Chapter Text
Harrenhal
Con Daemon las cosas no iban mejor que con los verdes y sus recientes bajas. Las alucinaciones y la falta de sueño le causaban daño y de igual manera las fallas en el castillo comenzaban a hastiarle, por lo que decidió empezar a repararlo. Simon Strong sugirió pedir apoyo a Rhaenyra, pero no, no lo haría. Su esposa quería que le demostrara su fidelidad y así lo haría. Cuando el castillo estuviese listo, así como el ejercito, mandaría a llamarla, no antes.
Pero lo peor de todo ocurrió hace un par de días cuando Simon trajó la noticia de lo sucedido con su prima Rhaenys.
— ¿Qué...? —la sorpresa, aunque quisiera, no pudo ser enmascarada. Su feroz y fuerte prima había sido asesinada por aquellos malditos y falsos Targaryen en una sucia trampa, pero aun así no podía creerlo...
Aquella Rhaenys que era más fuerte que Viserys, aquella mujer que pudo reinar y no lo hizo por ser una omega, pero que aun así demostró siempre ser merecedora de su apodo "la reina que nunca fue". Pese a todo, Rhaenys siempre lo apoyó en sus aventuras cuando eran pequeños, ella y Viserys lo cuidaban como su hermano menor y nunca lo dejaron solo, e incluso de adultos estuvieron para el otro durante el embarazo de Laenor y su posterior muerte, uniéndose más que nunca debido a sus niños, hijos de Rhaenyra y nietos de Rhaenys.
Rhaenys era todo lo que se esperaba que fuera Viserys, incluso reclamó a Meleys, la dragona de su madre, y él recordaba aquel día con claridad porque estuvo presente a lado de su padre. El enojo y los celos que sintió fueron inmensos al ver la sonrisa de su prima al bajar de su dragona, sin embargo, años después él sintió aquella misma felicidad cuando bajó de Caraxes, el dragón del padre de Rhaenys, pero ella lo vio con orgullo y una pequeña sonrisa.
— Padre estaría orgulloso de que tu fueras el jinete de Caraxes —murmuró aquella vez al felicitarlo, revolviendo su cabello con cariño como cuando era un niño—. Cuídalo bien, es un buen muchacho —y por la risa sutil que dio, no supo Rhaenys se refería a él o a Caraxes, pero no le tomó mucha importancia.
— Lo lamento, su majestad —susurró Simon para luego dejarlo solo después de darle una misiva que llegó de Dragonstone.
》Para mi audaz primo:
Daemon, la reina te necesita y tus hijos también. Ponte firme, primo, recuerda con quien esta tu lealtad y amor. Lo lamento mucho, debí haberte escuchado, debimos ir juntos por Vhagar, ahora tendrás que cubrir el frente y luchar aún más por Rhaenyra, así que hazlo, deja tu orgullo porque toda tu familia te necesita. Nunca olvides que la casa Targaryen, los verdaderos Targaryen, debemos estar unidos y espero mi muerte ayude a que comprendas eso.
- Atentamente: tu prima que te quiere pese a todo, Rhaenys.
Al terminar de leer se quedó en silencio, pero en ese momento juró que su prima, su hijo Lucerys, su hija Visenya y su hermano encontrarían la paz cuando la cabeza de todos los traidores estuvieran en las picas adornando la Fortaleza Roja.
Al subir a sus aposentos, se recostó en la cama en el lado izquierdo, justo en el sitio donde siempre se recostaba mientras su Rhae ocupaba el lado derecho. Ambos se encargaban de acostarse y abrazarse, mezclando sus aromas y besándose con ternura, hablando de las tareas que realizarían al día siguiente y de ideas a futuro. Hubo ocasiones en que él se encargaba de cantar al vientre de su princesa en los embarazos de su amada, sonriendo con ternura cuando sentía las patadas del bebé contra su mano.
