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Universo 13/33

Chapter 3: DIA 3: Música / Baile / Futuro

Notes:

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Chapter Text

Pov Leone

 

Esa noche durmieron juntos en su cama, a decir verdad, la extrañaba, pues había dormido todo el mes en el sofá, no obstante, eso era lo de menos en ese momento. Leone había despertado hace un par de minutos, vestido aún con su pijama que consistía en un pantalón deportivo que no usaría en público y su suéter a juego, estaba observando el precioso rostro de Bruno al dormir y no quería levantarse o despertaría al ángel entre sus brazos.

La noche había sido tan placentera y reparadora; Bruno la había hecho más acogedora.

Observó lo que pudo con la tenue luz del amanecer, era temprano, no debían pasar de las nueve de la mañana, pero debían levantarse pronto e ir Prato.

Bueno, aún tenía suficiente tiempo como para preparar el desayuno. Era increíble lo que Bruno provocaba en Leone, el siempre flojo y desganado, ahora tenía ánimos para hacer de todo; en un solo mes reparó un sinfín de pendientes acumulados durante un año, solo para darle comodidad al niño bonito. Resopló. Le molestaba divagar demasiado pensando en Bruno.

Entonces, como pudo, se desenredó de las mantas y las extremidades de Bruno, salió de la cama y calzó sus pantuflas. Caminó hasta el baño y orinó, luego se lavó las manos y el rostro, al salir observó al menor, aún plácidamente dormido entre las ropas de cama.

Se cruzó de brazos al llegar a la cocina, no sabía qué carajo cocinar. Revisó las estanterías, encontró una botella hasta la mitad con jarabe de maíz y pan de molde, tomó todo y lo dejó sobre la encimera junto a la cocina, continuó revisando, encontró un puñado de arándanos y frambuesas mezcladas y congeladas en la nevera, también tomó una jarra con leche y huevos.

—Está bien… —se arremangó las mangas del suéter y se amarró el cabello en una coleta alta— Entonces; café y pan francés.

Mientras comenzaba a preparar todo, no pudo evitar recordar a su viejo amigo en la academia de policías, quien después de unas semanas, le contó su secreto de "el mejor desayuno de su vida", una mañana de día sábado, después de beber hasta tarde la noche anterior, donde le enseñó la fácil y rápida receta del pan dulce y frito.

Le gustaba recordar a su mejor amigo, siempre lo hacía, sin embargo… siempre con el mismo resultado.

Su sonrisa se desvaneció mientras mezclaba los ingredientes, la pena lo invadió y lo hizo detenerse, se estremeció ante la culpa y lo mal que lo hacía sentir. Era un mal hombre y se sentía asqueroso por buscar su propia felicidad, pese a saber que no la merecía.

Se detuvo un momento y luego continuó con lo que hacía, pero mucho más lentamente que antes.

No fue hasta que la cafetera comenzó a hervir que escuchó el ruido mudo del tocadiscos al tocar la aguja. Volteó rápidamente para ver de qué se trataba, encontrando la espalda de Bruno a lo lejos, en su sala de estar, específicamente frente al tocadiscos. Lo miró con diversión unos segundos y continuó en lo suyo.

Cuando encendió el quemador más grande de la cocina y colocó la sartén sobre el fuego logró escuchar una batería suave, un contrabajo con un ritmo marcado y una trompeta que parecía estar cantando. No recordaba tener vinilos con esa clase de música.

Untó la primera rebanada de pan en la mezcla dulce, mientras que la mantequilla que echó en el sartén se derretía, luego la acomodó, repitió la acción tres veces y no notó cuando la culpa y la pena se fueron.

—No sé por qué… —la voz de Bruno se escuchó cerca, a sus espaldas— pero el otro día, mientras limpiaba el polvo de tus discos, encontré uno que me llamó la atención —sintió peso en su espalda, el pelinegro apoyaba su cabeza sobre su columna, quiso voltear, pero se lo impidió sujetándolo por los hombros—, espero no te moleste.

—N-no hay ningún problema… —bajó la mirada hasta la estufa, contemplando como el pan se freía— Tú… puedes ponerte cómodo aquí —levantó la espátula y volteó las rebanadas de pan—.

—Agradezco mucho eso —los dedos del menor se enterraron en los músculos de sus hombros, luego se alejó— ¿Qué estás haciendo?

—Fracasando en llevarte el desayuno a la cama —se rió de su mala suerte—, pero supongo que ya tendré tiempo para hacer eso.

No hubo respuesta, pero sabía que el otro lo había escuchado, así que volteó para espiar qué hacía; había comenzado a acomodar las cosas para comer en la mesa. Bien, un poco de ayuda siempre sería bien recibida. Quitó las tostadas y las sirvió en un plato mediano, luego repitió la tarea tres veces más.

