Chapter Text
Las amistades tienen un peso grande en la vida de cada individuo. Cada quien tiene esa amistad que nombran “mejor amigo”; todos tienen alguna amistad que es especial, a la que le cuentan sus desgracias, sus alegrías, su vida. Pero se conocen así: amigos.
Diego tenía clara esa diferencia entre amigos o… amigos.
Desde que conoció a Jordan por medio de la selección Sub-23, supo que sería alguien importante en su vida. Aunque al inicio todo empezó como una amistad, algo tranqui, todos siempre le decían que no terminaría bien. ¿Por qué nadie creía que podía existir la amistad entre un alfa y un omega?
La vida era cómoda teniendo a Jordan como su amigo. Era necesario para la trama que el universo los uniera, pues Diego había encontrado a una persona con su mismo sentido del humor, la misma perspectiva de vida y, por supuesto, las mismas ansias de comerse el mundo.
Después de acabar la convocatoria de la Sub-23, Diego pensó que perdería el contacto con el omega, porque él debía regresar a Guadalajara con Chivas y Jordan debía estar de vuelta en Torreón, en su equipo: Santos Laguna.
Solo que no esperó tener mensajes diarios de Jordan.
Mensajes que se volvieron diarios por semanas, por meses… hasta que pasaron los años.
Algo que debía destacar del omega era que es difícil de leer. Su mejor amigo es, a veces, muy extraño. Conocía de buena mano que era un cabrón ojo alegre; no lo culpaba, ¿quién no es ojo alegre? Pero era raro ver cómo, siempre que le conocía algún “ligue”, Jordan solo se volvía más encimoso y cariñoso con él.
Ya le había tomado factura.
Varios alfas le habían reclamado por mensajes, por Instagram o incluso, una vez, casi se lo agarran saliendo de comprar su despensa.
Sí, hasta Guadalajara había llegado uno para cobrarse las de Jordan.
Sabía que aquellas actitudes no eran normales. Mucho menos lo era que los “novios” que terminaba teniendo Jordan, ya fuera que este los negara o simplemente evadiera la realidad con su típico:
—Pss, ¿qué verga? Es broma.
Sí, bromas.
El problema era que esas bromas le sacaban la cordura, porque, muy en el fondo, le gustaba demostrar que el omega tenía cierta prioridad hacia alguien.
Y ese alguien era él.
Aunque lo ocupara de una forma algo despectiva, pero, ¿para eso eran los amigos? ¿No?
Y así era su amistad.
Hasta que, por azares del gran destino, terminaron de nuevo los dos juntos, en el mismo equipo. Chivas había fichado a Jordan.
Fue una alegría enorme para Campillo enterarse de que Jordan estaría con él: en el mismo equipo, en la misma ciudad. Que lo vería diario.
Y cuando Jordan llegó a Guadalajara, las cosas que de por sí ya no eran normales se volvieron todavía más complicadas.
Tenerlo ahora siempre a su lado, trayéndolo como su llaverito; viviendo casi a diario en su departamento —aunque el omega tuviera el suyo—; viéndolo, de vez en cuando, poner a ciertos weyes de fondo de pantalla y que, mágicamente, al otro día ya hubieran desaparecido…
Todo eso le generaba un dolor de estómago horrible. Una ansiedad constante por querer saber qué rollo con Jordan.
Pero sabía que, si le preguntaba, el muy cabrón solo se haría wey.
Y sí, era tonto por negar lo que se podía ver a simple vista.
Bryan siempre se lo echaba en carrilla, recordándole su realidad, justo como ahora, que había salido con él y la notificación del chat de Jordan apareció en su teléfono.
“Estoy en tu departamento y no te encontré, ¿a dónde putas te fuiste y no me avisaste? :)”
“Todavía que traje sushi para ver tus películas mamonas, esas de romance y adolescentes.”
Mi Jordiii 18:47 P.M.
—No mames, Campi. ¿Neta que el Jordan te anda reclamando porque no estás en tu departamento?
Diego solo alzó los hombros mientras le daba otro trago a su agua mineral.
—Está bromeando. Así nos llevamos —soltó, tomando su teléfono para responderle al omega.
“Tenía que aceptar esta invitación a cenar, Jordi.”
“Si quieres espérame, llego en media hora.”
Yo 18:50 P.M
Bryan alzó una ceja al ver cómo su amigo sonreía de forma pícara mientras escribía en el teléfono. Chasqueó la lengua, negando con la cabeza.
—Ay, pinche Diego. Te gusta la mala vida, ¿verdad?
—Nah, solo me gusta molestar a Jordan. Juego de amigos. ¿A poco tú no eres llevadero con tus amigos? Si me echas carrilla a mí. Mira —le dijo, acercándole el teléfono al Cotorro.
Bryan tomó el teléfono y leyó los mensajes, así como la respuesta de Jordan ante la pendejada que Campillo había escrito.
“Estás pero bien pendejo si crees que te voy a esperar media hora, como si fuera el puto amante. Te me vienes en chinga, Diego, o neta que mañana te quedas sin pareja para el puto entrenamiento.”
Mi Jordiii 18:50 P.M.
Bryan se quedó unos segundos mirando la pantalla.
No, definitivamente no entendía la dinámica entre esos dos.
Pero bueno, su amigo era feliz así y, pues, ¿qué haces con un alfa enamorado?
Aunque él no lo quisiera admitir.
Y el resto de la cena fue así, hasta que Diego le dijo a Jordan que estaba con Bryan, así que la cosa medio se calmó. Pero, al final, solo había pasado media hora y Campillo ya estaba arrancando su carro para ir a su departamento.
Sí, Diego ya sabía que, aunque nunca hubiera pasado algo más entre él y Jordan, los celos no eran normales. O, bueno… esas escenitas. Pero ya eran parte de la dinámica entre ellos. Algo normal.
Al llegar a su departamento, pudo ver que Jordan ya se había acomodado de nuevo. Después de no ir a su departamento durante casi una semana —raro, pero imaginaba que era por el nuevo sujeto que traía de fondo de pantalla—, vio las piernas del omega colgar del respaldo de su sillón. Estaba sentado al revés mientras veía la repetición de un partido.
