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La Sed de Roma
Capítulo I: La Gota que Colmó el Vaso
La brisa que soplaba sobre el Valle de Júpiter era inusualmente cálida para aquella época del año, pero en el Campo de Marte, el calor provenía más de la tensión que del sol.
Marcus, un legionario de la Tercera Cohorte y orgulloso hijo de Marte, se apoyó en su pilum con una sonrisa arrogante que le torcía los labios. Era un joven fornido, de mandíbula cuadrada y cicatrices que exhibía como medallas. A su alrededor, un pequeño grupo de campistas romanos reía nerviosamente, formando un semicírculo. En el centro de ese hemiciclo se encontraba Percy Jackson.
Percy no llevaba armadura. Vestía una sencilla camiseta morada del Campamento Júpiter, pero su postura, relajada y silenciosa, irradiaba una quietud peligrosa, como la superficie de un océano antes de que estalle un huracán.
—Lo que intento decirte, graecus —continuó Marcus, alzando la voz para asegurarse de que todos los presentes pudieran escuchar su perorata—, es que Roma no se construyó sobre el agua. Somos hijos del lobo, de la tierra, de la guerra y del cielo. Júpiter nos da el rayo para conquistar; Marte nos da la fuerza para someter. ¿Qué nos da Neptuno? ¿Pescado salado y tormentas que hunden nuestros barcos comerciales? El dios del mar siempre ha sido inestable. Caótico. No es de extrañar que sus hijos sean considerados portadores de mala suerte. Y sinceramente, Jackson, desde que llegaste, las cosas han estado... agitadas.
El silencio que siguió fue denso. Varios campistas intercambiaron miradas de pánico. Sabían lo que Percy había hecho. Sabían que había cruzado el Tártaro, que había derrotado a gigantes y que, según los rumores, había estrangulado a deidades menores con sus propias manos. Pero el orgullo romano era una enfermedad incurable, y Marcus, cegado por la devoción a su propia superioridad militar, estaba buscando una excusa para humillar al héroe griego frente a la legión.
Percy levantó la vista. Sus ojos, del color del mar en plena tormenta, se fijaron en Marcus. No había ira descontrolada en ellos, sino una frialdad abisal.
—Marcus —dijo Percy, su voz era baja, pero resonó con una claridad antinatural en el campo de entrenamiento—. Te lo he advertido tres veces esta semana. Has insultado a mi padre en los baños, has escupido en la fuente del pretorio cuando pensabas que nadie miraba, y ahora te paras aquí, en el polvo, a decir que el dios que sostiene la misma tierra que pisas es irrelevante.
—Digo la verdad que la legión teme pronunciar —se burló Marcus, ensanchando el pecho—. Los romanos tememos a los dioses que pueden destrozarnos. Tememos el rayo del rey de los cielos. Tememos la espada del dios de la guerra. ¿Por qué deberíamos arrodillarnos ante el señor de los charcos? Tú mismo eres la prueba. Eres poderoso, sí, pero eres una anomalía. Tu padre es una fuerza bruta sin disciplina. Un dios menor en el panteón de los conquistadores.
Percy ladeó la cabeza ligeramente. Una brisa repentina barrió el polvo a sus pies.
—Los romanos tienen un problema de memoria, Marcus —respondió Percy, dando un paso adelante. La multitud retrocedió instintivamente—. Olvidáis que el mar no necesita espadas para destruir una ciudad. Olvidáis que la tierra sobre la que construís vuestros templos y vuestras casas descansa sobre los dominios del Agitador de la Tierra. California es una tierra de fallas tectónicas y sequías implacables, y aun así, tenéis la arrogancia de insultar al dios que decide si hoy la tierra tiembla o si los ríos se secan.
—¡Palabras vacías! —escupió Marcus, empuñando su lanza con más fuerza—. No me asustan tus amenazas, Jackson. No puedes obligarme a respetar a un dios que no ha hecho nada por mí.
Percy se detuvo. Cerró los ojos por un breve segundo y suspiró. Fue un sonido cansado, el suspiro de alguien que ha intentado por todos los medios evitar una catástrofe, solo para darse cuenta de que el desastre es inevitable.