—Se ven muy bien —ahora estaba a su izquierda—.

—Y quedan mejor acompañados con jarabe de maíz —sonrió de lado, Bruno rió en respuesta—.

Bruno lo ayudó a alistar todo, mientras movía las caderas al ritmo de la música, aquello lo dejó pensando un buen rato ¿Al pelinegro le gusta bailar? Podría aprovechar el viaje a la ciudad e invitarlo por ahí.

Sus ojos se abrieron mientras vertía la leche en su café y miraba a Bruno cortar sus tostadas especiales ¡Eso era, una cita!

—Bruno —lo llamó de inmediato, mirándolo con determinación—.

—¿Si, Leone? —lo miró con curiosidad, alejando su tenedor y cuchillo de la comida—

—¿Quieres tener una cita conmigo?

—¿U-una cita? —Leone sonrió al ver como su rostro se sonrojaba intensamente— ¿A dónde?

—Oh, pues… —se rascó la nuca, incrédulo, pensando qué contestar— Iremos al pueblo, ya sabes. La última vez que estuve allí tuve una cita en el salón de belleza y después me fui de… —iba a contar sobre su última noche en Prato, pero recordó su asquerosa noche de borrachera, y se avergonzó horriblemente—

—¿A dónde fuiste después? —la curiosidad de Bruno no era infundada, Leone lo entendía— ¿Por qué callaste?

—Tengo problemas con la bebida —confesó sin titubeos, no podía darse el lujo de provocar que el menor desconfiara—. Perdón —se cruzó de brazos y recargó su espalda en el respaldo de la silla—, me callé porque estoy avergonzado.

—¿Por qué lo estarías? —esta vez frunció el ceño—

—Bueno —alzó una ceja—, estoy intentando tener algo serio contigo, me aterra que te enteres que la última noche que pasé allí estuve bebiendo en un club y luego en un parque porque ningún otro local quería a un borracho desagradable como yo dentro, y que estaba tan jodido que ni siquiera recordaba cómo llegar a mi auto —al terminar frunció sus labios, haciendo una mueca de disgusto—. Sinceramente, apesto.

Silencio.

Leone lo miró expectante e impaciente, deseaba que dijera algo, lo que sea, porque no soportaba los silencios incómodos con él; eran desesperantes. Entonces él suspiró y regresó a comer su desayuno.

—Eso no es verdad —llevó dos bocados a su boca y masticó—. Demonios, está muy rico —tragó y se comió otro par de bocados— ¡Leone, esto es muy rico!

Abbacchio guardó silencio y se enderezó en su lugar, observando al otro comer animadamente, descruzó sus brazos y los llevó sobre la mesa; estaba algo sorprendido, no se esperaba que Bruno cambiara el tema. Por lo general estaría haciendo más preguntas, atando cabos y mirándolo acusadoramente, tal vez contando algo de su pasado, llorando o sonriendo con tristeza o frustración. Pero ahora… lo había dejado estar completamente. Así que tomó sus cubiertos y comenzó a comer lentamente, acostumbrándose a la nueva sensación que se instalaba en su pecho.

—Entonces… —la voz de Bruno se escuchó suave sobre el blues que sonaba de fondo, mientras se acomodaba un mechón de cabello detrás de su oreja— ¿a qué hora me recoges?

Leone sabía que estaba notoriamente sonrojado por la forma en que el pelinegro lo miró con diversión.

—¿Eso es un si? —se inclinó sobre la mesa, alzó una ceja y trató de sonreír seductoramente; el menor asintió y le sonrió con las mejillas rojas— ¿Te parece si te recojo en dos horas?

—Me parece bien —sonrió y continuó comiendo—.

Leone no podía quitarle los ojos de encima, comía su desayuno casi en piloto automático y sin poder hacer desaparecer esa maldita sonrisa que le entumecía los pómulos. Una cita ¡Tendría una cita con el hombre más hermoso que hubiera conocido jamás!

Cuando terminaron de comer Bruno se ofreció a lavar los platos, mientras que Leone recogió las cosas de la mesa e hizo una limpieza rápida a la cocina.

Una vez desocupado, Leone se encerró en el baño, se dió una ducha corta; no se molestó en lavarse el cabello, así que sólo lo mojó; al salir del agua tomó una toalla y cubrió su cuerpo, limpió el espejo con una mano para poder ver su reflejo, se lavó las manos, luego los dientes. Miró su reflejo frente a él, su cabello apestaba, debía pedir una cita con su estilista.

Parpadeó mirándose a los ojos.

