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Por las noches, cuando la luna no aparece en el cielo, Jyushi siente más temor y más dolor, los recuerdos de los tiempos en que fue agredido regresan para atormentarlo y sólo puede sentirse protegido cuando abraza su preciado peluche... Aunque eso no impide que la lleve a todas partes sin importar la hora del día.
Esa tarde-noche, tras una larga jornada de diversión en varios sitios de Shibuya, se vio obligado a regresar solo a casa pues Hitoya fue requerido de emergencia por uno de sus mejores clientes, residente de Shinjuku; ninguno consideró que sería mala idea, excepto porque, a ojos de criminales, él joven luce como alguien a quien vale la pena intentar robar; de hecho, no están equivocados, es muy sencillo arrebatar de sus manos la mochila cruzada pues, para no arruinar su cuidada vestimenta, optó por llevarla en las manos y no sobre sí. Apenas un tirón es suficiente para que la cinta se deslice por sus dedos y, a causa de la fuerza aplicada, él caiga al suelo dramáticamente, lanzando un grito para llamar la atención de quien sea.
A unos metros, Dice juguetea con el par de dados que le han dado una victoria de 50 000 yenes; tan feliz va que no alcanza a distinguir lo que llama la atención de las personas a su alrededor y termina estrellándose de frente contra el par de asaltantes; naturalmente, se enoja muchísimo y ataca a los dos hombres, primero a insultos y a golpes una vez logra ponerlos en pie, tirando de su ropa para forzarlos.
— ¡¿No te fijas por donde vas, eh?! ¡¿Ni siquiera piensas disculparte?! ¿Um? ¿Qué es eso? ¿Tu peluche para dormir? -Debido a los jalones recientes, terminó abierta y revelando su contenido.
— ¡No lo toques! -Tras darles alcance, Jyushi no contiene su grito cuando mira que están por dañar a su adorada Amanda. Ya muchas veces ha presenciado cortes o quemaduras hacia la superficie afelpada que significa mucho más que simple tela para él, no ahora, no ahora que es mayor y ha logrado aprender a protegerse.- ¡Aleja tus perversas manos de mi Amanda o atente a las consecuencias de mi justicia!
— ¡¿Ah?! ¡Qué rayos...! ¿Estos son tus amigos?
— ¿Acaso tú no eres un malhechor como estos dos hombres? -Ya más cerca, imita al peliazul, ambos inclinados y extendiendo un brazo hacia el cerdito blanco. En el de Nagoya, la flamante ropa negra con toques dorados oculta las heridas que quedaron como eterno recordatorio de lo que una vez fue su propio infierno.- ¿Entonces...?
— ¡Una mierda alguien así sería mi amigo! Oye... ¡No soy ningún malhechor... ! Bu-bueno... es cierto que a veces pido dinero prestado y lo devuelvo mucho tiempo después... ¡Pero eso no me convierte en un delincuente! -Dice luce ofendido. Desde que está con Fling Posse, ha procurado mejorar su comportamiento, sobre todo tras el incidente con los hermanos Tobari, cuida mucho los sitios donde apuesta y las personas de quiénes acepta trabajo.
— Entonces... ¡Tenemos un héroe! ¡El salvador del gran Aimono Jyushi y de Amanda!
En realidad, el veinteañero es sobrecogido por esa impresionante personalidad del chico cuya extravagante vestimenta empata perfectamente con su conducta. Normalmente, alguien así le daría pereza o sería molesto, como el asalariado que se disculpa sin parar o el host molesto con su habladuría que es pura adulación... Hay algo que le gusta de ese extraño. En su cabello bicolor demasiado bonito, en sus ojos que alcanzó a ver bien gracias a los movimientos agitados de unos momentos antes, aunque ahora el derecho está oculto.
No es una persona romántica ni muy expresiva cuando se trata de sentimientos, no por nada falló su relación con Rio, mas es capaz de identificar cuando alguien le está causando esa clase de interés. Así que... ¿Por qué no usar un poco el que ese chico lo vea como un héroe?
— ¿Y cuál es mi pago? -Mala elección de palabras, debería seguir los consejos de Gentaro y aprender un vocabulario más extenso, para sonar mejor en ciertas ocasiones.
— Uh...
La policía se hace presente para llevarse a los ladrones, no son del mismo porte que los de Yokohama, donde impera el crimen, pero son rápidos y muy efectivos. Inevitablemente, piden la colaboración de ambos como testigos, así que son llevados a una estación de policía también. No es un proceso demasiado largo ni engorroso, únicamente es requerida su declaración y algunas preguntas extra, sólo para confirmar que todo está en orden y el delito no se concretó; a Jyushi, que solo le importa Amanda, no le preocupa ya nada más, apenas revisa la mochila sin al menos verificar cuidadosamente que sus otras pertenencias están ahí; Dice ni siquiera sabe que decir, sólo relata todo desde su perspectiva, con muchos menos detalles de los esperados. Para su fortuna, el par de rateros lleva tiempo delinquiendo en la zona, así que consiguen dejarlos encarcelados, asegurando que pagarán una condena justa.
Los dos chicos salen juntos, afuera ya está mucho más oscuro y el aire es más frío que antes, nada de extrañar estando en pleno otoño. Dice siente un escalofrío pues ya se había habituado a la calefacción artificial de la estación. Jyushi no tarda en notarlo, es bastante perceptivo respecto a lo que están experimentando los demás, gracias a sus propias heridas y desazones, hace todo lo posible por ahorrarlas a otros.
— ¡El premio que merece un salvador! -Diciendo eso, extiende una de las chaquetas recién compradas por la tarde, una de color morado con tres líneas púrpuras cruzando por la superficie oscura. El otro la toma, feliz, más que por la prenda nueva, por de quién proviene... Aunque se decepciona al notar que no le queda tan bien como espera, incluso si es mínima, la diferencia de tallas no perdona. Igual, decide no quejarse y sólo limitarse a dejarla abierta, no quiere rechazarla ni romper esa cercanía que siente están formando. Mientras caminan, sin rumbo fijo ni intercambiar palabra alguna, el más joven se distrae mirando al cielo, admirando las estrellas extrañamente notorias pese a las luces provenientes de los edificios circundantes.
Cuando Dice lo nota, alza también la cabeza... Sin pensarlo mucho, acaban sentados en una jardinera, sin despegar los ojos del cielo y colocando sus manos una sobre otra. Jyushi tiembla ante el tacto frío, sin apartar la mano, cambiando la dirección de su vista para observar al hombre que acaba de conocer. Los pantalones rotos y llenos de polvo en las rodillas, la camisa oscura tiene ciertas rasgaduras y el cabello algo enredado... Y, sobre todo, destacando sobre lo que parecerían descuidos de imagen imperdonables, están las iris llenas de admiración por esos objetos brillantes tan distantes; iris de alguien valiente aunque su apariencia confunda...
— Oye, ¿cómo te llamas? ¿podríamos vernos después?
Avergonzado, Dice habla a la nada, como si mirar a lo lejos en el cielo lo ayudara a disimular su sonrojo.
— La siguiente vez, miraremos el cielo de Nagoya.
Jyushi, igual de avergonzado, gira su mano para quedar perfectamente ajustada a la de Dice. Podría mirar las estrellas así toda la noche.
Bueno, ya luego intercambiarán datos de contacto.
