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Summary:

Samatoki no era del tipo de persona que le gustase salir, ni mucho menos en Navidad. Ichiro lo sabía, y con más razón lo fuerza a hacerlo de todas formas. Pero, ¿para qué?

Notes:

me lleva todo lo llevable.
al principio no tenía planeado postear esto... haha.

el fic se ambienta en vísperas de navidad.

escribí esto pensando en TDD así que en TDD queda. comanme un ovario.

puede que exista ciertos momentos medios Out Of Character, but im not really sorry.

me disculpo por la semi-cochinada. sex is actually full of roses and love and written with cute words.

mucho texto pa una nota.

Work Text:

— ¿Una cita? — Fue la pregunta obvia y digna de empezar un escrito que se le ocurrió a Samatoki para preguntarle a su pareja. Estaban ambos sentados en el sofá del hogar del mayor, y la mirada de pregunta del mismo era notable.

Si bien el yakuza nunca salía de casa específicamente en fechas festivas, desde que empezó a salir con Ichiro había descubierto un montón de cosas que se hacían en el año que sólo había visto en televisión, y otras que no sabía su existencia. Podía admitir que era divertido pasar tiempo con él.

Aunque... ¿Salir en víspera de Navidad? Últimamente todo estaba repleto, y no era realmente bueno salir, debido a que la gente iba y venía y al parecer más en multitud que en otras épocas. No era que le avergonzase salir con su pareja, pero las multitudes no eran lo suyo. Además... quién sabría a qué hora volverían, o si su persona sería capaz de darle...

— ¡Ha pasado mucho desde que salimos juntos la última vez, Samatoki-san! — respondió Ichiro, levantando su emocionado tono de voz inconscientemente, cosa que notó y en seguida se calmó, a la vez que despertaba al albino de sus pensamientos. — Además, no quisiste salir para tu cumpleaños, así que esperaba que aceptaras esta vez. —

— Ah, si tú insistes... —

Fue instantáneo el momento donde el menor se levantó del sofá, no sin antes tomar de la mano a su pareja y forzándolo a pararse de igual forma. Fue entonces en que la pareja decidió salir de la casa, con uno de ellos mucho más emocionado que el otro.

 

~ ★ ~

 

Samatoki no pudo percatarse cuándo fue que llegaron a un parque de atracciones. Habían ido casi corriendo pero el azabache no se veía cansado en absoluto.

Las luces de colores que se encontraban en las máquinas y en los puestos cercanos decoraban e iluminaban cada rincón del lugar aunque estuviese todavía de día. Tal como esperaba el mayor, había bastante gente allí (en su mayoría jóvenes junto a sus parejas), distribuidos entre los juegos y la feria en sí. Ichiro se veía bastante emocionado, así que no dijo nada al respecto.

Ciertos jóvenes que pasaban cerca de ellos estaban tomados de la mano, hablando entre sí y riendo a carcajadas. Estaría mal negar que el Yamada mayor seguía siendo joven, y que deseaba estar así con el más alto algún día; pasear juntos, mostrando la pareja que son. Lo miró, solo para notar de que llevaba sus manos en los bolsillos de su chaqueta de cuero, y parecía además estar embobado con las luces de colores. Decidió no molestarlo, y esperando no irse tan lejos, avanzó un poco para ver los puestos.

Pasaron los minutos, y el distraído lo perdió de vista. Había vuelto a la realidad luego del viaje astral con las luces pero Ichiro ya no estaba al lado suyo. Al principio no quiso alterarse, y siguió caminando “tranquilamente” buscándolo con la mirada, pero no duró mucho para que empezara a correr y detenerse en cada puesto y gritar “¡Ichiro!” de vez en cuando. Ansiedad: 1, Samatoki Aohitsugi: 0.

Fue hasta que decidió observar hacia la Rueda de la Fortuna del lugar, donde pudo divisar al menor que se encontraba en la fila cabizbajo, mirando de vez en cuando hacia arriba para ver su alrededor. Ahí fue cuando pudo divisar de igual forma a su pareja, a quién llamó con una mano en alto, y este último fue corriendo hacia él para colarse en la fila junto a su lado.

