Chapter Text
“Como está escrito:
No hay justo, ni aun uno;
No hay quien entienda,
No hay quien busque a Dios.
Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles;
No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.
Sepulcro abierto es su garganta;
Con su lengua engañan.
Veneno de áspides hay debajo de sus labios;
Su boca está llena de maldición y de amargura.
Sus pies se apresuran para derramar sangre;
Quebranto y desventura hay en sus caminos;
Y no conocieron camino de paz.
No hay temor de Dios delante de sus ojos.”
Tercera Epístola a los Romanos, 10;18
Rara vez pensaba en ello, no era usual en su persona el sumergirse en el pasado. Pese a tener un profundo gusto por monologar consigo mismo detestaba dar paseos por el largo sendero de la memoria; sin embargo, en estos momentos y en honor a las vísperas de su espectacular derrota, Fyodor -encarcelado y humillado-, se permitía el sumirse en una profunda reflexión. Mas temprano que tarde, sus pensamientos le llevaron a los recuerdos de su crianza en su lejana y fría Rusia, nación donde fue educado con severidad bajo los dogmas de su Iglesia Ortodoxa1, creencias que seguía a día de hoy. Honestamente, su infancia se componía de borrosos y lejanos recuerdos, en las pocas imágenes vividas de su memoria puede verse a sí mismo escuchando atentamente los sermones de la misa dominical, rezando por horas frente a las estampas de los santos, sus rodillas doloridas como muestra de sus suplicas al Señor, largas tardes donde se dedicaba plenamente a la lectura de las Sagradas Escrituras. Los pocos recuerdos de sus padres son vistos en forma de las remotas palabras de su madre, “Recuerda muy bien, Mushka2”, decía dulcemente, “Estamos aquí por una razón, Él nos trajo a este mundo con un propósito, aunque todos hemos nacido pecadores tenemos toda una vida para arrepentirnos.” Cuando niño no pudo entender completamente las palabras de su progenitora, había algo en ellas que le impedía discernir con exactitud cual era el significado tras ellas. No fue hasta un par de años después que, finalmente, logró dar sentido a aquello por lo que ella se esforzó tanto por grabar en su memoria: Dios los ha condenado; Él no había creado todo esto para amar de forma incondicional, no, lo había hecho para juzgar; toda esta opereta llamada vida era sólo una condena, un castigo donde el crimen era el nacimiento mismo.
Todos han nacido pecadores y nada podrá lavar ese pecado, no existe la amnistía en la vida, no hay una unción sagrada que liberé el alma de toda impureza; nadie nos salvará. Toda la existencia humana esta basada en el consumo, en rapiñar en una lucha constante por sobrevivir ante una existencia sin sentido, después de todo la humanidad no tiene mucha importancia ante los ojos de Dios; aquel divino ser en el que Fyodor creía era frio, cruel e implacable, tal y como lo era su tierra natal.
Pero si hay un pecado que puede considerarse superior al crimen que es la vida misma, ese es el pecado de las habilidades. Transgresiones enredadas en el alma, retorciendo el cuerpo y modificando la vida misma, causando aberraciones ante las propias leyes de la naturaleza, destrozando por completo la realidad; destruían los parámetros de todo lo razonable, desafiando a la existencia y creación de Dios. Dostoyevsky estaba completamente convencido de que las habilidades eran el auténtico peccatum originale originatum3.
Únicamente había una sola cosa que Fyodor despreciaba más que a las habilidades y esto era a los usuarios de las mismas. No sólo eran portadores del pecado, sino que lucían de el con orgullo, sin arrepentirse y usándolo a su beneficio; vulgarmente ignorantes y faltos de conciencia ante la corrupción que goteaba de sus cuerpos, usando sus habilidades con fines egoístas y crueles; matando, engañando y destrozando a placer. Habiéndose hecho uno con aquella flaqueza era quizá más adecuado decir que los usuarios de habilidades se habían convertido en el pecado. Incluso aquellos quienes no estaban manchados con aquel crimen eran culpables, su ignorancia y estupidez les hacía mancharse con aquel recalcitrante defecto, pobres pecadores, incapaces de entender que era o no correcto.
Sólo Fyodor era capaz de discernir correctamente que es lo bueno de lo malo, únicamente él era capaz de llevar a la humanidad a su restauración y haría lo que sea necesario para cumplir sus objetivos. Únicamente el, quien era capaz de darse cuenta de la que condena a la que se les había impuesto podía hacerlo, pero enfrentarse a los demonios no era tarea fácil y si para vencer el pecado debía de volverse a si mismo un pecador, que así sea. La ardua y sagrada tarea de purgar al mundo recaía por completo en Fyodor, pues no volverá a venir un mesías a salvarnos.