¡Eso es! Llevaría a Bruno con su estilista como parte de la cita. Le regalaría unas horas de mimos y después podría llevarlo para conseguir un poco de ropa. Sus ojos se abrieron sorprendidos, se le había ocurrido un plan de cita malditamente perfecto. Se observó en el espejo, mirando como se sonrojaba.

De verdad esperaba que la cita le gustase a Bruno.

 

 

Pov Bruno

 

Bruno tenía toda su ropa sobre la cama de Leone, sólo vestía un bóxer y calcetines, ambos negros, intentaba elegir una buena combinación de prendas, pero todo lo que traía era deportivo o para climas fríos, creyendo que estaría acampando. Suspiró derrotado, tal vez en el pueblo se escape unos minutos de Leone y se compre algo más presentable.

Terminó usando su único jeans negro, sus zapatillas deportivas, una sudadera gris y un suéter negro.

Cuando salió de la habitación Leone lo estaba esperando sentado en el sofá, mientras el tocadiscos reproducía un vinilo de The Moody Blues que el mayor solía escuchar con mucha frecuencia, él vestía jeans negros, mocasines marrones y su suéter gris de cuello alto, traía su cabello grisáceo y verdoso amarrado en un moño bajo.

—¿Estás listo? —le preguntó llegando hasta él—

—Si, te estaba esperando —el mayor se puso de pie y le mostró las llaves de la camioneta colgando de los dedos de su mano derecha— ¿Nos vamos? 

Bruno asintió y fue guiado hasta la gran camioneta negra de Leone. El camino hasta la ciudad fue divertido, Leone no dejaba de hacerle preguntas sobre sus gustos, de todo tipo, desde comida hasta colores, ropa y música, nada que no hubiese preguntado antes, sólo que esta vez estaba pidiendo un poco más de detalles junto con las respuestas.

Cuando llegaron a Prato Leone condujo hasta el museo Tessuto.

—Dejaremos la camioneta aquí, es el único lugar en el centro donde no cobran por el estacionamiento —sonrió y se encogió de hombros—.

—Oh, bien —bajó de la camioneta— ¿A dónde iremos? —preguntó cuando el mayor se le acercó—

—¿Te gustan los salones de belleza?

A Bruno se le iluminó el rostro, claro que le gustaban, más que eso, le encantaban. Todo el tiempo que estuvo en la mafia jamás pasó una semana en la que no se atendió, en la que no tuviera un nuevo traje o un par de zapatos.

—Si, me gustan —contestó intentando no sonar desesperado— ¿Por qué?

—Iremos a uno —con un gesto de cabeza lo invitó a que lo siguiera—, al de mi estilista, mi cabello necesita un retoque y también quiero que te atiendas ahí.

—P-pero… —Bruno titubeó, él no podía darse esa clase de lujos, no tenía el dinero suficiente— No puedo-

—¡No lo digas! —el mayor lo interrumpió— Recuerda que yo estoy invitando.

—Está bien…

Se dejó guiar hasta un pequeño salón, con una fachada decorada con una paleta de tonos violetas hasta el negro; miró a Leone por el rabillo del ojo, imaginando que esa paleta de colores se le vería bien, aunque la actual, de amarillos verdosos y azul no le quedaba mal.

Al entrar fueron recibidos por una chica con el cabello púrpura y cientos de rulos, con sus ojos maquillados de sombra lila y azul, largas pestañas naturales, cejas gruesas, pecas sobre sus pómulos y nariz, labios de un púrpura mate y una linda sonrisa.

—¡Leo! —exclamó desde su puesto en la recepción, luego se levantó y le tendió la mano al mencionado, éste correspondió al saludo— ¿Qué haces aquí? No has reservado una cita.

—Lo siento, Cate —soltó la mano de la chica—, ha sido de improviso —la chica llevó sus manos a sus caderas; vestía unos jeans negros, cubiertos de manchas amarillas y blancas, y una camisa negra en las mismas condiciones— ¿Tienes espacio para dos en tu agenda? —la chica miró a Bruno—

—Hola —Bruno saludó algo nervioso, se sentía fuera de lugar—. Bruno, mucho gusto —pero no quiso ser descortés, así que le ofreció su mano en saludo—.

—Caterina, un placer —ella se acercó y estrechó su mano con firmeza; Bruno entendió que no era una mujer demasiado delicada—.

—¿Qué dices? —preguntó Leone con una sonrisa—

—Está bien —se cruzó de brazos y lo miró con desinterés—, pero sólo lo hago porque tu cabello está del asco.