— Hey — empezó el azabache, quien no recibió respuesta del contrario, y volvió a quedar en silencio y cabizbajo como antes.

Sólo oían los murmullos de la gente, el “que disfrute la atracción”, el cierre de la puerta de la cabina, y el sonido metálico de la máquina para empezar a moverse. Fue hasta ahí, donde ambos estaban sentados al lado del otro, donde el albino quiso ahora romper el silencio.

— ¿Te ocurre algo? — fue lo que atinó a preguntar. Sólo sentía curiosidad por su repentino accionar, ya que Ichiro se la pasaba pegado a él, por lo que separarse de su lado estando juntos no era muy normal que digamos.

El contrario, por otro lado, no sabía qué realmente decir. Su mirada estaba perdida en la ventana que tenía a su lado, para que el preocupado de su pareja no viera directamente la cara de vergüenza por olvidar cómo hablar.

Sabía muy bien lo terco y zopenco que podía llegar a ser Samatoki en algunas ocasiones, pero, ¿habrá alguna vez donde este pudiese comportarse más “cariñoso”, tal vez? Ni siquiera hablando en público, porque ni en privado era tan abierto con su cariño. No podía exigir mucho tampoco por la naturaleza de su relación, por supuesto; pero no sabía hasta qué punto su malestar estaba bien. ¿Fue por ver a toda esa gente siendo melosos entre ellos? ¿Fue envidia? ¿“Ojalá ser así…”?

No lo sabía, y aunque lo hiciera, no tenía intenciones de admitirlo en voz alta. No encontraba cómo, y además no iba a enfrascarse en una discusión por algo como eso.

De sorpresa, sintió una mano congelada que tomaba cuidadosamente la suya, abrazándola en la baja temperatura que tenía. Encontraba casi imposible que estuviese en ese estado, pero viniendo de Samatoki, cualquier cosa era posible. Este lo estaba mirando todavía preocupado, así que no pudo evitar voltearse a verlo al sentir su mano, que contrastaba con su cálida temperatura corporal.

— Lo siento si hay algo que haya hecho que no te agradó y no me haya dado cuenta, Ichiro. —

— Samatoki... —

Ah, imbécil. Siempre le dice que es imposible decirle que ‘no’ a su rostro, ¿acaso se ha mirado él al espejo alguna vez? Quién te entiende. Bendito el que lo haga y que pueda negar esos bellos rubíes, porque su persona ya estaba perdida en ellos.

— “san.” —

— ... ¿Qué? —

— Samatoki-san para ti. —

— ¡No empieces! — No estaba enojado, ni en lo más mínimo, y fingir no era su mejor talento. Lo dijo, pero estaba abrazando al imbécil que amaba con todo su ser. Lo dijo, pero el “te amo” en susurro que le dijo no pudo hacerlo más silencioso.

El abrazo fue correspondido sin dudarlo, y a su vez el “yo también te amo” no se demoró en escucharse. Mas el abrazo no duró demasiado, pues el de ojos distintos levantó su cabeza únicamente para besar a su pareja, quien no le negó. Sin separarse, había logrado que el albino quedase contra la pared que este tenía a su lado, y sus manos ahora acariciaban el torso del mayor sobre su polera. Todo fue impulsado solamente por la falta de cariño que el azabache sentía.

I-Ichiro... — Parte de la presión que estaba ejerciendo el nombrado hizo que el contrario sintiese una molestia en la nalga, por algo que tenía en su bolsillo trasero. Se detuvo al sentir la incomodidad del otro al llamarlo, y dejó que el otro se reincorporara. — Siempre podemos seguir en... —

— ¿Y Nemu? —

— No volverá hasta mañana para almorzar, te lo había dicho. — respondió Samatoki de mala gana por haber sido interrumpido. Pero antes que pudiese decir algo más, el menor volvió a tomar la palabra.

— Aunque no te veías incómodo por mí... — Dudó la palabra del contrario, notando la real molestia. — ¿Y eso? —

El pánico que le dio a Samatoki porque el contrario pudo divisar la pequeña cajita mucho antes de poder entregársela era indescriptible para cualquiera, pero no para este narrador. Su seño se ablandó y sus pálidas mejillas se coloraron, dejándolo como un bobo. Dijo que no era nada, en un fallido intento de ocultarlo; pero ni tú, ni yo, ni Ichiro, somos tontos.

