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El frío invernal de mediados de febrero que cubría como una sábana el cielo del medio día anunciaba a los pobladores y visitantes del norte de Japón qué tal vez, quedarse en casa no sería una mala idea.
Hacía pocos días atrás una leve nevada manchó de un suave y aterciopelado blanco tejados de todos colores y calles pavimentadas con unos cinco centímetros de profunda, helada nieve, que por desgracia no era exactamente comestible.
Clases habían sido canceladas para casi todas las escuelas de aquella pequeña ciudad, establecida con trabajo sobre la montaña, en la que la mayoría de habitantes eran comerciantes de humilde origen, con ambiciones y vidas sencillas.
La vida en ese pequeño pedazo de urbe no era complicada, en el sentido en que las actividades eran menos y más fundamentales que en la ciudad, eso lo tenían muy en claro, pero no quitaba el arduo trabajo que ponían en ellas y la complicación en la ejecución de algunas.
Eso era lo que le habían enseñado con cariño al tierno Risru desde su infancia, un niño de once años con personalidad tímida y ojos oscuros muy bonitos, llenos de curiosidad e ilusión.
Su pelo estaba algo largo y tan lacio que se alcanzaban a distinguir leves destellos de azul en él cuando le daba la luz del Sol, aunque por lo general se veía negro; era una peculiar característica que le enorgullecía poseer.
Él ignoraba casi por completo qué tenía de distinto el catorce de febrero de lo que restaba del mes en su pequeño mundo de vecindades separadas donde todos se conocían, el ambiente siempre se veía igual y en invierno se volvía un poco más solitario, pero nada fuera de lo normal. Y no es que su hogar estuviese muy alejado del mundo, para nada, porque llegaban con frecuencia extranjeros y turistas de todas partes a recorrer algunas zonas, mas bien los pobladores eran tradicionalistas.
Quizás haya sido a causa del tan mencionado calentamiento global de esos días que la capa de suave nieve de este año fuera visiblemente más delgada que de costumbre. Gracias a ello las clases tan sólo sostendrían su suspensión por dos días antes de declarar la completa seguridad de sus alumnos en el camino de ida y vuelta a casa, por el cual Risru no ansiaba pasar en una semana.
Por aquella esperada cancelación de actividades escolares y la reducida manta de nieve que limitaba algunas actividades en las vidas de la gente, el jovencito se había tomado la molestia de sacar varios suéteres del armario, sus botas y una acolchada bufanda para combatir al frio ya acostumbrado de la época e ir en busca de aventuras por ahí. Sus padres le permitían vagar en tanto volviera pronto o estuviera cerca de casa, sin embargo su querido hijo a veces era travieso y gustaba de adentrarse en lugares más abandonados por el hombre para observar de cerca la naturaleza de su montaña, le tenía una admiración ensoñadora a los animalitos que ocasionalmente se cruzaban en su camino.
A veces, en sueños, imaginaba que era un azulejo o un gorrión que volaba libremente sobre los árboles cantando con un dulce sonido. Era de sus sueños favoritos.
Y mientras pensaba en todo aquello que haría durante las cortas horas de sol disponible sobre su cabeza atravesaba, animado, la puerta de su casa. Cerró con llave una vez fuera y revisó su pequeña mochila para comprobar que nada le hiciera falta: llaves, una manzana, una pequeña cámara que tenía y mucho espacio para guardar lo que se encontrara tirado en el suelo a lo que su madre se refería como "basura".
---¡Listo! --se dijo al terminar.
Tomó aire refrescante y dulce de la calle a la que le habían negado el derecho de transitar por la caída de fríos copitos de nieve y fuertes vientos helados e inició su caminata sin más demora.
La manta ligeramente voluminosa de agua a medio descongelar no duraría demasiado, pues en cuanto hubo salido se dió cuenta del Sol invernal que sin calentar casi nada quemaba la piel como un hielo, haciendo incómodo el uso de todas las capas de ropa con las que iba protegido.
Guardó uno de sus suéteres en el espacio libre de la mochila y avanzó por entre la calle, aún quedaban algunos vendedores de pequeños objetos ofreciendo dulces u otras curiosidades que al niño le agradaba coleccionar, pero algo le decía que era un día en que no necesitaría comprar más de esas chucherías.
Caminó un par de cuadras hacia adelante, mientras observaba todo en derredor, las casas se veían tan bonitas adornadas de ese puro y suave blanco que daba una mágica sensación de haber entrado en otra dimensión así como así. Le dieron ganas de tirarse al suelo y hacer angelitos, pero no era un lugar apropiado para eso pues de vez en cuando pasaban autos por la calle y algunas personas que se dirigían a quien sabe dónde.
