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THE MAZE: NO WAY OUT

Summary:

Había una pregunta que los investigadores del Proyecto Edén llevaban tres años intentando responder.

¿Qué ocurría cuando un alfa encontraba algo que deseaba más que su propia supervivencia?

Habían probado con miedo. Con hambre. Con aislamiento. Con pérdidas cuidadosamente calculadas y escenarios diseñados para obligar a los sujetos a elegir entre sus instintos y su conciencia.

Los resultados siempre habían sido decepcionantemente predecibles.

Hasta Oscar Piastri.

Chapter 1: El chico del ascensor

Chapter Text

CAPÍTULO 01.

Lo primero que Lando Norris notó fue el ruido.

Un traqueteo metálico, constante y desagradable, que le vibraba en los dientes y le hacía sentir que tenía el cerebro metido dentro de una lavadora.

Lo segundo fue que estaba acostado sobre una superficie helada.

Lo tercero, y posiblemente lo más preocupante, fue que no tenía ni la más remota idea de dónde estaba.

Abrió los ojos.

Oscuridad.

-No -murmuró.

Su voz sonó ronca, extraña. Le dolía la garganta. Tenía un sabor metálico en la lengua y la sensación de haberse dormido durante aproximadamente cuatrocientos años.

Intentó incorporarse demasiado rápido.

El mundo giró.

-Ah, fantástico. Maravilloso. Una experiencia cinco estrellas.

Apoyó una mano contra el suelo para no caerse y esperó a que las náuseas desaparecieran.

Era un espacio pequeño. Paredes metálicas, un techo demasiado alto para el lugar en el que estaba y ninguna ventana. Una luz blanca parpadeaba sobre su cabeza.

Un ascensor.

Estaba dentro de un maldito ascensor.

Lando se palpó los bolsillos, buscando su teléfono, una cartera, cualquier cosa que pudiera darle una pista.

Nada.

Llevaba pantalones oscuros, una camiseta gris y unas zapatillas que definitivamente no recordaba haberse puesto.

Se llevó ambas manos a la cabeza.

Su cabello estaba hecho un desastre.

Bien. Al menos algunas cosas seguían siendo consistentes con su persona.

Intentó recordar su nombre.

El pensamiento apareció con una claridad casi ofensiva.

Lando.

Lando Norris.

El resto era un agujero negro.

No sabía dónde vivía. No sabía quiénes eran sus padres. No recordaba qué había hecho el día anterior ni cómo había terminado encerrado en una caja metálica que parecía estar descendiendo hacia el mismísimo infierno.

Pero sabía su nombre.

Y, por algún motivo, estaba absolutamente seguro de que era importante.

El ascensor dio una sacudida.

Lando cayó de rodillas.

-¡¿En serio?!

Un golpe resonó sobre su cabeza.

Después, silencio.

El ascensor comenzó a subir.

Lando retrocedió hasta chocar contra la pared y se abrazó las rodillas, intentando ignorar el pánico que empezaba a instalarse en su pecho.

No era miedo a los espacios cerrados. O al menos no creía que lo fuera.

Era otra cosa.

La sensación de haber olvidado algo terrible.

Algo que debería recordar.

Algo que, de alguna manera, tenía que ver con una voz masculina pronunciando su nombre.

Una voz que no conseguía reconocer.

El ascensor se detuvo.

Durante unos segundos, no ocurrió nada.

Entonces, por encima de su cabeza, escuchó voces.

-¿Cuánto lleva?

-No sé. ¿Veinte segundos?

-Apuesto cinco fichas a que grita.

-Apuesto diez a que intenta golpear a alguien.

-¿Pueden dejar de apostar sobre la gente que acaba de llegar?

Una risa.

Lando levantó la cabeza.

Las puertas comenzaron a abrirse.

La luz del exterior lo golpeó de lleno. Entrecerró los ojos y distinguió un círculo de personas observándolo desde arriba.

Chicos.

Todos aproximadamente de su edad.

