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La luz del sol se colaba por los vitrales de la iglesia, los pasos de las personas que entraban y salían hacían eco, las rodillas le dolían de estar hincado en la banca y el rosario le quemaba las palmas de la mano. Desde que tiene uso de razón, Santiago iba todos los domingos a misa. Era un ritual grabado en su rutina, tan automático como persignarse cuando iba a entrar a la cancha o cuando sus compañeros iban a patear un penal. La religión siempre había sido su refugio y su propia condena.
Desde el altar, el sacerdote hablaba del bien y del mal, de la pureza y la tentación, y Santiago lo escuchaba, de alguna forma sintiéndose un impostor. “No te echarás con varón como con mujer; es abominación, es perversión(...)En ninguna de estas cosas os amancillaréis; pues en todas estas cosas se han corrompido las naciones que yo echo de delante de vosotros, y la tierra fue contaminada; y yo visité su maldad sobre ella, y la tierra vomitó sus moradores. Guardad, pues, vosotros mis estatutos y mis ordenanzas, y no hagáis ninguna de estas abominaciones, ni el natural ni el extranjero que mora entre vosotros (...)”
Desde muy pequeño, le habían inculcado que las relaciones entre personas del mismo sexo eran pecado, que estaba mal y que si lo hacía, iba a terminar en el infierno, si es que este existía. Toda su vida le habían dicho que aquello que sentía era una desviación, que de alguna forma era una mancha incurable. Con cada palabra, Santiago sentía que le estaban clavando un botín en el pecho. Con la cabeza gacha y los ojos cerrados, Santiago repetía el Padre Nuestro de forma automática. Perdóname, Padre, porque he pecado. Se lo repetía una y otra vez, tratando de convencerse pero las palabras le sabían a mentira.
Deslizó el pulgar por las cuentas desgastadas del rosario, era de madera, simple, rústico. En su bolso, escondido siempre en un doble fondo entre las vendas, las canilleras y la ropa sucia, ese rosario viajaba con él a cada concentración. Era el rosario que le había regalado su abuela la tarde que firmó su primer contrato profesional. «Para que la Virgencita te cuide el arco y te mantenga por el buen camino», le había dicho.
Por eso seguía yendo a la iglesia cada domingo, doblando las rodillas hasta que se le acalambraban, rogando en silencio que Dios le arrancara esa necesidad visceral que sentía por Joaquín. Rezaba para que la culpa funcionara como un muro. Pero la contradicción era insoportable, si lo que hacía con Joaquín estaba tan mal, si era un pecado que lo iba a condenar, ¿por qué era lo único que se sentía bien?
Al ser arquero se había acostumbrado a convivir con el miedo al error, sabiendo que un paso en falso o reacción lenta, le podía valer un gol al equipo contrario. Pero los pensamientos que surgen en su cabeza cuando las luces de la concentración se apagaban eran mucho peores. El pánico de decepcionar a su familia formaba un ruido ensordecedor que lo ahogaba, y el único que era capaz de lograr apagar esos pensamientos, de devolverle el aire y la cordura, era Joaquín.
El vestuario olía a pasto húmedo y a transpiración. Después de una práctica durísima bajo la lluvia, el plantel se estaba cambiando entre música y los clásicos chistes pesados. Santiago estaba sentado en su banco tratando de pasar desapercibido mirando un punto fijo mientras se sacaba las vendas de las manos.
—Che, ¿vieron a Nicolas Bolcato en la tele ayer? el arquero de Independiente Rivadavia—había preguntado uno de los delanteros, mientras se secaba el pelo con una toalla— Mamita, cómo hablaba... un poco más y se ponía a llorar, tremendo puto. Si el domingo le tiramos dos centros al área, se desmaya del susto.
Las risas estallaron en el vestuario, Santiago sintió que la sangre se le congelaba pero mantuvo la vista fija en la venda blanca que le envolvía la mano, paralizado. Si levantaba la mirada, sabía que los ojos lo iban a vender. En ese momento, el más mínimo gesto fuera de lugar se sentía como una sentencia de muerte.
El ambiente del fútbol no perdonaba los chistes ni las cargadas homofóbicas, y Santiago eso lo sabía bien. No tiene porque afectar, pero de alguna forma, esos comentarios siempre lograban generar una incomodidad que no llegaba a entender del todo. Lo único que sí entendía era que tal vez nunca iba a poder ser el mismo dentro de un vestuario, sea el país que sea y sea el club que sea.
