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Ese día, trece de febrero, Amatsuki había dicho con su habitual soltura y naturalidad a su amigo teñido de rosa pastel:
—Es un chico encantador, un poco mayor que tú pero parece más pequeño. Se llama Aikawa Mafuyu, aunque todos le decimos Mafu-kun. Es de mis mejores amigos así que trátalo bien. Le dije algo parecido sobre ti, no te preocupes, él no es pretencioso. —Sonrío para darle confianza.
Estaban en el departamento del chico luna, discutiendo los detalles preparados para el día siguiente, el día de los enamorados.
Luz sabía de la extraña costumbre, gusto raro de Amatsuki, por emparejar personas fungiendo de cupido. Aún cuando él estaba soltero y viviendo con seis gatos y un perro pequeño. Conocido por ser muy cercano a la chica gato y a otro cursi chico llamado Tomohisa Sako cuya relación era un tanto ambigua. Igualmente su noble carácter risueño dejaba mucho para adorar. Esa risita de shota inspiraba una confianza natural, la cual te recordaba a un carismático niño, enternecedor y sincero; lástima, porque parecía estar perdiendo su efectividad sobre el más alto, quien no paraba de poner peros a las explicaciones dadas. El problema en que se había metido el pobre Luz tenía relación con una apuesta perdida para variar. Había apostado contra Amatsuki una cita a ciegas en caso de que el otro se dispusiera a usar tacones en su cumpleaños. El día entero, las veinticuatro horas. Nunca hubiera creído la celeridad con la que el castaño obtuvo los zapatos, desfilando con ellos en su pasillo, con total desenvoltura y uno que otro tropiezo, prometiendo usarlos el día entero. Luz lo había dicho totalmente en broma. Se había arrinconado él mismo, ahora se atenía a las consecuencias. Creyó que Amatsuki tendría mas pudor, o quizás dignidad.
Esa breve y superficial descripción del chico con el cual se iba a encontrar no lo tenía muy calmado. Ama-chan también mencionó que sería fácil reconocerlo por su cabello blanco, posiblemente una playera negra y su voz afeminada, es decir, aguda. Lo desesperante de la situación era que, hasta el momento no podía vislumbrar a ningún transeúnte llegando al pequeño lugar con el aspecto previsto. Llevaba alrededor de veinte minutos esperando sentado con cara de nervios a su (por decirlo así) pretendiente. No volvería a apostar contra Amatsuki. Pudo reconfortarse con el pensamiento de: "Bueno, por lo menos tengo tiempo para pensar en qué decirle a Aikawa-san..." mientras observaba en dirección al ventanal de aquella heladería con los ojos yendo y viniendo perezosamente.
Por otra parte, el mencionado albino había sido abordado la tarde anterior por uno de sus fieles compañeros de estupideces. "Heey, ¿quieres ir a una cita mañana? Supe que estarías libre y pensé que tal vez aceptarías" El pobre Mafumafu se desentendió, quedó en silencio por unos momentos procesando las palabras soltadas con tanta espontánea normalidad por su singular e imprevisible Amatsuki. "¿Qué?" Respondió un minuto mas tarde.
—JAJAJA, no te preocupes, la cosa no es conmigo Mafu. —esclareció dándose cuenta lo raro que había sonado su propuesta— Te estoy invitando a una cita a ciegas ¿Qué opinas?
—¿Y por qué yo? ¿Qué te hice Ama-chan? —cuestionó suplicante— Sabes que con desconocidos soy muy...
—Vamoos —canturreó— Será divertido. Necesitas salir de tu zona de confort al menos por un día al año. Te haría bien socializar ya que prácticamente te la vives con Iroha.
—Será divertido para ti. No me hagas esto, por favor. Aparte, no tienes derecho a criticarme por tener dos gatos...
—No empecemos con esto. Debes aceptar, ese chico hizo una apuesta muy ingenua contra mi y eres el perfecto partido para él. Ayúdame a vengarme Mafu —alargaba las últimas vocales con una voz graciosa, para hacer parecer cómica a la situación.
