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Cadenas de sangre

Chapter 5: Secretos de la ciudad neutra

Notes:

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Chapter Text

El sol terminaba de hundirse en el horizonte de Loguetown, dejando tras de sí un cielo teñido de tonos violetas y naranjas oscuros. En la pequeña y modesta habitación del hotel, la luz dorada de la tarde daba paso a las sombras de la noche, el momento en que la ciudad realmente despertaba.

 

Zoro se encontraba junto a la ventana, observando las calles empedradas que comenzaban a iluminarse con el tenue brillo de los faroles. Sacó el teléfono de su abrigo y encendió la pantalla solo para recordar la llamada perdida del día anterior. Cierto. Había llegado a dormir y se olvidó de ello por completo. Tras un breve suspiro, decidió devolver la llamada.

 

Al segundo tono, la voz profunda, serena e inconfundible de Mihawk resonó al otro lado de la línea.

 

—Tardaste en devolver la llamada, Zoro.

—Estaba en camino a esta ciudad —respondió de forma escueta, apoyando el hombro contra el marco de la ventana—. Y no quería que el sujeto que conducía escuchara nuestra conversación tampoco.

—¿Sujeto? —la voz de Mihawk hizo una breve pausa, perceptible a través de la línea—. Entiendo que ya no estás viajando solo.

—Es un vampiro. Dice llamarse Trafalgar D. Water Law —Zoro frunció ligeramente el ceño, esperando alguna reacción por parte del hombre que lo había criado—. Se metió en mi cacería. Y no solo eso, la Legión ya perdió a dos de sus cazadores en Orange Town, no pasará mucho para que se den cuenta.

 

Al otro lado de la línea solo hubo un leve silencio, acompañado del sutil sonido de una copa apoyándose sobre madera.

 

—Un D... —murmuró Mihawk, su tono volviéndose un poco más denso y analítico—. Me sorprende que te dijera algo tan importante así nada más.

—Creo que estaba desesperado por mi ayuda, aun así, trato de ser cauteloso respecto a él y lo que sabe sobre mí.

—Es un nombre peligroso para llevar en estos tiempos. Un lobo de la estirpe Shimotsuki viajando con un vampiro que lleva la 'D' es una combinación que llamará la atención de más de una facción.

—No me importa su linaje ni su especie —gruñó Zoro sin apartar la mirada de la ventana—. Solo necesito dar con el nigromante antes de que la Legión empiece una cacería generalizada y entorpezca mis planes. Law tiene habilidades raras, pero útiles para limpiar el desastre sin dejar rastro inmediato. También conseguimos una pista en un bar de Loguetown.

—No te confíes, Zoro. Los vampiros de ese origen suelen cargar con enemigos demasiado pesados y pasados oscuros —advirtió con la calma que le caracterizaba, aunque con un matiz firme—. Si vas a meterte en el bajo mundo de Loguetown, mantén tus garras e instintos alerta.

—Sé cuidarme solo.

—Lo sé. Por eso espero que no vuelvas a perderte en el camino hacia tu objetivo —la fina ironía en la voz del vampiro primordial fue casi imperceptible, pero suficiente para hacer rechinar los dientes al más joven—. Mantén tu teléfono encendido. Si la situación con la Legión o con el nigromante se complica, házmelo saber. Aún sigo esperando respuesta por parte de Perona.

—Claro —el joven licántropo dudó un poco antes de continuar—. Creo que está bajo la protección de un Señor de la Guerra ¿Debería preocuparme?

 

Dracule guardó silencio un instante. Zoro estaba bastante informado de aquel grupo, después de todo, Mihawk pertenecía a ellos, siendo el único vampiro Primordial que se unió para acabar la guerra de mil años. Mientras le educaba, aprender sobre los Siete había sido algo muy importante, pues ellos cubrían grandes territorios y mantenían cierto balance junto a la Legión.

 

—¿Sospechas quién puede estar a su mando? —finalmente preguntó el mayor.

—No, pero trataré de averiguarlo.

—Bien. Ve con cuidado.

 

La llamada se cortó. Zoro guardó el teléfono en el bolsillo interior de su abrigo y salió al bar que había bajo el hotel. Estaba prácticamente vacío dado que apenas se estaba metiendo el sol y la vida nocturna empezaba a circular en un par de horas.