O eso creía, había olvidado un vital detalle, algo que cambiaba inexorablemente el curso de sus acciones. Agradecía internamente a Dazai por hacerle darse cuenta de ello, quizá sin las advertencias de aquel a quien consideró su mejor y más grande rival (casi siendo considerado un igual), de no ser por las palabras de su ex compañero de celda quizá nunca lo hubiese notado a tiempo. Ese mismo detalle, aquella variable que en inicio le había parecido tan insignificante en comparación al propio Dazai era lo mismo que había ignorado hace ya tantos años. Se sintió estúpido por haber pasado por alto semejante detalle, especialmente cuando aquello había quedado grabado en su mente, repetido 5 veces cada noche, con cuentas marcadas en los dedos4.
El mesías había sido engendrado, no creado5.
Inicialmente no creyó que algo así pudiese pasar, se trataba de algo tan poco probable que el mero hecho de considerarlo era absurdo y patéticamente optimista. El hecho de que una persona así existiese era, literalmente, un milagro.
Aquella manifestación divina se había vuelto huesos y carne, formada en un hombre llamado Edogawa Ranpo: El hombre más fuerte del mundo, aquel quien trascendió a los usuarios de habilidades. Nacido libre del pecado, manteniéndose siempre impoluto ante el crimen que rodeaba al mundo. Sin necesidad de tener una habilidad había salido victorioso de dos encuentros con poderosos usuarios sobrenaturales, había superado los limites de su cuerpo haciendo todo aquello de lo que nadie le creyó capaz. Desenredando sus entramados planes, liberando a aquellos quienes eran cautivos y salvando a quienes estaban condenados a morir. Fue quien orquesto su caída, observando sonriente el fin de la decadencia.
Inicialmente fue rápidamente descartado, visto como una amenaza mucho menor ante la oscura e intimidante figura de Dazai “el demonio prodigio”, de igual forma, aparentaba ser mucho menos peligroso que el resto de sus compañeros de la agencia. Ver como fácilmente dejaba fuera del juego a uno de los Usuarios de Habilidad más fuertes de Japón fue sin duda una sorpresa inesperada, aún con ello, supuso que sólo fue un mero golpe de suerte. La derrota de Oguri estaba dentro de su margen de error, estaba preparado para contener cualquier daño y así lo hizo, Ranpo había sido uno de los primeros en caer; acorralado por el gobierno había desaparecido en medio de un tiroteo, tras esa noticia Fyodor lo descartó inmediatamente, convencido de que el detective estaba muerto y cualquier mínimo obstáculo que pudo haber sido capaz de representar se había desvanecido… O eso pensó, pues Edogawa volvió y con su aparición había destruido por completo sus planes, aquello debió enfurecerlo, la obstrucción de sus planes por parte de cualquier persona era un crimen imperdonable, sin embargo, esto no sólo no sucedió, sino que, en cambio, no pudo evitar sentirse profundamente maravillado, fascinado ante el despliegue de genialidad que brotó ante sus ojos; embelesado contempló como Edogawa Ranpo se alzaba victorioso.
Tal revelación fue como una epifanía, una revelación de aquello que le haría falta para poder llevar a cabo la pesada y sagrada carga que se le había encomendado. Así como María había nacido libre de todo pecado, Ranpo había nacido libre del pecado de las habilidades y libre del pecado de la estupidez, pertenecía impecable ante las dos grandes manchas presentes en todos los mortales.
Pero en un mundo tan cruel como este donde la nieve recién caída estaba destinada a convertirse en lodo fangoso, en un lugar donde la pureza absoluta suplicaba problemas Ranpo no estaba a salvo. Había caído en las garras de aquella infame y pecaminosa agencia, demonios crueles quienes le hacían creer que era como ellos, manipulándolo con el engaño de que era un usuario de habilidades, no le permitían darse cuenta de que no era una persona normal, cubriéndole con un velo de pecado que le impidió a Fyodor ver la verdad. Ranpo no era un simple humano, era diferente, era algo etéreo y casi onírico.
Seres despreciables que no soportaban ver un fragmento de luz sin mancillar, pecadores que manchaban con lodo el mármol blanco. No merecían tener al detective con ellos, no cuando Ranpo había sido hecho para estar con Fyodor, no merecían a Ranpo quien claramente había sido tallado por la mano de Dios para guiar a Fyodor. Solamente Dostoyevsky era digno de Edogawa y aquellos quienes le habían arrebatado aquello que por derecho divino le pertenecía debían de sufrir una penitencia.
Fyodor salvaría a Ranpo y lo llevaría a donde pertenecía, que se lo hayan arrebatado era un crimen que no se quedaría sin castigo.