¿Qué hacía viendo un partido del nuevo equipo de la Hormiga?
Bueno, había muchas cosas de Jordan que le daban dudas. Esa era la mínima.
—Seguro te reíste un vergo porque te reclamé de ese vato —soltó lo más alto que pudo, para después chasquear la lengua—. Pero al chile, me vale pura madre. Y para que llegas media hora tarde, ya me tragué lo que te había traído.
Ah.
Diego se preguntaba qué clase de amor le había hecho falta en la infancia para que le encantara que lo trajeran así, todo amarrado del cuello y jalándolo de la correa.
Se acercó hasta el sillón para sentarse al lado del omega, que ni siquiera le dirigía la mirada. Estaba demasiado concentrado viendo el partido, claramente evadiendo a su mejor amigo, mientras esperaba a que la sangre se le subiera a la cabeza para voltearse y ver si Diego le aguantaba un pinche madrazo por andarlo chingando cuando él había llegado en paz a verlo.
Diego bajó la mirada y se dio cuenta de que el omega traía puesta su sudadera. La misma que recordaba haber metido a la ropa sucia…
—Pinche wey, sabes que siempre vengo a quedarme contigo y no estaba aquí cuando llegué. Lo peor del caso es que ni tienes preparada mi ropa para dormir.
—No mames, Jordan. Tienes una semana sin venir, wey.
—¿Y qué? Es mi pedo. Uno tiene que solucionar sus cosas —soltó con un tono desafiante, acomodándose ahora sí de forma normal.
La posición ya le estaba comenzando a dar dolor de cabeza.
El alfa solo puso los ojos en blanco ante la respuesta, poniendo su atención nuevamente en el partido que se estaba reproduciendo en la televisión.
—Neta, ¿qué pedo con esos plebes? Ni un buen centro sacan. Llevo viendo media hora al Hormi jugar contra otros once —chistó Jordan ante el pésimo centro que acababan de lanzar.
—¿Puedo saber por qué estás viendo un partido del Olympiacos?
—Pss, ¿por qué más? Si ahí está el cabrón de nuestra Hormiga —comentó mientras sacaba de su sudadera el teléfono y abría una notificación.
Diego miró de reojo.
La foto del sujeto desconocido ya no estaba. Ahora había una foto de la playera del omega con el número 33 de Chivas.
Suspiró, más al darse cuenta de que el mensaje era de su hermana.
Tal vez en la semana le caería aquel wey desconocido en su WhatsApp. O tal vez no. No le importaba. Solo le daba paz saber que era otro pendejo que Jordan había tomado como juego y al que había mandado a la chingada, como a sus otros six seven novios —cortesía de Bryan, como burla ante la forma de ser de Jordan—.
Y su tranquilidad duró poco.
Después del mensaje de su hermana, Jordan salió al menú. Su chat, “Guapillo”, estaba fijado, como siempre. Sin embargo, algo le perturbó la paz a Diego: debajo del chat de su hermana aparecía el de su compañero, Brian Gutiérrez.
Y peor todavía: el omega presionó sobre el chat, abriéndolo.
“Sorry, I fell asleep.”
“So, ¿te lo recompenso? Mañana, ¿quieres ir a desayunar?”
Guti 20:40 P.M.
¿Qué mamada era esa?
Y como dice el dicho: la curiosidad mató al gato.
Diego sabía que Jordan era un cabrón. En algún punto le había dicho que Brian estaba guapo, pero que no era su tipo porque le gustaban más fuertes, con más masa muscular. Tenía un tipo muy específico, así que aquello le había hecho creer que no lo tendría en la mira.
Más porque, un día, Campillo se encontró sin querer al mexicoamericano con su excompañero, la Hormiga, en una situación algo comprometedora en las duchas de Verde Valle. Todo porque a Jordan se le habían olvidado sus audífonos.
Y cuando se lo contó a Jordan, tuvo que pagarle mil pesos por la apuesta que habían hecho acerca de la relación de esos dos.
Ahora, sin embargo, Diego ya no estaba tan seguro de que aquel “tipo muy específico” de Jordan significara una mierda.
Porque ahí estaba.
Brian Gutiérrez.
Justo debajo del chat de su hermana.
Y Jordan, muy tranquilamente, aceptándole ese desayuno.
Diego volvió a mirar la pantalla del teléfono, intentando fingir que el mensaje no le había causado absolutamente nada.
No funcionó.
Desde que había visto el nombre de Brian debajo del chat de la hermana de Jordan, algo le había empezado a dar vueltas en la cabeza. No era celos. Eso estaba claro. O, al menos, eso se repetía él.
Era preocupación.
Sí. Eso tenía más sentido.
Porque Brian había tenido su historia con Armando y, aunque aquello ya fuera cosa del pasado —ni tanto, porque Hormiga llevaba apenas dos semanas de haberse ido a Grecia—, no dejaba de parecerle extraño que ahora estuviera invitando a Jordan a desayunar. Más cuando conocía perfectamente al omega y sabía que Jordan no solía aceptar invitaciones de cualquiera.
—¿Y por qué chingados le aceptaste un desayuno a Brian? Por eso tan concentrado el el pinche partido de Hormiga.
Jordan apartó por fin la mirada de la televisión para verlo, claramente confundido por la pregunta.
—¿Qué?
—Que por qué vas a desayunar con él. No entiendo cuál es tu afán de ver el partido de Armando sí estás aceptando una salida de Brian, ¿captas?
El omega parpadeó un par de veces, como intentando encontrarle sentido a la pregunta. Después soltó una risa corta y volvió la atención al partido.
—Que esté viendo el partido de una pinche liga Griega es muy aparte a aceptar el desayuno con Brian, wey.
Diego chasqueó la lengua.
—Ah, no mames, Jordan. Eso ya lo sé. Te estoy preguntando por qué aceptaste.
—Porque somos compas, ¿qué quieres que haga?
Aquella respuesta debería haberlo tranquilizado.
No lo hizo.
Al contrario, le molestó todavía más que Jordan lo dijera con tanta naturalidad, como si fuera completamente normal aceptar desayunos de otros cabrones mientras él tenía que enterarse por accidente viendo su pinche WhatsApp.
