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—Ken no está, pero supongo será mejor que pasen. No vaya a ser que alguien los confunda con clientes… ¿Verdad?
La forma en la que Remi dice aquello, con una sonrisa siniestra dirigida hacia Takemichi, despierta curiosidad en Mikey. No la suficiente como para preguntar en el momento, porque Takemichi se pone rojo cual tomate, pero se guarda la curiosidad entre los dientes, para hacerse de información en algún momento. Decide tan sólo tomar a Takemichi de la muñeca y arrastrarlo por el largo pasillo, sabiéndose el camino hasta la habitación de Kenchin como si se tratara de su propio hogar. Ni siquiera parpadea cuando un par de chicas en ropa interior se cruzan con ellos en el pasillo, a pesar que Takemichi evidentemente se tensa.
Mikey nunca le ha dado mucha importancia a la desnudez femenina. A lo mejor está desensibilizado por la cantidad de visitas que ha hecho a este lugar que ya nada le sorprende, como le pasa a Kenchin. O tal vez Mikey tiene otras prioridades, otros intereses .
—¿Está bien que entremos así? ¿No deberíamos esperar afuera? —Takemichi se asoma con cuidado por la puerta de la habitación, mientras que Mikey busca hacerse de un hueco en la cama tan pronto como la visualiza.
—¿Por? ¿Desesperado porque te confundan? —pregunta con una sonrisa que se amplía apenas Takemichi niega con la cabeza, enrojecido de pies a cabeza—. A Kenchin no le molesta, se alegrará de vernos.
Aunque no le escribió un mensaje cuando decidió ir a buscarle, junto con Takemichi, sabe que Kenchin jamás se enfadaría porque invadan su espacio personal. Confía tanto en ellos que son los únicos que entran y salen de su peculiar hogar, confía lo suficiente como para regalarles un pedazo de su vida, por caótica que sea. Además, Kenchin jamás podría enfadarse con Takemichi.
En lo que Mikey se apodera de una consola que Kenchin tiene descansando entre las revistas, Takemicihi se pone a dar vueltas en la habitación, como si no hubiera estado allí nunca. Se detiene frente a las fotografías y las examina, una a una. Mikey pretende no prestarle atención, pero lo cierto es que sus ojos se escapan en su dirección más de una vez. Nota cómo Takemichi se queda largo rato mirando las fotografías, con los ojos húmedos. Takemichi siempre ha sido sensible, apasionado con sus emociones, así lo conoció, pero últimamente a Mikey se le antoja que hay algo tras esas lágrimas.
Ese algo es una cosa desconocida o al menos forma parte de una serie de secretos que Takemichi se niega a compartir con él, como las vendas sobre sus nudillos. Hace dos días fue a visitarlo y encontró a Chifuyu vendándole las manos, regañándolo. Cuando hizo preguntas al respecto, Takemichi tan sólo apartó la mirada, con lágrimas en los ojos y le dijo que estaba bien, que le alegraba verlo.
Mikey quisiera arrancarle las palabras de la boca, le gustaría que Takemichi confiara en él de la misma forma en la que él lo hace. Pero entiende que todos tienen secretos que se llevan a la tumba, incluso él. Especialmente él.
Luego de lo que parece una eternidad, cuando Mikey está a mitad de arruinar la puntuación perfecta de Kenchin, Takemichi se sienta a su lado en la cama. Apoya la espalda en el espejo de la pared, hasta hacerlo temblar. Mikey tiene la sensación que quiere contarle algo, confesarle lo que lleva cargando entre las costillas, pero guarda silencio. Mikey quiere preguntar, quiere sacudirlo, pero se queda quieto jugando, intentando no ser impertinente.
