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Ese día en especifico, era bastante tranquilo para él, o más bien... Tranquilamente depresivo.
En su pequeño y abarrotado centro escolar de un poblado en Osaka, todos los adolescentes caían con facilidad en el romántico perfume de hormonas que predominaba dentro del lugar, producto de sus mismos cuerpos, que para alguno que otro no tan enamoradizo como el setenta porciento de la población estudiantil, resultaba repulsivo.
El receso del catorce de febrero, en esos edificios, había sido catastrófico. Al menos para un chico alto y de gran fragilidad emocional. Ver a la gran mayoría de sus compañeros parlotear con tono soñador y meloso sobre un alternativo futuro junto a su persona favorita de la escuela le era molesto, abrumador; eso aún sin contar todas las pancartas colgadas desde sitios altos deseándoles a los alumnos en tipografía acaramelada de color rosa pastel: "Feliz día de San Valentín" pues él se sentía incómodamente solo. A pesar de ser una persona bastante social y animada.
La mayor razón de su rechazo mental a la celebración dedicada al amor (y mayormente a las mujeres) era que hacía muy poco su mejor amigo de toda la vida, Soraru, había concluido sus estudios exitosamente y por lo tanto, necesitó mudarse de ciudad para acudir a una universidad mucho más prestigiosa, cerca de Tokio. Soraru era mayor que Mafumafu, así que era algo inevitable.
Al concluir su molesta jornada escolar se dirigió a casa renegando de la estúpida actitud de sus amigos, quienes estuvieron recibiendo cartas amorosas o entregando ramos de rosas, peluches, o globos etcétera. Odioso.
Su soledad le torturaba y se le atoró en el pecho al ver a dos de sus amigos cercanos confesarse y corresponderse con un abrazo y luego un incierto sonrojo. Le inundaban los recuerdos de lo bien que la pasaba con el de oscuros ojos en ese tipo de momentos, riéndose de aquellas personas con comportamiento en exceso atontado.
Al llegar a su hogar no sabía si molestarse o alegrarse puesto que sus padres no estaban, como de costumbre. Lo rectificó al detectar en su celular una notificación del chat con su madre, avisando de su ausencia hasta la noche. El pensar en ellos dos juntos, enfrascados en una romántica cita por la ciudad lo estresaba ¿Qué no les importaba su propio hijo? Así que sólo sacó sus llaves, abrió la reja que precedía a la puerta principal con la mano y se llevó un gran susto al insertar la pequeña llave metálica en la cerradura.
La puerta estaba abierta.
Asustado, entró con cuidado en su casa, abriendo apenas la puerta para pasar él y su mochila. Una vez adentro depositó los zapatos en la entrada y observó a su alrededor para comprobar que nadie más estuviese ahí. Por suerte así era, al menos a simple vista no había nada fuera de lo normal, la sala estaba casi ordenada por completo, las luces apagadas y todo lo demás que alcanzaba a ver.
Se tranquilizó, pensando en que quizás sus progenitores se habían distraído tanto con la amorosa situación que habían olvidado algo tan simple como poner llave a la puerta, sin embargo, de pronto escuchó un ruido proveniente de la cocina, como si hubiesen movido algo.
Tragó saliva y cerró la puerta tras de sí con sumo silencio, agradeciendo tener un oído tan sensible. Se acercó al área de la sala de puntillas, mirando a todos lados en su trayectoria, la cual conectaba hasta el cuarto de donde provenía el misterioso sonido y tomó lo primero que vió sobre uno de los sillones para defenderse, por si las dudas. Era un juguete de su hermano, de plástico.
Abrió con lentitud la puerta de la cocina, cerrando los ojos con los nervios quemándole la cabeza, tan sólo para encontrarse con una escena desconcertante al mirar detenidamente.
Había un completo desorden sobre la mesa del lugar y lo más extraño era que no había nadie, así que bajó su brazo, con el que pretendía defenderse en cualquier caso.
—¿Poteto-chan? ¿Qué estás...
Preguntó a la gata de amarillento y abundante pelaje, a la que encontró al adentrarse en la sala. Encima de un paquete de jamón de pavo medio abierto.
—¡Poteto! Maldita sea, me asustaste... Aagh -se quejó, con uno de sus agudos gritos característicos.
Dió un largo suspiro y se recargó sobre la pared más cercana a su cuerpo, a consecuencia del gran susto que se había llevado.
