Chapter Text
Era un sueño. Sin duda, tenía que estar soñando.
Remy comenzó a despertar de forma lenta, emergiendo de un sueño inusualmente pesado y pacífico. Lo primero que registró su mente adormilada fue la textura de la ropa que llevaba puesta. Una playera ligera de manga larga, de un algodón suave que ya se sentía gastado por el uso; unos pants holgados, calcetines gruesos en los pies y, por supuesto, los omnipresentes guantes de tela fina cubriendo sus manos. Era su armadura nocturna. Una protección que no era para él, sino para la mujer que dormía a su lado. Recordó poco a poco dónde estaba. El colchón se sentía igual al de su habitación, pero las sábanas eran más suaves y, sobre todo, más cálidas. Frente a él, una barrera de almohadas y, detrás de ellas, estaba ella.
Se estiró con movimientos felinos. Después dejó que sus ojos se acostumbraran a la luz de la mañana. La luz del sol se filtraba tímidamente a través de las pesadas cortinas de encaje y dibujaba líneas geométricas sobre la cama y la alfombra, también pudo ver cómo la envolvían a ella en un aura etérea.
Llevaba poco más de un año viviendo en la Mansión de los X-Men, pero para Remy LeBeau, el tiempo seguía midiéndose en una escala completamente distinta. Catorce meses habían bastado para pasar de ser el «chico nuevo» a convertirse en un miembro valioso de los X-Men. El cajún de pasado turbio, el ladrón reformado bajo la estricta y vigilante mirada de Charles Xavier y los suyos. Sin embargo, en esa habitación en particular, el tiempo no se medía en meses, sino en centímetros de distancia.
La cordillera de almohadas dividía la cama matrimonial como una frontera infranqueable. Se interponían varias almohadas no muy gruesas. Tenían el volumen exacto, el grosor estrictamente necesario para cumplir la primera regla del protocolo de seguridad: mantener una barrera física que impidiera que un giro involuntario a mitad de la noche terminara en tragedia.
Al otro lado de la trinchera de plumas, Rogue dormía de espaldas a él. Su silueta estaba envuelta en un atuendo idéntico en propósito: ropa deportiva que le cubría las piernas, mangas largas que morían en guantes de seda y un cuello de tortuga que protegía la línea de su garganta. No había un solo milímetro de piel expuesta al aire, a excepción de su rostro.
Remy parpadeó para despejar la pesadez de sus ojos rojizos. El instinto del ladrón, usualmente alerta ante cualquier ruido de la mansión, se vio doblegado por un impulso mucho más humano y primario. Con un movimiento deliberadamente lento, estiró un brazo por encima de las almohadas divisorias y dejó caer suavemente el antebrazo sobre el costado de Rogue, sintiendo la subida y bajada regular de su respiración.
Algunos minutos después, aún aturdido por el remanente del sueño, Remy decidió arriesgarse. Con una delicadeza quirúrgica, deslizó la primera almohada fuera de la cama. Rogue no despertó. Entonces hizo lo mismo con el resto. Con un movimiento rápido las arrojó fuera del colchón. Escuchó el impacto sordo de las almohadas al golpear la alfombra y, de inmediato, recortó la distancia que los separaba. Deslizó su cuerpo hacia adelante hasta pegar firmemente su pecho contra la espalda de Rogue y, con un solo brazo, rodeó tiernamente su cintura.
El efecto fue instantáneo. Rogue dio un respingo violento, un salto ahogado que tensó cada uno de los músculos de su cuerpo de forma tan rígida que pareció transformarse en piedra. Sus ojos se abrieron de par en par por el pánico ciego de quien despierta creyendo que su peor pesadilla se había hecho realidad. La pesadilla de tocar a alguien por error. De robarle la vida.
—Tranquila, chère —susurró Remy con una voz ronca, pastosa por el sueño, arrastrando las palabras con ese acento de Nueva Orleans que ella conocía tan bien. Se acercó un poco más, manteniendo el tono bajo, casi inaudible—. Soy yo. Soy Remy. No pasa nada.
Al sentir la vibración del pecho de Remy contra su espalda, Rogue soltó un aire contenido, una exhalación temblorosa que hizo que sus hombros bajaran un par de milímetros. Remy, detectando la grieta en su armadura defensiva, dejó escapar una pequeña risa suave que vibró contra la espalda de la joven. Aquel ritual, aunque hermoso en teoría, seguía siendo un territorio minado. Ella nunca había dormido con nadie en toda su vida. El aislamiento no era solo una medida de seguridad para Rogue, era su estado natural, su zona de confort forzada.