El silencio que hay en la habitación hace evidente el ruido del exterior, exactamente en la habitación de junto. El eco que rebota en cada rincón de la habitación genera un ambiente muy distinto, como si arrastrara al abismo la incomodidad del ¿Por qué no me cuentas? y lo reemplaza por sonidos sacados de algún porno. Cada palabra que resuena, cada gemido o sollozo, parece invitar a que alguien diga algo o bien que alguno rompa en alguna carcajada histérica. Mikey se inclina hacia lo segundo porque siente cómo Takemichi se tensa. Puede visualizar su rostro enrojecido y sus orejas a punto de estallar. Por eso amplía la sonrisa, aunque sigue jugando, como si nada.
—Draken-kun seguro que… Seguro que tiene experiencia, ¿verdad? —Al final es Takemichi quien rompe el hielo, aunque lo que comenta provoca que Mikey alce una ceja, confundido.
—¿De qué hablas?
Takemichi, con las mejillas coloradas, hace un gesto con la cabeza, señalando la pared. No es la pared lo importante, sino lo que está del otro lado, la habitación de la que emergen los sonidos. Es entonces que Mikey se ríe entre dientes, haciendo temblar la consola entre sus manos.
—¿Crees que Kenchin se ha metido con alguna chica de aquí o qué?
—¡No! Pero… Bueno, me refiero que debe haber aprendido alguna que otra cosa viviendo aquí.
Aunque es evidente que Takemichi ha intentando reformular lo que quiso decir inicialmente, no deja de parecerle gracioso a Mikey. Takemichi tiene una imaginación volátil cuando se trata de chicas, eso salta a la vista. Mikey lamenta que Takemichi y Pah-Chin no hayan podido llevarse mejor antes que ocurriera el incidente, porque seguramente hubieran encontrado tema de conversación. Pero no deja de ser gracioso y exagerado que Takemichi se piense que Kenchin es de pronto un experto en sexo o en chicas, simplemente por vivir donde vive.
Asume que la fijación con el tema es por Hinata, porque Takemichi tiene novia.
—Takemicchi, ¿siquiera sabes besar?
La pregunta toma a Takemichi de sorpresa, porque observa de reojo cómo salta en la cama, antes de encogerse sobre sí mismo, como niño pequeño. Murmura, también, herido en su orgullo.
—Claro que sí, Hina y yo nos hemos besado una vez.
Mikey suelta una carcajada y el personaje del videojuego muere, gastando una preciada vida. Se vuelve hacia Takemichi tan sólo para descubrirlo haciendo un puchero, ofendido.
—¿Una vez? ¿Y eso fue en tus sueños?
—¡Qué cruel, Mikey-kun!
La risa demora unos cuantos segundos más entre sus labios, ahogando la habitación con su presencia hasta amortiguar los ruidos de afuera. Mikey niega con la cabeza, relamiéndose los labios luego de haberse saboreado su propia diversión. Decide que ha tenido suficiente distracción con la consola y la apaga, dejándola donde la encontró.
Cuando vuelve a acomodarse en su posición, algo cruza su cabeza. Una idea o más bien un reto que no logra extirpar de entre sus pensamientos. Será cuestión del tema, de los ruidos que regresan con más fuerza a hacerse eco entre las paredes de la pequeña habitación. El brazo de Takemichi, ese que se aplasta contra el suyo, tampoco ayuda demasiado. Mikey nunca ha sabido medir el peligro, ese no es su fuerte, esa es tarea de Kenchin. Tampoco sabe cuándo ha llegado a un límite o si está bien rebasarlo o no. Mikey tan sólo sale de impulsos y de decisiones que le nacen de la boca del estómago.
—Pruébalo —dice, alto y claro.
—¿Eh?
—Dame un beso, Takemicchi.
La valentía y el atrevimiento de Mikey viven hasta que contempla la expresión de Takemichi, con sus labios tan separados que bien podría atrapar más que un par de doriyakis entre las mejillas. Se había esperado que Takemichi se riera, segundos después, pero tan sólo se queda contemplándolo con los ojos muy abiertos, incrédulo de lo que han escuchado sus oídos. Por eso es que Mikey vuelve a reírse, negando con la cabeza, desinflando la curiosidad que había comenzado a subirle por el esófago.