—No te voy a obligar a respetarlo con una espada, Marcus —dijo Percy, abriendo los ojos. El iris verde mar parecía brillar ahora con una luminiscencia oscura—. Si no me dejas otra opción, si te niegas a escuchar la advertencia, entonces que las consecuencias sean tu maestro.
Extendió una mano hacia Marcus. No hubo truenos. No hubo luces cegadoras ni explosiones divinas. Solo un cambio abrupto en la presión del aire que hizo que a todos les zumbaran los oídos.
—Por el poder de la sangre que corre por mis venas, en el nombre de Poseidón, en el nombre de Neptuno, invoco la sequía sobre ti, Marcus de la Tercera Cohorte. Que el agua te repudie como tú la has repudiado a ella. Que la humedad te huya. Que los ríos te rechacen. Conocerás el verdadero dominio de mi padre, no por su furia, sino por su ausencia.
Marcus parpadeó, mirando a su alrededor. No había pasado nada visible. Soltó una carcajada ronca, aunque sonó ligeramente forzada.
—¿Eso es todo? ¿Una maldición de sed? Beberé un galón de agua esta misma noche en tu honor, Jackson.
Percy no sonrió. Se dio la vuelta y comenzó a alejarse hacia el acueducto.
—Inténtalo —murmuró Percy, aunque su voz llegó claramente a los oídos del romano—. Empieza a rezar ahora. Porque pronto, no te quedarán lágrimas para llorar.
Capítulo II: La Comedia de la Sed
Al principio, Marcus pensó que era gracioso. Una rabieta teatral de un hijo del mar ofendido. Esa noche, en los barracones de la Tercera Cohorte, alardeó ante sus compañeros sobre cómo había plantado cara al "intocable" Percy Jackson y había salido ileso.
Pero el humor se evaporó rápidamente a la mañana siguiente.
Marcus se despertó sintiendo la garganta como papel de lija. Un sabor metálico y seco le cubría la lengua. Bostezó, se rascó el pecho desnudo y se dirigió a las letrinas y baños comunitarios. Necesitaba una buena ducha fría antes de la formación matutina.
Se desnudó, entró en el cubículo de mármol y giró la llave de bronce. Escuchó el agua correr por las tuberías, el siseo característico antes de que el chorro cayera. Pero cuando el agua salió de la alcachofa, no lo tocó.
Marcus frunció el ceño. Alargó la mano. El chorro de agua, desafiando todas las leyes de la física, se curvó alrededor de su mano, como si hubiera chocado contra un campo de fuerza invisible.
—¿Pero qué diablos...? —murmuró.
Dio un paso hacia el centro de la ducha. El agua hizo algo imposible: se abrió en dos, cayendo a su izquierda y a su derecha, dejando el espacio donde él estaba completamente seco. Marcus empezó a entrar en pánico. Se frotó los ojos, creyendo que aún estaba medio dormido. Trató de atrapar el agua, lanzando manotazos como un loco, pero las gotas se desviaban en el aire, salpicando las paredes de mármol y evitando su piel con una precisión matemática.
—¡Tonterías! —gruñó, cerrando el grifo de un golpe.
Se vistió apresuradamente, sintiendo el sudor rancio de la noche anterior pegado a su cuerpo. Salió a grandes zancadas hacia el comedor. Tenía una sed abrasadora. Necesitaba beber algo, y lo necesitaba ya.
En la mesa de su cohorte, agarró una jarra de agua helada adornada con rodajas de limón. Se sirvió un vaso rebosante. Suspiró aliviado al ver la condensación en el cristal. Se lo llevó a los labios y, con avidez, inclinó el vaso.
El líquido no fluyó.
Marcus agitó el vaso. El agua en su interior se había vuelto espesa, viscosa. De repente, un olor a ciénaga podrida, a pescado muerto y a algas descompuestas golpeó su nariz. El agua clara se había vuelto de un color marrón verdoso, opaca y repugnante. Una mosca muerta flotó hacia la superficie.