Lágrimas comenzaron a escapar de sus ojos al recordar que la última vez que pudo sentir la calidez de tener a su familia unida fue la noche antes del juicio de Driftmark, la noche en que su esposa regresó de los aposentos de Viserys con sus hermosos ojos lila hinchados y sus mejillas sonrojadas, pero que aun así demostró una gran fortaleza para no preocupar a sus hijos, mismos muchachos que habían llegado a sus aposentos para invadir su cama, todos mezclando sus aromas y acomodándose contra el otro en una fortaleza. Esa noche, como todas en Dragonstone, durmió con tranquilidad sin esperar lo que los dioses tenían preparado para ellos.
Sus parpados empezaron a pesar, su respiración se reguló y, sorprendentemente, el sueño llegó a él.
No supo en qué momento ocurrió, pero ahora estaba caminando y reconoció perfectamente ese lugar, se encontraba en los pasillos de Dragonstone, su hogar. Observó la puerta de sus aposentos sin guardias alrededor, lo cual hizo que su enojo apareciera rápidamente al ver que las habitaciones donde aguardaba su esposa se encontraban sin protección alguna. No obstante, dejó eso de lado y abrió la puerta, encontrándose a su omega, la cual se levantó de su sitio rápidamente y le vio con sorpresa.
— Rhaenyra...
— Daemon —susurró con asombro, en su mirada estaba el sentimiento de alegría, confusión y a su vez una profunda tristeza—. Nos dejaste —expresó con el rencor marcado en su tono—. Me abandonaste, me dejaste sola con nuestros hijos, todos te necesitábamos —su esposa se levantó de la cama, comenzando a caminar hacia él—. Estaba sola, en mi recamara pariendo a nuestra hija, a nuestra bebé, y me abandonaste ahí.
— Los Hightower podían atacar, debía poner alerta a todo el castillo y a los lugareños...
— Sostuviste mi mano, te quedaste todo el tiempo cuando di a luz a Aegon y Viserys, ¿por qué con nuestra Visenya fue diferente? —las lágrimas abandonaban su rostro una tras otra sin descanso alguno.
— La guerra- ellos podían venir y no estaríamos listos. Perdí a un hermano sin siquiera poder despedirme de él, no podía perderte a ti y a nuestros hijos también —murmuró, levantando su vista y encontrando a su esposa frente a él. Daemon no pudo evitar tomar sus mejillas con delicadeza al estar tan cerca uno del otro, y una pequeña sonrisa salió de sí mientras sostenía el rostro de su esposa, a la cual lo atrajo para dejar un suave beso—. No soportaría vivir un mundo sin ti, una vida sin ustedes...
Rhaenyra frunció el ceño, alejándose de él con violencia, empujándole con fuerza y retrocediendo con miedo.
— Rhaenyra- —sintió como era arrastrado a otro sitio, alejándolo de su esposa, de su reina. Y ahora se encontraba a las afueras de Harrenhal vistiendo su armadura. Frunció el ceño al no ver a Caraxes en el gran castillo y la conmoción lo golpeó cuando se dio cuenta de que era de día, pero todo eso fue dejado de lado al escuchar un susurro que hizo un eco en el aire.
— Daemon.
Volteó ante el llamado y la imagen que lo recibió fue una que causó que sus rodillas temblaran. Su esposa estaba ahí frente a él, portando una sencilla túnica manchada de sangre, misma con la cual la encontró cuando dio a luz, y acunando en brazos a una bebé sin vida. Ella le observó con una mirada desprovista de cualquier emoción, con sus bellos ojos carentes de brillo.
— Nos dejaste, Daemon, cuando más necesitaba tu presencia a mi lado...
— Rhaenyra... —su voz tembló, intentó acercarse a ella, sin embargo no lograba avanzar por más pasos que daba, y la impotencia comenzó a crecer cuando se dio cuenta que Rhaenyra ahora era la que se alejaba de él—. ¡RHAENYRA!
— Sabías de lo difícil que era para mi enfrentarme a la cama de parto, mi madre murió en ella, su madre también y mi abuela Alyssa igual, mujeres importantes en nuestra vida han muerto en esa maldita cama y decidiste dejarme. Te grité, con todas mis fuerzas grité tu nombre y no acudiste a mí, no sostuviste mi mano ni me diste palabras de consuelo como en el parto de Egg y Vis...
