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Lo que necesitas es amor

Summary:

Lo que habría pasado entre Carlos y Roberto si Antena3 hubiera sido valiente y menos bifóbica.

Notes:

Esto pretende ser un retelling de la serie Aquí no hay quien viva, usaré diálogos y escenas originales de A3 pero no duraré en cambiar lo necesario para contar la verdad: la bonita relación que surgió entre estos dos ignorantes de la vida desengañados de la vida y del amor.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Érase un regreso

Summary:

Roberto vuelve a la comunidad de Desengaño 21 para dar un giro a su antigua vida

Chapter Text

La fachada no había cambiado en absoluto en todo este tiempo. Ningún cerramiento no autorizado rompía la estética decimonónica del edificio y la pintura seguía igual de deslucida y agrietada que cuando había llegado por primera vez al número 21 de la calle Desengaño, lleno de esperanza, pero también de dudas, cargando una pesada televisión y un montón de sueños que, como la tele, acabarían por hacerse añicos.

De pronto la maleta parecía pesar menos. No es que fuera muy llena, apenas había llevado equipaje a su retiro en la playa, tan solo un par de mudas y mucho papel y carboncillo con los que garabatear retratos de los guiris para sacarles luego el dinero por llevarse un pintoresco recuerdo de sus vacaciones en España. La traía si cabe más vacía que cuando se fue: tan solo llevaba con él la esperanza de comenzar una nueva vida tras recuperarse de la dolorosa ruptura que le había llevado a la depresión y casi la indigencia.

Antes de nada, pensó en hacer una parada obligatoria en el que había sido el refugio de sus días complicados, la guardia donde se sabía acompañado y comprendido por su grupo de iguales. Nadie como los miembros del Consejo de Sabios para inaugurar una nueva etapa en su vida.

―¡Qué tal, gente! ―exclamó Roberto al cruzar la puerta del videoclub de Paquito.

La visión de los allí reunidos ensanchó más aún la sonrisa en sus labios.

―¡Qué pasa, tronco! ―saludó el pequeño José Miguel saltando del taburete forrado con pelo sintético de color blanco, derecho a estrecharle entre sus brazos.

Los demás respondieron a su saludo con exclamaciones de alegría. Aunque no era ningún moñas, sintió cierto alivio al comprobar que sus amigos también le habían echado de menos.

―Ha vuelto, ¡ha vuelto el Hombre Caricatura!

Tras abrazar a Emilio y chocar las manos con Mariano y Pablo, por fin respiró hondo, sabiéndose a salvo, en casa.

―Pero qué pasa, ¿ya te has cansado de tu exilio en Puerto Banús? ―preguntó Paco con cierta inquina. Ninguno de los congregados esperaba tan pronto el regreso de uno de los miembros fundadores del Consejo de Sabios.

―Qué va ―respondió Roberto―, me ha sentado muy bien. Me le he pasado que te cagas. He ganado pelas, he ligado, me he olvidado de Lucía…

Forzó una sonrisa que sin embargo no llegó a sus ojos. Encogiéndose de hombros, esperó que la mentira hubiera sonado lo bastante convincente como para no quedar como el pringado que era delante de sus amigos.

La ruptura con Lucía había sido la experiencia más dolorosa que había sufrido desde los traumáticos años en la universidad. Bien es cierto que se mudó al edificio con recelo, que nunca llevó bien la diferencia de poder adquisitivo entre ambos, y que sin duda no estaba preparado para el matrimonio… Pero siempre había imaginado su futuro con ella, no concebía que las peleíllas y los roces fueran a desembocar en una situación semejante.

Lucía, la chica divertida e inteligente de la que se había enamorado siendo solo un chaval, ya no le quería. Tenía que asumirlo y empezar de cero, por mucho que le fuera a costar lograrlo.

Un llanto ahogado procedente de la trastienda interrumpió la conversación.

―Lucía no…

El sollozo inspiraba auténtica pena.

―¿Qué pasa? ―preguntó Roberto, con más curiosidad que lástima.

―Pues que ahí dentro hay alguien que no la olvida ―contestó Emilio de forma críptica.

