Chapter Text
— ¿Cómo te sientes, mi rosa invernal? —Rhaenys llamó su atención con un beso en la sien y colocando una mano sobre el vientre hinchado de Aemma en una caricia gentil.
—Estoy bien, mi amor, estamos bien —entrelazó una mano con la de su esposa sobre el vientre —. Aunque admito que podríamos estar mejor si tuviéramos más higos con miel.
El nuevo bebé la hacía desear las cosas más dulces. Nada como Rhaenyra, con quien no pudo parar de comer limones y manzanas acidas; o el (pequeño) Baelon, quien adoró la carne casi carbonizada, un contraste con Daenys, que prefirió la carne medio cocida; o los gemelos Maekar y Eyron que la hicieron salivar por bacalao seco, uno de los alimentos típicos del Norte. Tal vez por eso, de entre todos sus hijos, los gemelos nacieron con ojos y cabello Stark.
Rhaenys rio suavemente y pidió a un sirviente que trajera más higos para Aemma, quien la recompensó con un beso en la mejilla, cerca de los labios.
Sus acciones llamaron más la atención de los invitados, quienes lanzaban miradas a la Mesa Alta. Miradas escandalizadas, admiradas, celosas o cariñosas. A Aemma no le importaba lo que los nobles pensaran, aunque aceptaba que su acción pudo ser un poco inapropiada ya que estaban de luto.
El banquete actual se debía al reciente funeral de la abuela Alysanne.
La Reina Bondadosa, la Reina Madre, la Vieja Reina, había fallecido a los noventa y seis onomásticos. Era la Targaryen que más había vivido hasta el momento. Sobrevivió a su esposo y a varios de sus hijos. Presenció cuatro gobiernos. Sostuvo a más bebés que nadie en la familia y vio crecer hasta la adultez a todos sus hijos vivos. Vivió tan plenamente como pudo y murió rodeada de hijos, nietos, bisnietos y tataranietos.
Alysanne Targaryen se fue sin arrepentimientos.
Su único lamento, como ella misma admitió, fue no poder ver a su nieta mayor sentarse en el Trono de Hierro como la primera reina gobernante en la historia de Westeros. Aun así, se fue tranquila porque estaba segura que Rhaenys Targaryen portaría la corona.
—Aemma, te perdiste en tus pensamientos —llamó Rhaenys una vez más.
—Disculpas. Estaba pensando en la abuela. Me alegro de que se fuera en paz sabiendo que Laena sobrevivió al parto, y que pudo sostener a Lucerys antes de dejarnos.
Lucerys era el hijo recién nacido de Rhaenyra y Laena. Llegó al mundo un día antes de que la abuela falleciera, quien con sus escasas fuerzas logró sostener al menor de sus tataranietos, susurrándole bendiciones y canciones de cuna valyrias.
El dulce bebé era el nieto menor de Aemma y Rhaenys, el segundo hijo de Rhaenyra, pero el primero y, tal vez, el único de Laena.
Querida e impetuosa Laena, quien se convirtió en el segundo cónyuge, pero única esposa de Rhaenyra. Así como la segunda esposa de Trystan.
Rhaenyra, esa maravillosa y temperamental niña, había tomado tanto a Trystan como a Laena como sus cónyuges. Muy al estilo de los Conquistadores.
Un esposo por deber y una esposa por amor, decía la gente de Westeros, justo, de hecho, como Aegon el Conquistador, pero nada estaba más lejos de la verdad.
Los tres niños se amaban. Rhaenyra y Trystan se habían enamorado primero de Laena cuando ésta llegó a la Corte para unirse al séquito de Rhaenyra. Sabiendo que no podían escapar de su deber y tampoco queriendo decepcionar a sus padres, Rhaenyra y Trystan decidieron unir esfuerzos para conquistar a Laena. En el transcurso de sus planes ridículos y esfuerzos entrañables, los pequeños tontos, sin darse cuenta al principio, terminaron enamorándose uno del otro. Y por algún milagro de las Llamas y los Antiguos, Laena se enamoró de ambos.
No hubo objeciones por parte de los Targaryen, ni los Velaryon, ni los Martell. Las tres familias acordaron que el primogénito de Trystan se casaría con el primogénito de Laena para unir los reclamos de ambos cónyuges de Rhaenyra. Al ser Trystan el alfa entre dos omegas, se había esperado que Rhaenyra y Laena tuvieran a los hijos del chico, pero fue una sorpresa que Laena resultara embarazada de Rhaenyra.
Todo el mundo nacía con un cuerpo acorde a su casta y género. Las mujeres alfas nacían con dos órganos reproductivos, masculino y femenino, mientras las mujeres omegas nacían sólo con el órgano femenino; los hombres alfas nacían sólo con el órgano masculino, y los hombres omegas con ambos; los hombres y mujeres beta nacían sólo con uno, el respectivo a su género. Sin embargo, los Targaryen, como los dragones hechos carne que eran, nacían con ambos órganos reproductivos sin importar género y casta, pero esta última hacía que un órgano predominara en efectividad sobre el otro. Era decir que una mujer omega o beta difícilmente podría embarazar a otra persona y un hombre alfa o beta casi nunca resultaba embarazado. Y cuando esto se lograba, el embarazo era de alto riesgo.