De pronto se percató de que no había planeado su recorrido para nada y que tan sólo esperaba que sus pies supieran guiarlo a dondequiera que deseaba ir, aunque al parecer su sentido de la orientación sufrió daños a consecuencia del poco explorado escenario de mediados de febrero.
Cómo primera opción en su itinerario recién inventado pensó en ir a una tienda cerca de su escuela donde vendían dulces; era agradable la idea de calentarse por dentro entre todo el extraño clima del día.
Caminó hacia allá, divagando con pensamientos muy propios de un niño alegre y algo asocial como él, saludando en el camino a uno que otro adulto amigo de sus padres o conocidos, pues cómo ya se dijo, ahí todos se conocen.
En el transcurso inclusive vió a un grupo de más o menos veinte niños de su edad, o un poco menores, guiados por una mujer estricta en una caminata con (probablemente) dirección al museo más famoso del pueblo. Las excursiones escolares solían ir allí a menudo, era fácil de predecir.
Sin prestar mayor atención a los visitantes y distractores del lugar continuó su camino, pasando por el vecindario que conocía como la palma de su mano mientras contaba mentalmente los yenes disponibles para gastar en golosinas sin terminarse su mesada.
Después de un par de calles terminó por divisar el techo sobresaliente del pequeño local color rojo brillante, caracterizado por su estilo americano que tanto llamaba la atención de los niños con algo de desarraigo a su cultura natal.
Era un lugar estrecho, hecho sólo para ver, decidir, pagar e irse, aunque la intensa paleta de color del interior daba una sensación cálida. A los visitantes les agradaba quedarse embelesados observando azucarados pedazos de postre que no debían comprar antes de irse. Como Risru, por ejemplo.
Compró un par de dangos y un ohagi, ya que le gustaban mucho. Se los comenzó a comer durante su reposo momentáneo en una pequeña acera libre de tanta nieve y pensó en visitar el parque del lugar; algunos se referían a él como una reserva ecológica pero era demasiado pequeño para eso, clasificarlo era confuso.
Terminó su última mordida de ohagi, guardó uno de sus dangos en la bolsita de plástico donde se lo entregaron y lo metió en la mochila, le ilusionaba observar los cerezos antes de su época de florecimiento, dónde todo se tornaba en un rosa pastel muy bonito, pero que al pequeño de ojitos oscuros no le parecía tan lindo cómo el blanco.
Al llegar ahí se la pasó paseando, dando vueltas alrededor. La naturaleza se veía de alguna u otra forma distinta.
Normalmente Risru no tenía oportunidad de fijarse en todos los cambios que la época generaba en su entorno debido a los fuertes vientos y a su fragilidad en el sistema inmunológico pero ahora, verlos con toda libertad era una experiencia nueva y se lamentó internamente por no tener alguien para compartir ese instante de su vida. Debería de socializar más.
En una banca abandonada se dejó caer con pereza mientras paseaba la mirada de aquí para allá, sin sentir ninguna necesidad de moverse. Una extraña relajación lo aturdió ante tanto silencio y, usando su mochila como almohada terminó por recostarse hecho bolita sobre la banca a dormir cual vagabundo con casa.
En el tiempo que pasó durmiendo soñó con todo el blanco que inundó su hogar, pedazos azules de cielo y animales de pelaje suave e invernal. Pensó en ser un conejo.
Sin embargo, de la nada sintió como si algo lo molestara, una especie de tacto y después, ¿una voz?
Aletargado abrió los ojos de a poco, una figura humana se definía frente a él y también las palabras que salían de su boca.
---Hola.. hey..
—¿Qué rayos?
—¡Oh! Al fin despiertas
Se frotó los párpados con pesadez y miró soñoliento al niño que lo espectaba con preocupación, era extraño, nunca lo había visto. Vestía el uniforme de una escuela desconocida, un gorro azul en la cabeza y unos guantes.
—Eh, pues sí pero, ¿quién eres? –preguntó ladeando la cabeza. —No te había visto por aquí, creo.
—Bueno eso es porque no soy de aquí, verás... Yo, mi escuela organizó un viaje escolar hace poco y-y hoy, cuando volvíamos del museo que está cerca de aquí, unos amigos me pusieron un reto y em... Me acabé perdiendo en el camino de vuelta, ya no sé ni dónde estoy –admitió mirando al piso tras un resignado suspiro.
—Vaya, debe ser horrible quedarse solo sin conocer a nadie –comentó sin asegurarse de sus palabras.
