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Patroclo no recordaba el motivo por el que viajó por primera vez a la isla, aquella donde aprendió a hacer surf, y donde vio por primera vez el sol.
El sol tenía cara de niño, más que la suya propia, llevaba el pelo suelto y húmedo, rubio quemado por sol, amarillo, como sus rayos. Y sus ojos eran claros, aunque desde la orilla de la playa no podía distinguir el color exacto.
Tampoco pudo cuando el chico llegó a la orilla con su tabla de surf pues muchos chicos, y algunos adultos, se acercaron y le rodearon, llenando su alrededor de afecto y halagos, algo que él nunca había tenido. Y el Patroclo de diez años sintió envidia, pero no pudo dejar de mirarlo durante todas aquellas vacaciones.
Lo más cerca que estuvo de él fue cuando se cayó cogiendo una ola, y derribó también al chico. Patroclo esperaba una mirada de odio, pero sin embargo se encontró con una sonrisa y una mano que le ayudaron a subirse a su tabla de nuevo. Entonces su corazón comenzó a latir muy fuerte, y le dio mucha más rabia que aquel chico perfecto que competía con el sol fuera, además, amable.
Los primeros meses después de regresar a Grecia, su hogar, fueron horribles, pues no paraba de pensar en él, pero conforme pasaron los años se fue olvidando, hasta que recibió la noticia, el verano de sus dieciséis años volvía a la isla, y esta vez él sólo. Fue entonces cuando volvió a acordarse de su sonrisa perfecta, su piel bronceada, sus ojos verdes y su pelo del color del sol.
Y entonces, Patroclo, por primera vez en su vida, tuvo miedo de reencontrarse con el sol.
