Chapter Text
Jonathan caminaba rápido, demasiado rápido, como si quedarse quieto fuera peligroso.
Como si, si se detenía un solo segundo, todo lo que llevaba contenido fuera a estallarle dentro del pecho.
Las lágrimas le nublaban la vista y el estacionamiento se le volvía un borrón de luces blancas y sombras alargadas, irreales, distorsionadas. Los bordes del mundo parecían vibrar. Apenas distinguía el suelo bajo sus pies; avanzaba casi a ciegas, guiado únicamente por esa urgencia desesperada de alejarse, de huir antes de que algo dentro de él se terminara de romper sin posibilidad de arreglo.
El pecho le ardía como si lo estuvieran comprimiendo desde dentro. Cada respiración era forzada, torpe, dolorosa. Los pulmones no se llenaban del todo; el aire entraba a medias y salía peor, dejándolo mareado, con un zumbido constante en los oídos. Sentía el corazón desbocado, golpeándole las costillas con una violencia que asustaba.
Nancy caminaba a su lado, esforzándose por seguirle el ritmo. Jonathan la percibía solo de forma fragmentada: su silueta acercándose, su mano intentando tocarle el brazo, su rostro tenso, cargado de una preocupación que ya rozaba el miedo. Le decía su nombre una y otra vez. Le pedía que se calmara, que se detuviera, que respirara.
—Jonathan... mírame... por favor...
Pero él no la escuchaba.
O tal vez sí.
Tal vez cada palabra le llegaba amortiguada, distante, como si viniera desde el fondo de un túnel. Su mente estaba demasiado saturada, demasiado llena de imágenes, de sensaciones, de dolor, para procesar nada más.
Intentó responderle. Lo intentó de verdad. Pero cualquier palabra que quería salir se quedaba atrapada en su garganta, aplastada por ese nudo denso y áspero que le quemaba por dentro. La voz no le obedecía. El cuerpo tampoco.
Fue entonces cuando lo oyó.
—¡Byers! ¡Byers!
La voz de Eddie Munson rompió el aire del estacionamiento, clara, urgente, cargada de una desesperación que Jonathan no quería —no podía— escuchar. Le atravesó la espalda como un latigazo. Todo su cuerpo se tensó al instante.
Apretó los dientes con fuerza, tanto que le dolió la mandíbula, y aceleró el paso. No. No ahora. No él. Como si caminar más rápido pudiera borrar su presencia, como si pudiera arrancarse de la cabeza la imagen que seguía repitiéndose sin piedad: las manos, la cercanía, la escena que había visto y que ahora se le incrustaba en el pecho cada vez que respiraba.
El auto de Nancy estaba ahí, a unos pocos metros. Demasiado cerca y, al mismo tiempo, desesperadamente lejos. Jonathan se aferró a esa visión como a una meta vital.
Solo tenía que llegar.
Subirse.
Cerrar la puerta.
Encerrarse en algo pequeño, sólido.
Respirar.
Pero incluso ese pensamiento le temblaba.
Eddie Munson era, sin lugar a dudas, la última persona que quería ver en ese momento. La última voz que podía soportar. Porque Eddie no era solo Eddie. Eddie era la confirmación viva de todo lo que temía. De todo lo que Pennywise había escupido con crueldad. De todo lo que ahora no sabía si era mentira... o una verdad disfrazada.
—¡Jonathan! —volvió a gritar Eddie, más cerca esta vez.
Jonathan sintió un escalofrío recorrerle la columna. El corazón le dio un vuelco doloroso, como si intentara salírsele del pecho. No miró atrás. No quería verle la cara. No quería ver compasión, ni culpa, ni explicaciones.
Jonathan sintió un tirón en el brazo. Firme, pero no violento. Lo suficiente para obligarlo a detenerse.
—Jonathan, tienes que escucharme —dijo Eddie, tenia los ojos abiertos de par en par, claramente alterado.
Jonathan no lo miró.
No podía.
Su atención quedó atrapada en algo absurdo, mínimo y devastador.
La camiseta de Eddie.
Negra. Gastada. Holgada sobre su cuerpo. Exactamente la misma.
La misma que había visto reflejada en el globo.
