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El Beso de Judas

Summary:

Walter tarda un poco en llegar durante la conversación del Pollo y Ricardo en la Shell, y no los interrumpe.

"Con los ojos claros iluminados por las lágrimas y el puchero infantil, Ricardo parecía un ángel. O también, una de esas estampitas de la Virgen que su mamá le mostraba cuando era chiquito. La Virgen de la Dolorosa, tan hermosa, llorando por el martirio de Jesús y por los pecados de la humanidad, o algo así. Ricardo también era hermoso hasta cuando lloraba."

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Sergio no podía pensar en mucho más que en el dolor, mejor dicho, ardor (agradecer a Walter por tirarle whisky en una herida abierta) mientras el camión se movía. La caja de madera temblaba a medida que avanzaban por la autopista hacia la capital; a veces las luces se filtraban por entre las tablas como también el viento. Usualmente no le importaba pasar frío, pero hoy sentía escalofríos, la manta que le habían prestado para taparse no estaba ni cerca de ser suficiente para calentarlo. Era la presión baja, el shock, el ardor, que lo volvían vulnerable, lo desconectaban. A pesar de no estar demasiado consciente de lo que pasaba, había una constante que si podía diferenciar de la masa uniforme de sonido y silencio en el viaje: a Ricardo llorando en la parte de adelante, sus quejidos, los hipos, el sonido de las lágrimas y la nariz moqueando. Como si fuera un nene chiquito. En algún momento le pidieron que se callara. Walter y El Chiqui no decían nada, y Sergio medio que se durmió escuchando el llanto desconsolado de su amigo, el único ruido además del de las ruedas.

En una de esas pararon en un lugar con mucha luz y el Pollo se despabiló, un poco enceguecido por la luz de la Shell. Ahora podía verse bien la sangre que le empapaba la remera y también qué tan grande era la herida. No era muy grave, pero dolía como la puta madre.

—Che Pollo ¿Tenes un peso para prestarme? —le preguntó el Chiqui de la nada, después de que Walter se fuera al baño. Sergio no se lo preguntó mucho y le dio un peso que tenía en el bolsillo del pantalón. Antes de que el Chiqui bajase a comprar un chocolate, le pidió si podía llamar a Ricardo.

Al rato el pibe apareció por la caja de la camioneta, con la cara hinchada de tanto llorar, despeinado y sin remera. Por suerte Walter le había prestado su campera, sino estaría peor cagado de frío. Así, temblando y asustado parecía un nene o una mina, con razón que el negro Pablo lo había agarrado tan fácil, con razón casi se lo violaban. Era tan boludo que no había ni peleado, se había dejado hacer.

—¿Qué haces ahí? Veni pasa, no te quedes mirando, — le dijo viendo que se quedaba llorando afuera de la camioneta sin hacer nada.

Ricardo al fin se subió a la camioneta y se acurrucó a su lado. —Permiso,— dijo sollozando. — A ver.

Con cuidado, agarró la mano de Sergio para levantar la remera ensangrentada de Walter de la herida y los dos miraron el corte. Ya no sangraba tanto, pero a Ricardo se ve que lo horrorizó porque empezó a respirar raro.

—¿Qué pasa loco?— empezó Sergio, para calmarlo. —¿ Vos cómo estás? ¿Bien?... ¿Te hicieron algo?

No sabía a ciencia cierta hasta donde habían llegado. No creía que hubieran hecho mucho, habían aparecido justo a tiempo, pero igual podría haber pasado cualquier cosa. La noción de que un tipo tocara a Ricardo lo enojaba más de lo que pensaba. Y que encima le hubieran hecho doler, lo hubieran humillado.

—No es eso lo que me pasa, — dijo el chico tragándose los mocos.

Alivio. Menos mal.

—Entonces... ¿Qué?

—Yo no puedo creer que sea tan pelotudo, loco,— Ricardo dijo enojado. Lloraba, lloraba, no paraba de llorar.

—No, me fuiste a buscar loco — Sergio lo reconfortó, un poco para que se calmara, otro poco porque era verdad. Ricardo lo fue a buscar, como siempre, porque a pesar de sus idas y venidas, siempre se volvían a encontrar.

—Te mande al muere Pollo,— se lamentó Ricardo.

Negó con la cabeza.

—Me fuiste a buscar.

Pero Ricardo sentía culpa, se daba cuenta El Pollo, culpa de haber hecho que lo salvaran por no haber sabido cuidarse solo. Por boludo y confianzudo, por cabeza dura, El Pollo había salido lastimado. Ricardo lloraba no por sí mismo y la situación horrible que había vivido, sino por él, por su perdón. ¿Alguna vez alguien había llorado así por él? Pensó. No. Ni su madre, ni ninguna mina. Nadie nunca había puesto su dolor por sobre el suyo, y a Sergio se le cerró el pecho de repente.