Había costado meses de paciencia infinita, de conversaciones a media luz y de promesas absolutas para que ella apenas aceptara que él se quedara a pasar la noche en la misma cama. Y aun así, la concesión venía con un contrato estricto de cláusulas inamovibles: la ropa blindada, las almohadas divisorias, el contacto mínimo durante la noche.
Remy entendía su miedo. Lo leía en la forma en que contenía el aliento cada vez que él cruzaba uno de los límites invisibles que ella se había puesto para alejarse de todos. Toda su vida, desde que manifestara sus poderes mutantes, la reacción natural del mundo ante ella había sido el rechazo físico. La gente se apartaba en los pasillos, esquivaba sus manos, se alejaba lo más posible para proteger su propia esencia. Tener a alguien que buscara activamente acortar esa distancia, que se arrojara voluntariamente a su espacio personal, era una anomalía que su cerebro todavía procesaba con sospecha y terror.
Ella ni siquiera se molestó en preguntar qué había pasado con la barrera de almohadas; sabía bien la respuesta. Remy era simplemente temerario.
—Ten cuidado —le advirtió.
—Todo está bien, lo juro. De hecho, hace mucho que no había dormido tan bien. Estoy listo para mudarme a tu cuarto —bromeó, apretando un poco más el abrazo por la cintura.
El chiste funcionó. Sintió el pecho de Rogue vibrar con una risita corta y, finalmente, notó cómo su cuerpo perdía toda rigidez. Ella dejó caer la cabeza hacia atrás y la apoyó ligeramente en el pecho de él. Remy aprovechó el momento para depositar un beso suave, pausado, sobre la tela que cubría su hombro. Luego, llevó la mano hasta el inicio de su brazo y lentamente lo pasó por todo el largo, acariciando la suave superficie del algodón hasta llegar a su mano enguantada. Deslizó sus dedos entre los de ella, entrelazándolos con fuerza, palma contra dorso, tela contra tela. Una unión perfecta dentro de los límites permitidos.
—Buenos días, por cierto —dijo ella.
Con un movimiento perezoso, Rogue guió las manos entrelazadas hacia su propio pecho, justo encima de donde latía su corazón, allí apretó su mano como si quisiera asegurarse de que él era real, de que el calor que sentía a su espalda no era un truco de su imaginación.
Se quedaron así, suspendidos en ese espacio de tiempo robado al mundo, disfrutando del silencio de una escuela que aún no despertaba del todo. Remy respiraba el aroma de su cabello, una mezcla entre vainilla y magnolias, mientras se convencía a sí mismo de que cada restricción, cada capa de ropa y cada regla estricta valían la pena si el resultado final era este momento de paz compartida.
Toc. Toc. Toc.
El sonido seco y enérgico de unos nudillos golpeando la madera de la puerta rompió el encanto como si alguien hubiera lanzado una piedra a una ventana.
—¿Rogue? ¿Estás despierta? —La voz de Storm al otro lado de la puerta era firme, serena, pero imponente.
El pánico se apoderó de la joven con la fuerza de una descarga eléctrica. Sus ojos se abrieron desmesuradamente al mirar el reloj de mesa. Había olvidado por completo poner el despertador. La sesión táctica de vuelo en el Cuarto de Peligro estaba programada para primera hora, y Ororo jamás toleraba la impuntualidad cuando se trataba del entrenamiento del equipo.
En un movimiento reflejo nacido de la pura desesperación, Rogue se levantó de golpe, arrastrando las sábanas tras de ella y gracias a su superfuerza, arrastrando también a Remy, quien fue tomado por sorpresa. En dos segundos, cayó al suelo con un golpe seco y un quejido sordo que resonó en toda la habitación.
—¿Rogue? ¿Pasa algo ahí dentro? —preguntó Storm desde el pasillo.
—¡N-no, no! ¡Todo bien, Ororo! —gritó Rogue, pasando sus manos por su cabello despeinado y tratando de forzar una voz normal y despierta—. ¡Solo me caí de la cama al intentar apagar el despertador! Perdón, no escuché la alarma, pero estaré en el Cuarto de Peligro en menos de diez minutos.
