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Crusheando

Summary:

—¿No le dijiste? —ríe Ymir y voltea a Porco cuando no recibe respuesta—, al fracasado le gusta Armin.

Porco jadea fingiendo sorpresa, solo para molestar a Jean.

—¿Qué es eso? ¿Creíste que eras el único? —por supuesto que ella no pierde la oportunidad de avergonzarlo también.

El color asciende veloz por su rostro y Porco bufa otra vez—, ¿qué decís? Si ni me gusta Reiner– además, nos estamos burlando de Jean.

Tarda un segundo en procesar lo que dijo y volver a mirarlos, encontrándose con dos pares de ojos sobre él.

—La puta madre —murmura.

 

en el que jean y porco tienen crushes y no tienen la más puta idea de cómo decirles.

Notes:

mezclé la semana jearmin y gallirei week de twitter porque eran al mismo tiempo y no me daba para hacer dos historias distintas y quería participar de las dos(? perdón si no están balanceadas las parejas jaja

 

SÍGANME EN TWITTER mañana voy a postear los edits que hice con los disfraces de cada uno jaja

 

y sigan a la cuenta de la semana jearmin porque próximamente van a hacer una semana gallirei latina y una yumihisu

 

día uno: halloween.

disfruten.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Halloween

Chapter Text

Su trabajo es una mierda. 

Um, un poco brusco para empezar.

No le agrada su trabajo, pero lo bueno es que le pagan. Está muy lejos de ser un trabajo soñado, por no decir que es una pesadilla, y la peor, de cualquier persona desesperada.

Un Call Center.

Le da escalofríos. Exagerado, ¿no?

Lo curioso es que lo único que le saca las ganas de morir por trabajar ahí es la gente que conoció, que, aunque suene cliché, hacen las jornadas más divertidas. 

—¿Qué hacés, cabeza de poronga? Vamos a almorzar —dice Porco, dándole una palmada en el medio de la espalda, haciéndole picar y saltar apenas.

—Ese no es vocabulario para la oficina —reprende Armin luego de reír—, yo también me voy a comer, después me contás, Jean.

Armin se va hacia su oficina. Cuando lo pierden de vista, Jean gira al otro irritado.

—Sos un pelotudo —se queja y se adelanta.

—Ay, ¿herí tus sentimientos? Alto puto.

Jean no le hace caso y caminan en silencio hasta la cocina, a buscar la comida de los dos guardada en la heladera, luego salen al patio interno, donde ya está Ymir comiendo, mirando su celular.

—¿Pudiste hablar? —pregunta ella cuando ya se acomodaron, uno al lado del otro, de frente.

—No, el puerquito me interrumpió —refunfuña Jean y Porco bufa.

—Qué, ¿le ibas a decir algo importante? —cuestiona mientras pincha de su comida.

Los otros dos quedan en silencio hasta que Porco los mira. Ymir tiene los ojos fijos en Jean y él tiene la cabeza gacha, esquivándola.

—¿Qué pasa?

—¿No le dijiste? —ríe Ymir y voltea a Porco cuando no recibe respuesta—, al fracasado le gusta Armin.

Porco jadea fingiendo sorpresa, solo para molestar a Jean.

—¿Qué es eso? ¿Creíste que eras el único? —por supuesto que ella no pierde la oportunidad de avergonzarlo también.

El color asciende veloz por su rostro y Porco bufa otra vez—, ¿qué decís? Si ni me gusta Reiner– además, nos estamos burlando de Jean.

Tarda un segundo en procesar lo que dijo y volver a mirarlos, encontrándose con dos pares de ojos sobre él.

—La puta madre —murmura.

—Ah, así que te gusta Braun, el que–

—”No soportás” —concluye Ymir, haciendo comillas con los dedos.

—Es– es otro Reiner…

—¡Ay, por favor! —exclama sobre él, rompiendo en risas.

Los dos se ríen un poco más de Porco, mientras su irritación aumenta veloz.