— Rhaenyra por favor —no supo cuándo, pero dejó de correr y ahora se encontraba de rodillas, tocando el suelo con su frente. Las lágrimas no dejaban de salir de sus ojos, sintiéndose culpable al escuchar las palabras de su esposa.
— Papá —un suave y dulce susurro sacó a Daemon de su miseria y una pequeña mano le instó a subir la mirada, encontrando a una niña en los brazos de su esposa.
Una hermosa niña de cabello rubio platinado con los ojos lilas, piel blanca y tersa, una niña que portaba un vestido negro y su cabello trenzado con el resto de su ondulado cabello suelto y con algunos adornos aferrándose a sus mechones platinados. Su hija... su niña era hermosa, perfecta.
— Visenya... —murmuró con sorpresa, sintiendo gruesas lágrimas caer y deslizarse por sus mejillas, observando la sonrisa dulce de su hija, herencia de su madre, con unos ojos brillantes y audaces, como él.
Rhaenyra observaba con tanto amor a la niña en sus brazos, un amor que siempre ha expresado para todos y cada uno de sus hijos, sin embargo él sabía que su hija habría sido muy amada, una princesa consentida por todos sus hermanos y familia si tan solo hubiera tenido la oportunidad de vivir...
Las personas frente a él comenzaron a alejarse y él rápidamente trató de seguirlas, pero ellas se apartaron sin siquiera hacer caso a sus gritos desesperados. El aire empezó a faltarle, sintió que todo a su alrededor daba vueltas e inevitablemente comenzó a marearse, por lo que tuvo que detenerse y solo atinó a estirar la mano en un último y atormentado intento de que su esposa e hija no lo dejarán, pero al final cayó al suelo sin más, cerrando los ojos ante el gran cansancio que sintió repentinamente, dejándose llevar por el sueño.
El consorte se despertó al sentirse libre de moverse, su corazón palpitaba acelerado ante lo que acababa de ocurrirle, su respiración era irregular y le dolía todo el cuerpo, como si todo hubiese sido real.
Cuando se sintió más tranquilo, salió de la cama y notó que aun era de noche, pero dejó eso de lado y caminó a su mochila, sacando con manos temblorosas una pequeña caja que contenía un hermoso collar de perlas con un elaborado dije, un trabajo hermoso y que estaba destinado a ser para su esposa, un obsequio por su gran esfuerzo en la cama de parto... pero los Hightower también le quitaron eso, le habían arrebatado la dicha de cargar en sus brazos a otra hija...
— Rhaenyra... —susurró, tomando el collar y apretándolo con un poco de fuerza, atrayéndolo a su pecho y derrumbándose en el suelo, soltando sollozos llenos de dolor sin siquiera importarle quien pudiera escucharlo. El dolor que sentía, la aflicción que le habían causado a su familia, todo el sufrimiento que han tenido que soportar por culpa de los malditos Hightower era tan inmenso que no creía poder tolerarlo más, sin embargo, sabe que debe hacerlo, no por él, sino por sus hijos y esposa, debe ser fuerte por ellos—. Te extraño, mi amor...
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Driftmark
Baela, después de leer la carta de su abuela y desahogarse con su madre, estaba en Driftmark. Decidió volar de noche para poder llegar temprano por la mañana, ya que no le gustaba dejar sola mucho tiempo a su madre con esos buitres embusteros.
— Te busqué en HighTide, me sorprendió cuando dijeron que estabas aquí —le comentó a su abuelo, iniciando así la conversación. Podía notar la tristeza en la mirada, rasgos y postura... la noticia los afectó a todos, pero quizá afectó más a su fuerte abuelo, el cual ya había perdido mucho y que ahora la compañera de su vida se fuera debió ser demasiado.
— El castillo es una tumba... vacía, embrujada.
— Lamento haberme perdido sus mejores días. Imagino el salón de los nueve lleno de lores y reyes ansiosos de hablar con el legendario lord de las mareas... con las riquezas que trajiste de Yiti y Asshai inspirando asombro y envidia... me pregunto si alguien sabía que todo fue por ella —Baela colocó una mano en su hombro en forma de apoyo al ver como su abuelo bajó su mirada, y finalmente entregó el mensaje al que debe su visita—. La reina Rhaenyra desea nombrarte su mano.
