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Language:
Español
Stats:
Published:
2026-10-02
Updated:
2026-10-02
Words:
995
Chapters:
1/?
Kudos:
28
Bookmarks:
4
Hits:
434

Eres todo lo que quiero

Summary:

Diego Campillo, ex jugador de las Chivas y ahora entrenador de La Liga Infantil de las Chivas tiene una sola meta en mente: hacer su trabajo y llevar a su equipo lo más lejos.

Jordan Carrillo el jugador de Chivas y tío de uno de los jugadores en La Liga Infantil, decide empezar a asistir a los entrenamientos luego de una queja de su sobrino. Lo que no espera es encontrarse con el único hombre que logró poner su mundo de cabeza hace años atrás.

Hay un pasado que los une. Uno que Diego ha mantenido bajo llave y que no está dispuesto a volver a abrir. Solo que hay un pequeño problema llamado Jordan. Luego de volver a verlo, no está dispuesto a dejar ir, incluso si la razón por la que lo hizo en primer lugar fue culpa suya.

Chapter 1: CAPÍTULO 1

Chapter Text

Diego ★

Iba a matar a alguien.

Empezando por el imbécil que había parqueado su coche en mi lugar de estacionamiento. Había otros tres, pero no, se tenía que parquear justo en el que decía que era únicamente para personal.

Apreté los dientes antes de relajar la boca.

No pensaba estresarme.

Y no lo hice.

Quince minutos después, la grúa se estaba llevando el estúpido coche. Una pequeña sonrisa se dibujó en mis labios apenas estacioné el coche. En mi lugar.

Baje y abrí la puerta trasera. Me colgué el bolso negro en un hombro y sostuve la carpeta y el termo de café en la mano.

Me gire y observé la gran cancha en la que estaría trabajando. Media entre 50 metros y 65 metros de largo por 35 y 45 metros de ancho, y pensaba darle gran utilidad. Al terminar no habría ningún rincón limpio.

Dándole un trago a mi café, me dirigí a las instalaciones. Los niños ya deberían estar esperándome dentro. Calentando, o eso esperaba.

Lo que me recibió me hizo detener en seco. No sabía ni a dónde ver. Debería ser un error, porque en lugar de niños tenía changos.

Había niños corriendo por todos lados. Uno tenía a otro tirado en el suelo mientras le hacía una llave. Otros tres estaban lanzándose un balón que le terminó cayendo a un Justin Bieber miniatura que se estaba atando los zapatos. Se sobresaltó y antes de que pudiera prevenir su movimiento se quitó el zapato y lo lanzó por los aires con todas sus fuerzas. Apenas y tuve tiempo de hacerme a un lado cuando me pasó por al lado.

Todos guardaron silencio, enderezándose.

—¿Se puede saber por qué siguen aquí? —cuestione—. Y tú, deja a ese niño antes de que le quiebres las piernas. —Apunte hacia el niño demonio que seguía sin soltar al otro escuincle.

Lo soltó de inmediato, como si no se hubiera dando cuenta de lo que estaba haciendo por estar haciéndose en los pantalones del miedo. El rubio se enderezó con un puchero.

Más le valía no ponerse a llorar, no pensaba lidiar con tonterías tan temprano.

—¿Qué esperan? ¡Salgan al campo! —ordené.

«Tienes que recordar mantener la calma, son niños y a veces les cuesta entender. Tu también lo fuiste.»

Las palabras de mi madre resonaron en algún lugar de mi mente. La ignoré. Porque estos no eran niños, eran demonios con los que lidiar.

Justin Bieber se acercó y sin inmutarse tomó su zapato. Estaba a punto de marcharse, cuando lo detuve.

—¿Nombre?

—Justin.

Debes estar bromeando. ¿A quién se le había ocurrido ponerle así y dejarle el cabello de esa manera?

Asentí, haciendo un movimiento de cabeza para que avanzara. Dejé mis cosas en el escritorio y me puse las gafas de sol antes de salir.

Antes de empezar con el entrenamiento y las instrucciones los hice presentarse uno por uno. El de la llave se llama Yuri, al que le hizo la llave se llama Mateo. Los demonios que le tiraron el zapato a Justin Bieber se llaman Raúl, Ben y Alexis. Luego están Theo, Julio y Luis. Todos con la misma cara de traviesos.

Empecé explicándoles las razones por las que era importante calentar antes de entrenar, para luego empezar a mostrarles los calentamientos mientras ellos me imitaban. Cuando le empezaron a agarrar un poco el ritmo, decidí mantenerme al margen, observando a cada uno de ellos.

Reprimí una mueca cuando uno se cayó.

Hicimos eso por quince minutos. Quince minutos en los que me cuestioné mi vida entera.

—Bien, ahora que hemos calentado —abrí el saco negro del suelo empezando a sacar balones— quiero que cada uno tome un balón.

Separe en grupos de cuatro a todos y empecé a explicarles cómo es que tenían que golpear y rematar el balón. Se fueron turnando en grupos para lanzar cerca de la portería. Algunos parecía que les estaba cobrando por tirar un balón, otros lanzaban a volar el balón y otros le tiraban bien, pero con miedo.

Pensaba cambiar eso. No podía tenerlos temiéndole al balón. ¡Era fútbol! No cosmología. ¿Por qué elegí el equipo de niños y no el de las niñas? Ellas sí parecían tener algo contra el balón. Estos parecían tener algo, pero en contra mía.

—Tiene tres minutos para tomar agua —dije cuando vi que empezaban a hacer muecas y a lanzarme miradas de odio.

Los entendía. Hace un tiempo yo era el que lanzaba las miradas de odio. Pero al terminar con ellos me lo agradecerían, incluso si ahora no lo podían ver.

Tres minutos después estábamos con el siguiente ejercicio: Cuadro minado.

—Ahora estaremos trabajando la coordinación —les expliqué lo que había que hacer. Era inútil porque ninguno me prestaba atención, pero continué—: Veré que tal trabajan. Den lo mejor de sí.

Di la señal y el primero en jugar fue Justin, haciendo el recorrido antes de darme el pase y desplazarse sin el balón entre los banderines. Volví a darle el pase y siguió con los conos. No lo estaba haciendo mal, aunque en algunos momentos el balón se le escapaba. Llegó a las vallas.

—Suave —reñí cuando vi que en lugar de tocar el balón con suavidad estaba agarrando vuelo para pegarle con todo. Él era uno de los que no me estaba decepcionando tanto, parecía haber hecho esto antes. Luego le preguntaría—. Ahora salta.

Y eso hizo.

Apenas terminó me lanzó una mirada que por un segundo me hizo recordar a la de alguien más. Sacudí la cabeza, borrando el pensamiento.

El resto del entrenamiento me la pasé explicando y observando mientras hacía apuntes para leer después.

Al terminar, viendo a los niños apresurándose a beber agua o a ir con sus padres que ya los esperaban, solo tenía un pensamiento: ¿Cómo pensaba hacer de estos niños algo grande si ni ellos mismos se podían ayudar?

No iba a ser tarea fácil, pero no pensaba rendirme. No tan pronto. Eran mi única esperanza.