—¿Cómo vas a saber quién podría gustarme? O más bien al revés...
—Es guapo, tú eres lindo, no sé. Mi intuición me lo dice —argumentó.
A Amatsuki le costó un buen rato de réplicas el lograr convencer al tímido e introvertido joven de presentarse. No aceptaría una negativa y mucho menos una retractación por parte de Luz. Le informó de todo lo que tuvo que pasar con tal conseguirle la cita. "Eres un malagradecido Luz, ¡te estoy haciendo un favor!" había reclamado. Estaba prácticamente bajo amenaza y, por lo tanto, se veía obligado a esperar lo necesario.
Mafumafu apenas pudo dormir la noche anterior pensando en lo que haría, si no presentarse era una opción, fingir enfermedad quizás, qué pediría de comer, qué podría decir para no aburrir al chico (quien probablemente sería mucho más seguro de sí mismo) y cien cosas paranoicas más. Tanto así que, a la hora de despertarse ya se había hecho tarde. El tiempo programado para escoger su ropa y arreglarse debía ser suprimido a la mitad si deseaba no quedar mal. Normalmente era increíblemente empático con cualquier persona, sin embargo, al ser sometido a una situación tan aborrecida como lo era una cita con un desconocido, que había sido premeditada sin su consentimiento, su perspectiva cambiaba drásticamente: deseaba vengarse cruelmente de Amatsuki una vez la tortura propia hubiese terminado. Por el momento se concentraría en pensar qué sería conveniente usar para la ocasión. Ni muy holgado ni muy ajustado, decidió al ver en su guardarropa casi monocromático. Un pantalón negro y una playera, ya vería si algún otro accesorio. El problema apareció cuando se percató de todo el tiempo perdido en esa poco importante decisión, le quedaban apenas tres cuartos de hora para llegar al sitio. Y no sabía cómo llegar.
La ansiedad empezó a correrle por la sangre en ese instante y, presa de su desesperación, se vió obligado a llamar al responsable de todo ese desastre para preguntar una quinta vez cómo llegar desde la estación del tren hasta el lugar.
El desdichado albino ni siquiera había alcanzado a secarse el pelo. Se llevó un peine de su casa para no lucir tan horrible al encontrarse con el iluso que había perdido la apuesta. Su nombre era el único dato provisto por Amatsuki y se lo repetía incesantemente en el transcurso del viaje: "Luz-kun" "Luz-kun..." No tenía nada contra él, pero sí sabía que le guardaría aunque sea un atisbo de rencor por su ingenuidad. Pero bueno, no juzgues un libro por su portada, se suponía que pensaba al ver la ventanilla al lado de su asiento.
Ya casi llegaba a los cuarenta y cinco minutos de retraso. Luz comenzaba a creer que el tal Mafu-kun simplemente había engañado al castaño y ni siquiera planteaba presentarse para conocerlo y reír del estúpido plan de la cita. Suspiraba con decepción, decidido a irse si no llegaba al cumplirse la hora. Sacó su teléfono del bolsillo para distraerse mientras tanto y vió con asombro un mensaje de la persona a la que menos agrado guardaba en aquel momento. "Mafu está en camino, no te vayas a ir de ahí" ¿Se suponía que eso era una amenaza? Ya no le temía a las ocurrencias del castaño. No después de esto.
Aburrido de esperar tanto tiempo guardó el aparato y se dispuso a salir del local, justo en el momento en que vió a un joven más o menos de su edad, cabello claro, correr al lado de la vitrina, detenerse en la esquina de la acera, voltear en todas direcciones buscando algo y finalmente, al ver el pequeño local, hacer un ademán de alivio poniéndose una mano en el pecho mientras recuperaba el aliento. Se irguió y camino hasta la puerta. Cautelosamente la empujó, cuidando no ser demasiado escandaloso ni llamativo.
Luz se había levantado de su asiento. Se le quedó mirando al inocente que había entrado nerviosamente y lo analizó. Al compararlo con la descripción todo parecía encajar perfectamente. Cabello blanco, ropa mayormente negra, de apariencia juvenil. Solo faltaba la voz aguda y el nombre.
