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Es una verdad universalmente conocida que un alfa soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa… o un esposo.
Sin embargo, poco se sabe de los sentimientos u opiniones de un hombre en tales condiciones cuando entra a formar parte de un vecindario. Esta verdad está tan arraigada en las mentes de algunas de las familias que lo rodean que unas lo consideran de su legítima propiedad, mientras que otras ya lo reclaman para sus hijas o hijos.
Y mientras el piano sonaba suavemente en la propiedad de la familia Black, Sanji paseaba no muy lejos de la entrada. Los patos chapoteaban tranquilamente en la fuente y la ropa se secaba bajo el hermoso sol de aquel día.
Nada parecía capaz de alterar la calma de una jornada ordinaria en la familia Black.
En el interior de la casa, Law, el hermano mayor de Sanji, recorría uno de los pasillos con un libro entre las manos, mientras Hiyori, su otra hermana, suspiraba y miraba por la ventana.
La servidumbre se ocupaba de alimentar a los animales en la parte trasera de la propiedad.
Sanji decidió entrar cuando descubrió a sus hermanos pegados a la puerta del despacho de su padre.
—¡Tiene que casarse con uno de nuestros hijos!
—¿Y eso lo decidirás tú, mujer?
—¡Oh, por favor! No tiene compasión de sus hijos…
Sanji se acercó a ellos.
—¿Qué están haciendo? —preguntó en voz baja—. ¡Está mal espiar detrás de las puertas!
—Oh, cállate… Alguien ha alquilado la propiedad de Netherfield Park. ¡Están hablando precisamente de eso ahora! —lo reprendió Hiyori mientras se acomodaba el vestido y abría un poco más la puerta.
Dentro del despacho, Sora se movía de un lado a otro, mientras Zeff hacía cuanto podía por eludir las obligaciones que cualquier padre de buena familia habría cumplido sin rechistar: encontrar esposo para sus tres hijos omegas.
Sanji miró a Hiyori.
—¿Y eso por qué importa?
—Un tal señor Monkey D. Luffy llegó hace poco —le explicó su hermana.
Sanji parpadeó dos veces.
—Es muy rico —comentó Law.
—¡Y soltero! —exclamó Hiyori con entusiasmo.
Sanji suspiró.
Justo cuando iba a decir algo, la puerta se abrió de golpe, haciendo que los tres hermanos se apartaran sobresaltados.
Zeff apareció dando pesados pasos, huyendo de su esposa, quien miró a sus hijos y les hizo una señal para que la siguieran.
—¡Zeff, sabes que no podemos ir a visitarlo si tú no lo haces primero! —exclamó Sora mientras su marido atravesaba el salón en dirección a la cocina, dispuesto a buscar un juego de cuchillos.
—¡Por favor, papá! —suplicó Hiyori.
—No te metas —la reprendió Law, antes de seguir a su madre y añadir—: ¿De verdad no vas a ir a visitarlo?
Zeff hizo un mohín.
—Zeff, ¿acaso no te importa el futuro de los niños?
Zeff suspiró.
—No va a ser necesario…
—¿Ah, no? —preguntaron todos al unísono.
Zeff se dejó caer en su sillón bergère, con los cuchillos en las manos, como si fueran el objeto más interesante del mundo.
—Ya lo he visitado.
—¡¿QUÉ?! ¡OH, POR DIOS, ZEFF! ¿ACASO NO TIENES COMPASIÓN DE MIS POBRES NERVIOS?
Zeff esbozó una media sonrisa.
—Créeme, tengo mucho respeto por tus nervios. He vivido con ellos durante muchos años. Han sido mis compañeros durante todo ese tiempo.
Hiyori sonrió.
—¡Oh, papá! ¿Es guapo? —preguntó, acercándose a Zeff para abrazarlo.
Sanji sonrió con ironía.
—¿Y qué importa si es guapo teniendo todo ese dinero?
Law se sentó en el sofá y retomó su libro.
—Con cincuenta mil berries al año, más le vale ser todo un adonis…
Hiyori sonrió y tomó a su madre de las manos.
—¡Qué emoción! ¡Mamá, ¿cuándo iremos a conocerlo?!