—Bueno, bueno, para amigos de mierda como ustedes, ni necesito enemigos —se queja y parece que eso ayuda a que cierren la boca.

—¿Y qué querés? ¿Contarme sobre tus fantasías sexuales también? —pregunta Ymir.

—¡Ey! Yo nunca te cuento eso.

—Ay, Jean, por cómo hablas, es casi como si lo hicieras.

—No tengo nada para contarles —refuta Porco y se lleva su lata de gaseosa a la boca.

—Y no, porque no pasa nada ahí —se burla el otro.

—Son re tristes ustedes —ríe Ymir, cerrando su tupper de comida vacío.

—Callate, si sos igual de fracasada.

—No… —Jean suspira con un tono algo derrotado—, ella sí tiene novia.

—Así es, ustedes son los únicos que no la ponen– eh, podrían hacer una pareja —los dos hacen expresión de asco—, o, bueno, pueden ayudarse mutuamente.

También hacen mueca por eso, pero después contemplan la posibilidad.

—¿Y por qué no nos hacés gancho vos? —pregunta Jean.

—Nah —es la respuesta escueta de Ymir mientras se levanta.

—Pajera —dice Porco y la pierden de vista. Voltea al otro—. Entonces, ¿ibas a invitar a salir a Armin ahora?

—Sí, gracias por nada, idiota.

 

Es viernes y mañana no trabajan, así que su última oportunidad de hablar con Armin es ahora, veinte minutos antes de irse. Jean está en el patio junto a la cocina fumando, cuando lo ve entrar para hacerse un café. Lo ve pasarse una mano por la cara, tirando su cabello hacia atrás, y si bien se da cuenta de que es una señal de que está estresado y cansado por el trabajo, le es imposible pensar en que se ve tan guapo. Ah.

—Qué paja trabajar tanto —comenta Jean desde afuera, acercándose a la puerta corrediza, sin tirar el cigarro.

—Es verdad… —ríe él.

—Estaba pensando —traga, se rasca un poco la nuca y espera que Armin no se dé cuenta de que es porque está nervioso—, en que estaría bueno hacer algo para, como, liberar un poco de tensión...

—¿Algo como ir todos a tomar una cerveza? —Armin está sonriendo, pero no es una sonrisa amigable, sino una que Jean no puede descifrar del todo.

—Pues, pensaba en otra cosa.

—¡Oh! Uno de otra sucursal va a hacer una fiesta de Halloween este sábado, ¿querés ir?

—Eh…

—Te paso mi número y escribime así te digo el lugar y la hora —antes de que el otro pueda responder, Armin ya está dictando su número y Jean tira el cigarro a la mierda para anotarlo veloz y no desperdiciar esta oportunidad—. Te voy a estar esperando, eh, no me dejes colgado.

No puede reprimir la sonrisa que se le forma.

—¡Nos vemos ahí!

Armin se sirve el café y regresa a su oficina. Jean se queda mirando el número anotado en su celular y preguntándose si esto fue una victoria o una derrota.

 

Porco, por otro lado, cree que ya tiene la derrota asegurada. A sus veintidós años, puede enorgullecerse de haber salido con varias personas, pero su contador de chicos es escaso. Y chicos que le gusten, todavía menos. Sus nervios están justificados. Además de que, ah, sería incómodo si lo rechazara. Trabajan juntos.

Recuerda muy bien el primer día de Reiner Braun porque fue hace tres meses. Cuando llegó, le pareció que no duraría mucho. Hay que estar muy desesperado o ser muy positivo como para aguantarse este trabajo.

(Porco es de los desesperados.)

Pero luego de haberlo inspeccionado y escudriñado, no le parecía que Reiner encajara en ninguna categoría. Demasiado relajado para estar desesperado, demasiado triste como para ser positivo.

Si se pregunta cuándo le empezó a gustar, su cabeza respondería que no le gusta por reflejo y tal vez esa es la primera señal, porque siempre considera a todos como posibles garches hasta que los descarta. 

