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Rumi seguía en el suelo, temblando, su respiración entrecortada resonando en la cubierta silenciosa. Sus manos seguían aferradas a sus nuevas extremidades, como si al tocarlas pudiera deshacer lo que acababa de ocurrir.
Entonces sintió algo cálido envolviendo sus hombros. Se sobresaltó, intentando apartarse, hasta que sus ojos encontraron los de Jinu.
El líder de los Saja se había quitado la parte superior de su hanbok y la estaba envolviendo con ella, protegiéndola de las miradas de los marineros que no dejaban de observarla.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Rumi, confundida, su voz aún temblorosa—. ¿Q-qué está pasando?
Jinu apartó la vista, un leve sonrojo subiendo a sus mejillas.
—Estás… desnuda —respondió con torpeza, atando la tela con un nudo rápido para cubrirla lo mejor posible.
Rumi lo miró con los ojos muy abiertos, no entendía a que se refería con la palabra “desnuda”, pero por el rostro de Jinu y las miradas lascivas de algunos tripulantes del barco, .
Jinu tragó saliva, igual de confundido que ella, pero manteniendo la voz firme.
—Y créeme —dijo con un hilo de voz, encogiéndose de hombros—. si tú no lo sabes, yo menos.
Por un segundo, sus miradas se encontraron de nuevo. Ni uno ni otro entendían lo que acababa de ocurrir, pero el contacto de la chaqueta entre ambos era lo único que parecía anclar a Rumi al presente.
Rumi sintió que el ruido del mar se desvanecía, como si el mundo hubiera quedado en silencio. Se encontró a sí misma buscando algo en esos ojos oscuros, algo que le resultaba extraño y, al mismo tiempo, cálido.
¿Era eso lo que sentía Mira cuando se reían de ella de cómo miraba a Abby y Romance? ¿Ese extraño nudo en el pecho que la hacía sentir ligera y nerviosa a la vez?
Jinu apartó la vista primero, tragando saliva, pero no rompió el contacto de sus manos en la tela que la cubría.
Entonces, una voz interrumpió el momento como un golpe de agua helada.
—Vaya… —dijo Gwi-ma con esa sonrisa afilada que nunca era realmente amable—. De todas las sirenas que podía cazar… y resultó ser tú.
Rumi alzó la cabeza hacia él, sus ojos encendidos de odio y desprecio, como si pudiera quemarlo solo con la mirada.
Bobby, que se había mantenido en silencio hasta ese instante, dio un paso adelante, frunciendo el ceño.
—¿Ella? ¿A qué te refieres?
Gwi-ma no apartó los ojos de Rumi cuando respondió:
—Bobby… —dijo casi en un susurro—. Cambio de planes.
Antes de que nadie pudiera preguntar nada, continuó, el tono cargado de un entusiasmo peligroso.
—Iremos a Kaer-Rynn, pero no por suministros —continuó explicando, ajeno a las miradas confusas de todos los presentes—. Esta vez es para encontrarnos con un viejo amigo.
Su mirada permaneció fija en Rumi, como si cada palabra estuviera dirigida exclusivamente a ella.
La joven apretó la chaqueta alrededor de su cuerpo con expresión endurecida.
—Ponte de pie. —La voz de Gwi-ma sonó tranquila, pero había en ella una nota afilada que hizo que el aire se tensara.
Rumi no se movió. Sus ojos, llenos de odio, se mantuvieron fijos en los de él desafiándolo.
—Gwi-ma… —empezó Jinu, pero el bastón golpeando la madera bastó para que callara.
—No te he pedido tu opinión —dijo el hombre sin siquiera mirarlo. Luego volvió su atención a la sirena—. Te he dicho que te pongas de pie.
Rumi tragó saliva, sin apartar la mirada. Apretó la chaqueta contra su cuerpo y, con un esfuerzo torpe, intentó levantarse. Las piernas le temblaban como si no fueran suyas y, en cuanto dio el primer paso, el suelo mojado la traicionó.
La caída fue inevitable, pero Jinu se movió antes de que golpeara el suelo, sujetándola por los hombros y evitando que se lastimara.
El joven la sostuvo un segundo más de lo necesario, asegurándose de que pudiera incorporarse un poco, y entonces, antes de que Gwi-ma pudiera abrir la boca, pasó un brazo por debajo de sus rodillas y la levantó en volandas.