Zeff contempló la emoción de su familia y añadió:
—Le daré mi consentimiento para casarse con cualquiera de mis hijos, siempre que solicite su mano.
Hiyori miró a Sora con entusiasmo. Esta, a su vez, se volvió hacia Law y lo sujetó por los hombros.
—¡Ven, tenemos que arreglarte! —exclamó emocionada.
Law sonrió con cierta resignación.
—Mamá…
—¡Iremos al pueblo de compras!
Sanji se acomodó en el sofá mientras Sora arrastraba a Law y a Hiyori escaleras arriba.
—¿Tú no vas? —preguntó Zeff.
Sanji miró a su padre con diversión.
—Creo que Law está mucho más emocionado que yo por conocer al tal señor Monkey D. Luffy…
Zeff le sonrió.
—Dios nos dé paciencia…
Días después, se celebró una fiesta en el salón social de Meryton.
El lugar estaba atestado de gente y la música apenas dejaba espacio para la conversación. En el centro del salón, la gente bailaba sin parar. Familias de todas las clases sociales se habían reunido en un mismo espacio.
Entonces, la música pareció detenerse cuando tres distinguidos invitados hicieron su aparición en la entrada.
Uno de ellos tenía el cabello negro, una cicatriz bajo el ojo y una gran sonrisa. El otro, más alto, de cabello verde y con una expresión que dejaba claro que habría deseado estar en cualquier otro sitio.
Junto a ellos, una hermosa y despampanante mujer de cabello anaranjado contemplaba todo como si estuviera un poquito por debajo de ella.
El alcalde del pueblo se acercó enseguida.
—Mi más cordial bienvenida, señor Monkey D. Luffy, señor Roronoa, señorita Nami.
Nami se acercó un poco al peliverde.
—Veo que estamos muy, muy lejos de Londres.
Zoro no dijo nada. Se limitó a hacer una pequeña reverencia cuando el alcalde lo saludó.
—¡El placer es todo mío! —respondió Luffy—. ¡Estoy encantado de estar aquí!
La música se reanudó enseguida, como si el hecho de que Luffy se sintiera a gusto entre la multitud fuera más que suficiente para que la fiesta continuara con renovado entusiasmo.
—¿Y quiénes son esos? —preguntó Sanji, siguiendo al trío con la mirada.
—Ese es el señor Roronoa Zoro; la señorita que está junto a ellos es lady Nami, de Kokoyashi, y el otro es Monkey D. Luffy…
Law miraba fijamente a Luffy. Una pequeña sonrisa se le escapó de los labios, algo que no pasó inadvertido para Sanji.
—El pobre señor Roronoa parece muy infeliz… —comentó Sanji, mirando a su amiga Robin.
—¿Pobre? —repitió Robin, divertida—. De pobre no tiene nada. Es dueño de la mitad de Derbyshire y de la hermosa finca de Pemberley.
Sanji rio, divertido.
—¿Solo de la mitad…?
Law le dio un codazo y se apartó un poco.
Sora apareció de pronto.
—¡Deprisa! ¡Vengan conmigo! ¿Dónde está Hiyori? —los apremió.
Hiyori estaba bailando feliz de la vida con un soldado en medio del salón.
Sanji la miró con una media sonrisa.
—Se está divirtiendo…
Sora suspiró, agarró a Law del brazo y miró a Sanji.
—Vamos.
Sanji miró a Robin y la tomó de la mano para llevársela con él.
Sanji vio entre la multitud a su padre, que conversaba animadamente con el tal señor Monkey D. Luffy, quien seguía acompañado por sus amigos.
—He conseguido que tu padre deje de conversar con los granjeros del pueblo para que nos presente a los nuevos vecinos… —explicó Sora con una media sonrisa satisfecha.
Sanji prefirió no pensar en lo que su madre le habría hecho a Zeff para conseguir que le obedeciera en medio de una fiesta.
Los cuatro se detuvieron de golpe junto a Zeff y Sora se aclaró la garganta de manera escandalosa.
Sanji desvió la mirada para evitar que se le escapara una carcajada, mientras Law inclinaba un poco la cabeza para disimular su vergüenza.
Zeff se volvió y observó a Sora.
