Actions

Work Header

Lágrimas y flores para un amor no correspondido

Summary:

Daisuga |Hanahaki Disease|

Cuando la felicidad de ver a la persona que añoras se vuelve un sofocante dolor en el pecho y las sonrisas se transforman en lágrimas, sabes que has enfermado de amor. Los buenos recuerdos se convierten en tragedias y todo lo que quieres es que el sufrimiento termine mientras te preguntas: ¿Por qué no puedo ser yo?

Donde Sugawara Koushi es un chico homosexual de closet y está tan enfermo de amor por su mejor amigo que podría morir. Literalmente.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter 1: Preludio de una tragedia

Chapter Text

Todo estaba oscuro a su alrededor. Oscuro y vacío. Tan oscuro que Suga no podía ver la punta de su propia nariz. Sin embargo, no era la oscuridad lo que le hacía sentir increíblemente intranquilo, demasiado abrumado. No, era algo más. Algo mucho más profundo, algo que le hacía sentir observado y solitario al mismo tiempo, como si fuera todo y nada, los dos cosas a la vez. Como si su existencia se balanceara sobre la línea de lo real y lo imaginario.

El muchacho permaneció quieto en el mismo lugar en el que había aparecido repentinamente, por largos minutos que le parecieron horas. No sabía si estaba de pie o si estaba sentado, no podía sentir sus propias extremidades, ni las posiciones de éstas. Tal vez no tenía, tal vez simplemente era su existencia incorpórea, permaneciendo. Llegó a esa conclusión de manera extraña, pero eso no le explicó por qué le dolía tanto el... todo. SÍ, había dolor había materia, o eso creía, a esas alturas ya no estaba tan seguro.

Su mente era una maraña de pensamientos confusos que no iban hacia ninguna parte, pero que se volvían más densos conforme pasaba el tiempo. Y joder, ¿por qué dolía tanto? Le dolía allí donde debía estar su corazón y los pulmones. Como si hubiera corrido una maratón su respiración se volvía dificultosa, y sin embargo, no podía escucharse a él mismo inhalar y exhalar, no podía sentir el aire entrar y salir, pero de alguna manera sabía que lo estaba haciendo.

Superado por la extraña situación, intentó restregar las palmas de sus manos contra su rostro en busca de alivio para su frustración, pero fue inútil. Al igual que con sus piernas, sus brazos parecían no estar allí y eso casi le hace llorar. Tal vez lo hubiera hecho si hubiera podido, pero no podía y eso le hizo gritar. El sonido de su voz estrangulada atravesó el aire como afiladas cuchillas e hizo eco, rebotando en la nada una y otra y otra vez, hasta el infinito.

Fue aquel ruido el que pareció despejar el abismo y trajo luz hacia Koushi que, deslumbrado por el repentino brillo, cerró los ojos. Fue hasta ese momento que se percató que tenía párpados y ojos y que podía ver, aunque le fue imposible al principio distinguir la fuente de iluminación a unos metros de él. Un pilar de luz que venía desde tan alto que no sabía que tanto y que chocaba sobre lo que parecía el húmedo piso de la nada.

Fue hasta que todo fue alumbrado que Suga fue consciente de si mismo; de su cuerpo, sus extremidades y sus órganos. Aquello disipó un poco la soledad y la confusión de su mente, pero le trajo un nuevo sentimiento que no le gustó nada. Se sintió expuesto e inseguro y la sensación de ser observado de antes se intensificó tanto que casi deseó volver a la oscuridad. Pero allí no había nadie, sólo él y ese muro de luz que le llamaba como una lámpara a los mosquitos en pleno verano.

El chico dio un paso, ocasionando un ruido húmedo cuando su pie chocó con la superficie sólida del suelo. Luego dio otro, sintiendo que su pie descalzo se hundía cada vez más. Como si se estuviera adentrando al irregular terreno de la arena hacia el mar abierto. El agua subió lentamente, paso a paso, podía sentirla, pero no verla. Humedecía la ropa que llevaba encima y le hacía sentir pesado. Suga sabía nadar, pero en el fondo, de alguna manera, pensó que eso no le ayudaría. Que terminaría ahogándose si seguía caminando, pero no podía parar. Si quería alcanzar la luz, tendría que hundirse. Así que lo hizo.

