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La pubertad masculina era una mierda.
Contrario a lo que supuestamente era la adolescencia femenina; llena de llantos, cambios de humor, descubrimientos y desenlaces demasiados melodramáticos, la gente tenía muy puesta la idea de que la pubertad masculina era solo hormonas alborotadas e incontrolables ganas de perder la virginidad con quién viniera.
Y por supuesto, drogarse, porque el resto de chicos lo hacía.
Y tomar hasta perder la conciencia, porque el resto de chicos lo hacía.
Acostarse con chicas bebidas y fuera de sí.
Porque el resto de chicos lo hacía.
Pero la adolescencia de Sal no fue así.
Fue un asco, un terrible y vomitivo asco. No igual de peligrosa, deprimente y chocante que la pubertad femenina, llena de machismo, posibilidades horrorosas y anecdotas deprimentes que uno no quería ni pensar. Pero Sal la paso mal, la paso demasiado mal.
Se había dado cuenta de que su cuerpo no seguía los estándares tan apropiadamente como el del resto de varones de su clase demasiado tarde como para intentar disimularlo y camuflarlo. Ocultarlo y pretender. Ocultarlo y evitar los malos comentarios llenos de asqueroso veneno por personas que nunca tuvieron un lazo con él, y que nunca lo tendrían. Demasiado tarde para poder charlarlo con alguien antes de enterarse que hacerlo era un "signo de debilidad". De ser un maricón con todas las letras.
Descubrió demasiado pronto que tenía gustos y formas de pensar diferentes al resto. Que su ideología no seguía exactamente características "muy masculinas", y a pesar de tampoco seguir las "femeninas" con exactitud, tenía que ocultarlas, ocultarlas muy bien del resto del mundo. Cómo si fuera un infectado, alguien terriblemente enfermo, y acercarse a él significara estar condenado.
Esa no era la forma de actuar de un chico.
Descubrió que el machismo también le afectaba, y le afectaba de una forma horrible, porqué mientras el resto de niños de su edad nunca se cuestionaban acerca de la ropa que les obligaban a usar o los juguetes que tocarían el resto de su infancia y la apariencia a la que todos deberían llegar en la adultez, Sal empezaba a cuestionarse los millones de porqué su padre no le dejaba jugar tranquilamente con las demás niñas, con esas muñecas de plástico de falsos cabellos rubios brillosos y enredados que siempre parecían necesitar ser peinados.
Y qué de alguna forma, hablar y preguntar acerca del sexo nunca sería bueno. Que le molestarían por un largo tiempo bajo la palabra "virgen" si abría de más la boca.
Pero no podía seguir siendo virgen hasta cierta edad, porque la virginidad masculina no era algo tan especial cómo era la femenina, tenía que perderla lo más rápido que pudiera. Cómo si fuera la marca de la muerte, la principal razón para hacerle bullying. Si quería guardarla para el matrimonio, como la mayoría de chicas estaban obligadas a hacer por sus padres y abuelos, entonces eras un jodido sensible. Otra razón para ser apuntado con el dedo y ser llamado "maricón".
Y Sal tenía que ver a las chicas como "objetos sexuales" durante toda su vida, y si no lo hacía, entonces eras directamente un chico gay. Y usarían esa palabra para molestarlo el resto de la secundaria.
Entonces sí, a Sal le gustaban los niños.
Si respetar a las niñas por lo qué eran, era ser directamente gay, entonces lo era. Entonces le gustaban los niños, le gustaban mucho los niños. E incluso si así era ¿cuál era el verdadero problema? ¿por qué importaba tanto? ¿por qué la gente tenía esa obsesión desquiciada de controlar las vidas ajenas, de etiquetar, de clasificar y juzgar? No lo entendía. La gente era más que preferencias sexuales, de gustos, de apariencias y de estereotipos, ¿por qué a la gente le gustaba tanto olvidarlo?