El menor empezó a juguetear con su pareja en pánico hasta que logró alcanzar la cajita, que era tan roja como su ojo izquierdo. Con una ceja el alto, preguntó el origen de lo que ahora se encontraba en sus manos.

— ¿Es para mí? — el contrario solamente asintió a la pregunta, turnando la mirada entre el regalo y el rostro del menor. Este entonces, volvió a entregarle el regalo, en señal que quería que su pareja estuviese de acuerdo con mostrárselo. — ¿Puedo ver? —

Después de un suspiro largo, accedió a hacerlo. Abrió la caja que a este punto la curiosidad era enorme, que descubriría un pequeño anillo plateado y liso, con la fecha de cuando empezaron a salir grabada en el interior. Ahora el asombrado era el azabache, sin duda, quien había tomado la pequeña joya para verla de cerca. Sus ojos brillaban de emoción, y eso alivió demasiado a Samatoki, aunque todavía tenía un pero.

— Realmente espero te guste... y que te quede. — Los ojos brillantes de su pareja lo miraron con curiosidad por lo dicho. — Encargué un par y no dejaban de hablar de lo “suertuda” que era mi “novia”, y me miraron extraño cuando les dije que ambos debían tener la misma medida... — Hablaba de manera rápida, rascándose la mejilla con su mano derecha, donde había un anillo igual que el que Ichiro había recibido pero en su dedo anular. Los nervios eran más que notorios, y la velocidad de sus oraciones descendía considerablemente. — Y no... sé si me habrán hecho caso... y quiero disculparme si eso ocurre... al menos puede estar en tu meñique... o usarlo de collar... U-uh... —

Samatoki estuvo todo el tiempo mirando a cualquier lado menos a su novio mientras hablaba, y el simple hecho de escucharlo reírse fue suficiente para mirarlo inmediatamente, con un rostro que irradiaba felicidad y satisfacción, mientras señalaba el anular de su mano derecha, mismo lugar que había visto a su pareja tenerlo puesto.

— Cabe perfecto, no te preocupes. —

Instantáneamente, el albino se abalanzó sobre él, abrazándolo con fuerza. Era débil cuando se trataba del Yamada mayor, no era parte de sus planes separarse de él.

— ... Feliz Navidad, Ichiro. — dijo, escondido en el cuello de él, mientras este le sobaba la espalda con cariño. — Si quieres... podemos seguir con lo de antes... — 

— Después, pero no dudes que haré lo mejor para hacerte sentir bien hoy. — respondió el menor, al mismo tiempo que el atardecer que se traslucía por la ventana de la cabina empezaba a desaparecer para dar lugar a la noche.

Se quedaron abrazados en esa posición, mientras los envolvía un agradable silencio. Sólo se escuchaban sus respiraciones tranquilas y uno que otro sonido de maquinaria hasta que tuvieron que bajarse.

Desde ahí, el camino de vuelta fue igual de tranquilo. En cuanto se bajaron y alejaron del lugar considerablemente, decidieron ir casi corriendo de vuelta, tomados de la mano para no dejarse atrás.

 

~ ★ ~

 

En cuanto llegaron, no pensaron dos veces en sacarse los zapatos con rapidez, para que luego el mayor se abalanzara sobre su pareja, besándolo con necesidad; beso que fue correspondido, además de abrazarlo por la cintura apegándolo a sí.

No lograron moverse significativamente mas que para que el mayor quedase pegado a la pared, a su vez de que Ichiro empezaba a morder los labios contrarios con intención de que se le permitiese profundizar el beso con su lengua en cuanto el albino abriese la boca, quién no se demoró en hacer caso. De ahí comenzó un juego de lenguas igual de necesitado; buscándose, aferrándose el uno del otro, queriendo estar imposiblemente más cerca.

Entre tanto, demostraba dominancia acariciando el torso de Samatoki sobre su polera tal como lo había hecho en la tarde y, había acomodado una de sus piernas para que pudiera rozar la entrepierna de su pareja, provocándolo pasiva-agresivamente. Los pequeños suspiros no se demoraron en aparecer entre ambos, pero eran los del más alto los más audibles.