El agua lo cubrió por completo y el aire abandonó sus pulmones en forma de burbujas que subían hasta el cielo infinito. Su cabello flotó al igual que sus prendas. De un momento a otro, el muchacho dejó de sentir el suelo y se hundió cada vez más, sin posibilidad de volver. Sólo era él, flotando en agua tan transparente que parecía irreal. Y tal vez lo era. La luz estaba cada vez más cerca. Cálida, segura. Él nadó hasta ella, incluso cuando sus pulmones no tenían más aire por expulsar y las burbujas de su aliento se volvieron más y más pequeñas.

Con un último esfuerzo, Koushi tocó con sus dedos la luz.

El agua explotó de repente, con un sonido estridente y cayó a su alrededor en forma de lluvia, pero sin mojarle en absoluto. Sugawara ya no flotaba y había aire en sus pulmones de nuevo. El agua no le mojaba porque estaba fuera, golpeando las ventanas de la habitación con fuerza, mezclándose con un viento bestial. Una tormenta que, con relámpagos, iluminaba ocasionalmente el interior que él reconoció como la habitación de sus padres.

—¿Koushi? —llamó una voz desde la cama. Débil y ronca. Paralizándole. De repente, algo similar al horror se apoderó de él y aun así, de alguna manera, se las arregló para responder:

—¿Sí, mamá? —su voz insegura y temblorosa.

—Ven aquí, cariño —le pidió, pero él estaba aterrado de hacerlo—. Ven, quiero verte.

Suga miró a su alrededor. Todo estaba exactamente igual a aquel día. La puerta entreabierta desde donde sabía que su padre estaba observando. La decena de libros que su madre nunca terminaba de leer en la mesita de noche, las cortinas blancas con mariposas que su madre misma había confeccionado, el cojín junto a la cama donde solía sentarse para pasar más tiempo con ella. Las decenas y decenas de flores apiladas en vasijas que llenaban el aire de un aroma demasiado dulce para ser soportable. El tipo de ambiente que te dice que no tienes mucho tiempo, que si quieres decir algo debe ser rápido.

Con pasos inseguros y aún húmedos, Suga se acercó hasta donde ella descansaba. No podía ver a su madre, estando oscuro como estaba y ella cubierta de sábanas. Pero su figura estaba dibujada allí, era inconfundible. Permanecía inmóvil, a excepción de su pecho que subía y bajaba. El chico se detuvo junto a la cama y un relámpago iluminó la habitación, pintando siluetas en cada esquina.

Iluminándola a ella.

Koushi soltó un grito de terror y cayó al suelo, tropezando en un intento por apartarse de su madre que le miraba con ojos llenos de amor, ojeras de cansancio, piel pálida de muerto y la boca llena de sangre que escurría densamente hasta su barbilla. Sangre que venía de su boca y su nariz, manchando la funda de su almohada y pintando sus labios de forma grotesca. Aun así, su mirada no dejaba de brillar, casi como si estuviera orgullosa de su estado. Como si no deseara que algo fuera diferente. No había arrepentimientos en ella y Suga simplemente no lo entendía. ¿Cómo alguien tan enfermo podía estar tan feliz?

—Oh, vas a ser un hombre tan guapo —dijo con la voz amortiguada por la sangre que caía de su boca—. Te pareces tanto a tu papá. Tan hermoso.

—Basta, mamá —le pidió enterrando los dedos en la alfombra, completamente en shock—. Por favor.

—Koushi, necesito que seas un bien niño, ¿ok? —continuó como si no estuviera desagrándose frente a su único hijo—. Oh, Koushi. Sabes que mamá te ama mucho, ¿verdad? A ti y a papá... A ti y a papá...