Soltó el vaso con un grito de asco. El cristal se hizo añicos contra la mesa de roble, derramando el lodo pestilente. Sus compañeros de cohorte saltaron hacia atrás, maldiciendo.
—¡Marcus! ¿Qué te pasa, idiota? —le gritó un centurión, sacudiéndose el barro del uniforme.
—El agua... —jadeó Marcus, retrocediendo, tocándose la garganta seca—. El agua está podrida.
—¡Era agua dulce de los manantiales de las colinas hace un segundo! —replicó otro legionario.
Desesperado, Marcus corrió hacia otra mesa. Agarró una cantimplora de cuero de las manos de un recluta sorprendido. La destapó y se la llevó directamente a la boca. Sintió que algo caía en su lengua. No era agua. Era arena. Arena seca y ardiente.
Escupió, tosiendo violentamente y cayendo de rodillas mientras la arena caía de sus labios.
La maldición era real.
Capítulo III: El Exilio Cotidiano
Aquel día, la vida de Marcus comenzó a desmoronarse a una velocidad aterradora.
Su trabajo en la legión, cuando no estaba entrenando, era supervisar el mantenimiento de las Thermae, los grandes baños públicos de la Nueva Roma. Era un puesto de prestigio. A media mañana, con la lengua hinchada y la cabeza palpitando por la deshidratación, se presentó en las calderas.
En el momento exacto en que sus pies de sandalia cruzaron el umbral de las instalaciones, un ruido ensordecedor resonó en las entrañas del edificio. Las inmensas tuberías de plomo y bronce empezaron a gemir. Las válvulas chirriaron.
El agua de las piscinas calientes comenzó a drenarse violentamente por los desagües, formando remolinos furiosos. Las duchas dejaron de funcionar. Los conductos de vapor se secaron en cuestión de segundos, dejando salir un polvo calcáreo que hizo toser a los bañistas despavoridos.
El prefecto de los baños apareció corriendo, envuelto en una toalla, con el rostro rojo de ira.
—¡Marcus! ¿Qué has hecho? ¡El sistema entero acaba de colapsar! ¡El acueducto secundario ha dejado de fluir hacia nosotros!
—No... no he hecho nada, señor —intentó articular Marcus. Su voz sonaba como hojas secas aplastadas bajo una bota—. Es... es una maldición. Jackson me maldijo.
El prefecto lo miró, y luego miró el caos a su alrededor. El conocimiento de la advertencia pública de Percy ya se había extendido por todo el campamento como un reguero de pólvora.
—¡Fuera! —rugió el prefecto, señalando la puerta—. ¡Si eres una abominación a los ojos de los dioses, no te quiero en mi edificio! ¡Estás despedido de tu cargo, legionario! ¡Sal de aquí antes de que seques los cimientos!
Marcus fue expulsado a las calles de la ciudad. El sol californiano caía a plomo. No importaba en qué dirección caminara, no encontraba sombra fresca. Intentó comprar una soda en una tienda, pero al destapar la lata, el líquido carbonatado se redujo a un jarabe negro y rancio. Trató de morder una manzana, pero en el momento en que sus dientes perforaron la piel roja, la fruta se marchitó instantáneamente en sus manos, convirtiéndose en un núcleo marrón y deshidratado. No podía consumir absolutamente nada que contuviera una mínima cantidad de agua. Y el cuerpo humano necesita agua más que cualquier otra cosa.
Normalmente, ante la ira divina, un romano sensato iría al Templo de Júpiter Optimus Maximus para buscar intercesión, o acudiría a su propio padre divino a realizar sacrificios, expiaciones y reconciliaciones.
Pero Marcus era terco. Su orgullo era una armadura de hierro que lo asfixiaba desde adentro.
—No me doblegaré —murmuró para sí mismo, arrastrándose por el foro—. No me disculparé con ese pedante griego ni con su dios inútil. Soy un romano. Resistiré.
Capítulo IV: El Aura de la Desolación
Al tercer día, Marcus ya no era un simple hombre sediento. Era un desastre natural ambulante.
La maldición había evolucionado. Ya no se trataba solo de que el agua lo evitara; ahora, el agua huía de todo lo que estuviera en su presencia.