—Es una broma.
Pero es ahora Takemichi quien no quiere retractarse.
—¿Quieres…? Digo —Takemichi carraspea, apretando los labios—, ¿tú sí sabes cómo?
Mikey se alza de hombros, pretendiendo que no le da mucha importancia al tema.
—¿Qué tan complicado puede ser?
Baji se le viene a la cabeza, porque recuerda que alguna vez le dijo que practicar besando la muñeca ayudaba a tener una idea. Mikey nunca lo intentó, pero imagina que Baji podría tener algo de razón en sus palabras. Lo cierto es que nunca dedicó tiempo a pensar en chicas o en besos, en general, pero siempre supuso que su primer beso sería con un amigo. Mikey ama a sus amigos más que nada en el mundo e imagina que querrá besar a alguien a quien quiera mucho, así que tiene sentido para él. Besar a Takemichi suena lógico, quizás suena mucho más que lógico.
Confía en él, Takemichi ha demostrado querer estar a su lado sin importar las consecuencias. Es el tipo de chico que atravesaría mil infiernos por querer proteger a sus seres queridos, el que llora como si le hubieran abierto el pecho de tajo a tajo cuando alguien cercano a él sufre. Mikey estaría satisfecho de besar a alguien así.
Sus pensamientos se ven interrumpidos cuando Takemichi se mueve, apoyando su peso sobre la cama y pegando sus labios a la mejilla de Mikey. Lo hace con tanta emoción que Mikey es consciente del ruido que hacen los labios al despegarse de su piel. Le queda una sensación cosquilleante en la mejilla, cálida , para nada es asqueroso o pegajoso, como cuando Emma se limpiaba sus besos o los de Shinichiro, asqueada.
Sorprendido, se gira para observar a Takemichi, quien parece querer fundirse con el espejo de la pared. Mikey suelta una sonora carcajada, preguntándose si se le está escapando algo de nervio entre risa y risa.
—¡Fallaste, Takemicchi! Es en los labios —los señala con la punta de los dedos, volviendo a reírse.
Takemichi se queja nuevamente con el ego herido, pero la risa de Mikey le contagia tanto que termina riéndose también. Mikey lo observa maravillado, como si el rostro sonriente de Takemichi fuera un espectáculo irrepetible. Últimamente lo ve tan estresado, como si cargara sobre sus hombros un peso que le consume día con día. Takemichi ahora ríe, como cualquier chico de su edad, cuya mayor preocupación es aprobar las materias y ganar cuantas peleas pueda.
Éste es el Takemichi que Mikey quiere , con el que le gustaría que fuera su primer beso.
—A ver —Mikey se acomoda con las rodillas sobre el colchón, colocándose frente a Takemichi—, no falles esta vez.
Se queda muy quieto y con los ojos cerrados, porque aunque Takemichi no lo diga, sabe que no va a poder acercarse si lo mira fijamente a los ojos. A veces siente que Takemichi le teme o como si tuviera visiones extrañas cuando lo mira. Si no fuera porque Takemichi tiene a Hinata, Mikey reiría y le preguntaría si acaso siente cosas por él.
Espera con calma, en apariencia, pero por dentro está inquieto. Mikey es paciente de espíritu, pero impaciente en la práctica. Kenchin dice que es un malcriado, que quiere que las cosas se hagan a sus tiempos y a sus formas, porque es un chiquillo caprichoso. Quizás le falta madurar, quizás le hizo falta que Shinichiro tirara más de sus orejas, pero Mikey es así. Mantiene el rostro sereno, ocultando las ganas que tiene de decirle a Takemichi que se apresure, que no va a comérselo.
O tal vez sí, si le diera permiso.
Se queda con el chiste a medio saborear entre los dientes, porque Takemichi finalmente se inclina y lo besa. Sus labios se conocen no más que por un segundo, pero la corriente eléctrica que recorre el cuerpo de Mikey es lo suficientemente poderosa como para dejarlo abatido. Mikey ha recibido golpes antes, está íntimamente familiarizado con la picazón que le queda en la piel después de una cachetada o un buen golpe, pero ésta que le queda sobre los labios es tan distinta. Esta picazón no le duele segundos después, sino que parece exigir, parece insaciable.