Mafu, después de agradecer a la mujer detrás de la barra por ofrecerle un helado se dedicó a buscar entre los comensales al tal Luz; no se esperó estar siendo observado tan atentamente por un hombre alto de apariencia elegante. Sintió esa mirada escudriñándole el cerebro y se cohibió, bajando la mirada por la vergüenza. Al fijarse en la acción del mayor, Luz se sentó, sintiéndose un acosador y un tonto. Haciendo uso de la poca confianza que le quedaba invitó a Mafumafu a sentarse en la silla frente a la suya, con un movimiento de cabeza. De pronto le entró en la cabeza al albino, él debía ser Luz. Ahora estaba más que intranquilo, pues su primera impresión era bastante delatora, el alto personaje ya se había enterado de su inseguridad y timidez. Recabó toda la voluntad que pudo y se acercó a sentarse frente a su cita, tomándose su tiempo para tranquilizarse.
Al quedar frente a frente ninguno supo qué decir. El menor miraba discretamente a su acompañante e intentaba abrir la boca, pues parecía como si el albino hubiera sido llevado por la fuerza. Se le notaba incómodo, ni siquiera alzaba la mirada.
—¿Aikawa-san? —infirió con timidez.
Estaba consciente de que el chico era mayor, por mas infantil que pareciera su carácter y debía tratarlo como tal. Supuso también que quizás estaba apenado por la demora, en vez de inhibido por la situación.
El albino se tensó al escuchar la voz del otro. Era grave y hasta un tanto seductora, no sólo era guapo, como bien dijo Amatsuki, sino que también le ponía los pelos de punta. En un intento por guardar la compostura, carraspeó aclarando su garganta y le dirigió, por fin, la mirada.
—Mucho gusto... ¿Luz-san?
El nombrado sonrió y dió un gran suspiro de alivio internamente. Temió haberse equivocado de persona.
—Sí, soy yo. Veo que ese tipo no te dió muchos detalles --comentó para infundirle confianza, soltando una risilla.
—¿Eh?
—Amatsuki, él... me dijo que te había contado algo sobre mí pero parece que no, ¿cierto?
—¡Amatsuki, claro! —exclamó como despertando de un sueño— di-disculpa, es sólo que estoy algo nervioso. Es verdad, Ama-chan no me dijo prácticamente nada sobre ti, excepto tu nombre.
Luz suspiró más calmado, echándole la culpa al castaño por la confusión que les había causado.
—No te preocupes, la verdad es que también a mi me arrastró a esto. Pero ya que estamos aquí deberíamos sacarle algo de provecho —propuso animoso.
—Es buen plan, no quisiera irme con las manos y el estómago vacío —sonrió aún con timidez, cerrando los ojos.
El joven y apuesto chico se encantó al ver aquella adorable carita intentando mostrarse segura. A la vista, ese cabello medio despeinado color blanco, esos ojitos inocentes y la suave piel de la cara se sentían acogedores. Un tanto pueriles y cándidos. Pidiendo a gritos que trataran con gentileza a su dueño, las finas facciones del mayor hechizaron a Luz apenas con curvar las comisuras de la boca hacia arriba. Y su aguda voz reverberó con dulzura en su cabeza. Dejó de pensar en el suspenso que había sufrido, en la incomodidad pasada, para concentrarse en la persona frente a él. Le devolvió el gesto, gustoso de no haberse ido del lugar.
—Tienes razón. No he comido nada, ¿y tú?
—Tampoco, yo... —se quedó en silencio un momento.— Por cierto, Luz-san, lamento la demora. Se me hizo tarde al venir porque casi me pierdo en el camino y tuve algunos inconvenientes en casa —se excusó jugando con sus manos sobre la mesa— A decir verdad, no soy muy bueno con los extraños.
La brillante mirada se apagó lentamente, parpadeando como un foco deslumbrante a punto de fundirse, al tiempo en que las pupilas se deslizaban de la mesa hasta el piso pausadamente. Ya se sentía culpable por su pequeño contratiempo. Pero Luz no permitiría que ese tierno ángel se entristeciera por una trivialidad así al cabo de conocerse.
