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Language:
Español
Series:
Part 8 of Pronóstico del corazón
Stats:
Published:
2021-02-21
Words:
4,068
Chapters:
1/1
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1
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2
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143

Asesoría

Summary:

Tras una serie de problemas familiares en casa, Riinu ha bajado de calificación y se ve obligado a tomar asesorías para regularizarse.

Work Text:

No podría haber estado menos agradecido en aquel momento. Esto era humillante. Él era uno de los mejores alumnos en su clase, en su club siempre intentaba destacar y era muy responsable. ¿Qué si a veces se distraía mirando la ventana y a los pajaritos volar libremente al son de su canto alegre? Eso no era un pecado, además la escuela era mucho más atrayente desde fuera que con todos sus compañeros amontonados en el salón haciendo quién sabe qué en lugar de estudiar. Quienes se la vivían despreocupados y holgazaneando son los que deberían ser obligados a realizar esto, no él.

Muy en sus adentros sabía cuán cerca se encontraba de reprobar, probablemente ni siquiera alcanzara a pasar la materia, sin embargo no dejaba de ser algo injusto. Con su padre fuera de casa sus responsabilidades aumentaban como río desbordado y sus energías se agotaban. Nadie lo escuchaba ni le ponía atención en su familia; en la escuela tampoco quería preocupar injustificadamente a sus amigos así que trataba de soportar cuanto podía. Pero para este punto era demasiado. Lloró en algún rincón apartado de la escuela varios días seguidos sin comprender por qué se sentía tan débil tras haber cargado tanto peso sobre sus frágiles hombros. Colon y Root eran grandes personas, pero no era como si lo pudieran ayudar demasiado, últimamente su preciado cachorrito estaba decaído y ausente. Ojeras debajo de esos brillantes ojos y un aura muy apagada se desprendía de él.

Riinu estaba más que molesto y frustrado. Su única salida, y la que le obligaron a tomar fue someterse a una tutoría con tal de lograr regularizarse y ponerse al nivel de sus demás compañeros. ¿Qué había de malo en ello? Para el pelirrojo era una especie de humillación, siendo tan exigente consigo mismo, haber terminado de esa forma, sin contar su pequeño carácter orgulloso. Lo peor de todo, era apenas su primer año en la escuela, evaluaciones finales; a juzgar por su familia, las cosas no irían por mejor rumbo en los años por venir, sus responsabilidades no disminuirían. Trataba de aguantar, de sonreír para no caer, pero ya estaba cansado y hastiado.

Con respecto a las tutorías, al menos recuperaría su calificación aprobatoria. Intentaba buscarle el lado amable.

Le habían propuesto dos alternativas: ir con un profesor a clases extra o aceptar la tutoría de otro alumno. Para empezar, ir con un maestro en horas extra costaba dinero y con otro alumno contaba (algo así) como un servicio social. En segunda, Riinu se sentía mucho más cómodo hablando con personas de su edad, o al menos, menos cohibido. No es como si se llevara mucho con los superiores o algo por el estilo, pero conocía un buen amigo de segundo año a quien todo le podía confiar.

—Na-kun —le llamó un día en recreo. —¿Te puedo pedir un favor?

Expectante, el de ojos color uva movió la cabeza como respuesta, con una mirada paciente.

—¿Recuerdas lo que te platiqué que pasó en casa...? —asintió— Me retrasé en el proyecto final por su culpa y ahora me obligaron a asistir a asesorías. Entonces, te quería preguntar, ¿puedes ser mi tutor un par de semanas? ¡Sólo hasta que me regularice lo necesario para presentar el examen de recuperación...!

Asombrado por la petición, puso la mano en el mentón con expresión preocupada. Na-kun conocía un fragmento de todo lo que ocurría en casa del pequeño pelirrojo desde que lo hizo soltar la sopa un día que lo atrapó sollozando detrás de un árbol. Era desagradable tener que darle malas noticias a su pobre amigo que tan mal la estaba pasando.

—Riinu-kun... —comenzó, justo cuando le vino una solución a la mente— No quiero ser grosero, pero me pusieron un montón de trabajo encima ahorita, ¡Wah, ser presidente de segundo es horrible, ya no quiero trabajar! —exclamó en tono gracioso, haciendo ademanes extraños de por medio. —Perdóname no me alcanza el tiempo, pero si te sirve de algo, tengo un amigo que puede serte de ayuda.