Diego se acomodó en el sillón, cruzando los brazos sobre el pecho.
—¿Compas?
Jordan lo miró de reojo.
—Sí, cabrón. ¿Qué tiene de raro?
Diego no respondió inmediatamente. Se quedó observándolo, buscando alguna señal que le dijera que había algo más detrás de aquella invitación. Pero Jordan seguía igual de tranquilo, con esa expresión de absoluta indiferencia que tanto le cagaba cuando sabía perfectamente que estaba provocándolo.
—No te pases de huevos.
El omega giró ahora sí la cabeza.
—¿Ahora qué hice?
—Pues eso. Vas y aceptas desayunar con el wey que tuvo algo que ver con Armando. Ese es mi puto punto.
Jordan soltó una carcajada, incrédulo.
—¿Y?
—¿Cómo que “y”? —Diego frunció el ceño—. Los amigos no se chapulinean, Jordan.
La risa del omega desapareció de inmediato.
—No mames, Campi. ¿De qué chingados estás hablando?
—Tú sabes perfectamente de qué hablo.
—No, no sé.
Diego se pasó una mano por la nuca. Sabía que estaba entrando en terreno peligroso, pero ya había empezado y ahora no sabía cómo echarse para atrás sin quedar como un completo pendejo.
—Brian y Armando tuvieron su desmadre.
—Sí, ¿y?
—Pues que no está chido que ahora andes de desayuno con el mismo cabrón.
Jordan lo observó en silencio durante unos segundos.
La mirada que le dedicó hizo que Diego supiera, antes de que abriera la boca, que se había metido en un problema.
—Espérate… ¿tú me estás haciendo un pedo porque voy a desayunar con Brian?
—No te estoy haciendo ningún pedo.
—Sí me estás haciendo un pedo.
—Te estoy diciendo que se me hace raro.
—¿Qué se te hace raro? ¿Que tenga amigos?
—No.
—¿Entonces?
Diego abrió la boca, pero volvió a cerrarla.
Porque no podía decirle la verdad.
No podía decirle que le había molestado ver el mensaje. Que le había molestado todavía más que Brian tuviera su chat en recientes. Que no le gustaba la idea de imaginarse a Jordan sentado frente a él desayunando, riéndose de sus pendejadas y probablemente jugando con esa mirada que utilizaba cuando alguien le interesaba.
Y, sobre todo, no podía decirle que no soportaba la idea de que alguien más empezara a ocupar un espacio que él llevaba años considerando suyo.
Así que se limitó a soltar:
—Hay códigos.
Jordan levantó ambas cejas.
—¿Códigos?
—Sí.
—¿Y tú desde cuándo sabes de códigos?
Diego lo miró mal.
—No estés chingando.
—No, tú no estés chingando —replicó el omega, acomodándose de frente en el sillón—. Porque si vamos a hablar de códigos, vamos a hablar bien.
Diego ya sabía por dónde iba aquello.
Y no le gustaba.
—Antes de que Brian entrara a Chivas tú no te despegabas de Armando.
El alfa frunció el ceño.
—Éramos compañeros.
—Ajá.
Jordan soltó una pequeña risa, cruzándose de brazos.
—¿Ajá qué?
—Que eras bien pegado con él. Salías un chingo con ese omega. Iban a comer, se quedaban juntos después de los entrenamientos, lo invitabas a todos lados, sino fuera porque también se la pasaba pegádote al Vaquerito salido de “Despecho”, ahí tus pinches códigos no hubieran funcionado.
—Estás pero bien alucinado, si lo trataba así es porque éramos amigos.
—Pues eso, cabrón. Amigos.
Diego se quedó callado.
Jordan tenía esa sonrisa de quien acababa de encontrarle un hueco perfecto en su argumento y pensaba disfrutarlo.
—Entonces no me vengas con tus mamadas de que los amigos no se chapulinean —continuó—. Porque yo me acuerdo perfectamente de cómo estabas pegado a Armando antes de que Brian llegara.
—Yo no estaba buscando nada con Armando.
—Ni yo estoy buscando nada con Brian.
La respuesta salió tan tranquila que, por alguna razón, hizo que Diego sintiera que algo dentro de él se aflojaba.
Solo un poco.
Lo suficiente para darse cuenta de que había estado esperando esa aclaración. Y eso, precisamente eso, era lo que más le molestaba.
Porque no debería importarle.
Jordan podía desayunar con Brian, con Armando, con quien se le hinchara la pinche gana. No era su novio. No era su pareja. Ni siquiera habían hablado alguna vez de qué eran exactamente.
Eran amigos.
Eso era todo.
¿No?
—Es un desayuno, Campi —añadió Jordan, volviendo a mirar el partido—. En plan de compas.
Diego soltó el aire por la nariz.
—Más te vale.
Jordan giró lentamente la cabeza hacia él.
—¿Ves?
—¿Qué?
—Ahí vas otra vez.
—¿Otra vez qué?
—Haciéndote el novio celoso.
Diego soltó una risa seca.
—No estoy celoso.
—Sí, cómo no.
Jordan volvió a mirar la televisión, evidentemente divertido. Y Diego prefirió no seguir discutiendo, porque entre más hablaba, más parecía que estaba demostrando exactamente lo contrario.
Se recargó en el sillón y dirigió la mirada al partido, intentando concentrarse en la pantalla, pero no pudo porque ahora tenía una nueva preocupación.
El desayuno.
Y, por más que se negara a reconocerlo, quería saber exactamente de qué iban a hablar esos dos.
Jordan dejó escapar una risa seca y volvió a mirar la televisión, aunque ya ni siquiera estaba poniendo atención al partido.
—Túmbate el rollo, pues.
Diego frunció el ceño. A veces se le iba la onda con las frases del omega.
—¿Qué?
—Nada.
El omega tomó su teléfono del sillón y comenzó a deslizar la pantalla con el pulgar. Su expresión había cambiado por completo. Ya no tenía aquella sonrisa burlona de hacía unos minutos; ahora estaba serio, demasiado tranquilo para el gusto de Diego.
Y Diego conocía perfectamente esa tranquilidad.