La misma que llevaba Eddie en esa imagen maldita donde Steve lo besaba.
El mundo se le inclinó.
El estómago se le revolvió con una violencia repentina, como si alguien lo hubiera golpeado desde adentro. Un mareo seco le nubló la vista y tuvo que apoyarse más en su propio peso para no tambalearse; el suelo parecía blando, inestable, traicionero. El corazón empezó a latirle de forma errática, desordenada, cada golpe demasiado fuerte, demasiado rápido, retumbándole en los oídos hasta casi dolerle.
No.
No podía ser.
Sintió frío. Un frío que no tenía nada que ver con el aire, que le subió por la espalda y le clavó un escalofrío en la nuca. La garganta se le cerró tanto que tragar se volvió imposible. El pecho le ardía, como si algo pesado estuviera presionándole los pulmones, robándole el aire poco a poco.
¿Y si no había sido solo una ilusión?
El pensamiento cayó como un balde de agua helada, brutal, paralizante.
¿Y si el payaso no había inventado nada?
¿Y si no había distorsionado su miedo, sino que simplemente había arrancado el velo?
¿Y si lo que vio realmente había ocurrido?
La imagen volvió con una claridad cruel: Steve sonriendo. Steve tocándolo. Steve mirándolo con esa devoción que Jonathan había sentido desaparecer de a poco, día tras día. El recuerdo se mezcló con la realidad frente a él —Eddie ahí, con esa camiseta— y algo dentro de Jonathan se quebró con un crujido silencioso.
Le temblaron las manos.
Le tembló el cuerpo entero.
Porque si eso era verdad entonces había perdido a Steve hace mucho.
Fue Nancy quien reaccionó primero.
Con un movimiento firme, casi protector, apartó la mano de Eddie del brazo de Jonathan y se interpuso entre ambos.
—Aléjate de él —dijo, la voz baja pero afilada como una cuchilla.
Eddie dio un paso atrás, sorprendido.
—Wheeler, solo quiero explicarle a Jonathan lo que—
—¿No te parece que ya estás siendo lo suficientemente cruel? —lo cortó Nancy, los ojos brillándole de rabia—. Steve y tú ya hicieron demasiado daño.
El estómago de Jonathan se retorció al escuchar eso. Daño. La palabra le cayó pesada, hiriente, como si confirmara algo que él no se atrevía a pensar en voz alta.
—Es justamente eso lo que quiero explicar —insistió Eddie, la voz cargada de urgencia—. Lo que pasa es que—
—¿A qué hora llegaste? —lo interrumpió Jonathan.
La pregunta salió antes de que pudiera detenerla. Baja. Temblorosa. Pero firme, afilada por la desesperación. Era la voz de alguien aferrándose a un último hilo, a una mínima posibilidad de que todo lo que había visto no fuera real.
Eddie se quedó en silencio. Parpadeó, confundido, como si no lograra entender por qué esa pregunta importaba.
—¿Qué...? ¿A qué te refieres?
Jonathan alzó la vista lentamente. Por primera vez desde que había salido de la heladería, lo miró de frente. Sus ojos estaban vidriosos, enrojecidos, llenos de un dolor desnudo que no intentaba ocultar. Había algo roto en esa mirada. Algo frágil. Algo que suplicaba sin palabras.
Era la mirada de alguien que ya estaba cayendo...
y que solo necesitaba una respuesta para saber si había suelo debajo o si el golpe sería definitivo.
—¿A qué hora llegaste a la heladería?
Eddie dudó.
—Eh... no sabría decirte la hora exacta.
Fue suficiente.
El corazón de Jonathan empezó a latirle con violencia, desordenado, como si quisiera salirse del pecho. Un zumbido espeso le llenó los oídos, anulando casi todo lo demás. Sintió calor, un calor incómodo y sofocante que le subía desde el estómago hasta la garganta, mezclado con náuseas y un miedo que ya no sabía cómo contener. Tragó saliva, pero el nudo no se movió.
No, pensó.
No todavía.
Aún no.
—¿Llegaste antes o después de Nancy? —preguntó.
La voz le salió apenas audible, un hilo quebradizo. No era solo una pregunta. Era una súplica. Una oración silenciosa dirigida a cualquier cosa que aún pudiera estar de su lado.