La picazón parece decirle Bésame otra vez .
—No fallé, no pongas esa cara.
Takemichi se encoge sobre sí mismo, con la mirada clavada sobre su regazo. Parece tímido, como si estuviera frente a un extraño y no uno de sus mejores amigos. O tal vez es porque le importa la opinión de Mikey más que la de cualquier otro.
Hay una extraña nube en el ambiente, que llegó a posarse sobre ambos desde que Takemichi le dejó un beso en la mejilla. Mikey lo equipara a estallar una burbuja, a deshacer algo que estaba allí, flotando en el ambiente y ahora todo lo que le queda es un rastro de jabón en los dedos.
—No estuvo mal, pero fue corto. Demasiado corto —Mikey aprieta la mano derecha en un puño y vuelve a aflojarla, sintiéndose inquieto—. No puedes pretender besar así a Hina-chan para siempre.
No está seguro si menciona a Hinata por obligación o si está tratando de meterse en la cabeza que ella existe, que está íntimamente entrelazada a Takemichi. A lo mejor lo que intenta es venderse a sí mismo la idea que está haciendo para ayudar a su amigo y no porque está buscando una excusa para intentar repetir el beso.
Siguiendo con el plan de ayudar a Takemichi, Mikey apoya el peso de su cuerpo en las rodillas, inclinándose hasta irrumpir en el espacio personal de Takemichi. Es él quien lo besa esta vez, contando en su cabeza los segundos hasta sentirse satisfecho, hasta que el aliento de Takemichi le golpea las mejillas y le quema las pestañas. Mikey se queda colgado en el beso hasta que es consciente que le gusta. Que le gusta mucho .
Vuelve a su posición sin saber cómo sentirse, si como un ladrón o un campeón. La expresión de Takemichi no le ayuda a esclarecer nada, porque le mira como si quisiera seguir, como si hubiera querido que nunca se apartara de su lado. Mikey, de no tener un cosquilleo en el cuerpo, seguramente habría reído en ese momento, seguramente habría bromeado diciendo ¿Tan bueno soy? pero se descubre con los labios sellados y solitarios.
Tiene el pecho demasiado agitado como para poder bromear.
—¿Quieres probar más? —Mikey ya no pregunta con ese tono tan indiferente, ya no pretende que esto es solamente por Hinata, está preguntando por él y por Takemichi.
Cuando Takemichi asiente, Mikey se acerca. Es lento en esta ocasión, como si quisiera tantear la situación en la que está metiéndose. Se mueve lento sobre la cama, escuchando crujir el colchón. Takemichi no se mueve sino que se queda muy quieto, aguardando por su cercanía con los ojos temblorosos, observándole intensamente.
—Abre los labios —pide Mikey, como si tuviera idea de lo que hace.
Pero cuando Mikey vuelve a besarlo, con labios ansiosos, se da cuenta que realmente no tiene una puñetera idea de qué está haciendo. Ya no habla de la mecánica de los besos, no habla sobre los labios que deben encajar los unos con los otros en forma y ritmo. Mikey habla sobre besar a Takemichi, a secas. Por un lado, hacer esto con un amigo hace sentido porque están en confianza, porque Mikey no le entregaría piezas de él a nadie que no forme parte de su círculo más cercano. Pero, también, hacer esto con un amigo es abrir una puerta que no tenía idea que existía.
A Mikey no le importa que sus labios equivoquen el ritmo de tanto en tanto, Takemichi no se queja sino que respira profundamente, ensimismado entre beso y beso. Respiran en perfecta sincronía, desconoce si es porque pierden el aliento al mismo tiempo o si es porque ambos están perdiéndose en esta extraña fantasía. Mikey sacude la burbuja en la que habitan cuando roza el labio inferior de Takemichi con su lengua, sintiendo cómo el cuerpo de Takemichi se agita.