—¿Si? ¿Quién? —la esperanza esfumada había regresado a su cuerpo con aquella última frase.

—Es de tercero, se la pasa jugando videojuegos pero es muy inteligente —explicó. —Tiene mucho tiempo libre, de seguro aceptará ayudarte, además es muy amable.

Pensativo, vió sus opciones. Era el desconocido amigo de Nanamori o algún aburrido profesor y si no, examen de recuperación. Qué miedo.

Aceptó la oferta y antes de poder preguntar el nombre de la persona, se escuchó: —¡Na-kun apresúrate! —de parte del amigo bromista del pelimorado.

Se despidió y salió corriendo detrás de Jel, dejando al perro con las dudas en la punta de la lengua. A saber en qué se había metido esta vez el poste naranja de ojos verdes.

Unos días después, durante la noche, le llegó un mensaje avisando que el tan famoso amigo de tercero accedió a apoyarlo con la asesoría. Emocionado, Nanamori acabó dándole las indicaciones de dónde y cuándo se verían. Curiosamente concordando con el catorce de febrero, en la biblioteca escolar.

Al leer tales instrucciones se le revolvió el estómago de los nervios al pobre de ojos dispares. Preguntó por qué ese día y le respondieron que antes no podía. Por otro lado, el padre de Riinu había vuelto por fin a casa y podía ausentarse el tiempo que le viniera en gana. Suspiró con el pensamiento "por lo menos este año tendré excusa para no salir con alguien" mientras daba de vueltas sobre su acolchonada camita.

Finalmente, de ese modo fue como el chico de primer año se había quedado en una mesa de la biblioteca escolar, hundiéndose en sus pensamientos negativos. Aquel extraño no tenía la culpa de los problemas de quien iba a asesorar, sin embargo Riinu no abandonaba su presentimiento receloso. Si tan solo hubiera podido seguir estando con Na-kun habría sido muy divertido estudiar, ah que lástima.

Súbitamente, se escuchó un portazo en el templo del silencio.

—¡Perdón por la tardanza! —se escuchó desde detrás de él, una voz ligeramente nasal.

Del susto casi pega un salto, su pobre corazón estaba recuperando su bombeo normal. Volvió a la realidad al escuchar esa exclamación y se dio la vuelta para encontrarse con una cabeza rosa claro despeinada por venir corriendo y unos ojos malva.

—¿Ho-hola..? —cuestionó confundido.

—Me presento, jaja, soy Satomi de tercer año. Na-kun debió hablarte de mí. Eres Riinu, ¿no es cierto?

—Así es, um, un gusto —saludó inclinando la cabeza. Con que esta persona era el misterioso amigo confiable de Nanamori, pensó, preguntándose si en verdad era una persona de confianza.

Satomi sonrió cordialmente y tomó asiento a su lado. A pesar de que las mesas eran considerablemente largas para tener el debido espacio personal tuvo que sentarse a media pulgada de la otra silla. El mas joven no estaba muy acostumbrado a la cercanía con alguien que no fueran sus dos mejores amigos, es decir, a Colon le encantaba colgarse de la gente pero este caso era, en efecto, distinto, provocándole una pequeña incomodidad por la inesperada confianza en el actuar de ese chico. Él, depositó sobre la mesa una mochila de diseño simplista y antes de sacar algún material, miró al pequeño.

—Por cierto, no quiero sonar entrometido o algo pero, ¿cómo te sientes con esto?

Su mirada y rápidas acciones alentaron su paso al articular la duda que traía en mente, como si la energía con la cual había llegado se hubiera frenado de golpe.

Desconcertado, respondió: —¿A qué te refieres?

—Tu mirada parece cansada, como si estuvieras de mal humor y, para ser honesto, si hay algo molestándote te será difícil concentrarte.

Lo había leído inmediatamente. Una respuesta concisa y exacta, era difícil de evadir en una situación así. Su expresión incómoda y actuar apagado eran claras señales de no desear estar justo allí. Se sintió mal por demostrar su inconformidad y contestó:

—Pu-pues, supongo que tienes razón. No me entusiasma mucho la idea de tener que estar en asesorías —Bajó la mirada con pesadumbre.

Le dedicó una mirada comprensiva, al tiempo que posaba una mano debajo del mentón, pensativo.

—Hmm, acaso, ¿te parezco raro?

