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Córdoba raspaba junio y el sol se derramaba impasiblemente sobre sus tejados. Matsukawa se bajó del autobús, aún con los nervios de después del examen en el estómago, y echó a andar hacia su piso. El sol le quemaba el cogote y las asas de la mochila le estaban dejando rozaduras, pero le daba igual. Ya está, ya había terminado, ya era libre.
Cuando llegó a su portal miró hacia arriba y vio que la ventana de Hanamaki estaba abierta. Eso quería decir que ya estaba en casa. Maravilloso. Matsukawa subió los tres pisos de escalera en medio minuto y abrió la puerta de su piso con impaciencia.
Hanamaki estaba tumbado en el sofá, mirando el móvil. Parecía que acababa de darse una ducha, porque tenía el pelo mojado y el pecho descubierto aún húmedo. Cuando Matsukawa cerró la puerta tras de sí, Hanamaki levantó la vista de la pantalla.
Una mirada les bastó. Era maravillosa la conexión que tenían. Matsukawa dejó la mochila en el suelo, Hanamaki se levantó sin esfuerzo, y ambos se encontraron a medio camino para comerse la boca a besos.
—Feliz fin de exámenes.
—Cállate y quítate los pantalones.
Un par de horas después Hanamaki encendió el ventilador del techo de su habitación, de puntillas sobre la cama. Matsukawa lo admiraba desde el ángulo perfecto que le daba estar tumbado en la cama de su novio, sudando por el esfuerzo y el calor. El ventilador empezó a dar vueltas y Hanamaki se tumbó a su lado con un suspiro de felicidad. El sol se estaba poniendo, y por las ventanas abiertas entraba la brisa fresca de la tarde. Matsukawa se maravilló de lo poco que necesitaba para estar completa y absolutamente en paz.
Al lado de la puerta estaba la maleta hecha de Hanamaki. Tenían un par de días antes de que terminase junio y su contrato de alquiler, pero Makki ya había empezado a guardar trastos. Matsukawa le acarició el brazo, absorto en sus pensamientos. Aún no lo habían hablado, pero ambos querían seguir compartiendo aquel precioso piso en el corazón de Córdoba el año siguiente, y el siguiente también, y todos los que pudieran. Hanamaki era su novio, sí, pero era mucho más: era su alma gemela, su mejor amigo, el perfecto compañero y su apoyo más grande.
—Tengo una cosa para ti.
Matsukawa se desenredó de entre las sábanas y los brazos de Hanamaki, fue a su habitación y cogió una carpeta. Hanamaki se sentó sobre las sábanas con una sonrisa en los labios. Matsukawa le dio un beso y le entregó la carpeta.
—Feliz cumple.
—Mi cumpleaños fue en enero, y ya me hiciste un regalo, imbécil.
—Bueno, pues feliz próximo cumple. O feliz próxima Navidad. Da igual, tú sólo ábrelo.
Hanamaki soltó una pequeña risita y abrió la carpeta. Dentro había dos folios impresos. Hanamaki abrió mucho los ojos y desencajó la boca.
—No me jodas.
Matsukawa sonrió.
—Es decir, igual era un poco obvio, ¿no? Los dos hemos ido a mil festis pero nunca a este, y nunca juntos. Estaría guay, ¿no?
Hanamaki lo miró, aún mudo de… ¿espanto? Matsukawa frunció el ceño. ¿Qué estaba pasando? ¿No le gustaba?
Hanamaki se levantó a toda prisa y abrió uno de los cajones de su escritorio. De allí sacó otros dos folios impresos. De hecho, tenían la misma impresión. Esta vez fue el turno de Matsukawa de quedarse con la boca abierta.
—No puede ser.
Hanamaki dejó los folios junto a la carpeta abierta. Sobre la cama se esparcían cuatro entradas para el festival Cabo de Plata, del 1 al 3 de julio en Barbate, Cádiz. Un vistazo a los precios les indicó que incluso las habían comprado más o menos al mismo tiempo. Se miraron atónitos.
—No, si al final va a ser verdad eso de que compartimos una neurona.
—Ni de coña.
Sevilla olía a verano, a río, a sudor, a calor, a polvo y a hierbabuena. Sevilla en junio era un espectáculo. Matsukawa estaba sentado en una de las terrazas de Capote, a la orilla del canal que separaba la ciudad en dos. Con la Giralda a la espalda y su mejor amigo delante, meneaba impaciente el hielo de su copa. Tenía que convencer a Oikawa como fuera.
—Venga, va, te dejo la entrada a mitad de precio. Te llevo en el coche. Te presto la tienda.
—¿Y encima pretendes que duerma en una tienda? Tú estás majara, Mattsun.
Matsukawa exhaló por la nariz intentando tranquilizarse. Tras la primera oleada de emoción por haberse hecho el mismo regalo el uno al otro, Hanamaki y Matsukawa se habían dado de bruces con la realidad: tenían cuatro entradas para Cabo de Plata y eran sólo dos. Podían revenderlas, sí, pero aquello implicaba una pesadilla de compradores intentando regatearles, quedar con gente extraña, y luego a ver si los de seguridad no les decían algo. Era un lío, y necesitaban una solución.