 

 Trafalgar Law estaba sentado cerca de una mesa auxiliar, limpiando con parsimonia la empuñadura de su extensa espada con un paño oscuro. Sus ojos dorados se alzaron por un instante hacia Zoro, demostrando que, a pesar de su actitud indiferente, había detectado de inmediato su presencia.

 

—¿Listo para irnos? —cuestionó en lo que volvía a guardar la espada en su funda.

—Sí, vamos a buscar al tal Mr. Three de una vez.

 

Encontrar la dirección que la mujer del bar les otorgó si fue un poco complicado, al menos porque implicaba dirigirse a los barrios bajos de Loguetown. Al ser un punto neutro, ni los Siete ni la Legión tenía poder en ese lugar, en teoría podía pasar cualquier cosa, pero la Legión era demasiado testaruda como para dejar pasar por alto lo que pudiera pasar allí así que no dudaban que hubiera más de uno infiltrado por la ciudad haciendo sus propias investigaciones.

 

Zoro debía admitir que tener a Law consigo era en parte una suerte, porque era mejor que él para ubicarse en ciertos sentidos. Por supuesto que su olfato seguía siendo una herramienta fundamental, pero había puntos muertos en los que sí requerían un poco del intelecto de Trafalgar.

 

—Nombres clave de números y días específicos me suenan de alguna parte —comentó Law mientras avanzaban por un tramo de escaleras que iban en descenso.

—Sí, creo que una vez me topé con un tal Mr. Seven —respondió, olfateando un poco el aire para asegurar que iban en la dirección correcta.

—¿Y qué pasó? —cuestionó enarcando una de sus cejas.

—Se convirtió en Mr. 3.5 —sonrió divertido al decir aquello con un tono de sorna; Law le miró perplejo por un segundo.

—¿En serio lo mataste?

—Pues se estaba metiendo en medio de mi trabajo.

 

Trafalgar frunció su ceño, comprendiendo que aquello era una sutil amenaza. Irónico darla a esas alturas cuando ya estaban trabajando en conjunto.

 

Llegaron a lo que parecía un viejo almacén. Olía a humedad y lucía abandonado, pero no había duda de que ese era el lugar al que Miss Doublefinger les envió. Roronoa olfateó un poco más el lugar y avanzó hasta una especie de puerta de hierro en el fondo. Empujarla no fue difícil a pesar de lo pesada que era, dando con un nuevo conjunto de escaleras que seguían descendiendo.

 

—Genial, más escaleras —masculló el vampiro con una mueca de fastidio. Igual no les quedó más que continuar el descenso.

 

Sudor, licor barato, sangre fresca y feromonas lupinas fueron los olores que empezaron a percibirse en el aire. La piel de Zoro se erizó bajo el abrigo conforme avanzaban y todo era más claro, incluso sus pupilas se dilataron un poco.

 

Una voz que resonaba a través de un micrófono y gritos de una muchedumbre se hacían cada vez más claros y fuertes. Al llegar al fondo de las escaleras, se encontraron con lo que parecía un coliseo clandestino, un antro subterráneo iluminado apenas por la luz amarillenta y parpadeante de faroles industriales oxidados.

 

El calor en el lugar era sofocante, denso por el humo de cigarro y el tufo del alcohol derramado sobre el hormigón. La arquitectura del sitio delataba su pasado como un antiguo depósito de agua o fosa de carga, pero ahora la estructura estaba dominada por una inmensa jaula circular de barras de hierro reforzado que se erigía en el centro de la penumbra. Las barras estaban manchadas con marcas oscuras de sangre seca y salpicaduras recientes que goteaban hacia el suelo de tierra y aserrín.

 

Alrededor de la jaula, ubicados en escalones de madera que hacían de asientos, una multitud enfervorecida de humanos y criaturas de distintas gritaba y apostaba fajos de billetes arrugados. En el interior del cuadrilátero, dos figuras colosales en forma híbrida se embestían con una brutalidad salvaje; el choque de sus garras y el chasquido de sus mandíbulas resonaban por encima del bullicio general.

