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Aftertaste

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Por primera vez, decidió no fumar camino a casa.

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—Volvamos a casa juntos, Arataka. —

Las palabras de su amigo lo tomaron por sorpresa, haciendo que apriete la cajetilla de cigarros que estaba por sacar de su bolsillo.

Se dio la vuelta y dirigió su confusa mirada hacia el azabache, quien quedó silencioso esperando una respuesta.

—¿Es… en serio, Mob? —

Los puños de éste se aferraron a su uniforme, rompiendo el contacto visual por parte de ambos. Quizás no debería haber dicho nada, quizás lo estaba molestando.

—Es en serio, pero si no te apetece comprendo. Sólo creí que sería mejor que volver solos, es todo.—

Inevitablemente, una leve sonrisa se formó en el rostro del rubio. Trató de ocultarla lo mejor que pudo, más Shigeo era un joven observador; especialmente si se trataba de aquellas personas que le importaban. Arataka tomó su bolso y se dirigió hacia la puerta del aula, deteniéndose en la salida.

—Bueno, ¿No vienes? —

Las mejillas de Mob se tiñeron de un suave color bermellón.

—Espera, —

El más alto se volteó sólo para encontrarse a Shigeo escarbando entre su bolso, sacando un termo con estampado de vaca. Usualmente eso le hubiera causado vergüenza ajena, pero viniendo de él era diferente. Desde hace un tiempo sus sentimientos hacia Mob se habían tornado más amables que con el resto de gente, había empezado a preocuparse más por él, lo cual iba de la mano con una extraña necesidad de protegerlo.

—Disculpa, vamos. —

Le dedicó una mirada llena de ternura a Shigeo y partieron su camino. Por un instante, agradeció el estar solos.

Fue un recorrido silencioso hasta salir del establecimiento, casi como si no quisieran que la intimidad de su amistad fuera evidente para el resto de personas que aún se encontraban dentro. Y ese hecho hacía que en la cabeza de Arataka revolotearan cientos de preguntas y escenarios; ¿Qué es lo que Mob quería conseguir de esto? ¿Acaso era una táctica para hacerlo hablar con su hermano y resolver sus problemas? ¿O sería acaso que genuinamente quería pasar el tiempo con él? Fuera como fuera, sus pensamientos se vieron interrumpidos por la dulce voz del azabache.

—¿Pasa algo, Arataka? —

Los oscuros ojos del esper se encontraron con los del rubio y pudo notar la mano de éste en su bolsillo.

—Puedes hacerlo si quieres, no me molesta. —

Mentía. Trataba de tolerarlo por él, pero simplemente no podía; el aroma a tabaco lo ponía enfermo, tanto así que su pálida tez se aclaraba un par de tonos más, su estómago se revolvía y su rostro lucía una inconfundible expresión de desagrado.

Arataka sabía esto, y por eso aprendió a controlarse cerca de Shigeo.

—Puedo esperar a que nos separemos, Mob. —

Estuvo a punto de continuar hablando, más las palabras no salían. Para cualquier otra persona ver a alguien como él, quien siempre se había caracterizado por ser un chico hablador y persuasivo guardar silencio en la presencia del esper, le resultaría extraño. Más toda esa fachada que ponía para ahuyentar sus inseguridades se desmoronaba frente a Mob. Con él podía ser genuino, demostrar su afecto, aunque fuera de las formas más torpes y sutiles posibles. Era su primer amigo, la primera persona que lo aceptaba por quién era y no por quién decía ser.

Y siempre apreciaría eso.

Giró su cabeza hacia su izquierda, su corazón acelerándose y los nervios aumentando. Tragó saliva y acercó su mano a la de Shigeo, rozándolas sutilmente. Frunció el ceño y su rostro se enrojeció, tratando de tragarse la vergüenza. El inesperado contacto sobresaltó al esper, quien se detuvo por un momento.

Arataka se percató y se detuvo también, apartando su mano. No debió hacer eso, seguramente fue extraño y lo asustó. Como siempre, acababa ahuyentando a toda la gente que llegaba a importarle.

Su hilo de pensamientos se rompió al sentir la mano del azabache junto a la suya, tomándola suavemente. Sintió el palpitar de su corazón en su pecho como estacas clavándose en éste. Levantó la vista sólo para encontrarse con los oscuros ojos de Mob fijados en él y su rostro tan enrojecido como el suyo.

Sólo una mirada fue suficiente como para saber que los dos sentían exactamente lo mismo en esos momentos. No hicieron falta palabras, no hicieron falta confesiones, no hizo falta nada más que la compañía mutua para saber que aquellos sentimientos reprimidos todo ese tiempo fueron correspondidos y que los dos habían esperado ese momento por bastante tiempo.

Entrelazaron sus dedos y Arataka sujetó firmemente la mano de Shigeo, dedicándole una sonrisa e invitándolo a continuar su camino.

—Arataka, ¿Quieres? —

Se mostró un tanto confundido al principio, pero luego su vista se fue hacia el termo que Mob aún tenía en su mano.

—Oh, no hace falta, es tuya y no quiero- —

—Pero quiero que la compartamos, Taka—

La interrupción del azabache no hizo más que enternecerlo.

—Está bien, gracias. —

Tomó el recipiente con su mano libre y lo observó por un momento, finalmente llevándolo a su boca y tomando un sorbo. Era leche, aún estaba tibia y era demasiado dulce para su gusto; pero en ese momento no le importó. Relamió sus labios, el dulce sabor quedó en su boca tal como la dulce imagen de Mob se quedó plasmada en su memoria.

Antes de que se diera cuenta, habían llegado al lugar donde se debían separar.

Le devolvió el termo a Shigeo, aún sin soltar su mano. Estaban cara a cara, y Arataka no pudo evitar quedar ensimismado viéndolo. La impertérrita expresión en el rostro de Mob, en algún momento del recorrido, cambió a una gentil que sabía sólo le dedicaba a aquellos importantes para él. Y el hecho de saber eso, lo ponía más feliz que nada.

—Supongo que ya es hora… Hasta mañana, Taka. —

A pesar de las palabras que acababan de salir de su boca, el azabache apretó la mano del rubio, no con suficiente fuerza para lastimarlo, pero con la suficiente para hacerle saber que no quería dejarlo ir.

Arataka subió su mano derecha por el rostro de Shigeo, acariciándolo con ternura y despejando los oscuros cabellos de su frente para dejarla expuesta. Cerró los ojos y posicionó un suave y gentil beso en esta. Los tonos anaranjados del atardecer bañaron sus figuras y se mezclaron con el cabello del más alto, como si fueran uno y, finalmente, sus manos se separaron y se dedicaron una última mirada. El rostro de ambos estaba teñido de rojo, pero esta vez ninguno de los dos se esforzó en ocultarlo; ya no tenían por qué hacerlo.

—Hasta mañana, Mob. —

Le sonrió una última vez y se volteó para seguir su camino.

Metió su mano nuevamente a sus bolsillos, quedando con una sensación de vacío, más no de tristeza. Tocó la cajetilla de cigarros que tenía guardada.

Su boca seguía con el dulce sabor que dejó la leche.

Por primera vez, decidió no fumar camino a casa.