Rumi se tensó en sus brazos, sorprendida, pero no lo detuvo.
—La llevaré a la bodega —dijo Jinu, con un tono firme que no dejaba lugar a discusión.
Gwi-ma se limitó a mirarlo, evaluando la escena en silencio. Una sonrisa lenta y enigmática se dibujó en sus labios.
—Adelante —dijo finalmente, con una satisfacción casi cruel.
Jinu asintió sin responder y se llevó a Rumi en dirección a la escotilla, notando cómo ella se aferraba con fuerza a la tela que la cubría.
Jinu empujó la pesada puerta de la bodega, el chirrido metálico de las bisagras resonando en el aire húmedo. El olor a sal y hierro oxidado golpeó de inmediato a Rumi, haciéndole arrugar la nariz.
El lugar estaba apenas iluminado por una lámpara de aceite que pendía del techo, arrojando sombras inquietantes sobre las paredes. Cadenas colgaban de ganchos oxidados, algunas todavía manchadas de algo que parecía demasiado oscuro para ser óxido. En un rincón, Rumi distinguió un barril medio lleno de agua, con cuerdas y grilletes a su lado.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
—Siéntate —dijo Jinu, con voz suave.
Ella no se movió al principio, mirándolo con recelo. Sus ojos seguían siendo dos ascuas de desconfianza. Finalmente, se dejó caer en la silla que él le había acercado, sin apartar la mirada de su rostro.
—No voy a hacerte daño —dijo Jinu, intentando sonar tranquilizador, pero su voz salió más áspera de lo que pretendía.
Rumi no respondió. Solo se encogió un poco en la silla, apretando la chaqueta alrededor de su cuerpo, mientras sus ojos recorrían los objetos que colgaban de las paredes con creciente horror.
El silencio se rompió de golpe cuando la puerta volvió a abrirse de par en par.
—¿Qué mierda pasó ahí arriba? —la voz de Baby resonó por toda la bodega.
—¡Baby, espera! —Intentaba detenerlo Abby, pero el menor parecía querer arrancarle la cabeza a alguien sin importarle mucho a quien.
Romance y Mystery entraron detrás de ellos, visiblemente alterados, y Jinu se irguió, interponiéndose instintivamente entre ellos y Rumi, como si temiera que fueran a hacer algo imprudente.
—¡Apártate, Jinu! —espetó Baby, con los ojos encendidos de furia.
—Cálmate —replicó Jinu, levantando las manos para contenerlo—. Rumi ya está bastante alterada.
Baby soltó una carcajada seca, sin pizca de humor.
—¿Ella está alterada? —dijo, dando un paso hacia adelante, señalándola con un dedo acusador—. ¿La sirena a la que de repente le han salido piernas?
Romance le sujetó del brazo, pero Baby se lo sacudió de encima con brusquedad.
—¿Es que no lo viste? Gwi-ma parecía estar dando saltos de alegría ahí arriba —Baby hizo un movimiento exagerado con los brazos, señalando a la cubierta—. ¡Eso no puede significar nada bueno!
—Por eso la traje aquí —respondió Jinu con firmeza, intentando que su voz se impusiera—. Aquí al menos está lejos de Gwi-ma, por ahora.
—Oh sí, claro, por supuesto, seguro que este cuarto de torturas es mucho más acogedor —bufó Baby con sarcasmo, girándose hacia Rumi—. ¡¿Y tú?! ¿Cómo demonios tienes piernas?
El silencio se volvió denso. Todas las miradas se posaron sobre Rumi, que se encogió un poco más en la silla, apretando la chaqueta contra su cuerpo. Sus ojos, seguían fijos en sus recientes, adquiridas, piernas. Sin terminar de comprender qué estaba pasando.
—Yo… no lo se… —murmuró con voz quedita—. Esto no tendría que pasar…
Los Saja se miraron entre ellos en silencio. Entendiendo que Rumi realmente no sabía nada.
Jinu inspiró hondo, pasándose una mano por el cabello.
Unas horas más tarde, cubierta del barco.
Los Saja se paseaban por la cubierta, terminando de afilar sus armas y ponerse sus hanbok de cazador en condiciones. El barco se balanceaba suavemente en el puerto de Kaer-Rynn. El olor a sal y madera mojada era más fuerte aquí, y el murmullo distante de la isla les recordaba que no iban a ser especialmente hospitalarios ahí.