—¡Sí! Y además no había nadie cerca de aquí así que, bueno vine a molestarte ¡Pe-pero sólo para que me ayudes a volver! Lo prometo. –agitó las manos mientras habló.
---Entonces...
---Es que, como te ví aquí dormido me extrañó y quise ver si podías ayudarme.
—Bueno, pero ¿No deberías esperar a que te busquen o algo? Seguramente ya se dieron cuenta de que desapareciste y estarán buscándote.
—Eso sería lo mejor, si no me hubiese escapado...
Rascó su nuca.
—¿Escapado?
—El reto. Cuando terminamos de ver el museo al que nos llevaron en la mañana vinimos aquí un rato antes de volver al hotel donde nos estamos quedando, nos dieron un poco de tiempo libre, así que jugamos a las escondidas por aquí cerca y luego a verdad o reto...
El recién despertado observaba detenidamente a su acompañante desorientado, sin escuchar claramente lo que le relataba, cómo buscando algo en específico que no podía descifrar.
—¡Ah! ¡Ya recordé! Ví a tu grupo en la mañana, son como veinte niños, ¿no?
—¡Exacto! Entonces ya sabes con quien vengo, wah que alivio.
—Oh perdón, ¿te interrumpí?
—No importa, el punto es que me extravié y necesito de tu ayuda ¿Me ayudas a volver?
—Está bien, no tengo nada que hacer de todos modos. Hoy es mi día libre.
Un leve sentimiento de culpa preocupó al chico.
—Ah... Bueno, ¿cómo te llamas?
—Soy... Espera espera, ¡yo te pregunté eso primero!
—Cierto, jajaja. Soy Silvana, un gusto.
—¿Silvana? Wow es un nombre curioso, ¿es extranjero?
—¿Qué? No estoy seguro, nunca le pregunté a mis padres ¿Y tú?
—Risru, vivo muy cerca.
—Es un bonito nombre, suena más japonés, jeje.
—A-ah ¿sí? Gracias –balbuceó avergonzado.
Risru no había recibido cumplidos así que no vinieran de sus padres o algún familiar, así que se sintió extrañamente bien ser halagado por una persona de su edad.
—Bueno vamos, no tengo mucho tiempo ¿No sabes que hora es?
—Nop, no tengo reloj. Espero no haber dormido por mucho –respondió mientras se levantaba de su improvisada camita.
—No lo sé, pero tienes el sueño pesado –rió– fue difícil levantarte.
—... Perdón.
El desesperado Silvana tomó la mano del otro una vez hubo terminado de tomar sus cosas para apresurarlo, pues parecía que todo se lo tomaba con demasiada calma.
—¡¿Qué haces?! –exclamó entre asustado y confundido soltándose del agarre.
—Te tardas mucho Risru-kun –reclamó el otro.
En respuesta su guía sólo hizo un puchero, con la cara completamente coloreada de rojo. Una expresión de molestia e incertidumbre era lo que demostraba más que nada.
Silvana comenzó a reír por lo bajo ante el comportamiento tan inocente del otro.
—¡Para! ¡No te rías!
—Es que- Jajajaja ¡Casi te comportas como una de mis amigas! –rió más fuerte.
—¡Qué grosero! -se quejó
Mientras el menor dejaba de reírse de la tontería por la que "discutieron" una bola de nieve le golpeó el brazo izquierdo, dejando una fría sensación y quitándole por completo la risa.
—¡Oye!
Otro helado impacto en la cara.
Risru era el que se reía ahora (haciendo notar la agudeza de su voz). Su venganza estaba completa.
Olvidando la prisa que tenía de volver unos segundos antes, el niño uniformado frunció el ceño, tomó una cantidad de nieve amontonada al lado suyo, la amasó como plastilina en forma de esfera deforme y la lanzó a la cabeza del atacante.
—¡Wah! –gritó Risru justo antes resbalar, perder el equilibrio y caer hacia atrás, golpeándose la cabeza con la banca en la que había dormido —Auch...
—¡Risru-kun!
Corrió preocupado en su auxilio, pues el pobre había acabado tirado en el suelo sobándose la nuca mientras trataba de levantarse.
—¡Perdón perdón! ¿Estás bien? –preguntó Silvana nerviosamente apenas llegó a su lado.
Se sentó juntó a él de cuclillas y lo observó detenidamente sin saber bien qué hacer ante una crisis. El atacado se recuperaba de a poco haciendo un par de muecas extrañas, pero sin quejarse o algo.
