Work Text:
Un tema viejo de Tan Bionica sonaba desde el televisor en medio del living, el cual se mezclaba perfectamente con el ruido de la aspiradora que Paulo pasaba por el sillón y el viento que entraba por el balcón abierto.
Ya había pasado más de una hora desde que había empezado a limpiar sin limpiar demasiado. Había movido un par de muebles y sacado el polvo de los libros decorativos que tenía sobre un esquinero, dejando para el final la parte que en verdad importaba.
En el balcón, las fresias que había plantado en mayo seguían cerradas. Mientras la canción terminaba, Paulo se acercó más a la gran maceta.
–Dale –murmuró, como si unas flores pudieran escucharlo.
Cerró el ventanal y volvió para la cocina, donde estaba su celular para cambiar de canción. Su playlist elegida empezaba con una canción calma de Lali, pensaba hace cuanto no escuchaba ese álbum —Brava– y en cuándo fue la última vez que veía a la artista interpretar esas melodías.
Siguió ordenando su casa durante un rato más mientras las canciones iban pasando de manera aleatoria, luego de un rato comenzó a sonar uno de sus más recientes descubrimientos musicales: 1AMOR, al escuchar la primera estrofa sonrió y le subió el volumen.
No era que la canción fuera de sus favoritas, pero mirando hacia el balcón y sintiendo la energía que transmitía la melodía y la letra, creía que una simple canción podía hacer que por fin sus fresias abrieran sus pétalos; o bueno, tal vez solo se veía reflejado en ellas y era él quien quería abrir los pétalos de su corazón y permitir que una rafaga de cariño ajeno llegara y lo desordenara.
Pero aunque el sol iluminaba hermosamente el balcón, Paulo sabía que aquella era luz era engañosa, el aire gélido todavía lo rodeaba, y por eso tal vez tenía tanto miedo de que sus fresias no se abrieran. Soltó un suspiro exagerado, como si exhalar el aire de sus pulmones se llevara consigo esos pensamientos que llegaron hace apenas unos segundos.
Al apoyar su celular sobre el mueble pudo percibir cómo sonaba una notificación, y después otra, y una última segundos después. Desconcertado se levantó y la pantalla se iluminó automáticamente.
Tardó unos segundos de ubicar el número que le escribía, no porque el contacto estuviera desagendado, pero “B7” no era una combinación que supo reconocer fácil, hasta que miró hacia la pared que separaba su departamento con el de al lado, y finalmente entendió.
Leandro B7:
vecino
altos temas
[STICKER]
Paulo miró fijo la pantalla de su celular, ¿por qué el vecino le mandaría un mensaje de la nada? Ante el pánico y la duda decidió agarrar el control remoto y, apuntando al televisor, bajar el volumen. La sorpresa más grande vino cuando unos segundos después el ringtone volvió a sorprenderlo.
Leandro B7:
si sabia que escribiendote le ibas a bajar
mejor no te mandaba nada
Ahora sí no podía negar que un poco se había sonrojado. Soltó una risa nasal y regresó la vista a los mensajes que le había mandado su vecino. No sabía qué responder y muchos menos recordar si alguna vez había entablado una conversación con él más allá de ciertos saludos fugaces en el ascensor.
Borraba y volvía a teclear sobre la pantalla. Antes de intentar seguir descifrando que ponerle, entró a la información de contacto y miró la foto de perfil de Leandro, sus ojos celestes en contraste con su piel bronceada eran lo que más resaltaba de la foto, seguido a eso los ojos de paulo fueron a la campera de Boca que llevaba puesta Leandro. Unos segundos después del análisis hizo zoom y notó un tatuaje en el medio del cuello.
Vivere
Paulo:
Perdon jajaj
Cuando apretó el botón de enviar enseguida vió como su vecino ya había leído el mensaje, volvió a subir el volumen de la canción que ya estaba llegando a su final.
Leandro B7:
ahora me siento culpable
Paulo:
Por???
Leandro B7:
nose
te corte el momento
Paulo:
Ah tranqui
Después de cerrar WhatsApp abrió nuevamente la aplicación en donde estaba pasando música y cambió de playlist. No era que se hubiera aburrido de la música que estaba pasando pero prácticamente ya había terminado de limpiar y no tenía mucho más que hacer.
El sol empezó a descender cuando Paulo se acostó en su cama, el edredón blanco y voluminoso que estaba debajo de él lo abrazaba por la espalda, las cortinas traslúcidas difuminan la luz que entra desde el oeste y tiñe la habitación de un tono naranja, seguramente lo mismo pasaba con el resto del departamento.
