sin hacer preguntas. Ukyo disfrutaba especialmente de comprobar que Ryusui escuchaba incluso cuando parecía demasiado ocupado hablando. Recordaba detalles, corregía planes y preguntaba su opinión con una atención que nunca le había parecido una mera cortesía. Aquella felicidad reciente estaba volviéndolo peligrosamente optimista.
El problema comenzó cuando conoció a Senku Ishigami. Ryusui lo había invitado a almorzar en su departamento y olvidó mencionar que su mejor amigo pasaría a devolverle unas llaves. Senku apareció con una bolsa de comida, el cabello imposible y la expresión de alguien que llevaba varias horas discutiendo con un problema que se negaba a comportarse. Saludó a Ukyo, dejó la bolsa sobre la mesa y señaló una de las lámparas nuevas antes de quitarse el abrigo.
—Dime que no pagaste lo que creo por esa cosa —comentó, observando el objeto con un desagrado casi profesional.
—Probablemente pagué más —respondió Ryusui, acercándole una silla—. Siéntate. Llevo semanas queriendo presentarte a mi novio.
Senku miró al omega con una ceja levantada.
—Todavía estás a tiempo de cambiar de opinión —le advirtió, mientras Ukyo empezaba a sonreír.
La comida transcurrió con una facilidad inesperada. Senku era un alfa recesivo brillante, obstinado y dueño de una franqueza que parecía adelantarse a sus modales. Cuestionó el precio del vino, se burló de una compra reciente de Ryusui y explicó por qué le resultaba absurdo llevar cuatro pares de zapatos a un viaje de tres días. Ryusui recibió cada comentario con una diversión afectuosa que hablaba de muchos años de amistad.
Ukyo, que al principio se limitó a observarlos, terminó participando. Senku escuchó una de sus opiniones con renovado interés, discutió un detalle y acabó reconociendo que su argumento tenía sentido. Poco después, cuando notó que el omega se inclinaba sobre la mesa para oír mejor, bajó el volumen de la música sin interrumpir la conversación.
Ukyo reparó en aquel gesto. También en la manera en que el rostro del científico cambiaba cuando algo le interesaba. Había una curiosidad viva debajo de su expresión escéptica, una disposición a quedarse y escuchar siempre que considerara que valía la pena. Podía resultar irritante, desde luego, pero no parecía aburrido. Y Ukyo conocía a alguien que habría sabido qué hacer con cada una de aquellas observaciones.
Pensó en Gen antes de que terminaran de comer. Su mejor amigo habría encontrado una respuesta para cada burla de Senku. Probablemente habría conseguido hacerlo reír, discutir y reconsiderar alguna idea sin que el alfa advirtiera en qué momento había empezado a disfrutar de su compañía. Gen se aburría con las conversaciones que le exigían admirar en silencio. Le gustaban las personas inteligentes, las que podían devolverle una provocación sin ofenderse demasiado pronto.
Ukyo imaginó las discusiones y cometió el error de imaginarlas siempre terminando en sonrisas. Ryusui llegó a una conclusión semejante algunos días después, cuando conoció al omega.
Gen los acompañó a tomar un café después de salir del hospital. Llegó con el cansancio recogido discretamente en los hombros y una sonrisa que se volvió cálida al reconocer a Ukyo. Ryusui descubrió a un hombre ingenioso, atento y muy difícil de impresionar. Gen escuchaba sus historias con interés, pero no vacilaba en señalar los detalles absurdos; tampoco parecía intimidado por su apellido ni por la naturalidad con la que hablaba de conseguir cualquier cosa que deseara.
En algún momento, mientras conversaban sobre los espectáculos de mentalismo que realizaba ocasionalmente, Gen hizo desaparecer una moneda entre los dedos. Ryusui le pidió que repitiera el truco. Fracasó una segunda vez al intentar descubrirlo y exigió una tercera oportunidad con tanta determinación que Ukyo acabó riéndose.
—¿Siempre eres así de competitivo? —preguntó Gen, haciendo reaparecer la moneda junto a su taza.
—Solo cuando quiero ganar —respondió Ryusui, inclinándose hacia delante—. Otra vez.
Gen accedió, encantado. Ryusui pensó en Senku de inmediato. Lo imaginó siguiendo aquellas manos con una concentración feroz, convencido de que podría descubrir el procedimiento si lo observaba una vez más. También lo imaginó recibiendo alguna de las respuestas del omega y quedándose, por una vez, sin una réplica inmediata.
Cuando Gen se marchó, Ryusui no esperó siquiera a que terminara de cerrarse la puerta de la cafetería.
—Es perfecto para Senku —declaró, girándose hacia Ukyo—. Podrían discutir durante tres horas y Senku querría quedarse una cuarta.
—También podrían querer matarse antes del plato principal —observó Ukyo, aunque su sonrisa traicionaba que había pensado algo parecido.
—Entonces elegiremos un restaurante con buen servicio —resolvió Ryusui, como si aquello bastara para prevenir cualquier inconveniente.
Organizaron la cena con una atención que habría resultado conmovedora de no haber estado acompañada de tanta confianza. Eligieron un establecimiento tranquilo, revisaron el menú y reservaron una mesa junto a la ventana para el viernes por la noche. Ukyo descartó una propuesta demasiado formal; Ryusui insistió en que la comida debía ser buena incluso si la conversación tardaba un poco en comenzar.
Después se repartieron la tarea de convencer a sus amigos.
Ukyo describió a Senku como brillante, independiente y sincero. No consideró necesario explicar que aquella sinceridad podía adquirir el tacto de una puerta cerrándose sobre unos dedos. Ryusui presentó a Gen como inteligente, atractivo y dueño de una conversación extraordinaria. Se guardó la impresión de que el omega sabría encontrar el punto débil de una persona antes de que esta terminara de pedir el café.
Estaban tan ocupados imaginando lo bien que podrían entenderse que apenas pensaron en lo peligrosos que resultarían si decidían hacer exactamente lo contrario.
Gen recibió la propuesta mientras revisaba su agenda en la mesa de la cocina. Había llegado del hospital hacía menos de una hora. Todavía llevaba la camisa del trabajo y tenía una taza de té enfriándose junto al ordenador. Ukyo se había sentado frente a él con una expresión demasiado esperanzada para tratarse de una visita casual. Gen lo escuchó describir a un alfa recesivo, investigador y mejor amigo de Ryusui antes de levantar lentamente los ojos de la pantalla.