Hacía unas horas, Walter había comparado a Ricardo con Judas, el traidor. Pero ahora Sergio creía que se había equivocado. Con los ojos claros iluminados por las lágrimas y el puchero infantil, Ricardo parecía un ángel. O también, una de esas estampitas de la Virgen que su mamá le mostraba cuando era chiquito. La Virgen de la Dolorosa, tan hermosa, llorando por el martirio de Jesús y por los pecados de la humanidad, o algo así. Ricardo también era hermoso hasta cuando lloraba. Y más cuando lloraba por él, muerto de preocupación.

Walter seguía sin volver del baño. Sergio veía a Ricardo y quería secarle las lágrimas de la cara.

El chico lo miraba sin dejar de llorar.

—Perdoname loco, —sollozó Ricardo. Sergio estiró el brazo para acariciarle el pelo y señalar para que se acerque.

—Todo bien,— dijo rodeándolo con un brazo mientras Ricardo se arrimaba. Lo iba a manchar con sangre, pensó,. Él, que nunca se había manchado las manos ni el cuerpo con nada, iba a estar lleno de su sangre, la sangre de la escoria que vivía solo por hacerle la contra al mundo.

Antes de llegar a abrazarse, Ricardo paró a mirarle la cara muy de cerca. Walter no venía. Ricardo se estaba aguantando la respiración. Sergio se dio cuenta que él estaba haciendo lo mismo.

Le miró otra vez más el rostro de ángel, de santa. Perfecto. Subió una mano para secarle las lágrimas y en el acto arruinarlo un poco, su pulgar lleno de sangre dejándole los cachetes tiznados de rojo. Seguía perfecto, hermoso.

Le miró los labios, que tantas veces durante su adolescencia se había roto la cabeza intentando entender porque quería sentirlos. Pensó en todas esas veces en las que no se atrevió pero sintió ese imán atrayendo hacia Ricardo. Cuando llegó a la casona y se abrazaron después de tanto tiempo sin verse, cuando lo reanimó del mal viaje de merca desesperado y tirado en la arena sucia, cuando un rato después Ricardo se durmió en su hombro en el viaje en colectivo.
Así que, culpando a la pérdida de sangre, decidió sacarse las ganas.

Sergio los juntó un poco más. Ricardo, dócil bajo su toque, no se resistió. El beso, que empezó Sergio, fue casi natural. Suave, un simple toque de labios. Ricardo tenía sabor a miedo.

Al principio el chico no respondía, pero ante la insistencia del otro empezó a mover sus labios también, sin presentar resistencia, por instantes que parecieron horas.

Sergio esperaba poder explicarle con su boca que él también tenía miedo, que no sabía qué esperar mientras entraban por la fuerza al departamento. Que estaba todo bien, y que él recibiría mil cuchilladas más si eso significaba que Ricardo iba a estar a salvo. Que a pesar de cualquier ida o venida, más allá de cualquier pelea y bronca que pudieran tener. Tenían razón cuando los comparaban con una pareja. Porque eran inevitables, en esta vida siempre se iban a encontrar y terminar el uno con el otro.

Ricardo le acariciaba la cara con suavidad, como si se fuera a romper, tocándole la mandíbula y el cuello.

 

Antes de que el beso se profundizara más, Ricardo se separó y corrió la cabeza para acostarse entre su cuello y pecho. Sergio lo cubrió con sus brazos, sintiendo su calor reconfortante y su respiración tranquila. Ya no lloraba.

—Eh loco, a ver si aflojan un poco las chicas, parecen dos maracas eh —. Justo apareció Walter, y Sergio tuvo miedo de que hubiera visto algo. Pero no parecía haber visto el beso, solo el abrazo.

Ricardo lo soltó para darse vuelta.

—Andate a la concha de tu madre, pelotudo.

Walter se río sin decir nada. Todos volvieron a subirse a la camioneta. El Chiqui le dio un pedazo de huevo kínder, para que no se desmayase, le explicó.

Mientras seguían viaje, Ricardo volvió a acurrucarse a su lado, volviéndose a llenar de sangre. Y a pesar del dolor, los dos sonreían.

 

Si este era el beso de Judas, al Pollo no le importaba ser traicionado un par de veces más.

Notes:

Este es el primer oneshot de Okupas que escribo, vi que no existian fanfics en AO3 y dije fua esta es la mía. Es muy simple y un rewrite de una escena pero algo es algo ¿no? En fin aguante Diego Alonso, Rodrigo de la Serna y el genio de Bruno Stagnaro.

Gracias a mi beta Stormcursed y a Rafa que también beteó pero no se si tiene ao3. Besitos a ambxs <3

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