Era la que aparecía justo antes de que Jordan mandara todo a la verga.
—¿Qué traes?
—O qué verga, pues nada.
—Jordan.
—Que nada, wey.
El alfa soltó un suspiro, recargándose contra el respaldo.
—Pues deja de hacerte el ofendido. —soltó sin ver al omega, concentrando su vista en la televisión.
Jordan levantó la mirada lentamente.
—¿Ofendido?
—Sí.
—No estoy ofendido.
—Entonces, ¿qué?
—Estoy hasta la madre de que quieras decidir con quién puedo salir.
La frase cayó entre los dos con un peso incómodo.
Diego abrió la boca para responder, pero Jordan ya se había puesto de pie.
—¿Sabes qué? Mejor me voy.
—Pues vete.
La respuesta salió demasiado rápido.
Los dos se quedaron quietos.
Diego supo inmediatamente que había contestado mal, Jordan solo soltó una risa incrédula.
—Arré, pues.
Se inclinó para recoger su teléfono y empezó a buscar sus cosas entre el sillón y la mesa de centro. Diego lo observó en silencio, viendo cómo el omega agarraba su gorra, sus audífonos y la pequeña mochila que había dejado tirada desde quién sabe cuándo.
Una parte de él quería detenerlo. La otra, la orgullosa, seguía diciéndole que lo dejara ir, después de todo, él no había hecho nada.
Solo había dicho lo que pensaba.
O eso quería creer.
—¿Dónde están mis llaves?
—En la entrada.
—Gracias.
Jordan pasó frente a él sin siquiera mirarlo.
Y ahí fue cuando Diego sintió que se le hacía un nudo en el estómago.
—Jordi.
El omega se detuvo, pero no se volteó.
—¿Qué?
Diego se quedó callado.
No sabía qué decir.
Perdón parecía demasiado serio. No te vayas parecía demasiado necesitado. Y admitir que había estado celoso estaba completamente descartado.
—Nada. —fue lo único que formuló.
Jordan soltó una risa sin humor.
—Eso pensé.
Y siguió caminando. Diego escuchó cómo abría la puerta del departamento, después, nada.
El silencio que quedó le resultó insoportable.
Miró la televisión. El partido seguía reproduciéndose, pero ya no escuchaba ni al narrador.
Chasqueó la lengua.
—Pinche Jordan...
Se pasó ambas manos por la cara.
Había sido un pendejo.
No tenía ningún derecho a reclamarle. Jordan podía salir con quien quisiera. Podía desayunar con Brian, con Armando o con medio pinche Guadalajara si se le antojaba.
Y, aun así, la idea de que se fuera a su casa le pesaba más de lo que quería admitir.
Pasaron unos minutos.
Diez, quizá quince.
Hasta que Diego finalmente se levantó del sillón y caminó hacia la entrada, la puerta seguía cerrada. Frunció el ceño. Se supone que el omega se había ido, pero las llaves seguían ahí.
—¿Jordan?
No hubo respuesta.
Caminó hasta el pasillo y abrió la puerta del cuarto.
El omega estaba sentado sobre la cama, todavía con el teléfono en la mano. Ni siquiera se había cambiado. Solo estaba ahí, viendo la pantalla con una expresión de absoluto fastidio.
Diego se quedó apoyado en el marco de la puerta.
—Pensé que te ibas. —soltó recargándose en el marco de la puerta.
—Yo también.
—¿Y?
—Me dio hueva. —y continuó evadiendo la mirada del alfa, manteniendo su atención en la pantalla de su teléfono.
Diego soltó una risa por la nariz.
—Pinche cabrón.
Jordan ni siquiera lo miró.
—Ese wey. ¿Qué quieres?
Diego entró al cuarto y se sentó en la orilla de la cama.
—Ya no estés enojado.
—No estoy enojado.
—Tienes cara de que quieres matarme o mínimo soltarme un vergazo.
—Pues sí, a la verga.
Diego sonrió apenas.
—Bueno, hazlo si te tranquiliza, pero no te vayas.
Jordan finalmente levantó la mirada, por unos segundos ninguno dijo nada.
Hasta que el omega soltó el aire y dejó caer el teléfono sobre la cama.
—Eres un pendejo.
—Ya sé.
—Y bien celoso.
—No estoy celoso.
—Sí, cómo no.
Diego puso los ojos en blanco.
—¿Vas a seguir?
—No. —Jordan se acomodó contra la cabecera y volvió a tomar el teléfono. —Ven.
Diego levantó una ceja.
—¿Qué?
—Chingada madre, límpiate los oídos o algo —soltó en burla, para después señalar el espacio libre a su lado. —Que vengas, wey. Vamos a ver TikToks.
Y como si no hubieran estado a punto de mandarse a la chingada hacía menos de media hora, Diego se acomodó a su lado.
Jordan apoyó la cabeza contra su hombro y comenzó a deslizar videos.
Uno era de mike wazowski del “Disney on Ice” haciendo una acrobacia con Jenni Rivera de fondo diciendo: Arriba las mujeres borrachas. Jordan soltó una pequeña risa y lo compartió poniendo un “yo”.
El siguiente, de un Pug con la playera de Chivas y un balón del mismo equipo.
Después apareció uno de video de Campillo firmando una foto que le habían dado los fans, una foto que rápido identificó Jordan y la sonrisa se le borró rápidamente.
—Esaaa perra mamada qué… —comentó mientras repetía de nuevo el video y le hacía zoom al ver que Diego firmaba la frente de él en esa foto.
El alfa se empezó a reír buscando su teléfono en sus pantalones.
—Es un lujo esa foto, eh. —comentó burlón mientras desbloqueaba su teléfono y entraba a su galería buscando esa foto.
—Chinga tu madre, pinche alfa pendejo. —dijo mientras le sacaba el dedo del medio cuando Diego le mostró esa foto que había firmado.
—Sele. —continuó burlándose el mayor.
Y así se les fue el tiempo.
Entre videos pendejos, comentarios todavía más pendejos y alguna que otra pelea por cuál TikTok estaba más culero, la discusión terminó desapareciendo poco a poco.
Hasta que el teléfono de Jordan quedó abandonado sobre la cama.