A sal le gustaban los niños. Sí, le gustaban, o eso afirmaban sus compañeros cuando le preguntaban por sus gustos, y él solo alzaba los hombros, sin estar realmente interesado en el tema.
Y, oh, por supuesto, con eso vinieron más estereotipos.
Qué el rosa esto, qué el lado femenino oculto en los varones, qué los vestidos, los pintauñas, el cabello largo. El tono de voz, la forma de caminar incluso, la obsesión con el estereotipo homosexual y demás. Una porquería tras otra.
Sal se vio muchas veces a si mismo, a la edad de doce años, llorando en la soledad de su cuarto abrazando su almohada y soltando fuertes maldiciones entre dientes. Lloraba porque los chicos en la escuela decían que su cuerpo no era el apropiado, llevándolo al borde sin ningún tipo de empatia aparente. El cuerpo de Sal era delgado, no musculoso. Su cuerpo era pálido grisaceo, un poco enfermizo, y lo sabía, no necesitaba que se lo recalcaran tanto. Él era más pequeño, estrecho y bajito que el resto de niños, y era un niño lampiño, lo sabía, ¿cual era la obsesión con repetirlo tanto? Él sabía bien que no era moreno, alto y velludo como esos estupidos. Él sabía que era un niño diferente, nunca le preocupo eso, nunca le afectó eso hasta que empezaron a recalcar esa diferencia con veneno.
Pero esas diferencias no eran lo que realmente le afectaba...
Los demás chicos no usaban prótesis faciales, o el cabello largo. El cabello largo en dos bonitas coletas, coletas de niña, de niñas pequeñas.
Pero Sal sí.
Porque los demás chicos no molestaban a quienes se parecían a ellos, molestaban a Sal, siempre lo hacían.
Él no sabia si estar llorando por eso era exagerado en realidad. En toda la vida nunca había oído ni una sola vez sobre chicos que lloraban. Había visto películas llenas de chicas llorando hasta dormirse por amores fallidos y documentales donde algunas de ellas lloraban por sus cuerpos "Imperfectos". Nunca había visto a un chico llorar, mucho menos a su padre. Entonces él se sentía diferente, y por lo tanto, se sentía raro.
Pero de todas formas lo hacía.
Lloraba hasta que la garganta se le cerraba por culpa del doloroso nudo de aire, hasta que se quedaba sin voz, hasta que los ojos le pulsaban, hasta que se quedaba dormido aún con un rastro seco de lágrimas en sus pómulos dañados.
Él se vio descubriendo que en realidad los chicos le parecían realmente lindos a los trece años. Y a pesar de que seguía queriendo a las chicas, eran pocas las veces donde se imaginaba estando con una de ellas en calma y paz, en comodidad y confianza. Entonces, por primera vez había sentido pánico.
Porque ni la escuela ni su padre le habían contando que era posible que a un chico le pareciera lindo otro. Porque para la escuela y para su padre eso no era necesario, porque Sal tenía que ser un hombresito, y a los hombresitos no le gustaban los chicos. Le gustaban las chicas, la pornográfia, los pechos, la violencia, el fútbol, las apuestas y el alcohol.
A Sal no le gustaba nada de eso, nunca le gusto. Entonces él se sentía ido, desviado, solitario. Raro.
Se descubrió a los catorce años buscando apoyo en el computador por foros extraños, buscando información, lo que fuera. Descubriendo que dentro de internet podía tener un pequeño mundo donde había más gente como él. Gente que gustaba del mismo genero, que no seguís estereotipos de su sexualidad o su género. Sal se había sentido en casa, hasta que su padre lo descubrió. Él tuvo la charla, la charla que necesitó a los trece años cuando recién entraba a la pubertad, la charla sobre el sexo, sobre las sexualidades, sobre la gente diferente. Y eso no fue agradable. Porque él no consideraba que en una buena charla hubiesen tantos gritos y amenazas, golpes a la pared y insultos. Acusaciones y culpa,
por tener el cabello largo, por la ropa que usaba, por lo poco masculino que supuestamente era. No fue la charla que necesitaba, fue violenta y triste, fue horrible.