—Ukyo —dijo, con una dulzura preventiva—, dime que no has venido a encontrarme pareja.
—He venido a invitarte a cenar.
—¿Contigo?
Ukyo guardó silencio un segundo y Gen cerró el ordenador.
Conocía aquellas introducciones. Solían empezar con una lista de virtudes y terminar con la insinuación de que su vida necesitaba urgentemente la presencia de un alfa. Ukyo jamás lo había presionado de esa manera, pero parecía haber desarrollado una confianza nueva desde que estaba con Ryusui. Gen se alegraba por él. También habría agradecido que su felicidad no viniera acompañada de una reserva a su nombre.
Sin embargo, mientras escuchaba, tuvo que admitir algo que le resultaba menos cómodo reconocer en voz alta, empezaba a cansarse de que todos sus compromisos tuvieran un propósito profesional.
Su vida le gustaba. Había trabajado mucho para construirla. Tenía un empleo que le importaba, amistades que cuidaba y un escenario al que seguía subiendo con esa emoción pequeña que precedía a las cosas elegidas por gusto. Disfrutaba de su independencia. Pero llevaba años soltero y había noches en que el silencio de su departamento se extendía un poco más de lo que deseaba.
A veces terminaba el día con una anécdota insignificante que habría querido contarle a alguien. Otras veces deseaba compartir el cansancio sin tener que explicarlo, sentarse junto a una persona que no esperara de él una respuesta ingeniosa o una interpretación cuidadosa. Le habría gustado tener un motivo agradable para mirar el teléfono antes de dormir.
Sus últimas citas no habían contribuido demasiado a conservar aquella esperanza. Algunos hombres lo convertían en un confesor gratuito en cuanto descubrían su profesión. Otros parecían fascinados por su condición de omega dominante hasta que se encontraban con una opinión que no podían torcer. Con el tiempo, quedarse en casa había empezado a parecerle una opción bastante sensata.
—No te estoy diciendo que te enamores —añadió Ukyo, apoyando los brazos sobre la mesa—. Solo creo que podrías pasarla bien.
—Una cena —aceptó finalmente, señalándolo con un dedo—. Si termina explicándome que las emociones son una pérdida de tiempo, me invitas a desayunar durante un mes.
—Trato hecho —respondió Ukyo, demasiado rápido.
Después de que su amigo se marchara, Gen anotó la reserva en el calendario. Entre las consultas, una reunión y un espectáculo previsto para la semana siguiente, aquella cena parecía una interrupción agradable en su vida cuidadosamente organizada. Se quedó mirándola unos segundos antes de apagar el ordenador. No esperaba enamorarse en una noche. Le habría bastado volver a casa con ganas de repetirla.
Senku aceptó después de concluir que discutir con Ryusui iba a consumirle más tiempo que cenar con el desconocido. Su amigo apareció en el laboratorio mientras revisaba unos resultados junto a Chrome. Empezó hablando de un omega al que había conocido y terminó mencionando una reserva que, al parecer, ya existía antes de que alguien se molestara en consultar al otro implicado. Senku dejó el bolígrafo sobre la mesa y lo miró con creciente desconfianza.
—No —respondió, antes de que Ryusui terminara.
—Todavía no te he dicho cuándo.
—Puedes elegir cualquier día. La respuesta funciona para todos.
Chrome hizo un ruido sospechoso detrás de una carpeta. Ryusui no se inmutó. Mencionó entonces el favor pendiente y Senku sintió la desagradable certeza de haber olvidado una variable importante.
Semanas antes, el laboratorio había necesitado una pieza con urgencia. Ryusui resolvió el problema mediante contactos, insistencia y recursos que Senku prefirió no investigar demasiado. En un momento de alivio, le había prometido devolverle el favor. Recordaba haberlo hecho. También recordaba la sonrisa satisfecha de su amigo y empezaba a comprender que debió haber desconfiado entonces.
—Te pedí ayuda con un equipo, no que administraras mi vida sentimental —señaló, cruzándose de brazos.
—Y yo te estoy pidiendo que cenes —respondió Ryusui—. El viernes, a las ocho. La deuda queda saldada cuando llegue la cuenta.
Senku calculó cuánto duraría la velada y lo comparó con el tiempo que Ryusui sería capaz de dedicar a reclamar aquella promesa. El resultado lo irritó porque era demasiado claro.
Además, la insistencia de su amigo había conseguido despertarle cierta curiosidad. Ryusui conocía bien su carácter. Había presenciado suficientes conversaciones fallidas como para saber que sentarlo frente a alguien atractivo no garantizaba nada. Si aun así estaba tan convencido, quizá el tal Gen tuviera algo interesante que decir.
—Una cena —aceptó, tomando de nuevo el bolígrafo—. Y después dejas de organizar cosas con mi nombre.
—Procura ponerte una camisa limpia —añadió Ryusui, con una sonrisa satisfecha.
—Procura irte antes de que cambie de opinión.
Chrome esperó a que la puerta se cerrara para empezar a reírse. El viernes, Senku salió del laboratorio con el tiempo justo para ducharse y cambiarse. Escogió una camisa oscura después de descartar una camiseta cuyo estado le había parecido perfectamente aceptable hasta que recordó el comentario de Ryusui. Aquello lo irritó lo suficiente para revisarse el cuello frente al espejo. Luego recogió las llaves y se recordó que solo iba a cenar.
Llegó diez minutos antes. La mesa junto a la ventana tenía una iluminación razonable, el menú parecía prometedor y la música estaba a un volumen tolerable. Senku decidió que, incluso si la conversación resultaba aburrida, al menos podría comer bien. Dejó el teléfono boca abajo y levantó la vista cuando alguien se detuvo a su lado.
El omega tenía el cabello dividido entre blanco y negro, unos ojos expresivos y una sonrisa cuya primera impresión fue peligrosamente agradable. Senku tardó un segundo en recordar que debía levantarse.
—¿Senku? —preguntó Gen, observándolo con un interés que hizo menos desagradable toda la situación.
—Depende. ¿Todavía estás a tiempo de cancelar la reserva?
El omega soltó una risa breve.
—Ukyo dijo que eras gracioso. Me alegra comprobar que no mintió en todo.