—Niña mala, ese jamón no era para ti -regañó bufando mientras recogía con pereza el envoltorio en mitad del suelo.
Lo guardó dentro del refrigerador para disponerse a limpiar el desorden que habían hecho sus pequeñas hijas de orejas puntiagudas sobre la mesita de la cocina y mientras ordenaba, recordó algo.
—Oye Poteto-chan, ¿y tu hermana? -cuestionó el albino metiendo la comida en su lugar, como hablando con un humano.
En respuesta, la gatita se le restregó sobre la tela del pantalón del uniforme tiernamente dejando a su paso un par de pelos. Señal de que quería comer.
Mafu no se negó y resignado, salió a la sala para tomar ambos platos metálicos y rellenarlos con croquetas de la bolsa plástica.
—Listo, ahora no tienes excusas para desordenarme nada ¿Oíste? -preguntó amenazante.
Poteto se limitó a maullarle y a comenzar a comer con avidez su pequeña porción de alimento. Sin embargo, en éste punto era muy extraño que Iroha no apareciera, pues siempre era la primera en llegar a comer en cuanto escuchaba el golpetear metálico de las croquetas cayendo sobre su plato.
Extrañado por esto, Mafu intentó llamar a la gatita. Evidentemente ésta no apareció. La comenzó a buscar rápidamente por toda la casa, revisando cada maldito rincón de cada estúpido cuarto del edificio, sin recibir señales de su paradero.
—Iroha-chan... ¿Dónde? -se dijo con preocupación.
La ansiedad comenzó a atacarlo, al recordar que al entrar a su casa la puerta estaba abierta... La gris felina pudo haberse salido sin ningún problema de la propiedad, en varias ocasiones la había sorprendido abriendo la puerta de su cuarto.
Molesto con sus padres, con el mundo, incluso con Soraru por haberlo dejado solo y con ese estúpido día en especial, el de ojos rubí salió corriendo de la casa para buscar a su preciada mascota. La idea de que algo le pudiera ocurrir lo amenazaba y la incertidumbre de su ubicación era muy grande, esa chica era muy ágil, pudo haberse escapado a cualquier lugar de la ciudad... A cualquiera.
「En otro sitio」
Bien, ese día era algo divertido. Su madre se había tomado unos días libres para estar con él y ahora volvía de su escuela con alegre caminar en dirección a su humilde hogar, mochila al hombro y sonriendo.
El sol brillaba sobre su castaño cabello e iluminaba los rojizos ojos de inquieto mirar mientras atravesaba el paso peatonal de la calle observando las nubes algodonosas flotar sobre su cabeza.
A pesar de ser un chico soltero en pleno día de San Valentín no tenía nada que envidiar a nadie, al contrario, era popular por tener una actitud y voz dulces, cara bonita y ser alto, además de su carismático comportamiento de niño-adolescente que enternecía hasta al más frío de los corazones, básicamente todo un ikemen, según las opiniones y rumores esparcidos por chicas de su clase y grado.
Debido a su pequeña fama dentro de la escuela, había recibido unas dos cartas declaratorias de varias alumnas y una caja de chocolates "Ghana" en el cajón de sus zapatos sin remitente. No supo cómo reaccionar ante tales objetos mas que con una cara desconcertada y un suspiro preocupado de resignación.
Ahora se sentía presionado socialmente por aquellos mensajes provenientes de casi desconocidas que pretendían entregarle su corazón sin siquiera haberlo deseado inocentemente, ni en sueños había creído que realmente ocurriría lo que insinuaban sus amigos en tono burlón desde días previos. Esperaba y rogaba que no le pidieran una respuesta, esperándolo al día siguiente justo fuera de su salón con ojitos suplicantes de cachorro y las manos unidas en plegaria. Él no tenía intenciones de salir con chicas, pero eso era su secreto.
Ya estando a varios metros de llegar al edificio donde vivía oyó un par de maullidos extraños y ruidos de objetos caerse salir del pequeño pasadizo que se creaba en medio de su edificio departamental y el de los vecinos, lugar usualmente utilizado para depositar la basura, por lo que no le sorprendería encontrar ahí hurgando entre los desechos, a su gato, uno en particular, porque los demás se quedaban bien guardados.
Se asomó para comprobar lo que prevenía y tomar de vuelta a su traviesa mascota, pero se encontró con una escena inesperada.