—No hay problema, en realidad yo también llegué algo tarde así que despreocúpate de eso —mintió con una bella sonrisa.
Desde antes que Mafu arribara, Luz había permanecido con los codos doblados sobre la mesa, repiqueteando con los dedos. Y en aquel momento, con ambos sentados a comer, sus dedos alcanzaban a rozarse inconscientemente. Al hablar para animarlo, el menor abandonó poco a poco su juicio, subiendo su mano sobre la mas pálida. Acariciando el dorso con el pulgar suavemente. Tal como imaginó, la piel del albino era sumamente tersa.
Miraba embelesado a Mafu al decir aquellas palabras. Tal vez fuera esa la razón de tan extrovertida acción que había congelado al nervioso de cabello blanco en ese preciso instante.
—A-ah, entiendo —respondió colorado, con los ojos abiertos como platos, en busca de alguna explicación coherente al súbito toque de su acompañante.
Por su parte, Luz finalmente se percató de su actuar tan confianzudo y retiró ágilmente su mano de la mesa, al igual que su compañero, sin saber qué decir.
—Perdona, creo que el insomnio me hizo daño, ah jajaja —fingió una risa natural mientras se maldecía internamente.
Su improvisada excusa no bastó para devolverle la tranquilidad a Mafumafu, quien se removía en su asiento, desbordante de preguntas respecto a la cita y al hombre frente a él, reflejadas en su semblante asustado.
—No importa, jeje —evitaba mirarlo directamente— Curiosamente tampoco yo pude dormir muy bien anoche.
Ahora no se sentía mal por haber llegado tarde, pero en su cabeza se hacía un gran remolino. Uno que se pausaba cada vez que escuchaba la voz de Luz hablarle. Por alguna razón, sentía que aquello era demasiado bueno para ser verdad.
—En ese caso... ¿Ordenamos de una vez? —señaló el menú dibujado en una pizarra negra de la pared, justo al costado de la barra.
Mafu asintió e intentó recobrar la poca confianza que había adquirido antes de ese inesperado tacto.
—¿Quisieras helado o helado? —cuestionó mirando, supuestamente, serio, las opciones a pedir.
—Emm, helado suena bien —respondió con la misma cara, antes de reír al unísono.
Se dirigieron a comprar el dichoso postre y regresaron a su asiento, libres de tanta tensión.
Afuera se respiraba un perfume a romance y empalagoso amor. Las avenidas tapizadas de anuncios brillantes sobre el día en curso. Tiendas adornadas en su totalidad de colores cálidos y rosas llamativos, todo una saturación. Sin embargo, el sol resplandecía y el aire estaba tibio. Las nubes no alcanzaban a nublar el cielo y la gente parecía sonreír incondicionalmente bajo el efecto del enamoramiento colectivo. Contagiados por aquel aroma a felicidad e ilusión, los chicos de la cita a ciegas habían dejado de lado su recelo para abrirse aunque sea un ápice.
—Entonces, Aikawa-san, ¿por qué crees que Amatsuki te eligió a ti para esto?
—Nee, eso de Aikawa-san es muy formal y me hace sentir viejo. Mafumafu está bien, Luz-san.
Se rió por la petición y se corrigió: —Bueno, Mafumafu-san ¿Qué piensas que empujó a Amatsuki a escogerte para esta ocurrencia?
—Ni idea —se encogió de hombros— solo dijo: "Mi intuición me dice que se llevarán bien" o algo así. Intentaba convencerme y aunque por lo general cedo muy fácilmente estuvo a nada de rendirse esta vez —contestó con un supuesto orgullo acompañando sus palabras.
—JAJAJA ya veo, ya veo —dijo negando con la cabeza— Ese tipo es un completo caso, ¿no crees?Pero, llegados a este punto no me arrepiento tanto de haber venido. Puede ser que su intuición en verdad funcione.
