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Heaven Won't Save Us

Chapter 17: Dios mío, clamo de día, y no respondes

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

"...Y de noche, y no hay para mí reposo."


Las piedras se enterraban en mis pies descalzos.

La piel cortada ardía con cada paso que daba y dejaba caer pequeñas gotas de sangre, haciendo un rastro. El color carmín resaltaba entre el verde artificial de la hierba.

Lo que menos quería era que me encontrara pero no sabía desde cuando empecé a sangrar, era imposible deshacerlo ahora.

Llevaba horas escapando de él.

No importó que tan rápido corrí o cuánto me escondí. Siempre me encontraba.

Estaba cansado, necesitaba sentarme. Un minuto, solo eso pedía.

Me choqué con varios árboles mientras salía del espeso bosque por el que llevaba horas caminando, solo para encontrarme rodeado de girasoles.

Era un campo entero, tan alto que podía taparme, con un amarillo tan vibrante que los hacía parecer flores falsas. Su olor terroso y suave demostró que eran reales, pero como todo a mi alrededor, se esforzaban por parecer perfectos.

Serían suficientes por el momento, podría esconderme y tomar aire.

Me adentré entre los tallos, intentando no dañar alguno por error. Mientras más caminaba, más seguro me sentía, era imposible que me encontrara aquí, ni siquiera yo podía ver mi sombra.

Cuando sentí que había caminado lo necesario, me tumbé en la tierra sin elegancia y por fin pude descansar. ¿Qué podía hacer para escapar? Mis pies no soportaban otro tramo, tenía la garganta tan seca que ardía y me sentía cada vez más perdido.

Me recosté en la tierra, sabiendo que no me mancharía por más que me revolcara entre ella. Miré el cielo de azul perfecto con nubes blancas puras, eran las nubes con más forma de nube que había visto. Me enfermaban.

¿Qué hago? Dios ¿Qué hago?

No había salida. Estaba atrapado aquí.

Ya había rezado, suplicado e implorado a Dios. Pero ni siquiera él me dio respuestas.

Nada funcionaba.

Ni siquiera cuando tomé medidas extremas e intente despertarme por medio de una herida. Dolió mucho, corté, arañe y mordí, pero no fue suficiente.

¿Esto seguía siendo un sueño? Todo se sentía tan real, mi cansancio, el sudor que cae por mi frente, la herida en mis pies descalzos. No creo que sea un sueño.

¿Morí mientras dormía y este era el infierno? Toda mi vida había tratado de imaginarlo pero esto era peor, mil veces peor. Sobre todo él.

El sonido de unas delicadas pisadas fue lo único que me sacó de mis pensamientos. La hierba crujió en mi dirección y no tuve tiempo de procesarlo antes de empezar a temblar.

Ay no, no, no.

¡Lo sabía! ¡Es imposible escapar de él!

¡Me encontró! ¿Pero cómo? Logré perderlo dentro del bosque.

Forcé a mis piernas a levantarse y correr. No quise mirar atrás, sabía que me seguía con esa calma antinatural.

Hojas quebrándose, unas pezuñas sonando en contra de la tierra. Solo él podía escucharse, mis pasos apresurados no emitían ni un sonido, ni mis sollozos ahogados.

Cada vez más cerca, sin darme una posibilidad.

¿Por qué me detuve, Dios? Tuve que seguir corriendo, incluso si mis pies no dejaban de sangrar.

Una voz parecida a la de mi padre sonó en mi cabeza diciendo que fuera hombre, que lo enfrentara. Estuve a punto de hacerlo pero recordando nuestro primer encuentro mi sangre se heló y mis pies corrieron más rápido. No podía, no contra eso.

Mi instinto gritaba que parara, no le hice caso. Seguí corriendo, no podía soportar sentirlo de nuevo.

Como todo parecía estar en mi contra, uno de los girasoles se enredó en mi pie como una enredadera, haciéndome caer. No pude quitármelo por más que jalé, estaba adherido a mi piel, intentando fusionarse conmigo. El hueso de mi tobillo chasqueó con un sonido seco.

Lo rompió.

Mi mente se nubló por el dolor, lo único que se me vino a la mente fue que mis gritos eran similares a los de un animal herido.

Todo era borroso.

Los demás girasoles fueron inclinándose, cómo si el viento los moviera.

No había viento.

Ellos también buscaban enterrarse en mi piel. Se aferraron por mi espalda y torso, no podía respirar bien. Apretaron mis costillas.