Entonces ella dejó de hablar, dejando que el sonido de la lluvia sustituyera el de su voz. Suga se cubrió el rostro con las manos, incapaz de mirarla. Incapaz de mirar esos ojos demasiado brillantes para alguien que estaba muriendo, preguntándose por qué estaba pasando eso, por qué a su madre de entre todas las personas. Hasta que la respuesta llegó a él: porque la vida no es justa. Le dijo una voz en su cabeza que sonaba exactamente como la suya. Sí, la vida no era justa. No lo había sido con ella y no lo era con él.

Koushi sintió una enorme presión en el pecho. Ahora tenía bastante claro que venía de su corazón, podía sentirlo; pesado y desagradable mientras algo extraño subía por su garganta. Le picó tanto que comenzó a toser tan suavemente que apenas se dio cuenta de que había escupido algo. Lo sujetó entre sus manos por puro instinto y lo miró por largos segundos antes de mirar a su madre de nuevo. Ella ya no estaba ahí. En su lugar la cama vacía y las sábanas revueltas llenos de pétalos de flores.

El muchacho volvió a mirar sus manos. No habían más que gotas de sangre seca en ellas.

Entonces abrió los ojos. No fue nada exagerado como exaltarse y sentarse en la cama, sudando. No. Suga simplemente abrió los ojos, lentamente, pero con el corazón latiendo tan fuertemente que por un momento sintió que rompería sus costillas y saldría disparado fuera de su cuerpo. La sensación era desagradable, pero no tanto como los restos de la pesadilla que todavía rondaban su cabeza, amargándole la mañana. ¿Hacía cuanto tiempo que no soñaba con su madre, con su madre enferma? Bastante. El sueño de la oscuridad y el agua era nuevo, sin embargo.

Una vez que su corazón se hubo calmado, el muchacho se sentó sobre la cama. No había más ruido que el de los pájaros cantando sobre el árbol frente a su ventana, totalmente ajenos al mal sabor de boca que no le abandonó ni si quiera cuando se puso de pie para abrir las cortinas. El suelo de madera se sintió cálido bajo sus pies descalzos, era primavera, al fin y al cabo.

Koushi salió de su habitación no mucho después. Se talló los ojos y bostezó mientras se dirigía al baño. No le sorprendió encontrar el resto de la casa en completo silencio y oscuridad. Estaba tan acostumbrado que ni si quiera reparó en ello. Todo lo que hizo fue tomar una ducha y ponerse el uniforme antes de bajar a la cocina y preparar el desayuno. Aún tenía un poco de tiempo antes de que tuviera que marcharse a la práctica matutina, así que se dio el lujo de hacer un desayuno completo y un bento para más tarde.

El sol se volvió cada vez más intenso conforme él pasaba los minutos desayunando en completa soledad. Tal vez hubiera sido buena idea prender el televisor para tener algo en que distraerse, pero el sueño que acaba de tener tampoco le hubiera dejado concentrarse en algo más. Suga se preguntaba por qué, después de tanto tiempo, había tenido un sueño como ese. Sí, la muerte de su madre había sido dolorosa y traumática, pero actualmente no se sentía tan abrumado por ello. Aún la extrañaba, por supuesto, y hubiera hecho cualquier cosa porque ella no hubiera partido de la forma en que lo hizo, pero de alguna manera había logrado salir adelante y ahora la recordaba con mucho cariño.

Llegando a la conclusión de que su sueño no se asociaba a nada más que recuerdos aleatorios que su mente había decidido revivir, el chico terminó el desayuno, lavó la vajilla que había ensuciado y sin dirigirse a nadie en específico se despidió para salir de la casa con rumbo al colegio con su bolso de cuero café cruzado sobre su pecho.

El viento soplaba suavemente. Ahora que se encontraba en el exterior podía notar que no era tan cálido, pero eso probablemente cambiaría en los próximos días. Sin embargo, era agradable aquella sensación sobre su piel. De alguna manera le hacía sentir más despierto y fuera de la bruma que su mente había formado alrededor de la pesadilla. Era como si el sonido de los pájaros y el color de los cerezos le recordaran que esa era la realidad.