Miró en dirección a la ventana que tenían más próxima con una muy honesta expresión de gratitud y tranquilidad. Sin una pizca de resentimiento, remordimiento o arrepentimiento opacándole la cara, iluminada por la luz que se metía desde el exterior. El mayor quedó embobado, absorto por tan genuina imagen frente a él. El chico que al parecer resultó ser más joven, mirando complacido hacia afuera con suma calma por su sola compañía. Le costaba creer que su personalidad y torpeza no lo hayan disuadido de acercarse y abrirse. Pensó que era una persona maravillosa.
Luz dejó escapar un pequeño suspiro y volvió la mirada a Mafu, despacio, como estando en cámara lenta. Al encontrarse sus ojos el silencio los sumergió en una muy agradable burbuja, escuchando como debajo del agua a las personas alrededor. Un eco del mundo que los rodeaba parecía irse apagando. Únicamente los ojos de rubí reflejando los irises grises eran lo que importaba, por lo menos durante esos fantasiosos segundos en que ninguno dijo palabra.
La vibración de un teléfono irrumpió de pronto y despertaron de su trance. El albino estaba apenado, pero no con la congoja previa. Sus pómulos coloreados una vez más de rosa cautivaron al otro. Abrió mínimamente los labios para articular palabra cuando un segundo sonido de su celular interrumpió. Ofuscado, sacó el dichoso aparato y se encontró con algo que le daban ganas de darse una facepalm. Desbloqueó el teléfono y le mostró a Luz lo que ocurría. Dos mensajes del organizador de la cita, preguntando por cómo se encontraban era lo que les había cortado el momento. Al terminar de leerlo, Luz comenzó a reír con los dedos sobre el puente de la nariz. Y Mafumafu lo imitó.
—De verdad... —volvió a reír.
—Ah, qué le vamos a hacer. No se puede odiar a Ama-chan —comentó el albino con resignación.
—Tienes toda la razón.
Tenían los helados a medio comer en la mesita. Colocados en las copas de vidrio para malteada los azucarados dulces yacían esperando ser consumidos, mientras paulatinamente se deshacían con el calor vespertino.
Comentaron y platicaron las razones de Amatsuki para haberlos emparejado sin saber con certeza si se llevarían bien y terminaron por concluir que: "No tengo idea de lo que pase en su cabeza". Comían de a poco sus respectivos helados. Después empezaron a hablar, incursionándose en temas no tan aleatorios. Como queriendo indagar en la vida que llevaba el otro, pero sin parecer entrometido o maleducado. Fue así como Mafu se enteró que le llevaba dos años a Luz, que le gustaba experimentar con su cabello, el cual normalmente era gris, que siempre lo creían mayor debido a su altura y que en realidad Luz no era ciento por ciento japonés. Lo que, a su parecer, era exótico y único. Aunque, evidentemente sólo lo pensó. En contraste, Luz averiguó el cumpleaños de Mafumafu, sus gustos musicales, la verdad tras ese apodo suyo y su lugar favorito de Japón, o uno de ellos, Kioto. Entre una que otra anécdota divertida fue como se consumieron casi dos horas de fluida y entretenida charla. Que desde su punto de vista había transcurrido volando.
Un mesero les preguntó si gustaban algo más y antes de poder responder, Luz ya había pedido la cuenta.
—Está bien, pero te pagaré mi parte —refunfuñó.
—Oh vamos, es un simple helado. No me vas a dejar pobre sólo por eso
—Pero-
—Nada de peros, mejor vayamos afuera y vemos si compramos algo más —invitó.
Hizo un puchero inflando los cachetes y se guardó las ganas de discutir para otro momento.
Al salir del lugar percibieron menos lacerante al calor, pues aunque seguía siendo medianamente temprano la posición del sol se acercaba mas al oeste, y el cielo comenzaba a oscurecerse, imperceptiblemente. Las nubes ahora eran mas densas y ensombrecían agradablemente el pavimento del camino por el que transitaban ambos chicos con pinta de ser muy cercanos, a pesar de llevar un par de horas de conocerse.
—¿Qué deberíamos hacer ahora? —preguntó medio ensimismado el menos alto tras alejarse de la heladería.