El omega ya estaba dormido.
Diego lo miró de reojo. Seguía con su sudadera puesta. La suya, como siempre.
Soltó un suspiro y acomodó mejor la cobija sobre ambos.
Era ridículo.
Media hora antes había querido reclamarle por aceptar un desayuno con otro cabrón y, ahora, ahí estaba, compartiendo cama con él como si nada hubiera pasado.
Quizá Bryan tenía razón.
Quizá aquello ya había dejado de parecer una amistad desde hacía mucho tiempo.
Pero Diego todavía no estaba listo para admitirlo.
Ni siquiera ante sí mismo.
Al día siguiente, Diego llegó a Verde Valle con la firme intención de no pensar demasiado en lo ocurrido la noche anterior.
No había pasado nada.
Eso era lo importante.
Jordan seguía siendo Jordan, él seguía siendo él y, después de la pequeña discusión, habían terminado como siempre: compartiendo cama, viendo TikToks hasta que alguno de los dos se quedó dormido y despertando unas horas después como si no se hubieran dicho absolutamente nada.
Una dinámica bastante normal para dos mejores amigos.
Al menos eso quería creer.
Durante el entrenamiento intentó concentrarse en lo suyo. Hizo los ejercicios, siguió las indicaciones del cuerpo técnico y hasta se obligó a participar en las bromas de los demás.
Todo iba relativamente bien.
Hasta que levantó la mirada.
Jordan estaba al otro lado de la cancha hablando con Brian.
Diego se quedó observándolos apenas unos segundos antes de obligarse a volver la atención hacia sus compañeros.
No había nada raro.
Eran compañeros de equipo.
Además, Jordan ya le había dicho que irían a desayunar.
En plan de bros.
La frase volvió a aparecerle en la cabeza con una facilidad que empezaba a irritarlo.
Volvió a mirar.
Brian le estaba contando algo al omega y Jordan se estaba riendo. Una de esas risas abiertas que hacía cuando algo de verdad le causaba gracia, echando ligeramente la cabeza hacia atrás antes de darle un pequeño golpe en el brazo a la persona con la que estuviera hablando.
Diego apretó la mandíbula.
¿Por qué se reía tanto?
—Pinche Gutiérrez —murmuró para sí.
Intentó continuar con el ejercicio, pero ya había perdido por completo el hilo.
Porque, además, sabía que habían desayunado juntos.
Jordan se lo había contado esa misma mañana, con una naturalidad que casi le había parecido ofensiva.
“Al rato voy a desayunar con Guti.”
Ni siquiera había esperado a que Diego preguntara.
Y ahora ahí estaba el resultado.
Los dos tan tranquilos, como si nada. Se estaba ondeando un poco tal vez. Diego tomó aire por la nariz y volvió a mirar hacia la cancha.
Brian dijo algo y Jordan sonrió otra vez.
Qué perrada.
No sabía qué le molestaba más: que Brian estuviera hablando con él o que Jordan pareciera estar pasándosela demasiado bien.
Y entonces, como si su cerebro necesitara encontrar alguna manera de justificar el coraje, recordó a Armando.
Claro.
Ese era el problema.
Brian había tenido algo con Armando, pero cuando este se fue, buscaba olvidar a ese omega de alguna forma. Y ahora estaba desayunando con Jordan.
Eso tenía mucho sentido, ¿no?
Sacó el teléfono del bolsillo antes de pensarlo demasiado y buscó el contacto de Armando.
La llamada no tardó mucho en ser contestada.
—No mames, Campi. Qué gusto que me hables pero es media noche acá en Grecia, te pasas de madre, neta.
Diego se alejó unos pasos del resto, todavía vigilando de reojo la cancha, importándole poco lo que le estaba diciendo el omega en la llamada.
—Oye, Hormi.
—¿Qué?
—Una pregunta.
—A ver.
Diego hizo una pausa
—¿Brian ya no te habla?
Del otro lado hubo un silencio tan largo que Diego alcanzó a pensar que se había cortado la llamada.
—¿Qué chingados?
Diego se pasó una mano por la nuca, intentando no mirar otra vez hacia donde estaban Jordan y Brian. No lo consiguió. Ahí seguían, ahora hablando un poco más apartados del resto.
—Que si lo tuyo con Brian ya fue—repitió, como si aquello tuviera todo el sentido del mundo.
—¿De qué estás hablando, cabrón?
—Pues de Brian.
—Sí, ya sé que estás hablando de Brian. ¿Qué tiene?
Diego soltó un suspiro.
—No sé, wey. Pregunto.
—¿Me estás preguntando si ya me superó porque…? —Armando dejó la frase en el aire, probablemente esperando que Diego mismo se diera cuenta de lo estúpida que sonaba su pregunta.
Y, efectivamente, Diego empezó a darse cuenta.
—Porque… pues porque ya anda muy campante.
—¿Muy campante?
—Sí. —decir que el alfa se estaba cagando de la pena era poco. ¿Neta estaba haciendo eso?
—¿Y eso qué significa?
—Pues que ya anda desayunando con otros omegas.
La carcajada de Armando fue inmediata.
Diego cerró los ojos buscando un poco de dignidad.
—No te rías, cabrón —soltó con un tono de enojo. Sabía bien que era una situación bien pendeja.
—¡Es que no mames! ¿Me estás hablando en serio?
—Sí.
—¿Brian está desayunando con Jordan? —y si Diego hubiera puesto un poco más de atención, hubiera notado el tono de incredulidad en la risa del menor al otro lado de la llamada.
Campillo apretó los labios. No quería decirlo, pero tampoco había llamado para quedarse callado.
—Sí.
—Ah…
Ese pequeño “ah” le cayó todavía peor que la risa.
—¿Qué?
—Nada.
—No, dime.
—No, pues ya entendí—suspiró ante la situación rara. —. Me llamas a media noche justo cuando acabo de ver mi capítulo de Blue Lock, antes de dormir por esa mamada.
—¿Qué mamada pues? —chistó el alfa algo ofendido.
Armando soltó otra risita.
—Que estás bien celoso.
—No estoy celoso.
—Campi.
—¿Qué?