Un suspiro salió de Corlys, incapaz de concebir como la reina quería más y más de él, no obstante las palabras de la carta de Rhaenys resonaron en su mente, pero el enojo y la tristeza obstaculizaban su raciocinio.
— Incluso la muerte de mi esposa no le basta —susurró con rencor—. ¿No le ha pedido suficiente a mi casa?
— Es una señal de su gran estima, mi madre te quiere, eres el abuelo de sus hijos, ¿crees que a ella no le dolió la muerte de mi abuela? —preguntó, defendiendo a su majestad con fuerza. Baela pudo ver el dolor en la mirada y en las palabras de su majestad, pudo notar que cuando la abrazó también lloró junto a ella.
— ¿O cree que la posición compensará mi pérdida?
— Promete la paz a King's Landing, ellos la aceptarán con gusto.
— Preferiría navegar al Oeste y naufragar.
— Lo has hecho antes, a un gran costo para ti y a los que te han amado. Lucerys no pudo desempeñar su papel como heredero cuando le correspondía porque estabas en una guerra que no te competía y por ello fue desafiado por Vaemond, y mi abuela y yo nos quedamos solas en Driftmark durante mucho tiempo, ¿qué más da entonces? —un silencio se extendió entre ambos. Sabía que sus palabras dolieron, pero el enojo de ver a su abuelo derrumbarse y querer dejarlos solos como antaño pudo más—. Rhaenys no era solo tu esposa, no una cosa que se te arrebató. Ella era una princesa Targaryen, la reina que nunca fue y ella voló a Rock's Rest por decisión propia en defensa de los suyos.
— ¡Y ella murió!
— Murió como hubiera deseado morir, con honor, por fuego de dragón, como mi padre lo quería —aquello atrajo la mirada de su abuelo, puesto que a pesar de todos los años la partida de su padre seguía fresca en su corazón y siempre sería de ese modo—, y como yo quiero que sea mi final. Lloro por mi abuela que me amó, pero la llevo conmigo. Veré que mi madre ascienda al trono como Rhaenys lo deseaba, como ella debió llegar. Haz tu lo que creas conveniente —declaró, dejando la caja plateada en manos de su abuelo y caminando para ir a su dragón, se iría a Dragonstone antes de lo planeado.
— ¡Nieta! —la joven volteó ante su llamado y a pesar de su indecisión decidió anunciarle lo siguiente—. Yo te haré mi heredera.
— Yo soy sangre y fuego, Driftmark debe pasar a sal y mar —contestó con una sonrisa.
Rhaena o Joffrey, cualquiera de sus dos hermanos bien podría ocupar el puesto mejor que ella, ya que siempre se habían sentido conectados tanto con Dragonstone como con Driftmark, pero ella sentía una conexión más profunda con su sangre Targaryen.
Con ello, Baela se retiró de ahí, dejando a su abuelo pensar en la propuesta y en su propia respuesta.
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Dragonstone
Rhaenyra habló con uno de sus asesores, sir Alfred Broom, y le concedió la razón de que necesitaba a Daemon, por lo que decidió enviarlo a parlamentar con su esposo y verificar como se encontraban las cosas en Harrenhal, sin embargo el hombre era muy astuto y sabía que no solo lo enviaba como muestra de buena voluntad sino como muestra de su exasperación ante su actitud.
— ¿Tiene algún mensaje? —le preguntó después de escuchar a la reina, la cual se quedó callada por unos instantes.
— Dígale que me gustaría terminar nuestra última conversación.
El mencionado consorte estaba viendo al techo, el cual goteaba, e intentaba dormir, pero los pasos resonaron fuertemente en sus aposentos e inevitablemente le hicieron abrir los ojos. Unos toques en su puerta y la voz de Simon Strong lo despertaron por completo, pero el viejo noble le dio la noticia de que los señores de los Ríos ya se encontraban en el castillo.