La calidez que Paulo sentía era un antónimo de la música que se estaba reproduciendo en el otro ambiente, si bien el volumen del televisor era bajo todavía se podía escuchar perfectamente. Cómo podía ser que la fila de reproducción se haya distorsionado tanto como para llegar al Rock Nacional, eso pensaba.
Por aburrimiento se levantó y caminó hasta quedar frente al gran pesado de vidrio que lo separaba del balcón, que a su vez lo alejaban del viento fresco de afuera que azotaba a sus plantines. El sol le pegaba en el rostro y hacía que la sensación de frío se sintiera tan lejana que lo sorprendía.
Y las fresias siguen ahí, esperando que llegue el momento justo para romperse y liberar la belleza que escondían dentro.
¿De qué manera podía Paulo hacer para seguir el mismo camino que sus flores favoritas?
El pensamiento se borró cuando desde su habitación escuchó su celular sonar, hoy parecía el día en el que el universo quería que Paulo no se concentrara. Había algo –o alguien– que lo estaba perturbando. mirando una última vez al balcón camino hasta el cuarto y desbloqueó su celular.
Leandro B7:
que pasó vecino?
no te banque estos temas
Paulo:
Jajaj pero estoy escuchando yo
No vos
Leandro B7:
pero estas con el volumen al mango
es como si estuviera en tu depa
Paulo:
Bueno ahí le bajo
Feliz?
Leandro:
nono
no me molesta
Paulo:
Y entonces?
Leandro B7:
Que me pones re bajon con temas así
barro tal vez un sábado no pega mucho
no salís hoy?
manijeate un poco noseee
Paulo:
No salgo
Leandro B7:
que aburrido
y que haces de tu vida
Paulo:
Cocinar algo
O eso también te parece aburrido?
Vos que haces? Rey de la diversión
Leandro B7:
yo estoy esperando una invitación a cenar de tu parte
si me pones temas así por lo menos matame el bajón con una comida
Paulo leyó los mensajes que había recibido, y los volvió a leer. No sabia que era lo que le estaba pasando, ¿por qué Leandro le estaba hablando de la nada? No sabía si estaba hablando en serio o simplemente estaba aprovechando para hacerle una joda y seguirlo molestando, y aunque probablemente las dos opciones eran correctas la verdadera pregunta resultaba ser qué era lo que movilizaba tanto.
Salió de su habitación y levantó la mirada, en unos segundos escaneo su departamento que ya estaba por quedarse en completa oscuridad por la ausencia del sol. Estaba todo impoluto, si lo pensaba bien no era tan mala idea aceptar que su vecino vaya a su casa.
¿Qué era lo peor que podía pasar?
Paulo:
Bueno
Leandro B7:
bueno que?
Paulo:
no querías venir a cenar?
Leandro B7:
ah posta me estas invitando
Paulo:
Te mando una invitación de canva para que lo tomes en serio?
Leandro B7:
dame 20 minutos
Tiró el celular al sillón y empezó a recorrer los ambientes de la casa mientras encendía todas las lámparas y luces bajas que tenía. Mientras tanto pensaba que tenía veinte minutos por si quería arrepentirse.
Encendió unas velas aromáticas que le había regalado su mamá y se entró a bañar, esperando que al salir la casa estuviera acondicionado para cuando empezara lo que sea que estuviera por pasar: una juntada como amigos, una simple cena o tal vez una cita.
La última palabra no le gustaba para nada.
La ducha fue rápida y el momento de elegir que se iba a poner fue mucho más rápido. Paulo tocó con la yema de sus dedos las tapas de los perfumes que estaban sobre un mueble y pensó cuál sería el ideal para la ocasión, no quería que fuera muy extravagante tampoco.
Cuello, muñecas, detrás de las orejas y en la nuca dió las últimas atomizaciones de la fragancia elegida, en ese momento escuchó como el sonido del timbre retumbó por toda la casa. Hasta ese momento no estaba tan nervioso, pero cuando se encontró atras de la puerta sintió como el corazón se le acelera y una sensación de hiperactividad se apoderaba de su cuerpo, tenía adrenalina en su cuerpo como para correr los kilómetros de opción participativa de una media maratón.
Apoyó la mano sobre el picaporte y abrió despacio la puerta, asomó la mitad del cuerpo y pudo verlo a él, su vecino. Un buzo Adidas de color azul marino fue lo primero que le generó interés hasta que prestó atencion a los ojos celestes de Leandro quienes le respondieron con un parpadeo y un contacto que se rompio a los pocos segundos.