—Eh, Angel preocúpate por pegarle bien al arco el domingo en vez de acusar a alguien de puto—le retrucó Joaquín a Correa, tirándole una botella de agua vacía por la cabeza. Lo dijo riéndose, con esa soltura que lo caracterizaba, cambiando el foco de atención al instante—. Le erraste como cinco veces hoy en la práctica, dejá de boquear.
El vestuario se llenó de chistes hacia el delantero mientras el comentario homofóbico quedó olvidado. Joaquín se colgó el bolso al hombro y, antes de salir hacia el estacionamiento, busco con sus ojos a Santiago. Un cruce de ojos imperceptible para el resto, pero cargado de algo que solo ellos sabían.
El mayor consideraba a Joaquín como un faro de luz, de alguna forma, el menor lo guiaba en la oscuridad y era el único capaz de apagar los pensamientos que constantemente rondaban en su cabeza, que siempre giraban en torno a la misma encrucijada. Su deseo y su fe. ¿Se podía ser homosexual y, al mismo tiempo, un buen siervo de Dios? ¿Eran compatibles sus rodillas gastadas de tanto rezar con la forma en que le quemaban esas mismas rodillas al estar arrodillado ante a su compañero?.
Faltaban menos de veinticuatro horas para el partido. Acostado en la cama que compartían, Santiago llevaba media hora dándole vueltas al rosario, tironeando de él y jugando con la cruz entre sus manos. El murmullo de sus propias oraciones se mezclaba con el ruido de la noche tucumana que entraba por la ventana. Sentía que estaba al borde de un ataque de ansiedad. Dios, ayúdame. Ayúdame a ser normal, suplicaba hacia el techo oscuro.
La puerta del baño se abrió y el vapor invadió la habitación, seguido del olor a jabón y shampoo. Joaquín salió secándose el pelo con una toalla pequeña, descalzo, con un pantalón corto de entrenamiento y el torso desnudo. Al ver a Santiago en la cama con la mirada perdida, Joaquín suspiró despacio, tiró la toalla sobre una silla y se acercó hacia él.
La cama se hundió bajo su peso cuando se sentó a su lado. Con una lentitud estudiada, Joaquín estiró la mano y cubrió los dedos de Santiago, obligándolo a aflojar el puño que apretaba el rosario contra el pecho. El roce de la piel tibia de Joaquín contra los nudillos blancos de Santiago fue como una descarga eléctrica.
— Siento que estoy haciendo algo mal —confesó Santiago, con la voz rota, casi inaudible. No se animaba a mirarlo; mantenía los ojos fijos en la cruz de madera oscura que ahora descansaba entre las manos de ambos—. Pienso en lo que hacemos, en ir el domingo a la iglesia y volver a pedir perdón por lo mismo....
Joaquín no lo juzgó. No se enojó, ni le soltó la mano. Simplemente le tomó la barbilla con una suavidad infinita y lo obligó a levantar la mirada, acortando la distancia.
—Si te hace sentir tan mal, si sentís que te estoy arruinando la vida, podes decirmelo —contestó Joaquín, con la voz serena, pero con un filo de tristeza innegable—. Pero sabés que acá no hay nada malo, Santi. Sabes que nadie te va a juzgar por lo que sentís, ni por lo que haces a puertas cerradas. Nadie, ni Dios, ni Jesús
Santiago negó con la cabeza al instante, sintiendo un nudo en la garganta. Soltó el rosario, dejándolo caer sobre el acolchado, y agarró a Joaquín por la cintura con desesperación, atrayéndolo hacia él. La sola idea de que Joaquín cumpliera su palabra y se alejara le daba un terror mil veces más grande que el castigo divino.
—No te vayas —le suplicó Santiago contra el cuello, aspirando el olor a limpio de su piel— Te necesito.
Cuando Joaquín levantó el rostro y sus labios finalmente se encontraron, el debate que Santiago tenía en su cabeza se apagó por completo.
El beso empezó con lentitud, como si Joaquín estuviera midiendo el terreno, asegurándose de que Santiago no se arrepintiera. Pero el mayor no quería delicadeza; quería redención. Sus manos, todavía temblorosas por la ansiedad de unos minutos atrás, subieron por la espalda desnuda de Joaquín, aferrándose a sus hombros con la fuerza de un hombre que se está ahogando.
Santiago abrió la boca, profundizando el beso con una urgencia que hizo que Joaquín soltara un suspiro grave contra sus labios. El sabor a menta de la pasta de dientes y la humedad caliente de la boca del menor barrieron con cualquier rastro de culpa. Cada contacto, cada beso, cada caricia Santiago lo sentía como una experiencia religiosa; de alguna forma, sentía que resucitaba cada vez que estaban juntos.