—¿Qué? ¡No, no! Es sólo que me he sentido algo mal últimamente. —Se justificó negando con las manos, asustado de ofender a su superior.

Por su parte, rió, descolocando al de ojos bicolor. Una sonrisilla se pintó en su semblante y suspiró.

—Calma, pero tenía que comprobar que no era yo quien te incomodaba. —Hizo una pausa para pensar —Veamos, dudo mucho que quieras hablar de eso que te molesta conmigo.

Qué clase de declaración era esa, se revolvía el menor internamente. Aquel tipo estaba sacando conclusiones adelantadas y diciendo cosas sin sentido. Por supuesto que no quería hablar de aquello con alguien, se preocuparían por algo que no pueden remediar y eso sería incluso peor, no obstante, continuaba adelantándose a los hechos.

—Ah...

—Y tampoco me parece que puedas estudiar en ese estado. Riinu-san estás muy disperso.

Estaba distraído, sí. Estaba algo molesto, también, sin embargo, todo lo que deseaba era pasar las materias y ponerse a estudiar de una vez. Tenía la mínima sospecha de que, el tal Satomi no estaba dispuesto a ayudarlo.

Avergonzado, infló las mejillas con frustración. —Entonces, ¿te estoy haciendo perder el tiempo?

—¡¿Eh?! ¡No digas eso! —regañó. —Te diré la verdad, Nanamori me advirtió que estabas algo decaído, aunque no tengo idea por qué. Usualmente no soy de muchos amigos y quería ser de ayuda como él lo es con tanta gente —se sonrió mirando melancólico al techo— así que, ¿me dejas intentar animarte hoy? Por lo que veo, guardas muchas cosas dentro de ti, ¿seguro no quieres contarme un poco?

De nuevo con eso. Por algún motivo quería sacarle la historia detrás de su gran problemática, pero no estaba muy abierto a las personas y llegados a este punto, la insistencia lo sofocaba, lo abrumaba.

—Yo no quiero ser una carga, no quiero hacer a los demás preocuparse.

Ciertamente no mentía, pero el tono de voz era poco fiable. Un cúmulo de recuerdos le atormentaban con cada vez que el otro preguntaba por su malestar, en este momento, Riinu tan solo deseaba cortar la conversación y empezar a trabajar.

—Eeeh, y eso que acabo de decirte que quiero ayudar. —Exclamó encogiéndose de hombros, mirándolo.

—Pero yo en serio... —bajó la vista— Creo que es algo que me cuesta trabajo exteriorizar. Siento como si no me correspondiera.

—¿Pero qué dices? Son tus sentimientos, no pueden tocarle a alguien más. Y sé que no soy el indicado para decirte esto cuando apenas nos conocimos, sin embargo, no puedes pasarte la vida reprimiéndote.

Esto ya era demasiado. Trató de mantenerse positivo y paciente, mas no quiso aguantar mucho más.

—Satomi-senpai, yo solo quiero poder pasar la materia —evadió tajante. —No es que no aprecie las palabras que me dedica.

No se atrevía a mirarle a los ojos mientras contenía las ganas de llorar. Bajo el escritorio de la biblioteca apretaba los puños con impotencia, dejándose marcas rojas por la fuerza con la que sus cortas uñas se clavaban en la piel. Apretaba los labios inconforme con todo, consigo mismo, con su familia, con su desempeño escolar, con su vida entera. Mientras tensaba el cuerpo y su respiración se agitaba causa de la ansiedad, su cerebro le traía imágenes y sonidos que ansiaba arrancarse de la memoria. El tema que no le gustaba tocar y casi un desconocido viene a decirle lo que debería de hacer. Satomi le dio la impresión de un entrometido.

—Discúlpeme —habló antes de poder escuchar la contestación. Se levantó de golpe y casi tirando la silla echó a correr fuera del sitio. Su mechón entre rojizo y negro servía para cubrir parte de su ojo entrecerrado por las lágrimas acumuladas. Alcanzó su limite antes de lo planeado.

Las miradas de los pocos alumnos en ese lugar se posaron sobre Riinu (cuando azotó la silla), y el de tercero, cuestionado con las pupilas por qué tanto alboroto. Avergonzado y culpable, Satomi se hundió en su asiento, deseando desaparecer.