Como nada es eterno, el aire empezaba a ser requerido, y la pareja terminó separándose del acalorado beso que sin querer había escalado a eso. Entre que calmaban su respiración, las piernas del mayor temblaban con un no tan notorio bulto en su entrepierna.

Samatoki-saaan, solamente fue un beso, — canturreó juguetón al notar lo ya descrito, provocando que el nombrado frunciera el ceño avergonzado, sumado a sus coloradas mejillas. Tal vez no era bueno seguir molestándolo. — ... ¿Puedes caminar? —

El azabache dejó que este se sujetara de sus hombros, pero sintió que así se demorarían el resto de la noche en llegar al cuarto. No era por alardear sobre su fuerza, pero en cuanto lo pensó cargó al mayor como si fuese una princesa. De vez en cuando sus músculos debían servir de algo; además, Samatoki no era exactamente fornido, sino que solamente su cara era lo realmente amenazante (y eso hasta cierto punto).

Y sintiendo el rostro colorado de la princesa escondido en su cuello, se decidió en caminar hacia el cuarto de su pareja.

— ¿No te agrada que te cargue así, Samatoki? —

— Ya, cállate. —

— Yo también te amo. —

— Imbécil. —

Ichiro solo respondió con una risita juguetona. Sabía que a Samatoki le gustaba en parte que lo tratara de esa forma, al menos cuando estaban a solas, y molestarlo siempre le era necesario (… hasta que le volaba un golpe en la cabeza). De su propia boca salió en alguna oportunidad de que “lo hacía sentir querido, o que era más que solo una cosa que sabía pelear”. Él simplemente... no sabía expresarlo bien cuando las muestras de afecto ocurrían.

Y en cierto sentido, eso le preocupaba al menor. Su única intención era hacerlo feliz y apreciado, y gracias a todo lo místico que eso era mutuo. Algún día le gustaría el saber el porqué de sus palabras.

Habían llegado al cuarto del albino, y el autodenominado fortachón dejó con cuidado a su pareja en la cama, para luego ponerse sobre él y entre sus piernas.

— Entonces... —

Se acercó al rostro del mayor juntando sus labios nuevamente, pero esta vez de una manera un poco menos invasiva e intensa. Antes que Samatoki se hubiera aferrado al cuello del menor en el beso, este último lo detuvo, sacándole la chaqueta con dificultad. En cuanto lo hizo, volvió a intentar aferrarse sin dudarlo, ahora sin que el otro le interrumpiese.

— Ichi... — No era común que fuesen tan apurados con desvestirse. Preferían, de cierta forma, el juego previo antes que la situación en sí. — ¿Sucede algo...? — Preguntó entre sus jadeos. El azabache cortó el beso, quedando a una corta distancia de su pareja.

— Tengo que ir a verlos antes de la medianoche... — Murmuró con suficiente honestidad Ichiro refiriéndose a sus hermanos, porque no era exclusivamente toda la razón, mientras discretamente subía la camiseta del yakuza para colar sus cálidas manos en ella para acariciar su torso. — Pero también quiero hacerlo, Samatoki-san... —

Para el nombrado, era demasiado adorable verlo frustrado de esa forma, aunque entendía sus razones para estarlo debido a su hermana. No le parecía la mejor idea antagonizarse con los Yamada más pequeños; después de haber ayudado a Ichiro cuando los secuestraron a ellos y a Nemu, parecían bastantes pegados a su pareja…  quizá al borde de lo excesivo. No quería dudar su palabra, porque sentía que había algo más que lo molestaba.

— Siempre puedes volver en la mañana, ¿sabes? — le entregó una leve sonrisa al angustiado, mientras tomaba el rostro ajeno por las mejillas con sus manos. — Podemos ver qué hacemos después, y descansar tranquilos por un rato. —

— Pero… —

— Tienen que serte prioridad, Ichiro, siempre puedo ir después. — le acarició las mejillas cariñosamente, queriendo que el menor supiera que entiende su angustia. — Además, no querrás que me odien, ¿verdad? — le bromeó, queriendo aligerar el aire, manteniendo su sonrisa. Su entrepierna ya no sentía tan invasiva, así que la sonrisa salió con más naturalidad.