Al llegar a la sala principal vio a los lores y ladies muy enojados. Apenas ingresó y los comentarios pasivo-agresivos comenzaron a salir de sus bocas sin cesar.
— La casa Bracken fue derrotada por la mano de Willem Blackwood —informó Simon al ver como el rey consorte despotricaba contra los señores presentes, contestando a sus quejas con más comentarios que avivaban el enojo en la sala.
— Esas noticias son viejas —susurró con agotamiento por los días sin dormir.
— Sí... p-pero ha habido complicaciones.
— ¡Los escalones sagrados en tierras de Bracken fueron saqueados y quemados!
— Al igual que sembradíos y granjas, robaron el ganado y los campesinos fueron asesinados- —más y más quejas llegaron a Daemon, pero su ceño se frunció cuando los sonidos se suavizaron repentinamente con la brisa calando en sus huesos y la voz de su antiguo esposo llegando a él.
— Una terrible guerra se libra en estas tierras... —la visión de Laenor lo recibe tal y como lo vio la última vez antes de que pereciera en sus brazos—. ¿Has cuidado de nuestras hijas? —en su voz se denotaba la preocupación y el miedo por sus niñas, pero... lo ha hecho, él no había dejado sola a sus niñas, solamente esta vez que se retiró luego de lo sucedido con Rhaenyra, pero antes de ello jamás las había dejado solas.
Su amada Rhaenyra y él habían cuidado de las niñas y formaron una bella familia, y pese a que Baela se había hecho pupila de Rhaenys eso no hizo más que afianzar sus lazos, puesto que se enviaban cartas diario, iban a visitarla con frecuencia y ella los iba a visitar a lomos de Meleys o Moondancer cuando la dragona creció. Sus hijas ahora son hermanas mayores que aman con fervor a sus hermanitos y a sus otros hermanos, todos ellos eran muy unidos y tienen la relación que él anhelaba tener con Viserys.
— No podemos esperar algo más de un hombre que ordenó la matanza de una joven princesa indefensa —el comentario le trajo de regreso a la realidad y la acusación le pegó de lleno, la ira hirvió desde su corazón y no pudo guardar más la calma.
— ¡MI HIJO ERA INOCENTE, UN DULCE NIÑO DE CATORCE DÍAS DE NOMBRE Y AEMOND EL PUTO ASESINO DE PARIENTES LO MATÓ SIN COMPASIÓN ALGUNA! —declaró. La desesperación se filtró en su voz, el enojo y la tristeza podían sentirse aún cuando intentaba no darlo a denotar, no obstante, supo que hizo un pésimo trabajo al ver las miradas sorprendidas y algunas compasivas de los presentes.
》Lord Bracken no dudó en dar su lealtad al usurpador y al asesino de parientes, ¿eso en que los convierte a ustedes entonces? —cuestionó ahora con calma, desconcertando a todos, no sabía si por su pregunta o por el cambio en su voz, pero sinceramente no le importaba—. Porque he escuchado que han mandado a sus soldados a pelear esta guerra en contra de mi esposa, su reina legítima, la heredera elegida por el difunto rey Viserys, y por ende han ondeado la bandera de apoyo del asesinato de la perla del reino —siseo con veneno, viendo a algunos agachar la cabeza con vergüenza mientras que otros desviaban la mirada ante las acusaciones, todos ellos recordando como la noticia del banquete que hizo Aegon ante la muerte de Lucerys Velaryon recorrió los siete reinos rápidamente.
— Nosotros-
— Ustedes pueden proclamar su falsa compasión por lo sucedido con Helaena, pero igualmente celebran la muerte de mi hijo como Aegon lo hizo, ¿en qué los convierte eso? ¿Son mejores que yo? ¿O son bestias carroñeras escondidas en pieles de oveja? —cuestionó, sin embargo, luego ordenó que se retiraran al sentir el sofocante silencio que se formó tras sus cuestionamientos.
Los lores acataron de inmediato y mientras partían de ahí las palabras resonaron en sus mentes haciéndoles pensar ¿era lo correcto apoyar a Aegon? ¿Hacían bien en mandarle soldados y comida? Muchos de ellos ahora pensaban en lo hipócritas que estaban siendo en aquella guerra contra la delicia del reino, la princesa a la que juraron su espada y a la que juraron proteger de las traiciones venideras...
