Work Text:
A Tobio le temblaban las piernas desde que había recibido ese correo electrónico varias horas atrás. La selección de volley iba a celebrar una reunión con todos los jugadores por Navidad, “porque hacía mucho tiempo que no se realizaba una reunión conjunta” según palabras del propio Tetsuro que era el que había tenido la feliz idea.
Es solo una comida de amigos. Sí. Es solo eso. Pero, entonces, ¿por qué le sudan las manos? ¿Por qué se pone nervioso sólo de pensarlo? ¿Por qué su mente empieza a crear cientos de escenarios a cada cual más improbable que suceda? Su cabeza parece darle la respuesta, pero aún le cuesta aceptarlo. Suspira. Y finalmente cede a su subconsciente.
Solo es una maldita comida entre amigos, sí, pero va a estar él. Y eso pone el mundo de Tobio patas arriba.
No quería ir; era lo último que le apetecía en ese momento. Al menos tenía la excusa de encontrarse en Italia. Asintió para sí mismo. Diría que le fue imposible encontrar un vuelo a tiempo y no podía asistir. Cerró los ojos y respiró hondo por un segundo, abriendo el chat del equipo, preparado para escribir. Sin embargo, leyó todos los mensajes antes de hacerlo.
“Bokuto: ¡¡Estoy deseando ir a la cena!! Dejaremos los niños con mi madre. Akaashi está deseando veros.
Rintaro: Hace tiempo que no nos reunimos. Osamu cerrará el restaurante ese día por vosotros.
Atsumu: ¿Mi hermano cerrará el restaurante por nosotros? Guau, menudo honor.
Rintaro: Que no se te suban los humos, que por ti no es.
Atsumu: Que me agarre las pelotas.”
Quiso escribir en ese preciso instante, pero la notificación de un nuevo chat hizo que su mente se quedase en blanco.
“Atsumu: Eh, italianito, ¿tú también vendrás, verdad?”
Tobio dejó el móvil encima de la mesa, con la conversación abierta, con mil cosas en la cabeza. Atsumu, a miles de kilómetros, se debatía sobre si mandar el mensaje que había escrito diciéndole que le extrañaba y quería verlo de nuevo. Tobio se paseaba por la habitación, pensando. Quería responderle, quería decirle que sí, que iría porque lo echaba de menos. Pero, al mismo tiempo, no quería decirle nada. Decirle que tenía cosas que hacer en Italia y no iría. ¿Qué más le daba a él si iba o no iba a esa cena? Refunfuñó.
El sonido de su tablet avisándole de una videollamada lo hizo volver a la realidad. Miró el reloj de su muñeca y se extrañó al ver que era Shoyo quien lo llamaba. Descolgó para encontrarse la amplia sonrisa de Shoyo en la pantalla.
—¡Hola, Tobio!
—¿Qué demonios haces levantado tan temprano, Shoyo? —el de cabellos naranja sonrió mientras negaba con la cabeza.
—¡Estoy en Tokio, Tobi! Recibí permiso del equipo hace unos días y he vuelto a casa.
Tobio asintió. Cogió la tablet y se fue con ella hasta su habitación, acomodándose en la cama. Shoyo de mientras le contaba sus peripecias en el aeropuerto, lo horriblemente mal que le sienta viajar tantas horas en un espacio tan pequeño y cómo, al llegar a Tokio, le esperaba una nevada increíble que casi hace que el avión no pudiese aterrizar. Después le contó que Kenma le había preparado la cena más impresionante del mundo y que se pasaron la noche viendo películas y abrazados en el sofá dándose cariño.
Tobio sonrió, contento por ver la sonrisa feliz que se dibujaba en el rostro de Shoyo mientras hablaba de su novio. Aunque un pinchazo de envidia también se instaló en su pecho. Él también quería a alguien para hacer cenas espectaculares y pasarse las tardes entre cariños y películas malas.