Debe ser porque no quiere que Reiner Braun sea solo un garche y, ah, se cagaría a palos por lo que llegó a pensar y eso es que le gustaría que fuera algo más.

Porque le gusta.

—¿Cuándo tenés un día libre? —conciso y al grano, así opera Galliard, porque le rompe mucho las pelotas tener que dar vueltas en el asunto.

—Eh… —Reiner se está preparando para irse, pero frena para pensar en la respuesta—, creo que la semana que viene… ¿para qué?

—No hay razón —suelta veloz y después hace una mueca—, ¿este fin de semana estás muy ocupado?

—Creo que no– ah, sí, le prometí a mi primita que la llevaría a buscar caramelos.

—Cancelale.

—¿Eh?

Porco cierra la boca y se toma un segundo para pensarlo mejor, después sonríe—. Uh, te estoy jodiendo– yo también quedé en hacer eso…

—Ah, ¿te gustaría ir juntos?

—Obvi– eh, te aviso —finge desinterés y se esfuerza, ah, se esfuerza tanto en no sonar por demás animado.

Reiner asiente, termina de guardar sus cosas algo incómodo y se encamina hacia la puerta.

—Entonces… ¿espero tu mensaje? 

—Esperalo —afirma el otro.

—¿Tenés mi número? —pregunta Reiner, sonriendo tímido.

Porco abre la boca para decir que sí, pero no queda bien decir que robó el número revisando los expedientes, por lo que niega.

—Pequeño detalle —murmura mientras saca su teléfono. Reiner le dicta su número y se despide, dejando al otro solo en el cubículo ajeno vacío.

Esto le suena a que no tiene una derrota asegurada, pero tampoco le da tantas esperanzas de que concluya en una victoria, más porque ni siquiera tiene un niño para llevar a buscar caramelos. 

No lo pensó bien.

Se apresura a su cubículo a buscar sus cosas y salir de la oficina. Espera que Jean e Ymir lo estén esperando.

—¡Al fin, pibe! —exclama ella como si Porco tuviera diez años menos que ella y no solo cuatro—. Tardabas un segundo más y nos íbamos a la mierda.

—No iban a llegar lejos, si se cagan de aburrimiento sin mí —devuelve él, caminando a la par de los otros dos hacia la avenida.

—Obvio, no tenemos tema de conversación si no nos burlamos de vos —agrega Jean y se ríe de su propio chiste.

—Te das cuenta de lo triste que suena eso, ¿no?

Llegan a un bar y se sientan en su mesa usual, en la terraza del lugar.

—¿Y qué onda? —Ymir es la que saca el tema—, ¿lograron algún avance?

Los dos hacen una mueca, pero la de Porco es peor.

—A ver, vos, empezá —dice ella mirándolo.

—Quedamos en ir juntos a buscar caramelos el sábado —los otros dos sueltan una carcajada—. Va a llevar a su prima y yo no tengo ningún pibe para llevar.

—Eh, llevá a la hijastra de Ymir —bromea Jean y ríe más, pero la mirada de Porco se ilumina a la vez que ella frunce el ceño.

—Ni en pedo —responde veloz, pero su expresión cambia a una pensativa—, ah, en pedo puede ser…

—¿De verdad? —Porco no cabe en su asombro.

—No, pará, es una mala idea —interviene Jean—, ¿nunca vieron ese tipo de películas? Siempre terminan para la mierda.

—Cerrá el orto, vos —Porco le hace un gesto con la mano y regresa a Ymir, inclinado en la mesa y mirándola fijo—. ¿Podrías prestarme a la nena mañana? Te la devuelvo tal y como me la diste.

—¿Y qué me das a cambio? —sonríe ella.

—Son un par de mierdas, ustedes —reprende Jean a la vez que les traen las bebidas—, ni que fuera un objeto la nena…

—Bueno, dijiste que en pedo puede ser… —sonríe el otro, porque parece que todo le saldrá bien mañana.