La preparatoria Karasuno quedaba relativamente cerca de su casa. Caminando no serían más de quince minutos, razón por la que la había elegido en primer lugar. Al vivir solo con su padre, la mayoría de las responsabilidades del hogar recaían en él; las compras del supermercado, la preparación de las comidas y la limpieza. No tenía tiempo para perder desplazándose a otra escuela —aunque al terminar la primaria sus profesores lo habían alentado a ir a una con mayor prestigio académico por sus buenas calificaciones. El único lujo que era capaz de darse era el voleibol y al parecer eso también estaba por terminar.

Las clases habían comenzado hacía unas cuantas semanas y habían entrado unos chicos nuevos al equipo. Nuevos y muy talentosos chicos de primer año que amenazaban con tomar los lugares regulares rápidamente. Sí, eran un poco problemáticos, pero incluso él se había dado cuenta de que sólo era cuestión de tiempo para que se acoplaran. Necesitaría trabajar muy arduamente si no quería ser reemplazado.

Por un instante, Suga sintió que los pensamientos negativos se apoderaban de él. Fue breve, pero también lo suficiente como poner en marcha su método de autodefensa favorito: el positivismo. Siempre que las cosas iban mal, él se las arreglaba para ver el lado bueno y encontrar una solución. Su temple tranquilo, heredado de su madre, era la fuente de su paz interior y casi siempre funcionaba. Él era, por naturaleza, una persona capaz de cambiar el ritmo de las cosas. De refrescarlas.

Sin embargo, Koushi seguía siendo humano y cuando se trataba de sí mismo, encontrar tranquilidad a sus tribulaciones siempre le parecía el doble de complicado. Estaba pensando en eso, con el ceño fruncido, cuando a lo lejos divisó la familiar figura de Daichi. Se encontraba de pie debajo de un árbol de cerezo con el móvil en la mano, vistiendo el uniforme y llevando su bolso colgado en el hombro.

El estómago de Suga se revolvió.

—¡Eh, Suga! —le saludó el capitán con una sonrisa confiable y una mano al aire.

Sugawara se las arregló para devolverle la sonrisa.

—Daichi —saludó de vuelta, deteniéndose a su lado—. ¿Qué haces aquí? —le preguntó lo más casual que pudo.

Ahora recordaba que, además de los nuevos miembros del club, tenía otro problema.

—Bueno, has estado actuando raro, así que pensé en encontrarte aquí y charlar de camino hacia la escuela —dijo con total sinceridad. Pero eso no era extraño, Sawamura nunca tenía segundas intenciones.

Koushi reanudó su camino como si nada estuviera ocurriendo. Como si su mente no estuviera corriendo a mil por hora. Daichi le siguió.

—¿Raro? —preguntó, fingiendo no saber de qué estaba hablando. Realmente no esperaba que se diera cuenta tan rápido.

—Sí. Aunque no sabría decir exactamente lo que es. Sólo no se siente como si fueras tú mismo.

Suga respondió con una sonrisa tranquilizadora. Le salía tan bien que incluso Daichi que llevaba mucho tiempo conociéndolo era incapaz de dudar de ella.

—Debe ser tu imaginación.

—¿En serio? —preguntó, pero no sonaba como alguien que dudara de su palabra. Más bien parecía dudar de si mismo. Después de un momento de silencio, agregó: —Pensé que, tal vez, estabas desanimado por la llegada de Kageyama— se aventuró a expresar.

Suga suspiró mentalmente y lo miró por el rabillo del ojo durante un segundo. Aún le sorprendía lo poco intuitivo que podía ser Daichi con algunas cosas, pero también estaba bastante agradecido. Que a veces sacara conclusiones como esas, siempre era de ayuda para él que tenía cosas que ocultar. Aunque en esta ocasión el capitán no estaba tan alejado de la realidad, el pensar que pronto sería sustituido no era su mayor preocupación. Pero no sería Koushi quien se lo dijera.

—Es muy bueno jugando —le respondió con simpleza.