Cuando Shoyo terminó de hablar, tomó aire, preparándose para hacer la pregunta que Tobio no quería contestar. Y Tobio entonces averiguó el sentido de esa llamada.
—¿Has recibido el correo de Tetsuro? —Tobio dudó unos instantes, pero acabó asintiendo —Genial, dinos que día tienes el avión, para que podamos ir a recogerte.
—Bueno… sobre eso —Tobio se acarició las sienes, sabiendo la que se le venía encima —, no creo que vaya Sho.
—¿¡Disculpa?! No he oído bien, se ha debido de cortar la conexión —Shoyo enarcó las cejas, como si fuese una madre dándole una segunda oportunidad a un hijo que le había respondido de malas maneras —, dime, ¿qué día vienes?
—Sho, no voy a ir.
—¿Cómo que no vas a venir? Es una reunión del equipo, Tobi. Todos vamos a ir —Shoyo se tumbó en la cama mirando fijamente la pantalla. Tobio apretó sus rodillas contra su pecho y dejó salir un suspiro.
—Es diferente contigo, Sho. Te llevas bien con todos. Te adoran —Tobio se encogió de hombros —, seguro que no pasa nada porque no vaya yo.
Shoyo entrecerró los ojos al escuchar a su amigo decir eso. Pero antes de poder hablar sintió un peso en su espalda y en la pantalla apareció el rostro de Kenma.
—Tobio, Koutaro te adora tanto como a Shoyo. También Suna y Aran. Te llevas genial con Hoshiumi y con Ushijima, ¿de qué demonios estás hablando?
—Hola Ken —Kenma sonrió con suavidad ante el saludo de Tobio y se regañó a sí mismo, porque quizá había sonado muy duro con el pelinegro.
—Hola, Tobi. Perdón, pero no podía morderme la lengua con eso. Eres uno más de la selección y seguro que te echan de menos… —Kenma calló un instante —, además el maldito de Atsumu no deja de preguntar por ti, por cómo estás, seguro que se pondría pesadísimo ese día.
Shoyo los miraba hablar y, entonces, algo hizo clic en su cerebro, justo cuando Kenma mencionó a Atsumu, justo cuando el gesto de Tobio cambió por completo, se sonrojó y apartó la mirada hacia otro lado. Ahí, Shoyo lo supo. Sus ojos se abrieron de par en par y se irguió de inmediato, tirando a Kenma de su espalda. Tobio pudo escuchar al chico protestar y recibir un par de disculpas apresuradas por parte de Shoyo.
—¡¡Es por él!! —Shoyo devolvió toda su atención a la pantalla de la tablet y Tobio gruñó por lo bajo —¡No me lo puedo creer! ¡¡Es por Atsumu!!
—Cállate.
—No me da la gana —Shoyo frunció el ceño. Kenma se acomodó a su lado y Tobio negó con la cabeza esperando que su amigo no le diese un sermón, aunque eso iba a ser casi misión imposible —. Llevas teniendo un crush con él desde aquel maldito campamento de jóvenes promesas. ¡Cuando te enteraste de que iba a ir a la selección casi te da un desmayo! ¡¿Por qué no te confiesas y ya está?!
—¡Porque él está con Kiyoomi, Shoyo! —Tobio había gritado aquello con mucha más fuerza y rabia de la que pretendía. Respiró hondo y volvió a abrazarse a sí mismo —No voy a confesarme cuando él ya tiene pareja.
—¿Quién te ha dicho que Atsumu esté con Kiyoomi? —Kenma habló con suavidad, como un leve ronroneo de un gato. Tobio se encogió de hombros.
—Siempre están juntos.
—Lo mismo que tú y Shoyo.
—Pero Shoyo y yo somos mejores amigos.
—¿Y por qué ellos no pueden serlo?
—Porque no.
Shoyo miraba aquella conversación como si estuviese en un partido de tenis. Sus ojos se movían de la pantalla al rostro de Kenma y viceversa, como si no quisiera perderse ni un detalle en el rostro de ambos.