Algunos tenían herramientas en las manos. Otros vestían ropa de trabajo manchada de tierra. Uno sostenía una manzana a medio comer.

Todos lo miraban como si acabara de salir de una máquina expendedora.

Lando se puso de pie con toda la dignidad que pudo reunir, considerando que acababa de despertarse en el suelo de un ascensor sin saber si tenía apellido.

-¿Qué demonios es esto?

Un chico de cabello castaño dio un paso adelante.

-Bienvenido al Claro.

Lando miró a su alrededor.

Después miró al chico.

-¿Al qué?

-Al Claro.

-Sí, eso he oído. Me refería a qué demonios es el Claro.

El chico suspiró.

-Vas a tener muchas preguntas.

-Y tú vas a tener que responderlas.

Alguien soltó una carcajada.

-Me cae bien.

-Dale cinco minutos -respondió otro-. Todos nos caen bien durante los primeros cinco minutos.

El chico del cabello castaño le tendió una mano.

-Charles. Soy el encargado de mantener este lugar funcionando sin que nos matemos entre nosotros.

-¿Y lo consigues?

-La mayoría de los días.

Lando aceptó su mano y salió del ascensor.

Fue entonces cuando sintió las miradas.

No era una novedad. Aunque no recordara prácticamente nada de su vida, había algo en la manera en que la gente lo observaba que le resultaba familiar.

Quizá era su rostro.

Tenía facciones suaves, ojos claros y expresivos, y unos labios que parecían hechos para sonreír incluso cuando estaba a punto de insultar a alguien. Su cabello castaño caía en rizos desordenados sobre su frente.

Había tierra en su mejilla y una pequeña marca roja en la muñeca.

Aun así, era bonito.

Extraordinariamente bonito.

Y el Claro, al parecer, no recibía muchos chicos extraordinariamente bonitos.

Especialmente si eran omegas.

-¿Es omega? -susurró alguien.

Lando lo oyó.

También oyó el silencio que siguió.

Charles retiró la mano de su hombro y miró a los demás con expresión de advertencia.

-No empiecen.

-Solo pregunté.

-Pues deja de preguntar.

Lando frunció el ceño.

-Estoy aquí, ¿sabéis? Podéis hablar conmigo en lugar de hacerlo como si fuera un cachorro que alguien acaba de abandonar.

El chico de la manzana sonrió.

-Definitivamente me cae bien.

-A ti te cae bien cualquiera que insulte a alguien antes del desayuno -dijo Charles.

-Es una cualidad admirable.

Lando iba a responder cuando una voz llegó desde el fondo del grupo.

-¿Ya terminaron?

No fue especialmente alta.

No necesitó serlo.

Las conversaciones se apagaron con una rapidez que a Lando le pareció bastante sospechosa.

Los chicos se apartaron.

Y entonces lo vio.

Estaba de pie junto a una de las estructuras de madera que rodeaban el Claro, con los brazos cruzados y una expresión que parecía indicar que el mundo entero acababa de cometer una estupidez y él estaba esperando a que alguien se disculpara.

Cabello castaño claro. Ojos pálidos. Hombros anchos bajo una camiseta oscura. Una pequeña cicatriz cerca de la ceja.

No era el más grande de los chicos reunidos allí.

Tampoco necesitaba serlo.

Había algo en su quietud que hacía que los demás parecieran moverse demasiado.

Lando lo observó durante un segundo más de lo necesario.

El desconocido hizo lo mismo.

Y algo cambió.

No en el Claro.

En Oscar Piastri.

El alfa llevaba meses aprendiendo a ignorar sus propios instintos. En aquel lugar, prestar demasiada atención a una persona podía convertirse en una debilidad, y las debilidades eran cosas que el laberinto encontraba maneras de explotar.

Había aprendido a reconocer los sonidos de cada corredor, las variaciones de los muros, el ritmo de las puertas.

Había aprendido a mantener la cabeza fría cuando alguien no regresaba de una expedición.

Había aprendido a no encariñarse.

Entonces el ascensor se abrió.