Gen era más atractivo de lo que Senku había esperado. Le gustó la línea de sus hombros bajo la camisa, la elegancia de sus manos y aquella seguridad tranquila con la que se movía, aunque le llamó la atención el cabello bi-color del omega, decidió no mencionarlo aun. Cuando lo tuvo cerca, percibió el rastro suave de sus feromonas, contenido con cuidado, y descubrió que también le gustaba su aroma.
El omega lo miró de una manera que no pasó inadvertida. Sus ojos se demoraron brevemente en su rostro, descendieron hacia la camisa y regresaron con una sonrisa un poco distinta. Senku sintió una satisfacción inmediata que prefirió no examinar.
Quizá Ryusui hubiera acertado. Se sentaron y comentaron la insistencia de sus amigos. Gen contó que Ukyo había confirmado la hora dos veces. Senku respondió que había recibido la dirección tres, como si su capacidad para orientarse fuera un asunto preocupante. La conversación avanzó con una facilidad inesperada.
Le gustaba la voz del omega. También la rapidez con la que entendía sus comentarios, sin obligarlo a explicarlos ni recibirlos con una solemnidad innecesaria. Cuando pidieron la comida, Senku ya había dejado de calcular cuánto tardaría en marcharse. Entonces le preguntó a qué se dedicaba.
—Soy psicólogo. Trabajo en un hospital —respondió Gen, acomodando la servilleta sobre sus piernas—. Y de vez en cuando hago espectáculos de mentalismo.
Senku alzó una ceja. La última palabra ocupó más espacio en su cabeza que el resto de la respuesta. Pensó en adivinos televisivos, en demostraciones construidas alrededor de supuestos poderes y en la facilidad con la que algunas personas llamaban misterio a un procedimiento que desconocían. Gen todavía no había afirmado poseer ninguna capacidad sobrenatural. Senku pasó por alto aquel detalle con una ligereza que habría considerado imperdonable en cualquier razonamiento ajeno.
Quiso hacer una observación ingeniosa sobre aquella combinación de trabajos. Se había sentido cómodo con las burlas de los últimos minutos y dio por hecho, sin detenerse a comprobarlo, que podía seguir empujando en la misma dirección.
—Así que durante el día le cobras a gente desesperada por decirle lo que quiere oír y, por la noche, le sacas dinero fingiendo que puedes leerle la mente —comentó, recostándose en la silla con una media sonrisa—. Qué conveniente. Una estafa con diploma y otra con aplausos.
La sonrisa de Gen se quedó inmóvil. Senku oyó su propia frase terminar y, por primera vez, advirtió todo lo que acababa de poner dentro de ella. Había llamado fraude a un trabajo del que no sabía prácticamente nada. Había incluido a los pacientes, la formación del omega y sus espectáculos en una misma burla, como si fueran piezas intercambiables. En su cabeza, la observación había parecido mordaz. Frente a aquella mirada, empezó a parecerle exactamente lo que había sido: una grosería.
No había querido sonar como un cretino. El problema era que acababa de encontrar una manera extraordinariamente eficaz de serlo. Gen dejó el vaso sobre la mesa con mucho cuidado.
—¿Acabas de llamarme estafador? —preguntó, con una serenidad que le hizo desear que hubiera levantado la voz.
Senku tuvo una oportunidad clara de corregirse. Bastaba una disculpa. Incluso podía explicar que había hablado sin pensar y reconocer la estupidez del comentario. Sin embargo, sintió la incomodidad de haber quedado en evidencia y respondió antes de conseguir administrarla.
—Era una broma —dijo, enderezándose un poco—. Me refiero a que ambas cosas dependen bastante de convencer a alguien de que sabes sobre él más de lo que sabe realmente.
La mirada del omega no cambió. Senku percibió la distancia que acababa de abrirse entre los dos. También percibió que seguía hablando, empujado por el impulso absurdo de demostrar que la frase tenía alguna clase de fundamento.
—Un título tampoco convierte automáticamente una interpretación en un hecho —añadió.
El silencio que recibió después fue peor que el anterior. Gen le había concedido una oportunidad. Mientras escuchaba la primera frase, todavía consideró que podía tratarse de una broma desastrosa, de esas que se pronunciaban antes de advertir su verdadero alcance. Había personas inteligentes que se volvían torpes cuando estaban incómodas. Lo sabía. También sabía que, después de una torpeza, algunas tenían la sensatez de detenerse.
Pero Senku acababa de demostrar que aquella no era una de sus virtudes. Gen sintió la irritación subirle despacio por el pecho, aunque conservó la sonrisa por una costumbre que, en ocasiones, le complicaba la vida. Le molestó la ligereza con la que aquel desconocido había reducido años de estudio y trabajo a una forma elegante de aprovecharse de alguien vulnerable. Le molestó todavía más que hubiera incluido a sus pacientes en la burla, como si buscar ayuda fuera una muestra de credulidad.
Hasta hacía unos minutos le había parecido atractivo e interesante. Había escuchado su voz y empezado a imaginar lo agradable que podría resultar continuar la conversación después de cenar. Ahora se encontraba frente a un hombre que apenas conocía su nombre y ya se sentía autorizado para despreciar cuanto hacía. Gen tomó el vaso y bebió un poco de agua, concediéndose esos segundos para decidir cómo responder sin arruinar definitivamente la noche.
Senku observó su sonrisa, se acomodó contra el respaldo y soltó una exhalación que al omega le pareció peligrosamente cercana a la satisfacción.
—Por lo menos tienes sentido del humor —comentó, haciendo girar distraídamente el vaso entre los dedos—. Ryusui dijo que podríamos llevarnos bien.
Gen sostuvo su mirada. De pronto comprendió la dimensión del problema, pues el alfa estaba interpretando su educación como una señal de que podía continuar.
—Quizá deberías preguntarle qué entiende por llevarse bien —respondió, todavía con aquella sonrisa pequeña.
Senku dejó escapar una risa breve. Sus ojos se desviaron hacia el cabello del omega y se demoraron allí con una curiosidad que Gen, en otras circunstancias, habría recibido sin preocupación. Estaba acostumbrado a las preguntas, a las miradas y a algún comentario poco original. Lo que no esperaba era que aquel hombre encontrara todavía otra manera de empeorar la conversación.
—Aunque supongo que esa imagen te ayuda con los espectáculos —añadió Senku, señalando vagamente su cabeza—. Lo del cabello de dos colores, digo. Es difícil que no te miren.
Gen dejó el vaso sobre el mantel.
—Qué observador —murmuró, esperando que el tono bastara para hacerlo detenerse, pero no bastó.