No fue nunca esa la intención de sus palabras. Jamás hubiera creído cuánto efecto podría surtir sobre otra persona sus extraños consejos. Quiso ser de apoyo, pretendió transmitir la confianza con la que, quienes admiraba, se desenvolvían y apoyaban a los demás, pero terminó por echarlo a perder completamente. Una vez más, su hipótesis sobre su fracaso constante en las relaciones humanas se cumplía.

Muchas veces ocurría lo mismo. Si era alguien tranquilo y lejano como casi siempre, lo veían sin mucho interés por hacer amistad y simplemente lo olvidaban o se aburrían de él. Era una especie de fantasma en su salón, conocía a Nanamori de casualidad. Y si, por el contrario, intentaba mostrarse seguro de sí mismo y con interés en estrechar una amistad, terminaba mal.

Probablemente ahora Riinu lo odiara y no regresaría a la biblioteca de no ser por que, al salir dejó su propia mochila abandonada al lado de una de las patas de la mesa.

Estaba consciente, debía disculparse, desde un principio no tuvo que intentar ayudar a alguien que apenas conocía. No era nadie para inmiscuirse en la vida de esa persona. No estaba bien hacer como si tuviera la plena confianza del muchacho de sedoso cabello carmín.

Ese peculiar muchacho que llamaba la atención a kilómetros le cautivó a él también. Sus bellos ojos grandes e inigualables, morado y miel, como amatista y citrino, captaron su atención sin algún esfuerzo. Incluso naciendo de la nada un sentimiento protector en él, cosa irregular, pues aunque era característica suya su gentileza y amabilidad, solía tener pocos amigos sinceros o con los que no estuviera ese cierto grado de desconfianza.

Su emoción y su gran boca habían tocado la fibra sensible del inocente, así pareció cuando menos. ¿Por qué Nanamori no le advirtió que se trataba de un problema grave y no un simple desánimo por bajar las notas? Se preguntó.

Para este momento, lo único que restaba era pedir disculpas y buscar una buena manera de resarcir su estupidez. Quizás...

 

Mientras tanto, en el baño, tras derramar unas cuantas gotitas saladas y secarse la cara con papel, Riinu miraba su triste reflejo en el gran espejo sobre los lavamanos. Algo andaba mal, debía calmarse. Ya había hecho un escándalo innecesario a un chico seguramente muy despistado por nada. Tenía que controlarse, sus nervios estaban apoderándose de él y si continuaba de ese modo, acabaría por arrepentirse.

Inhaló hondo. Aguardó. Cerrando los ojos se concentró y cesó los furtivos pensamientos que no paraban de dar vueltas en su cerebro. Exhaló por fin, adquiriendo un pedazo de la paz que tanto anhelaba.

Analizando la situación, era extraño ver tan accesible a un alumno de tercero en plena época de exámenes; andar con tanta soltura ayudando a otros a estudiar como si eso fuera cosa fácil. Nanamori no sólo tenía los deberes de la presidencia de la clase, sino que debía sacar buen puntaje en las pruebas para mantener su puesto. ¿Qué Satomi no estaba ocupado con ello? Se hizo presente la pregunta. En él también cabían secretos que se ocultaba muy bien.

Meneó la cabeza y se hizo reaccionar. Era hora de regresar para aclarar la razón de su exagerada reacción, tenía por seguro que ese superior estaba comiéndose la cabeza sin saber qué dijo o hizo mal. Y rió. Rió pensando en la imagen de un pelirrosado ansioso y confundido. Era inusual, pero ayudó a relajar su aturdido rostro.

 

Volvió con paso seguro hasta la biblioteca y empujó suavemente la puerta. Sabía que sería incómodo tratar de explicarse, pero el valor que juntó en su corto trayecto fue el necesario para avanzar sin dudar hasta quedar justo detrás del nuevo tutor.

—Riinu-san —se adelantó esta vez el mayor, sin voltear a mirarlo a la cara. —Sé que dije mucho hablando como si te conociera o como si fuera psicólogo, no era mi intención...

—Satomi, hey —interrumpió. Tocó su hombro con suavidad para hacerlo voltear, ignorando el hecho de haberlo nombrado sin honorífico —No es tu culpa, entiendo que quieras apoyarme pero es una cosa de la que prefiero no hablar, aunque llegados a este punto, no es extraño por lo que estoy pasando.