—¿Qué fue eso?
—Mi lengua. ¿No te gustó?
—No lo sé… —Takemichi parece más sorprendido e inquieto que asqueado, porque aprieta los labios, como saboreando la sensación que quedó sobre estos—. Hazlo de nuevo.
Cuando Mikey vuelve a la carga, se conoce el camino. Takemichi lo recibe más preparado que antes, aunque su cuerpo se agita nuevamente. Suspira en los labios de Mikey y luego se queda quieto, muy quieto. Mikey ha ganado muchas peleas en su vida, pero este triunfo le sabe a gloria. Quizás por eso se acerca más, por eso acomoda sus muslos entre el cuerpo de Takemichi, casi sentándose sobre su regazo. Reclama un espacio para él, como si fuera un rey proclamándose dueño y señor del universo.
El mundo de Mikey tiembla cuando no es el único que hace cosas, cuando pierde las riendas de esta carreta que va cuesta abajo: Las manos de Takemichi se ponen en sus caderas, aferrándose casi con desesperación a su ropa. El roce provoca algo entre los dos, como si hubieran vuelto a explotar otra burbuja, como si derribaran otro muro. Tocarse de esta forma es algo nuevo, desconocido. Estos roces son íntimos y no están relacionados a peleas o juegos infantiles. Esto solamente está reservado para otro tipo de situaciones.
Lo que Takemichi inicia, Mikey lo continúa llevando sus manos al rostro de Takemichi, pasando sus dedos por las mejillas, por la nuca. Los deja correr libremente por los cabellos de Takemichi, deshaciendo su peinado en el camino. Takemichi reacciona apretándose más contra él, queriendo fundirlos en una sola cosa. El abrazo sabe tan distinto a otros que se han dado, como si fuera parte de un lenguaje nuevo para ambos.
Y esa cercanía los agita.
Mikey es consciente que no pierde el equilibrio, sino que empuja a Takemichi contra la cama. Es consciente que lo tumba como si fuera un animal salvaje buscando marcarse como el triunfador de un combate. Y es consciente, también, que Takemichi lo observa no con desconcierto o miedo. Takemichi lo mira ansioso, como si estuviera esperando que vuelva a él.
Se miran, compartiendo un mensaje que solamente ellos son capaces de entender. Se preguntan, ambos, si son conscientes que este beso que se darán nada tiene que ver con practicar, que nada tiene que ver con un reto ni nada parecido. Los dos están conscientes que van a besarse porque quieren hacerlo. Y, testarudos y valientes como ningún otro, vuelven a la carga.
Es Takemichi quien marca el ritmo del beso, Mikey se deja arrastrar por la forma en la que sus brazos lo envuelven, en la que sus labios buscan los suyos como si estuviera ahogándose en medio del mar. Takemichi lo besa como si fuera el último aliento de vida, como si estuviera muriéndose. Es intenso lo que encuentra en los labios de Takemichi, tan intenso como los puñetazos que ha recibido, como los que ha enfrentado en batalla tras batalla. Mikey no sabe hacer otra cosa que dejarse envolver por él, por el huracán que Hanagaki Takemichi ha arrojado sobre sí desde el primer momento en que lo vio.
Mikey corresponde a sus besos con la misma vehemencia, queriendo aplacar su necesidad de él pero también queriendo robarse algo para él. Quiere ser caprichoso, quiere sentir a Takemichi sólo para él, que estas manos le acarician sin buscar a Hinata sino que lo hace por él. Mikey siempre ha sido un ser egoísta en el fondo, ahí donde nadie puede ver las cosas sucias que guarda dentro y Takemichi hace una revolución en su interior. Takemichi alimentan esas ansias egoístas.
Pero también saca cosas que Mikey cree que son buenas, porque le arranca sonrisas entre beso y beso. Takemichi le trae de vuelta una felicidad palpable, real, envolviéndole con sus cálidas manos. Mikey a veces se siente poco merecedor de estar a su lado, pero a veces se siente tan afortunado de dejarse moldear por sus manos.