No quiero dejarte solo,” era lo que pensaba responder, pero su boca se había desconectado de su mente y las palabras no salían con naturalidad. ¿Qué es eso de Samatoki siempre priorizando al resto? ¿Qué rayos pensará haciendo eso? Sabía que no tenía malas intenciones haciéndolo, pero podía frustrarle más de lo que quisiera. No, no quería ir, no quería dejarlo solo.

Ichiro se había quedado congelado observando el rostro contrario que estaba debajo de él. Sus ojos carmesí no hablaban igual que la curva en sus labios. ¿Y si él no le creyó su mentira de que estaba bien y por eso está así?

Solo supo abrazarlo de nuevo, con fuerza, como queriéndolo proteger de algún peligro. Tendría que aguantarlo por todo el tiempo que estuviesen juntos, porque el albino con brillantes rubíes se había vuelto tan importante para él como lo son sus hermanos. El que estaba siendo abrazado solo se quedó quieto, sintiendo el calor que su pareja le otorgaba; tampoco sentía el valor como para decirle algo.

¿Por qué no vas a ver a tus hermanos? Se te va a hacer tarde, y es peligroso andar por Yokohama por tu propia cuenta. Imbécil, no te atrases demasiado, todavía estás a tiempo de irte.

Nada pudo salir de su boca, y la sonrisa que había mostrado hace un momento ya se había esfumado. Siempre le decían que era una persona demasiado terca, pero es porque nadie ha visto al Yamada de la forma en que lo ha podido ver él.

Sin embargo, su novio habló como si hubiera podido oír sus pensamientos, correspondió con todas sus fuerzas el abrazo que éste le había dado, y volvieron a unirse en un beso apasionado, desesperado y necesitado por ambos, donde las únicas veces que se debían de separar era para respirar, desvestirse y besar otros lados que no fuesen los labios. La voz grave de Samatoki se hacía oír en el cuarto, jadeando e intentando silenciar sus gemidos por no estar realmente acostumbrado a escucharse de esa forma, a la vez que Ichiro seguía diciéndole entre risitas que estaba bien si los dejaba salir, que le gustaba oírlo porque así sabía que estaba haciendo las cosas bien. Básicamente, era como ver a unos adolescentes enamorados y en celo gracias a las alborotadas hormonas que los dos tenían. Y eso estaba bien para ellos; no lo hubieran querido de otra forma.

El mayor se sentía distinto estando junto a él, de cierta forma. Era como si no estuviese tan viejo como creía, sino que aún podía disfrutar ciertas cosas como un niño… uno que no alcanzó a siquiera serlo. Podía reír tranquilo, sentir que podía acurrucarse en alguien y que él le daría contención. Su forma de amarlo era madura, pero podía sentirse como un adolescente de nuevo al mismo tiempo. No siempre tenía que fingir que era un tipo rudo y fuerte estando a su lado; poder mostrarse débil frente a él era lo que más apreciaba.

Por el otro lado, el azabache sentía algo similar. Su pareja le transmitía la seguridad que a veces no sentía, la confianza en él que no siempre lograba encontrar, la contención que no podía encontrar cuando se sentía desamparado. Adoraba abrazarlo; aunque el yakuza fuese de piel fría, sus abrazos los consideraba los más cálidos. Lo admiraba, aún sabiendo que su gran Samatoki-sama no era de acero; ello lo hacía más humano, y el sentirse afortunado de que podía conocerlo a tal profundidad lo enamoraba más.

Se sentían protegidos, se sentían a salvo. Desde la primera vez de ambos, esos vínculos solo se intensificaron, y quizás todo les hacía más sentido.

El sentir el contraste del cuerpo helado de Samatoki con el cálido de Ichiro les era adictivo. Era como si estuviesen hechos el uno para el otro para que pudiesen regular sus temperaturas con el contrario; llegar a un equilibrio que solo podían lograr estando juntos. Lo amaban, lo adoraban; se sentían con una razón de ser.