 

Zoro apretó los dientes, sintiendo cómo sus propios instintos licántropos reaccionaban al instante ante la tensión del ambiente. Sus garras amenazaban con salir bajo las telas de sus guantes, respondiendo a la vibración de las feromonas de estrés y rabia que dominaban el aire. Para un licántropo, ver a miembros de su propia especie convertidos en un espectáculo de entretenimiento sangriento para el mejor postor era un insulto visceral.

 

Law, a su lado, mantuvo la compostura con una frialdad casi elegante, aunque sus ojos dorados no dejaron de escudriñar el entorno con perspicacia. Desvió la mirada del espectáculo central hacia la parte alta del lugar, donde una hilera de palcos elevados de madera y cortinas oscuras dominaba la vista del recinto: el área reservada para los dueños del espectáculo y los grandes corredores de apuestas del bajo mundo.

 

—No sería bueno llamar mucho la atención si no queremos que nuestro objetivo se esfume —Law se acercó y le sujetó de la muñeca para sacarle de su ensimismamiento. Era claro que aquel ambiente estaba provocando más reacciones de las que debería en el otro.

—Las peleas de hombres lobo son ilegales, se supone que son una de las mayores prohibiciones en el tratado de paz —Zoro permanecía tenso, sin saber a dónde dirigir su atención ante tantos estímulos sensoriales.

—Lo sé, pero Loguetown no está bajo la jurisdicción de nadie, así que era factible que algo como esto sucediera —respondió con pesadez, aún sin soltarle, incluso apretando su agarre—. Vamos a ser discretos, solo seamos un par más del montón.

 

Roronoa soltó algo similar a un bufido antes de zafarse de su agarre. Los dos simplemente avanzaron, mezclándose con la multitud. No pasó mucho para que en el micrófono se anunciara al ganador y, mientras una mitad celebraba, la otra protestaba y abucheaba al perdedor que era retirado por un par de asistentes. Difícil decir si estaba muerto o solo inconsciente.

 

—Algo me dice que nuestro amigo “tres” debe estar allá arriba —comentó Law, refiriéndose a los palcos de madera que eran la zona VIP.

—Hay demasiados olores, es difícil concentrarme —dijo arrugando un poco la nariz—, también hay mucho ruido.

—¡Y ahora el momento que estaban esperando! —anunció el animador desde una zona elevada por el micrófono—¡El campeón mayor de la arena contra el retador que ha estado invicto esta noche! ¡Recibamos todos al destajador! ¡Killer!

 

Una reja se abrió en la arena y por esta entró un hombre alto y fornido. Su cabello dorado caía como cascadas sobre su espalda y un mechón amplio le cubría los ojos. Sus anchos brazos estaban llenos de cicatrices, pero lo más indignante era el bozal que cubría su boca. Verlo era sumamente indignante para Zoro, pues se trata de la peor de las bajezas para alguien de su especie.

 

El hombre rubio se removió y pronto comenzó a cambiar. El crujir de los huesos ante la transformación no era tan audible para los demás por el escándalo, pero para Zoro era muy claro. Se hizo más grande y adoptó aquella forma lobuna, aunque en lugar de estar a cuatro patas, podía mantenerse erguido con una apariencia bestial.

 

La segunda forma híbrida —el pensamiento en su cabeza fue instantáneo, así como su expresión de sorpresa, confusión e indignación. No era posible, no sin luna llena.

 

Los gruñidos bestiales del lobo dorado que terminaba de transformarse hacían eco en sus oídos. No terminaba de comprender cómo podía adquirir aquella forma así nada más. Agudizó sus sentidos, tratando de que su olfato le permitiera comprender qué estaba sucediendo con aquel licántropo.

 

—Zoro-ya, mira sus ojos —dijo su compañero, captando su atención de nuevo.

 

Y era cierto, estos, ahora visibles sin el mechón de cabello, se encontraban inyectados en sangre de un modo que nunca creyó ver en alguien de su especie. Incluso lucía mucho más agresivo que cuando entró a la arena.

 

—¿Qué le sucede?

—Debe ser efecto de una droga.

—¡Y en la otra esquina! —gritó el animador, haciendo resonar la bocina estallada—¡El novato invicto de la noche! ¡El implacable retador: Drake!