—Pero ¿en el hospital no te dicen nada? —continuó el alfa, inclinando ligeramente la cabeza—. Pintártelo así no parece muy profesional. Si pretendes que alguien se tome en serio lo que dices, quizá ayudaría no parecer recién salido de una función de circo.
La sonrisa de Gen se inmovilizó. Durante un instante se quedó mirando al hombre sentado frente a él, aquel alfa de cabello levantado en todas direcciones que acababa de atribuirle a su aspecto la capacidad de invalidar su trabajo. La indignación llegó acompañada de una incredulidad tan profunda que estuvo a punto de reírse.
Habría sido más sencillo si Senku hubiera parecido consciente de lo ofensivo que estaba siendo. Pero seguía allí, esperando una respuesta, con esa expresión de quien considera haber aportado una observación perfectamente razonable. Gen bajó los ojos hacia el mantel. Alisó una arruga pequeña con la punta del dedo y volvió a mirarlo.
—¿Y tú vas así al laboratorio o te peinaste especialmente para juzgarme? —preguntó, con una dulzura que empezó a exigirle esfuerzo.
La media sonrisa del alfa perdió firmeza.
—En el laboratorio nos importan más los resultados que el pelo —respondió, apartando la mano del vaso.
—Qué coincidencia. En el hospital también —replicó Gen, inclinándose apenas hacia él—. Resulta curioso que lo entiendas tan rápido cuando se trata de ti.
Senku entrecerró los ojos. Gen reconoció el cambio con una claridad casi reconfortante. Al parecer, la conversación dejaba de resultar divertida en cuanto las observaciones viajaban en sentido contrario.
—Solo he dicho que da una impresión poco seria —insistió el alfa.
—Después de decir que mis dos trabajos son una estafa —le recordó Gen—. Y antes de preguntarme siquiera si me tiño el cabello. Llevas muy poco tiempo conociéndome para estar tan satisfecho con tus conclusiones.
Senku abrió la boca, pero el omega levantó suavemente una mano. Había agotado la disposición a ofrecerle salidas que el alfa utilizaba para adentrarse un poco más en su propia arrogancia.
—Mis pacientes no pagan para que les diga lo que quieren oír —continuó, sin elevar la voz—. Y quienes van a mis espectáculos compran una entrada para ver un espectáculo. No les vendo poderes sobrenaturales. Podrías haberme preguntado cualquiera de esas cosas antes de decidir que vivo de engañar a la gente.
—Ya te he dicho que era una broma.—El alfa lo observó con una tensión nueva en la mandíbula.
Gen dejó escapar una risa corta, sin alegría.
—Y yo sigo esperando la parte graciosa —respondió, cruzando las manos sobre la mesa
Aquello consiguió borrar lo que quedaba de la sonrisa de Senku. Gen había pasado suficiente tiempo frente a un escenario para reconocer cuándo una persona empezaba a sentirse expuesta. Los movimientos se volvían más deliberados, la postura cambiaba, las respuestas perdían espontaneidad. En Senku vio los hombros enderezarse y los dedos buscar el borde del menú, donde comenzaron a golpear con una regularidad que el alfa probablemente ni siquiera advertía.
Hasta entonces había intentado ignorar aquellos detalles para conversar con él. Ahora les prestó atención. Recordó la forma en que Senku había hablado de Ryusui, su insistencia en dejar claro que la cena era idea de su amigo y la manera en que, al principio, había consultado el reloj antes de guardarlo bajo la manga.
Ninguna observación le ofrecía una certeza por sí sola. Juntas, sin embargo, permitían formular una posibilidad bastante razonable. Gen decidió tantearla con la misma seguridad que utilizaba en el escenario cuando necesitaba que el público olvidara cuántas cosas seguían siendo una apuesta.
—Tú no querías venir —dijo, dejando un pequeño silencio antes de continuar—. Ryusui tuvo que insistir bastante. Aunque, por cómo hablas de él, insistir probablemente no habría sido suficiente.
—Eso podrías decirlo de cualquiera que acepte una cita a ciegas.—Senku ladeó la cabeza.
—De cualquiera, no —respondió Gen, observándolo con atención—. De alguien que habla de esta cena como de un compromiso que tenía que quitarse de encima, sí. ¿Le debías un favor o había alguna otra obligación pendiente?
El alfa se quedó quieto una fracción de segundo.
—Ryusui no tenía por qué contarte lo del favor —dijo, con una brusquedad que terminó de confirmar la conjetura.
Gen sintió una satisfacción fría acomodársele debajo del pecho.
—No me lo contó —respondió, sosteniéndole la mirada—. Acabas de hacerlo tú mismo.
El silencio se extendió entre ambos. Senku bajó brevemente los ojos hacia sus manos y volvió a mirarlo. Gen conocía aquella reacción; la había visto muchas veces al final de un número. Esa noche, sin embargo, faltaba toda la complicidad que normalmente acompañaba la sorpresa. El alfa parecía molesto por haberle dado una respuesta antes de pensar en lo que revelaba.
—Una suposición afortunada —señaló finalmente.
—Una posibilidad que tú confirmaste —corrigió Gen—. Todavía no te he cobrado por leer nada.
La mirada de Senku se endureció. Gen podría haberse detenido allí, sabía que había conseguido incomodarlo y que continuar solo haría más difícil recuperar la conversación. Pero seguía recordando la palabra estafa, la referencia a sus pacientes y el comentario sobre su cabello. El alfa había tomado su sonrisa por una invitación a despreciarlo. Gen quería que dejara de cometer ese error.
—Llevas un rato intentando que toda la conversación ocurra en un terreno donde tú puedas corregirme —dijo, conservando una suavidad casi cordial—. Te impacienta escuchar algo que no controlas, dejas de prestar atención cuando una respuesta no te gusta y sonríes antes de terminar una burla porque ya has decidido que es ingeniosa.
Los dedos de Senku se quedaron quietos sobre el menú, Gen lo advirtió sin bajar la mirada.
—Y cuando notas que has dicho una grosería, sigues explicándola como si el problema fuera que los demás no la hemos entendido —añadió, inclinando ligeramente la cabeza—. Ahora mismo parece importarte más defender el comentario que preguntarte si tenías algún motivo para hacerlo.
—No me conoces —respondió Senku, apoyando los antebrazos sobre la mesa.