Cuando estaban conectados, siendo uno, lo consideraban uno de los momentos más íntimos entre ambos. Sus respiraciones inevitablemente erráticas, acostumbrándose al contacto ajeno y constante que estaba sucediendo, haciéndolo del otro por un momento. Ichiro prefería hacerlo mirando el rostro de su pareja, así que el último siempre estaba acostado en su espalda, con el contrario entre sus piernas.

Es de poco esperar, pero el albino siempre se ponía emocional en ese momento de acostumbrarse al otro, pidiendo un abrazo, un beso, o quizás tomarse de las manos, siempre quedando en silencio hasta decir que estaba listo. Por algún tiempo, el menor solamente asumió que era para distraerse, pero el notar que siempre sus mejillas se humedecían por las lágrimas silenciosas que veía brotar de sus ojos, hizo que esa idea que tenía no fuese del todo correcta.

Esta vez, Samatoki preguntó si podía ver las manos del menor, a lo que él accedió. Eran un poco más grandes que las suyas, se veían más amenazantes empuñadas en comparación a las propias que aún así se veían delicadas — de pensarlo, lo hizo soltar una risita —, y su anillo hacía que esas manos se viesen distintas, tal vez mejores. Su mano ahora tenía una pieza de él, pero llamarle “suya” no le parecía del todo correcto.

— ¿Te gusta? — le preguntó al azabache sin pensarlo.

— ¿Hm? Claro que sí. —

— ¿En qué piensas cuando lo ves? — volvió a preguntar, entrelazando sus dedos con los del contrario, al mismo tiempo que su mirada subía hacia aquellos ojos bicolor.

— En que estoy junto a ti, y que de alguna forma, — empezó, pero se interrumpió para besar las heladas manos de su pareja, seguido de agacharse y besar cariñosamente su frente — siempre voy a tenerte cerca… Samatoki-san, ¿sucede algo…? —

La pregunta salió en un tono preocupado, contenido desde la primera vez que lo vio llorar. Aquellas lágrimas salían tan silenciosas como las otras veces, pero ahora los ojos del albino se veían más tristes. Ichiro soltó el agarre con su diestra, subiéndola hasta la mejilla del mayor, empezando a acariciarla afectuosamente.

— Eres mucho más de lo que merezco. — su tono de voz era serio, mas no uno sin sentimientos como solía hablar, era todo lo contrario. Apoyó su rostro en aquella cálida mano que estaba ahora sobre él, sintiéndose cómodo ante el tacto sin importarle demasiado la textura del anillo. Sus lágrimas seguían cayendo en silencio. — Tengo miedo de perderte por no saber cuidarte… que te arrepientas de mí. Me asusta lo feliz que soy contigo, Ichiro… —

Cerró sus ojos cuando terminó de responder, sintiendo solamente la mano de Ichiro en su mejilla. No duró demasiado, pues los volvió a abrir al sentir al menor sollozar; era imposible evitar que fuese más ruidoso al momento de llorar. El agarre que aún existía entre la diestra de Samatoki y la zurda de Ichiro se había hecho más apretado gracias al segundo.

Y-Yo también tengo miedo. Te amo d… demasiado, Samatoki... Con t-todo mi corazón... —

Los sollozos no dejaban que hablara seguido, cosa que su pareja sabía bien. Soltó la mano que aún sostenía, y abrió sus brazos en señal que podía abrazarlo. No necesitó decirlo, pues el azabache lo abrazó sin dudar, con cuidado de no moverse demasiado. Sus sollozos fueron calmándose al sentirse acojido en los brazos de su pareja.

— Yo también te amo, llorón. — no pudo evitar bromear, soltando una risita a la vez que acariciaba la espalda ajena. — Puedes moverte cuando te sientas mejor… ya estoy listo. —

Fue solamente un momento en el que el aludido tenía oculto su rostro en el cuello del mayor. Levantó su cabeza para quedarse mirándolo a los ojos, aún abrazado a él. En cuanto le dio un casto beso en los labios, no se demoró en hacer que el de los ojos rojizos empezara a jadear y hacer que más sonidos obscenos saliesen de sus labios, escuchando su nombre de vez en cuando al momento de golpear una parte especial dentro de su pareja entre aquellos sonidos. Oírlo era, como había leído en algunos mangas, música para sus oídos.