La lluvia que había comenzado a caer suavemente sobre el Valle esa tarde se detenía milagrosamente a un radio de diez metros a su alrededor. Mientras el resto de la Nueva Roma disfrutaba de la frescura de la tormenta, Marcus caminaba dentro de un cilindro perfecto de aire seco, polvo y un calor abrasador. Si alzaba la vista, veía las nubes de tormenta y los relámpagos destellar furiosos en el cielo, pero ni una sola gota lograba tocar la burbuja de maldición en la que estaba atrapado.
La situación se tornó trágica cuando se acercó a los jardines de Flora, cerca del Senado. Allí, los faunos y ninfas cultivaban verduras y flores esenciales para la vida de la ciudad.
A medida que Marcus arrastraba los pies por el sendero, sus ojos inyectados en sangre, su piel cubierta de una gruesa capa de suciedad y costras, el desastre lo siguió. Las enredaderas se encogían como si las acercaran al fuego. Las hermosas flores de loto y las rosas se volvían negras y se convertían en ceniza. Los cultivos de trigo se marchitaron, volviéndose pajizos y secos en un parpadeo. Las fuentes de la plaza burbujearon una vez y luego se secaron, dejando solo grietas en la piedra.
La gente comenzó a retroceder cuando lo veía venir. Ya no era un paria solitario; era una amenaza biológica.
—¡Aléjate, maldito! —le gritó un comerciante en el mercado, lanzándole una escoba. Las verduras en el puesto del comerciante ya habían empezado a arrugarse—. ¡Estás destruyendo nuestras vidas! ¡Mis productos se pudren si pasas cerca!
—¡Es un presagio de muerte! —sollozó una mujer, protegiendo a su hijo pequeño, cuyos ojos llorosos se secaron instantáneamente debido a la falta de humedad en el ambiente.
Los romanos, pragmáticos por naturaleza, temían el contagio. Temían que la ira de Neptuno, que había marcado a Marcus, se derramara sobre ellos por mera proximidad. Las puertas se cerraban a su paso. Sus propios compañeros de cohorte le prohibieron la entrada a las barracas, amenazando con atravesarlo con sus gladius si se atrevía a cruzar el umbral. No querían que sus letrinas dejaran de funcionar. No querían despertar sedientos en medio de la noche.
Marcus estaba solo. Apestaba a sudor seco y tierra. La falta de hidratación lo estaba sumiendo en un estado de delirio clínico. Tenía alucinaciones. Veía espejismos de ríos fluyendo por las calles pavimentadas. Su cerebro, privado de los fluidos esenciales, empezaba a desconectarse, llenándolo de una rabia animal, primaria. Parecía tener rabia; gruñía a quienes se le acercaban, con los labios agrietados sangrando, sus ojos desorbitados reflejando una locura pura.
Capítulo V: El Rechazo del Río
El quinto día, el instinto de supervivencia aplastó lo último que quedaba del orgullo romano.
Marcus no podía más. Los riñones le ardían como brasas calientes. Su visión se había reducido a un túnel borroso. La locura de la deshidratación extrema se había apoderado por completo de su mente racional.
A trompicones, jadeando roncamente, corrió hacia el Pequeño Tíber. El río, salvaje y rápido, era el límite de la ciudad. El sonido del agua fluyendo era como un canto de sirena en su mente destrozada.
Se abrió paso entre un grupo de campistas que se apartaron horrorizados al ver su aspecto esquelético y salvaje.
—¡Marcus, detente! —gritó Frank Zhang desde la distancia, dándose cuenta de lo que el legionario planeaba hacer—. ¡Te ahogarás!
Marcus no escuchó. Con un alarido gutural, un grito de pura desesperación, se lanzó desde la orilla de grava directamente hacia el cuerpo de agua más profundo. Estaba dispuesto a ahogarse si eso significaba que su garganta se llenaría de frescura antes de morir. Prefería la muerte por ahogamiento que un segundo más de esta sequía infernal.
Cayó.
Pero no hubo salpicadura.