—De acuerdo. No te retrases, el profesor ya nos está esperando en los controles. Roberto tampoco llegó, iré a su cuarto para ver qué le pasó. No tardes, Rogue. —respondió Ororo, y sus pasos comenzaron a alejarse por el corredor.
Rogue dejó escapar un largo suspiro de alivio. Sin perder el tiempo, corrió hacia su clóset, tomó su uniforme y comenzó a quitarse la pijama para cambiarse a prisa, aún sintiendo la adrenalina. Miró hacia el suelo, donde Remy se frotaba la espalda con una mueca de dolor, pero con los ojos chispeantes de diversión. Cuando sus miradas se encontraron y Remy la vio en ropa interior, su expresión divertida se transformó en una de sorpresa y, por supuesto, deseo.
Ella lo fulminó con la mirada mientras le hacía señas frenéticas y desesperadas con la mano, apuntando directamente hacia el balcón de la habitación.
Remy se mordió el labio inferior, aguantándose una carcajada limpia que amenazaba con salir de su garganta. Se levantó del suelo con la agilidad propia de un acróbata, ignorando el dolor del golpe. Estaba descalzo, vistiendo solo sus calcetines, pero no se detuvo a buscar sus zapatos. Sabía que estaban cortos de tiempo y la mirada de Rogue prometía consecuencias terribles si lo atrapaban en su habitación. Caminó con paso ligero hacia las puertas de cristal del balcón, abriéndolas en silencio para dejar entrar la brisa fresca de la mañana.
Salió al pequeño balcón y, antes de bajar por la pared, se detuvo y miró hacia atrás. Rogue ya estaba casi vestida. Ella corrió hacia él, con una mezcla de ternura y urgencia pintada en el rostro. Se llevó su pulgar enguantado a los labios, depositó ahí un beso y, con él, acarició la mejilla del cajún. Después, le hizo una señal inequívoca de que debía marcharse ya.
Pero Remy LeBeau no era un hombre que se conformara con un beso en la mejilla.
Con un movimiento rápido de su mano, atrapó la muñeca de Rogue y la atrajo hacia él con un tirón suave pero firme, reduciendo el espacio entre sus rostros a apenas unos centímetros.
—¡Remy, basta! —susurró ella, con las mejillas encendidas, mirando de reojo hacia la puerta principal—. Déjate de tonterías, nos van a descubrir y no quiero tener que darle explicaciones a Scott o al Profesor. ¡Vete!
—Tranquila, chère —dijo él, con una sonrisa ladina y los ojos brillando con una intensidad que la hizo flaquear—. Antes de irme... solo quiero decirte algo. Lo de anoche... lo que pasó entre nosotros fue... fue...
Remy se detuvo. Por una vez en su vida, el elocuente y carismático ladrón se había quedado sin palabras. La emoción que sentía en el pecho, la pura gratitud y el peso del avance que habían logrado al compartir esa cama era algo tan grande que su vocabulario habitual se sentía plano, insuficiente. Buscando una forma de expresarlo, tomó la mano enguantada de Rogue y la presionó con firmeza contra su propio pecho, justo sobre el latido acelerado de su corazón.
Rogue lo miró a los ojos, y la urgencia en su rostro se suavizó, transformada por una sonrisa dulce y comprensiva que iluminó sus facciones.
—Sí, Remy. Fue... ya fue. Ahora muévete y lárgate de aquí —le dijo en un susurro divertido, aunque sin retirar su mano de su pecho.
Remy sonrió, complacido por su reacción. Tomó la otra mano de la joven con delicadeza y se llevó las dos manos de Rogue hacia sus labios para depositar un beso pausado, profundo, sobre sus guantes, sin apartar la mirada de sus hermosos ojos verdes.
—Lo que pasó anoche, chère, es como quiero que sea nuestra relación de ahora en adelante —le dijo, adoptando un tono de absoluta seriedad y sinceridad—. Quiero que estemos cada vez más cerca. Sé que es difícil para ti, sé que tienes miedo, por eso quiero darte las gracias. Gracias por confiar en mí. Vamos a encontrar otras formas de estar juntos, te lo prometo. Formas en las que no necesitemos tocar nuestra piel para sentirnos cerca. Encontraremos maneras interesantes, divertidas, incluso profundas.
