Actions

Work Header

¿Qué carajo es el amor?

Chapter 7: El Amor

Summary:

Parecen novios ustedes

Chapter Text

El partido solidario en Huracán era contra la Sub 20, a beneficio del Hospital Penna de Bahía Blanca, y Scaloni les había dicho que era un entrenamiento abierto y que se lo tomaran en serio pero no demasiado en serio, que la gente iba a verlos pasarla bien, y que traten de no lesionarse antes del martes porque el martes venía Brasil y ahí sí se jugaba de verdad.

Enzo y Julián arrancaron en el banco. Ni suplentes eran, técnicamente: estaban en esa zona gris entre el banco y el calentamiento donde los jugadores se sientan a mirar, estiran, boludean, y esperan que les toque entrar en algún momento del segundo tiempo si Scaloni se acuerda.

Y ahí empezó el desastre.

 

* * *

 

Rodrigo fue el primero en decir algo, porque Rodrigo siempre era el primero en decir algo.

Estaba parado al costado de la cancha con el Dibu, los dos con botellitas de agua, viendo el calentamiento desde un costado. Julián estaba sentado en la primera fila del banco. Enzo atrás, una fila más arriba. Y Enzo le estaba pegando al respaldo del asiento de Julián con la rodilla. Tac. Tac. Tac. Julián se daba vuelta y lo miraba. Enzo ponía cara de nada. Julián volvía a mirar al frente. Enzo le agarraba la cabeza con la mano y se la sacudía. Julián se daba vuelta, se subía al asiento y le pegaba en la cabeza a Enzo. Enzo se tapaba con los dos brazos matándose de risa.

—Mirá eso —dijo, señalando con la botellita—. Mirá. Son unos nenes. Tienen veinticinco años, Dibu. Veinticinco.

—Dejalos. Están felices.

—Desde el micro vienen así. Enzo le decía cosas al oído y Juli se ponía colorado y le decía callate y él se reía más fuerte. Todo el viaje. Y ahora le pega al asiento. Lo jode, no lo deja en paz un minuto.

—No le está pegando al asiento, le está reclamando atención. Es un cachorrito aburrido con casaca de futbol.

—¡Pero está meta romperle los huevos Enzo! Mirá, le pincha las orejas, sigue.

—¿Y Juli?

—Juli se lo saca de encima pero no se mueve. Se queda ahí. Se caga de risa.

—Bueno, ahí lo tenés —sentenció el Dibu con la serenidad de un buda.

—¿Ahí tengo qué?

—Rodri, usá la cabeza para algo más que lucir cortes de pelo ridículos, dale.

De Paul quedó recalculando. Tomó agua. Miró de nuevo. Enzo le estaba pasando la mano por la cabeza a Julián, Julián se daba vuelta y le pegaba en el brazo, Enzo se mataba de risa.

—A mí no me dio ni la hora en toda la fecha FIFA —rezongó Rodrigo, bajito.

Dibu tomó agua también.

 

* * *

 

La cosa empeoró cuando Enzo se pasó a la fila de adelante, sentado sobre una hielera frente a Juli.

Otamendi estaba estirando en la línea de cal, concentrado en lo suyo, veinte años de profesionalismo puro en su cuerpo, cuando escuchó algo. Levantó la vista. Enzo lo pisaba a Julián. Julián le empujó la pierna. Enzo fingió perder el equilibrio y se dejó caer encima de él exagerando el empujón como si lo hubiera atropellado un camión. Julián trató de sacárselo de encima pero se estaba riendo demasiado y Enzo le había enganchado el cuello con el brazo y los dos se estaban retorciendo en los asientos del banco como dos nutrias peleando por un pescado. Pala ligó una patada en el pecho de rebote.

Otamendi los miró. Negó con la cabeza, despacio, como un abuelo viendo a sus nietos romper algo en la cocina. Le habló a Molina, que estaba al lado suyo atándose los botines.

—Nahuel. ¿Esos dos son siempre así?

—Sí, Ota. Siempre.