Una gata color grisáceo y blanco se le vino encima en cuanto lo vió por el estrecho pasaje, escondiéndose entre sus piernas y frotando su espeso pelaje en su uniforme escolar, mientras ronroneaba con agradecimiento. Detrás de ella se hallaban un par de cajas de cartón y una bolsa de basura tiradas y desparramadas por el suelo.
---Vaya... ¿Tú hiciste eso pequeño? ¿O pequeña? --preguntó cargando a la pequeña bola de pelos que movía la cola con alegría.
---¡Nyan!
---Hmm, ¿te perdiste acaso?
---Nyaa --respondió
---Tomaré eso como un sí... ¿Vives cerca de aquí?
La felina sólo se le quedó viendo e inclinó la cabeza a la izquierda, desconcertada. Tal vez intentando ver todo desde otra perspectiva.
---Mm, está bien. Soy Amatsuki, en cuanto encontremos a tu dueño me dirás tu nombre, ¿sí?
Se limitó parpadear repetidamente como respuesta.
No tenía la certeza de que de verdad se hubiese perdido, sin embargo, era muy extraño encontrar gatos tan bien cuidados y acostumbrados a la gente vagar por las calles a plena luz del día. Los gatos son nocturnos. Quería suponer que un animalito pedía su ayuda después de haberse perdido, además de que, él conocía a varios gatos callejeros del lugar gracias a su problemática mascota y no se parecían en nada.
-Me cambiaré el uniforme y luego... ¿Te parece que hagamos letreros con tu foto? Será mas fácil que te encuentren así.
La pequeña, ya desesperada, intentó saltar de los brazos de su rescatista y lo logró. Luego de un par de forcejeos, saltó desde el hombro del mayor y se dispuso a comenzar a andar despreocupada hacia la calle.
—Oye, ¡espera! -gritó el sorprendido Ama-chan.
Comenzó a seguirla y ésta al notarlo aceleró el paso, huyendo.
-¡No te vayas!
Pidió inútilmente, pues la pequeña comenzó a correr y correr como si de salvar su vida se tratase.
Desesperado y sin siquiera haber podido dejar su mochila en su casa, el castaño inició el proceso de captura de aquel escurridizo felino de nombre desconocido.
Ella atravesó la calle apenas por unos pelos, pues mientras cruzaba estaba la luz verde en el semáforo y una moto casi la toca, dándole un gran susto que la hizo brincar y llegar todavía más rápido a la otra acera, mientras el más alto se aguantaba las ganas de correr a salvarla, o castigarla, probablemente.
Corrió una vez el semáforo marcó que podía pasar y la asustada gata se le volvió a escapar, corriendo lejos de él, mientras Amatsuki estaba al borde de un ataque de nervios por verla casi atropellada. No había elección, debía de seguirla con cautela.
¿Aquella tarea sería sencilla? Por supuesto que no. Y se lo rectificó unas cinco veces más, en caso de duda.
La primera estuvo a punto de tocarla cerca de una tienda de mascotas que por alguna razón estaba en la ruta de la pequeña escapista. Extendió el brazo estando a unos metros detrás de ella, mientras se le quedaba viendo curiosamente a una jaula con canarios amarillos volando inocentes, pero claro, la gata tenía muy buenos reflejos y apenas sintió el tacto de una mano sobre su pelaje acolchado pegó un salto y se escondió detrás de un arbusto que adornaba la tienda por enfrente, Amatsuki la vió y ella en respuesta volvió a echar a correr.
La segunda alcanzó a tomar su cuerpo por unos segundos antes de que se diera cuenta, se molestara y le soltara un zarpazo a pocos centímetros de la nariz. Y la tercera fue más o menos igual, pero esa vez, el pobre adolescente la soltó, dejándola caer porque un ruido lo asustó.
La cuarta vez ambos iban bajando a través de unas escaleras que daban al parque más cercano de la escuela a la que asistía Amatsuki, cuando el cansado chico mencionado tropezó por estar mirando con resentimiento a su acompañante y casi cae de cara al suelo. Ganándose varias miradas extrañadas de uno que otro transeúnte que pasaba por ahí.
Pero, afortunadamente (o mejor dicho, extrañamente) la gatita al fin se apiadó de él. Se le acercó y dejó de oponer resistencia a ser cargada, milagrosamente.