—No lo sé... —razonó unos momentos— ¿El parque te parece buena opción? Podemos caminar o sentarnos en el pasto, en cualquier caso.
—¡Perfecto! Me gusta mucho ir allí, de niño mis papás trabajaban cerca y me llevaban seguido —explicó, con nostalgia.
—Que tierno. En ese caso, vayamos.
—¿Qué es tierno? —pregunto perspicaz.
—Tu historia con el parque, ¿por?
—Nada, nada —negó.
Nada lo haría admitir en aquel momento que le hubiera gustado escuchar un: "tú eres tierno, Mafu-kun".
Luz lo miró confundido, pero sin más por hablar tomaron rumbo al parque. No estaba realmente muy alejado, por lo que llegaron con prontitud hasta allí. Había gran cantidad de gente y tumulto, en consecuencia. Como no se estaba llevando a cabo ningún evento en el parque, supusieron que las personas presentes estaban celebrando tranquilamente el catorce de febrero. A Luz le pasó por la cabeza la idea de que, dado el día y su apariencia, sería fácil tomarlos por una pareja más que paseaba por el parque y se sintió extrañamente feliz. Volteó a ver la cara de su acompañante y supo que pensaba algo parecido por su expresión.
—Hay mucha gente por aquí...
—Eso parece. Deberíamos buscar algo más calmado
—Yo conozco una parte del parque donde casi no va nadie. Podríamos ir allá —sugirió pensativo el albino.
—Vamos, pero, ¿dónde es?
—Ya lo verás, es un secreto que descubrí hace algunos años.
—¿Cuándo venías de niño?
—Sí...
Ese parque era de los más grandes de la ciudad, por lo cual, recorrerlo completamente no era tarea sencilla. Si aun con eso Mafumafu conocía un recóndito sitio debía ser en verdad algo tranquilo. El camino parecía ser largo y de vez en cuando Luz pensaba en alguna pregunta que pudiera hacerle al guía, pero de alguna forma, su rostro se había vuelto serio de pronto. Inmerso en algún pensamiento. Atravesaron los caminos durante unos quince minutos y finalmente llegaron a lo que parecía ser el arco que antecede a un templo, derruido y resquebrajado por el tiempo. El lugar se hallaba desierto.
—¿Es aquí?
—Sí. Se ve un poco desgastado pero, está despejado por aquí —sonrió incómodamente.
—Es tranquilo, me gusta ¿Cómo lo descubriste?
—Una vez me perdí, porque mis papás estaban peleando mucho. Cerca de el trabajo de papá se pusieron a discutir y yo me escapé. Vine para acá. Ni siquiera recuerdo cómo llegué —admitió encogiéndose de hombros.
—¿No te incomoda hablar sobre eso? —cuestionó preocupado.
—Pues, la verdad es algo de lo que no suelo hablar, no te mentiré. Y aunque me ponga un poco triste, siento que platicarlo me ayuda a... avanzar.
Luz se quedó en silencio, observándolo pacientemente, esperando a que terminara de contar.
—Además, confío en que Luz-san no me juzgará si le comparto este secreto —dijo volteando a verlo, colmado de dulzura en sus palabras.
Cuántas ganas tuvo en aquel momento de abalanzarse sobre él para abrazarlo y afirmarle que no sería capaz de criticarlo por algo así, pero debía contenerse si no quería cometer alguna otra estupidez.
—Nunca podría juzgarte, Mafumafu-san —expresó con toda la empatía del mundo.
El mayor se llenó de alegría internamente al escucharlo decir tan anheladas palabras. No supo cómo expresar su emoción y soltó una risita discreta, la cual descolocó al de grisáceos irises.
—Deberíamos sentarnos de una vez, fue un tramo bastante agotador.
—Es cierto, vamos.
Buscaron la protección de la sombra de algún abeto o pino rodeado de verde césped y apoyaron la espalda en el tronco, a observar la caída de la tarde entre una que otra charla trivial.
El viento les acariciaba la piel suavemente al compás de su respiración aletargada.