—Yo a esa edad estaba concentrado en ser un profesional.

Nahuel se guardó el comentario sobre que hacía Ota a esa edad.

—Ellos son profesionales.

—Un profesional no hace eso —dijo, señalando con el mentón.

Moli giró la cabeza. Enzo le estaba haciendo cosquillas a Julián en las costillas. Julián se retorcía tratando de escapar y se reía tan fuerte que dos pibes de la Sub 20 se dieron vuelta a mirar.

—Bueno —dijo Molina—. Profesionales felices.

Otamendi resopló, pero la comisura de la boca se le movió hacia arriba un milímetro. Lo disimuló estirando los gemelos.

 

* * *

 

Los mandaron a calentar juntos. Error táctico de Scaloni, probablemente.

Giuliano Simeone, que estaba en su segunda concentración con la Mayor y todavía se emocionaba cuando le pasaban la sal en el comedor, trotaba al lado de Mac Allister cuando los vio: Enzo estirando las piernas en una colchoneta y Julián tirándole pelotazos desde cinco metros. Uno. Dos. Tres. El cuarto le pegó en la espalda. Enzo se dio vuelta indignado. Julián puso cara de nada. Enzo agarró la pelota y se la tiró de vuelta. Julián la esquivó y se rió.

—Qué grande —dijo Giuliano, genuinamente maravillado—. Mirá cómo se llevan. Es hermoso. Son como hermanos.

Alexis lo miró.

—Giuliano.

—¿Qué?

—No digas boludeces.

—No pero posta. Yo quiero tener un compañero así. Alguien que me tire pelotazos en el calentamiento. Que me joda. Esa complicidad. En el Atleti nadie me tira pelotazos.

—¿Querés que te tire un pelotazo?

—No es lo mismo, Maca.

—Obvio que no es lo mismo.

Giuliano lo miró confundido. Alexis revoleó los ojos y siguió corriendo.

 

* * *

 

Cuando les tocó entrar al campo, corrieron juntos. Julián estaba calentando en una punta y cuando vio que Enzo salía a la cancha desde la otra, se metió entre cuatro compañeros corriendo para salir juntos. Llegó, se le puso al lado, le dijo algo. Enzo se rió. Entraron al campo hombro con hombro, como entraban a todos lados.

Y jugaron como dos pibes. Se buscaban para cada pase, se festejaban cada gambeta, se cargaban cuando uno erraba. En un momento Julián lo abrazó a Enzo por la espalda mientras esperaban un lateral y no lo soltó. Quince segundos. Veinte. Las cámaras lo filmaron todo.

Lautaro, sentado al lado de Paredes en el banco, miraba la escena con el ceño fruncido. No de enojo. Era el ceño de cuando le explicaban algo en inglés y entendía las palabras pero no el sentido de la frase.

—Lean —dijo Lautaro.

—Mmm.

—¿Esos dos siempre fueron así de pegotes?

—Sí.

—Ah.

Pausa.

—¿Es normal?

—Es normal para ellos.

—Ah.

Pausa más larga.

—Pero o sea… ¿son…?

Leandro giró la cabeza muy despacio y lo miró.

—¿Son qué, Toro?

—No, nada. Son amigos. Muy amigos. Nada.

—Mirá el partido.

—Estoy mirando el partido.

Lautaro miró el partido. En la cancha, Enzo le dio un pase a Julián, Julián definió, erró, Enzo le gritó algo riéndose, Julián lo persiguió para pegarle y los dos terminaron corriendo en círculos mientras el juego seguía sin ellos. Lautaro miró a Leandro. Paredes miraba al frente, imperturbable, como una esfinge con campera de la selección.

 

* * *

 

A tres metros, en la punta del banco, Cuti filmaba con el celular. Zoom al máximo. Pulso tembloroso.

—Pará —le susurró Licha desde atrás.

—No puedo parar, mirá lo que son.

—Nos van a ver.

—No nos van a ver, están en Narnia.

—Cuti.

—Son nuestro Frankenstein, Licha. Creamos esto. Merecemos documentarlo.