Mystery se había apartado un poco de los demás mientras terminaba de guardar todas sus dagas en los múltiples bolsillos ocultos de su ropa. Se arrodilló junto a la urna, apoyando los brazos en el cristal. Dentro, Zoey y Rumi permanecían en silencio, sus miradas perdidas en algún punto lejano.
—Ella está bien —dijo Mystery en voz baja, intentando sonar tranquilizador—. Jinu la llevó a la bodega, no le hizo daño.
Zoey desvió los ojos hacia él, y por primera vez habló en un hilo de voz.
—¿Todavía tiene… esas piernas?
Mystery se quedó quieto, sorprendido.
—¿Tampoco sabíais que las tenía? —dejó la pregunta en el aire.
Zoey no respondió. En cambio, su mirada se endureció, y un siseo se le escapó entre los dientes. Mira se unió a ella, sus ojos ardiendo de rabia.
Antes de que Mystery pudiera decir algo más, el sonido del bastón de Gwi-ma golpeando la madera resonó en la cubierta.
El hombre emergió de la escotilla con su sonrisa peligrosa, su sombra alargándose hasta tocar los pies de los chicos.
—Estupendo —dijo con voz suave antes de girarse a sus pupilos y al resto de la tripulación—. Vamos, tenemos mucho que hacer. Por favor, caballeros cuiden de nuestras invitadas, sobretodo de la invitada de honor.
Los Saja descendieron la pasarela tras Gwi-ma y Bobby. La isla vibraba de actividad: el puerto estaba abarrotado de barcos de todo tipo, algunos de ellos mercantes, otros claramente piratas. Las risas y las discusiones se mezclaban con el ruido de las campanas de tabernas y el lejano estruendo de una pelea en alguna calle lateral.
El aire estaba cargado de sal, ron y humo de hoguera. A medida que se internaban en el corazón de la isla, las calles se volvían más estrechas, con casas de madera carcomida y carteles desvencijados colgando de las paredes. Había puestos improvisados donde se vendían especias, armas oxidadas, baratijas e incluso mapas falsos. Las miradas de los isleños se posaban en ellos con un interés que ponía los pelos de punta.
Gwi-ma caminaba al frente, el bastón golpeando las piedras con un ritmo casi alegre. Su sonrisa se mantenía fija, tétrica, como si disfrutara de cada segundo del recorrido.
Los Saja lo seguían en silencio, intercambiando miradas nerviosas sin que ninguno se atreviera a preguntar nada.
Jinu, incapaz de contenerse más, se acercó a Bobby, bajando la voz:
—¿Tú sabes a quién vamos a ver? —le susurró, con la esperanza de obtener alguna pista.
Bobby negó despacio, su expresión sombría.
—No estoy… seguro —Lanzó una mirada rápida hacia Gwi-ma, asegurándose de que no los escuchara—. Pero sea quien sea, a él le entusiasma demasiado.
Jinu apretó los labios y volvió a colocarse en la fila, el estómago encogido por la incertidumbre.
Caminaron unos minutos más hasta detenerse frente a una taberna de madera ennegrecida por la humedad y los años. La pintura descascarada apenas dejaba ver el nombre grabado sobre la entrada. De las ventanas salía luz amarillenta y el sonido de voces y vasos chocando se mezclaba con el hedor a ron barato.
Antes de que ninguno de los Saja pudiera preguntar qué hacían allí, Gwi-ma empujó las puertas de golpe y entró con paso firme.
El ruido dentro se apagó casi de inmediato.
La taberna estaba abarrotada de piratas, mercenarios y marineros de aspecto rudo, la mayoría cubiertos de cicatrices y con armas colgando de los cinturones. Las mesas estaban pegajosas de cerveza derramada y el suelo lleno de virutas de madera y cáscaras de frutos secos. Sin embargo, todos los presentes se quedaron en silencio al ver entrar a Gwi-ma, como si una sombra hubiera cubierto la sala.
Jinu lo notó al instante como Incluso los hombres más fornidos se encogieron un poco en sus asientos, como si preferieran no llamar la atención.
Gwi-ma avanzó con calma hasta la barra, el bastón golpeando rítmicamente contra las tablas, y se sentó en el taburete más cercano.