¿También iban a romperlas?

Se subieron por mi rostro y lo apretaron. Un tallo terminó justo sobre mi lengua, era áspero y amargo, no se movió por más que lo mordiera.

Ahora ya no podía gritar de dolor. Quería hacerlo, incluso si sabía que no se iba a escuchar.

Cuando pensé que estaba en lo peor, él se acercó.

Intente escapar, no me importaba arrancarme la piel, arrancarme la lengua o quebrarme los huesos, solo sabía que debía alejarme de él. No quería sentirlo, prefiero morir antes de sentirlo.

Lo primero que vi fueron sus orejas asomarse entre los pétalos, pequeñas y peludas. Hechas para escuchar hasta el más pequeño de los murmullos.

Luego fueron sus patitas temblorosas, moviéndose con gracia.

Manchas blancas sobre su lomo, como pizcas de pureza y una naricita olfateando el olor de mi sangre.

Lo peor vino al final. Esos ojos, malditos ojos que me recordaban tanto a él.

Húmedos y grandes, con una mirada de inocencia perpetua.

El pequeño cervatillo se acerco y se recostó justo enfrente de mí. Se acurrucó contra la hierba y movió su colita de un lado a otro.

No apartó sus ojos de mí.

Fue instantáneo.

El frío se metió por todos mis poros, no me dio misericordia. Abrió cada parte de mí y se adentró como si yo fuera suyo.

La sangre comenzó a subir por mi garganta, dejándome un sabor metálico y la sensación de calor por todo mi esófago.

Dejé de sentirme.

Ya no era yo.

No existía.

Jamás podría existir con él junto a mí.

Toda mi existencia, robada.

Estaba desapareciendo, mientras lo sentía a él por todo mi cuerpo, invadiendo. Cada vena y arteria, mancillada.

Y cuando creí que ya no quedaba nada.

Desperté.

Lo primero que escuché fueron los sollozos de mamá, luego la voz de papá llamándome desesperado. Unas manos se aferraban a mis hombros y me sacudían. No pude abrir los ojos, los párpados me pesaban y aún podía sentir los tallos enterrándose en mi. Luego, en lo que creo que fue un movimiento desesperado, mis pulmones se llenaron de aire.

Estoy vivo.

Sigo aquí.

La luz me cegó por un momento, parpadeé varias veces para orientarme. Estaba en mi habitación, mi padre estaba al frente agarrando mis hombros, y mamá estaba llorando mirando a la pared.

-¿Mamá?

No reconocí mi voz, sonaba mal, forzada. Y el dolor que me provocó decir esa sola palabra no se lo deseo a nadie. Creí que volvería a sangrar por la garganta, tuve que llevarme la mano hasta ahí y comprobar que no estuviera rota.

-¡Chance! ¡Ay Dios, mi bebé!

Ella se lanzó sobre mí, me acunó contra su pecho tan fuerte que casi me cortó la respiración. Papá tampoco esperó una invitación, nos abrazó a ambos y juro que escuche un sollozo salir de él. ¿Qué había pasado?

Tuve que esperar a que le alejaran para hacerles señas sobre mi garganta.

-¿Te duele?

Asentí, y luego hice la mímica de beber. Necesito agua, podría desmayarme si no tomo un trago ya.

Papá tuvo que ir porque mamá no daba señales de querer quitarme la vista de encima. Ella seguía pasando sus manos por mi cara, comprobando algo que yo no sabía.

-Nos pegaste un susto tremendo, bebé.

Quise preguntar que había pasado pero me rehusaba a volver a hablar. Intenté haciendo muecas con la cara, pero ella se volvió a perder en su mente, pasando sus nudillos por mis mejillas.

Una corriente de aire entró por la ventana, débiles rayos de sol iluminaban la habitación pero no aligeraban el ambiente que se sentía estancado, pesado. El sol estaba cubierto por las nubes intentando iluminar hasta la última de las sombras.

Me recosté mirando hacia la ventana, buscando la prueba definitiva.

Las nubes eran grandes, blancas e imperfectas. Eran perfectas y reales.

Una pesadilla, realmente fue una pesadilla.

La más horrible que he tenido.

Papá entró por la puerta, traía consigo un vaso y una jarra llena de agua. Me levanté de inmediato y esperé a que me lo pasara. Sus manos temblaban mientras llenaba el vaso, tenía en la ropa arrugaba y sus pestañas estaban húmedas ¿Él estuvo llorando?