Ese era el punto.
El único punto que importaba.
Si Eddie había llegado cuando había más gente...
si no había estado a solas con Steve...
entonces el globo había mentido.
Entonces Pennywise había mentido.
Entonces todo ese dolor, toda esa imagen, todo ese beso, no era más que una crueldad fabricada para romperlo.
Tenía que ser mentira.
Tenía que serlo.
Jonathan se aferró a esa idea con desesperación, como si de ello dependiera su capacidad de seguir respirando. Sintió el pulso golpearle en las sienes. Le temblaban las manos. El vientre se le contrajo de forma instintiva, protectora, como si incluso su cuerpo supiera que estaba a punto de perder algo irremediable.
Y entonces Nancy habló.
—Cuando yo llegué, me encontré con Robin. Ella había salido a buscar unas cosas —dijo, despacio, con cuidado—. Y cuando entramos a la heladería... Eddie ya estaba ahí.
Las palabras cayeron una a una.
Claras. Definitivas.
Jonathan sintió cómo algo dentro de él se desplomaba.
No fue un golpe fuerte.
Fue peor.
Fue como si el suelo simplemente dejara de existir.
El aire le abandonó los pulmones de golpe. El zumbido se volvió más intenso. La esperanza —esa chispa frágil que había protegido con tanto esfuerzo— se apagó sin resistencia, dejándolo vacío, expuesto, helado por dentro.
Entonces no era mentira, pensó.
Entonces sí estaban solos.
Entonces sí pasó.
Las lágrimas le nublaron la vista otra vez, pero ya no luchó contra ellas. No tenía fuerzas. Sentía el pecho hundido, pesado, como si llevara una piedra enorme incrustada en el corazón. Todo dolía. Respirar dolía. Pensar dolía.
Algo se rompió.
Jonathan asintió lentamente, como si su cuerpo se moviera por inercia. Un suspiro tembloroso se le escapó del pecho, largo, quebrado. Sentía las piernas débiles, el estómago revuelto, un cansancio profundo que le pesaba hasta en los huesos.
No dijo nada más. No tenía fuerzas.
Se dio media vuelta y caminó directo hacia el auto de Nancy. Cada paso le costaba, como si avanzara contra una corriente invisible. Eddie reaccionó de inmediato y fue tras él.
—Jonathan, espera, por favor—
Jonathan se detuvo justo antes de subir. No se giró. No lo miró.
—Ganaste —dijo, la voz apagada, vacía—. Puedes quedarte con él.
Hizo una pausa, el pecho subiéndole y bajándole con dificultad.
—Se merecen el uno al otro.
Eso fue todo.
Entró al auto. Nancy cerró la puerta con un golpe seco, dio la vuelta por el lado del conductor y encendió el motor sin mirar atrás. El vehículo arrancó y se alejó del estacionamiento, dejando atrás las luces, el ruido y a Eddie Munson de pie, solo, con el peso de la culpa hundiéndole el pecho.
Jonathan apoyó la frente contra la ventanilla mientras el auto se alejaba. El vidrio estaba frío, pero apenas lo sentía. Su cuerpo entero parecía entumecido, como si la realidad se hubiera vuelto demasiado pesada para sostenerla. Tenía el vientre tenso bajo la palma de la mano, una rigidez instintiva, protectora, y el corazón le latía con un dolor sordo y constante, un golpe tras otro que no se iba.
Las luces de la calle pasaban una tras otra. Gente caminando, riendo, viviendo. Todo seguía igual para el mundo, pero para Jonathan algo se había roto de una forma irreversible.
Pensaba en Steve.
Pensaba en su sonrisa torpe, en su voz, en la manera en que su recuerdo ahora dolía más que cualquier herida física. Pensaba en lo que creía haber visto. En lo que eso significaba.
Entonces lo sintió.
Un cosquilleo suave, casi imperceptible, en el vientre. Un movimiento mínimo, pero suficiente. Jonathan inhaló bruscamente y llevó su otra mano ahí sin pensarlo, como si su cuerpo reaccionara antes que su mente. Un suspiro tembloroso se le escapó de los labios, cargado de miedo y de algo más profundo, más primitivo.
Nancy lo notó.