Licha no dijo nada. Pero cuando Cuti bajó el celular un momento, Licha tenía el suyo en la mano, con la cámara abierta, apuntando a la cancha con la discreción de un espía profesional.

No se dijeron nada.

No hacía falta.

 

* * *

 

Esa noche, de vuelta en el predio, Enzo y Julián estaban cada uno en su cama. Luces apagadas. Celulares en la cara. El silencio de siempre, el bueno, el de dos personas que podían quedarse una hora sin decir nada y que eso no fuera raro sino exactamente lo que querían.

A Julián le llegó la notificación primero: @tatografias había subido un posteo nuevo y lo había etiquetado. Lo abrió. La música: Las Pastillas del Abuelo. "¿Qué carajo es el amor?"

Las fotos eran ellos dos.

Enzo abrazando a Julián por la espalda mientras Julián se reía con la cabeza echada para atrás. Julián agarrándole la muñeca a Enzo mientras los dos miraban para otro lado. Una donde se miraban de cerca, riéndose. Otra donde Julián tenía la cara hundida en el hombro de Enzo. Todo con la camiseta beige de entrenamiento, el escudo de la AFA, el sol del predio atrás.

El caption de Tato: "Yo te contesto: Míralos a ellos dos 🇦🇷🤣"

Noventa y dos mil likes en pocos minutos.

Julián le dio like. Sin pensarlo.

En la otra cama, Enzo le dio like al mismo tiempo.

Julián abrió los mensajes directos y le mandó el posteo a Enzo.

Le llegó una notificación: Enzo le había mandado exactamente lo mismo.

Se miraron por encima de los celulares.

Enzo tenía la cara iluminada por la pantalla y una sonrisa que no intentaba controlar.

—Boludo —dijo Enzo.

—¿Qué carajo es el amor? —recitó Julián.

—Callate.

—Lo puso Tato, no yo.

—Tato nos va a meter en un problema.

—Pavadas de las redes.

Enzo se levantó de su cama, cruzó el metro y medio, y se tiró encima de Julián con todo el cuerpo, con el celular todavía en la mano. Hundió la cara en el cuello del cordobés, regando besos por toda la piel blanca mientras Julián se reía como un niño y acariciaba su espalda. Olía a rosas, ese perfume que usaba siempre, hibis… algo, mezclado con el inconfundible aroma de su pelo, que en tantos abrazos lo había llevado a Enzo al borde de la demencia.

—Me hacés cosquillas, tarado —soltó entre risas, completamente apabullado por la atención.

Enzo se alejó un momento para mirarlo. Sonriente, despeinado, ruborizado, con los párpados a media asta, intoxicado de cariño, de aprecio, de… algo que aún era muy pronto para poner en palabras, pensó. Aun después de tantos años. ¿Aún después de tantos años?

—Vos.

Julián lo miró confundido.

—¿Yo qué?

—El amor… sos… sos vos —soltó el morocho sin pensarlo, y cuando cayó en cuenta de la gigantesca cursilería que había dicho, volvió a hundir su cabeza en el hueco del cuello de Julián, avergonzado.

—Y yo que pensaba que los "te amo" en Insta eran lo más cursi que podías llegar a ser —contestó Julián, un ligerísimo quiebre en su voz, escondido entre las risas.

—Cerrá el orto, Julián.

El mayor soltó una risita que Enzo sintió retumbar en su cachete, su cara aún hundida contra él.

—Casi diez años… —soltó Julián casi en un susurro— casi diez años enamorado de vos y lo único que tenía que hacer era chusmearte el Insta… Soy un otario.

El corazón de Enzo se salteó un latido. Se levantó apoyado sobre sus manos y miró de nuevo a Julián a esos ojos marrones en los que se había perdido tantas veces antes. Sonreía. El labio inferior le temblaba apenas. Una pizca de humedad se amontonaba en sus párpados. Era el mismo Juli de siempre, el que lo había recibido con los brazos abiertos cuando no era nadie y nunca lo había dejado ir. Su Juli.