—Exactamente —replicó Gen—. Tampoco tú a mí y aun así te ha parecido suficiente para juzgar mi trabajo, mi formación y hasta mi aspecto.
El alfa apretó brevemente los labios. Gen sintió una satisfacción poco generosa al verlo buscar una respuesta que no llegaba tan deprisa como las anteriores. Quería que experimentara algo de aquella incomodidad; lo reconoció con una honestidad que no lo hizo sentirse especialmente orgulloso, pero tampoco le devolvió las ganas de ser amable.
La mesa seguía teniendo un mantel limpio, dos vasos de agua y una pequeña vela encendida. Nada en ella había cambiado, salvo la forma en que ambos empezaron a ocuparla. Senku se inclinó hacia delante. Gen mantuvo la espalda recta y las manos juntas. Cada pausa pareció convertirse en una oportunidad para preparar la siguiente respuesta, y cualquier pregunta empezó a escucharse como el anuncio de un nuevo ataque.
—¿Esto viene incluido en la cena o vas a cobrarme la consulta? —preguntó Senku, con una sonrisa que ya no tenía nada de relajada.
—Es una impresión personal —respondió Gen, apartándose un mechón del rostro—. Y tranquilízate alfa, que reconocer que has sido un imbécil también es gratis.
—Parece que disfrutas bastante diciéndomelo.
Gen sostuvo su mirada.
—Tú parecías disfrutar llamándome estafador —señaló—. Pensé que valorabas una conversación sincera.
El camarero apareció con los platos antes de que Senku contestara. Gen recibió la interrupción con alivio y una gratitud que reservó enteramente para el hombre que se acercaba. Le agradeció la comida, movió el vaso y se concentró durante unos segundos en el aroma de la pasta con setas. Todavía tenía hambre. Se negaba a permitir que aquella cita arruinara también la cena.
Senku dio las gracias con educación, retiró una servilleta que estorbaba y esperó a que el camarero se alejara. Gen observó aquel comportamiento perfectamente civilizado con una irritación renovada. El alfa conocía los modales, parecía incluso capaz de utilizarlos sin esfuerzo cuando le daba la gana.
Pensó en marcharse. Podría pagar su parte, pedir que envolvieran la comida y regresar a casa antes de que la noche empeorara. Pero la idea quedó atrapada en una obstinación desagradable, porque no quería levantarse mientras Senku permanecía allí, cómodo con la posibilidad de interpretar su retirada como una victoria. Reconoció lo absurdo del motivo y tomó el tenedor de todas formas.
Comieron en silencio durante algunos minutos. La pasta estaba buena, una circunstancia a la que Gen se aferró como a una compensación modesta. Al otro lado de la mesa, Senku cortaba la carne con movimientos más precisos de lo necesario. Cada vez que levantaban la mirada y se encontraban, alguno volvía al plato con una expresión un poco más cerrada.
Fue el alfa quien reanudó la conversación.
—¿Desde cuándo haces mentalismo? —preguntó, sin dejar el cuchillo.
Gen lo miró con desconfianza.
—¿Te interesa o estás reuniendo pruebas para denunciarme?
—Es una pregunta.—Senku levantó los ojos.
—Esta noche has utilizado varias como antesala de un insulto —respondió el omega, enroscando un poco de pasta en el tenedor—. Permíteme la precaución.
—Si prefieres no hablar de eso, basta con decirlo.—El alfa dejó los cubiertos sobre el plato durante un instante.
Gen sintió que la respuesta le rozaba exactamente el lugar equivocado. Ahora parecía que era él quien dificultaba una conversación inocente. Bebió agua antes de contestar, consciente de que estaba empezando a escuchar una intención hostil incluso donde quizá no la había. El problema era que Senku había trabajado con bastante dedicación para ganarse aquella desconfianza.
—Aprendí mis primeros trucos cuando era adolescente —explicó—. Después empecé a preparar números más largos y descubrí que me gustaba actuar ante el público.
Habló de los ensayos, de la memoria necesaria para algunas presentaciones y del trabajo que exigía mantener la atención de una sala. Lo hizo con frases concretas, sin ofrecer las pequeñas anécdotas que normalmente acompañaban aquella historia. Senku escuchó, pero empezó a formular preguntas cada vez más específicas sobre uno de los efectos mencionados.
Gen reconoció el empeño por encontrar el procedimiento. En otra persona, o en otro momento de la noche, aquella curiosidad le habría resultado agradable.
—¿Y cómo consigues que elija precisamente lo que necesitas? —preguntó el alfa, apoyándose en el respaldo.
—Depende del número —respondió Gen—. No todos funcionan de la misma manera.
—Esa respuesta no explica nada.
—No te he prometido una explicación completa.—El omega dejó el tenedor sobre el plato.
—Entonces quieres que acepte que funciona porque tú lo dices.
Gen lo observó unos segundos, intentando decidir si Senku estaba siendo deliberadamente difícil o si de verdad era incapaz de dejar de discutir.
—Quiero cenar sin tener que defender mis dos trabajos ante alguien que decidió despreciarlos antes de saber en qué consistían —respondió finalmente
—Hacer preguntas no es despreciar.—Senku se inclinó un poco hacia él.
—Llamarlo estafa sí —replicó Gen—. Y lo hiciste bastante antes de las preguntas.
La pausa que siguió no tuvo nada de tranquila. El omega volvió a comer, aunque ya estaba perdiendo el gusto por la pasta. Senku bebió agua y miró hacia la ventana. Gen tuvo la impresión de que ambos estaban esperando que el otro dijera algo que justificara responder todavía peor. Había una tensión agotadora en tener que vigilar incluso los silencios.
El tema cambió hacia el laboratorio por una observación del alfa, y Gen escuchó con una atención que no logró desprenderse del recelo. Senku explicó un problema reciente, la dificultad de obtener un resultado consistente y el trabajo que todavía les quedaba por delante. Sus ojos adquirieron aquella intensidad que el omega había encontrado atractiva al inicio de la cita.
Lo fastidió descubrir que seguía siendo capaz de interesarse. También lo fastidió sentirse obligado a demostrar que podía escuchar sin burlarse de algo que desconocía. Hizo una pregunta sobre la revisión de los resultados, genuinamente interesado en saber cómo decidían si una explicación era suficiente. Senku la recibió como si acabara de poner en duda su capacidad.
—Los revisamos entre varios. Gente que conoce el proyecto —respondió, con un énfasis que volvió innecesariamente áspera la última frase.