No dijo nada, pero lo vio todo. Vio la forma instintiva en que Jonathan llevó la mano a su vientre, como si necesitara asegurarse de algo. Vio el cambio sutil en su respiración, ese quiebre casi imperceptible que solo alguien que lo conocía de verdad podía notar. Vio cómo sus hombros se tensaron, rígidos, como si estuviera cargando un peso invisible, un secreto demasiado grande para decirlo en voz alta.
Sus ojos se abrieron apenas, sorprendidos, y una idea peligrosa, aterradora, comenzó a formarse en su mente.
No.
No puede ser, pensó, sintiendo un nudo helado en el estómago.
La idea era absurda. Y aun así... encajaba demasiado bien con todo lo que estaba viendo. Con el miedo de Jonathan. Con su silencio. Con esa manera tan desesperada de proteger algo que ni siquiera había nombrado.
Pero no preguntó.
Todavía no.
Si eso era real, si su intuición no le estaba fallando, entonces estaban frente a algo mucho más grande —y más frágil— de lo que cualquiera de ellos estaba preparado para enfrentar. Algo que no podía sacarse a la fuerza, ni con preguntas, ni con presión.
Nancy decidió algo en ese instante.
Jonathan se lo diría cuando se sintiera seguro. Cuando pudiera. Cuando el miedo dejara de ahogarlo.
Y hasta entonces, ella no lo obligaría a hablar.
No lo empujaría.
No lo traicionaría.
Solo estaría ahí.
Sosteniéndolo en silencio, igual que siempre.
Jonathan, ajeno a todo eso, tomó una decisión en silencio.
No fue un pensamiento impulsivo ni nacido del pánico del momento. Fue algo más hondo. Más frío. Como una puerta que se cerraba con cuidado, sin ruido, pero para siempre.
Cuando todo esto terminara.
Cuando Vecna estuviera muerto.
Cuando el payaso dejara de perseguirlos.
Se iría.
Tomaría sus cosas —pocas, gastadas, fáciles de meter en una mochila— y sus ahorros, esos billetes guardados como si fueran una promesa de escape. Se marcharía de Hawkins. Tal vez lejos. Tal vez tan lejos que el nombre del pueblo dejara de dolerle al pronunciarlo. Tal vez para siempre.
Y si Will aceptaba... se lo llevaría con él.
Lo protegería. Como siempre. Como había hecho desde que eran niños. Pondría su cuerpo, su vida, su futuro delante del de su hermano sin pensarlo dos veces. Si el mundo se empeñaba en romperlos, entonces él construiría otro lugar donde eso no pudiera pasar.
Steve Harrington no volvería a saber de él.
Nunca.
Jonathan apretó la mandíbula, sintiendo cómo algo se le desgarraba lento por dentro al pensarlo, como una herida que no sangra pero duele igual. Steve no sabría de su huida, ni de su ausencia, ni del silencio que dejaría detrás.
Y mucho menos sabría del bebé que crecía dentro de su cuerpo.
De esa vida pequeña y frágil que Jonathan ya estaba aprendiendo a amar en secreto. De ese latido diminuto que le recordaba, incluso en medio del dolor, que no estaba completamente solo aunque el mundo se le estuviera cayendo encima.
Jonathan cerró los ojos por un momento, como si así pudiera sellar ese juramento. Cuando los abrió de nuevo, volvió a mirar por la ventana. La calle seguía viva, indiferente.
Entonces lo vio.
El payaso.
Estaba ahí, de pie sobre la acera, como si siempre hubiera pertenecido a ese lugar. El globo rojo flotaba a su lado, balanceándose apenas con el viento, demasiado vivo, demasiado real. La sonrisa se le estiraba por el rostro de una forma antinatural, amplia, maníaca, y sus ojos... sus ojos brillaban con una atención enfermiza, clavados en Jonathan como si lo estuviera esperando.
Como si supiera exactamente dónde encontrarlo.
Jonathan sintió que el corazón se le desbocaba, golpeándole el pecho con violencia, tan fuerte que le dolía. Un sudor frío le recorrió la espalda y el aire se le atoró en la garganta.
—Otra vez no... —susurró, la voz hecha pedazos.