 

Por el portón opuesto ingresó un hombre bastante alto, cabello oscuro, patillas marcadas y mirada dura. Llevaba el torso descubierto, dejando ver varias cicatrices de combate y un tatuaje distintivo en el pecho con forma de X. Se movía con una compostura calculada, evaluando cada rincón del cuadrilátero con la mirada clínica de alguien que ejecutaba un plano. De un simple salto pasó a su común transformación como un inmenso lobo de pelaje marrón claro.

 

La campana de hierro resonó con un golpe seco, haciendo vibrar el aire del coliseo. Sin dudarlo, el lobo dorado se lanzó contra el otro, atacando sin medida alguna al otro cánido.  

 

Roronoa apartó la mirada, no por el desagrado que aquello le provocaba, sino porque un aroma familiar captó su atención de inmediato. Este provenía de una figura encapuchada a unos espacios de donde estaban ellos, bastante atento a la pelea que se daba en la arena.

 

—Ese sujeto... —Zoro entornó los ojos, agudizando su olfato entre la masa de aire saturado de licor y sudor— apesta a cuero de uniforme y aceite de armas de precisión.

—La Legión —completó Law en un murmullo imperceptible, entornando sus ojos dorados con frialdad—. Si es un cazador infiltrado, entonces no debe ser el único.

—Si están haciendo una operación encubierta a mayor escala, esto podría dificultarnos el trabajo —decretó Law—. Si eso pasa, nuestro objetivo terminará marchándose, así que mejor nos damos prisa.

 

Trafalgar le tomó nuevamente de la muñeca para que volvieran a moverse, no sería bueno que la Legión reconociera a dos seres relacionados a los Siete en un lugar como ese. Aceleraron el paso para llegar a la zona que permitía subir a los palcos. Había guardias posicionados vigilando, sin embargo, solo bastó un movimiento de las manos de Law para que aparecieran en la zona superior.

 

—¿Pudiste hacer eso desde el inicio? —protestó Roronoa.

—No si no visualizaba algo con lo que pudiéramos cambiar.

 

 

Identificar al dichoso Mr. Three fue ridículamente sencillo, al menos porque tenía un absurdo peinado de tres que lo hacía demasiado obvio. Este observaba la pelea mientras bebía una taza de té. A su lado, una jovencita de cabellera rojiza dibujaba en una libreta, ignorando por completo los eventos de la arena.

 

—Necesitamos hablar contigo, Mr Three —habló el vampiro primero.

 

El hombre casi derramó el té al escucharle, girándose apenas para ver al par, con una expresión que parecía increpar cómo habían llegado hasta allí así nada más. Zoro frunció el ceño y chasqueó la lengua.

 

—Es un demonio —dijo con fastidio.

—Demonio de rango medio. No me subestimes, perro —expresó con indignación—¿Qué hacen aquí? Tienen cinco segundos antes de que decida convertirlos en velas decoradas.

—Venimos de parte de Miss Doublefinger —se adelantó a decir Law, haciendo aparecer el papel firmado sobre la mesita de té.

 

El demonio con el tres en la cabeza resopló con fastidio antes de mirar el papel. Se lo pasó a su compañera, quien le dio una revisada antes de asentir con la cabeza.

 

—Bien ¿Qué quieren? —cuestionó aún con un porte de arrogancia y desdén hacia ellos.

—Buscamos a un nigromante —Law fue directo. No podía depender de Zoro para negociaciones diplomáticas, no cuando era claro que aquello se lo podía tomar demasiado personal dada la clase de peleas que se daban allí—. Las ciudades al sur están repletas de Ghouls y esas cosas son bastante más nuevas de las que parecen.

—La necromancia está prohibida por el tratado de paz de los Siete y la Legión —dijo con cierta burla en su voz.

—También las peleas de hombres lobos —refutó el vampiro con ironía y la sonrisa arrogante de Mr Three se borró.

—Yo solo soy un intermediario aquí. No conozco a nadie y nadie me conoce a mí, aunque no significa que no sepa lo que pasa en el mundo.

—¿Qué sabes de los Ghouls? Además, queremos saber qué le dieron al hombre lobo de la pelea, ninguna droga debería forzar una transformación de esa manera.

—Esos son asuntos de negocios muy por encima de su categoría, muchacho. Baroque Works no vende nombres de clientes gratis.

—No estamos pidiendo un favor —intervino Zoro, dando un paso al frente y apoyando la mano en la empuñadura de una de sus espadas.