Luego de ello, todos los señores se fueron. El rey consorte se inclinó hacia la chimenea, cerrando los ojos por un momento al sentir el calor golpearle levemente, para finalmente abrirlos y ver como las brasas chocaban unas con otras, recordándole a Rhaenyra y su afición por ver el fuego y jugar un poco con él.
En Dragonstone, la reina veía su propia chimenea y contemplaba las brasas, observando atentamente el fuego danzar lentamente y recordó, inevitablemente, a su amado esposo, a su Daemon.
— ¿Cuándo volverás a mí, mi amor? —pensó con anhelo, suspirando ante el vacío que residía en su pecho por la falta de su esposo e hijos, de su familia.
Finalmente se separó y decidió ir a la biblioteca, uno de los lugares que amó por completo al llegar a Dragonstone hace tantos años cuando tomó su asiento para gobernar la provincia como parte de sus deberes como heredera.
Por otro lado, en King's Landing, la querida y fiel Elinda estaba en las puertas de la capital, sin embargo, se llevó una gran sorpresa al encontrarse con la entrada cerrada y custodiada por los capas doradas, pero eso no le impediría entrar. Vio a uno de los fieles a Mysaria, la cual le dijo como identificar a sus espías, y entró con su ayuda para ser llevada ante la persona que necesitaba, una de las víctimas del usurpador y de la traidora Alicent, Dyana, una joven que ella conoció cuando era una pequeña que ayudaba en las cocinas y le encantaba llevar la comida a su majestad la reina Rhaenyra, una dulce joven que no merecía lo que le paso.
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Driftmark
Sentado en el trono de Driftwood, Corlys Velaryon contemplaba el pin de mano mientras las palabras de su esposa, en una de sus últimas noches juntos, resonaban en su mente con fuerza.
— Mientras yo estoy aquí, y Meleys, no dejaremos que la reina flaquee.
Con ello en mente, decidió hacerlo, estaba dispuesto a aceptar el cargo ya que no podía dejar solos a sus nietos. Ya perdió a Lucerys, uno de los recuerdos de su adorada Laena; y Rhaenys dio su vida por lealtad, y sobre su cadáver permitirá que el usurpador y su asquerosa familia queden impunes.
Un suspiro salió de sus labios al recordar los días felices en que su hija Laena y su familia venían a Driftmark a pasar unos días y Lucerys insistía en quedarse con él para escuchar historias de sus aventuras. Sus preciosos ojitos brillando, completamente atento a él y a sus palabras. Otras veces conseguía, muy a la oposición de Rhaenyra y Laena, que Arrax estuviese un tiempo en el castillo con Corlys encargado de vigilar a su nieto y viéndolo jugar felizmente con su dragón.
Por ellos iba a luchar hasta el final, por quienes tanto amó y por los que aún están con vida. Su amada Rhaenys no querría que él le diera la espalda a la mujer que hizo tan feliz a su hija Laena y que les dio tres preciosos nietos, misma mujer que crió a sus nietas como si fueran suyas. No, no podía dejar a Jace, Joff, Baela y Rhaena a la deriva.
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King's Landing
Aemond estaba en el gran salón frente al trono de hierro contemplando con satisfacción el gran asiento del conquistador, el cual era ahora suyo. Para esto nació, ni Rhaenyra ni Aegon merecían el trono, él fue hecho para ello y asumirá su nuevo cargo como correspondía.
No obstante, una insistente mirada le hizo voltear a sus espaldas y para su gran sorpresa la persona que se encontraba ahí era Lucerys, su Lucerys. Se estremeció en tanto el aire escapaba de sus pulmones al verle ahí por primera vez. Lucerys se veía tan hermoso, tal y como la última vez que le vio, pero con una mirada llena de decepción y furia.
— Dime, ¿valió el precio? —preguntó con su delicada y a su vez varonil voz, un tono nada apropiado de un omega, pero que fue algo que le atrajo aún más de su perla al saludarle en la entrada de la Fortaleza Roja para el juicio de su sucesión.