No pude pensar más cuando me pasó el vaso. Tragar quemó, pero eso no me detuvo hasta acabar con la última gota.

Estaba tan desesperado por beber que derramé un poco sobre la cama. El agua se regó por mi brazo y empapó mi pijama.

Ninguno de ellos me regañó.

El agua fresca se llevó el regusto metálico de mi lengua y calmó las cuchillas que seguro tenía clavadas en la tráquea para que me doliera tanto.

Un suspiro salió de mis labios sin querer al terminar, no dolió.

Adiós al recuerdo de esa horrible pesadilla.

-¿Qué pasó? ¿Por qué están tan asustados?

Con una coordinación asombrosa, ambos se miraron y parecieron llegar a un acuerdo en segundos. El color que mamá había obtenido volvió a esfumarse, dejándola pálida. Papá la apartó de mi lado y tomó su lugar, sostuvo mis manos y las frotó.

No me había dado cuenta de lo frías que las tenía. Mis dedos estaban rígidos y no pude moverlos cuando lo intenté.

-No pienses mucho en eso, tuviste fiebre toda la noche. No te despertabas y solo estábamos preocupados.

Me sentía tan cansado que no quise seguir preguntando, solo agregué esta mentira a la lista mental que había comenzado.

Fingí creerles y volví a servirme otro vaso. En lugar de tomar agua, apoyé el cristal contra mi mejilla y trate de enfriarla. Las gotitas chorrearon y mojaron más la tela.

Este frío se sentía natural, acogedor.

Mamá pareció salir por fin de su trance y sin decir nada, me quitó el vaso y lo puso en la mesa de noche. Se levantó y abrió mi armario, rebuscó entre las camisas hasta que encontró una adecuada.

Una camisa sin mangas, de blanco impoluto. Jamás la había usado.

Estuve por levantar mi camisa y cambiarme ahí, pero un recuerdo de cierta mordida en mi brazo me detuvo. La marca de mis dientes seguía siendo visible y el color morado todavía pintaba mi piel.

Ellos no pueden ver eso.

-No es necesario mamá, voy a ducharme ya. Si tuve fiebre entonces debo estar muy sudado.

Ella no insistió, la dejó en lo profundo del armario otra vez y lo cerró. Se quedó mirando a la puerta, jugando con sus dedos. Se veía triste, como si en cualquier momento fuera a romper a llorar.

Cómo ninguno de los dos hablaba, me senté en la cama y trate de levantarme. Mis piernas temblaban, como si llevara horas corriendo. Apenas puse un pie contra la madera, un calambre me subió desde el tobillo hasta el muslo.

Intenté moverme para que pasara pero eso solo lo empeoró, tuve que quedarme quieto, con la mirada fija de mis padres mientras ellos analizaban cada movimiento que hacía. Por Dios, no voy a desvanecerme en el aire, se están comportando tan raro hoy.

Cuando pude apoyar el pie me levanté y casi corrí hasta el baño. No quiero darles tiempo de inventarse algo para acompañarme al baño, eso supera mis límites.

Me apoyé en el lavamanos mientras me peinaba el cabello. ¿Cuánto tiempo llevo despierto? Con esa manera de despertar siento que han pasado horas.

Alcé la mirada y tuve que sostener más fuerte al ver lo que había en el espejo.

Estaba tan pálido como un muerto, tenía unas ojeras tan grandes que perecían golpes y mis labios estaban azules, como si hubiera estado a punto de ahogarme.

Ahora entiendo porque me miraban así, me veo muy mal.

¿Qué fue lo que realmente paso?

Una fiebre jamás me dejaría así, gracias a Dios tengo unas buenas defensas y casi nunca me enfermo. Ahora parecía a punto de cruzar el umbral entre la vida y la muerte y no tenía ni idea de por qué.

¿Fue la insolación? Si de verdad fue eso debo comprar otro protector solar y usarlo todos los días, hasta que el calor se calme. No puedo permitirme quedar así otra vez.

Al menos sé que Will no me verá así. Me daría vergüenza.

Abrí la llave del lavamanos y llené mis palmas ahuecadas con agua. Bajé mi rostro y lo rocié con el agua, necesito despejarme.

¿Debería leer un nuevo libro? Creo que había alguno por ahí que no he leído ni una vez. Tal vez cocinar, le prometí a Will más beignets.