El payaso levantó la mano libre y lo saludó despacio, con un movimiento lento, exagerado, burlón. No había urgencia en él. No había sorpresa. Solo una calma cruel, como si disfrutara cada segundo del miedo que provocaba.
Luego hizo algo más.
Levantó un dedo.
Solo uno.
Lo sostuvo en alto, frente a Jonathan, como una advertencia o una cuenta regresiva silenciosa. Uno. El primero. O tal vez una elección. Jonathan no lo supo. No lo entendió. Pero algo en ese gesto le apretó el estómago con fuerza, como si ese simple dedo encerrara una promesa horrible que aún no podía nombrar.
El pánico le subió en oleadas.
Cerró los ojos con fuerza, apretándolos hasta que le dolieron, respirando rápido, de manera torpe, intentando convencerse de que no era real. Que era otra ilusión. Otra mentira de Vecna. Otra jugada cruel para romperlo.
Cuando volvió a abrirlos...
El payaso había desaparecido.
No había globo rojo flotando en el aire.
No había sonrisa maníaca.
No había dedo en alto.
Solo la calle.
Los autos pasando.
La vida siguiendo su curso como si nada hubiera ocurrido.
Pero el temblor en sus manos y el nudo en su estómago le dijeron la verdad: aunque no pudiera verlo, eso todavía no había terminado.
Fue entonces cuando lo sintió.
La mano de Nancy buscó la suya con cuidado, como si temiera romperlo, y luego la apretó con firmeza. Un gesto simple, silencioso, pero cargado de todo lo que no estaba diciendo. Estoy aquí. No te voy a soltar. No estás solo.
Jonathan bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas. Los dedos de Nancy estaban cálidos, reales, sólidos. Anclándolo al asiento, al auto, al presente. Al ahora. El temblor que le recorría el cuerpo no desapareció, pero se volvió un poco más soportable.
Cerró los dedos alrededor de los de ella, aferrándose con una necesidad casi infantil, como si ese contacto fuera lo único que evitaba que se desmoronara por completo. Su respiración empezó a estabilizarse apenas, todavía irregular, todavía rota, pero ya no al borde del colapso.
Su mundo se estaba cayendo a pedazos.
El miedo seguía ahí, creciendo, reptándole por el pecho, susurrándole que nada de esto había terminado, que el payaso volvería, que Vecna siempre encontraba la forma. Que había demasiadas cosas que podían salir mal. Demasiadas que ya lo habían hecho.
Pero Nancy seguía ahí.
No lo interrogaba. No lo presionaba. No le pedía explicaciones. Simplemente estaba, firme, presente, sosteniéndolo cuando él ya no sabía cómo sostenerse a sí mismo.
Jonathan tragó saliva, los ojos ardiéndole, y apoyó un poco más el peso de su cuerpo contra el respaldo del asiento. No estaba bien. No lo estaría por mucho tiempo. Pero mientras sintiera esa mano aferrada a la suya, mientras supiera que su mejor amiga no iba a abandonarlo en medio del caos...
Por ahora, eso era suficiente para seguir en pie.
Por otro lado, Eddie Munson volvió a entrar a la heladería.
La campanita sonó suave, casi fuera de lugar en medio del silencio pesado que se había instalado en el local. Steve estaba sentado en una de las mesas, con Robin a su lado, rodeándolo con los brazos en un abrazo firme, protector. Ella no decía nada; no hacía falta. Su mano subía y bajaba despacio por la espalda de Steve, como si intentara recordarle cómo se respiraba.
Steve apenas era consciente de eso.
En cuanto oyó la puerta abrirse, reaccionó por puro reflejo. Se levantó de golpe, la silla rechinó contra el suelo, el corazón saltándole al pecho con una esperanza desesperada, casi dolorosa.
Jonathan.
Tenía que ser Jonathan.
El nombre ni siquiera llegó a formarse en su boca antes de que la realidad lo golpeara.
Era Eddie.
Solo Eddie.
Steve se quedó quieto, de pie, con el cuerpo tensado en una expectativa que no tenía dónde caer. Sus ojos recorrieron a Eddie con urgencia, buscando una señal, cualquier cosa. La respuesta llegó antes de que pudiera preguntar.
—Lo siento... —dijo Eddie en voz baja.