Ahí era donde entraba Oikawa. Tras volver a Jaén, Hanamaki le había dicho que uno de sus amigos de allí le había comprado la entrada y estaba dispuesto a ir con ellos. Al parecer un primo de aquel chaval quería ir, pero su madre no le dejaba si no iba con gente de confianza. Matsukawa se maravilló ante la facilidad con la que Hanamaki había resuelto su parte del problema, e intentó hacer lo mismo.
No contaba, por supuesto, con el factor de que su amigo era un soberano capullo.
Oikawa y él se conocían desde parvulitos. Habían ido al mismo colegio y luego al mismo instituto. Sus casas estaban cerca, frecuentaban los mismos círculos e incluso compraban las mismas combinaciones de alcohol para emborracharse, pero ahí terminaba su similitud.
Matsukawa lo observó. Oikawa, con su perfecto pelo, su perfecta cara, su perfecta ropa y perfecta cartera, era la envidia de todos, ya fuera en el Aljarafe o en Sevilla. Durante todo el instituto había sido siempre el centro de atención, el protagonista de los mejores cotilleos. Siempre llevaba la mejor ropa, veraneaba en el mejor sitio, subía las mejores fotos, salía con las mejores chicas y daba las mejores fiestas. Todo en su vida era digno de una postal.
Matsukawa sabía que todo esto era para compensar, por supuesto. Oikawa era todo fachada. Detrás de aquel escaparate reluciente se escondía un chaval inseguro, frágil y temeroso de ser percibido tal y como era. Matsukawa era una de las dos únicas personas que sabía que era gay. Esto le provocaba una ansiedad terrible y una desconexión con la realidad que a veces llegaba a ser peligrosa. Ya no podía contar las veces en las que había tenido que sacarlo de un lío en el que se había metido por chulear, por aparentar, por intentar dar una imagen de sí mismo que no era verdad, pero que le gustaría que sí lo fuera.
Era por esto, y sólo por esto, por lo que aún no le había partido la cara.
Matsukawa lo intentó de nuevo.
—No te hagas el exquisito, ¿tú no eras rociero? Seguro que has dormido en sitios peores.
—Uh, obvio, —dijo Oikawa mientras se bajaba las gafas de sol y le dedicaba una mirada irritada —pero eso es por devoción. Si no fueras un rojo ateo pecador lo entenderías.
—Tú eres más pecador que yo.
—No, porque yo me confieso.
Matsukawa tuvo que contenerse físicamente para no soltar una guasa sobre confesionarios y ponerse de rodillas. Físicamente.
Piensa en Hanamaki.
—Sólo te digo —Matsukawa sacó el móvil —que puede ser divertido. ¡Por fin conocerás a Hanamaki! Y este festi se va a poner de moda enseguida, serás el primero de nuestro grupo en descubrirlo. Además, ¿no estabas rajando el otro día de que ojalá pudieras ir a Coachella? Pues esto es Coachella del sur.
Había picado su curiosidad, lo sabía. Oikawa guardó silencio mientras removía el hielo de su bebida. Matsukawa le enseñó el cartel del festival en su móvil. Oikawa lo ojeó.
—No conozco a la mitad de esta gente.
—Pero la otra mitad te encanta.
Oikawa no pudo negarlo. Bebió un poco por su pajita. Matsukawa estaba conteniendo el aliento.
Finalmente, Oikawa suspiró derrotado.
—De acuerdo.
—¡OLE AHÍ TE COMO LOS HUEVOS!
—Pero —oh, no —me llevarás y me traerás en coche, me prestarás tienda, colchón y saco, y me regalarás la entrada.
—Tampoco te flipes, ¿eh?
—Bueno, la entrada me la puedes regalar por mi cumpleaños. —Oikawa no cumplía los 21 hasta dentro de un mes y pico —Pero el resto lo mantengo. O no voy.
Oikawa le extendió la mano. Matsukawa sentía que estaba haciendo un pacto con el demonio.
Piensa en Hanamaki.
—Al carajo, —le estrechó la mano —¡nos vamos a Cabo!
Lo del grupo de WhatsApp había sido una mala idea. No, mentira, había sido una idea estupenda. Eran cinco personas (seis al final, contando al primo de Matsukawa que se les había unido a última hora) de diferentes ciudades yendo a un mismo sitio, era lógico tener un chat donde poder hablar entre ellos y llegar acuerdos sobre horarios, comidas, equipaje, grupos a los que ver, grupos a los que evitar… Era una muy buena idea.
La mala idea había sido mezclar a aquellos dos.
[fachakawa]: yo sólo digo que no pienso comprar alhambra
[fachakawa]: cruzcampo o muerte
[el fantasma comunista]: cruzcampo = muerte
[el fantasma comunista]: hanamaki explícame otra vez de dónde pollas has sacado a este parguela????