O podría darme una vuelta por el pueblo, podría encontrar algo que hacer. No conozco las calles, así que explorar antes de volver a clases es una buena idea.

Mi espalda se puso recta, mis dedos temblaron y casi me caigo al voltear.

Había algo detrás de mí.

Lo sentí.

Algo me miraba.

Pero no había nada.

Estaba solo.

Si, estaba solo.

No hay nada Chance, no seas paranoico.

Cerré la llave.

Toda la casa estaba en silencio, nadie caminaba ni hablaba. Ni siquiera escuche mi respiración.

Inhalé.

Exhalé.

Lo único que se escuchaba era una gota cayendo contra la porcelana.

Ploc, ploc, ploc.

Una tras otra.

Me empecé a quedar sin aire cuando incluso eso se detuvo.

Silencio total.

No aquí, no de nuevo.

Las paredes empezaron a asfixiarme, cerrándose contra mí. No había por dónde escapar.

Apreté los ojos hasta que dolieron y camine hasta la puerta sin abrirlos. Tanteé la madera buscando la manija y la abrí.

Me atreví a abrir los ojos cuando sentí la luz contra los párpados. Tiré la puerta sin voltear, golpeó tan fuerte el marco que el piso a su alrededor retumbó y el grito de mamá se escuchó desde el piso de abajo.

-¡Chance!¡¿Paso algo? -Pasos apresurados subieron por las escaleras. Luego sus delgados dedos agarraron los costados de mi cara, obligándome a mirarla.

Las explicaciones quedaron atrapadas en mi garganta, que volvía a doler. El sabor salado de mis lágrimas entro a mi boca.

-Dios mío, cariño ¿Te caíste? Dime algo.

Ella intentó limpiar mis mejillas, pero fue imposible, cada lágrima era reemplazada de inmediato.

¿Qué se supone que le diga? Yo tampoco sé que paso.

Todo estaba bien hasta que ese maldito silencio llenó todo, entré en pánico sin razón y ahora estoy llorando porque estoy aterrado y no tengo idea de porque.

Solo la abracé.

Terminé recostado en mi cama durante todo el día, sin ducharme ni comer. Mamá subía a revisarme cada hora y papá apareció en la tarde, se quedo en silencio mientras hacía su trabajo en mi escritorio y no me preguntó nada incluso si cada vez que nuestras miradas se cruzaban él terminaba susurrando algo.

No pude hablar hasta que anocheció.

Ayer no sentí el día, fue tan rápido que casi no recuerdo nada. Hoy por el contrario, fue como si cada minuto se multiplicara. Las horas pasaron sin cambios, me entretuve mirando por mi ventana, viendo las hojas de los árboles caer, las nubes cambiar de forma y acercándome al cristal para empañar la ventana y dibujar sobre ella.

Imaginando a Will saliendo de las sombras para distraerme de todo.

Su olor ya se había desvanecido de mi almohada, dejándolo solo en mi memoria.

Lunes y martes, no llevaba ni la mitad de la semana y ya estaba desesperado por saber cómo estaba. Era increíble cómo podía colarse en mi mente incluso con todo lo que ha estado pasando.

Estaba mirando al techo, recostado en mi cama y con los pies saliendo por la ventana, con el viento haciéndome cosquillas cuando papá corto el silencio por fin.

-Chance, es hora de la cena. -No creo ser capaz de retener la comida, así que intenté hacerle ojitos para no tener que bajar.

-Y no me hagas muecas, que conmigo eso no funciona. -Él ni siquiera me miró antes de regañarme.- Debes comer algo antes de dormir, y ponte por lo menos unas medias.

Padre recogió todos sus documentos, estiró su espalda haciéndola sonar y salió de mi cuarto sin agregar nada más. No me espero.

Sus pasos bajando las escaleras se escucharon a lo lejos.

Supe que llegó al piso de abajo cuando el último escalón soltó un crujido agudo, como si las tablas fueran a partirse por la mitad.

Me puse un par de medias que tenía debajo de la almohada. La tela era suave y me quedaban largas, el color rosa dejaba claro de quien eran, pero mamá no se enojaría si las tomaba prestadas.

Abrí la puerta y me quedé pasmado, el pasillo era oscuro. Tan oscuro que no podía ver dos pasos frente a mí. Me devolví a mi cuarto y busqué algo con que iluminar.