—Un whisky —ordenó, sin levantar la voz pero con la autoridad suficiente para que el camarero, un hombre curtido de barba espesa, se apresurara a servirle.
Luego, con un gesto despreocupado, miró a Bobby.
—Pide algo para ti también.
Bobby asintió, aunque no parecía particularmente cómodo. El camarero lo miró de reojo, cohibido, antes de dirigirse a preparar la bebida.
Mientras tanto, los Saja permanecían de pie cerca de la entrada, sin saber exactamente que hacer, observando cómo todos en la taberna intentaban volver a lo suyo, aunque las miradas furtivas hacia Gwi-ma no dejaban de cruzar la sala.
Gwi-ma tomó el vaso que le colocaron en la barra, lo giró entre los dedos un instante y, sin mirar a los chicos, habló con voz tranquila, casual:
—No os quedéis ahí parados, chicos. Coged una mesa.
No había margen para la desobediencia.
Los Saja se movieron en silencio hasta una mesa redonda en el rincón menos iluminado de la taberna. El aire estaba cargado de humo y olor a alcohol, y cada paso que daban se sentía como si tuvieran decenas de ojos perforándolos desde las sombras.
Abby fue el primero en sentarse, y Romance lo siguió sin dudar, colocándose a su lado. Sus hombros casi se rozaban, y aunque ninguno de los dos dijo nada, la tensión en el aire era evidente: la forma en que Romance lo miró de reojo, como asegurándose de que realmente estuviera bien, y el modo en que Abby se inclinó apenas hacia él para que sus rodillas quedaran rozándose bajo la mesa.
Mystery ocupó el lugar frente a ellos, con la espalda recta y el rostro tenso, como si estuviera esperando que algo saliera mal en cualquier momento. Empezó a tamborilear los dedos en la mesa, un gesto que solía hacer cuando estaba incómodo. Baby, por el contrario, se dejó caer en el asiento a su lado, inusualmente callado y encogido sobre sí mismo.
Jinu no pudo evitar observarlo un segundo. Baby rara vez se quedaba en silencio tanto tiempo, y menos en una situación así. Claro, tampoco era de extrañar, siendo el más joven pocas veces había puesto un pie en una taberna, y nunca en una de Kaer-Rynn. Todo esto debía ser una experiencia bastante abrumadora.
El líder de los Saja dejó que su mirada recorriera el lugar, alerta. Las mesas estaban llenas de hombres de aspecto peligroso, cada uno armado hasta los dientes, y aunque ninguno parecía dispuesto a levantarse, todos miraban con una mezcla de odio y desconfianza hacia Gwi-ma.
Todos… menos uno.
Sentado solo en una esquina, un hombre alto y ancho de hombros con la vista fija de la figura de Gwi-ma en la barra. Su Gat negro ocultaba parte de su rostro, pero el odio que emanaba de sus ojos era asfixiante.
Jinu frunció el ceño, sintiendo que el aire se espesaba a su alrededor.
La risa de Gwi-ma resonó en el ambiente cargado del humo de los puros, un sonido que parecía fuera de lugar en aquel sitio. Bobby sonreía de forma forzada, el vaso en su mano temblando apenas perceptible.
Jinu no apartaba la vista de la barra, ni del hombre que acababa de ponerse en pie.
El desconocido se movía despacio, como un depredador acercándose a su presa. Cada paso que daba sonaba contra el suelo de madera, firme, decidido. Vestía cómo cazador, pero con un aspecto muy demacrado, como si no hubiera hecho otra cosa en la última década que no fuera beber alcohol.
Los parroquianos se apartaban de su camino sin que él les dedicara ni una mirada. No esquivaba a nadie, no bajaba la vista. Su atención estaba clavada en Gwi-ma, como si nada más existiera en el mundo.
Jinu sintió un escalofrío cuando el hombre se llevó una mano a su costado, apartando la tela de su hanbok.
De entre las ropas, emergió la empuñadura de una espada.
Su acero brilló un instante con el reflejo de las lámparas de aceite, y el corazón de Jinu se detuvo por un segundo.
El cazador mayor no redujo el paso. No había rabia en su rostro, sino algo peor: determinación fría.