—Te estaba preguntando cómo trabajan —aclaró Gen—. No solicitando una plaza para supervisarte.
—Llevas media cena examinando todo lo que digo.
—Eres tú el que ha decidido que cualquier respuesta que no te favorece es un ataque.
—Resulta práctico que siempre puedas interpretar así a la otra persona.—Senku soltó una risa seca.
Gen sintió el impulso inmediato de devolverle algo más hiriente. Tuvo que apretar los dedos alrededor de la servilleta para detenerse un segundo. La irritación empezaba a volverlo tan rápido para responder como poco dispuesto a escuchar, y reconocerlo no consiguió mejorar su humor.
—No necesito interpretarte para oír lo que me estás diciendo —contestó el omega—. Pero si te incomoda tanto que haga preguntas, imagina lo agradable que ha sido recibir tus opiniones sin haberlas pedido.
Senku apartó la mirada hacia la ventana. Gen regresó al plato con una satisfacción demasiado breve para compensar el cansancio que empezaba a sentir. Cada pequeña victoria dejaba detrás otra frase pendiente, otra expresión rígida, otra razón para seguir a la defensiva.
El teléfono vibró dentro de su bolsillo. Ukyo quería saber cómo iba la noche. Gen leyó el mensaje mientras Senku pedía más agua. Consideró responder con una descripción completa, pero habría necesitado dejar de cenar para dedicarle a su amigo el informe que aquella catástrofe merecía. Finalmente le indicó que podía empezar a elegir una cafetería para cumplir con los desayunos prometidos y que, si tenía algún aprecio por él, evitara volver a organizarle una cita.
Guardó el teléfono y encontró al alfa observándolo con los brazos apoyados sobre la mesa y una expresión de desaprobación que terminó de tensarle los hombros.
—Por si no lo sabías, mirar el celular mientras estás conversando con alguien es de mala educación —comentó Senku, arrastrando las palabras con una calma irritante—. ¿O esas cosas no las enseñan en mentalismo?
Gen se quedó inmóvil, con la mano todavía dentro del bolsillo del abrigo. Lo miró durante unos segundos, esperando que alguna señal en su rostro indicara que acababa de reconocer la ironía de estar dándole una lección de educación después de todo lo que había dicho. Senku, sin embargo, sostuvo su mirada con una ceja levantada, como si todavía esperara una disculpa.
Gen quiso ahorcarlo. La idea le cruzó por la cabeza con una claridad que lo llevó a retirar lentamente la mano del bolsillo y ocuparla alrededor del vaso. Había tenido citas aburridas, incómodas e incluso desagradables, pero nunca había encontrado a alguien tan empeñado en superarse a sí mismo cada vez que abría la boca.
—Perdona —dijo, dejando escapar una risa breve, incrédula—. ¿Acabas de hablarme de buena educación?
—Te he señalado algo bastante básico —respondió Senku, recostándose en la silla—. Puedes esperar a terminar la conversación para contestar un mensaje.
Gen apretó un poco más los dedos alrededor del vaso. La tranquilidad con la que el alfa pronunciaba aquellas palabras estaba resultándole mucho más insoportable que si hubiera alzado la voz.
—Estabas pidiendo agua —aclaró, conservando una sonrisa tan rígida que empezaba a dolerle—. He aprovechado para responderle a Ukyo. Pero agradezco la lección; solo me sorprendió que supieras modales.
—No hace falta que conviertas cada comentario en una discusión.—La mandíbula de Senku se tensó.
Gen lo observó con una incredulidad renovada. Por un momento consideró llamar al camarero y pedir la cuenta de inmediato, aunque todavía le quedara comida. Después tomó aire, despacio, y apoyó el vaso sobre la mesa antes de responder.
—Entonces prueba a hacer uno que no sea ofensivo —dijo, inclinándose apenas hacia él—. Y tranquilo, ya guardé el teléfono. No quisiera perderme la próxima grosería; veo que te estás esforzando mucho.
Gen advirtió hasta qué punto se había deteriorado la conversación y sintió unas ganas repentinas de reír, esta vez por puro agotamiento. Dos horas antes se había sentado ilusionado frente a un hombre atractivo. Ahora calculaba cuánto faltaba para poder levantarse sin dejar media cena en el plato.
Y Senku seguía siendo demasiado guapo, aquello le parecía una crueldad innecesaria de la noche. Le gustaban sus manos, la línea de su cuello sobre la camisa y el color de sus ojos incluso cuando lo miraban con irritación. El rastro tenue de sus feromonas seguía resultándole agradable cuando se inclinaba hacia la mesa. Nada de eso conseguía suavizar la impresión que tenía de él; simplemente hacía más incómodo admitir que su atracción física se negaba a colaborar.
Cuando llegó la carta de postres, Gen vio una opción de chocolate que habría pedido en cualquier otra ocasión. Se detuvo en ella unos segundos, pensando que al menos podría llevarse algo bueno de la velada. El camarero empezó a describir las especialidades y Senku lo interrumpió antes de que terminara.
—Para mí, la cuenta —dijo, dejando la servilleta junto al plato.
Gen cerró la carta.
—Para mí también, gracias —añadió, devolviéndosela al camarero con una sonrisa amable.
El hombre asintió y se retiró. Senku acomodó su teléfono junto al vaso. Gen buscó la cartera dentro de su abrigo. Durante aquellos segundos no intercambiaron ninguna observación; el final de la cena parecía haberles devuelto una capacidad de cooperación que no habían conseguido mantener mientras conversaban.
Dividieron el pago con una rapidez casi reconfortante. Cada uno abonó exactamente lo suyo, sin insistir en invitar ni ofrecer una cortesía que el otro pudiera interpretar mal. Gen guardó la tarjeta y sintió un alivio inmediato. Había tenido suficiente de aquella mesa, de las sonrisas tensas y de la necesidad de preparar una defensa antes de responder una pregunta. Por primera vez en toda la cena, la expresión de Senku le permitió pensar que coincidían plenamente.
Salieron del restaurante con una cortesía tan escasa que apenas alcanzó para despedirse. Gen agradeció al personal, se acomodó el abrigo y anunció que tomaría un taxi. Senku señaló vagamente hacia el estacionamiento, donde había dejado su carro, y recibió un asentimiento breve como respuesta. Ninguno propuso acompañar al otro. Después de casi dos horas sosteniendo aquella conversación a fuerza de orgullo, separarse les produjo un alivio inmediato.