Buena pregunta.
Hanamaki estaba terminando de meter todas sus cosas en la mochila, ojeando de vez en cuando el chat. Llevaban así un mes entero. Iwaizumi y el tal Oikawa aún no se habían conocido, pero ya se odiaban a muerte.
Hanamaki suponía que era normal. Al fin y al cabo, eran dos personas muy diferentes. Por lo que su novio le había contado Oikawa era el típico sevillanito facha, tieso y soba. Iwaizumi era todo lo contrario.
Iwaizumi y él se habían criado entre olivares. Las familias de ambos tenían fincas vecinas, y de vez en cuando se juntaban cuando tocaba varear olivos, celebrar fiestas o simplemente compartir una tarde a la sombra. Ambos eran los primeros de su familia en ir a la universidad, algo que les provocaba a partes iguales un gran orgullo y una gran ansiedad. De pequeños lo habían compartido todo, desde balones de fútbol y peleas con chicos mayores, pasando por sus primeras borracheras, primeros empleos, y primeros besos; hasta llegar al día de hoy, en el que iban a compartir el mismo autobús que les llevaría a Cádiz. A Cabo de Plata.
El cariño que Hanamaki sentía por Iwaizumi era imposible de expresar. Había sido su primer amigo y su primer amor. Estaba enamorado de Matsukawa, por supuesto, hasta las trancas; pero Iwaizumi siempre tendría un lugar especial en su corazón.
Por eso le fastidiaba tanto verlo perder la paciencia con Oikawa. Matsukawa le había asegurado que en el fondo era un buen tío, pero que al principio siempre causaba una mala impresión. Tras un mes de leer sus pamplinas en el grupo de WhatsApp, Hanamaki estaba convencido de que iba a costarle mucho, muchísimo, desmontar aquella primera impresión.
Hanamaki revisó una última vez la maleta. Saco de dormir, guardado; comida, guardada; ropa, lista; cosas de aseo, listas; chanclas, toalla, bañador, listo. Se tocó el bolsillo del pantalón donde tenía la maría, lista. Todo lo demás estaba listo. Todo estaba en orden.
Sonó la alarma que se había programado en el móvil. Era hora de irse. Iwaizumi había ido a recoger a su primo, así que se verían en la estación. Hanamaki se echó la mochila al hombro y salió de casa.
Todo estaba listo. Sólo quedaba esperar que todo fuera bien.
Barbate era una joya descansando sobre el océano. Hanamaki sonrió al ver a Kindaichi aplastando la nariz contra el cristal del autobús, bebiéndose con los ojos aquella vista maravillosa. Al final de la carretera se pintaba un espectáculo de pinares, aguas relucientes y miles de personas. Desde lejos ya podían sentir la marabunta, pero no fueron plenamente conscientes de sus dimensiones hasta que no se comieron el atasco a la entrada del pueblo.
Matsukawa los recibió en la parada del autobús. Estaba guapísimo, como siempre. Hanamaki se lanzó a sus brazos, besándole con prisa y sin pausa. Un mes separados se había sentido como una eternidad. Hanamaki lo abrazó por la cintura y Matsukawa le rodeó el cuello con los brazos. Dios, ¿cómo se podía querer tanto a una persona?
El carraspeo de Iwaizumi los devolvió a la realidad. Entre él y Kindaichi iban cargando con la mochila de Hanamaki.
—Tú debes ser Iwaizumi. —Matsukawa se separó de Hanamaki para estrecharle la mano —Encantado.
—Igualmente.
—Déjame que os eche una mano.
Matsukawa cargó con la nevera y la sombrilla, y el resto con cada una de sus mochilas, y juntos se encaminaron hacia el camping.
—Antes de entrar tenéis que ir allí —dijo Matsukawa señalando una zona de carpas en la que la gente hacía cola —para que os den la pulserita.
Matsukawa les enseñó la muñeca. Entre otras muchas cintas, algunas casi nuevas y otras casi harapos, lucía protagonista la pulsera de Cabo de Plata 2019. Aquella pulsera actuaba como entrada y autorización tanto en la zona de camping como en la de los conciertos.
—¿Puedes ir llevándote esto para dentro?
—Claro.
—¿Habéis cogido ya sitio? —preguntó Iwaizumi.
Matsukawa asintió.
—Sí, he dejado a mi primo y a Oikawa montando el campamento.
Hanamaki, Matsukawa y Kindaichi se esperaban el resoplido que salió de Iwaizumi. Después de todo, llevaba un mes entero discutiendo por WhatsApp.
—Ten paciencia con él, ¿vale?
—No prometo nada.
Hanamaki esperó hasta que Matsukawa desapareció tras las vallas del camping para darle una colleja a Iwaizumi.
—¡Ah! ¿Y a ti que pollas te pasa?
—Como me arruines el festi con el pique de mierda que te traes con Oikawa te juro que no respondo.
—No seré yo el que lo arruine.
Hanamaki le dio otra colleja.
Por supuesto, fue un desastre.