—Je... Creo que estoy bien –dijo una vez pudo sentase sobre sus piernas –me he golpeado más fuerte –admitió optimista.
—Bueno, pero ¿No te duele?
—Nop, o tal vez sí, solo un poco.
—¡Tengo una idea! –exclamó antes de quitarse el gorrito de lana para ponérselo sin su consentimiento en la cabeza a Risru– listo.
—Gracias... Oye ¿Así es tu cabello normalmente? –preguntó mirando fijamente el blanquecino color que adornaba la cabeza de Silvana. –Tú... ¿Eres albino?
—La gente siempre se sorprende, tal vez porque mi piel tiene algo de color pero sí, soy albino y... A veces me pongo azul en las puntas, por diversión –sinceró inquieto.
—Creo que es lindo, como la nieve –expresó medio pensativo el mayor, con destellos de curiosidad asomándose por los ojos.
—Em, no digas cosas extrañas, seguro debe ser por el golpe ¿No te sigue doliendo? –evadió sin percatarse de la ligera vergüenza que se hacía presente en su rostro.
—¡Nop! Tu gorro es suave, ya no siento nada.
—Muy bien, hay que apurarnos para que no me deje mi grupo.
—¡Casi lo olvido! Mmm –reflexionó– ¿Dónde deberían de estar ellos ahora?
—Pues, cómo ya vimos el museo y el parque supongo que... al templo, quizás.
---Eso está un poco lejos y honestamente, suele llenarse mucho de nieve en estas fechas, no creo que les convenga ir ahora.
---Ya veo, ¿hay algún otro lugar turístico por aquí?
---Sí pero no sé si estén abiertos, la nieve es menos que los años pasados, así que es posible... --hizo una pausa-- ¿Ustedes se quedaron en un hotel o vienen por un día?
---Nos quedamos, hoy es el día de regreso. El hotel está cerca de una librería o algo parecido, no recuerdo el nombre.
---¡Sé cual es! Puedo llevarte hasta allá y tú sólo deberás decir que te perdiste o no sé.
---Me gusta la idea, ¿estamos muy lejos?
---Ehh algo, sí.
---Ahg, eso me pasa por hacer las estupideces que dice Shakemii...
---¿Okey? Vamos, ya perdimos tiempo --apresuró.
---Si, es cierto.
Se levantaron del frío y duro suelo para así comenzar a planear su ruta. A Silvana le hacía mucha ilusión encontrar ayuda (aunque fuese de otro niño) en medio de esa medio muerta ciudad desconocida a la que por una razón, que no terminó de entender, fueron de excursión sus amigos y él. El camino era complicado, o así lo hacía ver Risru cuando se confundía de calle debido a su débil sentido de la orientación, causa de la nieve.
---Así que vinieron aquí y no sabes ni por qué, ¿eh? --preguntó el guía una vez estuvieron seguros de que la calle sobre la que caminaban era la correcta.
---Sep, en realidad si lo explicaron pero yo no puse atención o no entendí bien, creo que dijeron que había algo interesante que ver, pero tal vez estaba cerrado
---Suena extraño, aunque quizás se refirieron a la nieve, ¿no crees? Es muy interesante al fin y al cabo
---Puede ser, tal vez sólo me confundí y sí lo vimos
---Presta más atención, Silvana-kun así no te perderás la próxima vez
---¿Eh? ¿Quién fue el que confundió la misma calle dos veces en su propio vecindario?
---¡No es mi vecindario! y ya te dije que es la primera vez que salgo cuando ha nevado, siempre me quedo en casa
---Sí sí, lo que digas. ¿Falta mucho?
---Ya no tanto, nos faltan unas dos cuadras más y una vuelta a la derecha
---Que no termine siendo a la izquierda, por favor. --rió
---Deja eso --respondió resoplando.
Caminaron un par de calles extras y al final, tal como dijo Risru, llegaron a la librería al lado del hotel. Milagrosamente estaba abierta y también una panadería pequeña con un delicioso aroma desprendiéndose del pan recién horneado de los aparadores.
Silvana se les quedó mirando con agua en la boca.
---¿Tienes hambre? --preguntó el de cabellera azul oscura al notar la obviedad de la expresión del otro.
---Bueno, no desayuné, jaja
---Mira, tengo un dango, ¿quieres? --ofreció extendiendo la brocheta dulce con la bolsita de plástico.
---¡Me encanta! ¡Gracias!
Lo tomó y se lo comió tan rápido que casi mordía la envoltura, la cara se le iluminó y sonrió agradecido por llenarse un poco el estómago.