Fue por eso que el embarazo de Laena por Rhaenyra fue tan sorprendente y preocupante. Laena tuvo que permanecer en cama dos tercios del tiempo que duró su embarazo y el parto fue difícil. Tan difícil que su querida nuera no podría tener más hijos de su propio cuerpo, ni siquiera si eran de la simiente de Trystan, pues corría el riesgo de que ella no sobreviviera.
Rhaenyra y Trystan juraron que nunca volverían a poner a Laena en tal peligro. Y como el amor que los tres compartían era tan fuerte y sincero, estaban satisfechos con los hijos que ya tenían, Jacaerys y Lucerys, y los futuros que podrían tener por Rhaenyra. Ellos no hacían distinciones, no importaba quién lo engendró y quién lo alumbró, los niños eran y serían siempre de los tres.
Gracias a los dioses que Jacaerys nació alfa y Lucerys, omega. Así los Velaryon (Corlys) no podrían molestarse. Claro que aunque el compromiso ya estaba establecido y anunciado, Rhaenyra y sus cónyuges, Aemma y Rhaenys, y los tíos Aemon y Baelon, estaban de acuerdo en que si al crecer, Jacaerys y Lucerys decidían que no querían casarse, no serían obligados a hacerlo.
—Incluso escuchó el canto de la pequeña cría —Rhaenys asintió.
Arrax había nacido a la par de Lucerys, en la cuna donde el huevo ya había estado aguardando a que el bebé fuera colocado. Justo como sucedió con Jacaerys y Vermax.
— ¡Pido disculpas por arruinar el banquete de esta manera, sobre todo porque estamos de luto por Alysanne la Bondadosa! —pequeño Baelon, aunque su hijo ya no era tan pequeño a los dieciocho onomásticos, se paró bajo el umbral de la entrada al Gran Salón —. ¡Recibiré el castigo que consideren justo, mis reyes y mis princesas! —su hijo asintió hacia la terraza, desde donde los tíos Aemon y Baelon estaban saliendo con las tías Gael, Viserra y Saera, y madre Daella, así como asintió hacia Rhaenys y Aemma —. ¡Pero es mi deber denunciar lo que ha ocurrido para que no existan malos entendidos ya que soy un hombre comprometido!
Fue en ese instante que el tío Valerion, galante en su armadura y capa blanca, apareció junto a Baelon, llevando a una joven, más bien arrastrando, por el brazo.
— ¡Bethany Hightower estaba en mis aposentos, en mi cama, vistiendo ropas inapropiadas!
Exclamaciones escandalizadas y de horror surgieron por todo el lugar.
Valerion bajó las escaleras, arrastrando a la muchacha, que lloraba y se retorcía, hasta el centro del salón. La dejó caer sin cuidado, prácticamente lanzándola al suelo.
Aemma miró hacia la mesa donde estaba Casa Hightower. Lord Ormund y su esposa, los padres de la chica, no sabían si esconderse o correr hacia su hija. Ser Otto parecía esforzarse por no fruncir el ceño ni hacer muecas.
¿Ellos sabían lo que su hija y sobrina nieta había estado haciendo? ¿Tal vez lo incitaron?
Durante años los Hightower habían hecho proposiciones a la Corona para que uno de los bebés de Aemma se casara con el heredero, el joven Lyonel Hightower. Cada vez fueron rechazados.
— ¿Qué tienes que decir al respecto, Lady Bethany? —tío Aemon avanzó hasta pararse frente a la muchacha.
— ¿Y tú, Lord Hightower? —tío Baelon estaba a su lado, mirando hacia Ormund Hightower.
Mientras las torres enrojecían y tartamudeaban, ya casi de rodillas pidiendo clemencia, Rhaenys se puso de pie para unirse a sus padres. Aemma también se levantó, pero con dirección a su hijo, quien ya estaba siendo rodeado por sus hermanos y hermanas.
Avanzando, escoltada por la tía Alyssa, quien tenía una mano agarrando fuertemente la empuñadura de Dark Sister, alcanzó a ver a Alicent. Esa tímida chica que había criado debido al cariño que le tuvo a la dulce Myla. Afortunadamente, debido al matrimonio que el tío Baelon concertó para ella con el nieto de Lord Lyman Beesbury, Alicent estaba limpia de cualquier crimen y pecado de su familia paterna.
Viviendo en Sotomiel y repudiada por Ser Otto por una razón que la pobre niña nunca reveló a Aemma, Alicent había perdido toda interacción con la Casa Hightower. Bien por ella.
