Chapter Text
El pulgar recorre en un instante los labios ajenos que lentamente se entreabren, permitiendo el reconocimiento de aquella expuesta carnosidad.
Shigeo tiembla y Reigen se toma su tiempo en esbozar aquella línea bajo la cálida yema de sus falanges, disfrutando de la sensación y del entrecortado aliento del desasosegado mozalbete.
Abrumador tacto de violenta prescindencia
No hay nadie más en aquella oficina, no hay nadie más en aquella ciudad.
No hay nadie más que ellos dos en aquella exploratoria realidad.
Entonces, ambos se contemplan en expectante anhelo, porque la sensación es avasalladora y la línea final es tan delgada, tan finita que ambos avistan su final.
(sus consecuencias)
—Shishou. — La voz, apenas un suspiro—. E-el pastel… (1).
—Sé que era para mí, Shigeo (2).
—Entonces…— Hebras oscuras ondeando en el holográfico espacio—. ¿Acepta mis sentimientos, shishou?
—No, Shigeo. — Dedos engarzados en la ajena caballera. Inclinación, con falta de moral—. Aceptarlos es irrisorio, porque los correspondo.
El aire es pesado, los corazones son ligeros.
Los labios se buscan y encuentran en torpe abatimiento, apenas un roce y vuelta a empezar.
Cada contacto es una fisura a su platónica relación, al vínculo forjado en la candorosa inocencia del ayer, la cual se inflama y ambiciona, desea más y más de su contraparte.
El fraudulento psíquico cautiva el labio inferior de su aprendiz, y lo deja ir.
—Shigeo…— Hay diversión en su tono, hay ventura en su mirada—. No olvides respirar.
—No, shishou.
—Ya no tienes por qué llamarme así. —Manos cubriendo el contorno del otro rostro, alzándolo en su dirección—. Preferiría: Reigen (3).
Un beso más.
Kageyama es todavía demasiado joven, demasiado cálido.
—Shishou. — Labios entreabiertos, una franca invitación—. Mi shishou.
Férrea necedad, en actitud y obtusos ósculos.
El blondo elige rendirle honor a su patético título y enseñarle «algo más» al que fuese un apático crio.
Se buscan, se abrazan.
La diferencia de estatura es cada día menor, la diferencia de necesidad es ínfima.
Manos hábiles vagan por la espalda del adolescente, trazando formas y promesas hasta que una de ellas asciende a la nuca y sostiene.
Los alientos se entrelazan, la avidez se complementa.
Se prueban a un ritmo inverosímil, a un ritmo que obedece al capricho del pseudo-adulto.
—Mob. —Viejas costumbres, un nuevo horizonte—. La corbata…
—Oh. — Manos estáticas, apetencia en vertiginoso remolino—. ¿Q-quiere conservarla?
—Sí. — Razona la pregunta, razona las alternativas—. Al igual que el resto de mi ropa.
—Entiendo.
Por supuesto, el adolescente comprende.
El ascendente libido: no.
Arataka nota la silla detrás de él cuando el mobiliario le golpea en los muslos, obligándole a tomar asiento. Y, pronto, también lo aporrea la imposibilidad tan obvia de querer a su aprendiz; de querer al avergonzado esper que le tiende ambas manos con el genuino propósito de auxiliar al ex-oficinista a incorporarse.
No lo hace.
Es él quien atrae al menor a su regazo.
En donde ambos terminan por caer en una espiral de culpa, una espiral de pasión.