Rogue rodó los ojos, dejando escapar una risita ante el descaro y la intensidad dramática de Remy. El tono sugerente de sus últimas palabras no se le había escapado.
—¿Por qué estás tan obsesionado conmigo, LeBeau? —preguntó ella en broma, arqueando una ceja con fingida altanería.
—Es el encanto del peligro, petite —respondió él con un guiño.
Toc. Toc.
La puerta volvió a sonar, esta vez con una vibración que denotaba impaciencia.
—¡Rogue! Diez minutos. Te quiero abajo en el Cuarto de Peligro con el uniforme puesto —la voz de Storm ya no aceptaba réplicas.
Remy contuvo su risa. Aprovechando el último segundo de distracción de la joven, se inclinó hacia adelante y presionó sus labios con suavidad en un lado de su cuello, encima de su cuello de tortuga, buscando el único punto donde el calor de su cuerpo se transfería mejor a través de la ropa.
—¡Ten cuidado con mi piel! —advirtió ella en un susurro tenso, encogiéndose por el escalofrío que el gesto le provocó.
—Siempre lo tengo, Rogue. Siempre —respondió él, dedicándole un último guiño cargado de complicidad.
Remy apretó una última vez una de las manos de Rogue y comenzó a caminar hacia atrás, saliendo al balcón sin apartar los ojos de los de ella. Sus dedos extendidos siguieron rozando los de la joven, estirando el contacto físico lo más posible, centímetro a centímetro, hasta que la distancia física hizo imposible mantener las manos unidas. Las puntas de sus dedos se deslizaron y el aire ocupó el espacio vacío.
Con la agilidad fluida que lo caracterizaba, Remy dio un salto acrobático hacia atrás, subiéndose al borde de la barandilla del balcón de piedra de la mansión. Se sostuvo un segundo en un equilibrio perfecto, regalándole a Rogue una última sonrisa de conquistador, y luego dio un brinco hacia atrás y comenzó a bajar por la estructura del edificio utilizando los salientes de los ladrillos y las enredaderas como si fuera una simple escalera. Rogue se asomó un instante, viéndolo descender con una sonrisa involuntaria dibujada en el rostro, antes de cerrar las puertas del balcón y correr hacia el Cuarto de Peligro.
Mientras tanto, Remy descendía por la fachada de la Mansión X con la pericia de un gato. Sus pies, cubiertos únicamente por los calcetines, encontraban apoyo de forma silenciosa en las molduras de la pared. Cuando estuvo a unos tres metros del suelo, se soltó, amortiguando la caída con una flexión perfecta de las rodillas sobre el césped húmedo del jardín trasero.
Se incorporó de inmediato, sacudiéndose un poco su pants, y comenzó a caminar a paso apresurado, buscando rodear el ala oeste del edificio para entrar por la cocina o por el garaje antes de que el resto de los estudiantes o los profesores salieran a los pasillos. Iba tan concentrado en planear su coartada que no miró hacia adelante.
Al doblar la esquina, se topó de frente con una figura maciza que caminaba en dirección contraria. Casi chocan, pero Remy se frenó en seco y dio un paso instintivo hacia atrás para mantener la distancia.
Logan estaba de pie frente a él, vistiendo una playera blanca de tirantes, una chamarra de cuero café encima y unos pantalones vaqueros gastados. Al verlo, su ceño se frunció y cruzó los brazos sobre su ancho pecho. Clavó sus ojos intensos directamente en el cajún. Remy tragó saliva de forma casi imperceptible. A pesar de toda la seguridad en sí mismo que solía desplegar ante el mundo, y aunque actuaba de forma libre y despreocupada como cualquiera en sus tempranos veintes, el viejo Logan le imponía un respeto tremendo. Había una letalidad innata en el rudo canadiense que Remy prefería no poner a prueba si no era estrictamente necesario, por mucho que intentara ocultar ese temor bajo una capa de encanto sureño.
Logan gruñó, un sonido bajo que nació en el fondo de su garganta. Caminó varios pasos hacia adelante y Remy retrocedió sin decir nada. Logan observó el ala oeste de la mansión y luego desvió la mirada hacia arriba, hacia los balcones de los estudiantes. Sus ojos cazadores comenzaron a rastrear el camino que Remy había recorrido minutos antes: desde el balcón de Rogue, pasando por las enredaderas. Luego bajó la vista lentamente para seguir sus huellas en el pasto. Finalmente, sus ojos se detuvieron en Remy y escanearon su aspecto.