Y apareció un omega con los rizos revueltos, la camiseta arrugada y unos ojos tan vivos que parecían fuera de lugar en aquel sitio.

Oscar dejó de escuchar todo lo que ocurría a su alrededor.

El chico estaba asustado. Era evidente en la tensión de sus hombros y en la manera en que observaba cada salida.

Pero no bajaba la mirada.

Ni siquiera cuando los demás lo examinaban.

Oscar sintió una presión extraña en el pecho.

No era exactamente miedo.

Era reconocimiento.

Imposible, porque nunca lo había visto.

¿Verdad?

-Piastri -dijo Charles-. ¿Vas a quedarte ahí toda la mañana?

Oscar no respondió.

Lando ladeó la cabeza.

-¿Está bien?

La pregunta fue dirigida a Charles, pero Oscar sintió que se la habían hecho a él.

Un detalle ridículo.

Un detalle que le molestó todavía más porque no sabía por qué.

-Está perfectamente bien -contestó Oscar.

Lando arqueó las cejas.

-Qué alivio. Por un momento pensé que siempre tenía esa cara.

El chico de la manzana se atragantó de la risa.

Oscar entrecerró los ojos.

-¿Siempre hablas tanto?

-¿Siempre eres tan encantador?

-No.

-Ah, bien. Entonces hoy estoy teniendo suerte.

Charles se llevó una mano a la cara.

-Por favor, no empiecen.

Pero Oscar no estaba escuchándolo.

Había percibido algo.

Una nota tenue en el aire que le resultaba imposible identificar, una señal que su instinto reconoció antes de que su mente pudiera procesarla.

Omega.

Lando era omega.

Eso, por sí solo, no significaba nada.

Oscar había conocido a otros omegas en el Claro. Los respetaba, trabajaba con ellos y jamás había considerado que su dinámica secundaria los hiciera menos capaces.

Pero aquel omega acababa de aparecer y Oscar ya estaba registrando cada persona que se encontraba demasiado cerca de él.

Charles, a su izquierda.

El chico de la manzana, que no dejaba de sonreírle.

George Russell, que acababa de acercarse para observar al recién llegado.

Oscar no tenía ninguna razón para prestar atención a ninguno de ellos.

Y, sin embargo, lo hacía.

-Ven -dijo Charles, señalando las estructuras del Claro-. Te enseñaremos dónde dormir y después te explicaremos las reglas.

-¿Reglas? -repitió Lando-. ¿Hay un manual para estar perdido?

-Más o menos.

Charles comenzó a caminar.

Lando lo siguió.

Oscar se quedó donde estaba durante exactamente tres segundos.

Después fue detrás de ellos.

George lo vio pasar.

-¿Adónde vas?

-A enseñarle las zonas seguras.

George miró el cielo despejado.

Después miró el camino por el que acababan de desaparecer Charles y Lando.

-Yo puedo hacerlo.

-Ya lo sé.

-Entonces, ¿por qué vas tú?

Oscar lo miró.

George sonrió lentamente.

-Ah.

-No empieces.

-No he dicho nada.

-Estás pensando demasiado alto.

George soltó una carcajada.

Oscar lo ignoró y siguió caminando.

Al otro lado del Claro, Lando estaba ocupado descubriendo que su nueva prisión tenía cultivos, dormitorios, un taller y un grupo de adolescentes que aparentemente habían aceptado vivir rodeados de muros gigantescos sin organizar ni una sola reunión para discutir lo absurdo de la situación.

-¿Y nadie ha intentado trepar? -preguntó.

-Sí -respondió Charles.

-¿Y?

-No funcionó.

-¿Por qué?

Charles señaló los muros.

Lando levantó la cabeza.

Las paredes de piedra se elevaban tanto que parecían partir el cielo. Más allá de ellas no podía verse absolutamente nada.

Sintió un escalofrío.

No sabía qué había al otro lado.

Pero tenía la inquietante sensación de que algo, en alguna parte, sabía exactamente quién era él.

-No te acerques a los muros -dijo una voz a su espalda.

