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Correr por el bosque mal herido no era una buena forma de escapar de ellos, sin embargo esa parecía ser la única forma de salir de vida.
—Aguanta —gimió su amado, con sus hermosos ojos avellana envueltos en lágrimas, con sus pómulos enrojecidos y sus labios amoratados—. ¡No sueltes mi mano!
No lo haría. Sostendría esa mano hasta que diera su último suspiro, pero estaba cansado, necesitaba detenerse un segundo e impulsar sus energías restantes a seguir adelante, pero cuando escucho a los guardias tan cerca de ellos no pudo hacer nada más que ignorar el dolor agudo, y obligar a sus pies a caminar aun cuando estos se negaban a continuar.
Siguió corriendo lo poco que sus piernas podían soportar. Siguió agarrando fuertemente a su amado mientras su mano libre tomaba la espada de su costado pensando que en cualquier momento podría necesitarla. Habían sufrido tanto... Y ahora eran perseguidos por crímenes inauditos de los que no eran culpables... Por lo menos, él no podía sentirse culpable por amar a quien amaba. Que regla tan estúpida.
—¡Por favor! —gimió su amado—. No me sueltes.
Sin embargo por más que tratara de continuar pronto sus piernas sucumbieron. Cayo en el suelo haciendo que su amado tensara su agarre y girase a mirarlo, con esos ojos preocupados, con esa sangre escurriendo de algún lado de su cuerpo cabelludo.
—¡Levántate! —exigió con un gemido—. ¡Por favor, por favor!.
—No puedo... —confeso, apartando su espada y revelando la herida que anteriormente algún guardia le había dado de manera acertada en el puente mientras escapaban, su amante contuvo un suspiro en agonía y de manera inmediata aterrizo sus rodillas cerca de él, mirando con horror la herida. No estuvo en sus planes confesarle de su lesión, pero había llegado a ese punto de colapso, de derrumbe que estaba fuera de sus límites—. Prometí protegerte incluso si de eso dependía mi vida.
Su amante negó con la cabeza, hizo una mueca en los labios que de haber sido en otro momento le habría hecho sonreír, posteriormente su amado poso sus fríos dedos en su mentón, acariciando su barba de días como lo habría hecho siempre.
—Aún hay tiempo —exclamo al borde del verdadero llanto, fijando sus ojos sobre los suyos en modo de súplica—. Puedo llevarte sobre mis hombros, podemos salir de esto solo...
Negó con la cabeza, y regreso ambas manos a las de su amado, acaricio los nudillos y recordó lo maravillosos que se sentían cuando sus labios los besaban y eso hizo, acerco ambas manos hasta su boca y deposito sobre ellas un beso lento, mientras que su oído atento escuchaba los caballos acercarse más, no tardarían en llegar hasta donde estaban y él sabía lo que les deparaba.
—He amado cada parte de tu cuerpo, besado cada lunar, adorado toda tu alma... —su amado sollozo—. Quizás es hora que nos separemos. No puedo permitir que mueras por mi culpa.
—¡No digas estupideces! —grito en desesperación.
—Y tú no seas testarudo —exclamo frunciendo el ceño ligeramente—. Por favor... No puedo soportar una imagen así.
—Y yo no puedo vivir sin ti —confeso.
El silencio no se presentó, el ruido del propio bosque, de los caballos acercándose, del inminente peligro y los sollozos de su amado eran suficientes para que ese lapso no tuviera la suficiente mudez para hacerlo pensar.
Y entonces recordó lo que los viejos sabios le habían dicho una vez, si dos almas estaban destinadas a amarse seguirían encontrándose durante todos sus ciclos de vida y si eso era cierto o no, él quería intentarlo. Miro con fijamente los cabellos de su amado deslumbrar bajo la suave luz lunar.
—Los dioses fueron los que me bendijeron con tu presencia —dijo llamando la atención de su amado—. Si son amables con nosotros podremos encontrarnos en otra vida, una donde nuestros sentimientos sean tolerados y nuestro dolor recompensado. En la próxima vida te amaré tanto o más que ahora, pero nunca, nunca te olvidare.
Su amado volvió a acariciar su rostro justo cuando los caballeros terminaron de acercarse y rodearlos, pero el miedo del que habían sido prisioneros dejo de existir y entonces fue como si solo fueran ellos dos y el pacto que se estaban haciendo.
—Con la luna de testigo... —murmuro ignorando el afilado sonido de las espadas al chocar con los cinturones de sus dueños—. Juro que te amaré en la próxima vida —su amado dijo compasivo y sincero, depositando así un beso en los labios de él, el último beso de esa vida.