Nada en los cajones y menos en mi escritorio. No tenía linternas en mi cuarto, estoy seguro que la única que hay la tiene papá y ya no tiene baterías.

En casa alumbramos con velas. Que tampoco tengo aquí.

Muy bien, Chance. Tienes catorce años, no debería darte miedo un pasillo oscuro, caminas, bajas las escaleras y llegas. No hay misterio.

Respiré hondo y me sumergí a la oscuridad.

El recorrido se sintió eterno. Cada vez que escuchaba la madera crujir, se me erizaba la piel. Incluso llegué a imaginarme pasos detrás de mí.

Lo peor fue pasar al frente del baño. Me cubrí los ojos mientras pasaba por ahí pero fue inevitable no detenerme para intentar oír algo.

Ploc, ploc, ploc.

Seguí caminando, solo había sido mi imaginación, una tan vívida que me impidió ducharme por primera vez en mi vida.

Estoy sensible, sin Will, con mi mamá mintiendo y esa horrible pesadilla. Es normal que no pueda procesar las cosas bien.

Sí, mañana será otro día. Todo estará mejor.

Terminé bajando las escaleras sin darme cuenta. No fue tan difícil como pensaba.

-Solo hice sopa para ti, cariño. Necesitas fuerzas.

El olor a carne guisada y sopa me recibió cuando entré al comedor. Había vapor saliendo de la puerta de la cocina y las ventanas estaban abiertas para que el calor no se quedará atrapado.

Me senté en mi silla mientras los veía orar. Cuando intenté unirme, papá rechazó mi mano y me dejó esperando.

No es mi culpa llegar tarde, él no tiene que pasar por la mitad de un pasillo espeluznante con la paranoia por el cielo.

Me quedé callado durante toda la cena, esta vez por decisión propia. Mis padres estuvieron pendientes de mi todo el día y ahora que me siento mejor, solo me ignoran, no me han mirado a la cara ni una vez desde que baje. No los entiendo, todo ha sido tan raro últimamente, no se sienten como las personas que llevo conociendo toda mi vida.

Tal vez mis constantes pensamientos se encargaron de llenarme porque incluso sin comer una cucharada me sentí lleno. O fue el nudo en mi estómago que se apretaba cada vez más.

Recogí mi plato y caminé hasta la cocina arrastrando los pies. No podía tirar comida en perfecto estado entonces la metí en la nevera. Sopa fría para el desayuno, gran plan.

Un bostezo me detuvo antes de salir de la cocina. Dios, ¿Por qué tengo sueño si dormí hasta tan tarde?

-Voy a dormir ya, que Dios los bendiga. - Me apoyé en el marco mientras esperé a que me miraran. No tenía muchas ganas de quedarme solo, incluso si ellos iban a ignorarme, pero mis ojos pesaban y sentía la necesidad de dejar de pensar en todo. Solo me quedaba rezar para no tener otra pesadilla.

Seguían en la mesa, hablando en voz baja. Mamá me miró por encima de su hombro y se despidió con la mano, padre solo siguió mirando a la mesa.

Cómo ellos no me miraban, entonces yo tampoco les presté atención, ya descubriría que fue lo que paso.

Tuve que volver a caminar solo por el pasillo, aunque esta vez me sentía más frustrado que asustado. No me detuve, incluso si el goteo de la llave seguía resonando, chocando con las paredes, metiéndose en lo profundo de mis oídos.

Lo ignoré todo. El sonido, mi corazón acelerado, mis piernas temblando y el nudo en mi estómago, creciendo cada vez más.

Ignoré como las palabras salían de mis labios con forma de oración, como el sudor frío bajó por mi espalda y como mis pulmones soltaron todo el aire apenas la luz de mi habitación cayó sobre mí.

Cerré la puerta con seguro, solo porque estaba enojado con mis padres.

El sonido del cerrojo me tranquilizó, todo estaba bien.

No te cepillaste los dientes, Chance. Que descuidado.

No podía entrar a ese baño, no de noche. Si me dan otra de esas crisis podría caerme, no es seguro. Lo haré en la mañana, cuando pueda ver lo que hago.

Abrí mi ventana.

Me senté en el marco y me envolví con la cortina. El encaje me reconfortó, me recordaba a él, que siempre que podía lo usaba en su ropa.

Puede que fuere mi soledad hablando, pero estoy seguro que nada de lo que esta pasando hubiera ocurrido si pudiera ver a Will.