—Tienes que venir a Japón por Navidad, Tobio, hazlo un par de días antes y así puedes ir a la cena.
—No voy a volver a Japón por Navidad este año.
—¿¡Estás hablando en serio?! —Shoyo gritó con fuerza, molesto. Se cruzó de brazos mirando a su amigo —¿Piensas quedarte en Italia todas las fiestas solo por no venir a una estúpida cena?
Tobio no lo escuchó, pero Kenma pronunció un “no mientras yo pueda evitarlo” antes de levantarse de la cama y salir de la habitación. Shoyo sonrió de medio lado, adivinando qué corría por la mente de su novio. Entonces se fijó en Tobio y, por un momento se le apretó el corazoncito. Quería estar cerca de él y abrazarlo, porque sabía que lo necesitaba con todas sus fuerzas. Lo conocía lo suficiente como para saber que ese puchero que tenía significaba empezar a llorar en cuanto acabasen la llamada. Shoyo sintió la pena recorrer su cuerpo y suspiró.
—Eh, Tobi —los gritos habituales de Shoyo se habían cambiado ahora por un suave murmullo que Tobio sintió que lo abrazaba en el acto —, escucha, ven a la cena ¿vale? Y si en algún momento necesitas que nos marchemos, solo dilo.
—Shoyo, no quiero que dejéis de disfrutar solo por mis mambos en la cabeza.
—No pasa nada. Soy tu mejor amigo por eso —Shoyo levantó la mano, enseñando entonces el tatuaje que tenía en la muñeca y que Tobio también tenía, ese cuervo a conjunto que los unía después de tantos años —, en las buenas y en las maduras.
Tobio sonrió de medio lado y Shoyo se sintió tranquilo. La puerta de su habitación volvió a abrirse recibiendo a un Kenma absorto en la pantalla de su smartphone.
—Está bien, Sho. Iré — un suspiro cansado salió de la boca de Tobio —, tendré que ponerme a buscar un vuelo.
—Ya lo tienes —Kenma levantó la mirada de su teléfono y le guiñó el ojo a Shoyo. Ambos se sonrieron cómplices antes de sonreírle a Tobio —, te envío el billete al email. Vuelas dentro de dos días, Tobio.
***
Tobio abrochó su abrigo cuando sintió la fría ráfaga de aire golpearle en el rostro. El invierno en Japón era mucho más frío que en Italia y ahora estaba pagando el haberse olvidado de echar en la maleta alguna bufanda o un gorro de lana con el que taparse las orejitas que empezaban a congelársele. Sacó el móvil de su bolsillo para comprobar la hora y maldijo a esa mandarina con patas por retrasarse en recogerlo.
—¡Eh, italianito! —Tobio quiso creer que era una maldita alucinación a causa del frío y que aquella voz a su espalda no era quién realmente era.
Se giró con lentitud y se encontró a Atsumu a pocos metros de él. Movía las llaves del coche en sus dedos con gracia. Tobio lo miró unos segundos. Estaba más musculado, podía notar eso a pesar de las capas de ropa que llevaba encima. Además, se había dejado el pelo algo más largo que cómo lo tenía durante las olimpiadas. Y… ¿eso era un pendiente? Tobio apretó el puño dentro del bolsillo del chaquetón.
—Shoyo no podía venir hoy, porque tenía compras que hacer con Kenma, así que tu buen amigo Atsumu se ofreció voluntario para recogerte, ¿qué te parece?
Atsumu le sonrió con altanería, como solo él sabía hacer para poner nervioso a Tobio. Atsumu, sin embargo, se había saltado la parte en la que casi se había lanzado a los pies de Shoyo para suplicar que le dejasen ir a recoger a Tobio porque se moría de ganas de verlo de nuevo. Y había sido la mejor decisión que había tomado nunca. Atsumu sabía que extrañaba a Tobio, pero no sabía cuánto hasta que tuvo que controlar sus impulsos de correr hasta él cuando lo vio atravesar las puertas del aeropuerto.