Eso fue todo.
Dos palabras.
Y el mundo de Steve se vino abajo.
Fue como si algo se rompiera dentro de su pecho con un crujido seco, definitivo. El aire se le escapó de los pulmones y las piernas le fallaron de golpe. La imagen de Jonathan cruzando esa puerta, mirándolo, dándole la oportunidad de explicarse... se desintegró frente a él.
No iba a volver.
No esta vez.
Steve sintió el momento exacto en que Jonathan se fue de verdad, no solo del estacionamiento, sino de su vida. Algo irrecuperable. Algo que ya no sabía cómo arreglar.
Un sollozo le subió a la garganta antes de que pudiera detenerlo. Negó con la cabeza, una vez, dos, como si así pudiera deshacer lo que acababa de oír, pero el dolor ya estaba ahí, expandiéndose, ocupándolo todo.
Robin se levantó de inmediato y lo atrapó antes de que cayera. Steve se derrumbó contra ella, literalmente, aferrándose a su chaqueta como si fuera lo único sólido que quedaba en el mundo. El llanto lo sacudió entero, áspero, descontrolado, como si por fin su cuerpo se permitiera sentirlo todo.
—Se fue... —murmuró entre lágrimas, la voz rota—. Robin, se fue...
Ella lo abrazó con más fuerza, apretándolo contra su pecho, apoyando la mejilla en su cabello.
Steve lloró ahí, en los brazos de su mejor amiga, con el corazón hecho pedazos y la certeza brutal de que había perdido a Jonathan en el instante que cruzo esa puerta.
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Mike no sabía exactamente qué le pasaba.
Pero lo sentía arder.
No le gustaba. No le gustaba en absoluto.
No le gustaba que Will lo ignorara como si no existiera, como si Mike no estuviera ahí, a solo unos metros, mirándolo con una mezcla amarga de incredulidad y rabia. No le gustaba que Will ya no buscara su mirada, que no se sentara a su lado como siempre, que no pareciera necesitarlo. Era como si, de repente, Mike hubiera pasado a ser prescindible. Reemplazable.
Y eso le revolvía el estómago.
Pero lo que de verdad lo hacía hervir por dentro era Richie.
No le gustaba que Will estuviera tan cerca de él. No le gustaba la forma en que Richie se inclinaba hacia Will, invadiendo su espacio sin pedir permiso. No le gustaban esas sonrisas fáciles, esa confianza recién estrenada que no se había ganado. No le gustaba cómo Richie lo hacía reír, cómo lograba que Will se relajara de una manera que Mike conocía demasiado bien... porque antes, esa risa era suya.
Demasiado cerca.
Mike apretó los dientes, sintiendo una presión incómoda en el pecho, un calor espeso subiéndole por la garganta. Tenía ganas de levantarse, de interponerse entre ellos, de recordarle a Richie —y a Will— que ese lugar ya estaba ocupado. Que siempre lo había estado.
Sentia una presión incómoda en el pecho, una mezcla amarga de enojo y algo más que no quería nombrar. Richie estaba sentado junto a Will en uno de los muebles, inclinado hacia él con una confianza irritante, hablando en voz baja, como si el resto del mundo no importara. Como si se conocieran de toda la vida.
Se habían conocido hacía un día.
Un maldito día.
Y aun así Richie se permitía tocarlo: una mano apoyada en su brazo, un roce casual en la rodilla, gestos pequeños pero constantes. Como si Will le perteneciera. Como si lo conociera mejor que nadie. Como si Mike no hubiera estado ahí siempre.
Cada vez que Richie lograba arrancarle una risa a Will, algo se retorcía dentro de Mike. Una punzada seca, casi física, que le subía desde el estómago hasta la garganta. Will sonreía de una forma distinta con él. Más suelto. Más tranquilo. Y eso... eso le dolía más de lo que quería admitir.
Mike los observaba fijamente, con una intensidad casi peligrosa, como si pudiera borrar a Richie del lugar solo con la mirada. Imaginó, por un segundo, empujarlo lejos, obligarlo a apartarse, reclamar ese espacio que sentía que le estaban robando.
Sus manos se cerraron en puños sobre sus piernas.