Sin poder contenerse, se lanzó en un beso hambriento, agónico, desesperado, repleto en partes iguales de anhelos y promesas. Julián lo recibió gustoso, como siempre.

El celular de Enzo cayó al piso y a ninguno de los dos le importó.

 

* * *

 

El martes, Argentina le ganó cuatro a uno a Brasil en el Monumental.

Julián hizo el primero a los cuatro minutos. Enzo hizo el segundo a los doce. Y cuando Enzo metió el gol —recibiendo un centro raso de Molina en el segundo palo, empujándola al fondo de la red casi sin ángulo— Julián fue el primero que llegó a abrazarlo. Corrió desde el medio de la cancha, le saltó encima, y Enzo lo agarró y gritaron juntos con las caras pegadas, exactamente igual que el gol a Polonia. Las cámaras, como siempre, filmaron todo. Cuando Julián salió, cerca del final, Enzo no perdió un segundo en alcanzarlo para abrazarlo, besarle la cabeza y felicitarlo por el enorme partido que había hecho, como siempre.

Después del partido, Julián fue a la zona mixta.

El periodista de TyC le puso el micrófono. Julián todavía tenía el pelo mojado, la camiseta pegada, la satisfacción tranquila de haberle metido cuatro a Brasil en su casa.

—Juli, gran partido, gran victoria. "Les dimos un baile", dijiste recién. ¿Cómo viviste este clásico?

—Y, fue increíble. La verdad que desde el primer minuto sentimos que el partido era nuestro. La gente empujó muchísimo, el Monumental estaba tremendo. Muy contento.

—Gol tuyo, gol de Enzo, asistencia de Enzo en el tercero… conexión River, ¿no?

—Sí, sí. Con Enzo nos entendemos mucho, de siempre. Es lindo compartir cancha con él. Hoy hicimos un gol cada uno así que estamos los dos contentos.

—Hablando de Enzo… se viralizaron unos momentos tuyos con Enzo del partido solidario en Huracán…

Julián abrió los ojos. No mucho. Pero lo suficiente. Sus cejas subieron un centímetro y su boca se cerró y hubo un microsegundo en el que toda la tranquilidad pospartido se le cayó de la cara.

—…en los que Enzo te molesta como si tuviera cinco años —completó el periodista, riéndose—. ¿Es siempre así?

El alivio le cruzó la cara. Lo disimuló bastante bien, pero no del todo.

—Bueno, es verdad que esta convocatoria si estuvo un poco pesado, molestandome. Pero también estaba un poco enojado porque yo lo estuve charlando también un poco… Pero nada, siempre tenemos una amistad muy linda. De mucho tiempo. Ya nos conocemos de hace mucho, de River, y bueno, la pasamos bien…

Hizo una pausa cortísima. Miró para abajo, como hacía siempre que pensaba.

—Muy bien. La pasamos muy bien juntos. Así que muy feliz.

Terminó la entrevista. Se fue caminando hacia el vestuario. Enzo lo estaba esperando en el pasillo, apoyado contra la pared con la bolsa de ropa al hombro, porque siempre se iban juntos al micro, desde River, desde la selección, desde siempre.

—"La pasamos muy bien juntos" —dijo Enzo, imitándole la tonada—. Dos veces. Dijiste "muy bien" dos veces.

—Callate.

—Primero "bien". Después "muy bien". Como si te hubieras arrepentido de no ponerle el "muy".

—Te dije que te calles.

—Estabas nervioso. Se te notaba.

—No estaba nervioso.

—Pusiste cara de susto cuando dijo lo de Huracán. Se te abrieron los ojos así —e hizo un gesto exagerado con las manos alrededor de los ojos.

—Sos insoportable.

—Voy a subir una selfie nuestra y le voy a poner "la pasamos MUY bien" en mayúsculas.

Julián le pegó en el brazo. Enzo se rió. Se fueron caminando al micro hombro con hombro.

 

* * *

 

Tres días después, los cuatro estaban en la pieza de Julián y Enzo.