Tobio suspiró, aguantando las ganas de coger el teléfono, llamar a Shoyo y decirle que era un completo imbécil. A pesar de ello, asintió.
—¡Genial! Deja te llevaré las cosas —Tobio negó con la cabeza, pero Atsumu fue más rápido y agarró su bolsa antes que él —, tranquilo, puedo con esto.
Y se rio.
Esa maldita risa. La misma que escuchó de fondo un día en aquel campamento de jóvenes promesas y se clavó a fuego en su pecho. La misma que escuchaba resonar por el gimnasio siempre que entrenaban y hacía que su mente se desconcentrase por un momento del juego.
Dios, cómo odiaba a Atsumu Miya y su risa.
Y, Dios, cómo deseaba que esa afirmación no fuese una completa mentira.
Durante el camino hasta el apartamento de Shoyo, Tobio se tuvo que recordar en repetidas ocasiones que debía respirar. Sobre todo, cuando su mirada se desviaba de reojo hasta las manos de Atsumu apretando el volante. O cuando sonreía mientras le explicaba cómo iban las cosas en su equipo.
Agradeció que el edificio donde vivía Shoyo apareciese ante sus ojos y respiró aliviado cuando Atsumu detuvo el coche. Iba a salir del vehículo cuando sintió algo enredarse en su cuello. Era la bufanda marrón que Atsumu llevaba segundos antes. El chico le sonrió de medio lado cuando Tobio se giró a mirarlo.
—Hay tres grados ahí fuera, Tobio, no quiero que enfermes —Tobio quiso agradecerlo. Quiso al menos decirle que no era necesario, pero toda su mente se había quedado en blanco cuando, al tomar aire, el perfume de Atsumu se le había colado en las fosas nasales —. Me la devolverás mañana, no te preocupes.
***
Cuando llegaron al restaurante no necesitaron preguntar dónde se encontraba el resto. Las voces de Tetsuro, Koutaro y Atsumu al final del lugar los guiaron por completo. Kenma frotaba sus manos intentando calentarse. Shoyo corrió hacia sus compañeros saltando en la espalda de Koutaro que rio contento al ver cómo todos se reunían de nuevo. Tobio llegó el último. Tenía la bufanda de Atsumu en la mano apretándola levemente a causa de los nervios.
Cuando lo vio su respiración se cortó por completo. Llevaba una camisa negra sin cerrar por completo. Sus mejillas estaban algo sonrojadas quizá gracias a los dos tragos que le había dado al sake. Se había peinado hacia atrás, aunque algunos mechones rebeldes, de esos que ni la gomina más fuerte puede controlar, caían por su frente.
Atsumu también lo miró de arriba abajo sin cortarse ni un pelo. Llevaba unos pantalones en un marrón claro que le quedaban de escándalo y, a pesar del largo abrigo marrón que llevaba, podía ver esa camisa blanca que se le ajustaba a los músculos por debajo. Atsumu no supo si era culpa del sake o del calor que hacía en el bar o a saber qué, pero sus mejillas se sonrojaron al verlo ahí parado a pocos metros de él.
Cuando llevaba ya dos horas allí a Tobio le dolía la cabeza. De la bebida, de las risas y gritos continuos de Koutaro y Shoyo a su lado, del frío que había pasado el día de antes… y quizá también de tener que ver cómo Atsumu se reía con Kiyoomi y no con él.
Un suspiro dejó sus labios y al radar de alerta de Shoyo pareció saltarle todas las alertas. Apretó su muslo llamando su atención.
—¿Quieres irte? —Tobio quería decir que sí, pero Shoyo y Kenma estaban disfrutando de aquella cena y no quería ser él quien fastidiase todo. Así que negó con la cabeza levemente.
—Iré a tomar el aire fuera un rato. Creo que he bebido de más.