En el instante en que el cuerpo de Marcus hizo contacto con la superficie, el Pequeño Tíber reaccionó con una violencia imposible. El agua no lo acogió. El agua se apartó de él.
Marcus cayó al lecho del río como una piedra, estrellándose contra el fondo rocoso. A su alrededor, el agua formó una esfera perfecta, un vacío esférico de aire. Era como si estuviera encerrado en una burbuja de cristal invisible. El agua rugía a su alrededor, fluyendo frenéticamente sobre su cabeza y a sus costados, presionando contra la barrera mágica, pero ni una sola gota del río logró tocar su piel.
Estaba literalmente sumergido bajo el agua, en el fondo del río, pero estaba completamente seco. El polvo seguía flotando alrededor de su ropa.
Marcus se levantó, golpeando la pared de agua con los puños ensangrentados.
—¡DÉJAME ENTRAR! —chilló, aunque su voz no era más que un susurro rasposo—. ¡POR LOS DIOSES, DÉJAME BEBER!
Intentó morder la pared de agua, pero la barrera era impenetrable. Peor aún, la burbuja tenía un suministro de aire limitado, y él seguía gastando oxígeno en sus gritos frenéticos. No era un truco para caminar por el fondo del océano; era una cámara de tortura. Se estaba asfixiando por falta de aire en medio del agua que le era negada.
Desde la orilla, una multitud de campistas, senadores y faunos observaban la escena, mudos de terror. Estaban presenciando el castigo divino en su forma más pura y cruel. El agua, el elemento dador de vida, estaba negando activamente la existencia del muchacho.
Finalmente, cuando los ojos de Marcus se pusieron en blanco y perdió el conocimiento por la asfixia, el río mismo pareció repelerlo. Con un sonido similar al de un látigo restallando, una corriente subterránea golpeó la burbuja, escupiendo el cuerpo inconsciente de Marcus hacia la orilla.
Rodó por la grava como un muñeco de trapo roto, cubierto de polvo, pero sin una sola mancha de humedad.
—Por Júpiter... —susurró Reyna, la pretora, llegando a la escena. Miró el cuerpo de Marcus y luego las aguas turbulentas del río—. Ahora solo falta que el señor de los cielos lo fulmine con un rayo y ni siquiera tendremos un cuerpo para hacerle un funeral.
—No lo toquéis —advirtió un sanador de la cohorte de Apolo, retrocediendo—. Si nos acercamos demasiado, nuestras propias cantimploras se pudrirán. Que los dioses se apiaden de él.
Nadie se acercó. Lo dejaron allí, tosiendo polvo en las orillas del río que le había negado la entrada.
Capítulo VI: El Único Refugio
Cuando Marcus despertó, la luna colgaba alta en el cielo. Su cuerpo entero convulsionaba por la falta de fluidos. Sabía que le quedaban horas, tal vez menos, antes de que sus órganos se apagaran por completo.
Apenas podía gatear. Mientras se arrastraba por las calles desiertas de la Nueva Roma, un pensamiento irrumpió en su mente borrosa. Una ironía cósmica que solo los dioses podrían haber diseñado.
Si todo el agua corriente del campamento lo rechazaba. Si los ríos lo expulsaban. Si la lluvia huía de él. ¿Dónde quedaba un lugar, un único lugar en todo el Valle de Júpiter, donde la jurisdicción sobre el agua perteneciera absoluta, directa e indiscutiblemente al dios al que había ofendido?
El Templo de Neptuno.
Situado en la Colina de los Templos, el santuario de Neptuno era un lugar triste. En comparación con los imponentes pilares de mármol blanco y oro del Templo de Júpiter, o las fachadas rojas y ensangrentadas del Templo de Marte, el hogar del dios del mar era poco más que un mausoleo olvidado. Columnas descascaradas, conchas marinas cubiertas de musgo seco, y una estatua central de piedra desgastada, con un tridente oxidado. Nadie rezaba allí. Nadie dejaba ofrendas.
Marcus se arrastró por las escaleras, dejando un rastro de sangre de sus rodillas despellejadas.