Se descubrió con quince años ocultando sus gustos y fingiendo ser lo que su padre quería, un hombresito. Sentado en el sillón de casa y mirando fútbol de vez en cuando, el canal de boxeo, de violencia y hasta porno después de las doce. Su padre estaba orgulloso, por una asquerosa razón lo estaba. Estaba orgulloso de que su hijo se comiera todo lo que sentía y fingiera ser normal.
Hasta que se mudo y conoció a Larry.
Larry era diferente, con gustos exóticos, musica que sonaba fuerte y maliciosa en los parlantes de su cuarto y llenaban el edificio. Larry tenía el cabello largo y la nariz puntiaguda, grandes ojeras y ojos profundos. Larry no era como los chicos que Sal había conocido en su niñez, Larry era un mundo. Un mundo nuevo.
Se convirtió en su mejor amigo en muy poco tiempo, en su hermano, un hombro para llorar y un consejero. Sal le contó toda su vida una de las noches donde el aburrimiento y la oscuridad sacaba lo mejor de uno, y Larry le contó la suya.
Con un Playlist acompañando cada una de sus palabras en un volumen bajo, y pequeñas risas, muchas pequeñas risas, fueron dándose cuenta de los completos tontos que habían sido antes de conectarse, de entrelazarse entre si, como lo hacen los hilos.
Y ahora, meses despues,
estaban compartiendo la misma Playlist de nuevo.
—¿Crees que algún día llegara el apocalipsis? — Sal giró su cabeza suavemente hacía su compañero, al igual que él, tirado en la cama como si la vida ya no valiese nada. Se pegó a su hombro para que le prestará más atención, con una familiaridad apremiante y Larry le gruñó por lo bajo como un perro. Un gracioso perro. Pero él sigue mirando el techo, con su nariz puntiaguda apuntado en lo alto, y para Sal es una de las imágenes más relajantes del mundo.
Alguna canciones de KISS suena por lo bajo, con calma y lentitud. Porque a ellos le gustaba la música que tumbaban paredes la mayoría del tiempo, pero mientras estaban ahí, hombro contra hombro, la musica tranquila era casi una obligación en la oscuridad del cuarto.
Es una de las canciones favoritas de Sal, tranquila, casi silenciosa en aquel volumen tan bajo. Al principio a Larry no le había gustado tanto, recuerda, pero al final termino cayendo junto a él.
—Nah — susurro con sinceridad, vacilando un poco —. Digo, ¿hablas de esos apocalipsis con, yo que sé, zombies que dicen cerebros como completos imbéciles? — Sal se ríe por el tono de voz que Larry usa, y la pequeña mueca que hacen sus ojos y sus labios apretados, él solo lo puede ver de perfil, pero es suficiente.
—Sí, esos.
—Los zombies no existen, Sal.
El chico de la prótesis facial se alza de hombros, sin poder creer que Larry no creyera en los zombies después de todo lo que habían vivido. ¿En la realidad donde existían, quedaba algo que pudiera seguir siendo inexistente? Hablaron con fantasmas, resolvieron asesinatos, investigaron juntos las mierdas ocultas en la GearBoy de Sally y descubrieron de que estaba hecha la asquerosa bolognia de la cafetería. Lo que les faltaba a su vida, eran zombies, un apocalipsis lleno de zombies.
—Lo que digas — susurra con un tono divertido, dejando que sus ojos vacilen por todo el techo del lugar. Le gusta el cuarto de Larry, le gusta mucho. Actualmente esas cuatro paredes se habían convertido en algo así como una segunda casa para él, como su lugar feliz, donde está perfectamente a salvo del asqueroso mundo exterior y puede venir a llorar sus penas cuando quiera, o simplemente disfrutar el rato juntos escuchando musica.