—Tú también lo eres.

Suga sonrió por el intento de su amigo de hacerle sentir mejor. Funcionó. Sólo un poco. Aún así la realidad era inminente.

—Pero no soy un genio —rebatió, sus propias palabras hiriéndolo un poco.

Él se había esforzado mucho para poder jugar como titular en el equipo. Había entrenado hasta el cansancio y él y sus compañeros se complementaban bastante bien. Sin embargo, no siempre se trataba de esfuerzo. Kageyama Tobio-kun tenía talento puro y natural que había opacado todo el trabajo de Suga en sólo unas semanas. Años de trabajo. Era normal sentirse desanimado, ¿cierto?

—No, no lo eres. Pero trabajas duro y estoy seguro de que no te quedarás atrás.

Suga le sonrió genuinamente por primera vez en varios días. Su pecho calentándose dulcemente. Daichi podía ser realmente adorable.

—Por supuesto que no —aseguró—. Voy a pelear por mi puesto.

—Eso era todo lo que necesitaba escuchar —le dijo con orgullo y Koushi sintió sus mejillas calentarse, involuntariamente.

De repente recordó el porque había comenzado a tomar cierta distancia con Sawamura y la incomodidad se hizo demasiado evidente. Aún así se las arregló para seguir caminando, escuchando como se desarrollaría la práctica de esa mañana. Daichi parecía más entusiasmado sobre el futuro de Karasuno ahora que tenían nuevos y talentosos miembros, así que no dejaba de hablar de ello, ni si quiera entre clases. A Suga le gustaba verlo feliz y relajado. Pero también le causaba una sensación extraña en el corazón.

El camino a la escuela fue corto a partir de allí y llevar la charla tampoco fue muy complicado, aunque Koushi estaba seguro de que estaba siendo más silencioso que de costumbre. En la entrada se encontraron con Asahi quien caminaba pesadamente. Al parecer, regresar al equipo y retomar el entrenamiento le había pasado factura. Pero se le veía mucho mejor que cuando había renunciado, así que estaba bien.

Todos amaban el voleibol y querían seguir jugando.

El entrenamiento comenzó de manera energética. Como siempre, Noya y Tanaka estaban haciendo más ruido del necesario y Hinata y Kageyama estaban demasiado ansiosos por entrar al gimnasio. Una vez que montaron todo, calentaron y luego comenzaron con la práctica. Algunos bloqueos, algunas recepciones y finalmente algunos remates. Todo se sentía normal y cotidiano. Tal y como habían sido las cosas durante las últimas semanas, desde que había empezado el ciclo escolar.

La pelota flotó suavemente hasta la posición de Suga, que estaba completamente listo para colocar el pase de Tanaka durante la práctica de remates. Casi era hora de terminar antes de que tuvieran que limpiar e ir a clase. El sonido de las zapatillas rechinando sobre el suelo y el golpe seco del balón estrellándose era todo lo que se podía escuchar, junto con los jadeos llenos de esfuerzo.

Repentinamente, un cosquilleo extrañó llegó hasta la nariz Koushi quien intentó resistir las ganas de estornudar que esto le provocó. Sólo tendría que soportarlo un segundo más, hasta que pudiera colocar correctamente el balón, pero fue imposible. Suga se inclinó hacia adelante, cubriendo su rostro con ambas manos. Sintió el pase de Tanaka pasar por encima de él y luego lo escuchó chocar con la pared. Estornudó un par de veces. La primera de ellas limpiamente, pero la segunda...

—¿Estás bien, Suga-san? —preguntó Tanaka

Suga asintió, pero su nariz hormigueaba y su garganta se sentía un poco tensa. Aquello le trajo el amargo recuerdo de su reciente pesadilla y también el miedo de observar sus propias manos. ¿Qué haría si se encontraba con sangre en ellas? No lo sabía y no quería averiguarlo, pero la mirada de Ryuu era demasiado insistente, así que se forzó a hacerlo. Miró sus manos.