En la expresión del más alto se dibujó una leve sorpresa, pero no un convencimiento total. Por su parte, el cachorro estaba tranquilo, con una minúscula sonrisa entintada con toques de tristeza. Volvió a tomar asiento en la silla cercana y apoyó la cara sobre la palma de su mano.

—De todas maneras, creo que sería justo recompensarte por hacerte enfadar —repuso, recobrando los ánimos, Satomi.

Esbozó una sonrisita sobre su cara: —¿Oh si? Hmm —pensó unos momentos— Seré honesto, aunque suene algo raro. Me hiciste un favor, Satomi-senpai.

Descolocado por completo, no hizo falta enunciar palabra para obtener la respuesta.

—Porque llevaba reteniendo una parte de mis frustraciones. Fuiste el detonante, por así decirlo, y ahora me siento mucho mejor.

No mentía. A veces, cuando deseas llorar con todas tus fuerzas para deshacerte de las horribles emociones guardadas, sencillamente no puedes, agravando el daño, profundizando la herida. Riinu, tan acostumbrado a reprimir sus sentimientos, no había llorado lo que le hacía falta, sin embargo, tan concentrado en evadir las lecturas que hacía de sí el chico de tercero se olvidó de continuar encerrando su ira y terminó por estallar (en cualquier forma bastante menos explosivo que muchas otras personas), liberando eso que necesitaba.

Por eso, Satomi y su intromisión habían sido el favor que Riinu buscaba inconscientemente. Extrañamente, habían conectado sin querer.

—No sé que decir, pero me alegro que te sientas bien y que no estés enojado conmigo —rió, todavía confundido.

—Ahora que me he logrado concentrar, ¿te parece si comenzamos a estudiar?

Casi parecía magia. De un momento a otro, el ensombrecido rostro del heterocromático había tomado color y alegría. Transmitía un cálido sentimiento de confianza, un buen ambiente para fluir con normalidad.

Impulsado por el súbito buen ánimo, Satomi se contagió de esa pegajosa alegría y asintió entusiasta. Sacó un par de libros viejos y cuadernos con apuntes, todo un poco para hacer un repaso general.

Le pasó el material y lo dejó ojear y leer con calma hasta que hubiera algo para preguntar.

Al revisar en las notas del mayor, Riinu se sorprendió, estaban casi intactas, todo ordenado y con una caligrafía muy bonita. Se imaginaba rayones con flechas gigantes o jeroglíficos inteligibles que se suponían eran datos importantes, como los cuadernos de Colon.

Satomi, al percatarse de esa expresión asombrada, comentó: —Sí, en primero yo era una especie de niño modelo. Todo estaba en orden y estudiaba muchísimo, no sé como lo habré logrado en ese entonces, ahora mis padres me comparan con ese yo del pasado.

—Es impresionante sí —concordó— ¿ya no te gustó la escuela después?

—No tanto eso, más bien me cansé de exigirme demasiado y simplemente me volví tranquilo. No sé porqué, pero me recuerdas un poco a como era yo hace dos años, Riinu-kun —explicó, mirando a la nada con añoranza.

—¿Eh? ¿De verdad?

—Exacto, supongo que tendremos nuestras grandes diferencias, pero la esencia es la misma. Aprendí que solo sirve esforzarse tanto si lo haces por algo que tú quieres, si no, es desmotivante —mencionó, haciendo memoria de sus malos ratos en la escuela. —¡Ah pero, no tiene que ser igual para todos! Tal vez tú si logres conservar ese ánimo

Riinu no sabía qué decir. No creía en absoluto que eso pudiera llegar a pasar, la mayor parte de su vida había sido dedicada a alguien más, no tenía sueños propios, o algún ideal que lo impulsara a ser el mejor. Aún así trataba de deshacer aquellos sentimientos inciertos y poner buena cara para hacer frente a su día con día. El sueño de su superior sonaba muy complicado de cumplir.

—Sería lindo lograr algo así —comenzó— pero es una meta difícil... Y la verdad los estudios no son tanto lo mío —sinceró, haciendo una cara graciosa.

Siguieron platicando con amenidad, la suma paz envolvente de la biblioteca era perfecto ambiente para una tarde lenta de estudio y poco más. Al concluir unas dos horas y media, Riinu ya había recordado y encontrado sus carencias, podría enfocarse mucho mejor a partir de ahora. Sonrió satisfecho hacia su tutor, casi grabando en sus facciones un "gracias". Resultó ser un buen profesor.