A Sal le gusta estar con él de esa forma; acostados boca arriba, con los brazos rozando entre si, contando las manchas de humedad en el techo al unísono como si fuera la cosa más entretenida del mundo. Él se siente seguro, se siente confiado, protegido y aislado de los males exteriores. Se siente en casa y se siente feliz.
Entonces Larry habla y el ambiente se vuelve tan tensó como la mierda.
—¿Crees que pueda ver tu rostro antes de qué ocurra el apocalipsis?
La pregunta sale disparada al aire como una bala de metralladora perdida. Larry aprieta los labios sin saber bien el porqué de su propia pregunta. Pero en el mundo dentro de la cabeza de Sally, la pregunta lo desconcierta, lo deja fuera de lugar. Lo deja perdido y derrumba su poca confianza en un zeptosegundo.
Nadie nunca le había preguntado directamente cómo era su rostro bajo esa inexpresiva prótesis facial, pero claro que la gente se moría por saberlo, se lo imaginaban en secreto y hasta hacían apuestas entre ellos sobre como sería su apariencia. Pero nunca se atrevían a decirlo de frente, a escarbarlo y soltar su curiosidad de esa forma tan poco indirecta.
Sal cree que es una broma, una broma de mal gusto qué está tocando justamente su nervio más sensible. Voltea la cabeza con el ceño fruncido inconscientemente detras de esa "mascara", pero se encuentra con los ojos sinceros y vacíos de Larry y lo comprende. Lo que sucede es real, no es una broma.
Larry se sienta de rodillas frente a él con algo de dificultad, el audífono se desprende de su oído y choca contra las sabanas en un ruido imperceptible. Sally lo mira, aún acostado. Sus ojos curiosos y timidos escalan por su torso hasta llegar a sus ojos. Larry lo está viendo directamente, buscando una señal, una respuesta. No hay nada.
El silencio qué los rodea de forma tan pesada justo ahora, es el primer silencio incómodo que tienen en todo el tiempo que llevan juntos. Ni siquiera la primera vez que hablaron sucedió, no, las cosas siempre habían sido fluidas y sinceras, pero esto es diferente y tiene a Sal confundido.
La expresión de Larry se vuelve nerviosa ante el silenció y la nuez de su garganta danza de arriba abajo fuertemente. Él está tragando rápido, tragando fuerte, y Sal sabe qué él sólo hace eso cuando está nervioso, muy nervioso.
—No tienes que hacerlo si no quieres — suelta rápidamente, casi en un impulso. Sal tiene un escalofrío, piensa que le ha perdido un poco, que ha arruinado el momento con su silencio. Y él también se pone nervioso.
Sal conoce a Larry desde hace ya bastante tiempo, incluso tiene el gusto de llamarlo su mejor amigo, su compañero de aventuras paranormales, su mundo y lugar feliz. Él encontró un hogar entre sus largos y flacos brazos, un aroma en su camisa beige y su sudadera roja. En él encontró todo lo que necesito cuando cruzaba la asquerosa pubertad masculina. Confía en él ciegamente y pondría su miserable alma en esas manos delgadas y de dedos largos si fuera necesario, o incluso si no.
Sal le quiere como nunca quiso a nadie.
¿Pero eso significa que Larry pudiese verle sin la prótesis?.
Las únicas personas que le han visto el rostro sin opinar cosas dañinas y asquerosas, fueron su madre, su padre, Ashley y los doctores que lo atendieron luego del accidente. Pero después de tanto tiempo, de tantas burlas y miradas desagradables incluso por esas mismas personas, exceptuando a la siempre compañera y leal Ash, Sal se había encerrado tanto en él mismo que ahora hasta se negaba a verse el rostro, su propio rostro. Odiaba despertar en las mañanas y verse tan demacrado frente al espejo, tan triste y roto. Él no tenia una cicatriz genial, no tenía una de esas que te pasaban el puente de la nariz o la mejilla y quedaban hasta envidiables en el anime. No. Él tiene sin fines de marcas y cada una de ellas está peor que la otra.