Cruzó las columnas. En el centro del templo había una pequeña fuente ritual. Una concha de abulón tallada en piedra, diseñada para contener agua de mar, pero que normalmente recogía agua de lluvia estancada.
Con su último aliento de energía, Marcus se asomó al borde de la cuenca. Había agua. Clara. Limpia.
Con manos temblorosas, sumergió los dedos.
El agua no retrocedió. No se volvió lodo. No huyó.
Marcus lloró. Las lágrimas, las primeras que había podido derramar en días, limpiaron surcos en su rostro sucio. Hundió el rostro entero en la cuenca y bebió. El líquido frío deslizándose por su garganta destruida fue la sensación más dolorosa y gloriosa que jamás había experimentado. Sintió cómo la vida, literalmente, volvía a filtrarse en sus venas vacías.
Bebió hasta que sintió náuseas, y luego se derrumbó a los pies de la inmensa estatua del dios con barba, abrazando la piedra fría, sollozando histéricamente.
—Perdóname —susurró a la piedra, su voz rota resonando en el templo vacío—. Fui un estúpido. Fui un ciego. Perdóname, Señor de los Mares. Me rindo. Tienes mi vida. Tienes mi voluntad. Solo... por favor, no me quites esto de nuevo.
—Llegas tarde para las disculpas, Marcus.
La voz no provenía de la estatua, sino de las sombras entre las columnas.
Percy Jackson salió a la luz de la luna. Sus ojos ya no mostraban la frialdad de antes, pero sí una severidad inquebrantable, la de un juez dictando sentencia.
Marcus no intentó levantarse. Permaneció en el suelo, encogido, temblando.
—Percy... Jackson —croó—. Tú... ganaste. Tienes razón. Me equivoqué. Retira la maldición. He aprendido la lección. Lo juro. Haré los sacrificios. Pagaré mi deuda.
Percy caminó lentamente alrededor de la fuente, mirando la estatua de su padre y luego a Marcus.
—Ha sido una semana terrible para ti, ¿verdad? —dijo Percy, su tono suave pero cargado de un eco de truenos lejanos—. Podría decirte que sí. Podría decirte que has sufrido suficiente, levantar la mano y dejar que vuelvas a tu cohorte para ser el mismo soldado arrogante de siempre.
Percy se detuvo frente a Marcus, mirándolo desde arriba.
—Pero no lo haré.
Marcus alzó la vista, aterrorizado.
—¿Qué? ¡Me he disculpado! ¡Estoy arrodillado ante su templo!
—Tu falta de respeto, y la de Roma, ha durado demasiado tiempo —dijo Percy, su voz ganando fuerza, llenando el espacio sagrado—. No se trata solo de que me insultaras a mí. Se trata de una ceguera colectiva. Vosotros, los romanos, presumís de lógica. ¿Dónde está la lógica en faltarle el respeto al dios que controla los mares que rodean vuestro imperio? ¿Dónde está el sentido de ignorar al dios de los terremotos cuando habéis construido vuestra ciudad más grande en California, sobre la falla de San Andrés?
Percy señaló hacia el valle oscurecido.
—La gente olvida. Se acomodan. Asumen que el agua saldrá del grifo cada vez que lo giren. Asumen que la tierra no se abrirá para tragárselos mientras duermen. Creen que porque Júpiter es el rey, los demás dominios son menores. Tu arrogancia ha sido tu perdición, Marcus. Pero también es una oportunidad. Es hora de que esta ciudad entienda que las acciones, y las omisiones, tienen consecuencias mortales.
—¿Qué quieres de mí? —lloriqueó Marcus, agarrándose a las túnicas de la estatua—. ¿Quieres matarme? Hazlo.
—No quiero tu muerte —respondió Percy—. Los muertos no pueden enseñar. Y Roma necesita una lección viviente.
El semidiós griego se agachó para quedar a la altura de los ojos del romano.
—La maldición no se ha levantado, Marcus. He hablado con mi padre. Él apoya mi decisión. De hecho, le parece que un recordatorio es exactamente lo que Roma necesita.
—¡Pero acabo de beber! —protestó Marcus, señalando la fuente presa del pánico—. ¡El agua me aceptó!