Risru sonrió extrañamente al ver la cara del preocupado niño al que ayudó a volver, algo en su comportamiento le enternecía, sin mencionar lo inesperado de encontrarse un nuevo amigo con el cabello del color de la nieve y las nubes, "y yo que me creía especial" pensó en el momento en que se quitó el gorrito para dárselo en compensación por el golpe en la cabeza. De verdad le pareció interesante, pero era muy triste por otra parte, el hecho de que el mismo día de su encuentro se convirtiera en el día de su despedida. Silvana era de las pocas personas con las que Risru no sentía inseguridad o indiferencia de la otra persona, por eso se entristecía.
---¿Qué tienes? --preguntó espontáneamente-- Pusiste una cara muy triste de repente.
---Ah, yo... No es nada, pensé algo
---¿En qué?
---Nada, vámonos o te abandonarán aquí
---Bueno si me dejan ya tengo un amigo, ¿no?
---Jeje, es verdad --se calló mientras miraba al cielo-- ¿crees que vuelvas a venir?
---¿Aquí? No sé si la escuela vuelva a organizar un viaje en un tiempo pero... ¡podría venir en las vacaciones! Si mis papás acceden, claro.
---¡Sí! Te mostraré algunos lugares a los que me gusta ir cuando paseo, en verano es más fácil ir aunque no me gusta el calor
---Me parece bien, espero que se pueda --concordó.
Caminaron hasta la entrada del hotel y como Silvana le pidió a Risru que lo acompañase a la recepción entraron juntos. Para sospechas del mayor y sorpresa del menor la maestra estricta ya estaba ahí con cara de preocupación, por lo que al verla, Silvana se tentó a echarse a correr y volver más tarde pero Risru le tomó la muñeca, evitando la huida. Lo obligó a avanzar hacia la mujer y en cuanto ésta los vió saltó de su asiento y corrió hasta Silvana sin saber si regañarlo o no.
---¡Silvana-san! ¡Te hemos estado buscando desde que desapareciste! ¡Incluso fueron a buscarte al museo! ¡¿Dónde estabas?! --interrogó eufórica.
---Yo... Yo...
El pobre se quedó en blanco. Si lo descubrían y lo reportaban a la escuela lo más probable era que terminaran por quitarle calificación o negarle su próxima excursión.
---Dis-disculpe --habló Risru con miedo.
---¿Si? ¿Quién eres?
---Soy Risru y em... bueno, yo encontré a Silvana cerca del museo, donde me dijo que se había perdido y me pidió ayuda para volver, pero... No-nosotros nos tardamos en llegar porque confundí una calle en el camino y... --dijo asustado sin atreverse a mirar a los ojos a la maestra.
---Está bien --suspiró intentando calmarse-- pero, ¿no debías de estar en la escuela hoy?
---¡No! Me refiero, hoy no tuvimos clases por la nevada
---Entiendo, gracias por ayudar a mi despistado alumno a volver, puedes retirarte --dijo amablemente a Risru, aunque sin confiar del todo por la expresión de Silvana.
---A-adiós Silvana-kun --se despidió incómodo el mayor.
---Adiós Risru --le devolvió la despedida con una sonrisa de agradecimiento en los labios.
---Bueno niños, voy por el grupo, ya debemos irnos --dijo la maestra antes de desparecer por un corredor.
---Tú maestra me da miedo --admitió
---Está enojada, pero no suele ponerse así --dijo soltando una leve risa de los nervios-- Gracias por salvarme
---Bueno, técnicamente no mentí así que está bien
---Igual, eres valiente
---¡Gracias! --se miraron a los ojos por unos segundos-- Por cierto, ¿quieres tu gorro? Qué idiota, más bien debí dártelo antes --rió.
Se quitó el gorrito de Silvana para devolvérselo a su dueño pero éste dudó en aceptarlo.
---Quédatelo, diré que lo perdí
---¿Eh? ¿Por qué?
---No lo necesito, hace más frío aquí --sonrió.
---Pero...
---Nada. Si te lo pones, me acordaré de volver, ¿qué tal?
---No tiene sentido, pero creo que no hay alternativa, ¿cierto?
---Nop, haces bien.
Comenzaron a reír por su imitación de charla adulta sobre la devolución de un pequeño objeto y luego se despidieron contentos, manteniendo en el rostro una expresión satisfactoria durante todo su trayecto de vuelta. Risru abrazó a su madre al llegar a casa y Silvana golpeó a Shakemii en el autobús.
Esperarían con ansias el verano de ese año, a pesar de disgustar del calor.