Jinu sintió su cuerpo tensarse. Podía escuchar su propia respiración, pesada, ahogada por la tensión que de repente invadió el lugar. Incluso los demás clientes de la taberna parecieron captar el peligro en el aire, callando de golpe y observando el lento avance del hombre hacia la barra.
—¡Gwi-ma! —rugió Jinu, desenfundando su mandoble al mismo tiempo.
Bobby se giró de golpe, sobresaltado, pero fue Gwi-ma quien llamó más la atención: se volteó despacio, como si la advertencia de Jinu no fuera más que una interrupción molesta, su expresión tranquila y casi divertida.
Sin esperar más, Jinu cargó contra él, la espada brillando al elevarla para un corte descendente. El cazador mayor apenas ladeó el cuerpo y desvió el ataque con el propio filo de su arma. El golpe fue tan fuerte que el mandoble de Jinu vibró en sus manos, haciéndole perder el equilibrio. Antes de que pudiera reaccionar, el hombre giró la empuñadura y lo golpeó con el pomo en el estómago, enviándolo al suelo de un rodillazo.
—¡Jinu! —gritó Abby, alzando la lanza y lanzándose hacia adelante.
El cazador mayor giró sobre sí mismo, esquivando el impulso de Abby, que pasó de largo. Con un movimiento de muñeca, enganchó la lanza de Abby con la suya y lo derribó de un tirón. Abby se estrelló contra una mesa, haciéndola crujir y esparciendo botellas por el suelo.
Mystery fue el siguiente. Aprovechando la distracción, se deslizó bajo las piernas del hombre, dagas en mano, intentando cortar el tendón de Aquiles. Pero el desconocido lo anticipó y lo bloqueó con el propio pie, empujándolo de espaldas contra una silla. Mystery rodó para evitar el siguiente golpe, pero quedó contra la pared, jadeando.
Romance chasqueó el látigo, el sonido cortando el aire y atrayendo la atención de todos en la taberna. La cuerda se enroscó en el brazo del hombre, pero este tiró con tal fuerza que arrastró a Romance hacia él. Con un movimiento preciso, le arrebató el látigo de las manos y lo lanzó al suelo.
Baby, rápidamente, tensó la cuerda de su arco.
La flecha surcó el aire, pero el cazador mayor la cortó en dos con su espada en pleno vuelo. Baby dio un paso atrás, sin poder creer lo que veía.
Lanzó varias flechas más, disparando sin parar. todas apuntando directas al rostro del desconocido, pero él las esquivaba con una eficacia inhumana.
Baby no supo en qué momento perdió de vista su objetivo, hasta que sintió un golpe seco en la nuca y cayó inerte al suelo.
—¿Ahora te escondes tras tus discípulos, Gwi-ma? —dijo al fin, con voz grave y profunda, que parecía resonar en las vigas de madera.
Esas palabras no hizo más que encender a los Saja. Sin esperar orden alguna, Jinu, recuperándose del golpe, volvió a levantarse, sangrando por la boca y arremetió de nuevo, lanzando un tajo de su mandoble. El atacante lo esquivó con un giro elegante, apenas moviéndose, y con un solo golpe de su mano lo desarmó.
Mistery intentó apuñalarlo nuevamente con sus dagas, pero fue bloqueado y lanzado contra el suelo sin esfuerzo. Abby se abalanzó con la lanza, y en un movimiento imposible de seguir, el hombre le torció la muñeca, arrebatándole el arma. Romance lanzó su látigo, solo para que este fuera atrapado en el aire y devuelto de un tirón, que lo hizo caer de espaldas.
Uno a uno, los Saja quedaron esparcidos por el suelo, adoloridos, apartados e incapaces de alcanzar a su oponente.
Y entonces, cuando el hombre dio un paso hacia la barra, algo cambió.
Gwi-ma ya no estaba sentado. En un instante que ninguno de los chicos logró seguir con la vista, lo vieron detrás del cazador, su bastón enredado contra su garganta, girando con una fuerza que parecía imposible para alguien de su complexión.
El hombre cayó de rodillas, el filo de su propia espada quedando a centímetros del suelo.
—Cuánto tiempo, viejo amigo —susurró Gwi-ma, con una sonrisa de pura sorna, inclinándose apenas para hablarle al oído—. Tenemos mucho de qué hablar.
El silencio en la taberna se volvió aún más denso. Incluso los mercenarios que habían estado observando parecían contener la respiración.