—Porque estás dentro de su santuario —explicó Percy con calma—. El Templo de Neptuno es el único lugar en la tierra donde la maldición se detiene. Aquí el agua fluirá para ti. Aquí podrás bañarte, beber y no destruirás lo que te rodea. Pero en el segundo en que pongas un pie fuera de esos escalones... el desierto regresará. Las cosechas morirán a tu paso. El agua volverá a envenenarse.
Los ojos de Marcus se abrieron de par en par mientras asimilaba la magnitud de sus palabras.
—¿Me... me estás encarcelando aquí?
—Te estoy dando un nuevo propósito —corrigió Percy—. La única manera de sobrevivir, Marcus, es expiar tus pecados. Cada día. Cada hora. Te vas a convertir en el nuevo Sumo Sacerdote de Neptuno.
—¡Yo soy un soldado de Marte! —gritó Marcus, un último destello de orgullo romano asomando.
—Eras un soldado de Marte —lo corrigió Percy con implacable frialdad—. Ahora, eres un sobreviviente por la misericordia del Señor de los Mares. Tu vida le pertenece a él.
Percy se puso de pie, su silueta recortada contra la luna creciente.
—Limpiarás este templo hasta que el mármol brille. Dormirás en este suelo. Te pararás en las escaleras cada mañana y llamarás a la legión a rezar. Reclamarás sacrificios para el dios. Porque escúchame bien, Marcus: no puedes cultivar tu propia comida aquí. Estás a merced de lo que la gente te traiga. Si no logras que los romanos vengan, recen y ofrezcan comida, te morirás de hambre. Si no entran y te traen tela, irás desnudo. Dependes de la devoción de Roma hacia Neptuno para tu propia supervivencia.
Marcus sollozó, escondiendo el rostro entre las manos. Era una condena perfecta. Una humillación absoluta, pero diseñada para elevar la gloria del dios al que había despreciado. No podía salir para ir una vez al día a bañarse, tomar un trago de agua en secreto y hacer su vida normal. Estaba atado a ese edificio. Él era el ancla de la furia de Neptuno. Si intentaba escapar, la turba de la ciudad probablemente lo mataría a palos para apaciguar al dios, pues no permitirían que la sequía caminante arruinara sus cultivos y acueductos otra vez.
—Acepta tu destino, Sacerdote —dijo Percy por última vez, dándose la vuelta para marcharse—. Da gracias por su misericordia.
Capítulo VII: El Nuevo Orden de Roma
Los meses pasaron en la Nueva Roma, y la ciudad experimentó un cambio cultural sin precedentes.
La advertencia de Percy Jackson y el destino de Marcus se convirtieron en la nueva leyenda fundacional del Valle. La gente comenzó a comprender algo que habían estado ignorando deliberadamente durante milenios.
Los romanos debían temer a Neptuno.
Y Perseo acababa de recordarles exactamente el porqué.
Se dieron cuenta de que Júpiter podía fulminarte instantáneamente con un rayo desde el cielo. Una muerte rápida, gloriosa en cierto modo. Plutón podía arrebatarte tus riquezas, dejarte en la más absoluta miseria en la vida, o matarte para enfrentar su juicio en el Inframundo. Su castigo era definitivo y lúgubre.
¿Pero Neptuno?
Neptuno te hacía sufrir, pero no en aislamiento. Tu desgracia se convertía en la desgracia de tu comunidad. Si Neptuno se enojaba, no solo fulminaba al ofensor; secaba las cosechas que alimentaban a la ciudad. Hacía que la tierra bajo sus pies temblara, derribando acueductos y aplastando a miles bajo los escombros de sus propias casas de mármol. El castigo de Neptuno volvía a tus propios semejantes en tu contra. Un terremoto no discrimina entre el maldito y el inocente. Una sequía asfixia a todos por igual, convirtiendo la civilización en barbarie en cuestión de días por un simple vaso de agua.
La ley tácita del dios del mar se instauró en la mentalidad romana: ¿Quieres quejarte de mí? Te daré una verdadera razón para llorar.