Joaquín se dejó llevar por la desesperación del arquero. Avanzó hasta que sus rodillas quedaron a ambos lados de las caderas de Santiago, obligándolo a recostarse por completo sobre el colchón. El peso del cuerpo de Joaquín sobre el suyo lo ancló a la realidad. Santiago dejó caer la cabeza contra la almohada, cerrando los ojos mientras Joaquín le repartía besos húmedos y febriles por la mandíbula, bajando por el cuello hasta detenerse en el pulso acelerado de su garganta.
—Estás temblando —murmuró Joaquín contra su piel, con la voz ronca, acariciándole los costados del torso por encima de la tela de la remera de entrenamiento.
—Sacámela —suplicó Santiago, con los ojos cerrados y la respiración entrecortada. No era una orden; era un ruego.
Joaquín obedeció al instante. Le agarró el dobladillo de la remera y, en un movimiento rápido, se la sacó por la cabeza, tirándola al piso, lejos de la cama. Al sentir el aire acondicionado de la habitación chocar contra su pecho desnudo, Santiago se estremeció, pero el frío duró apenas un segundo. Joaquín volvió a cubrirlo, pegando su torso caliente y todavía un poco húmedo por la ducha contra el de él. El roce de la piel desnuda contra la piel desnuda fue una descarga eléctrica que le quemó las venas.
Santiago deslizó las manos por la cintura de Joaquín, metiendo los dedos por debajo del elástico del pantalón corto. Cada caricia que le devolvía el menor era un rezo, cada roce de sus manos bajando por su abdomen silenciaba su mente. Cada vez que estaban juntos, el mayor sentía que llegaba al cielo. Empezaba a entender que estar con Joaquín, pegado a su cuerpo como si de algo vital se tratase, no era un pecado; el único pecado hubiera sido negarse a sentir esto.
La habitación estaba a oscuras, iluminada apenas por la luz anaranjada de la calle que se colaba por las cortinas del hotel. Joaquín se deshizo de su propio pantalón y ayudó a Santiago a hacer lo mismo, hasta que no quedó ninguna barrera entre los dos. Cuando Joaquín volvió a besarlo, esta vez con una necesidad cruda, hambrienta, el mundo entero de Santiago se redujo a esas cuatro paredes.
El arquero lo tomó de las caderas, invirtiendo las posiciones en un movimiento brusco que logró sacarle un gemido a Joaquín de la boca. Ahora era Santiago quien estaba encima, acorralando a Joaquín contra las sábanas desordenadas. El menor lo miró desde abajo, con los ojos brillantes en la penumbra, el pecho subiendo y bajando con fuerza, y una sonrisa ladeada que a Santiago le desarmó la poca cordura que le quedaba.
Santiago bajó la cabeza y volvió a besarlo en los labios, enredando una mano en el pelo húmedo de Joaquín mientras la otra exploraba su cuerpo con adoración, trazando la línea de su vientre, buscando los lugares que sabía que lo hacían suspirar.
Joaquín arqueó la espalda, soltando un gemido ronco que tuvo que ahogar mordiéndose el labio inferior. Las paredes del hotel eran de papel, y el resto del equipo dormía en las habitaciones contiguas. Esa necesidad de hacer silencio, de ahogar los sonidos contra las almohadas y los cuellos del otro, volvía todo muchísimo más intenso.
—Santi... —jadeó Joaquín cuando el mayor bajó los besos por su pecho, trazando un camino de fuego hasta su ombligo—. Por favor...
Santiago sentía que el corazón le iba a reventar contra las costillas. Ya no había infierno, no había prensa, no había director técnico ni miradas juzgadoras en el vestuario. Mientras se movían juntos en la oscuridad, aferrados el uno al otro, buscando el mismo ritmo frenético, Santiago entendió que ningún altar le iba a dar jamás la paz que encontraba en las manos de Joaquín clavándose en su espalda.
Cuando el clímax alcanzó a los dos casi al mismo tiempo, Santiago escondió el rostro en el hueco del cuello de Joaquín, ahogando un grito sordo contra su piel. Se derrumbó sobre él, temblando de pies a cabeza, con la respiración rota y el cuerpo bañado en sudor. Joaquín lo abrazó con fuerza, acariciándole la nuca con dulzura mientras esperaban que las pulsaciones volvieran a la normalidad.
El rosario de madera había quedado completamente olvidado en el suelo de la habitación, y por primera vez en su vida, abrazado al pecho del hombre que amaba, Santiago no sintió ni una sola gota de culpa.