—Hola —fue el invitado quien rompió el silencio inicial.
—Holi —Paulo abrió la puerta en su totalidad y espero a que pase—. ¿Leandro, no? Pasá tranqui.
—Decime Lea, sino siento que sigo en el laburo.. —cuando la puerta se cerró detrás de él no pudo evitar admirar cómo estaba decorado el departamento ajeno y como el aroma a vainilla lo envolvía—. Qué raro que no estés escuchando música vos, hoy que estuviste todo el día
—Y si los últimos temas que puse me los criticaste, gil.
Paulo sobrepasó a Leandro por la izquierda, y tomó el control remoto para prender el televisor, seguido a eso en la pantalla apareció el perfil de Spotify de Paulo.
—A ver, crack de la música, ¿qué querés escuchar? —Le dijo con un tono jodón que no era muy característico de él, y menos cuando era la primera vez que se conocía a alguien; pero era como si a Leandro ya lo conociera, sentía una confianza en él que todavía no podía explicar.
—Y.. a mi me gusta más Vivaldi, o tal vez algo tipo José José —tiró sin miedo, pero cuando vió la cara inexpresiva de su contrario no pudo evitar reírse—. Te estoy jodiendo boludo, pone Trueno o Feid, no sé.
—Bue con esos gustos venís a criticar los míos, andá —se rió y escribió rápido para poner una playlist del segundo artista que le nombró—. Vení, dale.
Paulo le sonrió y con su brazo izquierdo le pegó en el derecho a Leandro, posterior a eso fue caminando hacía la cocina y a mitad de camino giró la cabeza para atrás y ver si lo estaba siguiendo. Sobre la isla estaba la mise en place para empezar a cocinar, sobre una hornalla prendida el agua estaba por empezar a hervir.
—Ah bueno, ¿vas a cocinar vos? —por la forma de hablar, se notaba a Paredes sorprendido.
—Cocinarnos —lo corrigió—. ¿O querés pedir una hamburguesa y que llegue fría?
—Una McMelt nunca me llegaría fría
—Bueno anda a buscar a otro vecino para comerte una McMelt y escucharlo a Salo —Paulo se quejó y lo miró a los ojos, podía notar como una sonrisa aparecía en la cara de Leandro.
—Ni en pedo, si los demás del piso son todas unas viejas gagás —se apoyó en la isla y miró los ingredientes que estaban encima de ella y empezó a enumerarlos uno por uno.
Paulo, mientras tanto, no paraba de mirar el tatuaje que Leandro tenía en su cuello hasta que subió la vista hasta sus labios, no los observaba precisamente con deseo, pero había algo que los hacía mirarlos.
-¿Y qué vas a preparar con esto? -Leandro notó cómo lo miraba y lo interrumpió.
-Fettuccine Pomodoro -le respondió serio y con una pronunciación en un italiano perfecto. Ninguno de los dos pudo evitar soltar una carcajada.
-Bueena, Paulo el Tano, ¿por qué no pones a Ricci E Poveri también?
Paulo empezó a reírse más pero entre risas pudo encontrar las palabras que quería-. Creo que prefiero escuchar a Tony Renis.. o a Raffaella Carrà.
—¿Quién sos chabón? Ni mi nonna
Paulo tomó su celular y empezó a pasar música típica italiana mientras ambos peleaban sobre quién era más fantasma si de hacerse el italiano se trataba. A su vez que hablaban, el anfitrión era el encargado de preparar la cena y Leandro lo observaba sin descaro.
La remera marrón que llevaba puesta se ajustaba a su cuerpo y combinaba con su joggin gris, unas medias blancas tocaban con naturalidad el piso de madera. Mientras Paulo estaba centrado revolviendo la salsa y le daba la espalda, Leandro no podía evitar no mirarle la cintura e incluso un poco más abajo de ella. Carraspeó su garganta seca, acción que llama la atención del castaño oscuro.
—¿Estás bien, querés agua? —Paulo se giró.
—Si, si, estoy bien -intentó, con la mano derecha, tapar su cara de vergüenza. Lo aceptaba, Paulo le parecía lindo pibe desde la primera vez que se lo cruzó en el ascensor, no sabia como le había dado la cara para sacar su número del grupo del edificio y escribirle.
—Trae el agua de la heladera si querés, yo saco los vasos de acá -le señaló la heladera con calma, intentando transmitir que no tenía problema que la abriera.
Lea acató la orden y rodeó la isla para agarrar la jarra de agua fría, sirvió en ambos vasos y le pasó uno a Paulo que le estaba extendiendo el brazo para agarrarlo.