—Me acabas de marcar para preguntarme si mi ex ya me superó porque está desayunando con tu mejor amigo.— Diego se quedó callado ante la risa escandalosa que se escuchó en la llamada.
—Cuando lo dices así suena bien pendejo.
—Porque está bien pendejo.
—Chinga tu madre —la ofensa que sentía era mínima ante la pena de la poca dignidad que le había quedado tras esa llamada.
—No, tú chinga la tuya. Yo estaba tranquilo y me marcas nomás para meterme en tus pedos.
Diego volvió a mirar hacia la cancha, Jordan estaba sonriendo otra vez.
—Es que se me hace raro.
—¿Qué se te hace raro? ¿Que Brian hable con Jordan?
—Sí.
—¿Por qué?
Diego abrió la boca, pero no encontró una respuesta que no sonara completamente ridícula.
Porque no podía decirle que le molestaba que Jordan tuviera una cita, aunque fuera un desayuno.
Tampoco podía decir que llevaba toda la mañana preguntándose qué habían hablado.
Mucho menos que, desde que había visto el nombre de Brian debajo del chat de su hermana, sentía una necesidad casi enfermiza de saber qué estaba pasando entre ellos.
Así que escogió la única explicación que le parecía medio defendible.
—Pues porque tú y Brian… —las palabras se le esfumaron de la mente en ese momento. No era su pedo, pero ahí iba a embarrarse en algo que no le incumbía.
—¿Nosotros qué?
—Pues tuvieron sus cosillas…
—Ah, cabrón. ¿Y eso qué tiene que ver con Jordan?
—Pues que se me hace raro que ahora ande con él.
—¿“Ande con él”? —Armando se rio— No mames, Campi. El vato fue a desayunar con él, no se casaron.
—Ya sé.
—Entonces relájate. Tomate un puto Dalay o yo que sé. Ni yo ando preocupado por lo que haga o no el pocho, ando bien Agustín de Iturbide por acá. Bájale 3 rayas a tu desmadre, Campi.
Si, le daba en la torre que lo pendejeara el Hormi.
—Estoy relajado. —lo que decía no coincidía con el tono en el que lo decía.
—No pareces.
Diego chasqueó la lengua.
—Nomás te estoy preguntando si no te molesta.
—¿A mí?
—Sí.
—¿Por qué me habría de molestar?
—No sé. Porque antes estaban juntos.
—Campi, eso ya fue. Y además, Brian y yo nunca fuimos nada, no algo que se pueda decir “oficial”. —La voz de Hormiga de repente se escuchaba algo melancólica.
Diego se quedó pensando un segundo.
—Pero sí te gustaba.
—Sí.
—Y ahora ya no.
—Eeeh… ¿no?
—¿Así nomás?
—Así nomás. —Armando hizo una pausa. —¿Sabes qué creo? Que tú quieres que me encabrone para sentir que tienes una razón para estar encabronado tú.
Diego soltó una carcajada seca.
—Estás bien pendejo. ¿Qué me voy a estar ondeando yo?
—Si ondeado es lo de menos, wey. Estás pero bien enculado.
La risilla del menor se escuchó al otro lado de la llamada, seguida de unos cuantos sonidos que imitaban, con toda la intención de chingar, la sirena de una ambulancia. Diego dejó de sonreír de golpe, apretando los labios mientras apartaba el teléfono de su oído.
—Chinga tu madre, Hormi.
—Entonces deja de preguntarme por Brian.
—Te pregunté una cosa.
—Me preguntaste si ya me superó.
—Porque…
—Porque Jordan va a desayunar con él —terminó Armando por él—. Ya sabía.
Diego miró hacia la cancha una vez más.
Jordan acababa de darle un pequeño empujón a Brian con el hombro mientras se reía.
Sintió cómo la mandíbula se le tensaba otra vez.
—Bueno —murmuró—. Ya, olvídalo.
—Eso haré.
—Nos vemos.
—Campi.
—¿Qué?
—No seas tan obvio.
Diego frunció el ceño.
—¿Obvio de qué?
—De lo que sea que estés haciendo.
Y antes de que pudiera responder, Armando colgó.
Guardó el celular en el bolsillo y se quedó unos segundos mirando el suelo.
La conversación le había dejado una sensación incómoda en el pecho, una que no quería nombrar porque, en cuanto lo hiciera, tendría que aceptar que Armando probablemente tenía razón.
No estaba celoso, no podía estarlo.
Solo estaba cuidando a Jordan.
Eso era todo.
Era su mejor amigo.
Y si algo salía mal con Brian, él iba a ser quien tuviera que aguantar al omega quejándose durante semanas y ver al causante de eso diario.
Sí.
Eso tenía sentido.
Muchísimo más que aceptar que le estaba molestando verlo sonreírle a otro cabrón.
—Pinche Hormi.
—¿Con quién hablabas?
La voz lo sacó de sus pensamientos.
Diego levantó la mirada y se encontró a Bryan frente a él, con una botella de agua en una mano y esa expresión de curiosidad que ya conocía demasiado bien. La misma cara que ponía cada vez que olía que había chisme y, peor todavía, que Diego estaba metido en él.
—Con el Hormi.
—¿Y ese milagro? —Bryan se acomodó la botella contra el pecho—. ¿Qué chingados querías con él?
—Una pendejada.
Bryan esperó.
Diego también.
El problema fue que ninguno de los dos parecía tener prisa por irse.
—¿Y? —insistió Bryan al cabo de unos segundos.
Diego soltó un suspiro y se pasó una mano por la nuca.
—Le pregunté una cosa.
—¿Qué cosa?
—Que si Brian ya lo tomaba como algo del pasado… —la voz del alfa se fue apagando poco a poco al escuchar lo absurda que había sido su respuesta.
Bryan se quedó completamente quieto.
Por un segundo pareció que estaba procesando la información. Después, lentamente, una sonrisa comenzó a dibujarse en su cara.
—No. —dijo alargando la vocal.
Diego frunció el ceño.
—¿Qué?
—No puede ser que hayas hecho eso.
—¿Qué tiene?
—¿Neta le marcaste a Armando para preguntarle si Brian ya lo superó porque fue a desayunar con Jordan?