Su pareja estaba aferrada como nunca a él, escondiendo lo menos posible lo que el menor le hacía sentir. Podría decirse que, ya no ganaba nada ocultando su amor por Ichiro, hasta incluso de él; de la misma persona que ahora mismo lo hacía sentir en la nubes.

— Samatoki-san, por favor, sé egoísta conmigo alguna vez. ¿Qué quieres tú en realidad hacer? —

 

~ ★ ~

 

— Vas… a tener que ir en la mañana… — le hizo saber al azabache en un tono que no podía ocultar la culpa que sentía al momento de ver la hora en su celular. — Lo siento. —

— Me parece bien, así que no te disculpes. — canturreó tranquilo el menor, acomodando su cabeza en el pecho desnudo de su pareja, mientras le acariciaba la cintura como forma de aprovechar que sus brazos rodeaban ésta. — Además, me gusta estar así contigo. —

Bueno, si él estaba bien con eso, ¿quién era para reclamar? También le gustaba estar abrazado a su pareja. Aunque, recordó la forma de actuar del azabache el día anterior. Estaba raro, sí, y no supo realmente que le había pasado. No sería mal momento para preguntar, ¿no…?

— ¿Ichiro? —

— Dime. —

— Sobre ayer… — se reincorporó en la cama, haciendo que Ichiro también se sentara. — ¿Puedo preguntarte qué paso? —

Las mejillas del cuestionado se empezaron a colorar de la vergüenza de recordar su actitud casi mimada que tenía el día de ayer. Honestamente, no estaba listo para hablar de eso, pero la cara de preocupación del yakuza era más fuerte que sus ganas de no hablar. ¿Ya mencioné que no podía decirle “no” a esos rubíes?

— Estaba… celoso. ¡No de alguien en específico! — Tuvo que agregar lo último al ver la cara de preocupación/nervios/¿hice algo mal? de Samatoki. — Solo… vi a todas esas parejas siendo tan melosas y abiertas con lo que tienen… que pensé que tú no eras así, o no querías… ya sabes… —

El menor seguía mirando a todos lados menos al rostro del albino. Deja vú.

Samatoki lo tomó de las mejillas, haciendo que su rostro fuese difícil de mover, además de forzarlo a mirarlo a los ojos. Ante el tacto, Ichiro no pudo evitar saltar del susto por tomarlo desprevenido. Los rubíes irradiaban determinación, y su tono de voz lo era aún más. ¿Cuánto le impactó lo que dijo? 

— Puedo mostrar mi afecto siempre y cuando me dejes hacerlo. —

U-Uh, no es necesario, Samatoki-san… —

— Si te hace sentir más seguro, entonces dime y lo voy a hacer. —

— Lo digo en serio, no necesito que lo hagas. Al menos, ya no… — Si su rostro se pudiera colorar más, lo haría. La mirada llena de dudas de Samatoki no ayudaba a que su rostro volviera a un tono normal. — Ver… Verte llorar me hizo entender que me amas tanto… incluso más- que los que demuestran demasiado su afecto… ¡Aah, qué vergüenza decirlo! ¡Samatoki-san, por favor, suéltame! ¡Ya lo dije!

No. —

— B-Bien… — Si antes había empezado a forcejear para que su pareja lo soltara, la voz ronca de negación, sumado a que estaba quieto sosteniendo su rostro, no tuvo más opción que rendirse.

Mas la voz llena de vergüenza pero aún así determinada de él, hizo que quedara estupefacto, favoreciendo a Samatoki para que lo empujase para que se recostara de nuevo, poniéndose encima del menor.

— Hagámoslo de nuevo. —

¡¿Eh?!

— No tengo otra forma para demostrarte mi amor. —

Lo curioso fue que, esa noche — que fue bastante larga —, Samatoki no volvió a llorar. Vale mencionar, que también fueron juntos al día siguiente a ver los Yamada más pequeños, Nemu incluída al momento de llegar en la mañana y encontrarlos enrrollados durmiendo. En fin.

Por ahora, aquellos tontorrones no querían separarse por nada del mundo. Y eso estaba bien para ellos.

 

No lo habrían querido de otra forma.