—¡Woahh! —exclamó al ver la hora en su celular. —Se me pasó el tiempo volando, ya casi son las cinco. Deberíamos descansar, ¿qué opinas?

—¿En serio? —vio la pantalla. —Increíble, no sentí nada.

Decidieron que por un día, era buen momento para tomar un descanso. Más tarde Riinu podría darle su dirección a Satomi para encontrarse con más frecuencia. Ese día sin embargo, no tenían clases pendientes, la escuela estaba abierta por puro festejo y un par de actividades extra. En realidad, toda la tarde era libre.

—Satomi-senpai —aludió, una vez hubieron abandonado la biblioteca y caminaban por entre los pasillos del edificio. —¿Qué dices si vamos a comer? Ya hace hambre.

Esa pregunta lo tomó por sorpresa. Esperaba que, después de una tarde estresante y con tantas emociones encontradas lo único que querría sería volver a casa a dormir o descansar, no obstante, le hizo feliz saber que él y su nuevo amigo habían sentido esa afinidad.

—Suena bien, es más, conozco un lugar no muy lejos de aquí donde podríamos ir.

—¡Vamos! —celebró, alzando un puño triunfal.

Riinu era tierno, mucho. Sus ojos tan bellos, con negras pestañas largas adornándole. Cejas delgadas y perfectas, cachetes de apariencia suave, su cabello peculiar color rojo que parecía haber sido cortado por él mismo (lo disparejo le daba personalidad) y la linda nariz que poseía. Eso sin contar que, para ser un chico era muy pequeño, como si su complexión fuera demasiado delgada. Tanto su altura como su estrecha espalda lo volvían adorable a la vista de cualquiera, era comprensible por su edad, pero seguía siendo enternecedor.

Todo eso fue lo que se fijó el pelirrosado durante la caminata hasta el restaurante-cafetería al que se dirigían. Con la debida discreción y aprovechando que Riinu se había puesto momentáneamente los audífonos, pudo observarlo con detenimiento, hasta caer en cuenta de lo que hacía. Veía como tonto al niño de primero que asesoraba, ¿por qué? ¿Acaso su brillante personalidad lo había atrapado? Tragó saliva, negando fervientemente esos equivocados pensamientos.

Pronto llegaron al lugar, un café amplio y de grandes ventanales que daba una excelente impresión desde fuera.

—Luce muy bien... —susurró para sí el pelirrojo.

—Y también es muy bueno —aseguró la otra voz, tomándolo por sorpresa.

Su sobresalto y su pequeño sonrojo también hicieron dudar de su heterosexualidad al de ojos casi lilas.

Atravesaron la puerta y fueron hasta una mesita cerca de la orilla a ordenar algo de café y, para el estudioso jovencito, una rebanada de pastel.

Inició la conversación, hasta que Satomi, por pura curiosidad y gracias a la dirección que tomaba la misma, preguntó acerca de los viajes. —¿Te gustaría un trabajo donde se pudiera viajar? ¿O simplemente quisieras viajar?

Al escuchar esa pregunta, su mente volvió a mostrarle una de tantas escenas que no quería recordar. Suspiró y dijo: —No lo sé, en mi familia los viajes son algo problemáticos...

Por la voz apagada, el chico supo que no debía indagar más. A punto de cambiar el tema, el pelirrojo continuó.

—Verás, hace un par de semanas mi padre fue de viaje a varias partes de Japón. Le tomó casi tres semanas en ir por allá, y aunque era algo de su trabajo mi madre se puso histérica —resopló. —Ella tiene esa clase de problemas, em, no lo sé, pero tiene una especie de neurosis y, por si fuera poco, también le diagnosticaron depresión. El punto es, como papá no estaba y mi hermano regresa a casa hasta tarde ella, de algún modo suele entrar en crisis si está por mucho tiempo sola. Durante este mes la estuve cuidando lo que pude, pero me quedé exhausto y bajé mucho de calificación.

Atónito por la revelación, el otro quedó sin palabras. Riinu suspiró fuerte e intentó sonreír. Miró a Satomi esperando una respuesta, pero éste tan solo depositó una mano sobre su cabeza, como revolviéndole el cabello y dijo: —Está bien, gracias por decirme.

 

 

Así, pasó la tarde en un ritmo perfecto entre dos chicos mayormente solitarios.

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