-No confío en ti... ¿Ahora sí me vas a dejar ayudarte? -dijo el castaño mientras la sostenía y la miraba a los ojos, intentando descifrar lo que el animalito pensaba.
—Nya -respondió.
—Está bien -aceptó contento, para luego adentrarse en el pequeño parque a reposar.
Dieron un par de vueltas hasta llegar a una banca de metal color negro en uno de los caminos que daba a la plaza principal de aquel medio deshabitado parque. Lugar donde se sentaron a descansar un par de minutos.
「Mientras tanto」
—¡Agh! ¡Maldito día del amor! ¡Maldita sea con mis padres y su estupidez de dejar la puerta abierta! -replicaba con molestia el albino mientras andaba por las calles aledañas a su hogar pisando fuerte, con una muy molesta expresión adornándole el rostro.
Llevaba como mínimo unas dos horas completas buscando y rebuscando en cada rincón de las calles en dónde pensaba que podía ir un gato inexperto en vagar por los suburbios sin obtener ningún resultado en lo mínimo satisfactorio. Ni una pista de la ubicación de Iroha-chan en toda su travesía.
Por esto, Mafumafu estaba terriblemente estresado y comenzaba a entristecerse a causa de la creciente frustración, tenía ganas de llorar de rabia, de patear lo que fuera que se le acercase o de golpear la pared, lo que fuera daba igual. No poder encontrar a su querida gatita, a la que consideraba su propia hija era en verdad triste para él. Odiaba con toda sinceridad a sus padres en ese momento.
Con lágrimas asomando por sus brillosos ojos carmín dejó que sus pies lo guiaran a su siguiente parada para tomar un breve descanso, pues aunque no estuviera con toda la energía o motivación del mundo no se dispondría a relajar su exhaustiva búsqueda hasta al menos saber que continuar era imposible o inútil, por ejemplo, al caer la noche.
Atravesó una pequeña calle y llegó a un parque que no muy usualmente visitaba, pues no estaba precisamente cerca de su casa o escuela, pero que sí le convenía para su ruta. Era como la referencia principal entre la mitad del camino recorrido y por recorrer.
Con intención de descansar su mente paranoica inició una lenta caminata por entre los caminos del parque hasta llegar a una especie de plaza al centro del lugar.
Una fuente circular de piedra lanzaba chorros danzantes de agua de vez en cuando y atraía la vista de las escasas personas que se hallaba ahí caminando o comprando dulces de un pequeño puesto instalado justo al lado.
Agobiado y ligeramente deprimido, el chico se dejó caer sobre una de las bancas circundantes a la fuente central para intentar despejar su mente y descansar sus piernas, aún cubiertas con el uniforme de la escuela.
Miró con desdén a la nada, perdiendo de a poco la noción del tiempo, mientras la luz del Sol comenzaba a menguar y a teñir todo el cielo de anaranjado y hasta un poco de rosa, cubriendo su rostro con el leve viento que se llevaba flotando las hojas caídas de los árboles recapitulaba los acontecimientos sucedidos a lo largo del transcurso del día, uno a uno en su mente, preguntándose cuando fue que se había vuelto tan inconsciente.
Si Poteto había hecho aquel desastre en la cocina era porque él había olvidado alimentarlas antes de partir a su jornada escolar, tan sólo por estar resentido, pudo haber sido por eso mismo que Iroha, por el hambre hubiera decidido aventurarse fuera de la casa con tal de encontrar aunque fuera un poco de comida.
¿Desde cuándo se había vuelto egoísta?
La gatita no tenía la culpa en absoluto, claro que no... Pero, ¿y si le ocurría algo? ¿Y si alguien o algo la lastimaban? En el mejor de los casos alguna persona de buen corazón podría acogerla y cuidarla, aunque esa idea igualmente le seguía estrujando el corazón y en consecuencia derramar un par de lágrimas de culpabilidad.
Se talló los ojos, levemente hinchados y se quedó mirando al suelo con los ánimos por debajo de sus pies, cuando de pronto sintió algo suave frotándose sobre una de sus piernas.
Con el corazón palpitándole como loco Mafumafu volvió la cabeza a dónde sintió el tacto para observar una cabecita gris con un par de orejas puntiagudas mirándolo con detenimiento.
—¿I-Iroha-chan?
La gatita le saltó al regazo y se acomodó para sentarse, ronroneando.