Sal no quiere ver el rostro asqueado de Larry, no quiere verlo vomitar como lo hizo en la aventura de la bolognia. No quiere que le cubra el rostro de golpe con la prótesis por el miedo o el desagrado que le puede causar. Él no quiere alejarlo, no quiere un comentario hiriente, tampoco quiere que le mienta diciendo que se ve bien. Él no se ve bien.
Pero tampoco quiere verlo nervioso y pensando que metió la pata.
Una parte dentro de su pecho quiere confiar en él, quiere que lo vea a los ojos y escuchar su opinión con completa sinceridad. Quiere poder deshacerse de esa puta prótesis y verle de frente. Que le vea de frente.
Y así lo hace.
No fue directo, no. Sal no se arranco la prótesis del rostro y dijo un seco "aquí tienes, ahora no me jodas" fue todo lo contrarió, fue nervioso y tonto. Y ni siquiera lo hizo directamente él.
Cuando Larry iba a volver a acostarse en silencio, a probablemente encerrarse en su pequeña mente llena de pensamientos negativos y depresivos, Sal le tomo la mano y con cuidado la acercó a los costados de la prótesis. La sensación de los dedos flacos rozando su quijada fue nueva, fue rara y le puso nervioso. Pero no dijo nada.
Larry levantó la vista y le miró a los ojos, directo a los ojos. Azúl y marrón chocaron y como si hablarán a través de la telepatía, Larry entendió unos segundos después de que Sal estaba listo. Dudoso, pero listo. Nervioso, pero listo.
Con cuidado, subió sus manos hasta las tiras de la prótesis y con una suave presión, desabrochó el primero. El ruido casi imperceptible al separarse hizo que Sal tuviera un escalofrío, un pequeño escalofrío que llegó a Larry rápidamente. Él se detuvo, dejando sus manos a los costados de la máscara, sin hacer un solo movimiento más. Porque ellos se preguntaban todo las veces que fueran necesarios, diez, doce, trece o hasta catorce, total de saber que el otro estaba cómodo. Porque ellos se querían, y querer significaba respetar, valorar y confiar. Hablar.
Comunicar.
Se volvieron a mirar a los ojos, esta vez sin esa telepatía característica que solo les pertenecía a ellos cuando se miraban a los ojos de esa forma. Con esa confianza, con esa honestidad de tantos años.
Con esa seguridad.
—¿Estás seguro?
—Lo estoy.
Sal cerró los ojos, intentando desviar la atención de su cerebro a cualquier otra cosa, a cualquier otro lugar, a lo que estuviese más cerca. Entonces se concentró en la música que seguía sonando en su audífono derecho.
No reconoció muy bien la voz en el audífono, era calma y tranquila, lenta, como si disfrutará de soltar cada palabra con una dulzura que atrapara a quien lo escuche. Había pasado desapercibida durante todo ese rato, y ahora volvía como un perfecto ansiolítico contra la ansiedad y los nervios de Sal. Lo relajaba, por supuesto. Le daba ese poquito de calma que necesitaba para respirar sin agitarse y sufrir espasmos, para mantenerse de pie. Le agradeció a lo que fuese que estuviera en el cielo, en un trono de nubes tontas. Y por sobre todo agradeció por la creación de esa voz angelical y dulce, y la de Larry.
Se quedaría grabada en su cerebro eternamente después de esa noche.
Las manos flacas volvieron a su nuca y después de algunos segundos,
liberaron la última tira en un suave movimiento. Sal jadeo cuando sintió que la prótesis se aflojaba en su cara y ahora solo era sostenida por el aire y su nariz respingada. Abrió los ojos, sintiéndolos húmedos y llorosos, pero no dijo nada.
Entonces la mascara, aquella que lo había mantenido indiferente a la mayoría de cosas a su alrededor, fue retirada, y la suave luz de su celular iluminó su rostro con lineas azules. Sally se aferró los bordes de su camisa cuando Larry abrió los ojos evidentemente sorprendido. Ahogó un gritillo y las ganas de pararse, de quitarle la máscara de un manotazo, salir corriendo y mudarse del edificio para siempre. Quería llorar, justo en ese momento, quería sollozar como un niño pequeño.