Era tarde. El plantel se iba desarmando: algunos ya se habían vuelto a Europa, otros se quedaban un día más. Pero la pieza de Enzo y Julián tenía una cosa que las demás no tenían, que era que ahí se cebaba el mejor mate del predio y nadie te rompía las bolas.

Cuti estaba tirado en la cama de Julián con las piernas colgando. Licha estaba sentado en el piso con la espalda apoyada contra la cama de Enzo. Enzo cebaba mate sentado en su cama con las piernas cruzadas. Julián estaba al lado de Enzo, con el hombro tocando el suyo.

—Entonces —dijo Cuti—. ¿Qué le regalamos a Messi?

—No le vamos a regalar nada a Messi —dijo Enzo.

—Hay que regalarle algo. Cumple en junio.

—No existe el regalo, Cuti. Nunca existió.

—Era una excusa que evolucionó en un compromiso real con el cumpleaños de nuestro capitán.

—No —dijo Licha, desde el piso.

—Un caballo —dijo Cuti.

—No le vamos a regalar un caballo —dijo Julián, sin levantar la vista del celular— ya te lo dijimos.

—Una experiencia. Un vuelo en globo.

—Messi tiene un avión privado. ¿Para qué quiere un globo?

—El globo tiene mística.

—El globo no tiene mística.

—Un asado —dijo Cuti.

—Ya propusiste un asado tres veces —dijo Enzo.

—Porque es buena idea y nadie me escucha. Cebame un mate, Enzo.

—Pedí por favor.

—Por favor, cebame un mate, Enzito querido de mi alma.

Enzo le cebó un mate. Se lo pasó. Cuti tomó y lo devolvió. Enzo lo recibió con la mano izquierda, porque con la derecha estaba scrolleando el Blend.

El Blend, que seguía activo. El grupo seguía ahí, olvidado entre los chats de Instagram, con sus recomendaciones corriendo en silencio.

—Che —dijo Julián.

Levantó el celular para que Enzo lo viera. Enzo se acercó.

En la pantalla había un reel. Abajo decía: Recomendado para Lisandro Martínez.

Era Cuti. Celebrando un gol con el Tottenham. Se sacaba la camiseta, la hacía girar por encima de la cabeza, corría hacia la tribuna con el pecho descubierto y una cara de locura total, y se tiraba de rodillas al borde del campo.

Julián miró a Enzo. Enzo miró a Julián.

—Pará —dijo Enzo, bajito, scrolleando—. Mirá este.

Recomendado para Cristian Romero.

Era Licha. Después de un partido del Manchester United, caminando por el túnel, tirándole un beso a la cámara con la mano y después haciendo una C con los dedos.

Se miraron. No dijeron nada. Enzo le pasó el mate a Julián. Julián tomó. Se lo devolvió. En la otra cama, Cuti seguía hablando.

—Un bonsái —dijo Cuti—. Le regalamos un bonsái. A Lio le gustan las plantas, ¿no?

—A Lio no le interesan las plantas —dijo Licha.

—¿Y vos cómo sabés?

—Lo sé.

—Un bonsái gigante. Un bonsái tamaño persona.

—Eso es un árbol, Cuti.

—Bueno, un árbol entonces.

De un momento a otro, a la juntada se sumó Moli. Siempre el inquieto, fué el quién pidió a los gritos una foto, tirándose indecorosamente en la cama en medio del grupo y posando.

Notes:

Espero que les haya gustado y sacado alguna sonrisa aunque sea :D

Manifestando que los pibes se vuelvan a juntar pronto (y que se vayan a jugar al mismo club tipo, ya mismo). Los extraño mucho.

Algo a comentar es que si bien no tuve la suerte de presenciar el amistoso en huracán (que las reinas en twitter nos compartieron a todos, y esto es un poquito en homenaje a esos momentos), el 4 a 1 si estuve ahí para verlo, y la magia que transmiten juntos realmente es palpable. Espero haber podido imprimir un poquito de lo que se sintió eso acá.

Gracias por leer, si, a vos :)