Fue entonces cuando Jane lo sacudió suavemente del brazo.
—Oye —le dijo en voz baja—. Si los sigues mirando así, se van a dar cuenta.
Mike parpadeó, sobresaltado, y apartó la vista de golpe, como si lo hubieran atrapado haciendo algo indebido.
—No los estaba mirando —respondió de inmediato, defensivo.
Jane alzó una ceja, claramente incrédula.
Mike resopló, pasando una mano por su cabello con frustración.
—Bueno... tal vez sí —admitió a medias—. Pero no por lo que crees.
Once lo miró entonces, ladeando la cabeza, con esa expresión suya que decía claramente eres un idiota.
—Ah, claro —dijo—. Entonces ilumíname. ¿Por qué miras a Richie como si hubiera asesinado a tu madre?
—No lo miro así —protestó Mike, aunque incluso para él sonó poco convincente.
Jane soltó una risa burlona, corta.
Mike suspiró, el peso en el pecho volviéndose más denso.
—Solo... no me agrada ese tipo —dijo al final, bajando un poco la voz—. Y mucho menos cuando está cerca de Will.
Jane volvió a mirar hacia el sillón. Observó a Will y Richie juntos, la manera en que Will se inclinaba hacia él, cómo parecía relajado. Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—No sé —dijo—. A mí me agrada.
Mike la miró como si acabara de traicionarlo de la peor manera posible.
—¿Qué? —exclamó, indignado.
Jane soltó un suspiro suave, sin borrar la sonrisa.
—Solo creo que es lindo que Will tenga a alguien más que cuide de él.
La frase se le clavó a Mike sin hacer ruido. Sin aviso.
Alguien más.
Sintió como si algo se deslizara fuera de lugar dentro de su pecho, como si le hubieran quitado algo que siempre había dado por sentado. El aire le entró raro, pesado, y tuvo que tragar saliva para deshacerse de ese ardor incómodo que le subía por la garganta.
Jane no esperó respuesta. Simplemente se dio la vuelta y se alejó, caminando hacia donde Beverly hablaba con Max, dejándolo ahí, plantado, con las manos tensas a los costados y la cabeza llena de pensamientos que no quería pensar.
Mike volvió a mirar a Will.
Lo vio inclinarse un poco hacia Richie, escuchándolo con atención. Lo vio sonreír de esa forma suave, genuina, esa que Mike conocía tan bien porque había sido testigo de ella durante años. Porque antes, esa sonrisa aparecía cuando él hablaba. Cuando él hacía algún comentario torpe. Cuando él estaba ahí.
El nudo en su estómago se apretó aún más, retorciéndose con celos, con miedo, con una sensación amarga que no sabía cómo nombrar. Sus dedos se cerraron en puños sin que se diera cuenta.
No es justo, pensó, con una mezcla de enojo y pánico.
No puede ser así de fácil.
Pero ahí estaban. Will y Richie. Juntos.
Y Mike, por primera vez, sintió el terror silencioso de quedarse atrás.
Mike estaba a punto de acercarse a Will y a Richie cuando la última persona que faltaba en la sala apareció.
Eddie Kaspbrak.
Entró despacio, como si el simple acto de cruzar la puerta le pesara. Tenía la expresión dura, cerrada, pero Mike notó de inmediato lo que esa fachada no lograba ocultar: los ojos hinchados, enrojecidos; la nariz roja; los labios inflamados y mordidos hasta casi sangrar. Señales claras, evidentes, de alguien que se había derrumbado.
La sala quedó en silencio.
Un silencio incómodo, espeso, que se coló entre todos como una corriente fría.
Mike no perdió detalle. Vio cómo Richie se tensaba de inmediato, cómo su cuerpo reaccionaba antes que su mente. Richie lanzó una mirada rápida hacia Eddie, apenas un segundo, pero fue suficiente. Mike alcanzó a ver algo en su expresión antes de que apartara los ojos: culpa. Culpa pura, sin disfraz.
Luego vio a Will.
Vio cómo Will, casi de manera instintiva, le tomaba la mano a Richie. Un gesto pequeño. Protector. Íntimo.
El pecho de Mike se contrajo con fuerza.