Diego hizo una mueca y desvió la mirada hacia la cancha.
—Cuando lo dices así, suena peor —mantuvo su vista perdida en un punto, para evitar la mirada que recriminatoria que le tiraría el Cotorro.
—Porque está peor de lo que pensé, cabrón. —Bryan soltó una carcajada que hizo que un par de jugadores voltearan a verlos. Diego inmediatamente le hizo una seña para que bajara la voz.
—Ya, wey.
—No, no, espérate —Bryan negó con la cabeza, todavía riéndose—. Es que no mames. ¿Qué clase de razonamiento te llevó hasta ahí?
—Ninguno.
—Pues se nota.
Diego le lanzó una mirada de pocos amigos, pero Bryan ya estaba demasiado entretenido.
—Estás bien enfermo, Campi.
—No estoy enfermo.
—Le llamaste al ex ligue de Brian para preguntarle si ya lo superó porque Brian salió a desayunar con Jordan.
—No era por eso.
—¿Entonces por qué?
Diego abrió la boca, pero solo se vino el blanco a su mente. Nada y la cerró. Volvió a mirar hacia la cancha.
Nada.
Ni una sola respuesta que no sonara como una completa pendejada. Bryan lo observó unos segundos y terminó soltando una risilla.
—Eso pensé.
—Ya, cállate.
—No, cabrón, es que de verdad no entiendo cómo todavía sigues creyendo que esto es normal.
Diego chasqueó la lengua y volvió la atención hacia el entrenamiento, justo a tiempo para encontrar a Jordan un poco más adelante, ahora hablando con otros compañeros.
Por lo menos Brian ya no estaba junto a él.
Sin darse cuenta, Diego relajó un poco los hombros.
Bryan siguió la dirección de su mirada y soltó una pequeña risa.
—Te consume.
Diego volteó hacia él.
—¿Quién?
Bryan ni siquiera tuvo que responder, solo levantó las cejas.
—No mames —chistó ante la confusión de Campillo. —. Pues el Jordan, wey.
—No.
—Sí.
—Estás exagerando. —soltó con un gruñido, tratando de negar y negarse a sí mismo aquella clara razón.
—¿Ah, sí?
Bryan dio un trago a su botella y se quedó observándolo por encima del plástico.
—Antes salías un chingo. Te ibas a cenar, conocías gente, tenías tus ligues, te ibas de peda con nosotros y hasta eras tú el que terminaba convenciendo a los demás de salir.
Diego se encogió de hombros.
—Pues uno cambia.
—Tú no cambiaste. Te encimaron un omega y ya no sabes vivir sin él.
—No me encimaron a nadie. —gruñó buscando marcar un límite, pero es Diego, no sabe que es un límite.
—¿No?
—No.
—Entonces dime cuándo fue la última vez que saliste con alguien.
Diego abrió la boca para responder, pero se quedó pensando.
Una semana.
¿Dos? No.
Eran Más, bastante más.
Bryan sonrió al notar el silencio.
—Ándale, ya ves que mi razonamiento es bueno. —soltó una risa algo escandalosa que llamó la atención de Militio que les hizo una seña para que siguieran con su rutina.
—Ya bájale, Cotorra —dijo Campillo para continuar con su sesión de búlgaras. —. Y pues no sé… Estoy ocupado.
—¿Con qué?
—Con el fútbol. —señaló a la cancha.
—Ajá.
—Y otras cosas.
—¿Como llevar a Jordan a cenar, recogerlo, dejar que se quede en tu departamento, prestarle ropa, dormir con él y luego andar preguntando a Armando si Brian ya lo superó?
Diego soltó una carcajada seca.
—Chinga tu madre.
—Te estoy ayudando. —comentó mientras empezaba su serie de sentadillas.
—No necesito ayuda.
—Sí necesitas.
Bryan le dio un pequeño golpe con el dorso de la mano en el brazo, pero Campillo siguió inmutado, centrado en su rutina.
—Mira, te voy a decir algo. Si de verdad te vale madre lo que haga Jordan, demuéstratelo.
Diego lo miró de reojo.
—¿Cómo?
—Sal con alguien.
La respuesta fue tan sencilla que Diego tardó un segundo en procesarla.
Hizo una mueca.
—¿Ahorita?
—No, pendejo. Algún día —Bryan soltó una risa y negó con la cabeza—. Ya tiene un buen rato que no sales con nadie. Y no me vengas con que no tienes tiempo porque tiempo sí tienes. Lo que no tienes son ganas.
—Pues no tengo ganas.
—¿O no quieres porque cierto culichi podría molestarse?
Diego giró la cabeza de golpe.
—No tiene por qué molestarse. —y la presión en el agarre de las pesas aumentó al sentirse exhibido.
—Exacto —el lateral sonrió de lado, como si acabara de conseguir justo la respuesta que quería —. Entonces tampoco debería importarte a ti que él salga con quien se le dé la gana.
Diego se quedó callado.
Otra vez.
Porque, en teoría, Bryan tenía razón. Si Jordan podía desayunar con Brian sin pedirle permiso a nadie, él también podía salir con quien quisiera.
No eran novios.
No eran pareja.
No tenían absolutamente nada que reclamarle al otro.
Y, aun así, la sola idea de llegar algún día a su departamento después de una cita y encontrarse a Jordan sentado en su sillón le provocó una sensación extraña.
No sabía si le preocupaba más la reacción del omega… o la suya propia.
—Tengo una amiga —dijo el beta de pronto.
Diego lo miró.
—¿Qué?
—Una amiga que tiene una amiga.
Diego soltó una risa incrédula.
—Eso sonó bien pendejo.
—Déjame hablar, cabrón. —Bryan sacó el teléfono y empezó a buscar entre sus conversaciones mientras caminaban lentamente hacia donde estaban los demás. Diego lo siguió por inercia, aunque seguía sin entender a qué iba todo aquello.— Hace unos días estaba hablando con una amiga y me contó que una amiga suya quería conocer a alguien.
—¿Y?
—Pues que está soltera y quiere salir con alguien. Una cita a ciegas, de esas que haces nomás por diversión. Nada serio, nada de compromisos. — el beta levantó la mirada del teléfono.— Y pensé en ti.