—Servite —Paredes se acercó y antes de darle el vaso, apoyó sin miedo su mano izquierda en la cintura de Paulo y le dedicó una sonrisa que fue correspondida.
Paulo bajó la mirada hacia la mano ajena que ahora descansaba en su cintura y luego volvió a levantarla, pasando por los labios de Leandro y terminando en sus ojos. Ninguno decía nada.
La música seguía sonando de fondo y las ollas al fuego continuaban aumentando la temperatura detrás de ellos, pero durante esos segundos pareciera como si ninguno de los dos le estuviera prestando demasiada atención a eso.
—¿Qué? -Paulo finalmente rompió el silencio, aunque la sonrisa que estaba intentando esconder lo delataba
—Nada.
—Entonces deja de mirarme así.
—¿Así como?
Soltó una risa corta y nasal mientras negaba con la cabeza. Leandro sentía que tenía a Paulo donde quería, sonrió otra vez pero ahora más sutil. Se inclinó apenas hacia él, no mucho pero sí lo suficiente como para que Paulo entendiera lo que estaba por hacer.
Paulo no se hizo para atrás, únicamente suspiró y cerró los ojos, queriendo aceptar el trato implícito que Leandro le había propuesto.
Fue apenas un roce al principio, casi una pregunta. Un beso corto, un tanto torpe por lo repentino, que terminó mucho antes de que cualquiera de los dos pudiera decidir qué hacer después.
Cuando se separaron Paulo lo miró con una mezcla de sorpresa y timidez.
—¿Eso es todo? —preguntó.
Distinto estaba Leandro quien lo veía más pícaro.
—No sé, vos decime.
Esta vez Paulo fue quien acortó la distancia y se tomó unos segundos para animarse, apoyando una mano sobre el brazo de Leandro antes de volver a buscar sus labios. Su lengua era tímida en la batalla que estaban teniendo.
El segundo beso duró un poco más, lo suficiente para que en la mitad de este a ambos se les borrara la sonrisa y quedara solamente esa sensación extraña de hacer algo que, si bien recién acababan de conocerse de verdad, parecía haber estado esperando su momento para suceder.
Al distanciarse ninguno de los dos dijo nada. Paulo todavía podía sentir la mano de Leandro en su cintura, pero ninguno parecía tener demasiadas ganas de separarse del otro.
—Se te va a pasar la pasta —murmuró Leandro.
Cuando Paulo miró hacia la olla no pudo evitar soltar una carcajada-. Uh la puta madre.
—Yo te dije.
—No, vos me distraes.
—¿Yo?
Un rato después la cocina estaba aromatizada con un aroma a albahaca y parmesano. Leandro era el encargado de llevar los platos a la mesa mientras Paulo de la heladera sacaba un vino blanco que tenía guardado.
En medio de un viaje de la cocina al living-comedor Paredes se detuvo a mitad de camino y miró fijo al balcón. Paulo notó esto.
—¿Pasó algo?
—Que linda esa planta de ahí
—Ah, mis fresias —le dijo desde la cocina—. las planté en mayo
—¿Y siguen cerradas?
—Si, hace mucho frío. Creo yo, debe ser por eso.
Se acercó a la ventana y se agachó para contemplar más a los pimpollos—. Son lindas igual, me gusta ese violeta.
—Pero están cerradas.
—¿Y no te conviene entrarlas? —preguntó Leandro, inocente, él no sabía nada de plantas—. Capaz si las pones en un florero con un poco más de calor florecen.
Paulo sonrió y negó con la cabeza—. Creo que así no funciona.
—¿Y por qué no? —se encogió de hombros—. Tal vez para florecer lo único que necesitan es salir del lugar donde se acostumbraron a crecer.
Paulo se quedó en silencio. Con ese comentario no pensó directamente en sus fresias, escuchó otra cosa.
—Buena, poeta —cambió su expresión—. Te voy a hacer caso, pasame ese florero que está al lado del tele.
Leandro levantó las cejas, divertido como cuando a un chico lo invitan a la mesa de los grandes. Nunca le había interesado especialmente las plantas y esas cosas, pero nunca es mal momento para aprender algo nuevo que no sea sobre fútbol. Hizo lo que le pidió y vió como Paulo salió al balcón y se agachó frente a la maceta, con cuidado sacó los tallos de la tierra y los vio como los acomodaba dentro del jarrón. Entraron y las dejaron en un mueble cerca de la ventana.
—¿Así?