— Lucerys... Mi amor-
— ¿¡Mi abuela valió el precio!? —preguntó con enojo, frunciendo el ceño y arrugando levemente su nariz. La furia era palpable, incluso la habitación misma se enfrió y Aemond no pudo evitar estremecerse—. Eres una desgracia para la tierra, un asqueroso asesino de parientes, ¿no te bastó conmigo? Hoy fue mi abuela y próximamente será Aegon, ¿hasta cuando saciaras tu codicia y ambición, Aemond asesino de parientes?
— Yo-
No pudo dar siquiera un paso porque en un parpadeo su Lucerys había desaparecido, escapando de él nuevamente, sin embargo la esperanza ahora residía en su pecho al pensar en que ya no solo escuchaba los suaves goteos, susurros o risas infantiles que le persiguieron desde que llegó de Storm's End, sino que ahora también podía verlo. Una sonrisa se extendió por su rostro ante esta nueva perspectiva, y pese a las duras palabras de Lucerys, Aemond se sentía inmensamente feliz.
En la habitación del rey, un muy malherido Aegon respiraba con gran dificultad mientras Alicent, ya cansada por todo lo ocurrido en el día y decidida a irse a sus aposentos, le acarició con un poco de duda en su mejilla sana, para después de unos pocos instantes retirarse.
— Jace... —una muy queda suplica sale de su majestad, el cual no encontraba las fuerzas suficientes para poder seguir, pero... Jace, su lindo niño de cabellos negros y rulos le inspiraba a seguir, a no darse por vencido—. Mi Jace...
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Dragonstone
Rhaenyra no sabía que hacer, el miedo de seguir con esta guerra y perder a más parientes poco a poco la invadía, pero no iba a detenerse, no lo haría. Su padre, su hija Visenya, su dulce Lucerys, y su buena madre Rhaenys, así como muchos leales a ella habían perecido por culpa de los verdes y todo para que ella logre sentarse en el trono que le pertenece por derecho, y no los defraudara. Por ello ahora se encontraba leyendo, intentando buscar alguna idea para poder igualar sus condiciones a la del enemigo, pero nada, no se le ocurría nada.
— Una carta del príncipe Jacaerys, majestad, y de los príncipes Joffrey y Rhaena.
Rhaenyra sonrió con un poco de alegría. Sus hijos eran su fuerza y consolación en esos momentos, por lo que decidió sentarse en el escritorio de aquella gran y vasta biblioteca, despidiendo al mensajero con una seña de su mano después de agradecerle.
Sabía que esas cartas eran antiguas, puesto que sus muchachos le contaban en ellas sobre lo que habían hecho en el Valle y como se estaban adaptando a su nuevo entorno, siendo Viserys el que más lloraba a sus padres, lo cual la puso triste porque no podía consolar a su bebé.
Por otro lado, Jace le informaba, con su lenguaje materno bien practicado en toda la carta para mayor seguridad, que se había casado con el lord del Norte, provocandole una gran sorpresa ante tan apresurada boda, pero fue el resto de la carta lo que más asombro le causó por el ingenio de su heredero.
》Asimismo quiero compartir algo que ha rondado en mi mente estos últimos días. Madre, necesitamos la ventaja contra Vhagar y tenemos a dos grandes dragones que bien pueden hacerle frente sin dudar, ya que la perra anciana es demasiado vieja, sin ofender a la dragona que amaba mi madre Laena. Estoy hablando de Vermithor y Silverwing, ambos sin reclamar, ambos sin jinetes, y también tenemos a Seasmoke, el dragón de mi tío Laenor, que aunque es joven no es menos feroz por ello.
Necesitamos dragones, necesitamos la ventaja. Cregan esta preparando lo más rápido que puede a sus hombres y yo iré personalmente con lord Frey para parlamentar y que nos ceda el paso, pero eso será fácil considerando que ya había alzado sus estandartes para ti desde que se enteró de tu ascensión.