Lando se volvió.

Oscar estaba allí.

Demasiado cerca, según Lando.

-¿Tienes la costumbre de aparecer detrás de la gente o es un servicio especial para recién llegados?

-Solo cuando no escuchan.

-Llevamos conociéndonos aproximadamente cuatro minutos.

-Y ya estás haciendo preguntas estúpidas.

Lando sonrió.

Oscar tuvo que hacer un esfuerzo consciente para no quedarse mirando aquella sonrisa.

Fracasó.

-¿Cómo te llamas? -preguntó Lando.

-Oscar.

-¿Y siempre eres así?

-¿Así cómo?

-Encantador, misterioso, ligeramente amenazante. Ya sabes, el paquete completo.

-Solo con la gente que hace demasiadas preguntas.

-Entonces debes de odiarte a ti mismo.

Oscar lo miró.

Lando le sostuvo la mirada con una sonrisa satisfecha.

Y, por primera vez en meses, Oscar sintió ganas de reírse.

No lo hizo.

-Mantente alejado de los muros -repitió.

-¿Por qué?

Oscar abrió la boca.

No tenía una respuesta que pudiera darle.

Porque no quería que le pasara nada.

Porque no soportaba la idea de verlo herido.

Porque, aunque acababa de conocerlo, la posibilidad de que Lando desapareciera le provocaba una angustia que no tenía ningún sentido.

Porque, en algún lugar de su memoria, una voz sin rostro acababa de susurrarle una advertencia.

Esta vez, no lo pierdas.

Oscar retrocedió un paso.

-Porque el laberinto no perdona los errores.

Lando dejó de sonreír.

Durante un instante, algo cruzó su expresión.

Reconocimiento.

Un miedo profundo, antiguo, que desapareció antes de que Oscar pudiera comprenderlo.

-¿Nos conocemos? -preguntó Lando.

Oscar sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

No.

No era posible.

-No.

La respuesta salió demasiado rápido.

Lando lo observó unos segundos más.

Después se encogió de hombros.

-Bueno, Oscar. Intenta no echarme de menos cuando me vaya.

Y se alejó en dirección a los dormitorios.

Oscar permaneció inmóvil.

Lo siguió con la mirada mientras Lando se reunía con Charles y comenzaba a hablar otra vez, gesticulando con las manos y sonriendo como si no acabara de descubrir que su mundo había desaparecido.

El chico de la manzana se acercó a Oscar.

-Te gusta.

-Cállate, Minho.

-No he dicho que te guste de esa manera.

Oscar giró la cabeza lentamente.

Minho sonrió.

-Ah. Es de esa manera.

-Voy a tirarte al laberinto.

-Tendrás que explicárselo a Charles.

Oscar volvió a mirar a Lando.

George se acercó por el otro lado.

-¿Sabes qué es lo más gracioso?

-Si dices una palabra más, te juro que...

-Que todavía no sabes su nombre completo y ya llevas cinco minutos vigilando quién se le acerca.

Oscar apretó la mandíbula.

-Estoy asegurándome de que se adapte.

-Claro.

-Es nuevo.

-Por supuesto.

-Y es omega.

George se quedó callado un instante.

Después sonrió con una expresión que Oscar habría preferido no ver jamás.

-Ah, esto va a ser divertidísimo.

Oscar decidió ignorarlo.

Era una decisión sensata.

Una de las últimas que tomaría en mucho tiempo.

Porque aquella noche, cuando todos estuvieran dormidos, Oscar descubriría que el recién llegado no solo había alterado la rutina del Claro.

Había alterado el laberinto.

Y en algún lugar detrás de los muros, una pantalla que llevaba meses apagada volvería a encenderse.

Una voz artificial llenaría una habitación blanca.

SUJETO O-001 RECUPERADO.

SUJETO A-014 REACTIVADO.

FASE DOS INICIADA.

Y debajo de aquellas palabras aparecería una última línea.

Esta vez, observen qué está dispuesto a hacer el alfa para conservarlo.