Senku llegó a su vehículo con las llaves apretadas entre los dedos. Abrió la puerta, se dejó caer en el asiento y la cerró con más fuerza de la necesaria. Durante unos segundos permaneció inmóvil, mirando a través del parabrisas mientras intentaba recuperar la tranquilidad que había tenido antes de entrar al restaurante. El silencio del interior debería haber ayudado. Sin embargo, todavía podía escuchar algunas de las respuestas de Gen, pronunciadas con aquella voz suave que conseguía volverlas mucho más irritantes.
Sacó el teléfono antes de encender el motor, Ryusui contestó al tercer tono, con una alegría que a Senku le resultó casi ofensiva.
—¿Ya terminaron? —preguntó, acomodándose en el sofá de su departamento—. Pensé que quizá se quedarían un poco más.
—No te debo nada —lo interrumpió Senku, apoyando la cabeza contra el asiento—. Absolutamente nada. La deuda está saldada, y no vuelvas a hacerme perder el tiempo de esta manera.
Al otro lado de la línea hubo un silencio, Ryusui apartó de sus piernas la manta que compartía con Ukyo y se incorporó lentamente. La seguridad con la que había esperado aquella llamada empezó a deshacerse antes de que pudiera formular una segunda pregunta.
—Espera, ¿qué pasó? —preguntó, frunciendo el ceño—. ¿Tan mal fue?
Senku cerró los ojos un instante.
—Preferiría tragar ácido sulfúrico antes que volver a encontrarme con Gen —respondió, con una claridad que no dejó demasiado espacio para interpretaciones.
Ryusui abrió la boca, la cerró y miró a Ukyo. Su novio lo observó con una curiosidad que pronto se convirtió en preocupación. Ryusui levantó una mano, pidiéndole un momento, mientras buscaba una respuesta apropiada para una frase que no figuraba entre los resultados posibles de sus planes.
—Bien —dijo finalmente, con una cautela poco habitual en él—. Entiendo que no se llevaron bien.
—Qué capacidad de deducción tan extraordinaria —replicó Senku, pasándose una mano por el cabello—. ¿De dónde sacaste que iba a llevarme bien con alguien que convierte cada frase en una oportunidad para analizarte?
—Gen es bastante perceptivo.
—Gen es insoportable.
Senku se inclinó hacia delante y apoyó el antebrazo sobre el volante. Ahora que había empezado a hablar, los detalles de la cena parecían acudir a su memoria en un orden especialmente conveniente para alimentar su mal humor. Recordó los comentarios del omega, la manera en que lo había observado después de cada respuesta y aquella satisfacción discreta cuando consiguió que admitiera lo del favor, sobre todo recordó sus propias manos quedándose quietas sobre el menú. La irritación volvió a tensarle los hombros.
—Se pasó la noche buscando algo que devolverme —continuó—. Si hacía una pregunta, estaba interrogándolo. Si respondía, estaba a la defensiva. Si no respondía, parecía que acababa de demostrar alguna de sus teorías sobre mí.
Ryusui escuchó sin interrumpirlo. Conocía lo suficiente a su amigo para reconocer cuándo un relato estaba dejando partes importantes fuera, y aquella versión de los hechos tenía unos huecos bastante evidentes.
—¿Y tú qué le dijiste? —preguntó.
—Solo hice un comentario sobre sus trabajos. No esperaba que termináramos discutiendo toda la noche.—Senku apartó la mirada hacia el parabrisas.
—¿Qué clase de comentario?—Ryusui se frotó lentamente la frente.
Senku recordó la frase exacta. La escuchó de nuevo en su cabeza, con sus dos estafas y aquella sonrisa que había creído ingeniosa. Repetírsela a Ryusui no le pareció una idea especialmente atractiva.
—Ese no es el punto —respondió.
—Empiezo a sospechar que podría serlo.
—El punto es que fui, cené, pagué y soporté casi dos horas de una conversación que no tengo intención de repetir —sentenció Senku, enderezándose en el asiento—. Tu favor está devuelto. No vuelvas a reservarme una mesa con nadie.
Ryusui dejó escapar un suspiro. A su lado, el teléfono de Ukyo comenzó a vibrar sobre el sofá. El omega miró la pantalla, leyó el nombre de Gen y levantó la vista hacia él. Durante un segundo se observaron con una comprensión alarmante.
—De acuerdo —respondió Ryusui, concentrándose otra vez en la llamada—. No voy a organizarte otra cita.
—Excelente. Por fin algo útil ha salido de esta noche.
Senku terminó la llamada antes de que su amigo pudiera hacer otra pregunta. Dejó el teléfono en el asiento del copiloto y permaneció unos segundos mirando el tablero apagado. Había esperado sentirse mejor después de reclamarle a Ryusui, pero todavía conservaba aquella incomodidad persistente, difícil de separar del enfado.
La sonrisa de Gen volvió a cruzársele por la cabeza. No la del final de la cena, rígida y llena de intención, sino la primera, cuando se había sentado frente a él y todavía parecía contento de estar allí. Senku chasqueó la lengua, apartó el recuerdo y encendió el motor.
A unas calles del restaurante, Gen se acomodaba en el asiento trasero de un taxi con una paciencia completamente agotada. Le dio su dirección al conductor, se abrochó el cinturón y apoyó la cabeza contra el respaldo. Las luces de Tokio empezaron a deslizarse por la ventanilla, mezclándose con su reflejo mientras sacaba el teléfono del bolsillo.
Encontró varios mensajes de Ukyo preguntando si todo estaba bien. Gen los miró con una incredulidad cansada. Podría haber respondido por escrito, pero la indignación que llevaba acumulada no cabía cómodamente en una pantalla. Pulsó el botón de llamada y esperó, tamborileando con los dedos sobre su rodilla.
Ukyo contestó casi de inmediato.
—Gen, ¿ya saliste? —preguntó, poniéndose de pie para alejarse un poco de Ryusui—. Estaba esperando que…
—Me debes mis desayunos —lo interrumpió el omega, con una serenidad que le duró exactamente hasta la siguiente frase—. Un mes entero. En el lugar más caro de Tokio. Y voy a pedir todo lo que encuentre en la carta.
Ukyo se detuvo junto a la entrada de la cocina.
—Por supuesto —respondió, mirando de reojo hacia el sofá—. Pero dime, ¿Tan mal te fue?