Pero no hacían falta más explicaciones. La voz lastimera era inconfundiblemente de Carlos, y el dolor que traslucía era ya un viejo conocido.

―¿Ya no está con Carlos?

―Le ha dado el yuyu Marujita y se ha liado con un cubano ―explicó Mariano, que estaba acodado en la barra del videoclub, imperturbable como siempre en su pose metrosexual.

―Si es que para las mujeres somos como fundas de sofá, se aburren y nos cambian ―añadió Emilio, que todavía arrastraba sus propias movidas con Belén.

De pronto Carlos salió de la trastienda, ya más sereno, pero todavía con gesto compungido.

―Paco, por favor, cierra tú hoy, que yo me voy a casa ―dijo Carlos de forma apresurada y dirigiéndose hacia la puerta.

― Eh, eh, eh, quieto ―dijo Roberto agarrando a Carlos del brazo para impedir que se marchara―, aquí depresiones las justas. Que esto se te pasa, Carlos, es todo químico.

―Sí, si ya lo sé, tengo un bajón de serotonina, la hormona de la felicidad. Me he estado documentando.

Tan pringado como siempre, y sin embargo Roberto notó cómo una oleada de simpatía crecía en su interior al ver a Carlos tan abatido y vulnerable. Era la primera vez que se sentía así respecto al dueño del videoclub; normalmente sus interacciones habían consistido en frase vacilonas e intentos ridículos de pelea, pero esta vez era distinto.

Ahora eran iguales, dos almas desdeñadas por la mujer que hasta el momento había sido su único factor en común, pero cuya sombra cada vez ocultaba menos su camino.

―Mira, yo lo he superado completamente. Ahora mismo para mí Lucía es como… Concha.

―Para eso a mí me falta un poco, pero…

Entonces Roberto tuvo la que tal ver sería la peor decisión que había tomado desde que eligió la carrera de arquitectura, pero no pudo reprimir el impulso, y preguntó:

―Oye, el segundo b se alquila, ¿no? He visto un cartel.

―Sí, el de mi tía Nieves, pero pide mucha pasta ―explicó José Miguel.

―No pasa nada, yo ahora tengo dinero ―repuso Roberto.

Se detuvo un instante, vacilando. Pero ya había dado el paso, tenía que llegar hasta el final.

―Y tú también ―añadió dirigiéndose hacia Carlos―. ¿Por qué no vivimos juntos? Yo te hago terapia, ya verás qué pronto sales de esto.

Carlos soltó una risa sarcástica acompañada de un gesto incrédulo.

―Ja. Hombre, yo había pensado en darle un cambio a mi vida, pero a lo mejor vivir contigo es demasiado cambio. Más que nada, porque no nos soportamos.

―Ahora sí, tío. ―Dos hombres perdidos, igualados en sus diferencias… Compañeros. Quizá…―. Bienvenido al club de abandonados por Lucía, ¡eres el socio número 2! ―Roberto abrió sus brazos para estrechar a Carlos entre ellos, un primer acercamiento que recibió con reservas al principio, pero con alivio después. No estaban solos.

―Y en cuanto pueda, ¡yo el 3! ―añadió José Miguel.

―Ay, yo te lo agradezco. La verdad es que yo ahora daba todo mi dinero por un poco de cariño.

Los demás se sumaron al abrazo y a las muestras de cariño.

―Venga, venga, fuera de aquí, buitres ―Roberto los ahuyentó con aspavientos. Se notaban sus intenciones a la legua, tan solo querían aprovecharse del dinero de Carlos, como siempre―. Anda, vamos a hablar con Juan.

Recogió la maleta y salieron del videoclub. No sabía cómo iban a convencer al presidente de la comunidad de que les alquilara a ambos el piso de Nieves, pero se las apañarían.

Roberto se había consagrado a la misión de animar a Carlos, de sacarle del pozo, en definitiva, ayudarle a abrir los ojos a una vida nueva sin dolor ni frustraciones amorosas. Por una vez, empresario y dibujante compartían un mismo objetivo… Y ahora también una casa. Roberto esperaba, incapaz de confesárselo a sí mismo, que tal vez algo más.