Diego soltó una risa.
—Qué poca madre.
—¿Por qué?
—Porque me estás consiguiendo cita como si tuviera quince años.
—Pues peor. A los quince por lo menos salías más, tenías más pegue, ahorita andas centralizando tu vida en un omega que… te ve como su Sancho. No te mames, mi Campi.
—Ora Sancho… —soltó una risa seca. — No necesito que me consigas nada.
—No te estoy consiguiendo esposa, Campi. Es una salida.
—Me da hueva.
—Claro que te da hueva.
Bryan volvió a concentrarse en el teléfono.
—Pues entonces quédate aquí, viendo cómo Jordan desayuna con Brian, luego marca al Hormiga para preguntarle si está celoso y mañana vienes a decirme que no entiendes por qué traes cara de culo desde las ocho de la mañana.
Diego le lanzó una mirada asesina.
—Estás pero bien chingón para hablar y decir pendejada y media. —contestó a regañadientes, dejando salir un gruñido que su alfa está reteniendo.
—Pues yo digo puro facto, gracias.
—No era cumplido.
—Y la neta me vale. —Bryan siguió buscando hasta que finalmente encontró el perfil. — Mira.
Le tendió el teléfono. Diego lo tomó más por quitarle la razón que por verdadero interés.
La omega era bonita. Bastante, de hecho. Con una cabellera negra y una piel blanca, que parecía de porcelana.
Tenía varias fotografías en restaurantes, algunas con amigas, otras de viajes y unas cuantas donde simplemente aparecía ella. Nada demasiado producido. Se veía tranquila, segura de sí misma.
Diego bajó un poco por el perfil.
—Está guapa —admitió.
—¿Verdad?
—Sí.
—Entonces ya estuvo —le tendió el teléfono a Campillo, que dejó sus pesas de lado para sostener el aparato.
—A ver wey, no dije eso.
—Pero tampoco dijiste que no.
Diego resopló, aunque siguió deslizando el dedo por la pantalla.
Hasta que se detuvo. Vio una fotografía, luego otra. Y, sin saber exactamente por qué, abrió la lista de seguidores.
—Espera.
Bryan se acercó para mirar por encima de su hombro.
—¿Qué pasó?
Diego comenzó a bajar por la lista. No tardó demasiado en encontrarlo.
Jordan.
Se quedó quieto, su dedo dejó de moverse sobre la pantalla.
—No.
—¿Qué?
—Mejor no.
Bryan miró la pantalla y después a él.
—¿Por qué?
—La sigue Jordan. —y le entregó el teléfono en las manos para continuar su repetición.
Hubo un silencio de un par de segundos. Bryan parpadeó y después soltó una risa.
—¿Y?
Diego lo miró como si acabara de decir la cosa más estúpida del mundo.
—¿Cómo que “y”?
—Pues que la sigue.
—Exactamente. —negó con la cabeza para después acomodarse y hacer el estiramiento de piernas.
—Campi, medio Guadalajara sigue a medio Guadalajara.
—No entiendes.
—No, creo que tú eres el que no entiende. —Bryan guardó el teléfono en el bolsillo y se cruzó de brazos. —¿De verdad vas a evitar salir con una morra porque tu mejor amigo la sigue en Instagram?
—No quiero problemas.
—¿Qué problemas?
—Pues con Jordan.
—¿Qué problema podría hacerte Jordan?
Diego abrió la boca.
Nada. Otra vez. Porque no tenía una respuesta concreta.
Jordan podía enterarse y hacer una de sus típicas bromas, podía preguntarle quién era, podía burlarse de él por salir con alguien. Incluso podía no darle importancia.
Y, por alguna razón, esa última posibilidad era la que más le incomodaba.
—No sé —admitió finalmente.
Bryan soltó una carcajada.
—Estás bien cabrón, te traen pero amarrado. ¿Seguro que el Jordi no te dio agua de calzón?
—Déjate de mamadas. Solo no es buena idea.
—El problema es que tú solo te estás poniendo límites por él.
Diego bajó la mirada.
—No es por él.
—Sí es por él. —insistió mientras simulaba estar estirando al captar de nuevo la mirada de Milito.
—No.
—Entonces sal con ella.
Diego volvió a mirar hacia la cancha.
Jordan acababa de recibir un balón. En cuanto levantó la mirada y se encontró con los ojos de Diego, levantó una mano y le hizo una seña obscena antes de reírse.
Diego no pudo evitar sonreír.
Fue automático. Ni siquiera alcanzó a pensarlo.
Bryan, a su lado, lo vio.
Y la sonrisa que apareció en su cara fue todavía peor que cualquier comentario.
—¿Ves?
Diego borró la sonrisa de inmediato.
—¿Qué?
—Ese cabrón te va a consumir. —la risa fue inevitable ante la cara que ponía el alfa.
—No seas dramático.
—No soy dramático. Te conozco —Bryan le dio una palmada en la espalda y volvió a sacar el teléfono—. Sal con ella. Aunque sea una vez. Diviértete. Haz algo que no tenga que ver con Jordan.
Diego soltó el aire lentamente.
Quizá no era tan mala idea.
Quizá necesitaba demostrarle a su propio cerebro que podía hacer su vida sin estar pendiente de cada cosa que Jordan hacía.
Además, una cita no significaba nada. Solo era una cita, no tenía por qué enterarse nadie.
Y, mucho menos, Jordan.
—¿Y cómo se llama?
Bryan sonrió de inmediato.
—Ah, cabrón. Ya preguntaste.
—Cállate. —gruñó de nuevo y el Cotorro solo rodó los ojos ante la obviedad de su amigo.
—Te dije que te iba a servir.
—No te emociones.
Bryan volvió a buscar el perfil y se lo pasó.
—Sabía que ibas a caer.
—No he caído en nada.
—Sí, cómo no.
Diego volvió a mirar la pantalla.
Y, por primera vez en toda la mañana, intentó convencerse de que salir con alguien más podía ser una buena idea.
Solo había un pequeño detalle que no conseguía quitarse de la cabeza.
¿Qué cara pondría Jordan cuando se enterara?
