Chapter Text
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—¿Por qué no le diste el regalo?
Rouge aplicaba la mascarilla nocturna sobre su rostro ya hidratado mientras se miraba al espejo de su tocador. Se palmeó suavemente las mejillas, asegurándose de que el producto absorbiera bien. Rotó sobre su eje, sentada en el pequeño taburete redondo de terciopelo rosa que completaba al mueble, para mirar al erizo escondido bajo las sábanas.
Rouge, viendo que Shadow ignoró olímpicamente su pregunta, entrecerró los ojos, dejando una mano en su cadera.
—Cariño, te estoy hablando. ¿Ahora también me aplicarás la ley del hielo? —interrogó, inclinando su cabeza a un lado.
El cuarto se mantuvo en silencio. La murciélaga analizó cómo Shadow se ocultaba en su metafórico muro emocional sin moverse ni un centímetro; parecía que no estaba respirando.
Rouge suspiró agriamente bajando sus orejas. No podía mentir, no está acostumbrada todavía a este lado de su compañero y mejor amigo. Usualmente, Shadow es honesto con ella y solo le decía que se fuera a la mierda. Pero muy pocas veces ha tenido la posibilidad de ver esta cara más vulnerable de él.
Con cansancio, Rouge recorrió con su mirada su habitación. Había mucha ropa regada frente al armario por el estrés que agarró al no encontrar nada con el toque justo de coquetería, elegancia y rojo que ponerse para la fiesta. Al final fue con un vestido largo color escarlata con corte en el muslo; lo que más le gustó fue el rizado que hizo con su pelo. Hace apenas un par de horas había acabado la reunión en su totalidad. Se pasó un poco de copas, sí, pero llegó con éxito a casa con ayuda de un misterioso equidna.
Cuando consiguió llegar a su habitación tambaleando, sin mucho tropiezo, fue sin pensarlo a desplomarse en su preciada cama de colchas de satén. Mucha resultó ser su sorpresa cuando el bulto abajo que no notó antes gritó de dolor.
Bueno, no era sorpresa para ella que Shadow se refugie en su habitación cuando está vacía.
Muy rara vez pasa, pero es de los pocos lugares donde se encuentra más cómodo aislarse.
Tras recuperarse del susto y tomarse una aspirina, trató de sacarle información al erizo deprimido invadiendo su espacio, pero, como era de esperarse, no dijo ni pío.
Esto llevó a Rouge a detener su vista en la caja que reposaba en la esquinita del tocador.
Alzó sus grandes orejas. Automáticamente, una sonrisa traviesa cobró vida en su hocico.
—Buenooo, eso significa que puedo comerlas, ¿verdad? —Tan rápido como mencionó aquello, Shadow gruñó amortiguado dentro de las sábanas—. ¡Oh, por favor! ¿Me esforcé en dejar reluciente la cocina para nada?
Se quejó sin vergüenza alguna, agitando con indignación sus alas. Shadow no le dio mente a su ligera rabieta y permaneció en la misma posición en su cama. Rouge volvió a entornar los ojos en aburrimiento, refunfuñando.
—Bien —dijo, alargando la palabra con entonación derrotada—. Pero sería una pena que se echen a perder.
Su indirecta quedó en el aire envuelta en silencio, hasta que, con movimientos leves, Shadow se removió, quitando un poco la sábana de su cabeza, dejando ver una oreja puntiaguda y unos agotados ojos carmesíes.
—Haz lo que quieras —escupió con voz ronca, no tardando en ocultarse de nuevo bajo la frazada.
Rouge sonrió victoriosa, no aguantando un segundo más de espera. Sin duda era mala para disimular sus ganas de abrir el regalo. Sostuvo la caja con delicadeza, dándose su tiempo para admirar el color azabache y el moño de color rojo vino elevado en el centro. La abrió con el mismo cuidado con el que la tocó, deslizando el lazo hasta deshacer el moño.
Cuando apartó la tapa, le recibió inmediatamente un aroma exquisito a su nariz. Olfateó gustosa, agarrando con el pulgar y el índice una galleta ovalada, decorada con varias chispas de chocolate.
—Uuh, para ser tu segunda vez no está nada mal —se acercó la galleta a la nariz—. ¡Y huelen bien! ¿De qué es?
Rouge desvió su mirar hacia Shadow; este estuvo mirándola fijamente, y en secreto, con sus inquietantes ojos desde que retiró el moño. Desde la perspectiva de Rouge, de solo verlos, le hizo agrandar su sonrisa. Siempre se acordaba de un par de hermosos rubíes cada vez que se los encontraba.