Sintió un calor incómodo subirle por el cuello, una mezcla de rabia y algo más oscuro, más feo. Quiso romper algo. Lo que fuera. Una silla, una pared, el maldito suelo si hacía falta. En lugar de eso, soltó un suspiro fuerte por la nariz y apretó la mandíbula, obligándose a no decir nada. A no moverse.
Claro, pensó con amargura. Ahora se cuidan entre ellos.
Eddie avanzó un poco más y se detuvo frente a Bill. Bill no dudó ni un segundo: lo abrazó. Un abrazo firme, sincero, de esos que no hacen preguntas. Mike vio cómo Eddie se quedaba rígido al principio, y luego, apenas, se relajaba contra él.
Bill le dijo algo al oído. Mike no escuchó qué, pero vio a Eddie asentir lentamente, sin levantar la vista.
Los Perdedores se veían tensos. Nadie preguntó nada. Nadie hizo un comentario fuera de lugar. Era como si todos supieran que cualquier palabra mal puesta podía romper algo frágil que ya estaba al límite.
Mike observó a Eddie con atención. Evitaba mirar a cualquiera. Tenía los hombros caídos, la postura encogida, como si quisiera hacerse más pequeño, desaparecer un poco. Mike no sabía qué había pasado exactamente, pero una cosa estaba clara: no había sido nada bonito.
Fue Bill quien rompió el silencio.
Carraspéo suavemente y habló con ese tono tranquilo que usaba cuando intentaba que todo no se desmoronara.
—Bueno... hablé con Robin esta mañana antes de que se fuera al trabajo —dijo—. Me dijo que en su habitación tiene su colección de cassettes de música. Dijo que buscáramos el favorito de cada uno... y que Steve dejó dinero suficiente para comprarnos Walkmans.
Mike escuchó, pero su atención seguía dividida.
Entre Eddie, con la mirada clavada en el suelo.
Entre Richie, demasiado callado.
Y entre Will, cuya mano seguía entrelazada con la de Richie.
Mike respiró hondo y, finalmente, habló, rompiendo la quietud tensa de la sala.
—Entonces... —dijo, intentando sonar práctico, centrado—. Deberíamos dividirnos en grupos para ir a buscar los Walkmans. Pero antes habría que revisar si Robin tiene nuestras canciones favoritas en sus cassettes, y si no... comprar las que falten. Así ahorramos tiempo. Podemos dividirnos en gru—
No terminó la frase.
—Nosotros... eh... —intervino Mike Hanlon de pronto.
Mike Wheeler se quedó a medio gesto, con la boca apenas abierta. Giró la cabeza hacia él, sorprendido. No solo por la interrupción, sino por el tono. Dudoso. Medido. Como si estuviera pisando terreno peligroso.
Mike Hanlon se aclaró la garganta y continuó:
—Queríamos saber más sobre esos poderes suyos.
La mirada de Mike Hanlon fue directa, seria, posándose primero en Will... y luego en Jane.
El aire pareció tensarse otra vez.
Mike Wheeler siguió la dirección de la mirada y vio cómo Will se quedaba rígido por un segundo. Jane también se tensó. Ambos se miraron entre sí, un cruce silencioso lleno de dudas, preguntas no dichas, recuerdos que claramente no querían desempolvar frente a todos.
Jane frunció apenas el ceño. Will bajó la mirada, apretando los dedos contra su muslo.
Mike Wheeler sintió un cansancio repentino caerle encima.
Genial, pensó. Justo ahora.
Después de todo lo que ya estaba mal. Después de la tensión, de Eddie, de Richie, de Will distante, de esa sensación constante de estar perdiendo algo sin saber cómo recuperarlo... ahora esto.
Jane fue la primera en asentir, despacio. No con entusiasmo, sino con resignación. Will tardó un segundo más, pero finalmente también asintió, casi imperceptible.
Mike Wheeler soltó un suspiro largo, pasándose una mano por el cabello.
Sabía lo que eso significaba.
Esto no iba a ser rápido.
No iba a ser sencillo.
Y definitivamente no iba a ser una conversación cómoda.
Esta va a ser una charla larga, pensó, mientras se acomodaba en su lugar, sintiendo cómo el peso de todo lo que no se había dicho empezaba a acumularse otra vez en su pecho.