Bruno esperó sentado en un cómodo sofá, mientras Caterina trabajaba en Leone. Estaba nervioso, no sabía qué hacerse, así que comenzó a ojear las revistas que estaban sobre una pequeña mesa junto al sofá. Se aburrió después de un rato, así que terminó observando casi todo el proceso del tinturado de Leone.

Sin notarlo, se había relajado demasiado, su mano derecha sujetaba su cabeza, mientras su codo se apoyaba en el respaldo del sofá; se estaba quedando dormido. Hasta que Caterina se le acercó y cubrió su visión directa de Leone.

—Estoy lista para ti, cariño —le sonrió haciéndole señas con las manos enguantadas—, sígueme por aquí —lo llevó hasta un cubículo, Leone estaba un puesto más a su izquierda— ¿Sabes qué es lo que quieres? —preguntó comenzando a meter sus manos entre las hebras del pelinegro— Vaya, tienes un corte interesante —dijo tras notar los mechones más largos— ¿qué tipo de corte usabas?

—Un Bob con una trenza maría sobre la mollera —contestó rápido, le agradaba la forma en que la estilista platicaba—.

—Acabo de tener una imagen mental hermosa —Bruno vió como los ojos de la mujer brillaban gracias al espejo—. Tienes buen gusto.

—Eso me han dicho —le dio una mirada divertida a Leone y luego continuó platicando con Caterina—.

Media hora después, Bruno estaba con papeles metálicos por casi todo su cabello, mientras que su cabeza completa era cubierta con una máquina que le arrojaba calor, platicando animadamente con Caterina y Leone.

—De verdad, agradezco que vinieran —dijo Cate—, terminaron cancelando todas mis citas del día.

—¿Qué es eso? —Leone preguntó burlesco— Suena como yo salvándote el culo otra vez.

—Eso es exactamente lo que es —respondió ella, divertida— ¿Quieren una cerveza?

Ambos asintieron.

Quince minutos después, Caterina les hablaba de su pequeña hija y cómo siempre lograba que Leone la cargara en sus hombros, pese a estar pasando los diez años. Bruno nunca hubiera imaginado que Leone tuviera una amiga así, pero era agradable, y le había agradado lo suficiente como para confesarle que él y Leone estaban en una cita.

Leone terminó primero. Su cabello ahora estaba completamente azul, sin embargo, no era el mismo tono. Ya lo comprobaría después.

En cambio, él se había hecho mechas rosas por toda la cabeza, bien mezcladas entre todo su cabello negro, aún no estaba peinado y a Bruno ya le encantaba como le quedaba. Las manos de Cate se movían solas, como si su cabeza no les estuviera ordenando qué hacer, peinando y cortando puntas desiguales, emparejando el corte que tanto le gustaba. Cuando terminó de cortar y secar, lo peinó mientras le enseñaba sus mechas de colores a través del espejo, le hizo un par de señas y luego comenzó a trenzar. Bruno cerró los ojos y se dejó hacer, dejando todo en las manos de la profesional.

—¡Listo! —Bruno abrió los ojos cuando la voz suave y grave de la mujer sonó— Oh, cielos, te ves precioso —levantó un espejo y le mostró la parte trasera de su cabello, trenzado minuciosamente en una trenza maría, pero, ésta vez, la trenza iba de adelante hacia atrás, dejando un par de mechones de cabello sobre sus patillas—. Leone sí que tiene buen gusto.

—¿Qué mierda estás hablando de mí ahora, mujer? —Leone apareció por su costado izquierdo, sosteniendo su lata de cerveza en una mano, no obstante, ésta se cayó cuando observó a Bruno— ¡Mierda, lo siento! —se agachó para recoger la lata rápidamente, evitando un desastre— Voy por un trapo para limpiar.

—Dejaste al infeliz sin habla —Bruno se sonrojó ante el comentario, no esperaba ese tipo de reacción por parte de Leone— ¡Eres adorable! —Cate le pellizcó las mejillas— Ahora ven, déjame tomar unas fotos de tu cabello para mi página web.

Fue guiado hasta la recepción del pequeño salón de belleza, donde Cate encontró su lata de cerveza y la bebió hasta el fondo, luego tomó una cámara digital y le tomó fotos desde todos los ángulos que pudo.

—Muchas gracias, Caterina —le dijo cuando la mujer fue al otro lado del escritorio de recepción—, hiciste un trabajo hermoso —le sonrió agradecido—. Nunca me había atrevido a usar colores.

Un carraspeo se escuchó a su espalda.

—Te queda bien —la voz de Leone fue suave, eso calentó el pecho de Bruno—.

—Gracias.

Después de unos minutos de conversación, Leone le pagó a su estilista y ambos se despidieron.