—¿Estoy jodido si creo que eres lindo?.
Sus manos temblaron antes las sinceras palabras y algo en su pecho pareció escaparse de su lugar. Sally junto sus cejas en una mueca confusa, y Larry solo le sonrió.
—Me gustan tus labios.
La confesión estremeció todo su ser, desde la punta de sus cabellos hasta los lunares en los dedos de sus pies. Inconscientemente se cubrió la boca y desvío el rostro, el color rojo empezaba a subirse por toda su cara.
Larry sabía que eso no era como ver a un ángel, mucho menos como ver a la persona más linda del mundo, a una modelo o un actor. Era ver a Sally, a Sal, con su rostro lleno de cicatrices y con manchas carmesí cerca de las mejillas. No, Sal no era la persona más hermosa del planeta. Pero, joder, se sentía en el cielo examinando ese rostro con la poca luz haciendo dibujos justo debajo de los labios pequeños pero carnosos y los pómulos finos. Se sentía genial al encontrar eso como la cosa más hermosa del mundo. Porque para él lo era, completamente, y estaba demasiado bien. Al carajo los demás o quien se atreviera a mirar mal a ese bonito rostro.
Larry no estaba mintiendo, no. No estaba acostumbrado a hacerlo porqué era patético fingiendo, disimulando o lo que fuera. El punto es qué él era un asco en las mentiras, por eso no acostumbraba a hacerlo. Se pasaba esa horrible teoría de que todas las personas en el mundo mentían cada quince minutos por los huevos. Larry encontraba eso lindo y no era una jodida mentira. Le gustaban todo. Todo.
Le gustaban esos ojos llorosos, esas cicatrices verticales que haciendo figuras abstractas sobre la piel. Esas manchitas y como los labios de Sal se apretaban entre sí con nerviosismo, o la forma en la qué desviaba la mirada.
—¿No te doy asco? — preguntó con toda la inseguridad del mundo, sin poder verlo directamente a la cara. Algo en el corazón del mayor se estrujó y comenzó a doler, a quemar horrible —. Soy horrible, Larry, jodidamente horrible.
Entonces algo dentro de Larry estalló y cuando se dio cuenta, no encontró otra forma de demostrarle sus sentimientos a Sally si no era arrebatando contra sus labios en un beso. Fue extraño y totalmente impulsivo, totalmente tonto. Los dientes de ambos chocaron por encima de sus labios, la nariz de Larry casi le pica un ojo a Sal y el cable del audífono fue arrancado bruscamente del teléfono cuando la mano de Larry lo aplastó. KISS volvió a sonar de fondo, como si el mundo conspirara para que la existencia de esa noche fuera a base de coincidencias vergonzosas y impulsos idiotas.
¿Y ellos? Ellos solo se quemaban las neuronas sin saber cómo besarse. Que va, si en su puta vida habían visto o leído algo romántico si no eran esas pequeñas y innecesarias escenas de romance heterosexual en las películas de Zombies. Lo mucho que habían visto en besos, fue aquella parte en la película de REC, tal vez la tercera, donde la chica zombie le arrancaba la lengua a su esposa.
Y no haría eso, no por ahora.
Para Sal no hubo demasiado problema, ni un misero forcejeo o temblor. A pesar de lo poco que sabían de besos, no era el primero de ninguno, lo sabían mutuamente, sin embargo, sí era la primera vez que lo hacían con alguien de confianza, con alguien por quién tal vez sentían algo. Por alguien a quién querían.
Fue un beso, sin lengua y sin saliva, un roce de labios brusco que se perdió en la nada cuando segundos después se separaron, no dijeron nada, solamente se miraron como si no comprendieran del todo el porqué se besaron o porqué no se separaron a patadas.
—¿Otro? — preguntaron al unísono, automáticamente tiñendo sus caras de rojo.