—Tranquilo, perro... —murmuró el demonio, sudando frío. Miró a su compañera y realizó un asentimiento de cabeza que la muchacha rápidamente interpretó.

 

Ella se levantó de su lugar e hizo flotar su libreta, provocando que los dibujos de una página se elevaran en el aire. A ninguno de los dos les sorprendió que se tratara de una bruja. Ella les mostró lo que parecía un mapa donde se mostraba la distribución de territorio entre los Siete y la Legión.

 

—Los Ghouls vienen de aquí —señaló un apartado del mapa que estaba en color gris—, fuera de la jurisdicción de cualquiera de los Siete o de la Legión.

—Eso es territorio de…

—Sí, de Kaido, el hombre lobo más bestial de la historia —se adelantó a decir lo que Zoro pudo expresar.

—No tiene sentido ¿Cómo podrían llegar desde tan lejos? —refutó Roronoa pese a que el corazón empezaba a latirle demasiado rápido en su pecho. La sola mención de aquel nombre despertaba recuerdos muy crudos de su infancia.

—Pues de algún modo tiene que empezar a expandir su dominio —dijo con obviedad—. Mientras la Legión o cualquiera se distrae con este problema de los Ghouls buscando un nigromante, Kaido puede ocuparse de sus otros negocios.

—¿Qué otros negocios? —cuestionó Law.

—La venta de esclavos o drogas ¿Si prestan atención a lo que pasa a su alrededor?

 

Ambos muchachos miraron hacia abajo un instante. Por supuesto, no era de sorprender que Kaido vendiera como esclavos gladiadores a hombres lobo de las manadas que había llegado a someter contra su voluntad. Y no iban solos, el tráfico de drogas capaces de alterar las cualidades de transformación de un licántropo ya era algo demasiado preocupante.

 

—La única manera de que haya logrado algo así sin que la Legión lo notara es…—Zoro se mordió la lengua al pensar bien lo que iba a decir; sin embargo, Law entendió rápido su línea de pensamiento.

—Con ayuda de un Señor de la Guerra.

 

El silencio que siguió fue pesado. Ambos miraron el mapa y los territorios más cercanos al de Kaido eran tres y, bueno, uno de ellos era un vampiro nigromante.

 

—Mierda —Zoro chasqueó la lengua, necesitaba llamar a Mihawk.

—Ahora, respecto a la información que les di, necesito un pago a cambio —Mr. Three levantó sus dedos y una masa blanca comenzó a brotar de sus dedos.

—El pago es alertarte de la presencia de la Legión aquí —dijo Law, tomando la muñeca del licántropo.

—¿Qué?

—Buena suerte lidiando con ellos. Llevan mucho tiempo queriendo que Loguetown esté completamente bajo su jurisdicción y este lugar les acaba de dar la excusa perfecta.

 

Antes de que Mr. Three pudiera protestar o lanzar su cera contra ellos, un estruendo ensordecedor sacudió los cimientos del edificio. Las paredes de hormigón vibraron y las luces amarillentas del techo parpadearon violentamente antes de apagarse, dejando el recinto sumido en una penumbra iluminada solo por el resplandor de los faroles industriales y luego algunas explosiones.

 

Abajo, en la jaula, la pelea entre los dos lobos colosales se vio interrumpida de golpe. El inmenso lobo de pelaje castaño rompió su postura de combate y arremetió con una fuerza descomunal no contra su oponente, sino contra las gruesas barras de hierro reforzado de la arena. Con un rugido bestial que resonó en todo el coliseo, destrozó los soportes principales de la jaula, derribándola sobre los espectadores de las primeras filas.

 

—¡Es una redada! ¡La Legión está aquí! —comenzaron a gritar las voces entre el pánico colectivo.

 

Desde las entradas superiores, docenas de cazadores de la Legión fuertemente armados con rifles de precisión y escudos antidisturbios descendieron a gran velocidad, lanzando granadas de gas lacrimógeno y bombas cegadoras. Entre la multitud, el compañero de Drake se despojó de su capucha y empezó a coordinar el perímetro para bloquear las salidas de emergencia antes de que los apostadores y organizadores pudieran escapar, a la vez que utilizaba círculos mágicos para terminar de deshacerse de la plata de la jaula.