Al salir caminaron un par de calles, las cuales Bruno solo reconoció una de la última vez que anduvo por el lugar, caminaba despreocupado mientras era guiado por el peliazul, quien iba un paso por delante de Bruno.

El sol era radiante, estaba en su punto más alto e iluminaba de forma sublime la cabeza del mayor, esa fue su oportunidad para apreciar su color, no sabía de qué manera nombrarlo, era azul… pero también púrpura, y brillaba majestuoso. El tono oscuro y brillante hacía que la piel pálida de Leone se viera más rosa; con más vida.

—Me gustan tus reflejos rosas —le dijo mientras volteaba a mirarlo—.

—A mí me gusta tu color —le sonrió—, te ves guapo.

Ver a Leone sonrojarse de esa manera no tuvo precio, fue tan lindo que hizo a su estómago revolotear.



Pov Leone

 

Leone estaba contento, lo había estado pasando de maravilla gracias a la compañía de Bruno, habían ido al salón de belleza, a más de una sastrería, demasiadas zapaterías y tiendas de ropa; el menor incluso lo arrastró hasta a una tienda de lencería.

Leone no sabía que los hombres pudieran usar lencería, siquiera.

Pero ahí estaba, compartiendo una mesa en un club nocturno, junto con su apuesta cita, quien vestía una camisa azul con puntos celestes, un suéter dos tonos más oscuro de azul y un saco del mismo tono de su camisa, vestía un elegante pantalón blanco, ajustado en los lugares precisos, y calzaba mocasines de un café rojizo.

Si a Leone le preguntaran, Bruno tenía un muy buen gusto, porque se veía jodidamente bien .

—Caballeros, sus bebidas —el camarero les informó cuando sus cócteles llegaron, los acomodó en la mesa y se retiró—.

—¡Rico! —exclamó Bruno tras probar su Negroni; ambos habían pedido lo mismo— Buena recomendación.

—Me alegra que sea de tu agrado —tomó su propio vaso y bebió—.

—Absolutamente todo ha sido de mi agrado —Bruno dejó su vaso sobre la pequeña mesa que compartían, luego sujetó su asiento y se acercó a Leone—. Muchas gracias por todo, Leone.

—N-no es nada —lo miró a los ojos—, gracias por acompañarme.

Terminó por perderse en los ojos azules y la suave conversación que llevaban, contando vivencias ocurridas en clubes similares, con amigos y para la mafia. Los tragos pasaron, el espacio entre ambos desapareció y las caricias no se hicieron esperar.

Oh, si. A Leone le gustaba acariciar las manos de Bruno. Eran delgadas y estilizadas, a pesar de la infinidad de callos en las zonas de más uso.

—Baila conmigo —pidió Bruno de repente—.

—¿Qué? —contestó incrédulo—

—Baila conmigo, Leone —el menor abrazó su brazo izquierdo y lo miró con los ojos brillantes—.

—Oh... —no había forma en que Leone le negara algo, pero— N-no sé bailar.

—No importa —apretó más el brazo de Leone—. Sólo quiero bailar contigo.

Leone volteó para ver la pista de baile, estaba bastante concurrida, así que nadie repararía en ellos (él) haciendo el ridículo, luego miró a Bruno, quien lo miraba sin aflojar el agarre sobre su extremidad.

—De acuerdo.

Bruno se levantó primero y tiró de la mano que Leone le sostenía, haciendo que Leone cayera sentado de regreso en su asiento, el menor sonrió y se disculpó, tomando ambas manos del peliazul y levantándolo bien ésta vez. Lo arrastró hasta la pista, hasta estar rodeado de gente por todos lados.

Miró a Bruno a los ojos cuando comenzó a mover el cuerpo, y su cuerpo se tensó, escuchó la música electrónica e intentó familiarizarse con el sonido; no era desagradable, al contrario, hacía que su mente se imaginara un sinfín de movimientos para perpetrar, pero no se decidía por cuál hacer primero. Echó una mirada rápida a su alrededor, notando que nadie se movía de forma similar, todos hacían algo distinto, eso le dió esperanzas.

Su pie izquierdo comenzó a zapatear, marcando el ritmo, su cadera comenzó a mecerse y, Dios, Bruno sonrió mostrando los dientes al verlo mover los hombros. El movimiento era agradable, no demasiado rápido, no demasiado lento. Leone creyó que el Dj estaba haciendo un muy buen trabajo.

Bruno lo sujetó por la cadera, acentuando el ritmo que Leone llevaba, y sus pelvis chocaron cuando imitó los movimientos del peliazul. La música cambió de tempo a uno más rápido y las luces se movían y cambiaban acorde a la música. Y Bruno había marcado el nuevo ritmo en su baile juntos.