Los dedos de Mikey se sienten de pronto húmedos, pero no es hasta que le llega un sabor salado a los labios en un punto que se vuelve consciente que Takemichi está llorando. Antes de poder detenerse y preguntar, alguien rompe la magia por los dos:
—¿Qué están haciendo?
Kenchin está de pie junto a la puerta, con los ojos muy abiertos y el ceño fruncido. Mikey no está seguro de cuánto ha visto o qué idea se estará haciendo en ese momento, pero cuando sus miradas se cruzan, Mikey se siente juzgado.
Lo compone todo con una sonrisa juguetona, sentándose sobre las caderas de Takemichi. Es consciente en ese momento que se dejó llevar demasiado, su cuerpo está al borde de traicionarlo, pero ahora no le queda mucho más que pretender que no ocurre nada trascendental.
—Te tardaste demasiado y estábamos aburridos —dice, como si besar a Takemichi hubiera sido tan sólo una forma de distracción—. ¿Te quieres unir?
Mikey es bueno para fingir, así esté rodeado por las dos únicas personas capaces de ver a través de él, por eso le sonríe a Kenchin. No pierde de vista que éste le lanza una mirada que le dice Te vas a terminar arrepintiendo de esto, ¿lo sabes? porque Kenchin siempre ha sabido aconsejarle toda la vida, aunque Mikey lo ignore en muchas ocasiones.
—No seas ridículo —Kenchin le lanza una mirada a Takemichi, quien se ha quedado sin habla pero que tan sólo tiembla bajo el peso de Mikey—. Cuando acaben me avisan.
Kenchin no espera ni un solo comentario más y se marcha, mientras Mikey rompe en una carcajada fabricada. El silencio de la habitación se vuelve pesado cuando son conscientes que están a solas. Alguien más ha roto la burbuja ahora y es incómodo, es como quedar expuesto tras haber cometido un crimen. Mikey se siente como un ladrón.
Vuelve la mirada a Takemichi cuando se siente valiente, notando que en efecto, Takemichi derramó un par de lágrimas. Quiere preguntarle por qué estaba llorando, si acaso se sentía mal de haberse dejado llevar, si quizás esto fue demasiado para él. Mikey se sonríe porque es evidente que no puede dejar de lastimar a quienes quiere, a pesar que intenta poner de su parte.
—¿Fue demasiado? —pregunta sin esperar respuesta, quitándose de encima—. Tal vez debimos parar antes… Aunque míralo de este lado, no besas mal, Takemicchi. Hina-chan es una chica con suerte.
Le da la espalda cuando se sienta en el borde de la cama, poniéndose de pie. No se atreve a mirarlo a la cara después de todo esto, especialmente después de haber notado que Takemichi lloró por su culpa, probablemente.
Pero es Takemichi quien hace que se detenga, tomando con fuerzas su muñeca. Siente cómo se pega a él de nuevo, cómo descansa la frente en su espalda.
—Mikey-kun…
No dice más, pasan los segundos y todo lo que queda en el aire es ese intenso Mikey-kun que Takemichi deja escapar. Mikey no sabe cómo rellenar los espacios en blanco, no sabe cómo atar el beso, el abrazo, las lágrimas y aquel suspiro. O tal vez sí sabe cómo, la cosa es que prefiere no hacerlo. Esa comunicación que recibe con su cuerpo es evidente, porque aunque Takemichi no lo dice, Mikey puede sentirlo .
Hubo algo en ese beso y ambos lo saben.
—No te preocupes, Takemicchi. Será nuestro secreto.
Mikey no aclara si habla de los besos, del abrazo, las lágrimas o de esto . Pero jura que será un secreto, sólo para los dos.
Cuando tira de Takemichi para que salgan en búsqueda de Kenchin, Mikey se repite que Hinata es una chica con suerte.