—Sonic no es muy fan del dulce... —Empezó a comentar, su voz seca por pasar horas en la cama—. Son solo unas simples galletas con chispas de chocolate... y con algo de picante.
Rouge detuvo el ademán de meterse el postre a la boca.
—¿Picante?... ¿¡Le pusiste chili?!
Shadow frunció el ceño, haciendo una mueca asqueada.
—Obvio no, idiota. No soy bueno cocinando, pero tengo sentido común. Tiene un poco de pimienta de cayena; es una receta mexicana.
Rouge volvió a llevarse la galleta a la boca entre risas. La masticó y saboreó por un momento. Shadow la miró, expectante y ahora sentado en la cama de piernas cruzadas, de cierta forma imaginándose una reacción que cumpla con sus expectativas.
La albina sonrió con un deje de satisfacción, haciendo un gemido elogiador. El de vetas se acomodó mejor, observando cómo Rouge masticaba con deleite.
—Sabe mucho mejor de lo que esperaba. Mm-hmm, aunque es muy picante para mi gusto, está rico. Buen trabajo, guapo —le guiñó a Shadow, acercándose con pasos tranquilos a la cama.
El antes mencionado fue rápido en hacerse a un lado antes de que Rouge se sentara con él en la cama. Shadow recogió sus piernas hasta su pecho mientras ve a su compañera degustar las galletas en silencio. El azabache se quedó mirando la caja vacía sobre el tocador con un semblante indescifrable. Sus orejas se encogieron sutilmente y se sumió en sus pensamientos negativos. Todo lo protagonizaba el momento del intercambio, los ojos de Sonic en su persona, los brazos de Amy rodeándolo junto a su acelerado ritmo cardíaco, cuando decidió que estaba cansado de estar en esa fiesta.
Eran como las partes de una obra deplorable.
Hecha un desastre.
Viendo el antiguo regalo, pensó en las posibilidades, en las variadas oportunidades que tuvo para entregárselo.
Nunca consideró plantearse un escenario positivo donde Sonic quede a su lado.
Pensó en los "¿y si...?" que pudieron haber pasado.
Pero ya es muy tarde.
Se vio interrumpido de su crisis mental cuando una mano se extendió hasta su campo de visión sosteniendo una galleta.
—En vez de comerte el cerebro por el arrepentimiento, cómete estas —sugirió, agitando la galleta frente a su rostro con un toque juguetón.
Shadow rodó los ojos, echando para atrás su cara y apartando a Rouge cuando esta redujo la lejanía.
—No, gracias, puedes comerlas todas.
—¿En serio? El hecho de que seas un maldito alienígena no significa que no puedas disfrutar de una galleta normal y corriente —refutó, acercándole con insistencia la galleta—. Vamos, una mordidita.
Shadow observó con notorio fastidio cómo Rouge habló de modo arrastrado, haciendo ojitos tiernos de gato.
El vetado la miró con ojos entornados. No obstante, como era previsible, se limitó a suspirar y tomar la galleta de mala gana.
—Te odio.
—Yo también te quiero —le lanzó un beso con burla, clara intención de fastidiarlo aún más. Cosa que siempre logra con éxito.
Shadow, a regañadientes, metió el borde de la galleta en su boca y masticó con el ceño fruncido. Rouge rio por este detalle. Se envolvieron en otro calmado silencio; Rouge expectaba esbozando una sonrisa de lado mientras Shadow seguía masticando con la mirada baja.
—¿Y bien? ¿Tu creación es digna de la Forma de Vida Definitiva? —interrogó con dejo bromista y curioso.
Shadow se mantuvo sereno, retomando su vista hacia la caja. Poco a poco, una casi imperceptible sonrisa se formó en sus labios. Cerró los ojos, asintiendo complacido.
—Son las galletas definitivas.
Rouge se carcajeó, posicionándose más cerca de Shadow. Su ala lo rodeó con naturalidad en una clase de abrazo, diferenciándolo con el previo intento al esta vez Shadow no parecer rehusarse al contacto.
—Lo lamento por Blue, pero sus galletas están muy buenas. —Aunque mejor para nosotros, ¿no crees? —agregó antes de llevarse otra galleta a la boca, mordiéndola con sus colmillos de manera leve, portando una sonrisa despreocupada.
Shadow exhaló lentamente, liberando una pequeña y suave risa mientras negaba con la cabeza gacha.
No volvió a comentar nada en esa madrugada, tampoco la alada.
Solo tomaron su tiempo para consumir el regalo, ahora sin destinatario.
Junto a Rouge, las palabras no eran necesarias.
Bastaba con su compañía para reemplazarlas.