A esas alturas el alcohol ya se le había subido a la cabeza y bailar con Bruno de una manera que nunca había hecho en su vida hizo que su estómago comenzara a incendiarse, levantó los brazos y rodeó a Bruno por el cuello, atrayendo más sus cuerpos, y la música volvió a cambiar, Bruno apartó sus manos de su cintura, para meterse dentro de su abrigo, ésta vez lo tomó con firmeza y lo atrajo aún más.

Leone lo miró a los ojos, las luces hacían que el cabello del contrario brillara hermoso, y no se aguantó, sostuvo la cabeza de Bruno con firmeza entre sus manos y comenzó a acercarse a su rostro. No quería lanzarse y asustarlo, ya no era un niño para tener esa clase de arrebatos, fue obvio, para darle a elegir si estaba de acuerdo o no. Y no fue rechazado, el otro cortó la distancia casi al instante.

Después de ese exquisito beso se miraron y salieron de la pista tomados de la mano, regresaron a su mesa, Bruno bebió un mojito y un shot de dos colores; absenta roja y verde, con un terrón de azúcar en llamas cuando fue servido, todo un espectáculo. Leone bebió sólo una cerveza y un vaso con agua gasificada antes de que se retiraran del local. Si, Leone era un alcohólico, pero, ésta vez, por una extraña razón, quiso ser responsable y controlarse para poder estar bien tras el volante.

—Deberíamos dar un paseo antes de regresar al auto —sugirió Bruno, sujetado firmemente del brazo derecho de Abbacchio, luchando por mantener la compostura y no comportarse como el borracho que era en ese momento—. Ya sabes, para digerir un poco el alcohol.

—Buena idea —Leone caminaba firme y recto, intentando ser el soporte que Bruno se merecía y necesitaba—. Podríamos comer algo rápido.

—¿A esta hora? —hizo una pausa— No sé qué hora es… —se detuvo, comenzando a reír— Dios, soy un desastre —su risa aumentó, convirtiéndose en carcajadas que, sin mucho esfuerzo, contagiaron a Leone—.

—Eres todo un personaje, Bruno —rió volviendo a caminar, arrastrando a Bruno hasta el primer local de comida rápida que encontraran—.

A la vuelta de dos esquinas encontraron una pizzería, Leone pidió una pizza margarita y cargó la caja con su mano izquierda, guiando a Bruno hasta el Giardini di via Carlo Marx, donde comerían y esperarían a que el alcohol les bajara.

—Leone —pronunció Bruno tras un largo silencio, ambos miraban a las montañas por donde debería aparecer el sol al amanecer; Leone volteó a mirarlo, olvidando la caja vacía a su izquierda—. Tú… ¿crees en el destino?

Abbacchio arqueó una ceja y contempló su perfil con detenimiento, antes de voltear y regresar a ver el horizonte; el cielo aclaraba tonos con cada minuto que pasaba, y Leone pensó en qué responder.

—No, no hay caso de que crea en ese tipo de cosas —respondió secamente— ¿Por qué?

—Creo que mi destino era conocerte —dijo aún sin mirarlo—. Aunque no puedo convencerme por completo de que todo esto es real y no una farsa.

—Nada de lo que diga te hará creerme —bajó la mirada y observó la mano izquierda de Bruno, apoyada sobre la madera de la banca, no titubeó al llevar su propia diestra hasta ella y apresarla—, así que no te llenaré de palabras vacías. Déjame demostrarlo como es debido —aumentó la presión del agarre al miembro contrario—, con tiempo y acciones.

Sólo después de aquellas palabras Bruno volteó a mirarlo.

Leone lo miró de vuelta, directamente a los ojos, mientras la adorable piel bronceada de Bruno comenzaba a ser iluminada por los primeros rayos de sol. Abbacchio parpadeó cuando el otro estrechó los ojos y comenzó a acercar su rostro al suyo, sin tardar demasiado en concretar un dulce y corto beso.

—Muchas gracias por eso, Leone.



Pov Bruno 

 

Después del amanecer se dirigieron a la camioneta de Leone, se subieron y, en menos de tres minutos, el mayor estaba conduciendo por las calles centrales de Prato.

—Primero iremos por un café —indicó Leone—, luego por provisiones y después podemos regresar a casa ¿Te parece bien?

—Oh, si —se removió en su asiento—. Suena bien para mí.

—Si quieres o necesitas algo sólo dilo, lo conseguiré para ti.

Bruno no supo con exactitud qué lo hizo sonrojar tan desesperadamente, pudo ser el tono tan seguro y acogedor con el que Leone pronunció aquellas palabras, como también pudo ser lo que significaba lo que había dicho, aunque, sinceramente, debieron haber sido ambas las que lo descolocaron. Era tan extraño para él que alguien le dedicara tanta atención, auténtica atención.