Ella le sonrió como si quisiera matarlo, y el viejo comprendió que no debía hacerla esperar más.
Zeff suspiró.
—Oh, ahí están —dijo, fingiendo sorpresa—. Así que, como les comentaba, esta es mi esposa, la señora Sora Black; mi hijo mayor, Law; el que le sigue, Sanji, y…
Se interrumpió al reparar en Robin, como si acabara de descubrir que esta había reemplazado a Hiyori.
—Esta es la señorita Nico Robin.
—Nuestra otra hija se encuentra bailando...—aclaró Sora con una gran sonrisa.
Luffy miró a Law directamente a los ojos y sonrió.
—Soy Monkey D. Luffy —se presentó, sin dejar de mirar al pelinegro.
Law asintió.
—Ya lo han dicho…
—Oh… —murmuró Luffy, rascándose la cabeza.
Después miró a sus acompañantes. Zoro desvió la mirada y Nami suspiró, como si estuviera intentando comprender por qué se relacionaba con semejantes idiotas.
La pelinaranja le dio un codazo.
—Preséntanos —le susurró entre dientes.
—¡Ah, sí! —exclamó Luffy.
Parecía tan distraído mirando a Law que había olvidado hasta las normas más básicas de cortesía.
—Estos son mis amigos: lady Nami, de Kokoyashi, y Roronoa Zoro, de Derbyshire.
Los tres jóvenes hicieron una leve reverencia.
Enseguida, Luffy volvió a mirar a Law.
—¿Baila?
Law parpadeó dos veces.
Miró de reojo a Sanji, quien lo empujó ligeramente.
Law seguía sin responder.
—¡Sí! ¡Sí que baila! —exclamó Sanji, empujándolo hacia Luffy para que aceptara la invitación.
Law miró a su hermano como si quisiera matarlo.
Sanji le hizo una seña y articuló un débil «¡Ve!».
Law se aclaró la garganta.
—Me encantaría.
Luffy le tendió la mano. Law la tomó y, poco después, ambos desaparecieron entre las parejas de la pista.
Sanji intercambió una mirada con Zoro, pero ninguno de los dos dijo nada.
—¡Sanji! —lo llamó Sora—. Acompaña un rato al señor Roronoa mientras le mostramos el salón a lady Nami. ¡Robin, acompáñanos! —exclamó, agarrándola del brazo y llevándosela con ellas.
Sanji no tuvo tiempo de protestar.
Se quedó en silencio, contemplando por un momento el salón atestado de parejas.
Mientras la música seguía sonando, Sanji permanecía de pie junto al tal Roronoa Zoro.
El rubio esperaba algo.
Una palabra.
Una invitación a bailar.
Al menos, un intento de conversación.
Pero el hombre estaba más tenso que un cerdo en el matadero.
Sanji lo miró.
—¿Y usted baila, señor Roronoa?
Zoro miró a Sanji con seriedad, casi como si la pregunta lo hubiera ofendido.
—No, si puedo evitarlo.
Sanji parpadeó dos veces.
—Ya veo.
Robin, que había conseguido escapar de Sora, se encontraba al otro lado del salón. Al verlo, le hizo una pequeña señal a modo de saludo.
Sanji sonrió.
—¡Yo, en cambio, adoro bailar! —declaró con encanto, mientras se dirigía hacia su amiga.
Atravesó el salón hasta llegar a ella y la tomó de la mano.
—¡No creí que fueras a bailar conmigo! —le dijo Robin, divertida.
—¡Por supuesto que sí! —respondió Sanji mientras ambos se dirigían a la pista de baile—. Además, necesito ver que Law diga más de dos palabras…
Robin sonrió.
—Creo que el tal Monkey D. Luffy se quedó prendado de Law… —comentó la morena.
Sanji rio.
—¡Exactamente!
Zoro, en cambio, no pudo evitar observar al rubio mientras bailaba alegremente con su amiga, muy cerca de su hermano y de Luffy.
Sus ojos grises lo seguían fijamente.
Observó cómo Sanji reía sin ningún recato junto a Robin, cómo ambos murmuraban cosas en voz baja, inclinándose el uno hacia el otro, como si comentaran los trajes y los pasos torpes de los demás.
