Work Text:
Al abrir los ojos lo primero que notó Xie Lian fue que no estaba en el Templo Puji, mucho menos en Paradise Manor. El lugar en el que se encontraba parecía viejo, abandonado, nada parecido a los lugares que conocía.
Su primer pensamiento fue que alguien pudo secuestrarlo mientras dormía, pero era poco probable. Hua Cheng no permitiría que pasara algo como eso. La otra posibilidad era que él hubiera ido a ese lugar, ¿pero cómo podría olvidarlo en ese caso? Xie Lian llevó una de sus manos hacia su rostro esperando poder usar la interfaz de comunicación, pero se sorprendió al sentir una estructura sólida cubriendo su rostro.
Una máscara.
Pero no era cualquier máscara. Xie Lian estaba familiarizado con la que ahora estaba portando. La máscara que sonreía y lloraba a la vez. Sentirla contra su piel nuevamente hizo que se tensara, ¿por qué estaba ahí? ¿qué estaba sucediendo? Sus pensamientos se vieron callados por el sonido de la puerta al abrirse.
La figura que entró a la habitación vestía de negro, una máscara sonriente cubriendo su rostro.
—Su Alteza.
Apenas entró, el fantasma se arrodilló frente a él, la cabeza mirando hacia el suelo. Eso era lo último que Xie Lian necesitaba para entender lo que estaba sucediendo.
No se trataba de un sueño, ¿pero qué era entonces? ¿Había viajado al pasado? ¿o acaso toda su vida hasta el momento había sido un simple sueño? Hua Cheng, la segunda ascensión, Shi Qing Xuan, la identidad de la calamidad blanca… ¿era posible que fuera todo el sueño de un dios en desgracia?
—¿Wu Ming? —llamó inseguro, como si su boca no se acostumbrara a ese nombre.
El fantasma se levantó lentamente, parecía preparado para cumplir cualquier tipo de petición.
—¿Sí, Su Alteza? —apenas lo dijo pareció que el fantasma se había percatado de algo, regresando de nuevo a su postura sobre las rodillas—. Lo siento, Señor, ¿quería saber algo?
Que el título por el que lo llamó cambiara así hizo que Xie Lian se sintiera culpable. Recordaba eso. Tal vez no con demasiada claridad, pero sabía bien dónde estaban.
—¿Dónde estamos? ¿por cuánto tiempo dormí?
Las preguntas parecieron tomar a Wu Ming desprevenido tanto como la falta de autoridad en su voz.
—Apenas ayer fuimos a Yong An, Su Alteza quiso venir a la bahía de Lang-Er, donde estamos ahora. Dijo que quería hacer algo, pero que quería descansar primero. Apenas salió el sol y vine a despertarlo como me indicó, Señor.
Xie Lian casi se sintió tentado de pedirle que se levantara y dejara de llamarlo de ese modo. Que se quitara la máscara y se olvidara de todo. No había forma en que esos ochocientos años fueran sólo el producto de un sueño, por lo que tal vez el universo sólo le estaba dando la oportunidad de redimirse, justo en uno de los momentos que más se culpaba de su vida.
Había tratado tan mal a Hua Cheng en aquella época, cuando se sentía tan perdido.
Nunca imaginó que llegaría el momento en donde pudiera revivirlo todo. Una oportunidad para cambiar lo que fue por lo que pudo haber sido.
—Wu Ming… quítate la máscara.
El fantasma se estremeció ante la petición.
—Mi rostro no es agradable —trató de explicar—. ¿O es una orden?
Esa pregunta sólo lo hizo sentir aún más culpable de sus acciones en el pasado.
Había estado tan frustrado, sólo había usado a “Wu Ming” como un objetivo para descargar su energía, y cuando se sacrificó para comenzar lo que él mismo había iniciado se sintió tan culpable… Su segundo grillete maldito se había formado por su arrepentimiento.
Ahora podía corregir ese error.
—Sí. Lo es. Es una orden.
Tras decirlo el fantasma no dudó en quitarse la máscara del rostro, aunque aún miraba hacia el suelo. Una pupila roja lo recibió en donde Hua Cheng ponía su parche. (¿o sería más adecuado decir que era en donde lo pondría?).
Imitando la acción del otro, Xie Lian arrancó la máscara de su rostro y la tiró descuidadamente detrás de él. No quería volver a ver a esa cosa. Se sentó en la cama de nuevo y le hizo un gesto al fantasma para que se levantara. Ahora sin las máscaras cubriéndolos se sentía un ambiente diferente cuando se veían.
Menos incómodo, más adecuado.
—¿No es mejor así? —sonrió.