Lo miró de arriba hacia abajo. Se detuvo en sus pies sin zapatos, cubiertos de pasto y tierra húmeda sobre los calcetines, y luego detalló la ropa deportiva que cubría cada centímetro de su piel, guantes incluidos. Logan no necesitaba ser un telépata para sumar dos más dos. El olor de Remy estaba impregnado en la habitación de la chica, y el olor de ella se mezclaba con el de él.
—LeBeau —refunfuñó Logan, entornando los ojos—. Es muy temprano para un paseo por el jardín, ¿no crees? Y veo que olvidaste algo importante en tu habitación. Debes ser muy estúpido como para olvidar tus zapatos.
Remy forzó su mejor sonrisa amistosa, levantando las manos en un gesto de aparente inocencia.
—El aire de la mañana en Westchester es muy revigorizante, mon ami. Yo solo quería estirar las piernas antes del desayuno. A veces me gusta salir en calcetines para sentir el pasto fresco; es un hábito del sur.
Logan dio un firme paso más hacia adelante, recortando la distancia. Su tono de voz bajó una octava, perdiendo cualquier rastro de ironía para volverse peligrosamente serio.
—Escúchame bien, muchacho. Rogue no es solo una parte esencial de este equipo en el campo de batalla. Ella es una de mis favoritas en esta loca familia de mutantes. Ha pasado por demasiadas cosas malas como para que venga un ladrón de Nueva Orleans a jugar con ella. Así que ten mucho cuidado con tus intenciones. Si le rompes el corazón, o si la pones en peligro por no saber controlar tus manos, no habrá rincón en este mundo donde puedas esconderte de mí. ¿Fui claro?
La sonrisa de Remy se atenuó, pero no desapareció. La seriedad en sus ojos rojizos demostraba que había recibido el mensaje con total claridad. Enderezó la postura, adoptando un aire de dignidad y respeto.
—A estas alturas ya deberías conocerme mejor, Logan. No tengo ninguna mala intención con Rogue. No tienes de qué preocuparte —respondió, manteniendo el tono respetuoso, pero firme.
Logan lo observó fijamente durante unos segundos eternos, como si midiera la veracidad de sus palabras a través de los latidos de su corazón. Finalmente, el mutante más viejo relajó un poco los hombros y soltó un bufido.
Remy, viendo una oportunidad para romper la tensión, comenzó a dar unos pasos de lado para rodearlo y seguir su camino. Sin embargo, antes de acelerar el paso, se detuvo, volvió a mirar al canadiense por encima del hombro y arqueó una ceja con una mezcla de picardía y genuina preocupación.
—¿Le vas a decir algo a Scott o al profesor?
Logan dejó escapar un suspiro de fastidio, metiendo las manos en los bolsillos de sus pantalones vaqueros mientras reanudaba su caminata en dirección opuesta.
—No —respondió Logan sin molestarse en mirarlo—. No soy un maldito soplón. Además, es demasiado temprano. Ni siquiera me he tomado mi maldito café todavía, LeBeau. No tengo la paciencia ni la energía para lidiar con los dramas de Cyclops o los discursos morales de Charles a estas horas. Tampoco me interesa seguir hablando contigo. Desaparece de mi vista antes de que cambie de opinión.
Remy sonrió, aliviado y sinceramente agradecido.
—¡Ten un excelente día, Logan! —le deseó el cajún con entusiasmo.
Sin perder un solo segundo más, Remy se dio la vuelta y salió corriendo a toda velocidad hacia la entrada trasera de la mansión, con los calcetines húmedos por el rocío de la mañana, pero con el corazón más ligero y feliz de lo que había estado en todo su tiempo en ese lugar.
Quería cantar «T’es Si Aisé Pour Aimer», quería saltar de alegría, incluso quería gritar de emoción. Aceleró el paso para llegar a su habitación. Quería estar listo para la próxima vez que Rogue y él se cruzaran.
Una sonrisa enorme apareció en su rostro al volver a sentir esa certeza de que la distancia entre él y Rogue se estaba acortando. El verano se acercaba y sabía que, junto a ella, iba a ser inolvidable.