Aquel cambio se hizo evidente un día a mediados de verano, cuando los campistas se preparaban para los Juegos de Guerra.
Marcus, ahora vestido con túnicas impecables de color azul marino adornadas con bordados de hilo de plata en forma de olas, se paró en lo alto de las escaleras del templo, que ahora lucía restaurado, brillante y decorado con corales y oro fresco. Sus ojos ya no tenían el brillo de la arrogancia de Marte, sino la profundidad solemne de alguien que ha mirado al abismo de la sed y no desea volver jamás.
Hizo sonar una inmensa caracola que resonó por todo el valle.
En lugar de ignorarlo como hubieran hecho meses atrás, cientos de romanos alteraron su ruta. Centuriones, senadores, incluso las pretoras, hicieron una parada obligatoria en la Colina de los Templos antes de descender al Campo de Marte.
Depositaban cestas de frutas frescas, pan horneado, oro y promesas ante el altar.
—Oren —entonó Marcus, su voz rasposa pero fuerte, proyectándose sobre la multitud respetuosa—. Oren por agua, pero imploren que no haya tormentas que inunden nuestros hogares. Oren para que la tierra permanezca firme y no tiemble bajo nuestra ciudad. Oren por una cosecha que nos alimente, y por la lluvia justa que la haga crecer. Oren por su misericordia, porque si bendice a uno solo y maldice al resto, seremos nosotros quienes perezcamos. ¡Gloria a Neptuno, el Agitador de la Tierra!
—¡Gloria a Neptuno! —respondió la legión al unísono, y en sus voces, había un temor genuino, primario. Un respeto absoluto por el poder aplastante de la naturaleza.
Más tarde ese día, en los campos de entrenamiento, unos nuevos reclutas observaban desde las gradas.
Frank Zhang, que había regresado de una misión en San Francisco, estaba en la arena practicando combate cuerpo a cuerpo, transformándose de un inmenso oso pardo a un águila y luego a un león, demostrando el poder brutal heredado a través del linaje de Pilos, hijo de Poseidón.
Un recluta recién llegado a la Quinta Cohorte parpadeó asombrado.
—¿Ese es el pretor Zhang? Escuché en casa que antes no dejaban entrar a los descendientes de Neptuno en la legión por culpa de un terremoto en 1906. Un terremoto que ni siquiera fue culpa directa de un semidiós de Neptuno. ¿Es eso cierto? ¿Cómo los romanos pudieron ser tan ciegos?
Un legionario veterano, que llevaba una pequeña concha azul colgada del cuello como amuleto, miró al recluta y luego señaló con la barbilla hacia lo alto de la colina, donde la figura de Marcus barría devotamente las escaleras del templo.
—Es cierto —murmuró el veterano, bajando la voz—. Reyna una vez le dijo al mismísimo Percy Jackson que entendía su poder, pero que las razones de nuestra desconfianza eran nuestras, y que lo ignorarían como siempre habían hecho con su padre.
—¿Y qué pasó? —preguntó el novato, con los ojos muy abiertos.
El veterano sonrió sin humor, recordando aquel día en que la ira del mar no llegó con una ola, sino con la ausencia de ella. Recordó el grito agónico de Jackson: "¡Maldito seas! ¡Mil maldiciones sobre ti y toda la ciudad si no aprendéis!"
—Pasó que nos enseñaron a no tentar a la suerte —respondió el veterano, dándole una palmada en el hombro al recluta—. Así que, consejo de oro, chico: respeta a Neptuno. Respétalo más que a Júpiter, más que a Plutón y ciertamente más que a Marte. Respeta a sus hijos, sus legados y su dominio. Porque si alguna vez te atreves a escupir en el mar... —el veterano señaló a la lejana figura solitaria de Marcus— ...acabarás como ese pobre diablo, rogando de rodillas por la gracia de una sola lágrima para mojarte los labios.
Los reclutas tragaron saliva y asintieron con vehemencia, girándose para observar la majestuosidad de Frank Zhang, y recordando, muy dentro de sus almas, que de sus cuerpos compuestos en gran parte por agua, ni una sola gota les pertenecía si el dios del mar decidía reclamarla.