—¡¿En serio eres tú?! ¡Iroha! ¡Iroha! ¡Te extrañé mucho! –exclamaba el albino abrazando a su bebé con desesperación, estaba desesperado de protegerla.
Ahora quería llorar de la felicidad y nunca soltarla.
D
e repente escuchó un par de pasos acercándose a él, los cuales interrumpieron el maravilloso momento de reencuentro que tenía, por lo que subió la mirada en dirección de donde venían las pisadas. Un joven de su edad se le acercaba con una cara de cansancio.
Se desconcertó y se preocupó, pues el tipo lo miraba como si lo conociera desde hace tiempo.
—Hola, mucho gusto. Soy Amatsuki... –dijo el desconocido con nerviosismo una vez estuvo en frente de Mafu.
—...¿Nos conocemos?
—No lo creo, jeje. ¡Oh! Pero conozco la escuela a la que vas! –dijo señalando el uniforme escolar del albino.
—Em, soy Mafumafu. ¿Qué necesita?
—Perdona por ser algo brusco, ¿ese gato es tuyo?
—¿Te refieres a Iroha-chan? ¡Por supuesto que es mía! He estado buscándola todo el día
—¡¿De verdad?! Me alegro de encontrarte, en serio. Verás la encontré cerca de mi departamento...
—¿Tú... la cuidaste?
—¡Eso traté! Pero tiene una mascota muy traviesa Mafumafu-san, yo quería hacer carteles con su foto para avisar, pero antes de hacer cualquier cosa saltó y empezó a correr hacia la calle y bueno, tuve que perseguirla un buen rato, jaja. Me alegro mucho de encontrar a su dueño antes de cualquier otra cosa.
—¡Muchas gracias! Amatsuki-san, le debo mucho
—A-ah, no es nada, de verdad. Yo también tengo gatos y me sentiría muy mal si alguno de ellos se perdiera, además, es como si ella supiera en dónde encontrarlo, no dejó de caminar y huir hasta que estuvimos aquí en el parque.
—Wow y eso que ella nunca sale de casa. De nuevo, gracias por cuidarla, Iroha-chan es como mi hija –dijo con brillitos en los ojos y un imperceptible sonrojo.
—Aw, eso suena muy tierno... Esto, ¿puedo sentarme? Estoy algo cansado.
—¡Oh claro, claro! No le pregunté pero, mm –hizo una pausa mientras pensaba– ¿Quisiera algún tipo de... recompensa? En compensación por todo el tiempo que Iroha le hizo gastar.
—¡No, no! Yo así estoy perfectamente, de verdad y de todos modos me conformo con cualquier cosa –negó con una amable sonrisa mientras hacía movimientos con las manos.
—Hm, ¿qué tal un helado?
—¿Helado?
—Sí, de aquel puesto de allá. Yo traigo dinero y para ser honesto, me sentiría mal si no pudiera compensarle de alguna forma. –Admitió con algo de vergüenza.
—Bueno, un helado es un helado, creo que no me podré negar.
El dueño de la gata festejó internamente y le entregó el felino a su acompañante.
—Bien, yo iré por eso, mientras tanto cuide a Iroha por favor –pidió levantándose de su lugar y sacando su billetera con ilustraciones de Pokémon –¿Algun sabor en especial?
—Pues... ¡Vainilla!
—Okey –sonrió antes de dirigirse hasta el puesto de helados.
Amatsuki sonrió de vuelta. Y es que simplemente no podía dejar de hacerlo, su corazón le pedía seguir sonriendo como bobo, o al menos eso era lo que creía sentir. Había algo en aquel desconocido de cabello incoloro pero llamativo que le producía ternura, sin contar su aguda voz que con facilidad podría ser confundida con la de una chica.
Tal vez era el hecho de que a pesar de mostrar un semblante tan triste por no ver a su mascota segundos antes de encontrarla hubiera cambiado de actitud como si nada tan sólo por volver a verla. En un santiamén su aura pasó de gris y azul a una amarilla y brillante que deslumbraba con alegría pura, sincera. Una característica que hizo al corazón de Amatsuki latir más fuerte de lo normal.
¿Sería esto producto del azucarado ambiente que saturaba el oxígeno en el día de los enamorados? Tal vez era muy pronto para deducirlo.
—¡Listo! ¡Vainilla!
—¡Se ve delicioso! Gracias Mafumafu-san
—No es nada~
...