Su corazón latió con fuerza mientras miraba disimuladamente a Leone conducir desde el lugar del copiloto.

Cuando volvieron a subir a la camioneta ya pasaba la hora del almuerzo, habían tardado horas entre comprar víveres, útiles de primeros auxilios, más ropa, artículos y accesorios que Bruno necesitaría durante su estadía en la solitaria casa entre las montañas.

—¿No crees que es demasiado? —le preguntó al mayor, dando una mirada rápida a las bolsas en la cabina trasera—

—Claro que no —Leone lo miró con una ceja alzada—, necesitas todo eso, por eso lo llevamos.

—Si, pero… —se rascó el antebrazo izquierdo— No sé cuánto tiempo me quedaré.

El vehículo se detuvo bruscamente en una luz roja. Leone volteó a verlo sorprendido.

—Uh… T-tienes razón… —dijo entre pausas— Lo siento, no sé en qué estoy pensando… —rió nervioso— Puedes quedarte lo que estimes conveniente, Bruno.

—Gracias…

El silencio los rodeó el resto del camino. Bruno podía sentir la tensión, la frustración que Leone emanaba, pero lo dejó pasar después de llegar a la casa del mayor; al parecer al peliazul no le tomaba demasiado trabajo hacer sus molestias a un lado, pues, al comenzar a hablar nuevamente, parecía como si la última conversación nunca hubiese sucedido.

Terminó metiéndose al baño después de descargar los víveres de la camioneta, necesitaba darse un largo baño después de todo lo que había hecho en las últimas veinticuatro horas.

Observó los azulejos de la pared frente a él, mientras que el agua enjuagaba su cabello de la espuma del shampoo con el que se había lavado, y no pudo evitar pensar en Leone, en lo bien que se lo había pasado hasta ahora, como también en la extraña reacción en la camioneta. Se le revolvía el estómago y la garganta le quemaba, estaba asustado, por no decir aterrado, quería creer en Leone, de verdad, pero la desconfianza continuaba ahí. Se hizo hacia atrás para mojarse el rostro, dejando que el agua caliente arrastrara los malos sentimientos, detestaba tener miedo, se enderezó y volvió a respirar, dando grandes bocanadas.

No quería sentirse más así, porque, muy en el fondo, sabía que Leone no mentía, había algo en en su mirada que no reconocía, que ninguno de sus amantes anteriores manifestó, y lo peor era que esa no era la única señal, eran demasiadas, tantas que lo molestaban.

Giró la perilla, cortando el flujo de agua, corrió la cortina y tomó una toalla, se secó con rapidez y comenzó a vestirse. Estaba enojado, podía sentir su ceño fruncido, y sólo había una cosa que lo tranquilizaría. Tras vestirse con un pantalón deportivo y una sudadera suelta se envolvió el cabello en la toalla, tomó su ropa sucia y la dejó en el cesto de la ropa sucia, junto al lavamanos. Caminó decidido hasta la cocina, donde estaba Leone guardando cosas en la despensa, éste volteó a verlo cuando se percató de la presencia ajena acercarse.

—¿Necesitas algo? —preguntó sin obtener respuesta— ¿Qué pasa? Te ves moles-

Bruno lo calló con un beso y se colgó de su cuello, Leone correspondió al instante.

Desde que su rostro había sido cubierto por el agua de la ducha que sentía unas ganas desgarradoras por besar al peliazul. Le gustaba; aceptaba y le encantaba la manera en que Leone le demostraba sus sentimientos y su interés. Y, maldita sea, sería mentira si Bruno decía que no deseaba conocer hasta dónde era capaz de llegar aquello.

—Quiero quedarme —dijo tras apartarse—, si aún lo deseas —recibió otro beso en respuesta; uno suave, pero desesperado—.

—¿Qué se te antoja para cenar? —Leone preguntó dedicándole una sonrisa amplia— Lo que desees, lo prepararé para ti.

—Me interesan esas setas porcini que trajiste del mercado —contestó al recordar su pequeño paseo por el mercado local de verduras y hortalizas—, tenían buena pinta.

—Oh, si —el mayor sonrió más—, las recuerdo ¿Te apetece pasta farfalle con las setas?

—¡Suena genial! —ésta vez fue su turno para sonreír, de verdad le había gustado lo que el otro sugirió— ¿Necesitas ayuda?