Un pequeño pétalo de color amarillo descansaba entre ellas.

—¿Eh? ¿Qué es? —preguntó Ryuu— ¿Un pétalo? —Suga asintió.

—Debió meterse por la ventana y pegarse a mi nariz —racionalizó Koushi mirando el frágil pétalo durante un par de segundos. Sí, aquello era posible, había tenido su atención tan puesta en el balón que probablemente no vio el pétalo flotar con la brisa. Y estaban en primavera de todas formas. Su breve momento de terror había sido completamente irracional. Pero, por supuesto que había sido así. Una pesadilla no significaba nada. Él no estaba enfermo como su madre.

—Ese fue un gran estornudo, Suga-san —intervino Hinata con su inagotable fuente de energía.

Suga le sonrió amablemente y luego soltó el pétalo de flor que salió con la brisa que corría hasta la puerta principal. Intentó que su rostro no mostrara demasiado el desagrado que sentía por las flores en general. No quería que nadie lo supiera y luego el tuviera que dar explicaciones sobre su fallecida madre que las amaba tanto que siempre estaba rodeada de ellas. Que se rodeo de ellas hasta su muerte.

Al término de la practica cada uno de los miembros del equipo se dirigió a su respectivo salón de clase. Como los salones de tercer año estaban muy cerca entre ellos, Suga, Daichi, Asahi y Kiyoko caminaron en grupo, separándose todos excepto Daichi y Suga que iban en el mismo salón. Sawamura inició una conversación sobre los deberes que debían entregar ese día y Suga la siguió lo más cortésmente que pudo. El capitán ya sospechaba que algo extraño sucedía con él, con ellos. No quería darle más motivos.

—¡Ah! Sawamura-kun —dijo la voz de Yui Michimiya, de repente.

Suga se tensó, pero Daichi, quien se había dado la vuelta para saludar a la chica, no se percató. Koushi los vio pararse junto a la ventana e iniciar una conversación, mientras él permaneció frente a la puerta del aula. Por un instante, no estuvo realmente seguro de si acercarse también. No quería hacerlo, pero sería grosero no saludar. Michimiya le miró entonces y él levantó una mano un tanto temblorosa, ofreciendo la sonrisa más amable que tenía. Ella le correspondió, tan buena chica como siempre había sido y no pareció notar nada extraño en él.

Rápidamente los dos capitanes se envolvieron en una charla donde Suga quedó fuera. Daichi ni si quera se percató cuando Koushi se adentró en completo silencio hasta su escritorio, pero esto no era nada nuevo, cuando Yui estaba cerca, Sawamura siempre le prestaba toda su atención, aunque Suga no estaba seguro de si se debía a que él tenía sentimientos románticos por ella, como Michimiya los tenía por él.

Sugawara sintió una punzada en el pecho, pero se obligó a sí mismo a ignorarla, de la misma forma en que siempre ignoraba los sentimientos que tenía por Daichi Sawamura. Se recordó a si mismo que no tenía una oportunidad y que sentirse herido porque otra persona sí la tuviera era absurdo. Yui no tenía la culpa de ser una chica y una muy linda, además. Tampoco tenía la culpa de que Suga fuera un chico, un chico al que le gustaban otros chicos. Un chico al que le gustaba uno de sus mejores amigos.

Eso, por supuesto, no le hizo sentir mejor, pero la resignación se sentía cada vez más cercana.

Suga se acercó a su escritorio y se dejó caer en la silla frente a él. De su bolso sacó un par de libros y fingió repasar el último tema de matemáticas. Nadie lo encontraría extraño, después de todo, estaban en su último año y estudiar era primordial si querían entrar a una buena universidad. Sin embargo, si alguien se hubiera detenido a mirar su rostro más de cerca, hubiera encontrado la tribulación en sus ojos y el pesar en su alma. Nadie lo hizo, por supuesto, ni si quiera Daichi que entró justo después que el profesor, antes de iniciar la clase.

Suga sintió que el ardor en su garganta que se había instalado desde su estornudo en el gimnasio se hacía más presente.