—¡Zoro!
La voz de Luffy lo sacó de sus pensamientos. Su amigo venía acompañado de Law.
—¿No vas a bailar? —preguntó el moreno.
—No tengo mucho interés —respondió Zoro.
Sanji se acercó junto con Robin.
—¿Qué tal la fiesta, señor Monkey? ¿Se divierte?
Luffy rio.
—¡Shishishi! Por favor, llámame Luffy —le dijo con simpatía.
Sanji se sonrojó un poco.
—Está bien. —Luego miró a Law—. ¿Y a Law cómo debería llamarlo?
Luffy miró a Law con una media sonrisa.
—Me encantaría que me llamara Luffy también.
Law desvió la mirada hacia Sanji como si estuviera a punto de matarlo.
Sanji le sonrió a su hermano.
—Sabe, Luffy, a mi hermano le encanta leer. ¿Qué hay de usted?
Luffy miró a Law.
—La verdad, no soy mucho de leer, pero me gusta mucho el aire libre y viajar.
Law lo miró.
—A mí también me gustan… los viajes.
Luffy sonrió y se rascó la cabeza.
—No digo que no se puedan hacer ambas cosas, pero me gustan mucho las conversaciones…
Law asintió.
—A Law se le da muy bien la conversación —intervino Sanji.
Zoro lo interrumpió de pronto.
—¿Y también tiende a dejar que otros respondan por él?
Law frunció el ceño, al igual que Sanji.
—No, pero es propio de una familia respetable que un acompañante vele por la reputación de su hermano mayor… —replicó Sanji.
—Sanji… —lo reprendió Law.
—Me gusta conversar —aclaró Law—. Solo que no suelo expresarme demasiado durante los primeros encuentros.
Luffy se quedó mirándolo.
—Pues a mí me encantaría escuchar más sobre sus gustos…
Law le sonrió.
—Y estaré encantado de contarle más sobre mí.
Sanji miró a Zoro.
—¿Lo ve? Solo es cuestión de confianza.
Zoro sostuvo la mirada del rubio.
—La confianza no es suficiente si no se construye sobre una comunicación sólida…
Sanji se tensó.
—Siempre y cuando la comunicación sea… placentera para ambos, ¿no lo cree, señor Roronoa?
Zoro se quedó callado.
—Es parte de enamorarse —añadió Sanji.
—¿Y usted cree que el amor es suficiente para que una relación funcione?
—¿Y usted cree que el afecto sólo se construye quedándose quieto y sin hablar, como una estatua? —replicó Sanji con una sonrisa.
Zoro se quedó con la respuesta en la boca.
Enseguida, el rubio hizo una reverencia y se alejó a grandes zancadas.
Un rato después, Luffy regresó solo.
—¡Nunca había visto omegas tan bonitos en mi vida!
Zoro se cruzó de brazos y lo miró con desdén.
—Estás bailando con el único omega hermoso del salón.
Luffy sonrió.
—¿Y qué hay de Sanji? Es hermoso y agradable.
Zoro frunció el ceño, sin advertir que Sanji pasaba justo detrás de él.
—Es perfectamente tolerable, pero no lo bastante hermoso como para tentarme.
Sanji lo miró de reojo.
Algo se le hundió en el estómago y no pudo evitar acelerar el paso hasta encontrar a Robin y agarrarla del brazo, haciendo todo lo posible por no enterarse del resto de la conversación.
Ambos se refugiaron debajo de unas gradas, en un rincón oscuro donde nadie pudiera escuchar lo que hablaban.
—Sanji, ¿estás bien?
—Por supuesto. ¿Crees que Law se ha sentido atraído por Luffy? —preguntó el rubio.
—Bueno, sí. Si Law se mostrara un poco más efusivo, eso podría ayudar. De lo contrario, podría interpretarse como falta de interés.
—Ya sabes que Law tiende a ser reservado…
Robin asintió.
—En eso tienes razón.
—¿Y qué te pareció el señor Roronoa?
Sanji rio.
—Me parece tolerable, pero… no lo suficiente como para tentarme…
Robin rio divertida al ver cómo Sanji imitaba el tono serio de Zoro mientras repetía lo que pensaba de él.