 

—¡Maldita sea! ¡Apenas tengo un mes en esta ciudad! —chilló Mr. Three, perdiendo por completo toda su compostura arrogante. La taza de té se estrelló contra el suelo mientras el demonio creaba apresuradamente una pared de cera blanca para cubrirse de los proyectiles que comenzaban a silbar hacia el palco VIP.

 

Miss Goldenweek, su compañera, recogió su libreta de un solo movimiento y se sujetó de la túnica de su compañero con rostro impasible, como si lo que estaba pasando en esos momentos no fuera tan problemático como en realidad era.

 

—Trafalgar, si nos atrapan aquí, no habrá manera de explicar qué hacíamos en una redada de peleas ilegales.

—No planeo quedarme a dar explicaciones.

 

El vampiro extendió su mano libre hacia el aire cargado de humo y polvo, abriendo una esfera translúcida de energía azul que envolvió todo el palco VIP.

 

ROOM.

 

Un destello azulino cortó la penumbra justo cuando una escuadra de la Legión derribaba la puerta del palco. En un chasquido sutil, los cuerpos de Zoro y Law desaparecieron de la zona VIP, intercambiando sus lugares con un par de cajas de madera del almacén superior que cayeron rodando por las escaleras.

 

Antes de desaparecer, Zoro logró identificar al compañero de Drake en la multitud, ese cabello rosa era inconfundible. Sin embargo, que este también le hubiese visto no fue una buena señal.

 

Para cuando los cazadores irrumpieron en el área privada, solo encontraron la mesa de té, pues Miss Goldenweek también los había hecho desaparecer con uno de sus hechizos.

 

Afuera, en el callejón oscuro y frío de los barrios bajos de Loguetown, la brisa de la noche golpeó de lleno el rostro de Zoro. Ambos aparecieron junto a los contenedores de basura, lejos del almacén abandonado, apenas escuchando las sirenas y los disparos ahogados que retumbaban desde la lejanía.

 

Zoro apoyó la espalda contra la pared de ladrillos, respirando agitadamente mientras intentaba asimilar la catarata de información. El nombre de Kaido aún retumbaba en sus oídos con una densidad sofocante, pero la revelación real era peor: un Señor de la Guerra estaba colaborando con él para traficar ghouls y alterar a los suyos.

 

No tuvo mucho tiempo para seguir en shock, no al ver a Law caer al suelo bastante debilitado. Con su habilidad los había llevado bastante lejos y ahora parecía que hasta respirar se le dificultaba. Eso debía gastar demasiada energía.

 

—Carajo —masculló en lo que tomaba al vampiro en sus brazos para apresurarse y alejarse de allí lo más pronto posible. Debían regresar al hotel—. Reconocí a un miembro de la Legión y creo que él a mí…

—¿El de la capucha? —cuestionó Law debilidad.

—No. Su compañero. Se llama Koby, lo conocí hace muchos años.

—No parecía un lobo ¿Era humano?

—Peor. Es un hechicero.

 

Law terminó apoyando su cabeza contra el pecho de Zoro mientras este le llevaba, su cuerpo demasiado pesado, sus párpados apenas logrando mantenerse abiertos.

 

—Si Kaido está moviendo drogas y cadáveres con el beneplácito de uno de los Siete, la tregua con la Legión ya está rota... y nosotros estamos justo en medio del fuego cruzado.

 

Mierda. Hablar con Mihawk ahora de verdad que era urgente. Esperaba que ya tuviera noticias de Perona.

Continuará…

 

 

Notes:

Holaas, he regresado después de mucho tiempo. Me alegra seguir esta historia la verdad, le tengo mucho cariño nada mas que se me había olvidado lo que planifique jajaja. Bueno espero les haya gustado este cap de regreso, esto de asentar misterios es difícil, pero prometo que todo cobrará sentido eventualmente (si no lo vuelvo a olvidar (¿?). Ay dudas, sugerencias, comentarios, todo es bienvenido. Me disculpo por cualquier error que no haya notado. Nos leemos pronto.

Notes:

Espero que les haya gustado y espero actualizar esto con regularidad. No pretendo que sea demasiado largo. Esto es un ZoLaw/Mishanks, pero definitivamente habrá otras parejas en el camino. Nos leemos.

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