Tobio no esperó a que Shoyo le contestase, porque sabía que, si volvía a insistir, acabarían marchándose de allí. Apretó su abrigo contra su cuerpo y salió del local.
Fuera el frío heló sus huesos. Miró al cielo para ver que, aunque era de noche, estaba iluminado por las nubes blancas. Nevaría en cualquier momento. Cerró los ojos un momento, apenas un instante, intentando poner en orden todas sus ideas.
En el interior, Atsumu había seguido a Tobio con la mirada y negó con la cabeza levemente cuando lo vio salir. Una sonrisa se dibujó en su rostro y Kiyoomi le dio una pequeña palmada en la espalda.
—Ahora o nunca, Miya.
Y así era.
Tomó aire y se levantó de allí siguiendo los pasos del azabache. Cuando salió lo miró con calma un momento. El vaho que salía de su boca lo envolvía como si de un truco de magia se tratase. Estaba con los ojos cerrados y Atsumu quiso saber qué estaría pensando en aquel momento. Se acercó a él en silencio y, sin molestar su calma, volvió a colocar la bufanda sobre sus hombros.
—Vuelves a salir sin bufanda, italianito.
Tobio se sobresaltó al sentir la voz de Atsumu a su lado y se embriagó de nuevo por el olor que desprendía la prenda. ¿Sería así abrazarlo? ¿Ese olor es el que se quedaría en mis sábanas si durmiésemos juntos? Tobio negó con la cabeza, haciendo desaparecer todas esas preguntas.
—Solo iba a estar fuera unos minutos.
—Eso no significa que puedas salir sin abrigar —Tobio lo miró de arriba abajo. Atsumu solo llevaba una americana como abrigo. Enarcó una ceja y el otro rio con disimulo —. Ya sabes que no soy de seguir mis propios consejos.
—Deberías volver dentro.
—No —Atsumu negó con suavidad —. Quiero quedarme aquí contigo —la voz de Atsumu tan confiada y altanera no fue entonces más que un leve susurro, como un pensamiento que se escapaba casi sin querer de sus labios.
A Tobio se le cortó un instante la respiración cuando se giró y vio en los ojos de Atsumu la mirada más sincera que el mayor nunca le había dedicado. Ambos guardaron silencio, como si temieran que, si alguno hablaba, la ilusión se desvanecía. Entonces, Atsumu sonrió de medio lado y avanzó un par de pasos hasta Tobio.
Los ojos azules del azabache se abrieron al sentir el suave tacto de los dedos de Atsumu recorrer su mejilla hasta acariciar sus cabellos. No podían dejar de mirarse. No querían dejar de mirarse.
—Atsumu…— ni siquiera sabía qué quería decirle, pero su nombre salió de sus labios como si algo le obligase a hacerlo. El otro solo murmuró un leve “hmm” mientras sus dedos se perdían entre el pelo negro de Tobio—. Atsumu, yo…
A Tobio no le salían las palabras. Y Atsumu no quería perder más tiempo.
Sus manos apretaron la bufanda que colgaba del cuello de Tobio y lo atrajo hasta él juntando sus labios.
Atsumu sintió como un terremoto le recorría cada parte de su cuerpo. Tobio besaba con lentitud, dejando un regusto dulce sobre sus labios. Tobio podía rozar el cielo con sus dedos. Atsumu le besaba con cariño, dejándose hacer, mientras sus manos se enredaban en su cuello, atrayéndolo tanto como podía contra él.
Ninguno de los dos fue consciente de la nieve que empezó a caer sobre ellos.
Tampoco de cómo todos sus compañeros de selección se agolpaban en la puerta del restaurante y festejaban ese beso.
Cuando se separaron, sus frentes se juntaron un momento antes de que Tobio cerrase los ojos y frotase su nariz contra la de Atsumu.
—Feliz Navidad, Tobio.
—Feliz Navidad, Atsumu.