Volviendo al punto inicial, madre, por favor investiga quien tiene sangre de dragón, así sea diluida, pero necesitamos agotar todos los recursos que tenemos. Y si eso no funciona siempre queda una opción, aunque menos agradable a mi parecer, y es la siguiente: los señores dragón, así como muchos otros lores, tomaban el derecho de pernada de muchas ladies y de ahí nacieron muchas simientes de dragón, por lo que debes reunirlos, invítales y ofréceles títulos, tierras o dinero, o las tres cosas, y hazlos leales a ti para luchar contra Aemond y poder vengar a nuestra familia.
Los bastardos de los Targaryen pueden llegar a ser tan leales como los señores que ahora se reúnen para luchar en tu nombre. Recuerda que fueron tus mismos hermanos quienes iniciaron una guerra contra ti, hijos legítimos te rechazaron, entonces los bastardos pueden llegar a ser leales y no los monstruos que nos han hecho creer los maestres y septones.
Piensa en ello, no descartes las posibilidades madre.
- Con amor, Jacaerys.
Un suspiro salió de sus labios, Rhaenyra no había pensado en ello y no sabía como tomarlo, sin embargo debía admitir que la idea de su heredero era buena, muy buena.
La presencia de Mysaria le distrajo, por lo que guardó las cartas en la caja donde permanecen los juguetes de sus niños, manteniéndolos cerca de ella para sentir algo de alivio al tenerles tan lejos.
— ¿Qué ocurre, Mysaria?
— Creí que su majestad estaría en sus aposentos, me sorprendió escuchar que se encontraba aquí tan tarde —respondió, acercándose hasta colocarse a un lado de la bella reina.
— Me encontraba pensando —comentó, levantándose de su asiento y decidiendo que era suficiente por ese día. Con la idea de su heredero su mente se había calmado lo suficiente y el cansancio comenzó a pesar en sus hombros.
— Majestad... —Mysaria detuvo a la soberana antes de que ella se retirará, tomándola suavemente de su mano libre—. Yo... —inevitablemente su mirada viajó hacia el cuerpo de la reina al verle con esa bata azul que resaltaba aun más su gran belleza—. Sabe que hice ciertos servicios y nunca distinguí entre alfas, betas u omegas...
La propuesta desconcertó a la soberana. Algo en la insinuación la hizo tragar pesado, causando que su corazón latiera más rápido y su respiración comenzará a agitarse. Esto aumentó cuando la mujer frente a ella se acercó aun más, tomándola del rostro, acercándose hasta que sus labios se rozaron para finalmente dar un suave beso y alejarse, pero no tanto.
— Siempre estaré disponible para su majestad si así lo solicita —susurró, su aliento pegando en el rostro de la soberana, la cual no despegó su mirada de sus labios. Sonrió y se deleito al ver que había logrado lo que tanto deseó desde que vio a la que era aquella joven y rebelde Targaryen convertida en toda una mujer—. Buenas noches, mi reina —con ello se retiró, dejándola a solas y sintiendo que en una de esas noches la reina la mandaría a llamar.
Rhaenyra se quedó completamente pasmada, sorprendida de tal propuesta, pero aun más conmocionada de estar pensando en aceptarla cuando su Daemon no estaba ahí para satisfacerla. No, no podía y no debía, no quería traicionar sus votos de aquella forma...
Decidió que era suficiente, necesitaba descansar, hacía tiempo que no descansaba de la forma correcta por la ausencia de su marido y la de sus hijos, dejando un inevitable vacío en su corazón a pesar de que en sus aposentos conservaba algo de ropa de todos ellos, creando un improvisado nido para consolarse. Pero sabía que esto no duraría mucho, la ropa de su Lucerys poco a poco comenzaba a perder su distintivo aroma a sal de mar y aquello la destruía por completo, lo poco que tenía de su muchacho se estaba perdiendo y ella no podía hacer nada para evitar aquello.
Sintió sus ojos lagrimear al pensar en ello, y deseó con todas sus fuerzas que sus amados hijos estuvieran con ella, rodeándola en la calidez que tanto ama y que la última vez que la sintió fue aquella noche que llegaron a King's Landing para el juicio de la sucesión de Driftmark, aquel maldito juicio que comenzó con las desgracias para su familia...