—Así —le respondió Leandro—. Ahora a esperar
—Bueno, si mañana no florecen te voy a culpar a vos eh —lo amenazó mientras volvían a la cocina para servir los platos.
—Acepto esa responsabilidad, vos confía
—Dale. Ahora vamos a comer que ésto está… —miró al plato y después hizo un chef kiss llevando la yema de sus dedos a su boca y las separó con una sonrisa ganadora—, para chuparse los dedos.
—Sí, como otra cosa que acabo de conocer… —Leandro tomó ambos platos y soltó una risa después de su comentario, ahora era el cocinero quien estaba rojo como la salsa preparada.
La cena terminó siendo más larga de lo que Paulo había imaginado.
Hablaron de música, del edificio, del trabajo de Leandro y los estudios de Paulo, de la cantidad de veces que se cruzaron sin siquiera saber quién era el otro, o de los conocidos que tenían en común. La conversación mutaba e iba de un tema al otro sin que ninguno tuviera que esforzarse demasiado.
Para cuando terminaron el vino, Paulo ya había dejado de preguntarse cuánto tiempo llevaba Leandro sentado frente a él y mucho menos hace cuanto le estaba fichando los labios.
Poner Cars fue puramente por descarte, ninguno de los dos parecía estar muy atento a lo que aparecía en la pantalla, estaba mejor la charla que siguió en el sillón frente a la televisión. Paulo estaba con las piernas recogidas y su torso mirando a Leandro pero su cabeza observando la película, cuando sintió el brazo derecho de Lea rodear sus hombros con timidez.
Giró ligeramente la cabeza para mirarlo. Leandro no dijo nada, solo le sonrió y Paulo le devolvió esa acción para volver la vista a la película.
Había algo cálido en ese contacto, algo que Paulo no experimentaba hace un largo tiempo, un calor apenas imperceptible que empezó en el lugar donde estaba descansando la mano de Leandro y terminó por recordarle todo el cuerpo.
Por primera vez después de tanto tiempo Paulo dejó de pensar en el frío de afuera, y en el de dentro también. Estaba un poco nervioso por el contacto constante de su vecino, no iba a negarlo, pero había algo en eso que a su vez lo apaciguaba. No pudo evitar mirar por un segundo el florero que estaba a la izquierda del televisor, vió unos de los pétalos de las fresias empezar a caer, ¿era verdad que se estaban abriendo o era una simple alucinación suya?
—Lea, mira —susurro
—¿Qué pasó? —se recompuso poniendo la espalda derecha y alzando ligeramente la mano que todavía reposaba en paulo.
Paulo señaló el jarrón y Leandro lo siguió con la mirada
—Viste, te lo dije —respondió sobrado.
—No dijiste que iba a funcionar
—Pero lo hizo -sonrió y cerró los ojos con una sonrisa—. Te gané
—¿Y qué hago, te aplaudo?
—Podrías darme un premio, no sé.
Paulo pensó un segundo lo que iba a hacer y actuó rápido en dirigirse hacia Leandro, quien no había previsto aquella reacción, pero aceptó sin dudar la propuesta de Paulo cuando sintió sus labios en los suyos.
El beso fue distinto al que había ocurrido en la cocina, ya no existía tanta inseguridad ni tensión que los hiciera reír de los nervios. Solo estaba la cercanía de ellos dos que aumentó cuando Leandro agarró a Paulo por el cuello, eso le gustaba. instantes después la posición era incómoda para ambos, cuando se separaron Paulo no pudo evitar dejar un pico en los belfos ajenos.
—¿Estás bien? —preguntó Leandro.
—Muy.
Cuando le contestó no pudo evitar sentir la necesidad de más. Quería más del calor que le generaba Leandro, entonces sin mucha vergüenza se había acomodado sobre sus piernas, quedando frente a él y con las piernas a ambos lados del cuerpo del otro.
Leandro miró hacia arriba buscando los ojos de Paulo y sonrió para él, después de eso volvieron a fusionarse en un beso mas apasionado y deseoso para ambos, puso una mano sobre su cintura para sentirlo aún más cerca, a diferencia de Paulo quien apoyó una mano sobre el bícep de Leandro y lo apretó con fuerza y sonrió en medio del beso: seguramente mañana volvería a poner música fuerte, total ya sabía que había alguien dispuesto a tocar su puerta y quejarse.
La película, que ya estaba llegando a su final, seguía de fondo a medida que esta escena ocurría pero ninguno volvió a prestarle atención.
Y, mientras afuera la noche seguía siendo fría, la primavera parecía por fin haber encontrado su lugar dentro del departamento