Gen soltó una risa breve, incrédula, y giró el rostro hacia la ventana.
—Es el alfa más insoportable, cretino e imbécil que he conocido en toda mi vida —declaró—. Y quiero que entiendas que estoy eligiendo esas tres palabras después de descartar varias peores.
El conductor levantó fugazmente los ojos hacia el espejo retrovisor. Gen lo advirtió y bajó un poco la voz, aunque aquello no consiguió reducir la intensidad de su indignación.
—¿Qué paso?—Ukyo se llevó una mano a la boca.
—¿Por dónde quieres que empiece? —preguntó Gen, acomodándose de lado en el asiento—. ¿Por la parte en que llamó estafa a mis dos trabajos o por aquella en que decidió que mi cabello me hace parecer poco profesional?
Ukyo guardó silencio y Gen se apartó un mechón de la frente y lo sostuvo brevemente entre los dedos, como si todavía le costara creer que aquel detalle hubiera terminado formando parte de la discusión.
—Sí, Ukyo. Mi cabello —insistió—. El hombre que parece haber discutido con todos los peines de Tokio se sintió capacitado para darme recomendaciones de imagen.
—¿De verdad te dijo eso? —preguntó su amigo, cada vez más desconcertado.
—Que si en el hospital no me decían nada. Que no parecía serio presentarme así. Después de asegurar que le saco dinero a gente desesperada durante el día y que por las noches hago lo mismo sobre un escenario.
Ukyo cerró los ojos, había esperado una noche incómoda, quizá alguna diferencia de carácter que pudiera explicar el enfado de ambos. Aquello era bastante peor que una simple falta de química. Volvió a mirar hacia Ryusui, que seguía sentado en el sofá con el teléfono ya apartado de la oreja, y negó lentamente con la cabeza.
—Gen, lo siento —dijo, apoyándose contra la encimera—. Cuando lo conocí no se comportó así. Jamás habría pensado que iba a hablarte de esa manera.
Gen exhaló despacio. Parte de la tensión de su rostro cedió al escuchar la sinceridad de su amigo, aunque el enfado seguía instalado debajo de las costillas.
—Lo sé —respondió—. Pero tus métodos de selección necesitan una revisión urgente.
—Creo que voy a retirarme de esa actividad.
—Te lo agradecería muchísimo.
Ukyo dejó escapar una risa pequeña, más nerviosa que divertida. Gen se frotó la frente y observó durante unos segundos los escaparates que pasaban al otro lado del cristal. Recordó el momento en que había guardado el teléfono, todavía intentando contenerse, y volvió a incorporarse ligeramente en el asiento.
—Y eso no fue todo —añadió—. ¿Sabes qué hizo cuando te respondí el mensaje?
—¿Qué?
—Me dio una lección de buena educación. A mí. Después de pasarse la cena insultándome, tuvo el descaro de decir que era de mala educación mirar el celular mientras conversaba con él. Y preguntó si esas cosas no las enseñaban en mentalismo.
Ukyo se quedó callado unos segundos.
—Eso fue muy desagradable —admitió finalmente.
—Tuve que agarrar el vaso para mantener las manos ocupadas —confesó Gen, con una indignación tan sincera que su amigo soltó una risa involuntaria—. No te rías. Estoy hablándote de una noche espantosa.
—Perdón —respondió Ukyo, intentando recuperar la seriedad—. Es que puedo imaginar tu cara.
—Entonces imagina también la suya cuando le respondí.
El silencio que siguió tuvo una cualidad distinta. Ukyo lo conocía demasiado bien para no advertir que, en algún momento de la cena, Gen había dejado de limitarse a soportar los comentarios.
—Le respondiste —observó con cautela.
—Por supuesto que le respondí —replicó el omega—. ¿Qué esperabas que hiciera? ¿Felicitarlo por su sinceridad y dejarle una propina?
Ukyo volvió a reír, esta vez con un poco menos de culpa. Gen empezó a contarle cómo había descubierto que Senku estaba allí para devolverle un favor a Ryusui, cómo se había quedado quieto cuando le señaló sus gestos y de qué manera reaccionó al recibir una opinión que no le resultaba agradable. Mientras hablaba, recuperó algo de la satisfacción que había sentido al conseguir incomodarlo. Le duró poco. Habría preferido no necesitar defenderse durante toda la noche.
—Lo peor es que no sabía detenerse —dijo, dejando caer la mano sobre su regazo—. Cada vez que parecía que íbamos a tener una conversación normal, abría la boca y lo arruinaba. Era casi admirable la constancia.
Ukyo miró hacia Ryusui, que se había levantado del sofá y lo observaba desde el otro lado de la sala.
—Creo que esta vez nos equivocamos bastante —admitió.
—Bastante es una palabra muy generosa.
—Te debo esos desayunos —concedió Ukyo, sin intentar discutir.
Gen apoyó de nuevo la cabeza contra el asiento. La confirmación le produjo una pequeña satisfacción que decidió aceptar sin cuestionarla.
—Empezamos mañana —anunció—. Voy a elegir un sitio donde hasta el agua venga acompañada de una explicación absurda sobre su origen.
Ukyo sonrió con resignación.
La llamada terminó algunos minutos después, cuando el taxi se acercaba al departamento de Gen. El omega guardó el teléfono y contempló su reflejo en la ventanilla. Todavía estaba molesto, pero haberlo contado le había permitido respirar con un poco más de calma. Al menos Ukyo comprendía la magnitud del desastre. Al menos no había intentado convencerlo de que Senku merecía otra oportunidad.
En el departamento de Ryusui, el silencio regresó con una incomodidad nueva. Ukyo dejó el móvil sobre la mesa y se volvió hacia su novio. Ryusui lo observó con los brazos cruzados y una expresión que ya no conservaba nada del entusiasmo con el que había organizado aquella cena.
—Senku dice que no quiere volver a verlo —comentó.
—Gen tampoco —respondió Ukyo, sentándose a su lado.
A varios kilómetros de allí, Senku conducía hacia su departamento convencido de que no volvería a aceptar un favor sin acordar primero cómo tendría que devolverlo. Gen bajaba del taxi con la decisión igualmente firme de mantener a Ukyo lejos de su vida sentimental durante una temporada considerable. Ambos querían una ducha, silencio y suficientes horas de sueño para dejar de escuchar la voz del otro dentro de su cabeza. La noche había terminado; para los dos, lo único sensato era asegurarse de que jamás se repitiera.