Estoy seguro que todo esto es mental, mi ansiedad tomando forma. Con Will no me sentía ansioso, él era una de las pocas personas con las que me sentía cómodo, a salvo.

Me sentía tan asustado con las desconexiones que había desarrollado una especie de delirio de persecución y para empeorar las cosas, no tenía con quien hablar.

Hace mucho que no me sentía tan solo.

Pero solo serían cuatro días más, luego todo se resolvería.

Él volvería a mí.

Me quedé mirando el bosque, con los árboles escondidos detrás de la penumbra. La luna menguante dejaba caer una delicada luz plateada sobre todo, desnudando el mundo de su crueldad natural.

Las risas de los coyotes, a las que ya me había acostumbrado, se extendían por el aire. De alguna manera extraña, ahora me parecían familiares. Hoy eran ruidosos, deben estar cazando.

Al final, mis ojos terminaron mojados después del tercer bostezo.

Tuve que bajarme después de casi quedarme dormido sobre la ventana. Pero no iba a acostarme como si nada. Era tiempo de retomar mi costumbre de orar en la noche, un poco de guía no me haría mal.

Si Will no estaba para ayudarme, Dios podía tomar su lugar.

No quise arrodillarme.

Me senté en el borde de mi cama y cerré los ojos para concentrarme. Recuerdo que cuando era pequeño, siempre me sentaba para orar dejando un espacio vacío a mi lado, quizás esperaba que Dios se sentara junto a mí y me escuchara. Era bastante inocente.

Y aunque ya era mayor, decidí dejar un espacio junto a mí.

Porque al parecer la inocencia infantil sigue sin desaparecer, solo se mantiene dormida en mi interior y sale cuando solo me queda creer que las cosas mejorarán.

No tomé mi rosario a pesar de tenerlo a la mano. Esta iba a ser una plática, no una súplica.

Señor Dios, sé que estos últimos días las cosas no han ido bien entre nosotros, sé que debes estar muy decepcionado de mí. Pero también sé que tu misericordia es infinita, que como padre perdonas a aquellos que se arrepienten y buscan en ti el perdón. No soy perfecto, sé desde un principio que no soy lo suficientemente bueno como para entrar al reino de los cielos, pero, por favor, no me quites el privilegio de amarte. Yo...

Un golpe seco me hizo abrir los ojos.

Me levanté para sacarle el seguro a la puerta cuando volvió a sonar.

Era vidrio.

No era la puerta.

Era la ventana.

Quité mi mano del seguro poco a poco, sin querer voltear.

Mi cuerpo se entumeció. Era eso otra vez.

La mirada pesada. Observaba cada uno de mis movimientos.

A través del cristal de mi ventana.

No iba a voltear.

Respiré profundo antes de mirar al piso y girarme hacia mi cama.

No miré la ventana ni de reojo.

Me metí debajo de mi acolchado con el rosario en mano.

Me tape hasta la cabeza y encogí las rodillas hasta mi pecho.

Pasé cada una de las cuentas sin parar, un Padre nuestro por cada una.

Las horas pasaron, mis lágrimas se secaron.

No dormí esa noche.

Y eso tampoco dejó de mirarme.

Notes:

Nota de autora:

No he tenido mucha inspiración estos días. Tenía planeado publicar este capítulo mucho antes, pero simplemente no terminaba de convencerme y preferí darle un poco más de tiempo.
Si extrañan a Will tanto como Chance, no se preocupen, falta muy poco para que vuelva. Voy a intentar seguir escribiendo incluso cuando la inspiración no acompañe, porque sé que algunos de ustedes siempre están esperando una actualización, y eso significa mucho para mí.
Como dato curioso, en los primeros capítulos no dejaba notas de autora porque me daba muchísima vergüenza. Sentía que estaba hablando sola.
Muchas gracias por todo el apoyo y por seguir acompañándome en esta historia. Espero que hayan disfrutado el capítulo.

Notes:

Esta historia contiene personajes, escenarios, conceptos y elementos inspirados en Stranger Things, creada originalmente por los Hermanos Duffer y producida por Netflix.
No soy propietaria de Stranger Things ni de su universo original; todos los derechos pertenecen a sus respectivos creadores y propietarios.

Este fanfic es una obra sin fines de lucro, creada únicamente con propósitos creativos y de entretenimiento.
Por favor, no copies, repostees, traduzcas ni plagies mi escritura, escenas, personajes o ideas originales creadas para esta historia sin permiso.