—Te toca mi parte de la cuenta de hoy, ¿te parece? —Ymir sonríe también y Porco asiente—. Perfecto, mañana a la mañana arreglamos los detalles.

—¿E Historia va a estar de acuerdo con esto? —cuestiona Jean incrédulo.

—Obvio —bufa Ymir—, ¿niñera gratis un sábado? Es un golazo.

Suspira, todavía preocupado por el desenlace que podría tener, y se lleva el vaso a la boca.

—¿Y vos? ¿Lo invitaste a salir, al final? —pregunta Porco, también decidido a dar un trago mientras Jean se limpia la boca.

—Sí —los otros dos sonríen—, pero no.

Los otros hacen una mueca.

—¿Qué mierda significa eso?

—Ya te dije que los delirios místicos no cuenta como invitarlo a salir —ríe Ymir mientras bebe veloz.

—Traté de invitarlo a algún lado —explica Jean—, pero, por alguna razón, la conversación terminó en él invitándome a una fiesta.

Porco hace un gesto pensativo y después mira a Ymir.

—¿Eso es bueno o malo? 

Parece que Ymir es la voz de la razón, aunque decir que es la que tiene más experiencia es más acertado. 

—Pues, eso depende —dice cuando baja la bebida—, ¿sonaba a que lo decía para sacarte de encima?

—Espero que no.

—O, ¿sonaba muy insistente en que vayas?

—No especialmente.

—Entonces, o era una invitación común y corriente o sos un pelotudo.

—¡Ey! —se queja y Porco suelta una risita.

—Igual, sos un pelotudo, porque nunca te fijás en el lenguaje corporal de la gente y no cazás una.

Jean suspira, porque no es del todo mentira. 

La noche termina sin mucha más charla relevante, solo quejas del trabajo y un poco de sus aburridas vidas personales. Lo más memorable del resto de la velada es cuando llega la hora de pagar y ahí es cuando Porco cae en la cuenta de que Ymir tomó el triple de lo usual, todo a costilla de él.

—Entonces, ¿los veo mañana en la fiesta? —pregunta Jean cuando los tres están por partir en direcciones distintas.

—Obvio —dice Porco, pensando en todo el alcohol que beberá de antemano.

—Probablemente —responde en cambio Ymir.

 

Están en el sábado de Halloween, el mismo de la fiesta, y Porco ya se está arrepintiendo del plan. Trata de mantener pensamientos positivos, va a estar con Reiner toda la tarde, en un contexto no de trabajo. Tiene que aprovechar la oportunidad al máximo.

Ymir llega pasadas las cuatro de la tarde a dejarle la nena. 

—Hola —dice seco y después mira a la niña, de cabello rubio y ojos redondos azules—. Hola también.

—Tratá de ser menos vos —reprende Ymir y alza a la nena—. Decile hola a Porco, Sina.

Sina tiene el coraje de reírse por su nombre.

—¿Y esa risa? —cuestiona, ignorando la vocecita en su cabeza que le dice que no pelee con alguien quince años menor que él.

Sina se acerca al oído de la otra y le susurra algo que le provoca una carcajada.

—Tenés razón, ¿cómo no se me ocurrió antes?

—¿Qué te dijo? —pregunta él mientras cierra la puerta del edificio y sale a la calle con ellas.

—Es secreto —ríe ella.

Porco hace una mueca y suspira.

—Como sea, vení a eso de las–

—En realidad —Ymir interrumpe y hace una sonrisa forzada—, los acompañaré a buscar caramelos.

Sina se retuerce un poco en sus brazos y ella la deja en el suelo.

—A Historia no le agradó tanto la idea de dejarla sola con vos —murmura Ymir para que la niña no escuche.

—¿Por? ¿No soy de confianza? —cuestiona él, comenzando a irritarse.