Pero dejó de hacerlo al ver la seria y profunda expresión que enmarcaba el rostro de Wu Ming.
Sin duda el repentino cambio en personalidad debería ser algo extraño para él. Incluso Ruoye, que estaba envuelto en su mano, parecía sorprendido y extrañado de las acciones tranquilas y ligeramente animadas de Xie Lian. Ya no había resentimiento u odio, tampoco el fuerte deseo de convertirse en una calamidad y hundir en la eterna desesperación a otro reino.
Sólo había ochocientos años de recuerdos que parecían no haber existido. Ochocientos años en donde sufrió, pero también encontró la felicidad, e incluso ahora esa persona que le hizo comenzar a perdonarse estaba postrado frente a él.
—San-Wu Ming —se corrigió—. Puedes estar tranquilo a mi alrededor, también llamarme como lo prefieras. Ya no quiero vengarme de Yong An, pero agradezco que hayas estado dispuesto a ayudarme.
—Su Alteza…
—Debí haber insistido antes —razonó a sabiendas de la confusión en el fantasma—. Tu nombre como mortal… ¿crees que podría tratar de adivinarlo?
Estaba claro que el fantasma no sabía qué responder, pero al ver la sonrisa en el rostro del contrario, una expresión relajada muy distinta a la que había esperado ver tras la máscara, asintió.
—Hong-Er.
Cuando el nombre salió de sus labios la expresión de Wu Ming cambió de confusión a sorpresa, incluso creía ver miedo reflejado en su rostro. Una pregunta clara en su mente que no necesitó ser formulada para que Xie Lian entendiera.
—Eras el soldado que me acompañó esa vez, ¿no? Con las flores demonio —recordó. Una incómoda sonrisa en su rostro mientras recordaba el momento—. También fuiste al niño que salvé de caer… ¿cuántos años han pasado de eso? ¿Cinco? ¿Seis? —no parecían muchos cuando los comparaba con los ochocientos que recordaba—. También fuiste ese fuego fantasma que trató de ayudarme.
El otro parecía no conseguir entender lo que estaba diciendo, como si estuviera dentro de un sueño. Algo gracioso considerando que era Xie Lian quien acababa de despertar de uno, para tranquilizar al otro decidió colocar una de sus manos en la mejilla del otro. Pasó su pulgar por la piel debajo del ojo de color rojo, sintiéndose algo nervioso ante el estremecimiento del otro.
—¿Su Alteza? —cuestionó, no era capaz de moverse en su situación.
—Siempre me gustó tu rostro. También lo dijiste la primera vez que te vi, que era feo —se acercó un poco más para poder verlo mejor—. Pero a mí me parece hermoso.
Hua Cheng casi parecía estar al borde de colapsar mientras escuchaba esas palabras.
Ver esa faceta en él casi lo hizo sonreír. Sólo era un adolescente todavía. Él también había cambiado demasiado en esos ochocientos años, incluso si no había regresado a la vida. Ya no era tan temerario, no era una calamidad, sólo un fantasma que seguía lealmente a la única persona en la que creía.
—Tuve un sueño muy raro, ¿sabes? Soñé que era un dios de nuevo y tú eras una calamidad. Mi único y más leal seguidor —Xie Lian sonrió de nuevo—. Estábamos juntos, pero muchas cosas pasaron antes de eso.
Hong-Er no parecía entender.
Como ya no era una calamidad no tenía sentido usar el nombre que se había puesto esos años. "Wu Ming" tampoco era una opción, y tal vez podría ser demasiado pronto para empezar a llamarlo San Lang, aunque podría ser difícil dejar de llamarlo así.
Muchos años. Muchos nombres. Y aún así, siempre sería la misma persona.
—Hong-Er, yo creí que quería vengarme, pero entonces descubrí que no era cierto —comenzó a explicar, aunque más bien parecía que sólo le estaba contando su sueño—. Parecía que era tarde para arrepentirme, pero tú lo lograste, San Lang. Después de eso vagué por otros ochocientos años en la tierra. Muchas cosas pasaron antes de mi tercera ascensión. ¿Te gustaría escucharlas?
Hong-Er estuvo por asentir, pero entonces un recuerdo pareció detenerlo.
—Pero en tres días dijiste que... Yong An y...
Xie Lian negó con la cabeza.
—Eso no importa ahora.
Como si esa frase hubiera sido lo único que necesitaba, los hombros de Hong-Er se relajaron un poco, el atisbo de una sonrisa se reflejó en su rostro mientras esta vez asentía con algo de determinación.
—Me gustaría escuchar el sueño de Su Alteza.
—Llámame "Gege".