—Claro, así haremos todo más rápido —Leone cerró los ojos y asintió, dándole la razón. Bruno se iba a apartar, pero el peliazul no lo soltó—. Espera, un minuto…

El pelinegro hizo la cabeza para atrás y así poder verlo mejor, se quejó con un gruñido, pero, de inmediato, Leone lo abrazó con fuerza, apegándolo a su cuerpo y escondiendo su cabeza en el cuello del menor.

—¿L-Leone?

—Dame un segundo —pidió, estrechándolo un poco más—.

Bruno correspondió al abrazo. Sinceramente, no lo esperaba, pero no le desagradó, al contrario, apreció la muestra de cariño y lo abrazó también.

Esa noche la cena estuvo particularmente satisfactoria, llena de risas, pequeñas muestras de cariño físico por parte del peliazul y un exquisito vino blanco. Tras terminar, Bruno se dirigió a la habitación de Leone para tender la cama que dejaron olvidada la mañana anterior, mientras que el mayor tomaba un baño.

Cuando Leone salió del baño usaba su pijama de ropa deportiva vieja, mientras que restregaba una toalla blanca cubierta de manchas azules por su cabello, intentando secarlo.

—Iré por agua —dijo tras encender la lámpara de noche que estaba sobre el velador— ¿quieres que te traiga algo?

—Agua está bien —indicó el peliazul con una sonrisa en los labios—.

Bruno fue a la cocina y buscó una botella de vidrio vacía, pensando que sería más útil que un par de vasos, escuchó el secador de pelo encenderse desde la habitación y, mientras escuchaba su sonido y llenaba lentamente la botella vacía con agua de la llave, se sintió especialmente feliz. Una persona que lo quiere realmente está esperando por él en una habitación que suponía sería compartida por ellos.

Bruno definitivamente podía acostumbrarse a todo eso.

Cuando regresó a la alcoba, Leone ya estaba con el cabello seco y metido en la cama.

—¿Una botella? —le preguntó mirando el objeto en las manos del menor—

—Creí que sería más útil así —caminó hasta el lado desocupado de la cama, dejó la botella sobre la mesita de noche y se metió bajo las sábanas—.

—Buena idea —asintió—, así mi agua no se llenará de polvo por la noche.

Bruno apagó la luz y ambos se acomodaron, cubriéndose con las mantas hasta los hombros.

—Buenas noches, Leone —susurró Bruno, tras acercar su cuerpo unos centímetros al del otro—.

—Buenas noches, Bruno —Leone dijo, acercándose para besar la mejilla izquierda del menor—.

Bruno sonrió en la penumbra y, con algo de nerviosismo, tomó una de las manos del mayor y la abrazó entre las suyas, luego la llevó hasta su pecho, suspiró emocionado y con cansancio, pocos minutos después se durmió.

Abrió los ojos tras sentir caricias en su cintura, seguido de besos por todo el rostro, encontrándose con Leone sonriéndole como cada mañana desde hace un año.

—Buen día, amore —saludó con su barítono rasposo inconfundible de la mañana— ¿Dormiste bien?

—Uh… si, caro —acercó su rostro al del otro, apartó con una mano los largos mechones de cabello índigo, y lo besó en ambas mejillas, luego en los labios— ¿Qué tal tú?

—Excelente —sonrió triunfante—, como cada noche que duermo a tu lado.

Bruno sonrió y le dio un dulce beso en uno de los hombros desnudos al mayor. Le hacía tan feliz escuchar que hacía feliz a Leone.

—¿Quieres el desayuno en el comedor o en la cama? —el mayor preguntó—

—En el comedor está bien —respondió, revolviéndose entre las sábanas— ¿necesitas ayuda?

—No es necesario, te llamaré cuando esté listo —le dio un beso rápido en la frente, luego se levantó de la cama, mostrando su cuerpo desnudo—. Descansa mientras.

—B-bien…

Bruno tomó las sábanas y se cubrió hasta debajo de los ojos, mientras miraba descaradamente el trasero desnudo de Leone, mientras éste buscaba su ropa interior en el desastre de ropa que dejaron la noche anterior. Si era sincero, le encantaban el trasero y piernas del mayor, aunque su torso tampoco se quedaba atrás. Si, Leone le encantaba de pies a cabeza.

Bruno Buccellati estaba perdidamente enamorado de Leone Abbacchio.

Notes:

¡Hola, mis personas hermosas!

¿Ya me extrañaban? A que si :'u

Como había dicho, éste fic tiene para rato 😂 Así que traigo mi ofrenda de confort ;v;

Espero que estén bien, guardaditos en sus casas sobrellevando toda la mierda que nos rodea 💖

Los amo, gracias por leerme 💜🖤

Rashi✨

Notes:

Espero que les haya gustado, nos leemos en el siguiente capítulo.

Rashi ✨