—Convengamos que ni te conoce, así que…

No puede cuestionar ese argumento. 

Caminan despacio, más por Sina que por ellos. Y por el calor. Está asquerosamente caluroso. Mira de reojo a las otras dos, ambas con el rostro pintado como gatos y Sina con cola y una vincha con orejas, ambas cosas negras.

—¿Y tus orejas? —se burla Porco, notando que Ymir no las lleva.

—Las guardé para vos, putito —responde con una sonrisa rebosante de sorna.

Llegan a la puerta del edificio de Reiner que, para sorpresa de Porco, está bastante cerca de su casa.

Reiner ya está del otro lado, esperándolos, porque le había avisado hacia algunas calles que estaban por llegar. Abre la puerta y una niña, que sospecha que es su prima, sale veloz.

—Hola —saluda Reiner y si bien no pregunta qué hace Ymir ahí, su mirada demuestra la confusión con claridad.

—¿Todo bien? Había quedado con Porco en que me acompañaría a llevar a la hija de mi novia —explica, encubriendo al otro.

Reiner asiente y sonríe, después les presenta a Gabi, su prima de seis años disfrazada de soldado o algo así. Lleva un rifle de juguete.

—Pum, pum —le hace a Sina y Porco levanta una ceja.

Sina le devuelve el gesto, pero chillando como gato y las dos ríen, comenzando a caminar por delante de los adultos.

—Huh, raro —comenta Ymir—, ¿y tu disfraz?

Reiner la mira contrariado. Ella saca su propia vincha de orejas de su bolso y se las pone a Porco en la cabeza.

—Nosotros estamos disfrazados.

—Pues, no lo pensé —ríe Reiner y Porco está a punto de ofrecerle la vincha de orejas.

Llegan a la primera casa. Otros niños se están yendo de ahí y él se pregunta qué carajo pasa en ese barrio, ¿por qué la gente tiene esas costumbres? Nunca en su vida vio pibes haciendo eso por su casa.

Se acercan y Porco se queda a una distancia moderada, en parte curioso, en parte fumando. En parte, tampoco le interesa bastante.

—Se ve improvisado tu disfraz —comenta Reiner cuando reanudan la caminata.

Ymir camina varios pasos por delante, tironeando de ambas niñas que ríen, apresurándose hacia la siguiente casa.

—Eh, no, pasé tres semanas preparándolo —responde sarcástico, tratando de ser gracioso dentro de sus nervios.

—¿... Sí? Se ve bien, eh, bastante…

Pero falla.

—Era una joda —murmura derrotado y sintiéndose como un boludo—, Ymir me puso la vincha.

—Te ves bien.

Está casi seguro de que Reiner lo suspiró y se gira a mirarlo. Su expresión es incómoda y nerviosa y Porco no está seguro de cómo interpretarlo.

—Digo– yo ni estoy disfrazado —ríe apenas, rascándose la nuca.

—Eh… gracias, creo.

 

La tarde termina relativamente aburrida. Ymir había estado atenta, observando con un ojo a la niña y a Porco con el otro. Sina había conseguido pocos caramelos, así que estaba decepcionada de los dos.

—Son una manga de forros acá, cuando lleguemos a tu casa, te compro una bolsa de caramelos —consuela Ymir mientras acaricia la espalda de la nena.

—Los veo el lunes, entonces —dice Reiner, preparándose para entrar a su casa.

—Eh, sí… —Reiner está metiendo la llave en la puerta, dándoles las espalda, por lo que se pierde el codazo que Ymir le da a Porco. Él la mira frunciendo el ceño y la empuja.

—¿Sos pelotudo? —murmura y mira al otro, que los observa curioso—. Che, Reiner, vamos a ir a una fiesta más tarde. Prepará tu disfraz para las nueve.

—Ay, no sé–

—¡A las nueve, estamos acá! —exclama ella, tironeando del codo de Porco y llevando a Sina debajo de su brazo.